Abstract

A polemic against Eugenio d’Ors’s Glosario, which brushes off Frobenius and Spengler: against cultural monism, on which there is one culture only and Europe is its vessel, Ortega lines up all recent historiography — the East, archaeology, ethnology, prehistory.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Cuando León Frobenius pasó recientemente por España y nos habló un poco de africanidades, Eugenio d’Ors creyó en peligro la cultura europea de que se ha hecho amable y generoso defensor. Contra la presunta invasión de armadas negroides que temía, destacó en ágil bandada un grupo de «Glosas» que iban, como suelen, capitaneadas por Ariel. Es el «Glosario» de Eugenio d’Ors uno de los hechos más importantes de las letras españolas contemporáneas. Con una constancia ejemplar, día por día, ha crecido su cosecha imperturbada como si viviese en perpetuo fructidor. Se desliza el «Glosario» sin prisa y sin pausa, según Goethe quería, aceptando a bordo todas las dimensiones de la vida, el suceso trivial o la alta idea. Tal vez su autor prefiriese que al verlo cinglar pensásemos en la desnuda nave de Ulises; pero su misma riqueza y atuendo, la vibración de sus aforismos, que ventean como gallardetes, le dan el mejor aire barroco y envían hacia nosotros la imagen de un arca de Noé estilizada en gálibo de góndola.

El valor indiscutible del «Glosario» me haría desear hallarme siempre de acuerdo con su contenido. Pero, a veces, todos mis esfuerzos para lograrlo son penas de amor perdidas. Así me acontece ahora con este grupo de «Glosas» en que se combaten ciertos nuevos ensayos de ideología histórica.

¿En qué se combaten? El combate intelectual es un diálogo de soberana fecundidad. Pero d’Ors no dialoga nunca. Su manera de combatir es volverse de espaldas al enemigo y cantar una vez más su aria. Afortunadamente, el aria del glosador es siempre melodiosa y gentil. Pero me parece el peor de los instrumentos para obrar persuasión en materias científicas como son casi todas las que el «Glosario» sesga.

Existe, inveterada, la idea de que sólo hay una cultura. Cuando se hablaba de la cultura oriental, de la griega, de la romana, se entendía que eran estadios de un único proceso en que la única cultura se ha ido integrando y creciendo. Esto supone que esas culturas particulares manan de una fuente común y pueden verterse las unas en las otras con perfecta continuidad, formando una fluencia ininterrumpida. La cultura europea actual sería el recipiente en que queda recogido todo lo que en aquellas otras culturas había de verdaderamente culto. De esta manera, nuestra cultura sería, no sólo la nuestra, sino la única merecedora de tal nombre.

Pero desde hace más de treinta años han comenzado a levantarse graves objeciones contra ese monismo cultural, hasta el punto que será difícil hallar en todo este período un solo historiador de nota que lo acepte. La técnica misma del trabajo histórico ha obligado a superar la candidez de la idea tradicional. En efecto: las ampliaciones gigantescas que ha recibido la ciencia de la historia con el descubrimiento de Oriente, con la arqueología, la etnología y la prehistoria, hacían ineludible una nueva ideología con más largas y rigorosas perspectivas. De todo ese inmenso trabajo que ha sido hecho y hoy continúa han emanado algunos ensayos de síntesis popular. Tales son los sistemas de Frobenius y Spengler. Ni los más serios ni los más agudos han sido los más ruidosos. Pero conviene repetir una vez más que tras ellos se encuentra en ciertos puntos esenciales toda la historiografía actual.

Me es, pues, imposible aceptar que Eugenio d’Ors no encuentra otra cosa que decir ante ese enorme hecho de la ciencia actual si no es desdeñar la moda de las tallas negras en algunos salones de París o preguntar qué nos importan los huesos de los mastodontes. No se justifica bien este menosprecio de las «Glosas» por los mastodontes, sobre todo si recordamos que d’Ors nos describe un paisaje balear con un pastor y unas cabras, y al concluir, súbitamente añade: «Esto es civilización». Si hubiese preguntado a un economista, habría oído que la cabra, como la mula, es un signo de barbarie. En cambio, todo el que vea el elefante arcaico en una cueva de Oviedo con su perfil purísimo y su corazón dibujado rigorosamente en su correcto lugar anatómico y piense que fue pintado hace diez mil años, menos dogmático, más exigente que d’Ors, se preguntará: ¿Qué es civilización?

Ya el emplear este vocablo urbanísimo «civilización» como resumen de una escena bucólica, rural, es un pequeño desliz de quien no suele deslizarse como d’Ors. Un clásico, al oírlo, habría, sin más, descubierto en el glosador sangre extraña. Su aspiración olímpica es, en efecto, completamente gratuita.

¿Qué es civilización? ¿Qué es cultura? En rigor, sólo tenemos de ellas un concepto claro cuando nos contentamos con un concepto formal. Cultura es todo aquello que para nosotros tiene buen sentido. Son ideas cultas las que nos parecen verdaderas; instituciones cultas, las que nos parecen justas. Cultura es el conjunto de reacciones intelectuales y prácticas en que se realizan ciertas normas ungidas para nosotros de un valor absoluto y decisivo.

Pero este concepto no nos proporciona garantía ninguna de que nuestro sistema de normas sea el único acertado. Otros pueblos han acatado y acatan sistemas opuestos, o, al menos divergentes del nuestro. Para el indo es injusta una constitución política que desconoce la norma cósmica de las castas. No comprende tampoco que llamemos ciencia a una ocupación intelectual como la física, la biología, etcétera, que sólo resuelven problemas pragmáticos, pero dejan intactas las grandes cuestiones últimas. Parejamente, el chino considera inaceptable nuestra estimación del individuo, que es un ente abstracto y fugitivo. La verdadera realidad humana es la familia, sustancia perdurable que siempre se renueva.

La validez exclusiva de nuestra cultura es, pues, de hecho cosa muy problemática. Este problematismo aumenta si advertimos que es difícil llegar a un acuerdo sobre los caracteres esenciales de la cultura europea. Así d’Ors reduce ésta sobremanera, casi la confina a su provincia, y, bajo el nombre de clasicismo, se queda con media docena de ideas, de formas y de gestos. Lo culto es lo sencillo, nos dice. Y uno se pregunta: ¿Por qué? Más bien parece toda cultura una sustancial complicación. El animal es más sencillo que el hombre, la planta más que el animal, la fibra más que la planta. La ciencia actual —y me refiero a las de desarrollo ejemplar—, matemática y física son complicadas superlativamente. Nada más «barroco» que una obra matemática contemporánea con sus haces de curvas. D’Ors quiere volver a Euclides. Pero éste es, a mi juicio, el gran error de sus hábitos intelectuales. Pensar no es querer que las cosas sean de cierta manera. Pensar es precisamente todo lo contrario: querer que las cosas sean como son. La pretensión de definir la cultura europea excluyendo de ella toda la matemática desde Descartes hasta la fecha, no me parece desacertada. No me parece desacertada porque ni siquiera consigo entenderla.

En escollos como éste es donde suele naufragar mi admiración por el «Glosario». Se naufraga ideológicamente siempre que ante una afirmación heteróclita no hallamos dónde agarrarnos, algún germen de prueba que nos permita flotar, alguna insinuación de fundamento. En el «Glosario» abunda el capricho que nos hace encallar. Es el inconveniente que hay en no ser dócil a la intuición de las realidades y obstinarse en pensar según receta. «Se debe ser clásico», prejuzga d’Ors, y todas las cosas le aparecen deformadas en este sentido. Así se explica el frecuente quid pro quo en sus apreciaciones. Un ejemplo de esto, que siempre me ha parecido sorprendente, es que el «Glosario» recomiende a Poussin como tipo de artista clásico. Porque es demasiado evidente que Poussin y su contemporáneo Claudio Lorena son las dos primeras manifestaciones del romanticismo que ha habido en Europa. No se concibe una inspiración clásica cuyo tema sea el pasado como tal. Clasicismo es actualidad, como romanticismo es nostalgia. Pues bien: Poussin es probablemente el inventor de la ruina como tema artístico. ¿Y no es la ruina el domicilio de las musas románticas? Cuando Poussin pinta la vida clásica, la pinta como un pretérito irredimible, como un pasado definitivo que sólo cabe soñar. Ahora bien: ésta es la típica emoción romántica: gozarse en revivir imaginariamente las vidas que fueron, emigrar del presente hacia la dimensión de lo fenecido. Un antiguo podría acaso entender al Greco, pero no a Poussin. Todo el que resbale la vista sobre una colección de restos históricos griegos o romanos, no puede menos de recordar al Greco, a pesar de las enormes diferencias.

Pero volvamos a la cultura.

Es, de hecho, problemático que la nuestra sea la única. A nuestra afirmación de ella contraponen su distinto fervor otras razas hoy deprimidas que un tiempo fueron preponderantes y muy bien podrían volverlo a ser. Para reconocer que las normas y valores vigentes en nuestras almas son los únicos merecedores de tal dignidad, sería menester demostrarlo. Mas para esto haría falta precisamente hacerse de ellos problema. Entonces, y sólo entonces, tendríamos algo incomparable a las demás culturas, salvo la griega. Solamente griegos y europeos han creído que no eran cultos mientras no pusiesen en duda su propia cultura y elaborasen serios fundamentos para ella. De donde resulta que nuestra cultura sólo será, en efecto, la única auténtica en la medida en que crea que no lo es y se vuelva problemática. Es decir, en un sentido estrictamente opuesto al que tiene en el «Glosario». A menudo d’Ors propone la norma europea como quien anuncia un específico, cuando es, por el contrario, una divina angustia y un sublime malestar.

En cambio, me parece muy certero cuando considera la «razón» como el distintivo de la cultura europea incluyendo la helénica. Pero tampoco conviene desvanecer el sentido rigoroso de esta palabra. Su uso más adecuado y más firme es el que se halla en Platón cuando dice: «Hay que dar razón de cada cosa». Ahora bien: nuestra cultura aparece, por lo pronto, como uno de tantos hechos históricos. Ella misma es un proceso temporal, una germinación apasionada llena de peripecias y aventuras, de adquisiciones, ensayos y fracasos. De aquí que la razón queda incompleta si se reduce a ser razón matemática o lógica. Precisamente lo que necesitamos hoy añadir a la antigua razón es la razón histórica, el sentido histórico. Y éste nos lleva irremediablemente a tratar con los negros y los mastodontes.

El Sol, 10 de julio de 1924[86]