Abstract
A journalistic polemic against Dato’s royal decree on the press, denounced as an abuse of power and a surrender of the constitutional freedom of industry. Ortega declares himself ready to resist alone: “il y a moi”.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La responsabilidad contraída por el presidente del Consejo firmando la Real orden sobre la Prensa, es gravísima. No se concibe que tan viejo gobernante como el señor Dato se haya dejado inducir a tal fechoría, que fuera inexcusable en un ministro virginal. Sólo puede explicarse el caso saliéndose de la Ética y suponiendo que este viejo gobernante ha querido vender un derecho público a cierta empresa periodística a cambio de no ser hostilizado por ella. De todas suertes, cualesquiera sean los resortes íntimos que motivaron la resolución, ésta es un hecho, y un hecho que constituye un inaudito abuso de Poder, un degüello de las libertades fundamentales, un escarnio de la dignidad presidencial y, lo que es peor que todo esto y más corto de decir, una majadería.
Hay, sin duda, en el articulado un evidente propósito de favorecer a unos particulares en perjuicio de otros. Esto, que por sí mismo representa uno de los delitos mayores que un gobernante puede cometer, no es, sin embargo, lo que más importa de la Real orden ni su más grave criminosidad.
Lo más grave está en que el señor Dato no es quién para mandar lo que ha mandado. Según mis noticias, El Sol hizo constar a su tiempo que no reconocía derecho al Estado, dentro de su actual régimen, para intervenir en la vida doméstica de los periódicos. Hecha esta salvedad, mi amigo el señor Aznar se creyó obligado a buscar un acuerdo con los demás directores de periódico, inclinándose ante el imperativo del compañerismo. Yo, que soy más viejo que el señor Aznar y he tenido por ello más tiempo para meditar sobre las cosas españolas, le diría que el compañerismo, como tantas otras ideas bellas, ha servido en España sólo para que los incapaces se conjuren contra los capaces, y los que valen menos contra los que valen más.
Pero dejemos esto, que es más urgente lo otro: la pretensión irrisoria que el señor Dato tiene de creer que puede intervenir, según su rizado capricho, en la industria y comercio de periódicos. Se trata, sin duda, de una forma nueva de megalomanía y de una transitoria obnubilación del buen sentido en la mente del jefe conservador. Tal vez ha facilitado el desliz el escaso decoro y el nulo tesón que suelen poner nuestros compatriotas en defender sus libertades personales. Pero en esta ocasión no va a ser así; yo espero que muchos escritores y hombres de periódico estén tan resueltos como yo a no consentir la violación de su derecho. En último caso, diría lo que Martín en la novela de Voltaire cuando le preguntan si hay anabaptistas. Martín responde: Oui, il y a moi. Si los demás se diesen a una ominosa fuga y el señor Dato declarase: «¿Ven ustedes cómo en España todo se puede hacer? ¿Ven ustedes cómo no hay ciudadanos que sientan el honor de sus libertades?» Yo respondería: «Perdón, señor Dato; il y a moi». Y el señor Dato, bilingüe, me entendería.
En el preámbulo de esta Real orden se hace una exquisita distinción entre los fabricantes de zapatos y los fabricantes de periódicos. Sin embargo, este preámbulo ha sido escrito o por un fabricante de zapatos o por el pie de uno que los use. Desde luego, no ha puesto en él su pluma el presidente; sería inferirle una injuria que la polémica no justifica.
Figúrese el lector que en este mirífico preámbulo leemos:
«Por honrada convicción unos, por noble compañerismo otros, explícitamente casi todos, implícitamente y por las anuencias del silencio algunos, muy pocos, todos han coincidido en esta fórmula, en que sacrifican su libertad industrial, en ese único punto material, a las conveniencias supremas de la industria, con la muchedumbre que de ella vive, y del público para el cual es al presente el periódico cotidiano imprescindible elemento y signo inexcusable de la vida social».
De modo que se trata, nada menos, de renunciar a una de las libertades más explícitas de la Constitución: la de industria. Pero como el mismo preámbulo hace notar al distinguir un zapato de un periódico, van en éste fundidas, inseparables, las condiciones materiales y las ideales. Renunciar, pues, a la libertad industrial trae consigo, en este caso, dañar la libertad intelectual. En efecto, si a la ley de Imprenta se suma esta Real orden, no va a quedar resquicio por donde pueda silbar su canción la libertad intelectual. Esta Real orden es un bozal más en manos de cualquier Gobierno audaz. Y que hay Gobiernos audaces lo demuestra el señor Dato gobernando, dictando Reales órdenes como ésta.
Pues bien, para llegar a la friolera que representa renunciar a la libertad industrial, ¿qué se ha hecho? El preámbulo lo dice: ni siquiera se ha contado con todos los que hoy dirigen periódicos. Pero lo que no dice el preámbulo es que se ha contado sólo con docena y media. He aquí un cuento que se cuenta y no se cree.
Pero más todavía.
Aunque soy muy poco periodista, nací sobre una rotativa. Tal vez por este género de natividad me he sentido impulsado a desplazar algún esfuerzo hacia esta forma de labor literaria. Hace bastantes años fundé con el señor Rengifo, una revista semanal: Faro; luego, la revista España; más tarde colaboré en la fundación de El Sol. Con alguna hipérbole, pero dentro del sentido literal que el vocablo posee, puedo, en consecuencia, aspirar a que el añalejo me conmemore bajo el título de fundador. Resuelto por otra parte a no ser mártir, pienso en que mañana me ocurra fundar alguna otra publicación. Y entonces, súbitamente, me sobrecoge una revelación, una imagen apocalíptica, pero no trágica como las de San Juan, sino bufonesca como las de Muñoz Seca. Resulta que «mi» libertad industrial e intelectual ha sido enajenada ya por esa docena y media de señores reunidos en La Época. Si no se ha contado con los periódicos de hoy era gollería pedir que se contase con los de mañana. La consecuencia es que, por ejemplo, el señor Luca de Tena ha enajenado «su» libertad industrial y, de paso, la «mía». Esta imagen, la imagen del señor Luca de Tena enajenando mis libertades junto con las suyas, me produce tan saludable hilaridad que en cierto modo contrarresta la indignación provocada en mi fuero íntimo por la Real orden. Yo siempre creeré que esta Real orden es obra del citado Muñoz Seca. Como los periódicos son, a lo mejor, dirigidos por el menos capaz, puede ocurrir que un fabricante de cosméticos haya enajenado mi futura libertad de publicar. ¡Y pensar que Camba no está ahora en Madrid!
Al comienzo de estos párrafos empleo una palabra insólita en mi literatura: digo que esta Real orden es una majadería. Yo espero que al leer lo que acabo de decir, mis lectores habituales no hallarán inadecuada la cruda expresión.
Vea el señor Dato cómo ha hecho una cosa muy grave. No porque, en efecto, haya tajado la Constitución. Yo bien sé que esta Real orden no puede ser cumplida; pero precisamente esto es, de todo, lo más grave, si quiere el presidente que hablemos un minuto en serio.
El Sol ha sostenido que era urgente restablecer la autoridad del Poder público. Esto no se consigue con las bayonetas, sino haciendo que el Poder público sea, en sí mismo, respetable. No es el mejor camino a este fin dictar Reales órdenes que no pueden ser cumplidas por carecer el Estado de derecho para darlas, y, en consecuencia, para hacerlas cumplir. Una vez más, por una ligereza que los muchos años del señor Dato hacen más censurable, aparece el Poder público en una actitud irrespetable. Se pretende hacer del Estado un percherón que se ponga a arrastrar vetustas carretas particulares; se entrega el gobernante a satisfacer apetitos de los unos contra los derechos de los otros; se acostumbra al español a que mire la autoridad como un enemigo privado frente al cual sólo cabe buscar la justicia con la propia mano; en suma, se elabora desde el Estado la anarquía.
Hartas veces lo ha dicho El Sol: nuestros políticos nacionales son fabricantes de anarquía.
Y no sobraría que, en casos como el presente, echase un vistazo el Rey sobre las maneras usadas por sus hombres de confianza. Porque el Rey ha puesto su mano sobre el libro de la Constitución, texto de las libertades. Y es una mano de gentleman.
El Sol, 17 de junio de 1920