Abstract

A 1912 article on the Franco-Spanish treaty over Morocco: a history of French penetration from Richelieu to Lyautey, and a description of the Spanish zone from the Muluya to the Lucus. Journalistic geopolitics.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Madrid, agosto de 1912

La vieja superstición que estudiaba la coincidencia de las fechas para deducir conclusiones morales, no dejaría de anotar en sus páginas de misterio el hecho de que al año justo de plantearse entre Alemania y Francia el grave y temeroso litigio que se inició con el coup d’Agadir se halla en Versalles, después de una breve cura de aguas de Vichy, el ex sultán de Marruecos que entregó a la Tercera República la soberanía de su pueblo. Al mismo tiempo que Muley Hafid se ofrece a la curiosidad francesa, ávida de contemplar realezas exóticas, España y Francia, concluyen su tratado, próximo ahora a firmarse y con ello termina la primera parte de esta cuestión internacional, en la que se contienen tantos problemas futuros y tantos riesgos para la paz de Europa. Habrá llegado el momento de dirigir la mirada a los antecedentes y consecuencias de esta trascendental mudanza, que en la geografía política del viejo mundo se ha realizado y que importa, no sólo a españoles, galos y británicos, sino a todos los pueblos nuevos, que han centuplicado el esfuerzo de sus industrias y la irradiación de su comercio.

Sea el que fuere el juicio que merezca la conducta de Francia respecto a Marruecos, habrá que reconocer en ella el mérito de la constancia y un espíritu de continuidad vivo y poderoso, mediante el que ha llegado a los días presentes en que el gobierno de París, al nombrar residente general (nombre nuevo de los antiguos virreyes) al general Lyautey, ha dicho a las potencias: «Estamos en Marruecos en cumplimiento de históricos designios. La civilización nos envía para asegurar allí la paz». Ya en 1634 acariciaba la codicia gala pensamientos de dominio, sobre la costa atlántica del Mogreb y Luis XIII enviaba al caballero de Razilly a tratar con el sultán, para el establecimiento de una factoría en Mogador y el hábil emisario, escribía a Richelieu, en respuesta a instrucciones de éste: «Comprendo bien y procuro ejecutar los deseos de Su Excelencia. La cuestión es avoir un pied en Afrique pour aller s’étendre plus loin». Desde entonces, más o menos, se ha ocupado Francia siempre de los asuntos del Imperio Marroquí y es ciertamente curiosa la Histoire Diplomatique de France au Maroc que ha publicado el coronel Verdier, narrando día a día una obra que ahora parece realizada. El mismo Napoleón, en medio de las agitaciones de su epopeya, pensó en Marruecos como en campo de victorias y comisionó al comandante Boutin para que estudiara el país y se apresuró a acoger al astuto catalán Domingo Badía elevándolo a la jerarquía del generalato cuando España prescindió de los servicios de Alí-Bey-el-Abassi.

No será discreto pensar que Francia ha conseguido la realización de la empresa conquistadora por haber llegado a Fez y por haber nombrado un nuevo sultán como se nombre un subprefecto, ni habrá sorpresa en las dificultades que cada día irán surgiendo y que pueden convertirse en causa de tremenda perturbación para el gran pueblo, pero de todas suertes habrá que admirar cómo a través de las edades y de las tragedias de una historia heroica ha ido avanzando en su obra aquel pensamiento que Richelieu confiaba al caballero de Razilly.

El tratado franco-español reconoce a España una zona en el Norte de Marruecos que empieza en las riberas del Muluya y acaba en las del Lucus, más cien kilómetros en concepto de comarca neutral, en la que ejercerán jurisdicción los españoles. Melilla, Tetuán, Arcila, Larache, son los puntos más importantes de la línea.

Grande ha sido la discusión antes de llegar a un acuerdo respecto a Larache y su territorio.

Francia no se ha resignado sin dificultad a que quede fuera de su dominio aquella riquísima comarca en que los fenicios asentaron la colonia de Lixa, camino el más corto para ir a Fez, puerto por donde las más importantes y laboriosas kabilas de Beni-Mitir, Beni-Yarza, Beni-Zlioui-Zemmur y Riata envían al mar sus productos. Fez es la más importante población de Marruecos, con sus 200.000 habitantes. Poseyendo Larache, que está a tres jornadas de Fez, es posible pensar en ventajosas relaciones mercantiles con aquellas tribus que viven en las espléndidas márgenes del Sebú, las más civilizadas de Marruecos, las que mejor cultivan la tierra, las que poseen mejores ganados. Felipe II decía que, ni le fuera dable, cambiaría Larache por todos los otros puertos de aquel litoral.

Felipe III, aprovechando la guerra civil que se promovió a la muerte de Muley Hamed, mandó al diestro genovés Guanetín Nortara a tratar con Muley Xeque, aspirante al trono de Mogreb, ofreciéndole su auxilio, a cambio de la cesión de Larache; y tomó posesión de esta ciudad por mano de don Juan de Mendoza, marqués de San Germán, general de la armada española, quien el 21 de noviembre de 1610, izó el pabellón de Castilla sobre la alcazaba de Sidi-Dris. Dominaron los españoles en Larache hasta 1699, en que el sultán Mulay Ismael, con el auxilio de tropas y fragatas de Luis XIV, puso cerco a la ciudad defendida tan solo por 996 españoles. Ahora, mediante un convenio con Francia torna España a imperar donde el marqués de San Germán proclamó nuestra soberanía y acaso se aspira a que el primer acto de protectorado coincida con la de aquel día de 1610, en que las naves castellanas fondeaban vencedoras ante la barra movible y peligrosa del río Lucus.

Como el telégrafo habrá anticipado a los lectores de La Prensa todo el pormenor del tratado hispano-francés será inútil copiar sus cláusulas y aún es pronto para comentarlas. Misteriosas combinaciones de intereses, regidas desde las cancillerías de Europa, actúan en aquellas tierras, cuya guardia y civilización se nos entrega. No han sido todavía estudiadas la producción agrícola presente y la presumible para el futuro de una zona tan extensa y tan varia en sus condiciones, montañosa en principal espacio, llana luego que las últimas estribaciones del Rif se hunden en las arenas del Atlántico.

Lo que sí se sabe es que si España acierta a satisfacer las necesidades mercantiles de las tribus residentes en el país litoral del Noroeste, hallarán allí mercado productivo las industrias nacionales. Pero todos estos aspectos de la vida económica no son propios de las presentes páginas ni se dispone ahora de informaciones suficientes para estimarlos.

Otras consideraciones primarias saltan a la vista. Una de ellas es la que, así en Francia como en España, la intervención en Marruecos ha de modificar esencialmente las condiciones de la política. ¿Cómo prescindir ya de los compromisos contraídos y de la acción comenzada? Su cumplimiento y su desarrollo exigirán de momento gastos cuantiosos y recios contingentes militares y constituirán una preocupación constante de los gobernantes. Y esto ocurre precisamente cuando radicales, socialistas y sindicalistas, se oponen con energía amenazadora a toda empresa militar y a todo esfuerzo de irradiación del poder del Estado. Bastará apuntarlo para que quede señalada la causa de las futuras contradicciones que en Francia y en España van a surgir con motivo del ejercicio del protectorado que acaba de establecerse.

Un poderoso elemento de acción puede tener España en Marruecos, el elemento judío. Habrá en el Imperio unos cien mil israelitas, raza oprimida, envilecida y despreciada, pero que como consigna un viajero de reconocida autoridad ejerce una influencia social grandísima, gracias a su arte singularísimo para juntar dinero. La situación es muy parecida a la que en Europa tuvieron durante la Edad Media. El judío no puede entrar en un santuario: al pasar por delante de uno de estos edificios, o de una mezquita, o de la casa de un magnate debe descalzarse; no le es permitido montar en caballo, ni en mula, sino en asno; ha de vestir de negro o de morado; vivir barrio aparte; pagar impuesto especial si viaja. En cambio, el labrador, el comerciante, el empleado, el cherife, el magzen, el sultán mismo están sujetos al judío que les presta dinero y es el siervo de la vida económica del marroquí. En los últimos tiempos su condición ha mejorado algo por el desarrollo de la industria y por la protección europea, pero aún se ve amenazado del saqueo y de la matanza, cuando se quiebra el débil muro que allí separa el orden de la anarquía. Digno de leerse es el libro que el francés Foucauld, sobre los israelitas del Mogreb. Foucauld vivió diez años entre ellos, acompañado del rabino Mardoqueo Serour y penetró en los miserables Melás y en el secreto de aquellas viviendas malolientes, donde la sórdida avaricia tiene encerrado en misteriosos nidos el arca llena de oro de los cuentos románticos. Casi todos los judíos de Marruecos hablan el español y éste es el idioma de sus hogares. Y no sólo lo hablan ellos, sino que se lo enseñan y aun se lo imponen, con la autoridad que tiene en el tráfago mercantil el que cambia monedas por especias, a los moros y a los árabes. Así en la costa y en sus zocos, el español puede negociar sin intérprete, y esto le da una superioridad extraordinaria sobre franceses e ingleses. El ya citado Foucauld dice: «Independiente de lo que en el futuro decida la fuerza de las armas o de la diplomacia, España tendrá siempre en Marruecos medios poderosos de propaganda mercantil, porque los judíos conservan el idioma de Castilla, convirtiéndolo en instrumento indispensable para la comunicación y para el trato».

Para contrariar de algún modo esta preponderancia de nuestra lengua ha creado Francia la Alianza Israelita, con sus sesenta escuelas, pero los mismos niños judíos que en esos centros de enseñanza aprenden el francés, hablan en español con sus compañeros, en cuanto la lección ha terminado.

Otro elemento de acción de España es la numerosa colonia de nuestros compatriotas. 6.000 de ellos viven en Tánger, otros 6.000 en las demás poblaciones del imperio, dándose el caso de que los comerciantes franceses de Marsella, Argel y Orán, que han ido a establecerse a Casa Blanca después de la conquista de la Chauia, han tenido que aprender un poco de español, para mercancear con los indígenas. Cierto que la mayor parte de esta colonia se compone de artesanos y jornaleros, pero pasan de dos mil los españoles establecidos con comercios, fábricas, agencias de negocios y de consignación y casas de banca. Casi todas las empresas navieras europeas tienen como consignatarios en los puertos marroquíes a comerciantes españoles. La poderosa empresa alemana de Oldemburgo, de la que luego se hablará, opera en Casa Blanca, Rabat, Safí, Mazagán y Mogador con agentes españoles. Y la razón de esta preferencia no es otra que la necesidad de usar el idioma castellano en los mercados y en los muelles. Júzguese la importancia que para el venidero desarrollo del comercio ha de tener este hecho a poco que se quiera utilizarle. Gonzalo Reparaz, en su libro Política de España en África escribe: «Debemos crear escuelas hispano-judaicas, en Tetuán, Tánger, Larache, Alcázar-Quibir, Ceuta, Melilla, Casa Blanca, etcétera, y sostener y fomentar las que ya en algunos de estos sitios exista. Muchos lazos nos unen al israelita marroquí: idioma, recuerdos, patria común durante largos siglos».

No falta quien nos niegue el derecho a su afecto alegando que hace 400 años les perseguimos y expulsamos. Con este argumento no podría ser el pueblo judío amigo de ningún otro, porque ¿de cuál no tiene agravio?

Seguramente los que mejor han entendido su interés en Marruecos son los alemanes, porque mientras otras naciones, Francia especialmente, empleaban sus energías en procurarse satisfacciones del orgullo, ellos se dedicaban a dominar con el comercio y a llenar con sus productos lo zocos del litoral. Para conservar el régimen de puerta abierta que los viejos tratados otorgaban a Alemania, se han consignado en el convenio galo-germano dos cláusulas categóricas, de las que ha dicho Jaurès, censurando la obra de Pichon, Selves y Poincaré: «La fórmula de Berlín se sintetiza en esta frase. Envía tú, Francia, a Marruecos a los soldados para establecer la paz y para que yo pueda tranquilamente vender allí mis bujerías». Desde hace años navega por la costa de Marruecos la flota numerosísima de la compañía Oldemburgo, compuesta por vapores especialmente construidos para aquellas bahías peligrosas. Estos barcos que llevan los nombres de pueblos marroquíes y de caudillos y santones amados del mogrebino patriota y religioso, son de escaso tonelaje, de lento andar, de corta tripulación. De este modo siendo económico su coste, pueden permanecer semanas y semanas anclados frente a las barras del Lucus, del Martín, del Buragrag, del Morbea y del Tidsi o en las revueltas ensenadas de Tánger, Fedala, Safi y Mogador. No hay en estos lugares modo alguno de desembarcar las mercancías que no sea la barcaza, la urca, o el cárabo tripulados por la chusma bereber que maneja diestramente los largos y pesados remos. Apenas el levante sopla, cuando las rompientes estallan sobre las sirtes, haciendo imposible el desembarco y hay que esperar ya sobre triples anclas, ya sobre la máquina. Para eso han sido construidos los vapores de la Oldemburgo que casi monopolizan la exportación de trigo, cebada, avena, habas, almendra, orégano, fenogreco, alpiste, pasas, cochinilla, huevos, pieles, tripas secas, higos y materias tintóreas. Examinemos la estadística y se verá que el 70 por ciento de la exportación marroquí se realiza bajo bandera alemana.

El nombre de los hermanos Mannesman que tantas veces ha aparecido en la prensa, con motivo de las reclamaciones de Francia, es otra prueba de la obra que vienen realizando los alemanes en Marruecos. Desde Tánger a Agadir no hay una población donde no esté establecida una oficina de los Mannesman. Mientras el Sur permanecía cerrado al comercio europeo, los Mannesman extraían de Tarudant y de los territorios sujetos a la autoridad de El-Guel-Luli, los productos más estimados; laboreaban minas, establecían granjas agrícolas como la de Suafaleli, donde trabajaban mil indígenas y fundaban en Agadir un Banco que ejerce un influjo en todos los mercados y kabilas de la región. La influencia de los Mannesman es decisiva en las aduanas franco-marroquíes de la costa. Al observar esto y al ver maniobrar en todos los puertos dos o tres vaporcitos de la Oldemburgo había motivo para pensar que se viajaba por una colonia germánica.

No han faltado en España iniciativas meritorias a las que se debe que visiten esos puertos periódicamente vapores con las banderas de Barcelona, Valencia y Sevilla. La Compañía Valenciana de Navegación, la casa Rius y Torres, la sociedad Ibarra y la compañía Vasco-Andaluza llevan sus naves a ese litoral bravío y ejercen un activo comercio que puede ser la base de grandes beneficios para las industrias hispánicas.

Para que España tenga resultados útiles del convenio franco-español y de nuestra nueva situación en Marruecos, habrá que ejecutar lo que Cánovas del Castillo decía el año 1886: «Mucho pueden y deben hacer los gobiernos, pero ¡ay de las empresas, de la naturaleza de la que se trata, que no son compartidas por el sentimiento de la nación entera! La industria y el comercio de España es a quien corresponderá principalmente el buen éxito final de las grandes empresas que en África se acometan. Estas empresas han de ser emprendidas por amor a la nación, con el espíritu patrio, con el alma: pero hay que completarlas y realizarlas por el interés individual. Dentro de algún espacio de tiempo los motivos históricos no bastarán para poseer dominios territoriales, como no bastan para mantener ningún derecho político».

Una curiosa anécdota nos ofrecen las crónicas que puede encerrar un símbolo de la deseable conducta futura. Fernán Pérez del Pulgar, el bizarro caudillo andaluz, llamado el de las Hazañas, recibió de los reyes católicos, a cambio de tierras, casas y molinos que poseía en el marco de Granada, un derecho que entonces pareció ilusorio y aun risible.

—Una cosa demando en pago de lo que cedo —dijo Fernán Pérez del Pulgar. Los molinos de Tremecén.

—¿Y cómo pueden dar los reyes molinos en África?— contestó el conde de Tendilla.

—¿Pues, hay más que ganarlos?

—¿Y si tarda el plazo?

—Si yo no los poseo, mis nietos los poseerán.

Y así fue, porque en 1542, el ejército del conde de Alcaudete ganó a Tremecén y puso en posesión del hijo de Fernán Pérez los dos molinos que allí había con los que se creó allí un centro agrícola y un caserío, eje de la riqueza agraria de la comarca, que han venido gozando los herederos de aquella noble estirpe hasta nuestros días en que los vendieron a la Compañía Rural Argelina.

En octubre, cuando estas cuartillas se publiquen, estará próximo a discutirse el tema de las Cámaras españolas. Con tal motivo será menester insistir muchas veces. Tomar de un lado ahora, luego de otro esta cuestión que tiene mil caras como la diosa india de la fecundidad. Así, en conjunto, como hoy la tomo, deja la impresión de un paso favorable para los intereses de España, siempre que a este vano optimismo se oponga en todo momento la áspera desconfianza que, a Dios gracias, hemos cobrado muchos en el arte de nuestros gobiernos para fecundar las simientes que los dioses, benévolos alguna vez, nos envían. Porque hoy tengo que terminar también con mi antífona perdurable: el problema de Marruecos es para España una cuestión de competencia: en esto coincide este problema con todos los demás que tiene España. Alfa y Omega de nuestro apocalipsis: intervención de los competentes, si los hay, creación de competentes, si no los hay.

La Prensa, 4 de octubre de 1912