Ortega y Gasset
Abstract
A lyrical summer piece on the villégiature and on the sincerity women gain outside the city, leading into a notice of the countess Mathieu de Noailles’s book Le visage émerveillé. Prose of manners and review.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La villégiature se lleva a los ciudadanos de las ciudades y los deja en lugares rientes donde el estío abre el arca de sus secretos. ¡Pobres habitantes de estas urbes opresoras, siniestramente mudas, que son para el alma como gigantescos plomos venecianos! Los misérrimos urbícolas se encuentran al llegar al campo, a un campo lejano e ingenuo, desde donde no se oye el resoplido de la ciudad, con tantas cosas nuevas… Por ejemplo: una noche estrellada; esta grande alma de una noche limpia es un descubrimiento, un hallazgo desconcertante para quien vive diez meses prisionero en Madrid. Madrid no tiene noches ni estrellas y es en las horas nocturnas círculo trágico, como los dantescos, en que han cesado casualmente los quejidos de los eternos espíritus dolientes. No se mira en ellas al cielo: se echa a andar por las calles que con las torvas luces de los faroles parecen rodearnos de odio. En la sombra de un recodo se entrevé, acaso, la disputa de una pareja. La mujer desarrapada sacude nerviosamente unos brazos largos y escuálidos, como sarmientos. El hombre calla resignado e inmóvil; entre ellos, se supone, vibra algún drama horrible y sucio. Todas estas cosas son opacas a las sutiles influencias de la naturaleza: por eso se las llama prosaicas.
En el campo las noches tienen poder supremo, voces que halagan y estrellas engañadoras que parpadean como si hablaran con nosotros: las campiñas tiemblan de placer bajo la mano del vientecillo; las plantas se van muriendo con sus colores que se disipan y la luna se alza con suma delectación sobre ese abandono universal como un alto y plenario perdón por todo lo que está aconteciendo en la tierra.
Las vírgenes prudentes que han abandonado sus moradas seguras de la ciudad, deben precaverse no las sobrecoja el diablo del estío que corre por los campos al venir la noche y realiza mil picardías en los sótanos de las almas. Tened cuidado porque hay emboscadas de incitaciones en el aire y llegan caricias peligrosas en cada esquila que suena, en cada hoja que se estremece.
Y como las noches, las tardes y las mañanas son temibles en las huertas y en los jardines. Recordad a Justina la Santa, en El Mágico Prodigioso, que siente una sublime quemazón interior contemplando los pámpanos retorcidos de las vides.
Todo conspira a quebrar el vidrio de serenidad en que tenemos prisionero el sentimentalismo, nosotros, hombres y mujeres ciudadanos; muchos deseos nuevos se desperezan en los corazones de las muchachas y nosotros mismos nos sorprendemos más niños y más exigentes.
He observado que yendo de la ciudad al campo, se gana en sinceridad, sobre todo las mujeres.
Ellas escuchan entonces las palabras que les dicen las cosas, y por encima de los remilgos de la educación y de las costumbres urbanas, van dejando aparecer las inquietudes, los ahogos, los tímidos clamores que llevan congelados en su pecho.
Si en España fuera la vida menos parduzca, menos severa y dolorosa, más sincera y ágil, en una palabra, más vida, veríamos los semblantes femeninos en estos días y estas noches exuberantes moverse de aquí para allá sobre los campos y las playas de veraneo con los ojos muy abiertos esparciendo sedientas miradas, con las bocas frescas hablando sensibleros enigmas, con las orejitas pidiendo oírlo todo, temblando al menor ruido como las de las corzas que hay en la Casa de Campo.
Ayer, leyendo un nuevo libro francés, he pensado que en España no se podrá hacer vida noble e intensa mientras las mujeres españolas no tengan el valor de ir por todas partes con el «rostro maravillado».
Así se titula el libro: El rostro maravillado. Su autor es la condesa Mathieu de Noailles. Sólo sé de ella cuatro noticias, y no es poco: que es mujer, que es joven, que es guapa y que es griega.
Actualmente, las mujeres van ganando en Francia a los hombres los primeros puestos como escritores; la razón es muy sencilla. En Francia, los varones tienen roído el espíritu por la decadencia: son casi todos neurasténicos, excesivamente complicados, y sus ánimos padecen una prolongada tensión dolorosa. ¿Cómo han de ser creadores? Además, el criticismo se ha apoderado de sus cerebros, y va descomponiendo sus pensamientos al tiempo que nacen, y analizando sus sensaciones, y rompiendo sus placeres, y disgustándolos de sí mismos. ¿Cómo han de ser creadores?
En cambio, las mujeres, en ésta como en otras edades de decadencia, se han conservado sanas: han recogido la herencia de civilización y cultura que pesa sobre los hombres, ominosa, cruelmente, y sólo han tomado de ella una visión libérrima, helénica de la vida y los instrumentos artísticos más perfeccionados. En su cabeza, que por dentro debe ser de nácar, o algo así, irisado, luminoso, exquisito, pero duro, por fortuna no ha podido anidar el ave oscura del criticismo ni ahincarse el termita del autoanálisis. ¿Cómo no han de ser creadoras? Sus obras no serán eternas, no se construirán en bronce o en materia más perenne que el bronce, pero son las únicas en que, a través de una forma modernísima, acicalada, preciosista si se quiere, se hallan voces sinceras, alguna que otra lágrima, algún que otro grito, pedazos jugosos de vida aceptados en bloque, sin discusión ni sequedades.
Así es el libro de la condesa Mathieu de Noailles: después de leerlo nos queda la impresión de que hemos bebido una copa de leche blanquísima y burbujeante. Las frases se yerguen de sobre las páginas grácilmente, con la sencillez de las visiones primitivas, como las imágenes de Homero y de la Biblia, como espigas, como palomas, como columnitas de humo, como chorros de fuente.
El espíritu de esta mujer griega debe de ser valeroso, decidido, y tan hambriento de vivir que abre los brazos a la vida que llega, sin reservas, sin suspicacias, sin preguntarla si es buena o mala: se acercan a su alma las emociones, plácidas unas, otras repletas de sufrimientos, otras cargadas con fortunas de goces, y todas la encuentran agradecida, fácil y con el «rostro maravillado» de sorpresa y de gratitud. «Vivid —dice—, mi bien amado, que la vida os rodee, os bañe, os acaricie, que brille en vuestra alma y sobre vuestros cabellos, que esté en derredor de vuestras manos y encima de vuestra cabeza…»
Vivir, para ella, es sentir tal lujo de su propia vida que la pone entera sobre un momento, como aquellos gloriosos perdidos, de almas bien templadas, ponían toda su hacienda a una carta.
Y ese anhelo de vivir es tan ennoblecedor que eleva a las almas que lo sienten sobre sí mismas hacia todas las cosas mejores, delicadas y augustas, como el agua se apoya sobre sí misma y saca de sí misma esfuerzo para ascender hacia el cielo en los surtidores victoriosos de los jardines. Hay dolor en el esfuerzo, supone gran tensión en el alma, pero luego sobreviene un desfallecimiento delicioso y el agua cae dispersa en gotas alegres, habiendo sonreído al sol.
El libro de que hablo va delineando en sus páginas una figura de mujer mística a un tiempo y brava que irradia el regocijo.
Parece su corazón hecho de plata: siempre resuena jovialmente. Por el convento donde ella habita pasa octubre encorvado, con sus odres de melancolía a la espalda y haciendo que «sobre el techo la veleta se lamente como un pequeño búho». Y entonces es cuando piensa:
«Hay momentos en que tanta alegría reposa en derredor, sobre todas las cosas, que me detengo y las escucho.
»Los armarios en el convento dicen:
“Estoy lleno de ropa blanca y de tomillo y también estoy aquí para que amontonéis silencio y felicidad…”
»Los pozos del jardín dicen: “Estoy aquí redondo y profundo, para acoger felicidad…”
»Las puertecillas que chirrían y están recién barnizadas y la blanca escalera y las ventanas color de rocío y la clemátida, piensan: “Estamos nosotros aquí para que la paz circule, vaya y venga, suba y baje…” Y parece que hasta el menor clavo de la casa rebrilla al sol y dice: «Heme aquí para colgar felicidad, felicidad…»
¿Cuándo sentirá amargura esta mujer que arranca sonrisas de cuanto la rodea? Tal vez nunca: es invencible porque tiene el secreto de abrevar las angustias de su cuerpo en el torrente de su alma, nunca harta de existir y de soñar.
Ahora que hay tantas mujeres ciudadanas por las campiñas y por las playas; ahora que pueden algunos instantes permanecer arrebujadas en la soledad y en el silencio, deberían cultivar sus ensueños como flores de salvación, y al llegar el otoño y con el otoño el retornar, dejarlos caer sobre los rincones de sus hogares entre los pliegues de las cortinas y esparcirlos por las mesas y junto a los lechos.
Isabel de Baviera exclamaba: «Nuestras casas deben ser tales que no puedan destruir las ilusiones que de fuera llevamos a ellas».
The villégiature takes the citizens out of the cities and leaves them in smiling places where summer opens the ark of its secrets. Poor inhabitants of these oppressive, sinisterly mute cities, which are for the soul like gigantic Venetian leaden weights! The most wretched city-dwellers find themselves upon arriving in the country, in a distant and artless country, from where the snorting of the city is not heard, with so many new things… For example: a starry night; this great soul of a clean night is a discovery, a disconcerting find for one who lives ten months a prisoner in Madrid. Madrid has no nights nor stars and is in the nocturnal hours a tragic circle, like the Dantesque ones, in which the moans of the eternal grieving spirits have casually ceased. In them one does not look at the sky: one sets out walking through the streets that with the grim lights of the streetlamps seem to surround us with hatred. In the shadow of a corner there is glimpsed, perhaps, the quarrel of a couple. The ragged woman nervously shakes long, scrawny arms, like vine shoots. The man is silent, resigned and immobile; between them, one supposes, some horrible and dirty drama vibrates. All these things are opaque to the subtle influences of nature: for that reason they are called prosaic.
In the country the nights have supreme power, flattering voices and deceiving stars that blink as if they spoke with us: the fields tremble with pleasure under the hand of the little breeze; the plants go dying with their colours that dissipate and the moon rises with supreme delight over that universal abandonment like a high and full forgiveness for everything that is happening on the earth.
The prudent virgins who have abandoned their safe city dwellings must be on their guard lest the devil of summer surprise them, the one that runs through the fields when night comes and performs a thousand pranks in the cellars of souls. Take care because there are ambushes of incitements in the air and dangerous caresses arrive in every bell that rings, in every leaf that shudders.
And like the nights, the afternoons and the mornings are fearsome in the orchards and in the gardens. Remember Justina the Saint, in The Prodigious Magician, who feels a sublime inner burning contemplating the twisted tendrils of the vines.
Everything conspires to break the glass of serenity in which we hold our sentimentalism prisoner, we, men and women citizens; many new desires stretch themselves in the hearts of the girls and we ourselves surprise ourselves more childlike and more demanding.
I have observed that going from the city to the country, one gains in sincerity, above all the women.
They listen then to the words that things say to them, and over and above the primness of education and of urban customs, they go letting appear the restlessness, the suffocations, the timid cries that they carry frozen in their breast.
If in Spain life were less grey, less severe and painful, more sincere and agile, in a word, more life, we would see the feminine countenances in these days and these exuberant nights move to and fro over the fields and the summer beaches with very open eyes spreading thirsty glances, with fresh mouths speaking sentimental enigmas, with little ears asking to hear everything, trembling at the slightest noise like those of the does that there are in the Casa de Campo.
Yesterday, reading a new French book, I have thought that in Spain one will not be able to make a noble and intense life while the Spanish women do not have the courage to go everywhere with the ‘wondering face’.
Thus the book is titled: The Wondering Face. Its author is the countess Mathieu de Noailles. I know only four pieces of news about her, and it is not little: that she is a woman, that she is young, that she is pretty and that she is Greek.
At present, women are going in France gaining over men the first places as writers; the reason is very simple. In France, the males have their spirit gnawed away by decadence: they are almost all neurasthenics, excessively complicated, and their minds suffer a prolonged painful tension. How are they to be creators? Moreover, criticism has taken possession of their brains, and goes decomposing their thoughts as they are born, and analysing their sensations, and breaking their pleasures, and making them displeased with themselves. How are they to be creators?
On the other hand, women, in this as in other ages of decadence, have preserved themselves healthy: they have gathered the inheritance of civilization and culture that weighs upon men, ominous, cruelly, and have taken from it only a most free, Hellenic vision of life and the most perfected artistic instruments. In their head, which inside must be of mother-of-pearl, or something of the sort, iridescent, luminous, exquisite, but hard, by fortune the dark bird of criticism has not been able to nest nor the termite of self-analysis to take root. How are they not to be creators? Their works will not be eternal, they will not be built in bronze or in matter more perennial than bronze, but they are the only ones in which, through a most modern, polished, precious if you will, form, sincere voices are found, one or another tear, one or another cry, juicy pieces of life accepted in block, without discussion or dryness.
Such is the book of the countess Mathieu de Noailles: after reading it there remains to us the impression that we have drunk a cup of most white and sparkling milk. The sentences rise from the pages gracefully, with the simplicity of primitive visions, like the images of Homer and of the Bible, like ears of corn, like doves, like little columns of smoke, like jets of a fountain.
The spirit of this Greek woman must be courageous, resolute, and so hungry for living that it opens its arms to the life that arrives, without reserves, without suspicions, without asking it whether it is good or bad: the emotions draw near to her soul, some placid, others replete with suffering, others laden with fortunes of joys, and all find her grateful, easy and with the ‘wondering face’ of surprise and of gratitude. ‘Live,’ she says, ‘my well-beloved, that life surround you, bathe you, caress you, that it shine in your soul and upon your hair, that it be around your hands and above your head…’
To live, for her, is to feel such a luxury of her own life that she places it whole upon a moment, as those glorious lost souls, of well-tempered spirits, placed all their fortune upon a card.
And that yearning to live is so ennobling that it elevates the souls that feel it above themselves toward all the better, delicate and august things, as the water leans upon itself and draws from itself the effort to ascend toward the sky in the victorious jets of the gardens. There is pain in the effort, it supposes great tension in the soul, but then there comes over it a delicious faintness and the water falls dispersed in cheerful drops, having smiled at the sun.
The book of which I speak goes delineating in its pages a figure of a woman at once mystical and brave who radiates rejoicing.
Her heart seems made of silver: it always resounds jovially. Through the convent where she dwells passes October bent, with its wineskins of melancholy on its back and making that ‘upon the roof the weathercock lament like a little owl’. And it is then when she thinks:
‘There are moments in which so much joy reposes around, upon all things, that I stop and listen to them.
‘The wardrobes in the convent say:
“I am full of white linen and of thyme and I am also here so that you pile up silence and happiness…”
‘The wells of the garden say: “I am here round and deep, to welcome happiness…”
‘The little doors that creak and are freshly varnished and the white staircase and the windows colour of dew and the clematis, think: “We are here so that peace may circulate, go and come, rise and descend…” And it seems that even the smallest nail of the house gleams in the sun and says: “Here I am to hang happiness, happiness…”’
When will this woman feel bitterness who draws smiles from all that surrounds her? Perhaps never: she is invincible because she has the secret of watering the anguishes of her body in the torrent of her soul, never sated of existing and of dreaming.
Now that there are so many city women through the fields and the beaches; now that they can for some instants remain wrapped in solitude and in silence, they should cultivate their dreams like flowers of salvation, and upon the arrival of autumn and with autumn the returning, let them fall upon the corners of their homes among the folds of the curtains and scatter them over the tables and beside the beds.
Isabel of Bavaria exclaimed: ‘Our houses must be such that they cannot destroy the illusions that from outside we carry into them.’
La villégiature porta i cittadini fuori dalle città e li lascia in luoghi ridenti dove l’estate apre l’arca dei suoi segreti. Poveri abitanti di queste urbi oppressore, sinistramente mute, che sono per l’anima come giganteschi piombi veneziani! I miserrimi urbicoli si trovano arrivando in campagna, in una campagna lontana e ingenua, da dove non si ode il respiro della città, con tante cose nuove… Per esempio: una notte stellata; questa grande anima di una notte limpida è una scoperta, un ritrovamento sconcertante per chi vive dieci mesi prigioniero a Madrid. Madrid non ha notti né stelle ed è nelle ore notturne cerchio tragico, come i danteschi, in cui sono cessati casualmente i lamenti degli eterni spiriti dolenti. In esse non si guarda al cielo: ci si mette a camminare per le strade che con le torve luci dei lampioni sembrano circondarci d’odio. Nell’ombra di un angolo si intravede, forse, la lite di una coppia. La donna stracciona scuote nervosamente delle braccia lunghe e squallide, come tralci. L’uomo tace rassegnato e immobile; tra loro, si suppone, vibra qualche dramma orribile e sporco. Tutte queste cose sono opache alle sottili influenze della natura: per questo si chiamano prosaiche.
In campagna le notti hanno potere supremo, voci che lusingano e stelle ingannatrici che ammiccano come se parlassero con noi: le campagne tremano di piacere sotto la mano del venticello; le piante si vanno morendo con i loro colori che si dissipano e la luna si alza con somma delizia sopra quell’abbandono universale come un alto e pieno perdono per tutto ciò che sta accadendo sulla terra.
Le vergini prudenti che hanno abbandonato le loro sicure dimore della città, devono premunirsi che non le sorprenda il diavolo dell’estate che corre per i campi al venire della notte e compie mille birbonate nei sotterranei delle anime. Abbiate cura perché ci sono imboscate di incitazioni nell’aria e arrivano carezze pericolose in ogni campanello che suona, in ogni foglia che si agita.
E come le notti, le tarde e le mattine sono temibili negli orti e nei giardini. Ricordate Giustina la Santa, ne Il magico prodigioso, che sente una sublime ustione interiore contemplando i pampini ritorti delle viti.
Tutto cospira a rompere il vetro di serenità in cui teniamo prigioniero il sentimentalismo, noi, uomini e donne cittadini; molti desideri nuovi si stirano nei cuori delle ragazze e noi stessi ci sorprendiamo più bambini e più esigenti.
Ho osservato che andando dalla città alla campagna, si guadagna in sincerità, soprattutto le donne.
Esse ascoltano allora le parole che le cose dicono loro, e al di sopra dei rimpianti dell’educazione e dei costumi urbani, vanno lasciando apparire le inquietudini, i soffocamenti, i timidi clamori che portano congelati nel petto.
Se in Spagna fosse la vita meno bigia, meno severa e dolorosa, più sincera e agile, in una parola, più vita, vedremmo i sembianti femminili in questi giorni e queste notti esuberanti muoversi di qua e di là sui campi e sulle spiagge di villeggiatura con gli occhi molto aperti spargendo sitibondi sguardi, con le bocche fresche parlando sentimentali enigmi, con le orecchiette chiedendo di udire tutto, tremando al minimo rumore come quelle delle cerve che ci sono nella Casa de Campo.
Ieri, leggendo un nuovo libro francese, ho pensato che in Spagna non si potrà fare vita nobile e intensa finché le donne spagnole non abbiano il coraggio di andare dappertutto con il «volto meravigliato».
Così si intitola il libro: Il volto meravigliato. Suo autore è la contessa Mathieu de Noailles. Soltanto so di lei quattro notizie, e non è poco: che è donna, che è giovane, che è bella e che è greca.
Attualmente, le donne vanno guadagnando in Francia agli uomini i primi posti come scrittori; la ragione è molto semplice. In Francia, i maschi hanno corroso lo spirito dalla decadenza: sono quasi tutti nevrastenici, eccessivamente complicati, e i loro animi patiscono una prolungata tensione dolorosa. Come devono essere creatori? Inoltre, il criticismo si è impadronito dei loro cervelli, e va decomponendo i loro pensieri nel tempo che nascono, e analizzando le loro sensazioni, e rompendo i loro piaceri, e disgustandoli di se stessi. Come devono essere creatori?
Invece, le donne, in questa come in altre età di decadenza, si sono conservate sane: hanno raccolto l’eredità di civiltà e cultura che pesa sugli uomini, ominosa, crudelmente, e ne hanno preso soltanto una visione liberissima, ellenica della vita e gli strumenti artistici più perfezionati. Nella loro testa, che di dentro deve essere di madreperla, o qualcosa di simile, iridato, luminoso, squisito, ma duro, per fortuna non ha potuto nidificare l’uccello oscuro del criticismo né attecchire la termite dell’autoanalisi. Come non devono essere creatrici? Le loro opere non saranno eterne, non si costruiranno in bronzo o in materia più perenne del bronzo, ma sono le uniche in cui, attraverso una forma modernissima, azzimata, preziosa se si vuole, si trovano voci sincere, qualche lacrima, qualche grido, pezzi succosi di vita accettati in blocco, senza discussione né secchezze.
Così è il libro della contessa Mathieu de Noailles: dopo averlo letto ci resta l’impressione di aver bevuto una coppa di latte bianchissimo e frizzante. Le frasi si ergono sulle pagine gracilmente, con la semplicità delle visioni primitive, come le immagini di Omero e della Bibbia, come spighe, come colombe, come colonnine di fumo, come zampilli di fonte.
Lo spirito di questa donna greca deve essere valoroso, deciso, e tanto affamato di vivere che apre le braccia alla vita che arriva, senza riserve, senza sospetti, senza domandarle se è buona o cattiva: si avvicinano alla sua anima le emozioni, placide le une, altre piene di sofferenze, altre cariche di fortune di gioie, e tutte la trovano riconoscente, facile e con il «volto meravigliato» di sorpresa e di gratitudine. «Vivete —dice—, mio beneamato, che la vita vi circondi, vi bagni, vi accarezzi, che brilli nella vostra anima e sui vostri capelli, che stia intorno alle vostre mani e sopra la vostra testa…»
Vivere, per lei, è sentire un tale lusso della propria vita che la pone intera sopra un momento, come quei gloriosi perduti, di anime ben temperate, mettevano tutta la loro sostanza su una carta.
E quell’anelito di vivere è tanto nobilitante che eleva le anime che lo sentono sopra se stesse verso tutte le cose migliori, delicate e auguste, come l’acqua si appoggia sopra se stessa e trae da se stessa sforzo per ascendere verso il cielo nei zampilli vittoriosi dei giardini. C’è dolore nello sforzo, suppone grande tensione nell’anima, ma poi sopravviene un deliquio delizioso e l’acqua cade dispersa in gocce allegre, avendo sorriso al sole.
Il libro di cui parlo va delineando nelle sue pagine una figura di donna mistica a un tempo e brava che irradia il giubilo.
Sembra il suo cuore fatto d’argento: sempre risuona giovialmente. Per il convento dove ella abita passa ottobre incurvato, con i suoi otri di malinconia alla schiena e facendo sì che «sopra il tetto la banderuola si lamenti come un piccolo gufo». E allora è quando pensa:
«Ci sono momenti in cui tanta allegria riposa in giro, sopra tutte le cose, che mi fermo e le ascolto.
»Gli armadi nel convento dicono:
“Sto pieno di biancheria e di timo e sono anche qui perché ammucchiate silenzio e felicità…”
»I pozzi del giardino dicono: “Sto qui rotondo e profondo, per accogliere felicità…”
»Le porticine che cigolano e sono appena verniciate e la bianca scala e le finestre colore di rugiada e la clematide, pensano: “Stiamo qui noi perché la pace circoli, vada e venga, salga e scenda…” E sembra che perfino il più piccolo chiodo della casa riluca al sole e dica: «Eccomi qui per appendere felicità, felicità…»
Quando sentirà amarezza questa donna che strappa sorrisi da quanto la circonda? Forse mai: è invincibile perché ha il segreto di abbeverare le angosce del suo corpo nel torrente della sua anima, mai sazia di esistere e di sognare.
Ora che ci sono tante donne cittadine per le campagne e per le spiagge; ora che possono alcuni istanti rimanere avvolte nella solitudine e nel silenzio, dovrebbero coltivare i loro sogni come fiori di salvezza, e al giungere dell’autunno e con l’autunno il ritornare, lasciarli cadere sugli angoli delle loro case tra le pieghe delle tende e spargerli per le tavole e accanto ai letti.
Isabella di Baviera esclamava: «Le nostre case devono essere tali che non possano distruggere le illusioni che da fuori portiamo in esse».
Sé que muchos hombres sienten un frío de desolación al entrar en sus hogares porque allí escuchan con más claridad que en otras partes el ruido torpe, mohoso, chabacano, que hace la vida al girar sobre sus goznes.
Por eso ahora, mujeres, debéis cosechar los haces de anhelos en una existencia más libre, más alta, más intensa que el estío de los campos y las playas arrastrará por vuestras almas, turbándolas, como el viento riza un agua dormida. Desgranad bajo las estrellas cuentos prodigiosos, sin miedo, sin hipocresías, con decisión de conquistadores. Una tilde de imprudencia sazona la vida.
En España somos prudentes con exceso, y así tan tristemente nos va y así nos pastorea don Joseph Prudhomme. El cual, volviendo su ancha faz paniega al cielo de la noche, sólo piensa que las estrellas se parecen mucho a las condecoraciones.
El Imparcial, 25 de julio de 1904
1905
I know that many men feel a chill of desolation upon entering their homes, because there they hear more clearly than anywhere else the clumsy, moldy, vulgar noise that life makes as it turns on its hinges.
For this reason now, women, you must reap the sheaves of longings in a freer, higher, more intense existence, which the summer of fields and beaches will drag across your souls, troubling them, as the wind ripples a sleeping water. Unstring under the stars prodigious tales, without fear, without hypocrisy, with the resolve of conquerors. A trace of imprudence seasons life.
In Spain we are prudent to excess, and so sadly it goes with us, and so does Don Joseph Prudhomme shepherd us. He, turning his broad breadlike face to the night sky, thinks only that the stars look very much like decorations.
El Imparcial, 25 July 1904
1905
So che molti uomini sentono un freddo di desolazione entrando nelle proprie case, perché là ascoltano con più chiarezza che altrove il rumore goffo, muffito, volgare, che fa la vita girando sui suoi cardini.
Per questo ora, donne, dovete mietere i covoni di aneliti in un’esistenza più libera, più alta, più intensa, che l’estate dei campi e delle spiagge trascinerà per le vostre anime, turbandole, come il vento increspa un’acqua addormentata. Sgranate sotto le stelle racconti prodigiosi, senza paura, senza ipocrisie, con decisione di conquistatori. Un granello d’imprudenza condisce la vita.
In Spagna siamo prudenti con eccesso, e così tristemente ce la passiamo e così ci governa don Joseph Prudhomme. Il quale, volgendo il suo ampio volto di pane al cielo della notte, pensa soltanto che le stelle somigliano molto alle decorazioni.
El Imparcial, 25 luglio 1904
1905