Abstract
An editorial on the announced railway strike and the risk that revolutionary parties will hijack it: the government must ascertain the movement’s nature and the merit of the demands. Topical labour and political comment.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Todas las noticias de estos días indican que se aproxima un nuevo período de agitación. Los diarios ministeriales podrán negar importancia al último incidente de Barcelona y suponer que la anunciada huelga ferroviaria, si se produce, está de antemano condenada al fracaso. Pero conviene mirar el riesgo cara a cara, y no es el mejor sistema de combatir las enfermedades el de suponer que no existen. Este procedimiento de cura por sugestión, que tantas veces han empleado nuestros gobernantes y en el que puede diputarse como doctor excelso el señor Dato, tiene también sus quiebras. Suponer ahora que no hay peligro es, por lo menos, muy expuesto a que los acontecimientos nos cojan desprevenidos. Si no al Gobierno, a la opinión, que necesita también orientarse.
Se anuncia otra huelga ferroviaria. Se asegura que detrás de ella viene la huelga general. El breve manifiesto de las izquierdas y, sobre todo, la interpretación que republicanos y socialistas dan a ciertos acuerdos secretos, hacen creer que existirá relación inevitable entre el movimiento que los ferroviarios y los obreros en general inician para lograr sus reivindicaciones y la acción política que los partidos extremos organizan para sus fines revolucionarios. La campaña de La Lucha dice bastante para juzgar las esperanzas de los republicanos barceloneses. Se dirige a los soldados en la forma más peligrosa, puesto que busca un sindicalismo militar. Los párrafos del artículo, que ayer despertó apasionados comentarios en Madrid y que no podríamos reproducir en estas columnas, expresan harto elocuentemente la serie de tanteos que a estas fechas realizan los partidos republicanos. ¿Con qué éxito? El señor Dato, a pesar de todo, se aventura a decir, quizá por humorismo o por resignación, que el verano será tranquilo. ¡Feliz él, que conserva la serenidad o, por lo menos, sabe exteriorizarla!
Los días transcurridos desde que estalló el conflicto de las Juntas de defensa han servido para trazar la exacta perspectiva de los hechos de modo que podamos juzgarlos en su debida proporción. Inútil sería tratar de reducir la importancia de aquel suceso; pero lo que no juzgamos exacto es considerar que tiene en la historia de la agitación política y social de España un valor inicial. Las huelgas vienen organizándose cada vez con más perfección desde hace unos cuantos años. El verano pasado, como el anterior, proporcionaron los ferroviarios al Gobierno y al pueblo días de verdadera inquietud. Hoy vuelven a la carga, y fundándose en el incumplimiento de las ofertas hechas por alguna Compañía preparan otra vez su huelga. Importa saber si este movimiento se limita a solicitar las mejoras no logradas aún merced a reclamaciones anteriores. Si esto fuera así, los propios huelguistas estarían más interesados que nadie en hacer constar su absoluta independencia de todo fin político, puesto que su causa se perjudicaría si las Empresas, el Gobierno y la opinión vieran que sólo se trataba de un nuevo ensayo de organización puesto al servicio de fines políticos y con carácter revolucionario. Al Gobierno corresponde, en primer término, cerciorarse de la índole del movimiento, no fiándose de los optimistas que consideran la ocasión poco propicia y juzgan que la huelga, si al fin se acuerda, fracasará por falta de preparación. Pero antes, claro está, es deber del Gobierno adquirir informes ciertos de las causas que pueden justificar la huelga, naturaleza de las reivindicaciones solicitadas, exactitud de los cargos y quejas que formulan los ferroviarios contra las Empresas, así como de la posibilidad de satisfacerlos inmediatamente.
Sería censurable dejarse influir por la fuerza de un prejuicio que consistiera en no ver detrás de las huelgas sino la mano misteriosa de los agentes políticos. Pero al mismo tiempo sería inocente dejar a la propaganda revolucionaria en estrecho contacto con los huelguistas de modo tal que realizaran insidiosamente la obra de desnaturalizar el movimiento en provecho suyo. Este género de revolución que trataría de ampararse detrás de las legítimas solicitudes proletarias no es ya el natural movimiento de la opinión hacia ideales que no puede realizar dentro de la vida política actual. No sería una revolución blanca, pese a los sueños de muchos reformadores paradójicamente enamorados de una violencia pacífica o de una catástrofe sin efusión de sangre. Sería un intento bien caracterizado con sus procedimientos y sus fines. Esperemos, sin embargo, el desarrollo de los sucesos y vivamos desde luego advertidos, ya que nadie, comenzando por el señor Dato, puede afirmar sin riesgo de equivocarse que el verano será tranquilo.
Publicado sin firma, El Imparcial, 22 de junio de 1917