Ortega y Gasset

Abstract

A note written for foreign readers on the coming of the Republic in April 1931: history is not narration but the understanding of genesis. Ortega explains why in Spain the change of regime came without revolution, with nearly the whole country already convinced.

Connections

Concetti: Stato

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Ciertos grupos de extranjeros en Suiza, Alemania y Francia me pidieron con casual coincidencia temporal una nota que les aclarase la subitánea y extraña transformación del Estado sobrevenida en España. Yo les envié el esquema siguiente:

La historia no es la narración de los hechos, sino la comprensión de su génesis. La historia, como toda realidad, tiene superficie y subsuelo, aspecto visible e íntimo, latente mecanismo. Cada día nos aburre más la historia como cuento y nos interesa con más vivo dramatismo la historia como comprensión. El hecho histórico brota súbitamente en la superficie y su presencia nos incita a penetrar en el subsuelo para descubrir sus raíces. Es preciso crear la historia radical que no se parece nada a un cuento y se parece mucho a una ecuación algébrica, al álgebra superior de lo humano.

Aquí se intenta aclarar brevemente ante los ojos de los extranjeros el hecho del cambio de Régimen acontecido en la vieja España, de manera tan súbita y tan simple. En pocas horas, el país que se suponía más monárquico se ha convertido en una República, sin la menor alteración del orden público. La cosa ha sido sencilla como «¡buenos días!» Esto es lo que necesita ser comprendido.

Precisemos las facciones del hecho.

Después de ocho años de Dictadura anticonstitucional, el Estado monárquico pretende legalizar su situación convocando un Parlamento. Las elecciones parlamentarias deben en pura tradición constitucional ir precedidas de elecciones municipales. Celébranse éstas el 12 de abril.

El resultado fue abrumador para la Monarquía. En la casi totalidad de las capitales de provincia, en los pueblos de alguna importancia e incluso en muchas aldeas, los votos republicanos triplicaron los monárquicos. Había en España tres veces más partidarios de la República que del Estado constituido. El 14 de abril fue proclamada la República en toda España como la cosa más natural del mundo. La Monarquía no intentó movimiento alguno de defensa, sino que ante el resultado de las elecciones se retiró del Poder y desapareció de la Historia.

En todas partes del Mundo ha causado sorpresa esta dulce manera de cambiar un Régimen. La sorpresa es la reacción de nuestra mente ante la súbita presencia de una realidad indubitable que, a la vez, contradice nuestras ideas adquiridas sobre el modo de comportarse las cosas. Los cambios de Régimen suelen producirse con una mise en scène revolucionaria. ¿Cómo es que en España las cosas han pasado de otra suerte? Esto es lo que requiere explicación.

Se facilita ésta si en el hecho enunciado se subrayan ciertos detalles. El hecho matemáticamente aproximado es que, en unas elecciones municipales, los votos republicanos han triplicado a los votos defensores del Poder constituido; que la inmensa mayoría de los españoles era, pues, enemiga del Régimen vigente. Pero esa cuantía matemática se potencia hasta representar la casi totalidad del país cuando se tienen en cuenta estas tres notas: 1.ª Las elecciones municipales no han tenido nunca en España significado político aunque los Ayuntamientos elegidos influían mucho en las elecciones propiamente políticas para el Parlamento. 2.ª Después de diez años de parálisis electoral era de suponer que la ciudadanía española estuviera bastante anquilosada. 3.ª Tras ocho años de tiranía, sin libertad de imprenta ni de reunión, sólo pudo gozar el pueblo español de garantías constitucionales —y aún no de todas— durante los veinte días estrictos que la ley llama «período electoral». No hubo, pues, apenas propaganda, ni agitación previa del cuerpo electoral. Si, no obstante este triple handicap, la votación republicana ha superado tan ampliamente a la monárquica, quiere decirse que en un sentido bastante literal la casi totalidad del país ha decidido cambiar de Régimen.

Pero aquí está precisamente lo extraño del fenómeno, que yo formularía así: ¿Cómo es posible que en un país se espere a que la casi totalidad del pueblo se convenza de que es preciso cambiar de Régimen para que la mutación se produzca? Porque lo normal y sólito fue siempre que apenas un Régimen pierde sus radicales prestigios —su justificación histórica—, surja en el país una minoría poderosa que organizándose en oposición acabe con aquél, en forma más o menos cruenta, pero inevitablemente revolucionaria. Lo normal es, pues, que sea la oposición como tal quien derroque al viejo Estado e imponga el nuevo sin dar tiempo a que sea la casi totalidad del pueblo, es decir, la mayoría, quien ejecute la operación. La revolución es siempre obra de una oposición y la oposición es, por su esencia misma, una minoría, mayor o menor, pero siempre minoría. La mayoría, como es lógico, no procede revolucionariamente, sino que es ella el orden en persona.

Esta observación nos descubre el sentido hondo del reciente hecho español y nos revela dónde está lo verdaderamente extraño en su fisonomía. En diciembre se inició un movimiento revolucionario ampliamente organizado sobre toda la Península: el 12 se sublevan en Jaca unos oficiales jóvenes y el 15 vuela sobre Madrid Franco arrojando proclamas. No he de ocultar a los lectores extranjeros que un aeroplano del Ejército, volando sobre la capital al ras de los tejados, llamando al pueblo a la revolución y anunciando que va a bombardear el Palacio Real y los cuarteles, es una de las escenas más emocionantes a que cabe asistir. Difícilmente puede imaginarse una incitación más enérgica a la movilización subversiva. Sin embargo, ni los jóvenes ardientes de Jaca, ni el pájaro rebelde consiguieron levantar al pueblo. España entera rehusó tomar parte en la revolución contra un Régimen que España entera iba a anular tres meses después en la mansedumbre de unos comicios municipales.

El hecho, de puro ser paradójico, se interpreta a sí mismo. Se trata simplemente de que España es un país anormalmente no-revolucionario. La capacidad de revolución es un talento y un vicio que los pueblos tienen o no. España no tiene ni ese talento ni ese vicio. Lo sucedido ahora no hace sino iluminar con nueva luz toda la historia de España, en la cual no ha habido jamás una verdadera revolución. Pero si, como hemos dicho, la revolución es el modo de actuar característico de la oposición, nos veremos obligados a precisar la peculiaridad extraña de la Península ibérica diciendo que en España ni hay ni ha habido nunca oposición. Éste, éste es el secreto hondo y por demás interesante de los destinos españoles: somos un pueblo sustancialmente gubernamental. Esto explicaría muchas, muchas cosas del pasado. Por ejemplo, el catolicismo de nuestra historia. España fue antiprotestante porque el protestantismo era oposición y Roma lo gubernamental —no porque fuese religiosamente más ni menos católica que cualquiera otra nación. Cuando el mundo ha dejado de ser católico, España lo ha dejado de ser también. Contra lo que suele creerse en el extranjero, tal vez no existan en ningún país europeo menos católicos auténticos que entre nosotros.

¿No es un tema sugestivo éste de un pueblo donde la oposición no existe? ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo está hecho un pueblo así? ¿Cómo sustituye dentro de sí esa función normal de fuerzas oponentes que regula los organismos colectivos? Contestar todo esto obligaría a abandonar el tema estricto de estas páginas y perderse en la intimidad del hombre español.

Por ahora basta con hacer notar ese gubernamentalismo constitutivo de este viejo pueblo occidental, porque él basta para orientar sobre el porvenir inmediato de la nueva República. España no cambia sino cuando cambia en bloque y entera. En las elecciones para Cortes Constituyentes que se han celebrado el 28 de mayo, no ha triunfado más que un solo diputado monárquico. Es decir, que siendo el monarquismo oposición se cumple respecto a él la norma extraña de nuestra historia y no puede vivir ni como oposición.

Cuando el joven francés quiere elegir dirección en su vida espiritual y desciende al fondo de sí mismo, donde el pasado de su raza ha decantado su tesoro tradicional, encuentra allí la figura gubernamental de Bossuet, pero junto a ella, y representando parejamente la más pura tradición ideológica francesa, encuentra también la oposición con Voltaire.

En Francia, como en Inglaterra, como en Alemania, se ha constituido desde siempre una doble tradición que ejercita al través de los siglos su fértil antagonismo. La tradición espiritual española es, en cambio, unilateral. No tenemos ni hemos tenido heterodoxia consolidada como fuerza histórica. La oposición, la heterodoxia, no ha logrado formar más que una lista de outsiders.

Pero esto que puede ser un vicio, como la revolución, puede ser, como ella, un talento: el de coincidir consigo mismo y, en un cierto instante del destino, poderse lanzar un pueblo coherente y compacto a una gran construcción histórica. Esto aconteció una vez a España y no está dicho que no le acontezca otra.

Certain groups of foreigners in Switzerland, Germany, and France asked me, with a chance coincidence of timing, for a note that would clarify for them the sudden and strange transformation of the State that had come about in Spain. I sent them the following outline:

History is not the narration of facts, but the comprehension of their genesis. History, like all reality, has a surface and a subsoil, a visible and an intimate aspect, a latent mechanism. Every day history as a tale bores us more, and history as comprehension interests us with more vivid drama. The historical fact bursts suddenly at the surface, and its presence incites us to penetrate the subsoil to discover its roots. It is necessary to create the radical history that resembles a tale not at all and resembles very much an algebraic equation, the higher algebra of the human.

Here we attempt to clarify briefly before the eyes of foreigners the fact of the change of Regime that took place in old Spain, in so sudden and simple a manner. In a few hours, the country that was supposed to be the most monarchical has become a Republic, without the least disturbance of public order. The thing has been as simple as “good morning!” This is what needs to be understood.

Let us specify the features of the fact.

After eight years of unconstitutional Dictatorship, the monarchical State proposes to legalize its situation by convolving a Parliament. The parliamentary elections must, in pure constitutional tradition, be preceded by municipal elections. These were held on 12 April.

The result was overwhelming for the Monarchy. In nearly all the provincial capitals, in the towns of some importance, and even in many villages, the republican votes tripled the monarchist ones. In Spain there were three times more partisans of the Republic than of the constituted State. On 14 April the Republic was proclaimed throughout Spain as the most natural thing in the world. The Monarchy attempted no movement of defense, but in the face of the election result withdrew from Power and disappeared from History.

Everywhere in the World this gentle way of changing a Regime has caused surprise. Surprise is the reaction of our mind to the sudden presence of an indubitable reality that, at the same time, contradicts our acquired ideas about the way things behave. Changes of Regime are wont to occur with a revolutionary mise en scène. How is it that in Spain things have come about otherwise? This is what requires explanation.

This is facilitated if in the stated fact certain details are underlined. The mathematically approximate fact is that, in municipal elections, the republican votes tripled the votes in defense of the constituted Power; that the immense majority of Spaniards was, then, an enemy of the current Regime. But that mathematical quantity is potentiated until it represents almost the whole country when these three notes are taken into account: 1st, The municipal elections have never had in Spain political significance, although the elected Town Councils greatly influenced the strictly political elections for the Parliament. 2nd, After ten years of electoral paralysis it was to be supposed that the Spanish citizenry was quite ossified. 3rd, After eight years of tyranny, without freedom of the press or of assembly, the Spanish people was able to enjoy constitutional guarantees —and not even all of them— only during the strict twenty days that the law calls “electoral period.” There was, then, hardly any propaganda, nor prior agitation of the electorate. If, notwithstanding this triple handicap, the republican vote has so amply surpassed the monarchist one, it means that in a rather literal sense almost the whole country has decided to change Regime.

But here precisely is the strangeness of the phenomenon, which I would formulate thus: How is it possible that in a country one waits until almost the whole people is convinced that it is necessary to change Regime for the mutation to take place? Because the normal and usual thing was always that, as soon as a Regime loses its radical prestige —its historical justification— a powerful minority arises in the country which, organizing itself as an opposition, does away with it, in a more or less bloody form, but inevitably revolutionary. The normal thing is, then, that it is the opposition as such that overthrows the old State and imposes the new one without giving time for almost the whole people, that is, the majority, to carry out the operation. Revolution is always the work of an opposition, and the opposition is, by its very essence, a minority, greater or lesser, but always a minority. The majority, logically, does not proceed revolutionarily, but is itself order in person.

This observation reveals to us the deep sense of the recent Spanish fact and reveals where the truly strange thing lies in its physiognomy. In December a revolutionary movement, amply organized over the whole Peninsula, began: on the 12th some young officers rise up at Jaca, and on the 15th Franco flies over Madrid dropping proclamations. I must not conceal from foreign readers that an airplane of the Army, flying over the capital at rooftop level, calling the people to revolution and announcing that it is going to bomb the Royal Palace and the barracks, is one of the most stirring scenes one can attend. Hardly can a more energetic incitement to subversive mobilization be imagined. Yet neither the ardent youths of Jaca nor the rebellious bird managed to raise the people. The whole of Spain refused to take part in a revolution against a Regime that the whole of Spain was going to annul three months later in the meekness of some municipal elections.

The fact, from being purely paradoxical, interprets itself. It is simply that Spain is an abnormally non-revolutionary country. The capacity for revolution is a talent and a vice that peoples have or do not have. Spain has neither that talent nor that vice. What has now happened only illuminates with new light the whole history of Spain, in which there has never been a true revolution. But if, as we have said, revolution is the characteristic mode of action of the opposition, we will be obliged to specify the strange peculiarity of the Iberian Peninsula by saying that in Spain there is no opposition and never has been. This, this is the deep and altogether interesting secret of Spanish destinies: we are a substantially governmental people. This would explain many, many things of the past. For example, the Catholicism of our history. Spain was anti-Protestant because Protestantism was opposition and Rome the governmental thing —not because it was religiously more or less Catholic than any other nation. When the world has ceased to be Catholic, Spain has also ceased to be so. Against what is wont to be believed abroad, perhaps in no European country are there fewer authentic Catholics than among us.

Is not this a suggestive theme, that of a people where opposition does not exist? How is this possible? How is such a people made? How does it replace within itself that normal function of opposing forces that regulates collective organisms? Answering all this would oblige us to abandon the strict theme of these pages and lose ourselves in the intimacy of the Spanish man.

For now it is enough to point out that constitutional governmentalism of this old Western people, because it suffices to orient one regarding the immediate future of the new Republic. Spain does not change except when it changes en bloc and whole. In the elections for the Constituent Cortes that were held on 28 May, not more than a single monarchist deputy triumphed. That is to say, monarchy being opposition, the strange norm of our history is fulfilled with respect to it, and it cannot live even as opposition.

When the young Frenchman wants to choose a direction in his spiritual life and descends to the bottom of himself, where the past of his race has decanted its traditional treasure, he finds there the governmental figure of Bossuet, but alongside it, and representing equally the purest French ideological tradition, he also finds the opposition with Voltaire.

In France, as in England, as in Germany, a double tradition has always been constituted that exercises through the centuries its fertile antagonism. The Spanish spiritual tradition is, on the contrary, unilateral. We have not, and have not had, a consolidated heterodoxy as a historical force. Opposition, heterodoxy, has managed to form nothing more than a list of outsiders.

But this which may be a vice, like revolution, may be, like it, a talent: that of coinciding with oneself and, at a certain instant of destiny, a coherent and compact people being able to launch itself into a great historical construction. This happened once to Spain, and it is not said that it may not happen to it another time.

Alcuni gruppi di stranieri in Svizzera, in Germania e in Francia mi chiesero, con casuale coincidenza di tempo, una nota che chiarisse loro la subitanea e strana trasformazione dello Stato sopraggiunta in Spagna. Io inviai loro il seguente schema:

La storia non è la narrazione dei fatti, ma la comprensione della loro genesi. La storia, come ogni realtà, ha superficie e sottosuolo, aspetto visibile e intimo, latente meccanismo. Ogni giorno la storia come racconto ci annoia di più e con più vivo drammatismo ci interessa la storia come comprensione. Il fatto storico sboccia subitaneamente in superficie e la sua presenza ci incita a penetrare nel sottosuolo per scoprirne le radici. Occorre creare la storia radicale, che non somiglia affatto a un racconto e somiglia molto a un’equazione algebrica, all’algebra superiore dell’umano.

Qui si tenta di chiarire brevemente dinanzi agli occhi degli stranieri il fatto del cambiamento di Regime avvenuto nella vecchia Spagna, in maniera tanto subitanea e tanto semplice. In poche ore, il paese che si supponeva il più monarchico si è convertito in una Repubblica, senza la minima alterazione dell’ordine pubblico. La cosa è stata semplice come «buongiorno!» Questo è ciò che ha bisogno di essere compreso.

Precisiamo le fattezze del fatto.

Dopo otto anni di Dittatura anticostituzionale, lo Stato monarchico pretende legalizzare la propria situazione convocando un Parlamento. Le elezioni parlamentari devono, in pura tradizione costituzionale, essere precedute da elezioni municipali. Queste si celebrano il 12 aprile.

Il risultato fu schiacciante per la Monarchia. Nella quasi totalità dei capoluoghi di provincia, nei paesi di qualche importanza e persino in molti villaggi, i voti repubblicani triplicarono quelli monarchici. In Spagna c’erano tre volte più fautori della Repubblica che dello Stato costituito. Il 14 aprile fu proclamata la Repubblica in tutta la Spagna come la cosa più naturale del mondo. La Monarchia non tentò alcun movimento di difesa, ma dinanzi al risultato delle elezioni si ritirò dal Potere e scomparve dalla Storia.

In tutte le parti del Mondo questa dolce maniera di cambiare un Regime ha causato sorpresa. La sorpresa è la reazione della nostra mente dinanzi alla subitanea presenza di una realtà indubitabile che, a un tempo, contraddice le nostre idee acquisite sul modo di comportarsi delle cose. I cambiamenti di Regime solevano prodursi con una mise en scène rivoluzionaria. Com’è che in Spagna le cose sono passate in altra maniera? Questo è ciò che richiede spiegazione.

Questa si facilita se nel fatto enunciato si sottolineano certi dettagli. Il fatto matematicamente approssimato è che, in elezioni municipali, i voti repubblicani hanno triplicato i voti difensori del Potere costituito; che l’immensa maggioranza degli spagnoli era, dunque, nemica del Regime vigente. Ma quella quantità matematica si potenzia fino a rappresentare la quasi totalità del paese quando si tengono in conto queste tre note: 1.ª Le elezioni municipali non hanno mai avuto in Spagna significato politico, benché i Municipi eletti influissero molto sulle elezioni propriamente politiche per il Parlamento. 2.ª Dopo dieci anni di paralisi elettorale era da supporre che la cittadinanza spagnola fosse alquanto anchilosata. 3.ª Dopo otto anni di tirannia, senza libertà di stampa né di riunione, il popolo spagnolo poté godere di garanzie costituzionali —e non ancora di tutte— soltanto durante i venti giorni stretti che la legge chiama «periodo elettorale». Non vi fu, dunque, appena propaganda, né agitazione previa del corpo elettorale. Se, nonostante questo triplice handicap, la votazione repubblicana ha superato tanto ampiamente la monarchica, vuol dire che in un senso abbastanza letterale la quasi totalità del paese ha deciso di cambiare Regime.

Ma qui sta precisamente lo strano del fenomeno, che io formulerei così: com’è possibile che in un paese si aspetti che la quasi totalità del popolo si convinca che è necessario cambiare Regime perché la mutazione si produca? Perché il normale e solito fu sempre che, appena un Regime perde i suoi radicali prestigi —la sua giustificazione storica—, sorga nel paese una minoranza potente che, organizzandosi in opposizione, finisca con esso, in forma più o meno cruenta, ma inevitabilmente rivoluzionaria. Il normale è, dunque, che sia l’opposizione in quanto tale a rovesciare il vecchio Stato e a imporre il nuovo senza dare tempo a che sia la quasi totalità del popolo, cioè la maggioranza, a eseguire l’operazione. La rivoluzione è sempre opera di un’opposizione, e l’opposizione è, per la sua stessa essenza, una minoranza, maggiore o minore, ma sempre minoranza. La maggioranza, com’è logico, non procede rivoluzionariamente, ma è essa stessa l’ordine in persona.

Questa osservazione ci scopre il senso profondo del recente fatto spagnolo e ci rivela dove stia il veramente strano nella sua fisionomia. In dicembre si iniziò un movimento rivoluzionario ampiamente organizzato su tutta la Penisola: il 12 si sollevano a Jaca alcuni ufficiali giovani e il 15 vola su Madrid Franco gettando proclami. Non devo nascondere ai lettori stranieri che un aeroplano dell’Esercito, volando sulla capitale rasente i tetti, chiamando il popolo alla rivoluzione e annunciando che bombarderà il Palazzo Reale e le caserme, è una delle scene più emozionanti a cui si possa assistere. Difficilmente può immaginarsi un’incitazione più energica alla mobilitazione sovversiva. Tuttavia, né i giovani ardenti di Jaca, né l’uccello ribelle riuscirono a sollevare il popolo. La Spagna intera rifiutò di prendere parte alla rivoluzione contro un Regime che la Spagna intera avrebbe annullato tre mesi dopo nella mansuetudine di alcune elezioni municipali.

Il fatto, a forza di essere paradossale, si interpreta da sé. Si tratta semplicemente del fatto che la Spagna è un paese anormalmente non-rivoluzionario. La capacità di rivoluzione è un talento e un vizio che i popoli hanno o non hanno. La Spagna non ha né quel talento né quel vizio. L’accaduto ora non fa che illuminare con nuova luce tutta la storia di Spagna, nella quale non vi è stata mai una vera rivoluzione. Ma se, come abbiamo detto, la rivoluzione è il modo di agire caratteristico dell’opposizione, ci vedremo obbligati a precisare la strana peculiarità della Penisola iberica dicendo che in Spagna non c’è né c’è mai stata opposizione. Questo, questo è il segreto profondo e per di più interessante dei destini spagnoli: siamo un popolo sostanzialmente governativo. Questo spiegherebbe molte, molte cose del passato. Per esempio, il cattolicesimo della nostra storia. La Spagna fu antiprotestante perché il protestantesimo era opposizione e Roma il governativo —non perché fosse religiosamente più o meno cattolica di qualsiasi altra nazione. Quando il mondo ha smesso di essere cattolico, la Spagna ha smesso di esserlo anch’essa. Contro ciò che suole credersi all’estero, forse non esistono in alcun paese europeo meno cattolici autentici che tra noi.

Non è un tema suggestivo questo di un popolo dove l’opposizione non esiste? Com’è possibile ciò? Com’è fatto un popolo così? Come sostituisce dentro di sé quella funzione normale di forze oppositrici che regola gli organismi collettivi? Rispondere a tutto ciò obbligherebbe ad abbandonare il tema stretto di queste pagine e a perdersi nell’intimità dell’uomo spagnolo.

Per ora basta far notare quel governamentalismo costitutivo di questo vecchio popolo occidentale, perché esso basta per orientarsi sul porvenir immediato della nuova Repubblica. La Spagna non cambia se non quando cambia in blocco e intera. Nelle elezioni per le Cortes Costituenti che si sono celebrate il 28 maggio, non ha trionfato che un solo deputato monarchico. Cioè, essendo il monarchismo opposizione, si adempie rispetto a esso la norma strana della nostra storia e non può vivere neppure come opposizione.

Quando il giovane francese vuole scegliere direzione nella sua vita spirituale e discende nel fondo di se stesso, dove il passato della sua razza ha decantato il suo tesoro tradizionale, trova là la figura governativa di Bossuet, ma accanto a essa, e rappresentando parimenti la più pura tradizione ideologica francese, trova anche l’opposizione con Voltaire.

In Francia, come in Inghilterra, come in Germania, si è costituita da sempre una doppia tradizione che esercita attraverso i secoli il suo fertile antagonismo. La tradizione spirituale spagnola è, invece, unilaterale. Non abbiamo né abbiamo avuto un’eterodossia consolidata come forza storica. L’opposizione, l’eterodossia, non è riuscita a formare più che una lista di outsiders.

Ma questo che può essere un vizio, come la rivoluzione, può essere, come essa, un talento: quello di coincidere con se stesso e, in un certo istante del destino, potersi lanciare un popolo coerente e compatto in una grande costruzione storica. Questo accadde una volta alla Spagna e non è detto che non le accada un’altra.

Un pueblo que no cambia sino entero, avanza por la historia, necesariamente, con tempo lento. La nueva polarización se va produciendo secretamente, con gran lentitud, hasta que gana a la sociedad entera. En los comienzos del siglo XIX, pudo Buckle presentar a España como un país cuyo destino había sido permanecer fiel a sus reyes. Ésta es la visión superficial. Pero bajo ella la realidad ha sido muy distinta. España ha sido monárquica mientras en el mundo la Monarquía significaba el gubernamentalismo. Pero esto no quiere decir que desde 1500 se sintiese vitalmente unida a sus reyes. Todo lo contrario. El dato seco de que las dinastías españolas desde aquella fecha sean extranjeras, resume la verdadera situación. La Monarquía, es decir, el Estado, se hallaba sobre el pueblo español, pesando sobre él, pero siempre fuera de él. La unión consustancial entre los Luises y los franceses no ha tenido jamás su paridad en la Península. La Monarquía vivió siempre desnacionalizada, aun en aquellas horas en que un rey como Carlos III quiso de buena fe el bien de la Nación —siempre, por supuesto, que no estorbase su política internacional puramente familiar. Una cosa es querer el bien del prójimo y otra fundirse con él. Siempre ha vivido España con una duplicidad de intereses difícilmente armonizables: las necesidades de la Nación y las de la Monarquía.

Mientras la forma del vivir histórico permitía esa mera superposición de un Estado a un pueblo, pudo España parecer y aun parecerse monárquica. Pero la Revolución francesa y la nueva estructura económica de Europa impusieron a la vida colectiva mayor porosidad. Desde entonces los Estados se hacen nacionales en un sentido extremo. No cabe distancia entre el Poder público y la sociedad: la porosidad les obliga a compenetrarse.

Por eso, desde hace más de un siglo y con la habitual lentitud de un tardígrado, España comienza a eliminar la Monarquía. Ya en las Cortes de Cádiz de 1812 aparece un grupo de hombres que no se sienten monárquicos. La Constitución que forjaron sirvió de pauta a todas las demás elaboradas en Europa durante el siglo pasado. Desde entonces cada día gana el antimonarquismo un paso dentro del alma española. La Restauración que hace sesenta años impuso, mediante un pronunciamiento, al padre de Alfonso XIII, fue una gran falsificación histórica. Baste decir que el empresario de aquella obra, Cánovas del Castillo, no pudo nunca viajar por las grandes capitales de provincia sin ser silbado. El pueblo urbano era ya republicano, y con frecuencia los candidatos republicanos triunfaban plenamente en Madrid y Barcelona y Valencia y Zaragoza.

Crisol, 16 de septiembre de 1931

A people that does not change except as a whole advances through history, necessarily, with a slow time. The new polarization is being produced secretly, with great slowness, until it wins over the entire society. At the beginning of the nineteenth century, Buckle was able to present Spain as a country whose destiny had been to remain faithful to its kings. That is the superficial vision. But beneath it reality has been very different. Spain has been monarchical while in the world Monarchy meant governmentalism. But this does not mean that since 1500 it felt vitally united to its kings. Quite the contrary. The dry fact that the Spanish dynasties since that date are foreign sums up the true situation. The Monarchy, that is, the State, stood over the Spanish people, weighing upon it, but always outside it. The consubstantial union between the Louis and the French has never had its parity in the Peninsula. The Monarchy always lived denationalized, even in those hours when a king like Charles III wished in good faith the good of the Nation —always, of course, provided it did not hinder his purely familial international policy. One thing is to wish the good of one’s neighbor, another to fuse oneself with him. Spain has always lived with a duplicity of interests hard to reconcile: the needs of the Nation and those of the Monarchy.

As long as the form of historical living allowed that mere superimposition of a State upon a people, Spain could seem and even resemble monarchical. But the French Revolution and the new economic structure of Europe imposed upon collective life a greater porosity. Since then States become national in an extreme sense. There is no room for distance between public Power and society: porosity obliges them to interpenetrate.

For this reason, for more than a century and with the habitual slowness of a tardigrade, Spain begins to eliminate the Monarchy. Already in the Cortes of Cádiz of 1812 a group of men appears who do not feel monarchical. The Constitution they forged served as a pattern for all the others elaborated in Europe during the past century. Since then, every day anti-monarchism gains a step within the Spanish soul. The Restoration that sixty years ago imposed, by means of a pronunciamiento, the father of Alfonso XIII, was a great historical falsification. Suffice it to say that the impresario of that work, Cánovas del Castillo, could never travel through the great provincial capitals without being hissed. The urban people was already republican, and frequently the republican candidates triumphed fully in Madrid and Barcelona and Valencia and Zaragoza.

Crisol, 16 September 1931

Un popolo che non cambia se non intero, avanza per la storia, necessariamente, con tempo lento. La nuova polarizzazione si va producendo segretamente, con grande lentezza, finché guadagna l’intera società. Agli inizi del secolo XIX, poté Buckle presentare la Spagna come un paese il cui destino era stato rimanere fedele ai suoi re. Questa è la visione superficiale. Ma sotto di essa la realtà è stata molto diversa. La Spagna è stata monarchica finché nel mondo la Monarchia significava il governamentalismo. Ma questo non vuol dire che dal 1500 si sentisse vitalmente unita ai suoi re. Tutto il contrario. Il dato secco che le dinastie spagnole da quella data siano straniere, riassume la vera situazione. La Monarchia, cioè lo Stato, si trovava sopra il popolo spagnolo, pesando su di esso, ma sempre fuori di esso. L’unione consustanziale tra i Luisi e i francesi non ha mai avuto la sua parità nella Penisola. La Monarchia visse sempre snazionalizzata, anche in quelle ore in cui un re come Carlo III volle in buona fede il bene della Nazione —sempre, s’intende, che non disturbasse la sua politica internazionale puramente familiare. Una cosa è volere il bene del prossimo e un’altra fondersi con esso. La Spagna ha sempre vissuto con una duplicità di interessi difficilmente armonizzabili: i bisogni della Nazione e quelli della Monarchia.

Finché la forma del vivere storico permise quella mera sovrapposizione di uno Stato a un popolo, poté la Spagna sembrare e persino apparire monarchica. Ma la Rivoluzione francese e la nuova struttura economica dell’Europa imposero alla vita collettiva una maggiore porosità. Da allora gli Stati si fanno nazionali in un senso estremo. Non c’è distanza tra il Potere pubblico e la società: la porosità li obbliga a compenetrarsi.

Per questo, da più di un secolo e con la solita lentezza di un tardigrado, la Spagna comincia a eliminare la Monarchia. Già nelle Cortes di Cadice del 1812 appare un gruppo di uomini che non si sentono monarchici. La Costituzione che forgiarono servì da modello a tutte le altre elaborate in Europa durante il secolo passato. Da allora ogni giorno l’antimonarchismo guadagna un passo dentro l’anima spagnola. La Restaurazione che sessant’anni fa impose, mediante un pronunciamento, il padre di Alfonso XIII, fu una grande falsificazione storica. Basta dire che l’impresario di quell’opera, Cánovas del Castillo, non poté mai viaggiare per i grandi capoluoghi di provincia senza essere fischiato. Il popolo urbano era già repubblicano, e di frequente i candidati repubblicani trionfavano pienamente a Madrid e Barcellona e Valencia e Saragozza.

Crisol, 16 settembre 1931