Ortega y Gasset

Abstract

A 1912 article on the Franco-Spanish treaty over Morocco: a history of French penetration from Richelieu to Lyautey, and a description of the Spanish zone from the Muluya to the Lucus. Journalistic geopolitics.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Madrid, agosto de 1912

La vieja superstición que estudiaba la coincidencia de las fechas para deducir conclusiones morales, no dejaría de anotar en sus páginas de misterio el hecho de que al año justo de plantearse entre Alemania y Francia el grave y temeroso litigio que se inició con el coup d’Agadir se halla en Versalles, después de una breve cura de aguas de Vichy, el ex sultán de Marruecos que entregó a la Tercera República la soberanía de su pueblo. Al mismo tiempo que Muley Hafid se ofrece a la curiosidad francesa, ávida de contemplar realezas exóticas, España y Francia, concluyen su tratado, próximo ahora a firmarse y con ello termina la primera parte de esta cuestión internacional, en la que se contienen tantos problemas futuros y tantos riesgos para la paz de Europa. Habrá llegado el momento de dirigir la mirada a los antecedentes y consecuencias de esta trascendental mudanza, que en la geografía política del viejo mundo se ha realizado y que importa, no sólo a españoles, galos y británicos, sino a todos los pueblos nuevos, que han centuplicado el esfuerzo de sus industrias y la irradiación de su comercio.

Sea el que fuere el juicio que merezca la conducta de Francia respecto a Marruecos, habrá que reconocer en ella el mérito de la constancia y un espíritu de continuidad vivo y poderoso, mediante el que ha llegado a los días presentes en que el gobierno de París, al nombrar residente general (nombre nuevo de los antiguos virreyes) al general Lyautey, ha dicho a las potencias: «Estamos en Marruecos en cumplimiento de históricos designios. La civilización nos envía para asegurar allí la paz». Ya en 1634 acariciaba la codicia gala pensamientos de dominio, sobre la costa atlántica del Mogreb y Luis XIII enviaba al caballero de Razilly a tratar con el sultán, para el establecimiento de una factoría en Mogador y el hábil emisario, escribía a Richelieu, en respuesta a instrucciones de éste: «Comprendo bien y procuro ejecutar los deseos de Su Excelencia. La cuestión es avoir un pied en Afrique pour aller s’étendre plus loin». Desde entonces, más o menos, se ha ocupado Francia siempre de los asuntos del Imperio Marroquí y es ciertamente curiosa la Histoire Diplomatique de France au Maroc que ha publicado el coronel Verdier, narrando día a día una obra que ahora parece realizada. El mismo Napoleón, en medio de las agitaciones de su epopeya, pensó en Marruecos como en campo de victorias y comisionó al comandante Boutin para que estudiara el país y se apresuró a acoger al astuto catalán Domingo Badía elevándolo a la jerarquía del generalato cuando España prescindió de los servicios de Alí-Bey-el-Abassi.

No será discreto pensar que Francia ha conseguido la realización de la empresa conquistadora por haber llegado a Fez y por haber nombrado un nuevo sultán como se nombre un subprefecto, ni habrá sorpresa en las dificultades que cada día irán surgiendo y que pueden convertirse en causa de tremenda perturbación para el gran pueblo, pero de todas suertes habrá que admirar cómo a través de las edades y de las tragedias de una historia heroica ha ido avanzando en su obra aquel pensamiento que Richelieu confiaba al caballero de Razilly.

El tratado franco-español reconoce a España una zona en el Norte de Marruecos que empieza en las riberas del Muluya y acaba en las del Lucus, más cien kilómetros en concepto de comarca neutral, en la que ejercerán jurisdicción los españoles. Melilla, Tetuán, Arcila, Larache, son los puntos más importantes de la línea.

Grande ha sido la discusión antes de llegar a un acuerdo respecto a Larache y su territorio.

Francia no se ha resignado sin dificultad a que quede fuera de su dominio aquella riquísima comarca en que los fenicios asentaron la colonia de Lixa, camino el más corto para ir a Fez, puerto por donde las más importantes y laboriosas kabilas de Beni-Mitir, Beni-Yarza, Beni-Zlioui-Zemmur y Riata envían al mar sus productos. Fez es la más importante población de Marruecos, con sus 200.000 habitantes. Poseyendo Larache, que está a tres jornadas de Fez, es posible pensar en ventajosas relaciones mercantiles con aquellas tribus que viven en las espléndidas márgenes del Sebú, las más civilizadas de Marruecos, las que mejor cultivan la tierra, las que poseen mejores ganados. Felipe II decía que, ni le fuera dable, cambiaría Larache por todos los otros puertos de aquel litoral.

Felipe III, aprovechando la guerra civil que se promovió a la muerte de Muley Hamed, mandó al diestro genovés Guanetín Nortara a tratar con Muley Xeque, aspirante al trono de Mogreb, ofreciéndole su auxilio, a cambio de la cesión de Larache; y tomó posesión de esta ciudad por mano de don Juan de Mendoza, marqués de San Germán, general de la armada española, quien el 21 de noviembre de 1610, izó el pabellón de Castilla sobre la alcazaba de Sidi-Dris. Dominaron los españoles en Larache hasta 1699, en que el sultán Mulay Ismael, con el auxilio de tropas y fragatas de Luis XIV, puso cerco a la ciudad defendida tan solo por 996 españoles. Ahora, mediante un convenio con Francia torna España a imperar donde el marqués de San Germán proclamó nuestra soberanía y acaso se aspira a que el primer acto de protectorado coincida con la de aquel día de 1610, en que las naves castellanas fondeaban vencedoras ante la barra movible y peligrosa del río Lucus.

Como el telégrafo habrá anticipado a los lectores de La Prensa todo el pormenor del tratado hispano-francés será inútil copiar sus cláusulas y aún es pronto para comentarlas. Misteriosas combinaciones de intereses, regidas desde las cancillerías de Europa, actúan en aquellas tierras, cuya guardia y civilización se nos entrega. No han sido todavía estudiadas la producción agrícola presente y la presumible para el futuro de una zona tan extensa y tan varia en sus condiciones, montañosa en principal espacio, llana luego que las últimas estribaciones del Rif se hunden en las arenas del Atlántico.

Lo que sí se sabe es que si España acierta a satisfacer las necesidades mercantiles de las tribus residentes en el país litoral del Noroeste, hallarán allí mercado productivo las industrias nacionales. Pero todos estos aspectos de la vida económica no son propios de las presentes páginas ni se dispone ahora de informaciones suficientes para estimarlos.

Otras consideraciones primarias saltan a la vista. Una de ellas es la que, así en Francia como en España, la intervención en Marruecos ha de modificar esencialmente las condiciones de la política. ¿Cómo prescindir ya de los compromisos contraídos y de la acción comenzada? Su cumplimiento y su desarrollo exigirán de momento gastos cuantiosos y recios contingentes militares y constituirán una preocupación constante de los gobernantes. Y esto ocurre precisamente cuando radicales, socialistas y sindicalistas, se oponen con energía amenazadora a toda empresa militar y a todo esfuerzo de irradiación del poder del Estado. Bastará apuntarlo para que quede señalada la causa de las futuras contradicciones que en Francia y en España van a surgir con motivo del ejercicio del protectorado que acaba de establecerse.

Madrid, August 1912

The old superstition that studied the coincidence of dates in order to deduce moral conclusions would not fail to note in its pages of mystery the fact that exactly one year after the grave and fearful litigation between Germany and France that began with the coup d’Agadir, there is to be found at Versailles, after a brief cure of the waters at Vichy, the ex-sultan of Morocco who delivered to the Third Republic the sovereignty of his people. At the same time that Mulai Hafid offers himself to French curiosity, avid to contemplate exotic royalties, Spain and France conclude their treaty, now about to be signed, and with this ends the first part of this international question, in which so many future problems and so many risks for the peace of Europe are contained. The moment will have come to direct the gaze to the antecedents and consequences of this transcendent change, which has been realized in the political geography of the old world and which matters, not only to Spaniards, French and British, but to all the new peoples, who have centupled the effort of their industries and the radiation of their commerce.

Whatever may be the judgement that the conduct of France with respect to Morocco deserves, one will have to recognize in it the merit of constancy and a living and powerful spirit of continuity, by means of which it has arrived at the present days in which the government of Paris, appointing as resident-general (new name of the ancient viceroys) General Lyautey, has said to the powers: «We are in Morocco in fulfilment of historical designs. Civilization sends us to assure peace there.» Already in 1634 Gallic cupidity caressed thoughts of dominion over the Atlantic coast of the Maghreb, and Louis XIII sent the Chevalier de Razilly to treat with the sultan for the establishment of a trading post at Mogador, and the skilful emissary wrote to Richelieu, in reply to the latter’s instructions: «I understand well and I seek to execute the desires of His Excellency. The question is avoir un pied en Afrique pour aller s’étendre plus loin.» Since then, more or less, France has always occupied itself with the affairs of the Moroccan Empire, and certainly curious is the Histoire Diplomatique de France au Maroc that Colonel Verdier has published, narrating day by day a work that now seems realized. Napoleon himself, in the midst of the agitations of his epic, thought of Morocco as a field of victories and commissioned Commander Boutin to study the country, and hastened to welcome the astute Catalan Domingo Badía, raising him to the rank of generalcy when Spain dispensed with the services of Ali-Bey-el-Abassi.

It will not be discreet to think that France has achieved the realization of the conquering enterprise by having arrived at Fez and by having named a new sultan as a sub-prefect is named, nor will there be surprise at the difficulties that will each day be arising and that can become a cause of tremendous disturbance for the great people, but in any case one will have to admire how through the ages and the tragedies of a heroic history that thought which Richelieu confided to the Chevalier de Razilly has been advancing in its work.

The Franco-Spanish treaty recognizes to Spain a zone in the North of Morocco that begins on the banks of the Muluya and ends on those of the Lucus, plus a hundred kilometres as a neutral district, in which the Spaniards will exercise jurisdiction. Melilla, Tetuán, Arcila, Larache are the most important points of the line.

Great has been the discussion before reaching an agreement with respect to Larache and its territory.

France has not resigned itself without difficulty to the fact that that richest district, in which the Phoenicians settled the colony of Lixa, the shortest road to go to Fez, the port through which the most important and industrious kabilas of Beni-Mitir, Beni-Yarza, Beni-Zlioui-Zemmur and Riata send their products to the sea, should remain outside its dominion. Fez is the most important population of Morocco, with its 200,000 inhabitants. Possessing Larache, which is three days’ journey from Fez, it is possible to think of advantageous mercantile relations with those tribes that live on the splendid banks of the Sebú, the most civilized of Morocco, those that best cultivate the land, those that possess the best herds. Philip II said that, even were it possible for him, he would not exchange Larache for all the other ports of that littoral.

Philip III, taking advantage of the civil war that was stirred up at the death of Mulai Hamed, sent the skilful Genoese Guanetín Nortara to treat with Mulai Xeque, aspirant to the throne of the Maghreb, offering him his aid in exchange for the cession of Larache; and he took possession of this city by the hand of Don Juan de Mendoza, Marquis of San Germán, general of the Spanish fleet, who on 21 November 1610 raised the banner of Castile over the kasbah of Sidi-Dris. The Spaniards dominated in Larache until 1699, when the sultan Mulay Ismael, with the aid of troops and frigates of Louis XIV, laid siege to the city defended by only 996 Spaniards. Now, by means of an agreement with France, Spain returns to rule where the Marquis of San Germán proclaimed our sovereignty, and perhaps it is aspired that the first act of the protectorate coincide with that of that day of 1610, when the Castilian ships anchored victorious before the moving and dangerous bar of the river Lucus.

As the telegraph will have anticipated to the readers of La Prensa all the detail of the Hispano-French treaty, it will be useless to copy its clauses and it is still early to comment on them. Mysterious combinations of interests, governed from the chancelleries of Europe, act in those lands, whose guard and civilization are delivered to us. Neither the present agricultural production nor that presumable for the future has yet been studied, of a zone so extensive and so varied in its conditions, mountainous in its principal space, plain once the last spurs of the Rif sink into the sands of the Atlantic.

What is indeed known is that if Spain manages to satisfy the mercantile necessities of the tribes resident in the littoral country of the Northwest, the national industries will find there a productive market. But all these aspects of economic life are not proper to the present pages, nor does one dispose now of sufficient information to estimate them.

Other primary considerations leap to the eye. One of them is that, alike in France as in Spain, the intervention in Morocco has to modify essentially the conditions of politics. How to prescind henceforth from the engagements contracted and from the action begun? Their fulfilment and their development will demand for the moment considerable expenditures and strong military contingents and will constitute a constant preoccupation of the rulers. And this happens precisely when radicals, socialists and syndicalists oppose with threatening energy every military enterprise and every effort of radiation of the power of the State. It will suffice to note it for the cause of the future contradictions that are going to arise in France and in Spain with motive of the exercise of the protectorate that has just been established to remain signalled.

Madrid, agosto 1912

La vecchia superstizione che studiava la coincidenza delle date per dedurne conclusioni morali, non mancherebbe di annotare nelle sue pagine di mistero il fatto che a un anno esatto dal porsi tra Germania e Francia il grave e temibile litigio che si iniziò con il coup d’Agadir, si trova a Versailles, dopo una breve cura di acque a Vichy, l’ex sultano del Marocco che consegnò alla Terza Repubblica la sovranità del suo popolo. Mentre Muley Hafid si offre alla curiosità francese, avida di contemplare regalità esotiche, la Spagna e la Francia concludono il loro trattato, prossimo ora a firmarsi, e con ciò termina la prima parte di questa questione internazionale, in cui si contengono tanti problemi futuri e tanti rischi per la pace d’Europa. Sarà giunto il momento di dirigere lo sguardo agli antecedenti e conseguenze di questo trascendentale mutamento, che nella geografia politica del vecchio mondo si è realizzato e che importa, non solo a spagnoli, francesi e britannici, ma a tutti i popoli nuovi, che hanno centuplicato lo sforzo delle loro industrie e l’irradiazione del loro commercio.

Quale che sia il giudizio che meriti la condotta della Francia riguardo al Marocco, bisognerà riconoscerle il merito della costanza e uno spirito di continuità vivo e potente, mediante il quale è giunta ai giorni presenti in cui il governo di Parigi, nominando residente generale (nome nuovo degli antichi viceré) il generale Lyautey, ha detto alle potenze: «Siamo in Marocco in compimento di storici disegni. La civiltà ci invia per assicurare là la pace». Già nel 1634 la cupidigia francese accarezzava pensieri di dominio, sulla costa atlantica del Maghreb, e Luigi XIII inviava il cavaliere di Razilly a trattare col sultano, per lo stabilimento di una fattoria a Mogador, e l’abile emissario scriveva a Richelieu, in risposta alle istruzioni di questi: «Comprendo bene e procuro eseguire i desideri di Sua Eccellenza. La questione è avoir un pied en Afrique pour aller s’étendre plus loin». Da allora, più o meno, la Francia si è occupata sempre degli affari dell’Impero marocchino ed è certamente curiosa la Histoire Diplomatique de France au Maroc che ha pubblicato il colonnello Verdier, narrando giorno per giorno un’opera che ora sembra realizzata. Lo stesso Napoleone, in mezzo alle agitazioni della sua epopea, pensò al Marocco come a un campo di vittorie e commissionò al comandante Boutin di studiare il paese e si affrettò ad accogliere l’astuto catalano Domingo Badía elevandolo alla gerarchia del generalato quando la Spagna prescindette dai servigi di Alì-Bey-el-Abassi.

Non sarà discreto pensare che la Francia abbia conseguito la realizzazione dell’impresa conquistatrice per essere arrivata a Fez e per aver nominato un nuovo sultano come si nomina un sottoprefetto, né ci sarà sorpresa nelle difficoltà che ogni giorno andranno sorgendo e che possono convertirsi in causa di tremenda perturbazione per il gran popolo, ma in ogni modo bisognerà ammirare come attraverso le età e le tragedie di una storia eroica sia andato avanzando nella sua opera quel pensiero che Richelieu confidava al cavaliere di Razilly.

Il trattato franco-spagnolo riconosce alla Spagna una zona nel Nord del Marocco che comincia nelle rive del Muluya e finisce in quelle del Lucus, più cento chilometri a titolo di distretto neutrale, in cui eserciteranno giurisdizione gli spagnoli. Melilla, Tetuán, Arcila, Larache, sono i punti più importanti della linea.

Grande è stata la discussione prima di arrivare a un accordo riguardo a Larache e al suo territorio.

La Francia non si è rassegnata senza difficoltà a che restasse fuori del suo dominio quella ricchissima comarca in cui i fenici posero la colonia di Lixa, cammino il più corto per andare a Fez, porto per dove le più importanti e laboriose cabilie di Beni-Mitir, Beni-Yarza, Beni-Zlioui-Zemmur e Riata inviano al mare i loro prodotti. Fez è la più importante popolazione del Marocco, con i suoi 200.000 abitanti. Possedendo Larache, che è a tre giornate da Fez, è possibile pensare a vantaggiose relazioni mercantili con quelle tribù che vivono nelle splendide rive del Sebú, le più civilizzate del Marocco, quelle che meglio coltivano la terra, quelle che posseggono migliori greggi. Filippo II diceva che, neppure se gli fosse dato, cambierebbe Larache per tutti gli altri porti di quel litorale.

Filippo III, approfittando della guerra civile che si promosse alla morte di Muley Hamed, mandò l’abile genovese Guanetín Nortara a trattare con Muley Xeque, aspirante al trono del Maghreb, offrendogli il suo aiuto, in cambio della cessione di Larache; e prese possesso di questa città per mano di don Juan de Mendoza, marchese di San Germán, generale dell’armata spagnola, il quale il 21 novembre 1610 issò il padiglione di Castiglia sopra la casba di Sidi-Dris. Dominarono gli spagnoli in Larache fino al 1699, in cui il sultano Mulay Ismael, con l’ausilio di truppe e fregate di Luigi XIV, pose assedio alla città difesa solo da 996 spagnoli. Ora, mediante un convenio con la Francia, torna la Spagna a imperare dove il marchese di San Germán proclamò la nostra sovranità e forse si aspira a che il primo atto di protettorato coincida con quello di quel giorno del 1610, in cui le navi castigliane ancoravano vincitrici dinanzi alla barra mobile e pericolosa del fiume Lucus.

Come il telegrafo avrà anticipato ai lettori de La Prensa tutto il pormenore del trattato ispano-francese sarà inutile copiarne le clausole e ancora è presto per commentarle. Misteriose combinazioni di interessi, rette dalle cancellerie d’Europa, agiscono in quelle terre, la cui guardia e civilizzazione ci si consegna. Non sono state ancora studiate la produzione agricola presente e la presumibile per il futuro di una zona tanto estesa e tanto varia nelle sue condizioni, montagnosa in principale spazio, piana poi che le ultime propaggini del Rif si affondano nelle sabbie dell’Atlantico.

Quello che sì si sa è che se la Spagna azzecca a soddisfare le necessità mercantili delle tribù residenti nel paese litorale del Nordovest, troveranno là mercato produttivo le industrie nazionali. Ma tutti questi aspetti della vita economica non sono propri delle presenti pagine né si dispone ora di informazioni sufficienti per stimarli.

Altre considerazioni primarie saltano alla vista. Una di esse è questa: così in Francia come in Spagna, l’intervento in Marocco ha da modificare essenzialmente le condizioni della politica. Come prescindere ormai dagli impegni contratti e dall’azione cominciata? Il loro compimento e il loro sviluppo esigeranno di momento spese ingenti e forti contingenti militari e costituiranno una preoccupazione costante dei governanti. E questo accade proprio quando radicali, socialisti e sindacalisti si oppongono con energia minacciosa a ogni impresa militare e a ogni sforzo di irradiazione del potere dello Stato. Basterà appuntarlo perché resti segnalata la causa delle future contraddizioni che in Francia e in Spagna andranno sorgendo con motivo dell’esercizio del protettorato che appena si è stabilito.

Un poderoso elemento de acción puede tener España en Marruecos, el elemento judío. Habrá en el Imperio unos cien mil israelitas, raza oprimida, envilecida y despreciada, pero que como consigna un viajero de reconocida autoridad ejerce una influencia social grandísima, gracias a su arte singularísimo para juntar dinero. La situación es muy parecida a la que en Europa tuvieron durante la Edad Media. El judío no puede entrar en un santuario: al pasar por delante de uno de estos edificios, o de una mezquita, o de la casa de un magnate debe descalzarse; no le es permitido montar en caballo, ni en mula, sino en asno; ha de vestir de negro o de morado; vivir barrio aparte; pagar impuesto especial si viaja. En cambio, el labrador, el comerciante, el empleado, el cherife, el magzen, el sultán mismo están sujetos al judío que les presta dinero y es el siervo de la vida económica del marroquí. En los últimos tiempos su condición ha mejorado algo por el desarrollo de la industria y por la protección europea, pero aún se ve amenazado del saqueo y de la matanza, cuando se quiebra el débil muro que allí separa el orden de la anarquía. Digno de leerse es el libro que el francés Foucauld, sobre los israelitas del Mogreb. Foucauld vivió diez años entre ellos, acompañado del rabino Mardoqueo Serour y penetró en los miserables Melás y en el secreto de aquellas viviendas malolientes, donde la sórdida avaricia tiene encerrado en misteriosos nidos el arca llena de oro de los cuentos románticos. Casi todos los judíos de Marruecos hablan el español y éste es el idioma de sus hogares. Y no sólo lo hablan ellos, sino que se lo enseñan y aun se lo imponen, con la autoridad que tiene en el tráfago mercantil el que cambia monedas por especias, a los moros y a los árabes. Así en la costa y en sus zocos, el español puede negociar sin intérprete, y esto le da una superioridad extraordinaria sobre franceses e ingleses. El ya citado Foucauld dice: «Independiente de lo que en el futuro decida la fuerza de las armas o de la diplomacia, España tendrá siempre en Marruecos medios poderosos de propaganda mercantil, porque los judíos conservan el idioma de Castilla, convirtiéndolo en instrumento indispensable para la comunicación y para el trato».

Para contrariar de algún modo esta preponderancia de nuestra lengua ha creado Francia la Alianza Israelita, con sus sesenta escuelas, pero los mismos niños judíos que en esos centros de enseñanza aprenden el francés, hablan en español con sus compañeros, en cuanto la lección ha terminado.

Otro elemento de acción de España es la numerosa colonia de nuestros compatriotas. 6.000 de ellos viven en Tánger, otros 6.000 en las demás poblaciones del imperio, dándose el caso de que los comerciantes franceses de Marsella, Argel y Orán, que han ido a establecerse a Casa Blanca después de la conquista de la Chauia, han tenido que aprender un poco de español, para mercancear con los indígenas. Cierto que la mayor parte de esta colonia se compone de artesanos y jornaleros, pero pasan de dos mil los españoles establecidos con comercios, fábricas, agencias de negocios y de consignación y casas de banca. Casi todas las empresas navieras europeas tienen como consignatarios en los puertos marroquíes a comerciantes españoles. La poderosa empresa alemana de Oldemburgo, de la que luego se hablará, opera en Casa Blanca, Rabat, Safí, Mazagán y Mogador con agentes españoles. Y la razón de esta preferencia no es otra que la necesidad de usar el idioma castellano en los mercados y en los muelles. Júzguese la importancia que para el venidero desarrollo del comercio ha de tener este hecho a poco que se quiera utilizarle. Gonzalo Reparaz, en su libro Política de España en África escribe: «Debemos crear escuelas hispano-judaicas, en Tetuán, Tánger, Larache, Alcázar-Quibir, Ceuta, Melilla, Casa Blanca, etcétera, y sostener y fomentar las que ya en algunos de estos sitios exista. Muchos lazos nos unen al israelita marroquí: idioma, recuerdos, patria común durante largos siglos».

No falta quien nos niegue el derecho a su afecto alegando que hace 400 años les perseguimos y expulsamos. Con este argumento no podría ser el pueblo judío amigo de ningún otro, porque ¿de cuál no tiene agravio?

Seguramente los que mejor han entendido su interés en Marruecos son los alemanes, porque mientras otras naciones, Francia especialmente, empleaban sus energías en procurarse satisfacciones del orgullo, ellos se dedicaban a dominar con el comercio y a llenar con sus productos lo zocos del litoral. Para conservar el régimen de puerta abierta que los viejos tratados otorgaban a Alemania, se han consignado en el convenio galo-germano dos cláusulas categóricas, de las que ha dicho Jaurès, censurando la obra de Pichon, Selves y Poincaré: «La fórmula de Berlín se sintetiza en esta frase. Envía tú, Francia, a Marruecos a los soldados para establecer la paz y para que yo pueda tranquilamente vender allí mis bujerías». Desde hace años navega por la costa de Marruecos la flota numerosísima de la compañía Oldemburgo, compuesta por vapores especialmente construidos para aquellas bahías peligrosas. Estos barcos que llevan los nombres de pueblos marroquíes y de caudillos y santones amados del mogrebino patriota y religioso, son de escaso tonelaje, de lento andar, de corta tripulación. De este modo siendo económico su coste, pueden permanecer semanas y semanas anclados frente a las barras del Lucus, del Martín, del Buragrag, del Morbea y del Tidsi o en las revueltas ensenadas de Tánger, Fedala, Safi y Mogador. No hay en estos lugares modo alguno de desembarcar las mercancías que no sea la barcaza, la urca, o el cárabo tripulados por la chusma bereber que maneja diestramente los largos y pesados remos. Apenas el levante sopla, cuando las rompientes estallan sobre las sirtes, haciendo imposible el desembarco y hay que esperar ya sobre triples anclas, ya sobre la máquina. Para eso han sido construidos los vapores de la Oldemburgo que casi monopolizan la exportación de trigo, cebada, avena, habas, almendra, orégano, fenogreco, alpiste, pasas, cochinilla, huevos, pieles, tripas secas, higos y materias tintóreas. Examinemos la estadística y se verá que el 70 por ciento de la exportación marroquí se realiza bajo bandera alemana.

El nombre de los hermanos Mannesman que tantas veces ha aparecido en la prensa, con motivo de las reclamaciones de Francia, es otra prueba de la obra que vienen realizando los alemanes en Marruecos. Desde Tánger a Agadir no hay una población donde no esté establecida una oficina de los Mannesman. Mientras el Sur permanecía cerrado al comercio europeo, los Mannesman extraían de Tarudant y de los territorios sujetos a la autoridad de El-Guel-Luli, los productos más estimados; laboreaban minas, establecían granjas agrícolas como la de Suafaleli, donde trabajaban mil indígenas y fundaban en Agadir un Banco que ejerce un influjo en todos los mercados y kabilas de la región. La influencia de los Mannesman es decisiva en las aduanas franco-marroquíes de la costa. Al observar esto y al ver maniobrar en todos los puertos dos o tres vaporcitos de la Oldemburgo había motivo para pensar que se viajaba por una colonia germánica.

No han faltado en España iniciativas meritorias a las que se debe que visiten esos puertos periódicamente vapores con las banderas de Barcelona, Valencia y Sevilla. La Compañía Valenciana de Navegación, la casa Rius y Torres, la sociedad Ibarra y la compañía Vasco-Andaluza llevan sus naves a ese litoral bravío y ejercen un activo comercio que puede ser la base de grandes beneficios para las industrias hispánicas.

Para que España tenga resultados útiles del convenio franco-español y de nuestra nueva situación en Marruecos, habrá que ejecutar lo que Cánovas del Castillo decía el año 1886: «Mucho pueden y deben hacer los gobiernos, pero ¡ay de las empresas, de la naturaleza de la que se trata, que no son compartidas por el sentimiento de la nación entera! La industria y el comercio de España es a quien corresponderá principalmente el buen éxito final de las grandes empresas que en África se acometan. Estas empresas han de ser emprendidas por amor a la nación, con el espíritu patrio, con el alma: pero hay que completarlas y realizarlas por el interés individual. Dentro de algún espacio de tiempo los motivos históricos no bastarán para poseer dominios territoriales, como no bastan para mantener ningún derecho político».

Una curiosa anécdota nos ofrecen las crónicas que puede encerrar un símbolo de la deseable conducta futura. Fernán Pérez del Pulgar, el bizarro caudillo andaluz, llamado el de las Hazañas, recibió de los reyes católicos, a cambio de tierras, casas y molinos que poseía en el marco de Granada, un derecho que entonces pareció ilusorio y aun risible.

—Una cosa demando en pago de lo que cedo —dijo Fernán Pérez del Pulgar. Los molinos de Tremecén.

—¿Y cómo pueden dar los reyes molinos en África?— contestó el conde de Tendilla.

—¿Pues, hay más que ganarlos?

—¿Y si tarda el plazo?

—Si yo no los poseo, mis nietos los poseerán.

A powerful element of action can Spain have in Morocco, the Jewish element. There will be in the Empire about one hundred thousand Israelites, an oppressed, debased and despised race, but which, as a traveller of recognized authority notes, exercises a very great social influence, thanks to its most singular art of accumulating money. The situation is very similar to that which they had in Europe during the Middle Ages. The Jew cannot enter a sanctuary: in passing before one of these buildings, or a mosque, or the house of a magnate, he must take off his shoes; he is not permitted to mount a horse, nor a mule, but an ass; he has to dress in black or in purple; live in a separate quarter; pay a special tax if he travels. In exchange, the farmer, the merchant, the employee, the sherif, the magzen, the sultan himself are subject to the Jew who lends them money and is the servant of the economic life of the Moroccan. In recent times his condition has improved somewhat through the development of industry and through European protection, but he is still seen threatened with plunder and massacre, when the weak wall that separates there order from anarchy breaks. Worthy of being read is the book that the Frenchman Foucauld wrote on the Israelites of the Maghreb. Foucauld lived ten years among them, accompanied by the rabbi Mardocheus Serour, and penetrated the miserable mellahs and the secret of those evil-smelling dwellings, where sordid avarice keeps shut up in mysterious nests the ark full of gold of the romantic tales. Almost all the Jews of Morocco speak Spanish and this is the language of their homes. And not only do they speak it, but they teach it and even impose it, with the authority that he who changes coins for spices has in the mercantile traffic, upon the Moors and the Arabs. Thus on the coast and in its souks, the Spaniard can negotiate without interpreter, and this gives him an extraordinary superiority over Frenchmen and Englishmen. The already cited Foucauld says: «Independent of what the force of arms or of diplomacy may decide in the future, Spain will always have in Morocco powerful means of mercantile propaganda, because the Jews preserve the language of Castile, converting it into an indispensable instrument for communication and for dealing.»

To counteract in some way this preponderance of our language, France has created the Israelite Alliance, with its sixty schools, but the same Jewish children who in those teaching centres learn French speak Spanish with their companions as soon as the lesson has ended.

Another element of action of Spain is the numerous colony of our compatriots. 6,000 of them live in Tangier, another 6,000 in the other towns of the empire, it being the case that the French merchants of Marseille, Algiers and Oran, who have gone to settle in Casablanca after the conquest of the Chaouia, have had to learn a little Spanish in order to trade with the natives. It is true that the greater part of this colony is composed of artisans and day-labourers, but more than two thousand are the Spaniards established with shops, factories, business and consignment agencies and banking houses. Almost all the European shipping companies have Spanish merchants as consignees in the Moroccan ports. The powerful German company of Oldenburg, of which we shall speak later, operates in Casablanca, Rabat, Safi, Mazagan and Mogador with Spanish agents. And the reason for this preference is none other than the necessity of using the Castilian language in the markets and on the wharves. Let one judge the importance that this fact must have for the future development of commerce as soon as one wishes to use it. Gonzalo Reparaz, in his book Política de España en África, writes: «We must create Hispano-Judaic schools, in Tetuán, Tangier, Larache, Alcázar-Quibir, Ceuta, Melilla, Casablanca, etcetera, and sustain and foster those which already exist in some of these places. Many bonds unite us to the Moroccan Israelite: language, memories, common fatherland for long centuries.»

There is no lack of those who deny us the right to their affection, alleging that 400 years ago we persecuted and expelled them. With this argument the Jewish people could not be a friend of any other, for of which one does it not have a grievance?

Surely those who have best understood their interest in Morocco are the Germans, because while other nations, France especially, employed their energies in procuring themselves satisfactions of pride, they devoted themselves to dominating with commerce and to filling with their products the souks of the littoral. To preserve the open-door regime that the old treaties granted to Germany, two categorical clauses have been set down in the Franco-German agreement, of which Jaurès has said, censuring the work of Pichon, Selves and Poincaré: «The Berlin formula is synthesized in this phrase. Send you, France, to Morocco the soldiers to establish peace and so that I may tranquilly sell there my trinkets.» For years the very numerous fleet of the Oldenburg company, composed of steamers specially built for those dangerous bays, has sailed along the coast of Morocco. These boats, which carry the names of Moroccan towns and of caudillos and holy men beloved of the patriotic and religious Maghrebine, are of small tonnage, of slow going, of short crew. In this way, their cost being economical, they can remain anchored for weeks and weeks before the bars of the Lucus, the Martín, the Buragrag, the Morbea and the Tidsi or in the winding inlets of Tangier, Fedala, Safi and Mogador. There is in these places no way of disembarking the merchandise other than the lighter, the hulk, or the carabo, crewed by the Berber rabble that deftly handles the long and heavy oars. Scarcely does the Levant blow, when the breakers burst upon the sandbars, making disembarkation impossible, and one has to wait now on triple anchors, now on the engine. For this the steamers of the Oldenburg have been built, which almost monopolize the exportation of wheat, barley, oats, broad beans, almonds, oregano, fenugreek, canary seed, raisins, cochineal, eggs, hides, dried guts, figs and dyeing materials. Let us examine the statistics and it will be seen that 70 per cent of the Moroccan export is realized under the German flag.

The name of the Mannesman brothers, which has so many times appeared in the press, on the occasion of the claims of France, is another proof of the work that the Germans are carrying out in Morocco. From Tangier to Agadir there is no town where an office of the Mannesmans is not established. While the South remained closed to European commerce, the Mannesmans extracted from Tarudant and from the territories subject to the authority of El-Guel-Luli the most esteemed products; they worked mines, established agricultural farms like that of Suafaleli, where a thousand natives worked, and founded in Agadir a Bank that exercises an influence over all the markets and kabilas of the region. The influence of the Mannesmans is decisive in the Franco-Moroccan customs of the coast. Upon observing this and seeing two or three little steamers of the Oldenburg manoeuvring in all the ports, there was reason to think that one was travelling through a Germanic colony.

There have not been lacking in Spain meritorious initiatives to which it is owed that steamers with the flags of Barcelona, Valencia and Seville periodically visit those ports. The Valencian Navigation Company, the house of Rius y Torres, the Ibarra society and the Basque-Andalusian company carry their ships to that fierce littoral and exercise an active commerce that can be the basis of great profits for the Hispanic industries.

In order for Spain to have useful results from the Franco-Spanish agreement and from our new situation in Morocco, one will have to execute what Cánovas del Castillo said in the year 1886: «Much can and must governments do, but alas for the enterprises, of the nature of that which is in question, that are not shared by the sentiment of the whole nation! The industry and commerce of Spain is that to which the final good success of the great enterprises that in Africa are undertaken will mainly correspond. These enterprises have to be undertaken out of love for the nation, with the patriotic spirit, with the soul: but they must be completed and realized by individual interest. Within some space of time the historical motives will not suffice to possess territorial dominions, as they do not suffice to maintain any political right.»

A curious anecdote the chronicles offer us that may enclose a symbol of the desirable future conduct. Fernán Pérez del Pulgar, the dashing Andalusian caudillo, called the one of the Exploits, received from the Catholic Monarchs, in exchange for lands, houses and mills that he possessed in the region of Granada, a right that then seemed illusory and even laughable.

—One thing I demand in payment of what I cede —said Fernán Pérez del Pulgar. The mills of Tlemcen.

—And how can the kings give mills in Africa?— replied the Count of Tendilla.

—Is there more to it than winning them?

—And if the term is slow in coming?

—If I do not possess them, my grandsons will possess them.

Un potente elemento di azione può avere la Spagna in Marocco, l’elemento giudaico. Ci saranno nell’Impero circa centomila israeliti, razza oppressa, avvilita e disprezzata, ma che come nota un viaggiatore di riconosciuta autorità esercita un’influenza sociale grandissima, grazie al suo singolarissimo arte di mettere insieme denaro. La situazione è molto simile a quella che ebbero in Europa durante il Medioevo. L’ebreo non può entrare in un santuario: passando dinanzi a uno di questi edifici, o a una moschea, o alla casa di un magnate, deve scalzarsi; non gli è permesso montare a cavallo, né in mula, ma in asino; ha da vestire di nero o di violaceo; vivere in quartiere a parte; pagare imposta speciale se viaggia. In cambio, il contadino, il commerciante, l’impiegato, lo sceriffo, il magzen, lo stesso sultano sono soggetti all’ebreo che presta loro denaro ed è il servo della vita economica del marocchino. Negli ultimi tempi la sua condizione è migliorata alquanto per lo sviluppo dell’industria e per la protezione europea, ma ancora si vede minacciato del saccheggio e della strage, quando si rompe il debole muro che là separa l’ordine dall’anarchia. Degno di leggersi è il libro che il francese Foucauld scrisse sugli israeliti del Maghreb. Foucauld visse dieci anni tra loro, accompagnato dal rabbino Mardocheo Serour, e penetrò nei miserabili mellah e nel segreto di quelle maleodoranti abitazioni, dove la sordida avarizia tiene rinchiusi in misteriosi nidi l’arca piena d’oro dei racconti romantici. Quasi tutti gli ebrei del Marocco parlano lo spagnolo e questa è la lingua dei loro focolari. E non solo lo parlano loro, ma lo insegnano e persino lo impongono, con l’autorità che ha nel traffico mercantile colui che cambia monete per spezie, ai mori e agli arabi. Così nella costa e nei suoi zocchi, lo spagnolo può negoziare senza interprete, e questo gli dà una superiorità straordinaria sopra francesi e inglesi. Il già citato Foucauld dice: «Indipendente da ciò che in futuro decida la forza delle armi o della diplomazia, la Spagna avrà sempre in Marocco potenti mezzi di propaganda mercantile, perché gli ebrei conservano la lingua di Castiglia, convertendola in strumento indispensabile per la comunicazione e per il tratto».

Per contrariare in qualche modo questa preponderanza della nostra lingua la Francia ha creato l’Alleanza Israelita, con le sue sessanta scuole, ma gli stessi bambini ebrei che in quei centri d’insegnamento apprendono il francese, parlano in spagnolo coi loro compagni, appena la lezione è terminata.

Altro elemento di azione della Spagna è la numerosa colonia dei nostri compatrioti. 6.000 di loro vivono a Tangeri, altri 6.000 nelle altre popolazioni dell’impero, dandosi il caso che i commercianti francesi di Marsiglia, Algeri e Orano, che sono andati a stabilirsi a Casablanca dopo la conquista della Chauia, hanno dovuto imparare un po’ di spagnolo, per mercanteggiare con gli indigeni. Certo che la maggior parte di questa colonia si compone di artigiani e giornalieri, ma passano di duemila gli spagnoli stabiliti con commerci, fabbriche, agenzie di affari e di consegna e case di banca. Quasi tutte le imprese naviere europee hanno come consegnatari nei porti marocchini commercianti spagnoli. La potente impresa tedesca di Oldemburgo, della quale si parlerà poi, opera a Casablanca, Rabat, Safi, Mazagán e Mogador con agenti spagnoli. E la ragione di questa preferenza non è altra che la necessità di usare la lingua castigliana nei mercati e nei moli. Si giudichi l’importanza che per il venturo sviluppo del commercio ha da avere questo fatto appena lo si voglia utilizzare. Gonzalo Reparaz, nel suo libro Política de España en África, scrive: «Dobbiamo creare scuole ispano-giudaiche, a Tetuán, Tangeri, Larache, Alcázar-Quibir, Ceuta, Melilla, Casablanca, eccetera, e sostenere e fomentare quelle che già in alcuni di questi luoghi esistono. Molti legami ci uniscono all’israelita marocchino: lingua, ricordi, patria comune durante lunghi secoli».

Non manca chi ci neghi il diritto al suo affetto allegando che 400 anni fa li perseguitammo e cacciammo. Con questo argomento non potrebbe il popolo ebraico essere amico di nessun altro, perché di quale non ha un torto?

Certamente quelli che meglio hanno inteso il loro interesse in Marocco sono i tedeschi, perché mentre altre nazioni, la Francia specialmente, impiegavano le loro energie nel procurarsi soddisfazioni dell’orgoglio, loro si dedicavano a dominare col commercio e a riempire coi loro prodotti gli zocchi del litorale. Per conservare il regime di porta aperta che i vecchi trattati accordavano alla Germania, si sono consignate nel convenio gallo-germanico due clausole categoriche, delle quali ha detto Jaurès, censurando l’opera di Pichon, Selves e Poincaré: «La formula di Berlino si sintetizza in questa frase. Invia tu, Francia, in Marocco i soldati per stabilire la pace e perché io possa tranquillamente vendere là le mie chincaglierie». Da anni naviga per la costa del Marocco la numerosissima flotta della compagnia Oldemburgo, composta da vapori specialmente costruiti per quelle pericolose baie. Queste barche che portano i nomi di popolazioni marocchine e di condottieri e santoni amati dal mogrebino patriota e religioso, sono di scarso tonnellaggio, di lento andare, di corto equipaggio. In questo modo, essendo economico il loro costo, possono permanere settimane e settimane ancorate dinanzi alle barre del Lucus, del Martín, del Buragrag, del Morbea e del Tidsi o nelle ritorte insenature di Tangeri, Fedala, Safi e Mogador. Non c’è in questi luoghi modo alcuno di sbarcare le merci che non sia la chiatta, l’urca, o il cárabo tripulati dalla ciurma berbera che maneggia destramente i lunghi e pesanti remi. Appena soffia il levante, quando i frangenti scoppiano sopra le sirti, rendendo impossibile lo sbarco, bisogna aspettare già sopra triplici ancore, già sopra la macchina. Per questo sono stati costruiti i vapori della Oldemburgo che quasi monopolizzano l’esportazione di grano, orzo, avena, fave, mandorla, origano, fieno greco, scagliola, uve passe, cocciniglia, uova, pelli, budella secche, fichi e materie tintorie. Esaminiamo la statistica e si vedrà che il 70 per cento dell’esportazione marocchina si realizza sotto bandiera tedesca.

Il nome dei fratelli Mannesman che tante volte è apparso nella stampa, con motivo delle rivendicazioni della Francia, è un’altra prova dell’opera che vanno realizzando i tedeschi in Marocco. Da Tangeri ad Agadir non c’è una popolazione dove non sia stabilito un ufficio dei Mannesman. Mentre il Sud permaneva chiuso al commercio europeo, i Mannesman estraevano da Tarudant e dai territori soggetti all’autorità di El-Guel-Luli, i prodotti più stimati; lavoravano miniere, stabilivano fattorie agricole come quella di Suafaleli, dove lavoravano mille indigeni, e fondavano ad Agadir una Banca che esercita un influsso in tutti i mercati e cabilie della regione. L’influenza dei Mannesman è decisiva nelle dogane franco-marocchine della costa. Osservando questo e vedendo manovrare in tutti i porti due o tre vaporetti della Oldemburgo, c’era motivo per pensare che si viaggiasse per una colonia germanica.

Non sono mancate in Spagna iniziative meritorie alle quali si deve che visitino periodicamente quei porti vapori con le bandiere di Barcellona, Valenza e Siviglia. La Compagnia Valenzana di Navigazione, la casa Rius y Torres, la società Ibarra e la compagnia Vasco-Andalusa portano le loro navi a quel litorale protervo ed esercitano un attivo commercio che può essere la base di grandi benefici per le industrie ispaniche.

Perché la Spagna abbia risultati utili dal convenio franco-spagnolo e dalla nostra nuova situazione in Marocco, bisognerà eseguire ciò che Cánovas del Castillo diceva nell’anno 1886: «Molto possono e devono fare i governi, ma guai alle imprese, della natura di quella che si tratta, che non sono condivise dal sentimento della nazione intera! L’industria e il commercio di Spagna è a chi corrisponderà principalmente il buon successo finale delle grandi imprese che in Africa si accomettano. Queste imprese hanno da essere intraprese per amore alla nazione, con lo spirito patrio, con l’anima: ma bisogna completarle e realizzarle per l’interesse individuale. Dentro qualche spazio di tempo i motivi storici non basteranno per possedere domini territoriali, come non bastano per mantenere nessun diritto politico».

Una curiosa aneddoto ci offrono le cronache che può racchiudere un simbolo della desiderabile condotta futura. Fernán Pérez del Pulgar, il bizzarro condottiero andaluso, chiamato quello delle Hazañas, ricevette dai re cattolici, in cambio di terre, case e mulini che possedeva nel quadro di Granada, un diritto che allora parve illusorio e persino risibile.

—Una cosa domando in pagamento di ciò che cedo —disse Fernán Pérez del Pulgar. I mulini di Tremecén.

—E come possono dare i re mulini in Africa?— rispose il conte di Tendilla.

—Ebbene, non c’è che guadagnarli?

—E se tarda il termine?

—Se io non li posseggo, i miei nipoti li possederanno.

Y así fue, porque en 1542, el ejército del conde de Alcaudete ganó a Tremecén y puso en posesión del hijo de Fernán Pérez los dos molinos que allí había con los que se creó allí un centro agrícola y un caserío, eje de la riqueza agraria de la comarca, que han venido gozando los herederos de aquella noble estirpe hasta nuestros días en que los vendieron a la Compañía Rural Argelina.

En octubre, cuando estas cuartillas se publiquen, estará próximo a discutirse el tema de las Cámaras españolas. Con tal motivo será menester insistir muchas veces. Tomar de un lado ahora, luego de otro esta cuestión que tiene mil caras como la diosa india de la fecundidad. Así, en conjunto, como hoy la tomo, deja la impresión de un paso favorable para los intereses de España, siempre que a este vano optimismo se oponga en todo momento la áspera desconfianza que, a Dios gracias, hemos cobrado muchos en el arte de nuestros gobiernos para fecundar las simientes que los dioses, benévolos alguna vez, nos envían. Porque hoy tengo que terminar también con mi antífona perdurable: el problema de Marruecos es para España una cuestión de competencia: en esto coincide este problema con todos los demás que tiene España. Alfa y Omega de nuestro apocalipsis: intervención de los competentes, si los hay, creación de competentes, si no los hay.

La Prensa, 4 de octubre de 1912

And so it was, because in 1542 the army of the Count of Alcaudete won Tlemcen and put the son of Fernán Pérez in possession of the two mills that were there, with which there was created there an agricultural centre and a hamlet, axis of the agrarian wealth of the district, which the heirs of that noble lineage have gone on enjoying to our days, in which they sold them to the Algerian Rural Company.

In October, when these sheets are published, the theme of the Spanish Chambers will be near to being discussed. With such motive it will be necessary to insist many times. To take from one side now, then from another, this question that has a thousand faces like the Indian goddess of fecundity. Thus, as a whole, as today I take it, it leaves the impression of a favourable step for the interests of Spain, provided that to this vain optimism there opposes itself at every moment the harsh distrust that, thank God, many of us have acquired in the art of our governments for fecundating the seeds that the gods, benevolent sometimes, send us. Because today I have also to finish with my perennial refrain: the problem of Morocco is for Spain a question of competence: in this this problem coincides with all the others that Spain has. Alpha and Omega of our apocalypse: intervention of the competent, if there are any, creation of the competent, if there are none.

La Prensa, 4 October 1912

E così fu, perché nel 1542 l’esercito del conte di Alcaudete vinse Tremecén e mise in possesso del figlio di Fernán Pérez i due mulini che là c’erano, con i quali si creò là un centro agricolo e un casale, asse della ricchezza agraria della comarca, che hanno continuato a godere gli eredi di quella nobile stirpe fino ai nostri giorni, in cui li vendettero alla Compagnia Rurale Algerina.

In ottobre, quando questi fogli si pubblicheranno, sarà prossimo a discutere il tema delle Camere spagnole. Con tale motivo sarà mestieri insistere molte volte. Prendere di un lato ora, poi di un altro, questa questione che ha mille facce come la dea indiana della fecondità. Così, in insieme, come oggi la prendo, lascia l’impressione di un passo favorevole per gli interessi della Spagna, sempre che a questo vano ottimismo si opponga in ogni momento l’aspra diffidenza che, grazie a Dio, abbiamo acquisito molti nell’arte dei nostri governi per fecondare le semenze che gli dèi, benevoli qualche volta, ci inviano. Perché oggi devo terminare anche con la mia antifona perdurabile: il problema del Marocco è per la Spagna una questione di competenza: in questo coincide questo problema con tutti gli altri che ha la Spagna. Alfa e Omega del nostro apocalisse: intervento dei competenti, se ce ne sono, creazione di competenti, se non ce ne sono.

La Prensa, 4 ottobre 1912