Ortega y Gasset
Abstract
An article using Spengler’s distinction between spontaneous and cultivated architecture to measure how far culture has penetrated a people: in France the eighteenth century reaches the smallest farmsteads, in Spain it is almost absent. The great educating century was missing.
Connections
Concetti: educazione
Scuole: illuminismo
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Más que las grandes ideas de Spengler me interesan sus ideas menores, sus atisbos subitáneos, que iluminan trozos particulares del proceso histórico. Si no recuerdo mal, el segundo tomo de su obra (tercero de la edición española) sostiene, o al menos insinúa, que existen dos clases de arquitectura, nutridas por raíz diferente. Hay una arquitectura espontánea en cada pueblo, que le es como un instinto del mismo orden que la nidificación en el pájaro y la labranza del panal en la abeja. En este género de arquitectura no hay progreso: una vez que el pueblo, en tiempos muy primitivos, llega a él lo repite perpetuamente. Pero hay otra arquitectura extraña por completo al instinto. Se compone de formas de edificación inventadas deliberadamente por las minorías más cultivadas de ciertas razas. Nada en ellas es forzoso biológicamente: son como caprichos tenidos por la razón[145]. Están imaginadas no desde dentro, por la necesidad de vivirlas, sino desde fuera por el gusto de verlas. Si sólo donde la razón interviene eficazmente queremos hablar de cultura, llamaremos culta a ésta tectónica y primaria a la otra. (Spengler, claro está, no aceptaría esta denominación. Para él cultura es el modo espontáneo de comportarse un pueblo; lo otro, el modo «cultivado», es, a su juicio, relativamente convencional y sin vigor histórico. Ésta es su idea grande que me parece bastante ilusoria).
La distinción entre esos dos géneros de arquitectura nos permite calcular en cada pueblo, casi con exactitud de agrimensor, en qué medida ha sido penetrado por la cultura.
Si andando por Francia abandonamos las grandes vías de comunicación y nos deslizamos hasta las últimas aldeas y caseríos, nos sorprende hallar que las casas repiten, en formato y materia humildes, tectónicas de los palacetes versallescos. Las puertas de las moradas labriegas son con frecuencia idénticas a las del Petit Trianón: se encorvan y recortan como las puertas de la litera en que pasaba la Pompadour. No se trata de restos curiosos conservados aquí o allá: es la norma de la edificación en la aldea como en la villa. Los restos, los trozos con carácter arqueológico, son del siglo XVII y anteriores. En cambio, apenas se entrevén restos de la arquitectura espontánea, de la que el galofranco eterno usara hasta 1700.
Esto quiere decir, con expresión de plástica evidencia, que el siglo XVIII realizó plenamente en Francia lo que, por lo visto, fue su misión en toda Europa. Es el siglo de la Ilustración; es decir, de la cultura o cultivo de las masas populares; en suma: el siglo educador. Si de Francia pasamos a Alemania, notaremos que también sus formas de edificación más generales rezuman inequívocamente el estilo del siglo XVIII. Sin embargo, no ha penetrado la totalidad de la tierra. No llega a la menuda aldea ni al caserío.
Como tercer término en la comparación podemos tomar a España. ¿Qué hallamos? Una sorprendente escasez de formas dieciochescas —sobre todo si se tiene en cuenta la relativa proximidad cronológica de esa época. Se ve el siglo XVII instalado en las grandes poblaciones; pero más allá de éstas comienza la arquitectura primaria del intacto y perpetuo labriego celtíbero. El Estado y la Iglesia han puesto en el villorrio su Casa de Concejo o su palacio, y junto a éste la nave de piedra consagrada a Dios. Pero en torno, el adobe primigenio ha perdurado.
Cuanto más se medita sobre nuestra historia, más clara se advierte esta desastrosa ausencia del siglo XVIII. Nos ha faltado el gran siglo educador.
Fue un momento maravilloso de la existencia europea. Un máximum de civilización acumulada y un mínimum de luchas y discordias nacionales. Nadie sentía suspicacia que le incitase a cerrar su alma al prójimo. Las almas están abiertas a todos los vientos, inspiradas por un gran optimismo y fe en el destino del hombre. Es el magnífico instante para la recepción de claras normas cultas. Con todo su saber y perfeccionamiento técnico y administrativo, el siglo XIX no podía ser tan educador como el precedente. La Revolución había escindido la unidad cordial de cada pueblo. Con ella comienzan las malas inteligencias radicales, la terca suspicacia que hace a un grupo social hermético para los demás. La recepción de la cultura no puede acontecer ya sin grandes pérdidas de esfuerzo. La mitad de él, por lo menos, se gasta en un vencer la hostilidad preconcebida. La idea misma de cultura, cuando ha sido predicada en el siglo XIX, iba teñida de un signo adverso contra el cual se defendía toda la porción arcaica del país. Éste ha sido el triste sino de España, la nación europea que se ha saltado un siglo insustituible.
Para quien piensa así no puede caber duda alguna respecto a cuál es la gran empresa que la política nacional tiene que intentar en el siglo XX.
More than Spengler’s great ideas I am interested in his minor ideas, his sudden glimpses, which illuminate particular fragments of the historical process. If I remember rightly, the second volume of his work (third of the Spanish edition) maintains, or at least insinuates, that there exist two classes of architecture, nourished by a different root. There is a spontaneous architecture in each people, which is to it like an instinct of the same order as nest-building in the bird and the working of the honeycomb in the bee. In this kind of architecture there is no progress: once the people, in very primitive times, arrives at it, it repeats it perpetually. But there is another architecture completely foreign to instinct. It is composed of forms of building invented deliberately by the most cultivated minorities of certain races. Nothing in them is biologically compulsive: they are like caprices held by reason[145]. They are imagined not from within, by the necessity of living them, but from without, by the taste of seeing them. If only where reason intervenes effectively do we wish to speak of culture, we shall call this one cultured tectonics and the other primary. (Spengler, of course, would not accept this denomination. For him culture is the spontaneous mode of behaviour of a people; the other, the «cultivated» mode, is, in his judgement, relatively conventional and without historical vigour. This is his great idea which seems to me quite illusory).
The distinction between these two kinds of architecture allows us to calculate in each people, almost with a surveyor’s exactness, to what degree it has been penetrated by culture.
If, walking through France, we abandon the great lines of communication and slip down to the last villages and hamlets, we are surprised to find that the houses repeat, in humble format and matter, the tectonics of the Versailles palacelets. The doors of the peasant dwellings are frequently identical to those of the Petit Trianon: they arch and are cut out like the doors of the sedan chair in which the Pompadour travelled. It is not a question of curious remains preserved here or there: it is the norm of building in the village as in the town. The remains, the fragments with an archaeological character, are from the seventeenth century and earlier. In exchange, one barely catches a glimpse of remains of the spontaneous architecture, of that which the eternal Gallo-Frank used until 1700.
This means, with an expression of plastic evidence, that the eighteenth century fully realized in France what, evidently, was its mission in all Europe. It is the century of the Enlightenment; that is to say, of the culture or cultivation of the popular masses; in short: the educator century. If from France we pass to Germany, we shall notice that its most general forms of building also exude unequivocally the style of the eighteenth century. However, it has not penetrated the totality of the land. It does not reach the small village nor the hamlet.
As a third term in the comparison we can take Spain. What do we find? A surprising scarcity of eighteenth-century forms —above all if one takes into account the relative chronological proximity of that epoch. One sees the seventeenth century installed in the great populations; but beyond these begins the primary architecture of the intact and perpetual Celtiberian peasant. The State and the Church have placed in the village their Town Hall or their palace, and beside it the nave of stone consecrated to God. But around, the primeval adobe has endured.
The more one meditates upon our history, the more clearly one perceives this disastrous absence of the eighteenth century. The great educator century has been lacking to us.
It was a marvellous moment of European existence. A maximum of accumulated civilization and a minimum of national struggles and discords. No one felt a suspicion that incited him to close his soul to his neighbour. The souls are open to all winds, inspired by a great optimism and faith in the destiny of man. It is the magnificent instant for the reception of clear cultured norms. With all its technical and administrative knowledge and perfection, the nineteenth century could not be so educational as the preceding one. The Revolution had split the cordial unity of each people. With it begin the radical misunderstandings, the stubborn suspicion that makes a social group hermetic to the others. The reception of culture can no longer happen without great losses of effort. Half of it, at least, is spent in overcoming the preconceived hostility. The very idea of culture, when it has been preached in the nineteenth century, went tinged with an adverse sign against which all the archaic portion of the country defended itself. This has been the sad fate of Spain, the European nation that has skipped an irreplaceable century.
For whoever thinks thus there can be no doubt whatsoever as to what is the great enterprise that national politics has to attempt in the twentieth century.
Più che le grandi idee di Spengler mi interessano le sue idee minori, i suoi improvvisi scorci, che illuminano tratti particolari del processo storico. Se non ricordo male, il secondo tomo della sua opera (terzo dell’edizione spagnola) sostiene, o almeno insinua, che esistono due classi di architettura, nutrite da radice differente. C’è un’architettura spontanea in ogni popolo, che gli è come un istinto dello stesso ordine della nidificazione nell’uccello e della lavorazione del favo nell’ape. In questo genere di architettura non c’è progresso: una volta che il popolo, in tempi molto primitivi, vi arriva, lo ripete perpetuamente. Ma c’è un’altra architettura del tutto estranea all’istinto. Si compone di forme di edificazione inventate deliberatamente dalle minoranze più colte di certe razze. Nulla in esse è biologicamente forzoso: sono come capricci tenuti dalla ragione[145]. Sono immaginate non da dentro, per la necessità di viverle, ma da fuori per il gusto di vederle. Se solo dove la ragione interviene efficacemente vogliamo parlare di cultura, chiameremo colta questa tettonica e primaria l’altra. (Spengler, chiaro sta, non accetterebbe questa denominazione. Per lui cultura è il modo spontaneo di comportarsi di un popolo; l’altro, il modo «colto», è, a suo giudizio, relativamente convenzionale e senza vigore storico. Questa è la sua idea grande che mi sembra abbastanza illusoria).
La distinzione tra questi due generi di architettura ci permette di calcolare in ogni popolo, quasi con esattezza da agrimensore, in che misura esso sia stato penetrato dalla cultura.
Se andando per la Francia abbandoniamo le grandi vie di comunicazione e ci lasciamo scivolare fino agli ultimi villaggi e casali, ci sorprende trovare che le case ripetono, in formato e materia umili, le tettoniche dei palazzetti versagliesi. Le porte delle dimore contadine sono con frequenza identiche a quelle del Petit Trianon: si inarcano e si ritagliano come le porte della lettiga in cui passava la Pompadour. Non si tratta di resti curiosi conservati qui o là: è la norma dell’edificazione nel villaggio come nella villa. I resti, i pezzi con carattere archeologico, sono del secolo XVII e anteriori. In cambio, appena s’intravedono resti dell’architettura spontanea, di quella che il gallofranco eterno usasse fino al 1700.
Questo vuol dire, con espressione di plastica evidenza, che il secolo XVIII realizzò pienamente in Francia ciò che, a quanto pare, fu la sua missione in tutta Europa. È il secolo dell’Illuminismo; cioè, della cultura o coltura delle masse popolari; in somma: il secolo educatore. Se dalla Francia passiamo alla Germania, noteremo che anche le sue forme di edificazione più generali trasudano inequivocabilmente lo stile del secolo XVIII. Tuttavia, non ha penetrato la totalità della terra. Non arriva al piccolo villaggio né al casale.
Come terzo termine nella comparazione possiamo prendere la Spagna. Che cosa troviamo? Una sorprendente scarsità di forme settecentesche —soprattutto se si tiene conto della relativa prossimità cronologica di quell’epoca. Si vede il secolo XVII installato nelle grandi popolazioni; ma al di là di queste comincia l’architettura primaria dell’intatto e perpetuo contadino celtibero. Lo Stato e la Chiesa hanno posto nel villaggio la loro Casa del Consiglio o il loro palazzo, e accanto a questo la nave di pietra consacrata a Dio. Ma intorno, l’adobe primigenio è perdurato.
Quanto più si medita sulla nostra storia, più chiara si avverte questa disastrosa assenza del secolo XVIII. Ci è mancato il grande secolo educatore.
Fu un momento meraviglioso dell’esistenza europea. Un massimo di civiltà accumulata e un minimo di lotte e discordie nazionali. Nessuno sentiva una suscettibilità che lo incitasse a chiudere la sua anima al prossimo. Le anime sono aperte a tutti i venti, ispirate da un grande ottimismo e fede nel destino dell’uomo. È il magnifico istante per la recezione di chiare norme colte. Con tutto il suo sapere e perfezionamento tecnico e amministrativo, il secolo XIX non poteva essere così educatore come il precedente. La Rivoluzione aveva scisso l’unità cordiale di ogni popolo. Con essa cominciano le male intelligenze radicali, la terca suscettibilità che rende un gruppo sociale ermetico per gli altri. La recezione della cultura non può accadere più senza grandi perdite di sforzo. La metà di esso, per lo meno, si spende nel vincere l’ostilità preconcetta. L’idea stessa di cultura, quando è stata predicata nel secolo XIX, andava tinta di un segno avverso contro il quale si difendeva tutta la porzione arcaica del paese. Questo è stato il triste destino della Spagna, la nazione europea che si è saltato un secolo insostituibile.
Per chi pensa così non può esserci dubbio alcuno riguardo a quale sia la grande impresa che la politica nazionale ha da tentare nel secolo XX.