Ortega y Gasset

Abstract

A polemic against Eugenio d’Ors’s Glosario, which brushes off Frobenius and Spengler: against cultural monism, on which there is one culture only and Europe is its vessel, Ortega lines up all recent historiography — the East, archaeology, ethnology, prehistory.

Connections

Assi: Senso della storia

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Cuando León Frobenius pasó recientemente por España y nos habló un poco de africanidades, Eugenio d’Ors creyó en peligro la cultura europea de que se ha hecho amable y generoso defensor. Contra la presunta invasión de armadas negroides que temía, destacó en ágil bandada un grupo de «Glosas» que iban, como suelen, capitaneadas por Ariel. Es el «Glosario» de Eugenio d’Ors uno de los hechos más importantes de las letras españolas contemporáneas. Con una constancia ejemplar, día por día, ha crecido su cosecha imperturbada como si viviese en perpetuo fructidor. Se desliza el «Glosario» sin prisa y sin pausa, según Goethe quería, aceptando a bordo todas las dimensiones de la vida, el suceso trivial o la alta idea. Tal vez su autor prefiriese que al verlo cinglar pensásemos en la desnuda nave de Ulises; pero su misma riqueza y atuendo, la vibración de sus aforismos, que ventean como gallardetes, le dan el mejor aire barroco y envían hacia nosotros la imagen de un arca de Noé estilizada en gálibo de góndola.

El valor indiscutible del «Glosario» me haría desear hallarme siempre de acuerdo con su contenido. Pero, a veces, todos mis esfuerzos para lograrlo son penas de amor perdidas. Así me acontece ahora con este grupo de «Glosas» en que se combaten ciertos nuevos ensayos de ideología histórica.

¿En qué se combaten? El combate intelectual es un diálogo de soberana fecundidad. Pero d’Ors no dialoga nunca. Su manera de combatir es volverse de espaldas al enemigo y cantar una vez más su aria. Afortunadamente, el aria del glosador es siempre melodiosa y gentil. Pero me parece el peor de los instrumentos para obrar persuasión en materias científicas como son casi todas las que el «Glosario» sesga.

Existe, inveterada, la idea de que sólo hay una cultura. Cuando se hablaba de la cultura oriental, de la griega, de la romana, se entendía que eran estadios de un único proceso en que la única cultura se ha ido integrando y creciendo. Esto supone que esas culturas particulares manan de una fuente común y pueden verterse las unas en las otras con perfecta continuidad, formando una fluencia ininterrumpida. La cultura europea actual sería el recipiente en que queda recogido todo lo que en aquellas otras culturas había de verdaderamente culto. De esta manera, nuestra cultura sería, no sólo la nuestra, sino la única merecedora de tal nombre.

Pero desde hace más de treinta años han comenzado a levantarse graves objeciones contra ese monismo cultural, hasta el punto que será difícil hallar en todo este período un solo historiador de nota que lo acepte. La técnica misma del trabajo histórico ha obligado a superar la candidez de la idea tradicional. En efecto: las ampliaciones gigantescas que ha recibido la ciencia de la historia con el descubrimiento de Oriente, con la arqueología, la etnología y la prehistoria, hacían ineludible una nueva ideología con más largas y rigorosas perspectivas. De todo ese inmenso trabajo que ha sido hecho y hoy continúa han emanado algunos ensayos de síntesis popular. Tales son los sistemas de Frobenius y Spengler. Ni los más serios ni los más agudos han sido los más ruidosos. Pero conviene repetir una vez más que tras ellos se encuentra en ciertos puntos esenciales toda la historiografía actual.

Me es, pues, imposible aceptar que Eugenio d’Ors no encuentra otra cosa que decir ante ese enorme hecho de la ciencia actual si no es desdeñar la moda de las tallas negras en algunos salones de París o preguntar qué nos importan los huesos de los mastodontes. No se justifica bien este menosprecio de las «Glosas» por los mastodontes, sobre todo si recordamos que d’Ors nos describe un paisaje balear con un pastor y unas cabras, y al concluir, súbitamente añade: «Esto es civilización». Si hubiese preguntado a un economista, habría oído que la cabra, como la mula, es un signo de barbarie. En cambio, todo el que vea el elefante arcaico en una cueva de Oviedo con su perfil purísimo y su corazón dibujado rigorosamente en su correcto lugar anatómico y piense que fue pintado hace diez mil años, menos dogmático, más exigente que d’Ors, se preguntará: ¿Qué es civilización?

Ya el emplear este vocablo urbanísimo «civilización» como resumen de una escena bucólica, rural, es un pequeño desliz de quien no suele deslizarse como d’Ors. Un clásico, al oírlo, habría, sin más, descubierto en el glosador sangre extraña. Su aspiración olímpica es, en efecto, completamente gratuita.

¿Qué es civilización? ¿Qué es cultura? En rigor, sólo tenemos de ellas un concepto claro cuando nos contentamos con un concepto formal. Cultura es todo aquello que para nosotros tiene buen sentido. Son ideas cultas las que nos parecen verdaderas; instituciones cultas, las que nos parecen justas. Cultura es el conjunto de reacciones intelectuales y prácticas en que se realizan ciertas normas ungidas para nosotros de un valor absoluto y decisivo.

Pero este concepto no nos proporciona garantía ninguna de que nuestro sistema de normas sea el único acertado. Otros pueblos han acatado y acatan sistemas opuestos, o, al menos divergentes del nuestro. Para el indo es injusta una constitución política que desconoce la norma cósmica de las castas. No comprende tampoco que llamemos ciencia a una ocupación intelectual como la física, la biología, etcétera, que sólo resuelven problemas pragmáticos, pero dejan intactas las grandes cuestiones últimas. Parejamente, el chino considera inaceptable nuestra estimación del individuo, que es un ente abstracto y fugitivo. La verdadera realidad humana es la familia, sustancia perdurable que siempre se renueva.

La validez exclusiva de nuestra cultura es, pues, de hecho cosa muy problemática. Este problematismo aumenta si advertimos que es difícil llegar a un acuerdo sobre los caracteres esenciales de la cultura europea. Así d’Ors reduce ésta sobremanera, casi la confina a su provincia, y, bajo el nombre de clasicismo, se queda con media docena de ideas, de formas y de gestos. Lo culto es lo sencillo, nos dice. Y uno se pregunta: ¿Por qué? Más bien parece toda cultura una sustancial complicación. El animal es más sencillo que el hombre, la planta más que el animal, la fibra más que la planta. La ciencia actual —y me refiero a las de desarrollo ejemplar—, matemática y física son complicadas superlativamente. Nada más «barroco» que una obra matemática contemporánea con sus haces de curvas. D’Ors quiere volver a Euclides. Pero éste es, a mi juicio, el gran error de sus hábitos intelectuales. Pensar no es querer que las cosas sean de cierta manera. Pensar es precisamente todo lo contrario: querer que las cosas sean como son. La pretensión de definir la cultura europea excluyendo de ella toda la matemática desde Descartes hasta la fecha, no me parece desacertada. No me parece desacertada porque ni siquiera consigo entenderla.

En escollos como éste es donde suele naufragar mi admiración por el «Glosario». Se naufraga ideológicamente siempre que ante una afirmación heteróclita no hallamos dónde agarrarnos, algún germen de prueba que nos permita flotar, alguna insinuación de fundamento. En el «Glosario» abunda el capricho que nos hace encallar. Es el inconveniente que hay en no ser dócil a la intuición de las realidades y obstinarse en pensar según receta. «Se debe ser clásico», prejuzga d’Ors, y todas las cosas le aparecen deformadas en este sentido. Así se explica el frecuente quid pro quo en sus apreciaciones. Un ejemplo de esto, que siempre me ha parecido sorprendente, es que el «Glosario» recomiende a Poussin como tipo de artista clásico. Porque es demasiado evidente que Poussin y su contemporáneo Claudio Lorena son las dos primeras manifestaciones del romanticismo que ha habido en Europa. No se concibe una inspiración clásica cuyo tema sea el pasado como tal. Clasicismo es actualidad, como romanticismo es nostalgia. Pues bien: Poussin es probablemente el inventor de la ruina como tema artístico. ¿Y no es la ruina el domicilio de las musas románticas? Cuando Poussin pinta la vida clásica, la pinta como un pretérito irredimible, como un pasado definitivo que sólo cabe soñar. Ahora bien: ésta es la típica emoción romántica: gozarse en revivir imaginariamente las vidas que fueron, emigrar del presente hacia la dimensión de lo fenecido. Un antiguo podría acaso entender al Greco, pero no a Poussin. Todo el que resbale la vista sobre una colección de restos históricos griegos o romanos, no puede menos de recordar al Greco, a pesar de las enormes diferencias.

Pero volvamos a la cultura.

When León Frobenius recently passed through Spain and spoke to us a little of Africanisms, Eugenio d’Ors believed the European culture of which he has made himself the amiable and generous defender to be in danger. Against the presumed invasion of negroid armadas that he feared, he dispatched in an agile flock a group of “Glosas” that went, as they are wont, captained by Ariel. The “Glosario” of Eugenio d’Ors is one of the most important facts of contemporary Spanish letters. With exemplary constancy, day by day, its harvest has grown undisturbed as if it lived in perpetual fructidor. The “Glosario” glides without haste and without pause, as Goethe wanted, accepting on board all the dimensions of life, the trivial event or the lofty idea. Perhaps its author would prefer that, seeing it tack, we think of the naked ship of Ulysses; but its very richness and attire, the vibration of its aphorisms, which flutter like pennants, give it the best baroque air and send toward us the image of an ark of Noah stylized in the mould of a gondola.

The indisputable value of the “Glosario” would make me wish always to find myself in agreement with its content. But, at times, all my efforts to achieve it are the pains of love lost. Thus it happens to me now with this group of “Glosas” in which certain new essays of historical ideology are combated.

In what do they combat? Intellectual combat is a dialogue of sovereign fecundity. But d’Ors never dialogues. His way of fighting is to turn his back on the enemy and sing once more his aria. Fortunately, the glossator’s aria is always melodious and gentle. But it seems to me the worst of instruments for working persuasion in scientific matters, as are almost all those which the “Glosario” shears.

There exists, inveterate, the idea that there is only one culture. When one spoke of Oriental culture, of Greek, of Roman, it was understood that they were stages of a single process in which the one culture has been integrating and growing. This supposes that those particular cultures flow from a common source and can pour into one another with perfect continuity, forming an uninterrupted flux. The current European culture would be the receptacle in which is gathered everything that in those other cultures there was of truly cult. In this way, our culture would be not only ours, but the only one worthy of such a name.

But for more than thirty years grave objections have begun to rise against that cultural monism, to the point that it will be difficult to find in all this period a single historian of note who accepts it. The very technique of historical work has obliged us to overcome the candor of the traditional idea. Indeed: the gigantic enlargements that the science of history has received with the discovery of the Orient, with archaeology, ethnology, and prehistory, made unavoidable a new ideology with longer and more rigorous perspectives. From all that immense work that has been done and today continues, some essays of popular synthesis have emanated. Such are the systems of Frobenius and Spengler. Neither the most serious nor the most acute have been the most noisy. But it is worth repeating once more that behind them there is found, on certain essential points, all of present-day historiography.

It is, then, impossible for me to accept that Eugenio d’Ors finds nothing else to say before that enormous fact of present-day science than to disdain the fashion of black carvings in some Paris salons or to ask what the bones of mastodons matter to us. This contempt of the “Glosas” for the mastodons is not well justified, especially if we remember that d’Ors describes to us a Balearic landscape with a shepherd and some goats, and, concluding, suddenly adds: “This is civilization.” If he had asked an economist, he would have heard that the goat, like the mule, is a sign of barbarism. On the other hand, whoever sees the archaic elephant in a cave at Oviedo with its purest profile and its heart drawn rigorously in its correct anatomical place and thinks that it was painted ten thousand years ago, less dogmatic, more demanding than d’Ors, will ask himself: What is civilization?

Even the use of that most urbane word “civilization” as a summary of a bucolic, rural scene is a small slip on the part of one who is not wont to slip, like d’Ors. A classic, hearing it, would have, without more, discovered in the glossator foreign blood. His Olympian aspiration is, in effect, completely gratuitous.

What is civilization? What is culture? Strictly, we have of them a clear concept only when we content ourselves with a formal concept. Culture is everything that for us makes good sense. Cultured ideas are those that seem true to us; cultured institutions, those that seem just to us. Culture is the set of intellectual and practical reactions in which certain norms anointed for us with an absolute and decisive value are realized.

But this concept provides us with no guarantee whatsoever that our system of norms is the only correct one. Other peoples have accepted and accept opposite systems, or at least divergent from ours. For the Indian, a political constitution that ignores the cosmic norm of the castes is unjust. Nor does he understand that we call science an intellectual occupation like physics, biology, etcetera, which solve only pragmatic problems, but leave intact the great ultimate questions. Likewise, the Chinese considers unacceptable our estimation of the individual, which is an abstract and fugitive entity. The true human reality is the family, a perduring substance that always renews itself.

The exclusive validity of our culture is, then, in fact a very problematic thing. This problematism increases if we notice that it is difficult to reach an agreement on the essential characters of European culture. Thus d’Ors reduces it excessively, almost confines it to his province, and, under the name of classicism, keeps half a dozen ideas, forms, and gestures. The cultured is the simple, he tells us. And one asks oneself: Why? Rather, every culture seems a substantial complication. The animal is simpler than man, the plant more than the animal, the fiber more than the plant. Present-day science —and I refer to those of exemplary development—, mathematics and physics are superbly complicated. Nothing more “baroque” than a contemporary mathematical work with its sheaves of curves. d’Ors wants to return to Euclid. But that is, in my judgment, the great error of his intellectual habits. To think is not to want things to be in a certain way. To think is precisely the opposite: to want things to be as they are. The pretension to define European culture by excluding from it all of mathematics from Descartes to date does not seem to me mistaken. It does not seem to me mistaken because I cannot even manage to understand it.

It is on reefs like this that my admiration for the “Glosario” usually founders. One founders ideologically whenever, before a heteroclite affirmation, we find nothing to cling to, no germ of proof that allows us to float, some insinuation of foundation. In the “Glosario” abounds the whim that makes us run aground. That is the drawback of not being docile to the intuition of realities and of obstinately thinking according to recipe. “One must be classical,” d’Ors prejudges, and all things appear to him deformed in this sense. Thus is explained the frequent quid pro quo in his appreciations. An example of this, which has always seemed surprising to me, is that the “Glosario” recommends Poussin as the type of classical artist. Because it is only too evident that Poussin and his contemporary Claude Lorrain are the two first manifestations of the romanticism that there has been in Europe. One cannot conceive a classical inspiration whose theme is the past as such. Classicism is actuality, just as romanticism is nostalgia. Well, then: Poussin is probably the inventor of the ruin as an artistic theme. And is not the ruin the domicile of the romantic muses? When Poussin paints classical life, he paints it as an irredeemable preterite, as a definitive past that can only be dreamed. Now: this is the typical romantic emotion: to delight in imaginatively reliving the lives that were, to emigrate from the present toward the dimension of the extinct. An ancient could perhaps understand El Greco, but not Poussin. Whoever lets his gaze slide over a collection of Greek or Roman historical remains cannot but remember El Greco, despite the enormous differences.

But let us return to culture.

Quando León Frobenius passò recentemente per la Spagna e ci parlò un poco di africanità, Eugenio d’Ors credette in pericolo la cultura europea di cui si è fatto amabile e generoso difensore. Contro la presunta invasione di armate negroidi che temeva, distaccò in agile stormo un gruppo di «Glosas» che andavano, come sogliono, capitanate da Ariel. È il «Glosario» di Eugenio d’Ors uno dei fatti più importanti delle lettere spagnole contemporanee. Con una costanza esemplare, giorno per giorno, è cresciuto il suo raccolto imperturbato come se vivesse in perpetuo fruttidoro. Scivola il «Glosario» senza fretta e senza posa, come Goethe voleva, accettando a bordo tutte le dimensioni della vita, il successo banale o l’alta idea. Forse il suo autore preferirebbe che, vedendolo solcare, pensassimo alla nave nuda di Ulisse; ma la sua stessa ricchezza e bardatura, la vibrazione dei suoi aforismi, che ventilano come gagliardetti, gli danno la miglior aria barocca e inviano verso di noi l’immagine di un’arca di Noè stilizzata in galbo di gondola.

Il valore indiscutibile del «Glosario» mi farebbe desiderare di trovarmi sempre d’accordo con il suo contenuto. Ma, a volte, tutti i miei sforzi per riuscirvi sono pene d’amore perdute. Così mi accade ora con questo gruppo di «Glosas» in cui si combattono certi nuovi saggi di ideologia storica.

In che cosa si combattono? Il combattimento intellettuale è un dialogo di sovrana fecondità. Ma d’Ors non dialoga mai. Il suo modo di combattere è volgere le spalle al nemico e cantare una volta di più la sua aria. Fortunatamente, l’aria del glossatore è sempre melodiosa e gentile. Ma mi sembra il peggiore degli strumenti per operare persuasione in materie scientifiche come sono quasi tutte quelle che il «Glosario» taglia di traverso.

Esiste, inveterata, l’idea che ci sia una sola cultura. Quando si parlava della cultura orientale, della greca, della romana, si intendeva che erano stadi di un unico processo in cui l’unica cultura si è andata integrando e crescendo. Ciò suppone che quelle culture particolari scaturiscano da una fonte comune e possano versarsi le une nelle altre con perfetta continuità, formando una fluenza ininterrotta. La cultura europea attuale sarebbe il recipiente in cui resta raccolto tutto ciò che in quelle altre culture vi era di veramente culto. In questa maniera, la nostra cultura sarebbe non soltanto la nostra, ma l’unica meritevole di tale nome.

Ma da più di trent’anni hanno cominciato a levarsi gravi obiezioni contro quel monismo culturale, al punto che sarà difficile trovare in tutto questo periodo un solo storico di nota che lo accetti. La tecnica stessa del lavoro storico ha obbligato a superare la candidezza dell’idea tradizionale. In effetti: le gigantesche ampliazioni che ha ricevuto la scienza della storia con la scoperta dell’Oriente, con l’archeologia, l’etnologia e la preistoria, rendevano ineludibile una nuova ideologia con più lunghe e rigorose prospettive. Da tutto quell’immenso lavoro che è stato fatto e oggi continua sono emanati alcuni saggi di sintesi popolare. Tali sono i sistemi di Frobenius e Spengler. Né i più seri né i più acuti sono stati i più rumorosi. Ma conviene ripetere una volta di più che dietro di essi si trova, in certi punti essenziali, tutta la storiografia attuale.

Mi è, dunque, impossibile accettare che Eugenio d’Ors non trovi altra cosa da dire dinanzi a quel fatto enorme della scienza attuale se non disdegnare la moda delle sculture nere in alcuni salotti di Parigi o domandare che cosa ci importano le ossa dei mastodonti. Non si giustifica bene questo disprezzo delle «Glosas» per i mastodonti, soprattutto se ricordiamo che d’Ors ci descrive un paesaggio balearico con un pastore e alcune capre, e, concludendo, aggiunge subitaneamente: «Questo è civiltà». Se avesse domandato a un economista, avrebbe udito che la capra, come la mula, è un segno di barbarie. Invece, chiunque veda l’elefante arcaico in una grotta di Oviedo col suo profilo purissimo e il suo cuore disegnato rigorosamente nel suo corretto luogo anatomico e pensi che fu dipinto diecimila anni fa, meno dogmatico, più esigente di d’Ors, si domanderà: Che cos’è civiltà?

Già l’impiegare questo vocabolo urbanissimo «civiltà» come riassunto di una scena bucolica, rurale, è un piccolo scivolone di chi non suole scivolare come d’Ors. Un classico, all’udirlo, avrebbe, senza più, scoperto nel glossatore sangue estraneo. La sua aspirazione olimpica è, in effetti, completamente gratuita.

Che cos’è civiltà? Che cos’è cultura? In rigore, non abbiamo di esse un concetto chiaro se non quando ci contentiamo di un concetto formale. Cultura è tutto ciò che per noi ha buon senso. Sono idee colte quelle che ci sembrano vere; istituzioni colte, quelle che ci sembrano giuste. Cultura è l’insieme di reazioni intellettuali e pratiche in cui si realizzano certe norme unte per noi di un valore assoluto e decisivo.

Ma questo concetto non ci fornisce garanzia alcuna che il nostro sistema di norme sia l’unico azzeccato. Altri popoli hanno accettato e accettano sistemi opposti, o almeno divergenti dal nostro. Per l’indiano è ingiusta una costituzione politica che disconosce la norma cosmica delle caste. Non comprende nemmeno che chiamiamo scienza una occupazione intellettuale come la fisica, la biologia, eccetera, che risolvono soltanto problemi pragmatici, ma lasciano intatte le grandi questioni ultime. Parimenti, il cinese considera inaccettabile la nostra stima dell’individuo, che è un ente astratto e fuggitivo. La vera realtà umana è la famiglia, sostanza perdurabile che sempre si rinnova.

La validità esclusiva della nostra cultura è, dunque, di fatto cosa molto problematica. Questo problematismo aumenta se avvertiamo che è difficile giungere a un accordo sui caratteri essenziali della cultura europea. Così d’Ors la riduce oltremisura, quasi la confina alla sua provincia, e, sotto il nome di classicismo, si tiene mezza dozzina di idee, di forme e di gesti. Il colto è il semplice, ci dice. E uno si domanda: Perché? Piuttosto sembra ogni cultura una sostanziale complicazione. L’animale è più semplice dell’uomo, la pianta più dell’animale, la fibra più della pianta. La scienza attuale —e mi riferisco a quelle di sviluppo esemplare—, matematica e fisica sono complicate superlativamente. Nulla più «barocco» di un’opera matematica contemporanea coi suoi fasci di curve. D’Ors vuole tornare a Euclide. Ma questo è, a mio giudizio, il grande errore dei suoi abiti intellettuali. Pensare non è volere che le cose siano in un certo modo. Pensare è precisamente tutto il contrario: volere che le cose siano come sono. La pretesa di definire la cultura europea escludendo da essa tutta la matematica da Cartesio in poi, non mi sembra sbagliata. Non mi sembra sbagliata perché neppure riesco a intenderla.

In scogli come questo suole naufragare la mia ammirazione per il «Glosario». Si naufraga ideologicamente ogni volta che dinanzi a un’affermazione eteroclita non troviamo dove aggrapparci, qualche germe di prova che ci permetta di galleggiare, qualche insinuazione di fondamento. Nel «Glosario» abbonda il capriccio che ci fa incagliare. È l’inconveniente che c’è nel non essere docile all’intuizione delle realtà e nell’ostinarsi a pensare secondo ricetta. «Si deve essere classici», pregiudica d’Ors, e tutte le cose gli appaiono deformate in questo senso. Così si spiega il frequente quid pro quo nelle sue valutazioni. Un esempio di ciò, che mi è sempre parso sorprendente, è che il «Glosario» raccomandi Poussin come tipo di artista classico. Perché è fin troppo evidente che Poussin e il suo contemporaneo Claudio Lorenese sono le due prime manifestazioni del romanticismo che vi sia stato in Europa. Non si concepisce un’ispirazione classica il cui tema sia il passato in quanto tale. Classicismo è attualità, come romanticismo è nostalgia. Orbene: Poussin è probabilmente l’inventore della rovina come tema artistico. E non è la rovina il domicilio delle muse romantiche? Quando Poussin dipinge la vita classica, la dipinge come un passato irredimibile, come un passato definitivo che si può soltanto sognare. Ora, questa è la tipica emozione romantica: godere nel rivivere immaginariamente le vite che furono, emigrare dal presente verso la dimensione dello spento. Un antico potrebbe forse intendere il Greco, ma non Poussin. Chiunque faccia scorrere lo sguardo su una collezione di resti storici greci o romani, non può fare a meno di ricordare il Greco, a dispetto delle enormi differenze.

Ma torniamo alla cultura.

Es, de hecho, problemático que la nuestra sea la única. A nuestra afirmación de ella contraponen su distinto fervor otras razas hoy deprimidas que un tiempo fueron preponderantes y muy bien podrían volverlo a ser. Para reconocer que las normas y valores vigentes en nuestras almas son los únicos merecedores de tal dignidad, sería menester demostrarlo. Mas para esto haría falta precisamente hacerse de ellos problema. Entonces, y sólo entonces, tendríamos algo incomparable a las demás culturas, salvo la griega. Solamente griegos y europeos han creído que no eran cultos mientras no pusiesen en duda su propia cultura y elaborasen serios fundamentos para ella. De donde resulta que nuestra cultura sólo será, en efecto, la única auténtica en la medida en que crea que no lo es y se vuelva problemática. Es decir, en un sentido estrictamente opuesto al que tiene en el «Glosario». A menudo d’Ors propone la norma europea como quien anuncia un específico, cuando es, por el contrario, una divina angustia y un sublime malestar.

En cambio, me parece muy certero cuando considera la «razón» como el distintivo de la cultura europea incluyendo la helénica. Pero tampoco conviene desvanecer el sentido rigoroso de esta palabra. Su uso más adecuado y más firme es el que se halla en Platón cuando dice: «Hay que dar razón de cada cosa». Ahora bien: nuestra cultura aparece, por lo pronto, como uno de tantos hechos históricos. Ella misma es un proceso temporal, una germinación apasionada llena de peripecias y aventuras, de adquisiciones, ensayos y fracasos. De aquí que la razón queda incompleta si se reduce a ser razón matemática o lógica. Precisamente lo que necesitamos hoy añadir a la antigua razón es la razón histórica, el sentido histórico. Y éste nos lleva irremediablemente a tratar con los negros y los mastodontes.

El Sol, 10 de julio de 1924[86]

It is, in fact, problematic that ours is the only one. To our affirmation of it, other races today depressed, which once were preponderant and could very well become so again, oppose their different fervor. To recognize that the norms and values in force in our souls are the only ones worthy of such dignity, it would be necessary to demonstrate it. But for this it would precisely be needful to make of them a problem. Then, and only then, would we have something incomparable to the other cultures, save the Greek. Only Greeks and Europeans have believed that they were not cultured as long as they did not cast doubt upon their own culture and elaborate serious foundations for it. Whence it results that our culture will only in effect be the only authentic one in the measure in which it believes it is not, and becomes problematic. That is, in a sense strictly opposite to the one it has in the “Glosario.” Often d’Ors proposes the European norm like one who announces a specific, when it is, on the contrary, a divine anguish and a sublime malaise.

On the other hand, he seems to me very accurate when he considers “reason” as the distinctive mark of European culture, including the Hellenic. But neither is it convenient to dissipate the rigorous sense of this word. Its most adequate and firmest use is that found in Plato when he says: “One must give an account of everything.” Now: our culture appears, for the moment, as one of many historical facts. It itself is a temporal process, a passionate germination full of vicissitudes and adventures, of acquisitions, essays, and failures. Hence reason remains incomplete if it is reduced to being mathematical or logical reason. Precisely what we need today to add to the old reason is historical reason, historical sense. And this leads us irremediably to deal with the Blacks and the mastodons.

El Sol, 10 July 1924[86]

È, di fatto, problematico che la nostra sia l’unica. Alla nostra affermazione di essa contrappongono il loro diverso fervore altre razze oggi depresse che un tempo furono preponderanti e molto bene potrebbero tornare a esserlo. Per riconoscere che le norme e i valori vigenti nelle nostre anime sono i soli meritevoli di tale dignità, sarebbe necessario dimostrarlo. Ma per questo farebbe bisogno precisamente di farsene problema. Allora, e soltanto allora, avremmo qualcosa di incomparabile alle altre culture, salvo la greca. Soltanto greci ed europei hanno creduto di non essere colti finché non mettessero in dubbio la propria cultura ed elaborassero seri fondamenti per essa. Da cui risulta che la nostra cultura sarà, in effetti, l’unica autentica solo nella misura in cui creda di non esserlo e si faccia problematica. Cioè, in un senso strettamente opposto a quello che ha nel «Glosario». Spesso d’Ors propone la norma europea come chi annuncia uno specifico, quando è, per il contrario, una divina angoscia e un sublime malessere.

Invece, mi sembra molto azzeccato quando considera la «ragione» come il distintivo della cultura europea includendo l’ellenica. Ma nemmeno conviene svanire il senso rigoroso di questa parola. Il suo uso più adeguato e più fermo è quello che si trova in Platone quando dice: «Bisogna dare ragione di ogni cosa». Ora: la nostra cultura appare, per il momento, come uno dei tanti fatti storici. Essa stessa è un processo temporale, una germinazione appassionata piena di peripezie e avventure, di acquisizioni, saggi e fallimenti. Da qui la ragione resta incompleta se si riduce a essere ragione matematica o logica. Precisamente ciò che oggi abbiamo bisogno di aggiungere all’antica ragione è la ragione storica, il senso storico. E questo ci porta irrimediabilmente a trattare con i neri e i mastodonti.

El Sol, 10 luglio 1924[86]