Ortega y Gasset
Abstract
An essay on the failure of English pacifism: there is more than one pacifism, and the English one underestimated the enemy through a false diagnosis. War is not an instinct but an invention, a human institution from which discipline came; a pacifism ignoring this becomes null piety.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Desde hace veinte años, Inglaterra —su Gobierno y su opinión pública— se ha embarcado en el pacifismo. Cometemos el error de designar con este único nombre actitudes muy diferentes, tan diferentes que en la práctica resultan con frecuencia antagónicas. Hay, en efecto, muchas formas de pacifismo. Lo único que entre ellas existe de común es una cosa muy vaga: la creencia en que la guerra es un mal y la aspiración a eliminarla como medio de trato entre los hombres. Pero los pacifistas comienzan a discrepar en cuanto dan el paso inmediato y se preguntan hasta qué punto es en absoluto posible la desaparición de las guerras. En fin: la divergencia se hace superlativa cuando se ponen a pensar en los medios que exige una instauración de la paz sobre este pugnacísimo globo terráqueo. Acaso fuera mucho más útil de lo que se sospecha un estudio completo sobre las diversas formas del pacifismo. De él emergería no poca claridad. Pero es evidente que no me corresponde ahora ni aquí hacer ese estudio en el cual quedaría definido con cierta precisión el peculiar pacifismo en que Inglaterra —su Gobierno y su opinión pública— se embarcó hace veinte años.
Mas, por otra parte, la realidad actual nos facilita desgraciadamente el asunto. Es un hecho demasiado notorio que ese pacifismo inglés ha fracasado. Lo cual significa que ese pacifismo fue un error. El fracaso ha sido tan grande, tan rotundo, que alguien tendría derecho a revisar radicalmente la cuestión y a preguntarse si no es un error todo pacifismo. Pero yo prefiero ahora adaptarme cuanto pueda al punto de vista inglés, y voy a suponer que su aspiración a la paz del mundo era una excelente aspiración. Mas ello subraya tanto más cuanto ha habido de error en el resto, a saber, en la apreciación de las posibilidades de paz que el mundo actual ofrecía y en la determinación de la conducta que ha de seguir quien pretenda ser, de verdad, pacifista.
Al decir esto no sugiero nada que pueda llevar al desánimo. Todo lo contrario. ¿Por qué desanimarse? Tal vez las dos únicas cosas a que el hombre no tiene derecho son la petulancia y su opuesto, el desánimo. No hay nunca razón suficiente ni para lo uno ni para lo otro. Baste advertir el extraño misterio de la condición humana consistente en que una situación tan negativa y de derrota como es haber cometido un error, se convierte mágicamente en una nueva victoria para el hombre, sin más que haberlo reconocido. El reconocimiento de un error es por sí mismo una nueva verdad y como una luz que dentro de éste se enciende.
Contra lo que creen los plañideros, todo error es una finca que acrece nuestro haber. En vez de llorar sobre él conviene apresurarse a explotarlo. Para ello es preciso que nos resolvamos a estudiarlo a fondo, a descubrir sin piedad sus raíces y a construir enérgicamente la nueva concepción de las cosas que esto nos proporciona. Yo supongo que los ingleses se disponen ya, serenamente, pero decididamente, a rectificar el enorme error que durante veinte años ha sido su peculiar pacifismo y a sustituirlo por otro pacifismo más perspicaz y más eficiente.
Como casi siempre acontece, el defecto mayor del pacifismo inglés —y en general de los que se presentan como titulares del pacifismo— ha sido subestimar al enemigo. Esta subestima les inspiró un diagnóstico falso. El pacifista ve en la guerra un daño, un crimen o un vicio. Pero olvida que, antes que eso y por encima de eso, la guerra es un enorme esfuerzo que hacen los hombres para resolver ciertos conflictos. La guerra no es un instinto, sino un invento. Los animales la desconocen y es pura institución humana, como la ciencia o la administración. Ella llevó a uno de los mayores descubrimientos, base de toda civilización: al descubrimiento de la disciplina. Todas las demás formas de disciplina proceden de la primigenia, que fue la disciplina militar. El pacifismo está perdido y se convierte en nula beatería si no tiene presente que la guerra es una genial y formidable técnica de vida y para la vida.
Como toda forma histórica, tiene la guerra dos aspectos: el de la hora de su invención y el de la hora de su superación. En la hora de su invención significó un progreso incalculable. Hoy, cuando se aspira a superarla, vemos de ella sólo la sucia espalda, su horror, su tosquedad, su insuficiencia. Del mismo modo, solemos, sin más reflexión, maldecir de la esclavitud, no advirtiendo el maravilloso adelanto que representó cuando fue inventada. Porque antes lo que se hacía era matar a todos los vencidos. Fue un genio bienhechor de la humanidad el primero que ideó, en vez de matar a los prisioneros, conservarles la vida y aprovechar su labor. Augusto Comte, que tenía un gran sentido humano, es decir, histórico, vio ya de este modo la institución de la esclavitud —liberándose de las tonterías que sobre ella dice Rousseau— y a nosotros nos corresponde generalizar su advertencia, aprendiendo a mirar todas las cosas humanas bajo esa doble perspectiva, a saber: el aspecto que tienen al llegar y el aspecto que tienen al irse. Los romanos, muy finamente, encargaron a dos divinidades de consagrar esos dos instantes —Adeona y Abeona, el dios del llegar y el dios del irse.
Por desconocer todo esto, que es elemental, el pacifismo se ha hecho su tarea demasiado fácil. Pensó que para eliminar la guerra bastaba con no hacerla o, a lo sumo, con trabajar en que no se hiciese. Como veía en ella sólo una excrecencia superflua y morbosa aparecida en el trato humano, creyó que bastaba con extirparla y que no era necesario sustituirla. Pero el enorme esfuerzo que es la guerra, sólo puede evitarse si se entiende por paz un esfuerzo todavía mayor, un sistema de esfuerzos complicadísimos y que, en parte, requieren la venturosa intervención del genio. Lo otro es un puro error. Lo otro es interpretar la paz como el simple hueco que la guerra dejaría si desapareciese; por tanto, ignorar que si la guerra es una cosa que se hace, también la paz es una cosa que hay que hacer, que hay que fabricar, poniendo a la faena todas las potencias humanas. La paz no «está ahí», sencillamente, presta sin más para que el hombre la goce. La paz no es fruto espontáneo de ningún árbol. Nada importante es regalado al hombre; antes bien, tiene él que hacérselo, que construirlo. Por eso, el título más claro de nuestra especie es ser homo faber.
Si se atiende a todo esto, ¿no parecerá sorprendente la creencia en que ha estado Inglaterra de que lo más que podía hacer en pro de la paz era desarmar, un hacer que se asemeja tanto a un puro omitir? Esa creencia resulta incomprensible si no se advierte el error de diagnóstico que le sirve de base, a saber: la idea de que la guerra procede simplemente de las pasiones de los hombres, y que si se reprime el apasionamiento, el belicismo quedará asfixiado. Para ver con claridad la cuestión hagamos lo que hacía Lord Kelvin para resolver sus problemas de física: construyámonos un modelo imaginario. Imaginemos, en efecto, que en un cierto momento todos los hombres renunciasen a la guerra, como Inglaterra, por su parte, ha intentado hacer. ¿Se cree que bastaba eso —más aún, que con ello se había dado el más breve paso eficiente en el sentido de la paz? ¡Grande error! La guerra, repitamos, era un medio que habían inventado los hombres para solventar ciertos conflictos. La renuncia a la guerra no suprime estos conflictos. Al contrario, los deja más intactos y menos resueltos que nunca. La ausencia de pasiones, la voluntad pacífica de todos los hombres resultarían completamente ineficaces, porque los conflictos reclamarían solución y, mientras no se inventase otro medio, la guerra reaparecería inexorablemente en ese imaginario planeta habitado sólo por pacifistas.
No es, pues, la voluntad de paz lo que importa últimamente en el pacifismo. Es preciso que este vocablo deje de significar una buena intención y represente un sistema de nuevos medios de trato entre los hombres. No se espere en este orden nada fértil mientras el pacifismo, de ser un gratuito y cómodo deseo, no pase a ser un difícil conjunto de nuevas técnicas.
El enorme daño que aquel pacifismo ha traído a la causa de la paz consistió en no dejarnos ver la carencia de las técnicas más elementales, cuyo ejercicio concreto y preciso constituye eso que, con un vago nombre, llamamos paz.
La paz, por ejemplo, es el derecho como forma de trato entre los pueblos. Pues bien: el pacifismo usual daba por supuesto que ese derecho existía, que estaba ahí a disposición de los hombres y que sólo las pasiones de éstos y sus instintos de violencia inducían a ignorarlo. Ahora bien: eso es gravemente opuesto a la verdad.
For twenty years, England —its Government and its public opinion— has embarked upon pacifism. We commit the error of designating with this single name attitudes that are very different, so different that in practice they frequently prove antagonistic. There are, in effect, many forms of pacifism. The only thing common to them all is a very vague thing: the belief that war is an evil and the aspiration to eliminate it as a means of dealing among men. But pacifists begin to disagree as soon as they take the immediate step and ask themselves to what extent the disappearance of wars is at all possible. In short: the divergence becomes superlative when they set themselves to thinking about the means that an establishment of peace upon this most pugnacious globe demands. Perhaps a complete study of the diverse forms of pacifism would be much more useful than is suspected. Not a little clarity would emerge from it. But it is evident that it does not fall to me now or here to make that study, in which the peculiar pacifism upon which England —its Government and its public opinion— embarked twenty years ago would be defined with a certain precision.
But, on the other hand, present reality unfortunately facilitates the matter for us. It is an all-too-notorious fact that that English pacifism has failed. Which means that that pacifism was an error. The failure has been so great, so resounding, that someone would have the right to radically revise the question and to ask himself whether all pacifism is not an error. But I prefer now to adapt myself as much as I can to the English point of view, and I am going to suppose that its aspiration to world peace was an excellent aspiration. But this only underlines all the more how much error there was in the rest, namely, in the appreciation of the possibilities of peace that the present world offered and in the determination of the conduct that he who would be, truly, a pacifist must follow.
In saying this I suggest nothing that could lead to discouragement. Quite the contrary. Why be discouraged? Perhaps the only two things to which man has no right are petulance and its opposite, discouragement. There is never sufficient reason for either the one or the other. Suffice it to note the strange mystery of the human condition consisting in the fact that a situation as negative and as much a defeat as having committed an error is magically converted into a new victory for man, by the mere fact of having recognized it. The recognition of an error is in itself a new truth and like a light that lights up within it.
Contrary to what the mourners believe, every error is an estate that increases our holdings. Instead of weeping over it, it is fitting to hasten to exploit it. For this it is necessary that we resolve to study it thoroughly, to discover without pity its roots, and to construct energetically the new conception of things that this provides us. I suppose the English are already preparing, serenely but decisively, to rectify the enormous error that their peculiar pacifism has been for twenty years and to replace it with another, more perspicacious and more efficient pacifism.
As almost always happens, the greatest defect of English pacifism —and in general of those who present themselves as the holders of pacifism— has been underestimating the enemy. This underestimation inspired them with a false diagnosis. The pacifist sees in war a damage, a crime, or a vice. But he forgets that, before that and above that, war is an enormous effort that men make to resolve certain conflicts. War is not an instinct, but an invention. Animals do not know it, and it is a purely human institution, like science or administration. It led to one of the greatest discoveries, the basis of all civilization: the discovery of discipline. All other forms of discipline derive from the primigenial one, which was military discipline. Pacifism is lost and becomes a null piety if it does not bear in mind that war is a genial and formidable technique of life and for life.
Like every historical form, war has two aspects: that of the hour of its invention and that of the hour of its being overcome. In the hour of its invention it meant an incalculable progress. Today, when one aspires to overcome it, we see of it only the dirty back, its horror, its crudeness, its insufficiency. In the same way, we are wont, without further reflection, to curse slavery, not noticing the marvelous advance it represented when it was invented. Because before, what was done was to kill all the vanquished. A beneficent genius of humanity was the first who conceived, instead of killing the prisoners, preserving their lives and making use of their labor. Auguste Comte, who had a great human sense, that is, historical, already saw the institution of slavery in this way —freeing himself from the foolish things Rousseau says about it— and it is up to us to generalize his warning, learning to look at all human things under that double perspective, namely: the aspect they have upon arriving and the aspect they have upon leaving. The Romans, very finely, entrusted two divinities with consecrating those two instants —Adeona and Abeona, the god of arriving and the god of leaving.
Through ignorance of all this, which is elementary, pacifism has made its task too easy. It thought that to eliminate war it was enough not to make it or, at most, to work so that it would not be made. As it saw in it only a superfluous and morbid excrescence that had appeared in human dealings, it believed that it was enough to extirpate it and that it was not necessary to replace it. But the enormous effort that is war can only be avoided if by peace one understands an even greater effort, a system of most complicated efforts which, in part, require the fortunate intervention of genius. The other is a pure error. The other is to interpret peace as the simple void that war would leave if it disappeared; therefore, to ignore that if war is a thing that is made, peace too is a thing that must be made, that must be fabricated, putting into the task all human powers. Peace is not ‘there,’ simply, ready without more ado for man to enjoy. Peace is not the spontaneous fruit of any tree. Nothing important is given to man as a gift; rather, he must make it, build it, himself. For that reason, the clearest title of our species is to be homo faber.
If one attends to all this, will not the belief in which England has been —that the most it could do in favor of peace was to disarm, an act that so resembles a pure omitting— seem surprising? That belief is incomprehensible unless one notices the error of diagnosis that serves as its basis, namely: the idea that war proceeds simply from the passions of men, and that if passion is repressed, bellicism will remain asphyxiated. To see the question clearly, let us do what Lord Kelvin did to solve his physics problems: let us construct for ourselves an imaginary model. Let us imagine, in effect, that at a certain moment all men renounced war, as England, for its part, has attempted to do. Is it believed that that sufficed —more still, that with it the briefest efficient step toward peace had been taken? Great error! War, let us repeat, was a means that men had invented to settle certain conflicts. The renunciation of war does not suppress these conflicts. On the contrary, it leaves them more intact and less resolved than ever. The absence of passions, the peaceful will of all men, would prove completely ineffectual, because the conflicts would demand solution and, until another means was invented, war would reappear inexorably upon that imaginary planet inhabited only by pacifists.
It is not, then, the will to peace that ultimately matters in pacifism. It is necessary that this word cease to signify a good intention and represent a system of new means of dealing among men. Nothing fertile is to be expected in this order while pacifism, from being a gratuitous and comfortable desire, does not become a difficult set of new techniques.
The enormous harm that that pacifism has brought to the cause of peace consisted in not letting us see the lack of the most elementary techniques, whose concrete and precise exercise constitutes that which, with a vague name, we call peace.
Peace, for example, is law as a form of dealing among peoples. Well then: the usual pacifism took for granted that that law existed, that it was there at the disposal of men, and that only their passions and their instincts of violence induced them to ignore it. Now: this is gravely opposed to the truth.
Da vent’anni, l’Inghilterra —il suo Governo e la sua opinione pubblica— si è imbarcata nel pacifismo. Commettiamo l’errore di designare con questo unico nome atteggiamenti molto diversi, tanto diversi che in pratica risultano spesso antagonisti. Ci sono, infatti, molte forme di pacifismo. L’unica cosa che tra esse esiste di comune è una cosa molto vaga: la credenza che la guerra sia un male e l’aspirazione a eliminarla come mezzo di rapporto tra gli uomini. Ma i pacifisti cominciano a dissentire non appena fanno il passo immediato e si domandano fino a che punto sia in assoluto possibile la scomparsa delle guerre. Insomma: la divergenza diventa superlativa quando si mettono a pensare ai mezzi che esige l’instaurazione della pace su questo pugnacissimo globo terracqueo. Forse sarebbe molto più utile di quanto si sospetti uno studio completo sulle diverse forme del pacifismo. Da esso emergerebbe non poca chiarezza. Ma è evidente che non mi spetta ora né qui fare quello studio, nel quale resterebbe definito con una certa precisione il peculiare pacifismo in cui l’Inghilterra —il suo Governo e la sua opinione pubblica— si imbarcò vent’anni fa.
Ma, d’altra parte, la realtà attuale ci facilita purtroppo l’impresa. È un fatto fin troppo notorio che quel pacifismo inglese ha fallito. Il che significa che quel pacifismo fu un errore. Il fallimento è stato così grande, così rotondo, che qualcuno avrebbe il diritto di rivedere radicalmente la questione e di domandarsi se non sia un errore ogni pacifismo. Ma io preferisco ora adattarmi quanto posso al punto di vista inglese, e supporrò che la sua aspirazione alla pace del mondo fosse un’ottima aspirazione. Ma ciò sottolinea tanto di più quanto vi è stato di errore nel resto, cioè nella valutazione delle possibilità di pace che il mondo attuale offriva e nella determinazione della condotta che deve seguire chi pretenda di essere, davvero, pacifista.
Dicendo questo non suggerisco nulla che possa portare allo scoramento. Tutto il contrario. Perché scoraggiarsi? Forse le uniche due cose a cui l’uomo non ha diritto sono la petulanza e il suo opposto, lo scoramento. Non c’è mai ragione sufficiente né per l’una né per l’altro. Basti notare lo strano mistero della condizione umana consistente nel fatto che una situazione così negativa e di sconfitta come è aver commesso un errore si converte magicamente in una nuova vittoria per l’uomo, soltanto per averlo riconosciuto. Il riconoscimento di un errore è di per sé una nuova verità e come una luce che dentro di esso si accende.
Contro ciò che credono i piagnoni, ogni errore è un fondo che accresce il nostro avere. Invece di piangere su di esso conviene affrettarsi a sfruttarlo. Per questo è necessario che ci risolviamo a studiarlo a fondo, a scoprire senza pietà le sue radici e a costruire energicamente la nuova concezione delle cose che questo ci procura. Io suppongo che gli inglesi si dispongano già, serenamente ma decisamente, a rettificare l’enorme errore che durante vent’anni è stato il loro peculiare pacifismo e a sostituirlo con un altro pacifismo più perspicace e più efficiente.
Come quasi sempre accade, il difetto maggiore del pacifismo inglese —e in generale di quelli che si presentano come titolari del pacifismo— è stato sottovalutare il nemico. Questa sottovalutazione ispirò loro una diagnosi falsa. Il pacifista vede nella guerra un danno, un crimine o un vizio. Ma dimentica che, prima di quello e al di sopra di quello, la guerra è un enorme sforzo che gli uomini fanno per risolvere certi conflitti. La guerra non è un istinto, ma un’invenzione. Gli animali la ignorano ed è pura istituzione umana, come la scienza o l’amministrazione. Essa portò a una delle più grandi scoperte, base di tutta la civiltà: alla scoperta della disciplina. Tutte le altre forme di disciplina procedono dalla primigenia, che fu la disciplina militare. Il pacifismo è perduto e si converte in nulla bigotteria se non tiene presente che la guerra è una geniale e formidabile tecnica di vita e per la vita.
Come ogni forma storica, la guerra ha due aspetti: quello dell’ora della sua invenzione e quello dell’ora del suo superamento. Nell’ora della sua invenzione significò un progresso incalcolabile. Oggi, quando si aspira a superarla, vediamo di essa soltanto la sporca schiena, il suo orrore, la sua rozzezza, la sua insufficienza. Allo stesso modo, siamo soliti, senza riflettere, maledire la schiavitù, non avvertendo il meraviglioso avanzamento che rappresentò quando fu inventata. Perché prima quello che si faceva era uccidere tutti i vinti. Fu un genio benefico dell’umanità il primo che ideò, invece di uccidere i prigionieri, conservar loro la vita e approfittare del loro lavoro. Augusto Comte, che aveva un grande senso umano, cioè storico, vide già in questo modo l’istituzione della schiavitù —liberandosi delle sciocchezze che su di essa dice Rousseau— e a noi tocca generalizzare il suo avvertimento, imparando a guardare tutte le cose umane sotto quella doppia prospettiva, cioè: l’aspetto che hanno all’arrivare e l’aspetto che hanno all’andarsene. I romani, molto finemente, incaricarono due divinità di consacrare quei due istanti —Adeona e Abeona, il dio dell’arrivare e il dio dell’andarsene.
Per ignorare tutto questo, che è elementare, il pacifismo si è reso il suo compito troppo facile. Pensò che per eliminare la guerra bastasse non farla o, al massimo, lavorare perché non si facesse. Come vedeva in essa soltanto un’escrezione superflua e morbosa apparsa nel rapporto umano, credette che bastasse sradicarla e che non fosse necessario sostituirla. Ma l’enorme sforzo che è la guerra può essere evitato soltanto se per pace si intende uno sforzo ancora maggiore, un sistema di sforzi complicatissimi che, in parte, richiedono la venturosa intervento del genio. L’altro è un puro errore. L’altro è interpretare la pace come il semplice vuoto che la guerra lascerebbe se scomparisse; quindi, ignorare che se la guerra è una cosa che si fa, anche la pace è una cosa che bisogna fare, che bisogna fabbricare, mettendo all’opera tutte le potenze umane. La pace non «è lì», semplicemente, pronta perché l’uomo la goda. La pace non è frutto spontaneo di nessun albero. Nulla di importante è regalato all’uomo; anzi, deve egli stesso farselo, costruirlo. Per questo, il titolo più chiaro della nostra specie è essere homo faber.
Se si presta attenzione a tutto questo, non sembrerà sorprendente la credenza in cui è stata l’Inghilterra che la cosa più che potesse fare in favore della pace fosse disarmare, un fare che somiglia tanto a un puro omettere? Quella credenza risulta incomprensibile se non si avverte l’errore di diagnosi che le serve da base, cioè: l’idea che la guerra proceda semplicemente dalle passioni degli uomini, e che se si reprime l’appassionamento, il bellicismo resterà asfissiato. Per vedere con chiarezza la questione facciamo quello che faceva Lord Kelvin per risolvere i suoi problemi di fisica: costruiamoci un modello immaginario. Immaginiamo, infatti, che in un certo momento tutti gli uomini rinunciassero alla guerra, come l’Inghilterra, da parte sua, ha tentato di fare. Si crede che bastasse quello —anzi, che con ciò si fosse fatto il più breve passo efficiente in direzione della pace? Grande errore! La guerra, ripetiamo, era un mezzo che gli uomini avevano inventato per risolvere certi conflitti. La rinuncia alla guerra non sopprime questi conflitti. Al contrario, li lascia più intatti e meno risolti che mai. L’assenza di passioni, la volontà pacifica di tutti gli uomini risulterebbero completamente inefficaci, perché i conflitti reclamerebbero soluzione e, finché non si inventasse un altro mezzo, la guerra riapparirebbe inesorabilmente in quel pianeta immaginario abitato soltanto da pacifisti.
Non è, dunque, la volontà di pace ciò che importa in ultima istanza nel pacifismo. È necessario che questo vocabolo smetta di significare una buona intenzione e rappresenti un sistema di nuovi mezzi di rapporto tra gli uomini. Non si attenda in questo ordine nulla di fertile finché il pacifismo, da essere un gratuito e comodo desiderio, non passi a essere un difficile insieme di nuove tecniche.
L’enorme danno che quel pacifismo ha recato alla causa della pace consistette nel non lasciarci vedere la mancanza delle tecniche più elementari, il cui esercizio concreto e preciso costituisce ciò che, con un vago nome, chiamiamo pace.
La pace, per esempio, è il diritto come forma di rapporto tra i popoli. Ebbene: il pacifismo usuale dava per scontato che quel diritto esistesse, che fosse lì a disposizione degli uomini e che soltanto le passioni di questi e i loro istinti di violenza inducessero a ignorarlo. Ora: questo è gravemente opposto alla verità.
Para que el derecho o una rama de él exista es preciso: 1.º, que algunos hombres, especialmente inspirados, descubran ciertas ideas o principios de derecho. 2.º, la propaganda y expansión de esas ideas de derecho sobre la colectividad en cuestión (en nuestro caso, por lo menos, la colectividad que forman los pueblos europeos y americanos, incluyendo los dominios ingleses de Oceanía). 3.º, que esa expansión llegue de tal modo a ser predominante, que aquellas ideas de derecho se consoliden en forma de «opinión pública». Entonces, y sólo entonces, podemos hablar, en la plenitud del término, de derecho, es decir, de norma vigente. No importa que no haya legislador, no importa que no haya jueces. Si aquellas ideas señorean de verdad las almas, actuarán inevitablemente como instancias para la conducta a las que se puede recurrir. Y ésta es la verdadera sustancia del derecho.
Pues bien: un derecho referente a las materias que originan inevitablemente las guerras no existe. Y no sólo no existe en el sentido de que no haya logrado todavía «vigencia», esto es, que no se haya consolidado como norma firme en la «opinión pública», sino que no existe ni siquiera como idea, como puro teorema incubado en la mente de algún pensador. Y no habiendo nada de esto, no habiendo ni en teoría un derecho de los pueblos, ¿se pretende que desaparezcan las guerras entre ellos? Permítaseme que califique de frívola, de inmoral semejante pretensión. Porque es inmoral pretender que una cosa deseada se realice mágicamente, simplemente porque la deseamos. Sólo es moral el deseo al que acompaña la severa voluntad de aprontar los medios de su ejecución.
No sabemos cuáles son los «derechos subjetivos» de las naciones y no tenemos ni barruntos de cómo sería el «derecho objetivo» que pueda regular sus movimientos. La proliferación de tribunales internacionales, de órganos de arbitraje entre Estados, que los últimos cincuenta años han presenciado, contribuye a ocultarnos la indigencia de verdadero derecho internacional que padecemos. No desestimo, ni mucho menos, la importancia de esas magistraturas. Siempre es importante para el progreso de una función moral que aparezca materializada en un órgano especial, claramente visible. Pero la importancia de esos tribunales internacionales se ha reducido a eso hasta la fecha. El derecho que administran es, en lo esencial, el mismo que ya existía antes de su establecimiento. En efecto; si se pasa revista a las materias juzgadas por esos tribunales, se advierte que son las mismas resueltas desde antiguo por la diplomacia. No han significado progreso alguno importante en lo que es esencial: en la creación de un derecho para la peculiar realidad que son las naciones.
Ni era lícito esperar mayor fertilidad en este orden, de una etapa que se inició con el Tratado de Versalles y con la institución de la Sociedad de Naciones, para referirnos sólo a los dos más grandes y más recientes cadáveres. Me repugna atraer la atención del lector sobre cosas fallidas, maltrechas o en ruinas. Pero es indispensable para contribuir un poco a despertar el interés hacia nuevas grandes empresas, hacia nuevas tareas constructivas y salutíferas. Es preciso que no vuelva a cometerse un error como fue la creación de la Sociedad de Naciones; se entiende, lo que concretamente fue y significó esta institución en la hora de su nacimiento. No fue un error cualquiera, como los habituales en la difícil faena que es la política. Fue un error que reclama el atributo de profundo. Fue un profundo error histórico. El «espíritu» que impulsó hacia aquella creación, el sistema de ideas filosóficas, históricas, sociológicas y jurídicas de que emanaron su proyecto y su figura estaba ya históricamente muerto en aquella fecha, pertenecía al pasado, y lejos de anticipar el futuro era ya arcaico. Y no se diga que es cosa fácil proclamar esto ahora. Hubo hombres en Europa que ya entonces denunciaron su inevitable fracaso. Una vez más aconteció lo que es casi normal en la historia, a saber: que fue predicha. Pero una vez más también los políticos no hicieron caso de esos hombres. Eludo precisar a qué gremio pertenecían los profetas. Baste decir que en la fauna humana representan la especie más opuesta al político. Siempre será éste quien deba gobernar, y no el profeta; pero importa mucho a los destinos humanos que el político oiga siempre lo que el profeta grita o insinúa. Todas las grandes épocas de la historia han nacido de la sutil colaboración entre esos dos tipos de hombre. Y tal vez una de las causas profundas del actual desconcierto sea que desde hace dos generaciones los políticos se han declarado independientes y han cancelado esa colaboración. Merced a ello se ha producido el vergonzoso fenómeno de que, a estas alturas de la historia y de la civilización, navegue el mundo más a la deriva que nunca, entregado a una ciega mecánica. Cada vez es menos posible una sana política sin larga anticipación histórica, sin profecía. Acaso las catástrofes presentes abran de nuevo los ojos a los políticos para el hecho evidente de que hay hombres, los cuales, por los temas en que habitualmente se ocupan, o por poseer almas sensibles como finos registradores sísmicos, reciben antes que los demás la visita del porvenir[171].
La Sociedad de Naciones fue un gigantesco aparato jurídico creado para un derecho inexistente. Su vacío de justicia se llenó fraudulentamente con la sempiterna diplomacia, que al disfrazarse de derecho contribuyó a la universal desmoralización.
Formúlese el lector cualquiera de los grandes conflictos que hay hoy planteados entre las naciones, y dígase a sí mismo si encuentra en su mente una posible norma jurídica que permita, siquiera teóricamente, resolverlo. ¿Cuáles son, por ejemplo, los derechos de un pueblo que ayer tenía veinte millones de hombres y hoy tiene cuarenta u ochenta? ¿Quién tiene derecho al espacio deshabitado del mundo? Estos ejemplos, los más toscos y elementales que pueden aportarse, ponen bien a la vista el carácter ilusorio de todo pacifismo que no empiece por ser una nueva técnica jurídica. Sin duda, el derecho que aquí se postula es una invención muy difícil. Si fuese fácil existiría hace mucho tiempo. Es difícil, exactamente tan difícil como la paz, con la cual coincide. Pero una época que ha asistido al invento de las geometrías no-euclidianas, de una física de cuatro dimensiones y de una mecánica de lo discontinuo, puede, sin espanto, mirar ante sí aquella empresa y resolverse a acometerla. En cierto modo, el problema del nuevo derecho internacional pertenece al mismo estilo que esos recientes progresos doctrinales. También aquí se trataría de liberar una actividad humana —el derecho— de cierta radical limitación que ha padecido siempre. El derecho, en efecto, es estático y no en balde su órgano principal se llama Estado. El hombre no ha logrado todavía elaborar una forma de justicia que no esté circunscrita en la cláusula rebus sic stantibus. Pero es el caso que las cosas humanas no son res stantes, sino todo lo contrario: cosas históricas, es decir, puro movimiento, mutación perpetua. El derecho tradicional es sólo reglamento para una realidad paralítica. Y como la realidad histórica cambia periódicamente de modo radical, choca, sin remedio, con la estabilidad del derecho, que se convierte en una camisa de fuerza. Mas una camisa de fuerza puesta a un hombre sano tiene la virtud de volverle loco furioso. De aquí —decía yo, recientemente—, ese extraño aspecto patológico que tiene la historia y que la hace aparecer como una lucha sempiterna entre los paralíticos y los epilépticos. Dentro del pueblo se producen las revoluciones, y entre los pueblos estallan las guerras. El bien que pretende ser el derecho se convierte en un mal, como nos enseña ya la Biblia: «¿Por qué habéis tornado el derecho en hiel y el fruto de la justicia en ajenjo?» (Amós, 6, 12).
En el derecho internacional, esta incongruencia entre la estabilidad de la justicia y la movilidad de la realidad, que el pacifista quiere someter a aquélla, llega a su máxima potencia. Considerada en lo que al derecho importa, la historia es, ante todo, el cambio en el reparto del poder sobre la tierra. Y mientras no existan principios de justicia que, siquiera en teoría, regulen satisfactoriamente esos cambios del poderío, todo pacifismo es pena de amor perdida. Porque si la realidad histórica es eso ante todo, parecerá evidente que la iniuria maxima sea el status quo. No extrañe, pues, el fracaso de la Sociedad de Naciones, gigantesco aparato construido para administrar el status quo.
For law, or a branch of it, to exist, it is necessary: 1st, that certain men, specially inspired, discover certain ideas or principles of law. 2nd, the propaganda and expansion of those ideas of law over the collectivity in question (in our case, at least, the collectivity formed by the European and American peoples, including the English dominions of Oceania). 3rd, that that expansion should in such a way become predominant, that those ideas of law be consolidated in the form of ‘public opinion.’ Then, and only then, can we speak, in the fullness of the term, of law, that is, of a norm in force. It does not matter that there be no legislator, it does not matter that there be no judges. If those ideas truly hold sway over souls, they will inevitably act as instances for conduct to which one may have recourse. And this is the true substance of law.
Well then: a law referring to the matters that inevitably originate wars does not exist. And not only does it not exist in the sense of having not yet achieved ‘vigencia,’ that is, of not having been consolidated as a firm norm in ‘public opinion,’ but it does not exist even as an idea, as a pure theorem incubated in the mind of some thinker. And with none of this existing, with there being not even in theory a law of peoples, is it pretended that wars among them should disappear? Allow me to qualify as frivolous, as immoral, such a pretension. Because it is immoral to pretend that a thing desired should be realized magically, simply because we desire it. Only the desire accompanied by the severe will to make ready the means of its execution is moral.
We do not know what the ‘subjective rights’ of nations are, and we have not even an inkling of what the ‘objective law’ that might regulate their movements would be like. The proliferation of international tribunals, of organs of arbitration between States, that the last fifty years have witnessed, contributes to hiding from us the destitution of true international law from which we suffer. I do not, by any means, belittle the importance of those magistracies. It is always important for the progress of a moral function that it should appear materialized in a special, clearly visible organ. But the importance of those international tribunals has been reduced to that up to the present date. The law they administer is, in essentials, the same that already existed before their establishment. In effect; if one reviews the matters judged by those tribunals, one notices that they are the same as those long since resolved by diplomacy. They have not signified any important progress in what is essential: in the creation of a law for the peculiar reality that nations are.
Nor was it licit to expect greater fertility in this order from a stage that began with the Treaty of Versailles and with the institution of the League of Nations, to refer only to the two greatest and most recent corpses. It is repugnant to me to draw the reader’s attention to things failed, battered, or in ruins. But it is indispensable in order to contribute a little to awakening interest toward new great enterprises, toward new constructive and salutary tasks. It is necessary that an error such as was the creation of the League of Nations should not be committed again; it is understood, what that institution concretely was and signified in the hour of its birth. It was not just any error, like those habitual in the difficult task that is politics. It was an error that claims the attribute of profound. It was a profound historical error. The ‘spirit’ that impelled toward that creation, the system of philosophical, historical, sociological, and juridical ideas from which its project and its figure emanated was already historically dead at that date, belonged to the past, and far from anticipating the future was already archaic. And let it not be said that it is an easy thing to proclaim this now. There were men in Europe who even then denounced its inevitable failure. Once again there happened what is almost normal in history, namely: that it was predicted. But once again, too, the politicians paid no heed to those men. I refrain from specifying to what guild the prophets belonged. Suffice it to say that in the human fauna they represent the species most opposite to the politician. It will always be the latter who must govern, and not the prophet; but it matters greatly to human destinies that the politician should always hear what the prophet shouts or insinuates. All the great epochs of history have been born of the subtle collaboration between those two types of man. And perhaps one of the profound causes of the present disarray is that for two generations the politicians have declared themselves independent and have cancelled that collaboration. Thanks to this there has come about the shameful phenomenon that, at this height of history and civilization, the world sails more adrift than ever, delivered over to a blind mechanics. Increasingly less possible is a sound politics without long historical anticipation, without prophecy. Perhaps the present catastrophes will again open the politicians’ eyes to the evident fact that there are men who, whether by the subjects with which they habitually occupy themselves, or by possessing souls sensitive as fine seismic recorders, receive before the others the visit of the future[171].
The League of Nations was a gigantic juridical apparatus created for a nonexistent law. Its void of justice was fraudulently filled with the everlasting diplomacy, which, by disguising itself as law, contributed to the universal demoralization.
Let the reader formulate for himself any of the great conflicts today raised between the nations, and say to himself whether he finds in his mind a possible juridical norm that would permit, even theoretically, resolving it. What, for example, are the rights of a people that yesterday had twenty million men and today has forty or eighty? Who has right to the uninhabited space of the world? These examples, the crudest and most elementary that can be adduced, bring clearly into view the illusory character of every pacifism that does not begin by being a new juridical technique. Undoubtedly, the law here postulated is a very difficult invention. If it were easy it would have existed long ago. It is difficult, exactly as difficult as peace, with which it coincides. But an epoch that has witnessed the invention of non-Euclidean geometries, of a four-dimensional physics, and of a mechanics of the discontinuous, can, without terror, look before it at that enterprise and resolve to undertake it. In a certain way, the problem of the new international law belongs to the same style as those recent doctrinal advances. Here, too, the matter would be to free a human activity —law— from a certain radical limitation it has always suffered. Law, in effect, is static and not in vain is its principal organ called State. Man has not yet managed to elaborate a form of justice that is not circumscribed within the clause rebus sic stantibus. But it so happens that human things are not res stantes, but quite the contrary: historical things, that is, pure movement, perpetual mutation. Traditional law is only regulation for a paralytic reality. And since historical reality changes periodically in a radical way, it collides, without remedy, with the stability of law, which becomes a straitjacket. But a straitjacket put on a healthy man has the virtue of driving him mad with fury. Hence —I was saying, recently—, that strange pathological aspect that history has and that makes it appear as an everlasting struggle between the paralytics and the epileptics. Within the people the revolutions are produced, and between the peoples the wars break out. The good that law pretends to be is converted into an evil, as the Bible already teaches us: ‘Why have you turned law into gall and the fruit of justice into wormwood?’ (Amos, 6, 12).
In international law, this incongruence between the stability of justice and the mobility of reality, which the pacifist wants to subject to the former, reaches its maximum power. Considered in what matters to law, history is, above all, change in the distribution of power over the earth. And until there exist principles of justice that, at least in theory, satisfactorily regulate those changes of power, every pacifism is wasted love. Because if historical reality is above all that, it will seem evident that the iniuria maxima should be the status quo. Let not the failure of the League of Nations, then, be surprising, gigantic apparatus built to administer the status quo.
Perché il diritto o un ramo di esso esista è necessario: 1.º, che alcuni uomini, particolarmente ispirati, scoprano certe idee o principi di diritto. 2.º, la propaganda e l’espansione di quelle idee di diritto sulla collettività in questione (nel nostro caso, almeno, la collettività che formano i popoli europei e americani, inclusi i dominions inglesi dell’Oceania). 3.º, che quella espansione arrivi in tal modo a essere predominante, che quelle idee di diritto si consolidino in forma di «opinione pubblica». Allora, e soltanto allora, possiamo parlare, nella pienezza del termine, di diritto, cioè di norma vigente. Non importa che non ci sia legislatore, non importa che non ci siano giudici. Se quelle idee signoreggiano davvero le anime, agiranno inevitabilmente come istanze per la condotta a cui si può ricorrere. E questa è la vera sostanza del diritto.
Ebbene: un diritto riferito alle materie che originano inevitabilmente le guerre non esiste. E non solo non esiste nel senso che non sia ancora riuscito ad avere «vigencia», cioè che non si sia consolidato come norma ferma nell’«opinione pubblica», ma non esiste neppure come idea, come puro teorema incubato nella mente di qualche pensatore. E non essendoci nulla di tutto questo, non essendoci neanche in teoria un diritto dei popoli, si pretende forse che scompaiano le guerre tra loro? Mi si consenta di qualificare frivola, immorale, una simile pretesa. Perché è immorale pretendere che una cosa desiderata si realizzi magicamente, semplicemente perché la desideriamo. È morale soltanto il desiderio accompagnato dalla severa volontà di approntare i mezzi della sua esecuzione.
Non sappiamo quali siano i «diritti soggettivi» delle nazioni e non abbiamo neppure un barlume di come sarebbe il «diritto oggettivo» che possa regolare i loro movimenti. La proliferazione di tribunali internazionali, di organi di arbitrato tra Stati, a cui gli ultimi cinquant’anni hanno assistito, contribuisce a nasconderci l’indigenza di vero diritto internazionale di cui soffriamo. Non svaluto, neppure lontanamente, l’importanza di quelle magistrature. È sempre importante per il progresso di una funzione morale che essa appaia materializzata in un organo speciale, chiaramente visibile. Ma l’importanza di quei tribunali internazionali si è ridotta a questo finora. Il diritto che amministrano è, all’essenziale, lo stesso che già esisteva prima della loro istituzione. In effetti; se si passa in rassegna le materie giudicate da quei tribunali, si avverte che sono le stesse risolte da antico dalla diplomazia. Non hanno significato alcun progresso importante in ciò che è essenziale: nella creazione di un diritto per la peculiare realtà che sono le nazioni.
Né era lecito aspettarsi maggiore fertilità in questo ordine da una tappa che si iniziò con il Trattato di Versailles e con l’istituzione della Società delle Nazioni, per riferirci soltanto ai due più grandi e più recenti cadaveri. Mi ripugna attirare l’attenzione del lettore su cose fallite, malmesse o in rovina. Ma è indispensabile per contribuire un poco a risvegliare l’interesse verso nuove grandi imprese, verso nuovi compiti costruttivi e salutiferi. È necessario che non si commetta di nuovo un errore come fu la creazione della Società delle Nazioni; s’intende, ciò che concretamente fu e significò questa istituzione nell’ora della sua nascita. Non fu un errore qualunque, come quelli abituali nella difficile fatica che è la politica. Fu un errore che reclama l’attributo di profondo. Fu un profondo errore storico. Lo «spirito» che impulsò verso quella creazione, il sistema di idee filosofiche, storiche, sociologiche e giuridiche da cui emanarono il suo progetto e la sua figura era già storicamente morto a quella data, apparteneva al passato, e lungi dall’anticipare il futuro era già arcaico. E non si dica che è cosa facile proclamare questo ora. Ci furono uomini in Europa che già allora denunciarono il suo inevitabile fallimento. Ancora una volta accadde ciò che è quasi normale nella storia, cioè: che fu predetta. Ma ancora una volta anche i politici non diedero ascolto a quegli uomini. Evito di precisare a quale gremio appartenessero i profeti. Basti dire che nella fauna umana rappresentano la specie più opposta al politico. Sarà sempre quest’ultimo a dover governare, e non il profeta; ma importa molto ai destini umani che il politico oda sempre ciò che il profeta grida o insinua. Tutte le grandi epoche della storia sono nate dalla sottile collaborazione tra quei due tipi di uomo. E forse una delle cause profonde dell’attuale sconcerto è che da due generazioni i politici si sono dichiarati indipendenti e hanno cancellato quella collaborazione. Grazie a ciò si è prodotto il vergognoso fenomeno che, a quest’altezza della storia e della civiltà, il mondo navighi più alla deriva che mai, consegnato a una cieca meccanica. Sempre meno possibile è una sana politica senza lunga anticipazione storica, senza profezia. Forse le catastrofi presenti apriranno di nuovo gli occhi ai politici sul fatto evidente che ci sono uomini i quali, o per i temi di cui abitualmente si occupano, o per possedere anime sensibili come fini registratori sismici, ricevono prima degli altri la visita dell’avvenire[171].
La Società delle Nazioni fu un gigantesco apparato giuridico creato per un diritto inesistente. Il suo vuoto di giustizia fu riempito fraudolentemente con la sempiterna diplomazia, che travestendosi da diritto contribuì alla universale demoralizzazione.
Si formuli il lettore uno qualunque dei grandi conflitti oggi piantati tra le nazioni, e dica a sé stesso se trova nella sua mente una possibile norma giuridica che permetta, sia pure teoricamente, di risolverlo. Quali sono, per esempio, i diritti di un popolo che ieri aveva venti milioni di uomini e oggi ne ha quaranta o ottanta? Chi ha diritto allo spazio disabitato del mondo? Questi esempi, i più rozzi ed elementari che si possano addurre, mettono ben in vista il carattere illusorio di ogni pacifismo che non cominci per essere una nuova tecnica giuridica. Senza dubbio, il diritto che qui si postula è un’invenzione molto difficile. Se fosse facile esisterebbe da molto tempo. È difficile, esattamente tanto difficile quanto la pace, con la quale coincide. Ma un’epoca che ha assistito all’invenzione delle geometrie non-euclidee, di una fisica a quattro dimensioni e di una meccanica del discontinuo, può, senza spavento, guardare davanti a sé quella impresa e risolversi ad affrontarla. In certo modo, il problema del nuovo diritto internazionale appartiene allo stesso stile di quei recenti progressi dottrinali. Anche qui si tratterebbe di liberare un’attività umana —il diritto— da una certa limitazione radicale che ha sempre patito. Il diritto, infatti, è statico e non invano il suo organo principale si chiama Stato. L’uomo non è ancora riuscito a elaborare una forma di giustizia che non sia circoscritta nella clausola rebus sic stantibus. Ma il fatto è che le cose umane non sono res stantes, bensì tutto il contrario: cose storiche, cioè puro movimento, mutazione perpetua. Il diritto tradizionale è soltanto regolamento per una realtà paralitica. E poiché la realtà storica cambia periodicamente in modo radicale, urta, senza rimedio, contro la stabilità del diritto, che si converte in una camicia di forza. Ma una camicia di forza messa a un uomo sano ha la virtù di farlo impazzire furioso. Di qui —dicevo io, recentemente—, quel singolare aspetto patologico che ha la storia e che la fa apparire come una lotta sempiterna tra i paralitici e gli epilettici. Dentro il popolo si producono le rivoluzioni, e tra i popoli scoppiano le guerre. Il bene che pretende di essere il diritto si converte in un male, come già ci insegna la Bibbia: «Perché avete convertito il diritto in fiele e il frutto della giustizia in assenzio?» (Amos, 6, 12).
Nel diritto internazionale, questa incongruenza tra la stabilità della giustizia e la mobilità della realtà, che il pacifista vuole sottoporre a quella, arriva alla sua massima potenza. Considerata in ciò che importa al diritto, la storia è, innanzi tutto, il cambiamento nella ripartizione del potere sulla terra. E finché non esistano principi di giustizia che, almeno in teoria, regolino soddisfacentemente quei cambiamenti del potere, ogni pacifismo è pena d’amore perduta. Perché se la realtà storica è prima di tutto questo, sembrerà evidente che la iniuria maxima sia lo status quo. Non stupisca, dunque, il fallimento della Società delle Nazioni, gigantesco apparato costruito per amministrare lo status quo.
El hombre necesita un derecho dinámico, un derecho plástico y en movimiento, capaz de acompañar a la historia en sus metamorfosis. La demanda no es exorbitante, ni utópica, ni siquiera nueva. Desde hace más de setenta años, el derecho, tanto civil como político, evoluciona en ese sentido. Por ejemplo: casi todas las constituciones contemporáneas procuran ser «abiertas». Aunque el expediente es un poco ingenuo, conviene recordarlo, porque en él se declara la aspiración a un derecho semoviente. Pero, a mi juicio, lo más fértil sería analizar a fondo e intentar definir con precisión —es decir, extraer la teoría que en él yace muda— el fenómeno jurídico más avanzado que se ha producido hasta la fecha en el planeta: la British Commonwealth of Nations. Se me dirá que esto es imposible porque precisamente ese extraño fenómeno jurídico ha sido forjado mediante estos dos principios; uno, el formulado por Balfour en 1926 con sus famosas palabras: En las cuestiones del Imperio es preciso evitar el refining, discussing, or defining. Otro, el principio «del margen y de la elasticidad», enunciado por Sir Austen Chamberlain en su histórico discurso del 12 de septiembre de 1925: «Mírense las relaciones entre las diferentes secciones del Imperio Británico; la unidad del Imperio Británico no está hecha sobre una constitución lógica. No está siquiera basada en una Constitución. Porque queremos conservar a toda costa un margen y una elasticidad».
Sería un error no ver en estas dos fórmulas más que emanaciones del oportunismo político. Lejos de ello, expresan muy adecuadamente la formidable realidad que es la British Commonwealth of Nations y la designan precisamente bajo su aspecto jurídico. Lo que no hacen es definirla, porque un político no ha venido al mundo para eso, y si el político es inglés siente que definir algo es casi cometer una traición. Pero es evidente que hay otros hombres cuya misión es hacer lo que al político, y especialmente al inglés, está prohibido: definir las cosas, aunque éstas se presenten con la pretensión de ser esencialmente vagas. En principio, no es más ni menos difícil definir el triángulo que la niebla. Importaría mucho reducir a conceptos claros esa situación efectiva de derecho que consiste en puros «márgenes» y puras «elasticidades». Porque la elasticidad es la condición que permite a un derecho ser plástico y, si se le atribuye un margen, es que se prevé su movimiento. Si en vez de entender esos dos caracteres como meras alusiones y como insuficiencias de un derecho, las tomamos como cualidades positivas, es posible que se abran ante nosotros las más fértiles perspectivas. Probablemente, la constitución del Imperio Británico se parece mucho al «molusco de referencia» de que habló Einstein, una idea que al principio se juzgó ininteligible y que es hoy base de la nueva mecánica.
La capacidad para descubrir la nueva técnica de justicia que aquí se postula está preformada en toda la tradición jurídica de Inglaterra más intensamente que en la de ningún otro país. Y ello no ciertamente por casualidad. La manera inglesa de ver el derecho no es sino un caso particular del estilo general que caracteriza al pensamiento británico, en el cual adquiere su expresión más extrema y depurada lo que acaso es el destino intelectual de Occidente, a saber: interpretar todo lo inerte y material como puro dinamismo, sustituir lo que no parece ser sino «cosa» yacente, quieta y fija por fuerzas, movimientos y funciones. Inglaterra ha sido, en todos los órdenes de la vida, newtoniana. Pero no creo necesario detenerme en este punto. Supongo que cien veces se habrá hecho constar y habrá sido demostrado con suficiente detalle. Permítaseme sólo que, como empedernido lector, manifieste mi desideratum de leer un libro cuyo tema sea éste: el newtonismo inglés fuera de la física, por tanto, en todos los demás órdenes de la vida.
Si resumo ahora mi razonamiento, parecerá, creo yo, constituido por una línea sencilla y clara.
Está bien que el hombre pacífico se ocupe directamente en evitar esta o aquella guerra; pero el pacifismo no consiste en eso, sino en construir la otra forma de convivencia humana que es la paz. Esto significa la invención y ejercicio de toda una serie de nuevas técnicas. La primera de ellas es una nueva técnica jurídica que comience por descubrir principios de equidad referentes a los cambios del reparto del poder sobre la tierra.
Pero la idea de un nuevo derecho no es todavía un derecho. No olvidemos que el derecho se compone de muchas más cosas que una idea: por ejemplo, forman parte de él los bíceps de los gendarmes o sus sucedáneos. A la técnica del puro pensamiento jurídico tienen que acompañar muchas otras técnicas aún más complicadas.
Desgraciadamente, el nombre mismo de derecho internacional estorba a una clara visión de lo que sería en su plena realidad un derecho de las naciones. Porque el derecho nos parecería ser un fenómeno que acontece dentro de las sociedades y el llamado «inter-nacional» nos invita, por el contrario, a imaginar un derecho que acontece entre ellas; es decir, en un vacío social. En ese vacío social, las naciones se reunirían, y mediante un pacto crearían una sociedad nueva, que sería, por mágica virtud de los vocablos, la Sociedad de Naciones. Pero esto tiene todo el aire de un calembour[172]. Una sociedad constituida mediante un pacto sólo es sociedad en el sentido que este vocablo tiene para el derecho civil; esto es, una asociación. Mas una asociación no puede existir como realidad jurídica si no surge sobre una área donde previamente tiene vigencia un cierto derecho civil. Otra cosa son puras fantasmagorías. Esa área donde la sociedad pactada surge es otra sociedad preexistente, que no es obra de ningún pacto, sino que es el resultado de una convivencia inveterada. Esta auténtica sociedad, y no asociación, sólo se parece a la otra en el nombre. De aquí el calembour.
Sin que yo pretenda resolver ahora con gesto dogmático, de paso y al vuelo, las cuestiones más intrincadas de la filosofía del derecho y de la sociología, me atrevo a insinuar que caminará seguro quien exija, cuando alguien le hable de un hecho jurídico, que le indique la sociedad portadora de ese derecho y previa a él. En el vacío social no hay ni nace derecho. Éste requiere como substrato una unidad de convivencia humana, lo mismo que el uso y la costumbre, de quienes el derecho es el hermano menor, pero más enérgico. Hasta el punto es así, que no existe síntoma más seguro para descubrir la existencia de una auténtica sociedad que la existencia de un hecho jurídico. Enturbia la evidencia de esto la confusión habitual que padecemos al creer que toda auténtica sociedad tiene por fuerza que poseer un Estado auténtico. Pero es bien claro que el aparato estatal no se produce dentro de una sociedad, sino en un estadio muy avanzado de su evolución. Tal vez el Estado proporciona al derecho ciertas perfecciones, pero es innecesario enunciar ante lectores ingleses que el derecho existe sin el Estado y su actividad estatutaria.
Cuando hablamos de las Naciones tendemos a representárnoslas como sociedades separadas y cerradas hacia dentro de sí mismas. Pero esto es una abstracción que deja fuera lo más importante de la realidad. Sin duda, la convivencia o trato de los ingleses entre sí es mucho más intensa que, por ejemplo, la convivencia entre los hombres de Inglaterra y los hombres de Alemania o de Francia. Mas es evidente que existe una convivencia general de los europeos entre sí, y, por tanto, que Europa es una sociedad, vieja de muchos siglos y que tiene una historia propia como pueda tenerla cada nación particular. Esta sociedad general europea posee un grado o índice de socialización menos elevado que el que han logrado desde el siglo XVI las sociedades particulares llamadas naciones europeas. Dígase, pues, que Europa es una sociedad más tenue que Inglaterra o que Francia, pero no se desconozca su efectivo carácter de sociedad. La cosa importa superlativamente, porque las únicas posibilidades de paz que existen dependen de que exista o no efectivamente una sociedad europea. Si Europa es sólo una pluralidad de naciones, pueden los pacíficos despedirse radicalmente de sus esperanzas[173]. Entre sociedades independientes no puede existir verdadera paz. Lo que solemos llamar así no es más que un estado de guerra mínima o latente.
Man needs a dynamic law, a plastic law in movement, capable of accompanying history in its metamorphoses. The demand is not exorbitant, nor utopian, nor even new. For more than seventy years, law, both civil and political, has been evolving in that sense. For example: almost all contemporary constitutions seek to be ‘open.’ Although the expedient is a little ingenuous, it is fitting to recall it, because in it there is declared the aspiration to a self-moving law. But, in my judgment, the most fertile thing would be to analyze thoroughly and to attempt to define with precision —that is, to extract the theory that lies mute within it— the most advanced juridical phenomenon that has so far been produced on the planet: the British Commonwealth of Nations. I will be told that this is impossible because precisely that strange juridical phenomenon has been forged by means of these two principles; one, that formulated by Balfour in 1926 with his famous words: In the affairs of the Empire it is necessary to avoid the refining, discussing, or defining. The other, the principle ‘of the margin and of elasticity,’ enunciated by Sir Austen Chamberlain in his historic speech of 12 September 1925: ‘Look at the relations between the different sections of the British Empire; the unity of the British Empire is not built upon a logical constitution. It is not even based upon a Constitution. Because we wish to preserve at all costs a margin and an elasticity.’
It would be an error to see in these two formulas more than emanations of political opportunism. Far from it, they express very adequately the formidable reality that is the British Commonwealth of Nations and designate it precisely under its juridical aspect. What they do not do is define it, because a politician has not come into the world for that, and if the politician is English he feels that to define something is almost to commit a treason. But it is evident that there are other men whose mission is to do what is forbidden to the politician, and especially to the Englishman: to define things, even though these present themselves with the pretension of being essentially vague. In principle, it is neither more nor less difficult to define the triangle than the fog. It would matter greatly to reduce to clear concepts that effective situation of law that consists of pure ‘margins’ and pure ‘elasticities.’ Because elasticity is the condition that allows a law to be plastic and, if a margin is attributed to it, it is that its movement is foreseen. If, instead of understanding those two characters as mere allusions and as insufficiencies of a law, we take them as positive qualities, it is possible that the most fertile perspectives will open before us. Probably, the constitution of the British Empire greatly resembles the ‘reference mollusk’ of which Einstein spoke, an idea that at first was judged unintelligible and that is today the basis of the new mechanics.
The capacity to discover the new technique of justice here postulated is preformed in the whole juridical tradition of England more intensely than in that of any other country. And this certainly not by chance. The English way of seeing law is nothing but a case particular to the general style that characterizes British thought, in which what is perhaps the intellectual destiny of the West acquires its most extreme and purified expression, namely: to interpret everything inert and material as pure dynamism, to replace what does not seem to be anything but ‘thing’ lying, still, and fixed, with forces, movements, and functions. England has been, in all orders of life, Newtonian. But I do not believe it necessary to dwell on this point. I suppose that a hundred times it will have been recorded and demonstrated with sufficient detail. Allow me only that, as an inveterate reader, I express my desideratum of reading a book whose theme is this: English Newtonism outside physics, therefore, in all the other orders of life.
If I now summarize my reasoning, it will seem, I believe, constituted by a simple and clear line.
It is well that the peaceful man should occupy himself directly with avoiding this or that war; but pacifism does not consist in that, but in constructing the other form of human coexistence that is peace. This means the invention and exercise of a whole series of new techniques. The first of them is a new juridical technique that begins by discovering principles of equity referring to the changes in the distribution of power over the earth.
But the idea of a new law is not yet a law. Let us not forget that law is composed of many more things than an idea: for example, the biceps of the gendarmes or their substitutes form part of it. The technique of pure juridical thought must be accompanied by many other, even more complicated techniques.
Unfortunately, the very name of international law obstructs a clear vision of what a law of nations would be in its full reality. Because law would seem to us to be a phenomenon that happens within societies, and the so-called ‘inter-national’ invites us, on the contrary, to imagine a law that happens between them; that is, in a social void. In that social void, the nations would meet, and by means of a pact would create a new society, which would be, by the magical virtue of words, the League of Nations. But this has all the air of a calembour[172]. A society constituted by means of a pact is only a society in the sense that this word has for civil law; that is, an association. But an association cannot exist as a juridical reality if it does not arise upon an area where a certain civil law previously holds sway. Anything else is pure phantasmagoria. That area where the pact-created society arises is another, preexisting society, which is not the work of any pact, but the result of an inveterate coexistence. This authentic society, and not association, resembles the other only in name. Hence the calembour.
Without my pretending to resolve now with a dogmatic gesture, in passing and on the wing, the most intricate questions of the philosophy of law and of sociology, I dare to insinuate that he will walk securely who demands, when someone speaks to him of a juridical fact, that he be told the society that bears that law and is prior to it. In the social void there is no law, nor is law born. It requires as substrate a unity of human coexistence, just as usage and custom do, of which law is the younger brother, but the more energetic. So true is this, that there exists no surer symptom for discovering the existence of an authentic society than the existence of a juridical fact. The evidence of this is clouded by the habitual confusion we suffer when we believe that every authentic society must necessarily possess an authentic State. But it is quite clear that the state apparatus is not produced within a society, but in a very advanced stage of its evolution. Perhaps the State provides law with certain perfections, but it is unnecessary to state before English readers that law exists without the State and its statutory activity.
When we speak of Nations we tend to represent them to ourselves as societies separate and closed toward their own interior. But this is an abstraction that leaves out the most important thing of reality. Undoubtedly, the coexistence or dealing of the English among themselves is much more intense than is, for example, the coexistence between the men of England and the men of Germany or of France. But it is evident that there exists a general coexistence of Europeans among themselves, and, therefore, that Europe is a society, old by many centuries, that has its own history as much as each particular nation may have one. This general European society possesses a degree or index of socialization less elevated than that which the particular societies called European nations have achieved since the sixteenth century. Let it be said, then, that Europe is a more tenuous society than England or France, but let not its effective character of society be denied. The thing matters superlatively, because the only possibilities of peace that exist depend on whether a European society effectively exists or not. If Europe is only a plurality of nations, the peaceable ones may radically say goodbye to their hopes[173]. Between independent societies true peace cannot exist. What we are wont to call by that name is nothing more than a state of minimum or latent war.
L’uomo ha bisogno di un diritto dinamico, un diritto plastico e in movimento, capace di accompagnare la storia nelle sue metamorfosi. La domanda non è esorbitante, né utopica, né perfino nuova. Da più di settant’anni, il diritto, tanto civile quanto politico, evolve in quel senso. Per esempio: quasi tutte le costituzioni contemporanee cercano di essere «aperte». Sebbene l’espediente sia un po’ ingenuo, conviene ricordarlo, perché in esso si dichiara l’aspirazione a un diritto semovente. Ma, a mio giudizio, la cosa più fertile sarebbe analizzare a fondo e tentare di definire con precisione —cioè, estrarre la teoria che in esso giace muta— il fenomeno giuridico più avanzato che si sia prodotto finora sul pianeta: la British Commonwealth of Nations. Mi si dirà che questo è impossibile perché precisamente quel singolare fenomeno giuridico è stato forgiato mediante questi due principi; uno, quello formulato da Balfour nel 1926 con le sue famose parole: Nelle questioni dell’Impero è necessario evitare il refining, discussing, or defining. L’altro, il principio «del margine e dell’elasticità», enunciato da Sir Austen Chamberlain nel suo discorso storico del 12 settembre 1925: «Si guardino le relazioni tra le diverse sezioni dell’Impero Britannico; l’unità dell’Impero Britannico non è fatta sopra una costituzione logica. Non è nemmeno basata su una Costituzione. Perché vogliamo conservare a ogni costo un margine e un’elasticità».
Sarebbe un errore non vedere in queste due formule più che emanazioni dell’opportunismo politico. Lungi da ciò, esse esprimono molto adeguatamente la formidabile realtà che è la British Commonwealth of Nations e la designano precisamente sotto il suo aspetto giuridico. Quello che non fanno è definirla, perché un politico non è venuto al mondo per questo, e se il politico è inglese sente che definire qualcosa è quasi commettere un tradimento. Ma è evidente che ci sono altri uomini la cui missione è fare ciò che al politico, e specialmente all’inglese, è proibito: definire le cose, sebbene queste si presentino con la pretesa di essere essenzialmente vaghe. In principio, non è né più né meno difficile definire il triangolo che la nebbia. Importerebbe molto ridurre a concetti chiari quella situazione effettiva di diritto che consiste in puri «margini» e pure «elasticità». Perché l’elasticità è la condizione che permette a un diritto di essere plastico e, se gli si attribuisce un margine, è che si prevede il suo movimento. Se invece di intendere quei due caratteri come mere allusioni e come insufficienze di un diritto, li prendiamo come qualità positive, è possibile che si aprano davanti a noi le più fertili prospettive. Probabilmente, la costituzione dell’Impero Britannico somiglia molto al «riferimento molle» di cui parlò Einstein, un’idea che all’inizio si giudicò inintelligibile e che oggi è base della nuova meccanica.
La capacità di scoprire la nuova tecnica di giustizia che qui si postula è preformata in tutta la tradizione giuridica dell’Inghilterra più intensamente che in quella di ogni altro paese. E ciò non certo per caso. Il modo inglese di vedere il diritto non è altro che un caso particolare dello stile generale che caratterizza il pensiero britannico, nel quale acquista la sua espressione più estrema e depurata ciò che forse è il destino intellettuale dell’Occidente, cioè: interpretare tutto l’inerte e materiale come puro dinamismo, sostituire ciò che non sembra essere se non «cosa» giacente, quieta e fissa con forze, movimenti e funzioni. L’Inghilterra è stata, in tutti gli ordini della vita, newtoniana. Ma non credo necessario soffermarmi su questo punto. Suppongo che cento volte si sarà fatto constatare e sarà stato dimostrato con sufficiente dettaglio. Mi si permetta soltanto che, da lettore incallito, manifesti il mio desideratum di leggere un libro il cui tema sia questo: il newtonismo inglese fuori dalla fisica, quindi, in tutti gli altri ordini della vita.
Se riassumo ora il mio ragionamento, sembrerà, credo, costituito da una linea semplice e chiara.
Sta bene che l’uomo pacifico si occupi direttamente di evitare questa o quella guerra; ma il pacifismo non consiste in questo, bensì nel costruire l’altra forma di convivenza umana che è la pace. Questo significa l’invenzione e l’esercizio di tutta una serie di nuove tecniche. La prima di esse è una nuova tecnica giuridica che cominci per scoprire principi di equità riferiti ai cambiamenti della ripartizione del potere sulla terra.
Ma l’idea di un nuovo diritto non è ancora un diritto. Non dimentichiamo che il diritto si compone di molte più cose che di un’idea: per esempio, fanno parte di esso i bicipiti dei gendarmi o i loro succedanei. Alla tecnica del puro pensiero giuridico devono accompagnare molte altre tecniche ancora più complicate.
Purtroppo, il nome stesso di diritto internazionale disturba una chiara visione di ciò che sarebbe nella sua piena realtà un diritto delle nazioni. Perché il diritto ci sembrerebbe essere un fenomeno che accade dentro le società e il cosiddetto «inter-nazionale» ci invita, al contrario, a immaginare un diritto che accade tra esse; cioè, in un vuoto sociale. In quel vuoto sociale, le nazioni si riunirebbero, e mediante un patto creerebbero una società nuova, che sarebbe, per magica virtù dei vocaboli, la Società delle Nazioni. Ma questo ha tutta l’aria di un calembour[172]. Una società costituita mediante un patto è società soltanto nel senso che questo vocabolo ha per il diritto civile; cioè, un’associazione. Ma un’associazione non può esistere come realtà giuridica se non sorge sopra un’area dove preventivamente ha vigore un certo diritto civile. Altro sono pure fantasmagorie. Quell’area dove la società pattuita sorge è un’altra società preesistente, che non è opera di alcun patto, bensì il risultato di una convivenza inveterata. Questa autentica società, e non associazione, somiglia all’altra soltanto nel nome. Di qui il calembour.
Senza che io pretenda di risolvere ora con gesto dogmatico, di passaggio e al volo, le questioni più intricate della filosofia del diritto e della sociologia, mi azzardo a insinuare che camminerà sicuro chi esiga, quando qualcuno gli parli di un fatto giuridico, che gli indichi la società portatrice di quel diritto e precedente a esso. Nel vuoto sociale non c’è né nasce diritto. Questo richiede come substrato un’unità di convivenza umana, allo stesso modo che l’uso e la costumanza, di cui il diritto è il fratello minore, ma più energico. Tanto è così, che non esiste sintomo più sicuro per scoprire l’esistenza di un’autentica società che l’esistenza di un fatto giuridico. Offusca l’evidenza di questo la confusione abituale che patiamo credendo che ogni autentica società debba per forza possedere uno Stato autentico. Ma è ben chiaro che l’apparato statale non si produce dentro una società, bensì in uno stadio molto avanzato della sua evoluzione. Forse lo Stato fornisce al diritto certe perfezioni, ma è inutile enunciare davanti a lettori inglesi che il diritto esiste senza lo Stato e la sua attività statutaria.
Quando parliamo delle Nazioni tendiamo a rappresentarcele come società separate e chiuse verso l’interno di sé stesse. Ma questo è un’astrazione che lascia fuori la cosa più importante della realtà. Senza dubbio, la convivenza o rapporto degli inglesi tra loro è molto più intensa di quanto sia, per esempio, la convivenza tra gli uomini d’Inghilterra e gli uomini di Germania o di Francia. Ma è evidente che esiste una convivenza generale degli europei tra loro, e, quindi, che l’Europa è una società, vecchia di molti secoli e che ha una storia propria come possa averla ogni nazione particolare. Questa società generale europea possiede un grado o indice di socializzazione meno elevato di quello che hanno raggiunto dal secolo XVI le società particolari chiamate nazioni europee. Si dica, dunque, che l’Europa è una società più tenue dell’Inghilterra o della Francia, ma non si disconosca il suo effettivo carattere di società. La cosa importa superlativo, perché le uniche possibilità di pace che esistono dipendono dal fatto che esista o no effettivamente una società europea. Se l’Europa è soltanto una pluralità di nazioni, possono i pacifici congedarsi radicalmente dalle loro speranze[173]. Tra società indipendenti non può esistere vera pace. Ciò che siamo soliti chiamare così non è più che uno stato di guerra minima o latente.
Como los fenómenos corporales son el idioma y el jeroglífico, merced al cual pensamos las realidades morales, no es para dicho el daño que engendra una errónea imagen visual convertida en hábito de nuestra mente. Por esta razón censuro esa figura de Europa en que ésta aparece constituida por una muchedumbre de esferas —las naciones— que sólo mantienen algunos contactos externos. Esta metáfora de jugador de billar debiera desesperar al buen pacifista, porque, como el billar, no nos promete más eventualidad que el choque. Corrijámosla, pues. En vez de figurarnos las naciones europeas como una serie de sociedades exentas, imaginemos una sociedad única —Europa—, dentro de la cual se han producido grumos o núcleos de condensación más intensa. Esta figura corresponde mucho más aproximadamente que la otra a lo que, en efecto, ha sido la convivencia occidental. No se trata con ello de dibujar un ideal, sino de dar expresión gráfica a lo que realmente fue desde su iniciación, tras la muerte del poderío romano, esa convivencia[174].
La convivencia, sin más, no significa sociedad, vivir en sociedad o formar parte de una sociedad. Convivencia implica sólo relaciones entre individuos. Pero no puede haber convivencia duradera y estable sin que se produzca automáticamente el fenómeno social por excelencia, que son los usos —usos intelectuales u «opinión pública», usos de técnica vital o «costumbres», usos que dirigen la conducta o «moral», usos que la imperan o «derecho». El carácter general del uso consiste en ser una norma del comportamiento —intelectual, sentimental o físico— que se impone a los individuos, quieran éstos o no. El individuo podrá, a su cuenta y riesgo, resistir al uso; pero precisamente este esfuerzo de resistencia demuestra mejor que nada la realidad coactiva del uso, lo que llamaremos su «vigencia». Pues bien: una sociedad es un conjunto de individuos que mutuamente se saben sometidos a la vigencia de ciertas opiniones y valoraciones. Según esto, no hay sociedad sin la vigencia efectiva de cierta concepción del mundo, la cual actúa como una última instancia a que se puede recurrir en caso de conflicto.
Europa ha sido siempre un ámbito social unitario, sin fronteras absolutas ni discontinuidades, porque nunca ha faltado ese fondo o tesoro de «vigencias colectivas» —convicciones comunes y tabla de valores— dotadas de esa fuerza coactiva tan extraña en que consiste «lo social». No sería nada exagerado decir que la sociedad europea existe antes que las naciones europeas, y que éstas han nacido y se han desarrollado en el regazo maternal de aquélla. Los ingleses pueden ver esto con alguna claridad en el libro de Dawson: The Making of Europe. Introduction to the history of European Society.
Sin embargo, el libro de Dawson es insuficiente. Está escrito por una mente alerta y ágil, pero que no se ha liberado por completo del arsenal de conceptos tradicionales en la historiografía, conceptos más o menos melodramáticos y míticos que ocultan, en vez de iluminarlas, las realidades históricas. Pocas cosas contribuirían a apaciguar el horizonte como una historia de la sociedad europea, entendida como acabo de apuntar; una historia realista, sin «idealizaciones». Pero este asunto no ha sido nunca visto, porque las formas tradicionales de la óptica histórica tapaban esa realidad unitaria que he llamado, sensu stricto, «sociedad europea», y la suplantaban por el plural —las naciones—, como, por ejemplo, aparece en el título de Ranke: Historia de los pueblos germánicos y románicos. La verdad es que esos pueblos en plural flotan como ludiones dentro del único espacio social que es Europa: «en él se mueven, viven y son». La historia que yo postulo nos contaría las vicisitudes de ese espacio humano y nos haría ver cómo su índice de socialización ha variado; cómo, en ocasiones, descendió gravemente, haciendo temer la escisión radical de Europa, y, sobre todo, cómo la dosis de paz en cada época ha estado en razón directa de ese índice. Esto último es lo que más nos importa para las congojas actuales.
La realidad histórica o, más vulgarmente dicho, lo que pasa en el mundo humano, no es un montón de hechos sueltos, sino que posee una estricta anatomía y una clara estructura. Es más: acaso es lo único en el Universo que tiene por sí mismo estructura, organización. Todo lo demás —por ejemplo, los fenómenos físicos— carece de ella. Son hechos sueltos a los que el físico tiene que inventar una estructura imaginaria. Pero esa anatomía de la realidad histórica necesita ser estudiada. Los editoriales de los periódicos y los discursos de ministros y demagogos no nos dan noticia de ella. Cuando se la estudia bien, resulta posible diagnosticar con cierta precisión el lugar o estrato del cuerpo histórico donde la enfermedad radica. Había en el mundo una amplísima y potente sociedad —la sociedad europea. A fuer de sociedad, estaba constituida por un orden básico debido a la eficiencia de ciertas instancias últimas —el credo intelectual y moral de Europa. Este orden que, por debajo de todos sus superficiales desórdenes, actuaba en los senos profundos de Occidente, ha irradiado durante generaciones sobre el resto del planeta, y puso en él, mucho o poco, todo el orden de que ese resto era capaz.
Pues bien: nada debiera hoy importar tanto al pacifista como averiguar qué es lo que pasa en esos senos profundos del cuerpo occidental, cuál es su índice actual de socialización, por qué se ha volatilizado el sistema tradicional de «vigencias colectivas», y si, a despecho de las apariencias, conserva alguna de éstas latente vivacidad. Porque el derecho es operación espontánea de la sociedad, pero la sociedad es convivencia bajo instancias. Pudiera acaecer que en la fecha presente faltasen esas instancias en una proporción sin ejemplo a lo largo de toda la historia europea. En este caso la enfermedad sería la más grave que ha sufrido el Occidente desde Diocleciano o los Severos. Esto no quiere decir que sea incurable; quiere decir sólo que fuera preciso llamar a muy buenos médicos y no a cualquier transeúnte. Quiere decir, sobre todo, que no puede esperarse remedio alguno de la Sociedad de Naciones, según lo que fue y sigue siendo, instituto anti-histórico que un maldiciente podría suponer inventado en un club cuyos miembros principales fuesen mister Pickwick, monsieur Homais y congéneres.
El anterior diagnóstico, aparte de que sea acertado o erróneo, parecerá abstruso. Y lo es, en efecto. Yo lo lamento, pero no está en mi mano evitarlo. También los diagnósticos más rigorosos de la medicina actual son abstrusos. ¿Qué profano, al leer un fino análisis de sangre, ve allí definida una terrible enfermedad? Me he esforzado siempre en combatir el esoterismo, que es por sí uno de los males de nuestro tiempo. Pero no nos hagamos ilusiones. Desde hace un siglo, por causas hondas y, en parte, respetables, las ciencias derivan irresistiblemente en dirección esotérica. Es una de las muchas cosas cuya grave importancia no han sabido ver los políticos, hombres aquejados del vicio opuesto, que es un excesivo exoterismo. Por el momento, no hay sino aceptar la situación y reconocer que el conocimiento se ha distanciado radicalmente de las conversaciones de beer table.
Europa está hoy desocializada o, lo que es igual, faltan principios de convivencia que sean vigentes y a que quepa recurrir. Una parte de Europa se esfuerza en hacer triunfar unos principios que considera «nuevos»; la otra se esfuerza en defender los tradicionales. Ahora bien, ésta es la mejor prueba de que ni unos ni otros son vigentes y han perdido o no han logrado la virtud de instancias. Cuando una opinión o norma ha llegado a ser de verdad «vigencia colectiva», no recibe su vigor del esfuerzo que en imponerla o sostenerla emplean grupos determinados dentro de la sociedad. Al contrario: todo grupo determinado busca su máxima fortaleza reclamándose de esas vigencias. En el momento en que es preciso luchar en pro de un principio, quiere decirse que éste no es aún o ha dejado de ser vigente. Viceversa, cuando es con plenitud vigente, lo único que hay que hacer es usar de él, referirse a él, ampararse en él, como se hace con la ley de gravedad. Las vigencias operan su mágico influjo sin polémica ni agitación, quietas y yacentes en el fondo de las almas, a veces sin que éstas se den cuenta de que están dominadas por ellas y a veces creyendo inclusive que combaten en contra de ellas. El fenómeno es sorprendente, pero es incuestionable y constituye el hecho fundamental de la sociedad. Las vigencias son el auténtico poder social, anónimo, impersonal, independiente de todo grupo o individuo determinado.
Since bodily phenomena are the idiom and the hieroglyph by means of which we think moral realities, the harm that an erroneous visual image converted into a habit of our mind engenders is beyond words. For this reason I censure that figure of Europe in which it appears constituted by a multitude of spheres —the nations— that maintain only a few external contacts. This billiard-player’s metaphor ought to drive the good pacifist to despair, because, like billiards, it promises us no eventuality other than the clash. Let us, then, correct it. Instead of figuring the European nations to ourselves as a series of exempt societies, let us imagine a single society —Europe— within which lumps or nuclei of more intense condensation have been produced. This figure corresponds much more approximately than the other to what, in effect, Western coexistence has been. The point is not thereby to draw an ideal, but to give graphic expression to what that coexistence really was from its inception, after the death of Roman power[174].
Coexistence, without more, does not mean society, living in society, or forming part of a society. Coexistence implies only relations between individuals. But there can be no lasting and stable coexistence without the automatic production of the social phenomenon par excellence, which is usages —intellectual usages or ‘public opinion,’ usages of vital technique or ‘customs,’ usages that direct conduct or ‘morality,’ usages that command it or ‘law.’ The general character of usage consists in being a norm of behavior —intellectual, sentimental, or physical— that imposes itself upon individuals, whether they will it or not. The individual may, at his own account and risk, resist the usage; but precisely this effort of resistance demonstrates better than anything the coercive reality of usage, what we shall call its ‘vigencia.’ Well then: a society is a set of individuals who mutually know themselves subject to the vigencia of certain opinions and valuations. According to this, there is no society without the effective vigencia of a certain conception of the world, which acts as a last instance to which one may have recourse in case of conflict.
Europe has always been a unitary social sphere, without absolute frontiers or discontinuities, because that ground or treasure of ‘collective vigencias’ —common convictions and a table of values— endowed with that coercive force so strange in which ‘the social’ consists has never been lacking. It would be no exaggeration to say that European society exists before the European nations, and that the latter have been born and have developed in the maternal lap of the former. The English can see this with some clarity in Dawson’s book: The Making of Europe. Introduction to the history of European Society.
However, Dawson’s book is insufficient. It is written by an alert and agile mind, but one that has not completely freed itself from the arsenal of traditional concepts in historiography, concepts more or less melodramatic and mythical that conceal, instead of illuminating, historical realities. Few things would contribute to calming the horizon as much as a history of European society, understood as I have just indicated; a realist history, without ‘idealizations.’ But this matter has never been seen, because the traditional forms of historical optics covered that unitary reality which I have called, sensu stricto, ‘European society,’ and supplanted it with the plural —the nations— as, for example, appears in the title of Ranke: History of the Germanic and Romance peoples. The truth is that those peoples in the plural float like ludions within the only social space that is Europe: ‘in it they move, live, and are.’ The history I postulate would tell us the vicissitudes of that human space and would make us see how its index of socialization has varied; how, at times, it gravely declined, making the radical scission of Europe feared, and, above all, how the dose of peace in each epoch has been in direct proportion to that index. This last is what most matters to us for our present anxieties.
Historical reality or, more vulgarly said, what happens in the human world, is not a heap of loose facts, but possesses a strict anatomy and a clear structure. More than that: perhaps it is the only thing in the Universe that has by itself structure, organization. Everything else —for example, physical phenomena— lacks it. They are loose facts to which the physicist must invent an imaginary structure. But that anatomy of historical reality needs to be studied. The editorials of the newspapers and the speeches of ministers and demagogues give us no news of it. When it is well studied, it becomes possible to diagnose with a certain precision the place or stratum of the historical body where the disease lies. There was in the world a very ample and powerful society —European society. As a society, it was constituted by a basic order due to the efficiency of certain ultimate instances —the intellectual and moral creed of Europe. This order which, beneath all its superficial disorders, acted in the deep bosoms of the West, has radiated for generations over the rest of the planet, and put into it, much or little, all the order of which that rest was capable.
Well then: nothing ought today to matter so much to the pacifist as to find out what is happening in those deep bosoms of the Western body, what its present index of socialization is, why the traditional system of ‘collective vigencias’ has volatilized, and whether, in spite of appearances, it preserves any of these with latent vivacity. Because law is a spontaneous operation of society, but society is coexistence under instances. It could come to pass that at the present date those instances should be lacking in a proportion without precedent throughout all European history. In that case the illness would be the gravest the West has suffered since Diocletian or the Severi. This does not mean that it is incurable; it means only that it would be necessary to call very good doctors and not any passerby. It means, above all, that no remedy whatsoever can be expected from the League of Nations, according to what it was and continues to be, an anti-historical institute that a detractor might suppose invented in a club whose principal members were Mr. Pickwick, Monsieur Homais, and their ilk.
The preceding diagnosis, apart from being accurate or erroneous, will seem abstruse. And it is, in effect. I regret it, but it is not in my power to avoid it. Also the most rigorous diagnoses of present-day medicine are abstruse. What layman, reading a fine blood analysis, sees there a terrible illness defined? I have always striven to combat esoterism, which is in itself one of the evils of our time. But let us not delude ourselves. For a century, for deep and, in part, respectable causes, the sciences derive irresistibly in the esoteric direction. It is one of the many things whose grave importance the politicians, men afflicted with the opposite vice, which is an excessive exoterism, have not known how to see. For the moment, there is nothing but to accept the situation and to recognize that knowledge has distanced itself radically from the conversations of the beer table.
Europe is today desocialized or, what is the same, principles of coexistence that are in force and to which recourse may be had are lacking. One part of Europe strives to make certain principles it considers ‘new’ triumph; the other strives to defend the traditional ones. Now: this is the best proof that neither the one nor the other are in force and have lost or have not managed to attain the virtue of instances. When an opinion or norm has come to be of true ‘collective vigencia,’ it does not receive its vigor from the effort that determinate groups within society employ in imposing or sustaining it. On the contrary: every determinate group seeks its maximum strength by claiming those vigencias. At the moment when it is necessary to fight in favor of a principle, it means that this is not yet, or has ceased to be, in force. Vice versa, when it is in full force, the only thing to be done is to use it, to refer to it, to shelter in it, as is done with the law of gravity. The vigencias operate their magical influence without polemic or agitation, still and lying at the bottom of souls, sometimes without these realizing that they are dominated by them and sometimes even believing that they fight against them. The phenomenon is surprising, but it is unquestionable and constitutes the fundamental fact of society. The vigencias are the authentic social power, anonymous, impersonal, independent of every determinate group or individual.
Poiché i fenomeni corporei sono l’idioma e il geroglifico, grazie ai quali pensiamo le realtà morali, non è da dirsi il danno che genera una errata immagine visiva convertita in abitudine della nostra mente. Per questa ragione censuro quella figura dell’Europa in cui questa appare costituita da una moltitudine di sfere —le nazioni— che mantengono soltanto alcuni contatti esterni. Questa metafora da giocatore di biliardo dovrebbe disperare il buon pacifista, perché, come il biliardo, non ci promette altra eventualità che l’urto. Corretta, dunque. Invece di raffigurarci le nazioni europee come una serie di società esenti, immaginiamo una società unica —l’Europa—, dentro la quale si sono prodotti grumi o nuclei di condensazione più intensa. Questa figura corrisponde molto più approssimativamente dell’altra a ciò che, in effetti, è stata la convivenza occidentale. Non si tratta con ciò di disegnare un ideale, ma di dare espressione grafica a ciò che realmente fu, dal suo inizio, dopo la morte del potere romano, quella convivenza[174].
La convivenza, senza più, non significa società, vivere in società o far parte di una società. Convivenza implica soltanto relazioni tra individui. Ma non può esserci convivenza durevole e stabile senza che si produca automaticamente il fenomeno sociale per eccellenza, che sono gli usi —usi intellettuali o «opinione pubblica», usi di tecnica vitale o «costumi», usi che dirigono la condotta o «morale», usi che la imperano o «diritto». Il carattere generale dell’uso consiste nell’essere una norma del comportamento —intellettuale, sentimentale o fisico— che si impone agli individui, lo vogliano o no. L’individuo potrà, a suo conto e rischio, resistere all’uso; ma precisamente questo sforzo di resistenza dimostra meglio di ogni cosa la realtà coercitiva dell’uso, ciò che chiameremo la sua «vigencia». Ebbene: una società è un insieme di individui che reciprocamente si sanno sottoposti alla vigencia di certe opinioni e valutazioni. Secondo questo, non c’è società senza l’effettiva vigencia di una certa concezione del mondo, la quale agisce come un’ultima istanza a cui si può ricorrere in caso di conflitto.
L’Europa è stata sempre un ambito sociale unitario, senza frontiere assolute né discontinuità, perché non è mai mancato quel fondo o tesoro di «vigencias collettive» —convinzioni comuni e tavola di valori— dotate di quella forza coercitiva così strana in cui consiste «il sociale». Non sarebbe nulla esagerato dire che la società europea esiste prima delle nazioni europee, e che queste sono nate e si sono sviluppate nel grembo materno di quella. Gli inglesi possono vedere questo con qualche chiarezza nel libro di Dawson: The Making of Europe. Introduction to the history of European Society.
Tuttavia, il libro di Dawson è insufficiente. È scritto da una mente allerta e agile, ma che non si è liberata per completo dall’arsenale di concetti tradizionali nella storiografia, concetti più o meno melodrammatici e mitici che nascondono, invece di illuminarle, le realtà storiche. Poche cose contribuirebbero ad acquietare l’orizzonte quanto una storia della società europea, intesa come ho appena accennato; una storia realista, senza «idealizzazioni». Ma questa faccenda non è mai stata vista, perché le forme tradizionali dell’ottica storica tappavano quella realtà unitaria che ho chiamato, sensu stricto, «società europea», e la soppiantavano con il plurale —le nazioni—, come, per esempio, appare nel titolo di Ranke: Storia dei popoli germanici e romanzi. La verità è che quei popoli in plurale fluttuano come ludioni dentro l’unico spazio sociale che è l’Europa: «in esso si muovono, vivono e sono». La storia che io postulo ci racconterebbe le vicissitudini di quello spazio umano e ci farebbe vedere come il suo indice di socializzazione è variato; come, in occasioni, discese gravemente, facendo temere la scissione radicale dell’Europa, e, soprattutto, come la dose di pace in ogni epoca è stata in ragione diretta di quell’indice. Quest’ultimo è ciò che più ci importa per le congoce attuali.
La realtà storica o, più volgarmente detto, ciò che passa nel mondo umano, non è un mucchio di fatti sparsi, ma possiede una stretta anatomia e una chiara struttura. È di più: forse è l’unica cosa nell’Universo che ha per sé stessa struttura, organizzazione. Tutto il resto —per esempio, i fenomeni fisici— ne manca. Sono fatti sparsi a cui il fisico deve inventare una struttura immaginaria. Ma quella anatomia della realtà storica deve essere studiata. Gli editoriali dei giornali e i discorsi di ministri e demagoghi non ce ne danno notizia. Quando la si studia bene, risulta possibile diagnosticare con una certa precisione il luogo o strato del corpo storico dove la malattia risiede. C’era nel mondo una amplissima e potente società —la società europea. In quanto società, era costituita da un ordine basico dovuto all’efficienza di certe istanze ultime —il credo intellettuale e morale dell’Europa. Questo ordine che, al di sotto di tutti i suoi disordini superficiali, agiva nei seni profondi dell’Occidente, ha irradiato per generazioni sul resto del pianeta, e ha messo in esso, molto o poco, tutto l’ordine di cui quel resto era capace.
Ebbene: nulla dovrebbe oggi importare tanto al pacifista quanto indagare che cosa succede in quei seni profondi del corpo occidentale, quale sia il suo indice attuale di socializzazione, perché si sia volatilizzato il sistema tradizionale di «vigencias collettive», e se, a dispetto delle apparenze, conservi qualcuna di queste latente vivacità. Perché il diritto è operazione spontanea della società, ma la società è convivenza sotto istanze. Potrebbe accadere che nella data presente mancassero quelle istanze in una proporzione senza esempio lungo tutta la storia europea. In questo caso la malattia sarebbe la più grave che l’Occidente abbia sofferto da Diocleziano o dai Severi. Questo non vuol dire che sia incurabile; vuol dire soltanto che sarebbe necessario chiamare dei bravissimi medici e non uno qualunque che passa. Vuol dire, soprattutto, che non si può attendere rimedio alcuno dalla Società delle Nazioni, secondo ciò che fu e continua a essere, istituto antistorico che un maldicente potrebbe supporre inventato in un club i cui membri principali fossero il signor Pickwick, monsieur Homais e consimili.
Il precedente diagnostico, a parte che sia azzeccato o errato, sembrerà astruso. E lo è, in effetti. Io lo rammarico, ma non è in mio potere evitarlo. Anche i diagnostici più rigorosi della medicina attuale sono astrusi. Quale profano, leggendo un’analisi fine del sangue, vede lì definita una terribile malattia? Mi sono sempre sforzato di combattere l’esoterismo, che è di per sé uno dei mali del nostro tempo. Ma non facciamoci illusioni. Da un secolo, per cause profonde e, in parte, rispettabili, le scienze derivano irresistibilmente in direzione esoterica. È una delle molte cose la cui grave importanza non hanno saputo vedere i politici, uomini afflitti dal vizio opposto, che è un eccessivo esoterismo. Per il momento, non c’è che accettare la situazione e riconoscere che la conoscenza si è distanziata radicalmente dalle conversazioni di beer table.
L’Europa è oggi desocializzata o, ciò che è lo stesso, mancano principi di convivenza che siano vigenti e a cui si possa ricorrere. Una parte dell’Europa si sforza di far trionfare alcuni principi che considera «nuovi»; l’altra si sforza di difendere i tradizionali. Ora: questa è la migliore prova che né gli uni né gli altri sono vigenti e hanno perso o non sono riusciti ad avere la virtù di istanze. Quando un’opinione o norma è arrivata a essere di vero «vigencia collettiva», non riceve il suo vigore dallo sforzo che gruppi determinati dentro la società impiegano per imporla o sostenerla. Al contrario: ogni gruppo determinato cerca la sua massima forza reclamandosi di quelle vigencias. Nel momento in cui è necessario lottare in pro di un principio, vuol dire che questo non è ancora o ha cessato di essere vigente. Viceversa, quando è pienamente vigente, l’unica cosa che bisogna fare è usarlo, riferirsi ad esso, ripararsi in esso, come si fa con la legge di gravità. Le vigencias operano il loro magico influsso senza polemica né agitazione, quiete e giacenti nel fondo delle anime, a volte senza che queste si accorgano di essere dominate da esse e a volte credendo perfino di combattere contro di esse. Il fenomeno è sorprendente, ma è incontestabile e costituisce il fatto fondamentale della società. Le vigencias sono l’autentico potere sociale, anonimo, impersonale, indipendente da ogni gruppo o individuo determinato.
Mas, inversamente, cuando una idea ha perdido ese carácter de instancia colectiva, produce una impresión entre cómica y azorante ver que alguien considera suficiente aludir a ella para sentirse justificado o fortalecido. Ahora bien, esto acontece todavía hoy, con excesiva frecuencia en Inglaterra y Norteamérica[175]. Al advertirlo, nos quedamos perplejos. Esa conducta, ¿significa un error o una ficción deliberada? ¿Es inocencia o es táctica? No sabemos a qué atenernos, porque en el hombre anglosajón la función de expresarse, de «decir», acaso represente un papel distinto que en los demás pueblos europeos. Pero, sea uno u otro el sentido de ese comportamiento, temo que sea funesto para el pacifismo. Es más, habría que ver si no ha sido uno de los factores que han contribuido al desprestigio de las vigencias europeas el peculiar uso que de ellas ha solido hacer Inglaterra. La cuestión deberá algún día ser estudiada a fondo, pero no ahora ni por mí[176].
Ello es que el pacifista necesita hacerse cargo de que se encuentra en un mundo donde falta o está muy debilitado el requisito principal para la organización de la paz. En el trato de unos pueblos con otros no cabe recurrir a instancias superiores, porque no las hay. La atmósfera de sociabilidad en que flotaban y que, interpuesta como un éter benéfico entre ellos, les permitía comunicar suavemente, se ha aniquilado. Quedan, pues, separados y frente a frente. Mientras, hace treinta años, las fronteras eran para el viajero poco más que coluros imaginarios, todos hemos visto cómo se iban rápidamente endureciendo, convirtiéndose en materia córnea, que anulaba la porosidad de las naciones y las hacía herméticas. La pura verdad es que, desde hace años, Europa se halla en estado de guerra, en un estado de guerra sustancialmente más radical que en todo su pasado. Y el origen que he atribuido a esta situación me parece confirmado por el hecho de que no solamente existe una guerra virtual entre los pueblos, sino que dentro de cada uno hay, declarada o preparándose, una grave discordia. Es frívolo interpretar los regímenes autoritarios del día como engendrados por el capricho o la intriga. Bien claro está que son manifestaciones ineludibles del estado de guerra civil en que casi todos los países se hallan hoy. Ahora se ve cómo la cohesión interna de cada nación se nutría en buena parte de las vigencias colectivas europeas.
Esta debilitación subitánea de la comunidad entre los pueblos de Occidente equivale a un enorme distanciamiento moral. El trato entre ellos es dificilísimo. Los principios comunes constituían una especie de lenguaje que les permitía entenderse. No era, pues, tan necesario que cada pueblo conociese bien y singulatim a cada uno de los demás. Mas con esto rizamos el rizo de nuestras consideraciones iniciales.
Porque ese distanciamiento moral se complica peligrosamente con otro fenómeno opuesto, que es el que ha inspirado de modo concreto todo este artículo. Me refiero a un gigantesco hecho, cuyos caracteres conviene precisar un poco.
Desde hace casi un siglo se habla de que los nuevos medios de comunicación —desplazamiento de personas, transferencia de productos y transmisión de noticias— han aproximado los pueblos y unificado la vida en el planeta. Mas, como suele acaecer, todo este decir era una exageración. Casi siempre las cosas humanas comienzan por ser leyendas y sólo más tarde se convierten en realidades. En este caso, bien claro vemos hoy que se trataba sólo de una entusiasta anticipación. Algunos de los medios que habían de hacer efectiva esa aproximación, existían ya en principio —vapores, ferrocarriles, telégrafo, teléfono. Pero ni se había aún perfeccionado su invención ni se habían puesto ampliamente en servicio, ni siquiera se habían inventado los más decisivos, como son el motor de explosión y la radiocomunicación. El siglo XIX, emocionado ante las primeras grandes conquistas de la técnica científica, se apresuró a emitir torrentes de retórica sobre los «adelantos», el «progreso material», etcétera. De suerte tal que, hacia su fin, las almas comenzaron a fatigarse de esos lugares comunes, a pesar de que los creían verídicos, esto es, aunque habían llegado a persuadirse de que el siglo XIX había, en efecto, realizado ya lo que aquella fraseología proclamaba. Esto ha ocasionado un curioso error de óptica histórica, que impide la comprensión de muchos conflictos actuales. Convencido el hombre medio de que la centuria anterior era la que había dado cima a los grandes adelantos, no se dio cuenta de que la época sin par de los inventos técnicos y de su realización ha sido estos últimos cuarenta años. El número e importancia de los descubrimientos, y el ritmo de su efectivo empleo en esa brevísima etapa, supera con mucho a todo el pretérito humano tomado en conjunto. Es decir, que la efectiva transformación técnica del mundo es un hecho recentísimo y que ese cambio está produciendo ahora —ahora y no desde hace un siglo— sus consecuencias radicales[177]. Y esto en todos los órdenes. No pocos de los profundos desajustes en la economía actual vienen del cambio súbito que han causado en la producción estos inventos, cambio al cual no ha tenido tiempo de adaptarse el organismo económico. Que una sola fábrica sea capaz de producir todas las bombillas eléctricas o todos los zapatos que necesita medio continente, es un hecho demasiado afortunado para no ser, por lo pronto, monstruoso. Esto mismo ha acontecido con las comunicaciones. De pronto y de verdad, en estos últimos años recibe cada pueblo, a la hora y al minuto, tal cantidad de noticias y tan recientes sobre lo que pasa en los otros, que ha provocado en él la ilusión de que, en efecto, está en los otros pueblos o en su absoluta inmediatez. Dicho en otra forma: para los efectos de la vida pública universal, el tamaño del mundo súbitamente se ha contraído, se ha reducido. Los pueblos se han encontrado de improviso dinámicamente más próximos. Y esto acontece precisamente a la hora en que los pueblos europeos se han distanciado más moralmente.
¿No advierte el lector, desde luego, lo peligroso de semejante coyuntura? Sabido es que el ser humano no puede, sin más ni más, aproximarse a otro ser humano. Como venimos de una de las épocas históricas en que la aproximación era aparentemente más fácil, tendemos a olvidar que siempre fueron menester grandes precauciones para acercarse a esa fiera con veleidades de arcángel que suele ser el hombre. Por eso corre a lo largo de toda la historia la evolución de la técnica de la aproximación, cuya parte más notoria y visible es el saludo. Tal vez, con ciertas reservas, pudiera decirse que las formas del saludo son función de la densidad de población; por tanto, de la distancia normal a que están unos hombres de otros. En el Sáhara cada tuareg posee un radio de soledad que alcanza bastantes millas. El saludo del tuareg comienza a cien yardas y dura tres cuartos de hora. En la China y el Japón, pueblos pululantes, donde los hombres viven, por decirlo así, unos encima de otros, nariz contra nariz, en compacto hormiguero, el saludo y el trato se han complicado en la más sutil y compleja técnica de cortesía; tan refinada, que al extremo-oriental le produce el europeo la impresión de un ser grosero e insolente, con quien, en rigor, sólo el combate es posible. En esa proximidad superlativa todo es hiriente y peligroso: hasta los pronombres personales se convierten en impertinencias. Por eso el japonés ha llegado a excluirlos de su idioma, y en vez de «tú» dirá algo así como «la maravilla presente», y en lugar de «yo» hará una zalema y dirá: «la miseria que hay aquí».
Si un simple cambio de la distancia entre dos hombres comporta parejos riesgos, imagínense los peligros que engendra la súbita aproximación entre los pueblos sobrevenida en los últimos quince o veinte años. Yo creo que no se ha reparado debidamente en este nuevo factor y que urge prestarle atención.
But, conversely, when an idea has lost that character of collective instance, it produces an impression halfway between comic and disquieting to see that someone considers it sufficient to allude to it in order to feel justified or strengthened. Now: this still happens today, with excessive frequency, in England and North America[175]. In noticing it, we are left perplexed. That conduct, does it signify an error or a deliberate fiction? Is it innocence or is it tactics? We do not know what to hold to, because in the Anglo-Saxon man the function of expressing oneself, of ‘saying,’ perhaps plays a role different from that it plays in the other European peoples. But, be one or the other the sense of that behavior, I fear that it is baneful for pacifism. More than that: one would have to see whether the peculiar use that England has been wont to make of them has not been one of the factors that have contributed to the discredit of the European vigencias. The question will one day have to be studied thoroughly, but not now nor by me[176].
The fact is that the pacifist needs to realize that he finds himself in a world where the principal requirement for the organization of peace is lacking or very much weakened. In the dealings of some peoples with others, there is no resorting to superior instances, because there are none. The atmosphere of sociability in which they floated and which, interposed like a beneficent ether between them, allowed them to communicate smoothly, has been annihilated. They remain, then, separated and face to face. While, thirty years ago, frontiers were for the traveler little more than imaginary colures, we have all seen how they were rapidly hardening, becoming a horny matter, which annulled the porosity of the nations and made them hermetic. The plain truth is that, for years, Europe has found itself in a state of war, in a state of war substantially more radical than in all its past. And the origin I have attributed to this situation seems to me confirmed by the fact that there exists not only a virtual war between the peoples, but that within each one there is, declared or in preparation, a grave discord. It is frivolous to interpret the authoritarian regimes of the day as engendered by caprice or intrigue. It is quite clear that they are ineluctable manifestations of the state of civil war in which almost all countries find themselves today. Now one sees how the internal cohesion of each nation was nourished in good part by the European collective vigencias.
This sudden weakening of the community between the peoples of the West is equivalent to an enormous moral distancing. The dealings between them are most difficult. The common principles constituted a kind of language that allowed them to understand one another. It was not, then, so necessary that each people should know well and singulatim each one of the others. But with this we curl the curl of our initial considerations.
Because that moral distancing is dangerously complicated with another, opposite phenomenon, which is the one that in a concrete way has inspired this whole article. I refer to a gigantic fact, whose characters it is fitting to specify a little.
For almost a century it has been said that the new means of communication —the movement of persons, the transfer of products, and the transmission of news— have brought the peoples closer and unified life on the planet. But, as is wont to happen, all this saying was an exaggeration. Almost always human things begin by being legends and only later become realities. In this case, we clearly see today that it was only an enthusiastic anticipation. Some of the means that were to make that approximation effective already existed in principle —steamships, railways, telegraph, telephone. But neither had their invention yet been perfected nor had they been put widely into service, nor even had the most decisive ones been invented, such as the internal combustion engine and radiocommunication. The nineteenth century, moved before the first great conquests of scientific technique, hastened to emit torrents of rhetoric about the ‘advances,’ ‘material progress,’ etcetera. To such a degree that, toward its end, souls began to tire of those commonplaces, in spite of believing them true, that is, although they had come to persuade themselves that the nineteenth century had, in effect, already achieved what that phraseology proclaimed. This has occasioned a curious error of historical optics, which impedes the comprehension of many present conflicts. The average man, convinced that the previous century was the one that had completed the great advances, did not take account that the epoch without peer of the technical inventions and of their realization has been these last forty years. The number and importance of the discoveries, and the rhythm of their effective employment in that very brief stage, far surpasses all of the human past taken as a whole. That is, that the effective technical transformation of the world is a most recent fact and that that change is producing now —now and not for a century— its radical consequences[177]. And this in all orders. Not a few of the profound disequilibriums in the present economy come from the sudden change that these inventions have caused in production, a change to which the economic organism has not had time to adapt. That a single factory should be capable of producing all the electric bulbs or all the shoes that half a continent needs, is a fact too fortunate not to be, for the time being, monstrous. The same thing has happened with communications. Suddenly and for real, in these last years each people receives, to the hour and the minute, such a quantity of news, so recent, about what is happening in the others, that it has provoked in it the illusion that it is, in effect, in the other peoples or in their absolute immediacy. Put in another way: for the effects of universal public life, the size of the world has suddenly contracted, has been reduced. The peoples have found themselves of a sudden dynamically closer. And this happens precisely at the hour in which the European peoples have distanced themselves the most morally.
Does the reader not notice, of course, the danger of such a juncture? It is known that the human being cannot, without more ado, approach another human being. Since we come from one of the historical epochs in which approximation was apparently easier, we tend to forget that great precautions were always necessary to approach that beast with archangel’s airs that man tends to be. For this reason there runs throughout all history the evolution of the technique of approximation, whose most notorious and visible part is the greeting. Perhaps, with certain reservations, it could be said that the forms of greeting are a function of the density of population; therefore, of the normal distance at which men are from one another. In the Sahara each Tuareg possesses a radius of solitude reaching several miles. The Tuareg’s greeting begins at a hundred yards and lasts three quarters of an hour. In China and Japan, swarming peoples, where men live, so to speak, on top of one another, nose against nose, in a compact anthill, the greeting and dealing have become complicated in the most subtle and complex technique of courtesy; so refined, that the Far Easterner gets from the European the impression of a coarse and insolent being, with whom, strictly, only combat is possible. In that superlative proximity everything is wounding and dangerous: even the personal pronouns become impertinences. For this reason the Japanese has come to exclude them from his language, and instead of ‘thou’ he will say something like ‘the present marvel,’ and in place of ‘I’ he will make a bow and say: ‘the misery that is here.’
If a simple change of the distance between two men entails such risks, imagine the dangers that the sudden approximation between the peoples, come about in the last fifteen or twenty years, engenders. I believe that due attention has not been paid to this new factor and that it urgently needs attention.
Ma, inversamente, quando un’idea ha perduto quel carattere di istanza collettiva, produce un’impressione tra comica e imbarazzante vedere che qualcuno consideri sufficiente alludere ad essa per sentirsi giustificato o rafforzato. Ora: questo accade ancora oggi, con eccessiva frequenza, in Inghilterra e Nordamerica[175]. Nell’avvertirlo, restiamo perplessi. Quel comportamento, significa un errore o una finzione deliberata? È innocenza o è tattica? Non sappiamo a che attenerci, perché nell’uomo anglosassone la funzione di esprimersi, di «dire», rappresenta forse un ruolo distinto che negli altri popoli europei. Ma, sia l’uno sia l’altro il senso di quel comportamento, temo che sia funesto per il pacifismo. È di più: bisognerebbe vedere se non sia stato uno dei fattori che hanno contribuito al disprestigio delle vigencias europee il peculiare uso che di esse è solita fare l’Inghilterra. La questione dovrà un giorno essere studiata a fondo, ma non ora né da me[176].
Il fatto è che il pacifista deve rendersi conto di trovarsi in un mondo dove manca o è molto indebolito il requisito principale per l’organizzazione della pace. Nel rapporto tra alcuni popoli e altri non si può ricorrere a istanze superiori, perché non ce ne sono. L’atmosfera di socievolezza in cui fluttuavano e che, interposta come un etere benefico tra loro, permetteva loro di comunicare soavemente, si è annichilita. Restano, dunque, separati e faccia a faccia. Mentre, trent’anni fa, le frontiere erano per il viaggiatore poco più che coluri immaginari, tutti abbiamo visto come andassero rapidamente indurendosi, convertendosi in materia cornea, che annullava la porosità delle nazioni e le rendeva ermetiche. La pura verità è che, da anni, l’Europa si trova in stato di guerra, in uno stato di guerra sostanzialmente più radicale che in tutto il suo passato. E l’origine che ho attribuito a questa situazione mi sembra confermata dal fatto che non soltanto esiste una guerra virtuale tra i popoli, ma che dentro ciascuno c’è, dichiarata o in preparazione, una grave discordia. È frivolo interpretare i regimi autoritari del giorno come generati dal capriccio o dall’intrigo. Ben chiaro è che sono manifestazioni ineludibili dello stato di guerra civile in cui quasi tutti i paesi si trovano oggi. Ora si vede come la coesione interna di ogni nazione si nutrisse in buona parte delle vigencias collettive europee.
Questo indebolimento subitaneo della comunità tra i popoli dell’Occidente equivale a un enorme distanziamento morale. Il rapporto tra loro è difficilissimo. I principi comuni costituivano una specie di linguaggio che permetteva loro di intendersi. Non era, dunque, tanto necessario che ogni popolo conoscesse bene e singulatim ciascuno degli altri. Ma con questo arricciamo il ricciolo delle nostre considerazioni iniziali.
Perché quel distanziamento morale si complica pericolosamente con un altro fenomeno opposto, che è quello che ha ispirato in modo concreto tutto questo articolo. Mi riferisco a un gigantesco fatto, i cui caratteri conviene precisare un poco.
Da quasi un secolo si parla del fatto che i nuovi mezzi di comunicazione —spostamento di persone, trasferimento di prodotti e trasmissione di notizie— hanno avvicinato i popoli e unificato la vita sul pianeta. Ma, come suole accadere, tutto questo dire era un’esagerazione. Quasi sempre le cose umane cominciano per essere leggende e soltanto più tardi si convertono in realtà. In questo caso, ben chiaro vediamo oggi che si trattava soltanto di un’entusiasta anticipazione. Alcuni dei mezzi che dovevano rendere effettiva quella approssimazione, esistevano già in principio —vapori, ferrovie, telegrafo, telefono. Ma né si era ancora perfezionata la loro invenzione né si erano messi ampiamente in servizio, né perfino si erano inventati i più decisivi, come sono il motore a scoppio e la radiocomunicazione. Il secolo XIX, emozionato davanti alle prime grandi conquiste della tecnica scientifica, si affrettò a emettere torrenti di retorica sugli «avanzamenti», il «progresso materiale», eccetera. In tal modo che, verso la sua fine, le anime cominciarono a stancarsi di quei luoghi comuni, nonostante li credessero veridici, cioè, sebbene fossero giunti a persuadersi che il secolo XIX aveva, in effetti, già realizzato ciò che quella fraseologia proclamava. Questo ha occasionato un curioso errore di ottica storica, che impedisce la comprensione di molti conflitti attuali. Convinto l’uomo medio che la centuria anteriore fosse quella che aveva portato a cima i grandi avanzamenti, non si diede conto che l’epoca senza pari delle invenzioni tecniche e della loro realizzazione sono stati questi ultimi quarant’anni. Il numero e l’importanza delle scoperte, e il ritmo del loro effettivo impiego in quella brevissima tappa, supera di molto tutto il pretérito umano preso in insieme. Cioè, che l’effettiva trasformazione tecnica del mondo è un fatto recentissimo e che quel cambiamento sta producendo ora —ora e non da un secolo— le sue conseguenze radicali[177]. E questo in tutti gli ordini. Non poche delle profonde disarmonie nell’economia attuale vengono dal cambiamento subitaneo che queste invenzioni hanno causato nella produzione, cambiamento al quale non ha avuto tempo di adattarsi l’organismo economico. Che una sola fabbrica sia capace di produrre tutte le lampadine elettriche o tutte le scarpe di cui ha bisogno mezzo continente, è un fatto troppo fortunato per non essere, per il momento, mostruoso. Questo stesso è accaduto con le comunicazioni. Di colpo e davvero, in questi ultimi anni riceve ogni popolo, all’ora e al minuto, tale quantità di notizie e così recenti su ciò che succede negli altri, che ha provocato in lui l’illusione che, in effetti, sia negli altri popoli o nella loro assoluta immediatezza. Detto in altra forma: per gli effetti della vita pubblica universale, la dimensione del mondo si è subitamente contratta, si è ridotta. I popoli si sono trovati d’improvviso dinamicamente più prossimi. E questo accade precisamente all’ora in cui i popoli europei si sono distanziati più moralmente.
Non avverte il lettore, senz’altro, il pericoloso di una simile congiuntura? È noto che l’essere umano non può, senza più né meno, avvicinarsi a un altro essere umano. Siccome veniamo da una delle epoche storiche in cui l’approssimazione era apparentemente più facile, tendiamo a dimenticare che sempre furono necessarie grandi precauzioni per avvicinarsi a quella fiera con velleità di arcangelo che suole essere l’uomo. Per questo corre lungo tutta la storia l’evoluzione della tecnica dell’approssimazione, la cui parte più notoria e visibile è il saluto. Forse, con certe riserve, si potrebbe dire che le forme del saluto sono funzione della densità di popolazione; quindi, della distanza normale a cui sono gli uni dagli altri gli uomini. Nel Sahara ogni tuareg possiede un raggio di solitudine che raggiunge parecchie miglia. Il saluto del tuareg comincia a cento yarde e dura tre quarti d’ora. Nella Cina e nel Giappone, popoli pullulanti, dove gli uomini vivono, per dir così, gli uni sopra gli altri, naso contro naso, in compatto formicaio, il saluto e il rapporto si sono complicati nella più sottile e complessa tecnica di cortesia; tanto raffinata, che all’estremo-orientale il europeo produce l’impressione di un essere rozzo e insolente, con cui, in rigor, soltanto il combattimento è possibile. In quella prossimità superlativa tutto è ferente e pericoloso: finanche i pronomi personali si convertono in impertinenze. Per questo il giapponese è giunto a escluderli dalla sua lingua, e invece di «tu» dirà qualcosa come «la meraviglia presente», e in luogo di «io» farà una riverenza e dirà: «la miseria che c’è qui».
Se un semplice cambiamento della distanza tra due uomini comporta siffatti rischi, immaginino i pericoli che genera la subitanea approssimazione tra i popoli sopravvenuta negli ultimi quindici o vent’anni. Io credo che non si sia riparato debitamente in questo nuovo fattore e che urgerebbe prestargli attenzione.
Se ha hablado mucho estos meses de la intervención o no intervención de unos Estados en la vida de otros países. Pero no se ha hablado, al menos con suficiente énfasis, de la intervención que hoy ejerce de hecho la opinión de unas naciones en la vida de otras, a veces muy remotas. Y ésta es hoy, a mi juicio, mucho más grave que aquélla. Porque el Estado es, al fin y al cabo, un órgano relativamente «racionalizado» dentro de cada sociedad. Sus actuaciones son deliberadas y dosificadas por la voluntad de individuos determinados —los hombres políticos—, a quienes no puede faltar un mínimum de reflexión y sentido de la responsabilidad. Pero la opinión de todo un pueblo o de grandes grupos sociales es un poder elemental, irreflexivo e irresponsable, que además ofrece, indefenso, su inercia al influjo de todas las intrigas. No obstante, la opinión pública sensu stricto de un país, cuando opina sobre la vida de su propio país tiene siempre «razón», en el sentido de que nunca es incongruente con las realidades que enjuicia. La causa de ello es obvia. Las realidades que enjuicia son lo que efectivamente ha pasado el mismo sujeto que las enjuicia. El pueblo inglés, al opinar sobre las grandes cuestiones que afectan a su nación, opina sobre hechos que le han acontecido a él, que ha experimentado en su propia carne y en su propia alma, que ha vivido y, en suma, son él mismo. ¿Cómo va, en lo esencial, a equivocarse? La interpretación doctrinal de esos hechos podrá dar ocasión a las mayores divergencias teóricas, y éstas suscitar opiniones partidistas sostenidas por grupos particulares; mas, por debajo de esas discrepancias «teóricas», los hechos insofisticables, gozados o sufridos por la nación, precipitan en ésta una «verdad» vital, que es la realidad histórica misma y tiene un valor y una fuerza superiores a todas las doctrinas. Esta «razón» o «verdad» vivientes, que, como atributo, tenemos que reconocer a toda auténtica «opinión pública», consiste, como se ve, en su congruencia. Dicho con otras palabras obtenemos esta proposición: es máximamente improbable que en asuntos graves de su país la «opinión pública» carezca de la información mínima necesaria para que su juicio no corresponda orgánicamente a la realidad juzgada. Padecerá errores secundarios y de detalle pero, tomada con actitud macroscópica, no es verosímil que sea una reacción incongruente con la realidad, inorgánica respecto a ella y, por consiguiente, tóxica.
Estrictamente lo contrario acontece cuando se trata de la opinión de un país sobre lo que pasa en otro. Es máximamente probable que esa opinión resulte en alto grado incongruente. El pueblo A piensa y opina, desde el fondo de sus propias experiencias vitales, que son distintas de las del pueblo B. ¿Puede llevar esto a otra cosa que al juego de los despropósitos? He aquí, pues, la primera causa de una inevitable incongruencia, que sólo podría contrarrestarse merced a una cosa muy difícil, a saber: una información suficiente. Como aquí falta la «verdad» de lo vivido, habría que sustituirla con una verdad de conocimiento.
Hace un siglo no importaba que el pueblo de los Estados Unidos se permitiese tener una opinión sobre lo que pasaba en Grecia, y que esa opinión estuviese mal informada. Mientras el Gobierno americano no actuase, esa opinión era inoperante sobre los destinos de Grecia. El mundo era entonces «mayor», menos compacto y elástico. La distancia dinámica entre pueblo y pueblo era tan grande que, al atravesarla, la opinión incongruente perdía su toxicidad[178]. Pero, en estos últimos años, los pueblos han entrado en una extrema proximidad dinámica, y la opinión, por ejemplo, de grandes grupos sociales norteamericanos está interviniendo de hecho —directamente como tal opinión, y no su Gobierno— en la guerra civil española. Lo propio digo de la opinión inglesa.
Nada más lejos de mi pretensión que todo intento de podar el albedrío a ingleses y americanos, discutiendo su «derecho» a opinar lo que gusten sobre cuanto les plazca. No es cuestión de «derecho» o de la despreciable fraseología que suele ampararse en ese título; es una cuestión, simplemente, de buen sentido. Sostengo que la ingerencia de la opinión pública de unos países en la vida de los otros es hoy un factor impertinente, venenoso y generador de pasiones bélicas, porque esa opinión no está aún regida por una técnica adecuada al cambio de distancia entre los pueblos. Tendrá el inglés o el americano todo el derecho que quiera a opinar sobre lo que ha pasado y debe pasar en España, pero ese derecho es una iniuria si no acepta una obligación correspondiente: la de estar bien informado sobre la realidad de la guerra civil española, cuyo primero y más sustancial capítulo es su origen, las causas que la han producido.
Pero aquí es donde los medios actuales de comunicación producen sus efectos; por lo pronto, dañinos. Porque la cantidad de noticias que constantemente recibe un pueblo sobre lo que pasa en otro es enorme. ¿Cómo va a ser fácil persuadir al hombre inglés de que no está informado sobre el fenómeno histórico que es la guerra civil española u otra emergencia análoga? Sabe que los periódicos ingleses gastan sumas fortísimas en sostener corresponsales dentro de todos los países. Sabe que, aunque entre esos corresponsales no pocos ejercen su oficio de manera apasionada y partidista, hay muchos otros cuya imparcialidad es incuestionable y cuya pulcritud en transmitir datos exactos no es fácil de superar. Todo esto es verdad, y, porque lo es, resulta muy peligroso[179]. Pues es el caso que si el hombre inglés rememora con rápida ojeada estos últimos tres o cuatro años, encontrará que han acontecido en el mundo cosas de grave importancia para Inglaterra, y que le han sorprendido. Como en la historia nada de algún relieve se produce súbitamente, no sería excesiva suspicacia en el hombre inglés admitir la hipótesis de que está mucho menos informado de lo que suele creer, o que esa información tan copiosa se compone de datos externos, sin fina perspectiva, entre los cuales se escapa lo más auténticamente real de la realidad. El ejemplo más claro de esto, por sus formidables dimensiones, es el hecho gigante que sirvió a este artículo de punto de partida: el fracaso del pacifismo inglés, de veinte años de política internacional inglesa. Dicho fracaso declara estruendosamente que el pueblo inglés —a pesar de sus innumerables corresponsales— sabía poco de lo que realmente estaba aconteciendo en los demás pueblos.
Representémonos esquemáticamente, a fin de entenderla bien, la complicación del proceso que tiene lugar. Las noticias que el pueblo A recibe del pueblo B suscitan en él un estado de opinión —sea de amplios grupos o de todo el país. Pero como esas noticias le llegan hoy con superlativa rapidez, abundancia y frecuencia, esa opinión no se mantiene en un plano más o menos «contemplativo», como hace un siglo, sino que, irremediablemente, se carga de intenciones activas y toma desde luego un carácter de intervención. Siempre hay, además, intrigantes que, por motivos particulares, se ocupan deliberadamente en hostigarla. Viceversa, el pueblo B recibe también con abundancia, rapidez y frecuencia noticias de esa opinión lejana, de su nervosidad, de sus movimientos, y tiene la impresión de que el extraño, con intolerable impertinencia, ha invadido su país, que está allí, cuasi-presente, actuando. Pero esta reacción de enojo se multiplica hasta la exasperación porque el pueblo B advierte, al mismo tiempo, la incongruencia entre la opinión de A y lo que en B, efectivamente, ha pasado. Ya es irritante que el prójimo pretenda intervenir en nuestra vida, pero si además revela ignorar por completo nuestra vida, su audacia provoca en nosotros frenesí.
Mientras en Madrid los comunistas y sus afines obligaban, bajo las más graves amenazas, a escritores y profesores a firmar manifiestos, a hablar por radio, etcétera, cómodamente sentados en sus despachos o en sus clubs, exentos de toda presión, algunos de los principales escritores ingleses firmaban otro manifiesto donde se garantizaba que esos comunistas y sus afines eran los defensores de la libertad. Evitemos los aspavientos y las frases, pero déjeseme invitar al lector inglés a que imagine cuál pudo ser mi primer movimiento ante hecho semejante, que oscila entre lo grotesco y lo trágico. Porque no es fácil encontrarse con mayor incongruencia. Por fortuna, he cuidado durante toda mi vida de montar en mi aparato psicofísico un sistema muy fuerte de inhibiciones y frenos —acaso la civilización no es otra cosa que ese montaje— y, además, como Dante decía
che saetta previsa vien più lenta,
no contribuyó a debilitarme la sorpresa. Desde hace muchos años me ocupo en hacer notar la frivolidad y la irresponsabilidad frecuentes en el intelectual europeo, que he denunciado como un factor de primera magnitud entre las causas del presente desorden. Pero esta moderación que por azar puedo ostentar no es «natural». Lo natural sería que yo estuviese ahora en guerra apasionada contra esos escritores ingleses. Por eso es un ejemplo concreto del mecanismo belicoso que ha creado el mutuo desconocimiento entre los pueblos.
There has been much talk these months of the intervention or non-intervention of some States in the life of other countries. But there has been no talk, at least with sufficient emphasis, of the intervention that the opinion of some nations today exercises de facto in the life of others, sometimes very remote. And this is today, in my judgment, much more serious than the former. Because the State is, after all, a relatively ‘rationalized’ organ within each society. Its actions are deliberate and dosed by the will of determinate individuals —the politicians—, who cannot lack a minimum of reflection and sense of responsibility. But the opinion of a whole people or of large social groups is an elementary, unreflective and irresponsible power, which moreover offers, defenseless, its inertia to the influence of all intrigues. Nevertheless, the public opinion sensu stricto of a country, when it opines about the life of its own country, always has ‘reason,’ in the sense that it is never incongruent with the realities it judges. The cause of this is obvious. The realities it judges are what the very subject that judges them has effectively lived through. The English people, in opining about the great questions that affect its nation, opines about facts that have happened to it, that it has experienced in its own flesh and its own soul, that it has lived and, in short, that are itself. How is it going, in essentials, to err? The doctrinal interpretation of those facts may give occasion to the greatest theoretical divergences, and these may arouse partisan opinions sustained by particular groups; but, beneath those ‘theoretical’ discrepancies, the unsophisticated facts, enjoyed or suffered by the nation, precipitate in it a vital ‘truth,’ which is historical reality itself and has a value and a force superior to all doctrines. This living ‘reason’ or ‘truth,’ which, as an attribute, we must recognize in every authentic ‘public opinion,’ consists, as is seen, in its congruence. Put in other words we obtain this proposition: it is maximally improbable that in the grave affairs of its country the ‘public opinion’ should lack the minimum information necessary for its judgment not to correspond organically to the reality judged. It will suffer secondary and detailed errors but, taken with a macroscopic attitude, it is not likely to be a reaction incongruent with reality, inorganic with respect to it and, consequently, toxic.
Strictly the opposite happens when it is a question of the opinion of one country about what happens in another. It is maximally probable that that opinion should turn out to a high degree incongruent. People A thinks and opines, from the depths of its own vital experiences, which are distinct from those of people B. Can this lead to anything other than the play of absurdities? Here, then, is the first cause of an inevitable incongruence, which could only be counteracted by means of a very difficult thing, namely: sufficient information. Since the ‘truth’ of the lived is lacking here, one would have to replace it with a truth of knowledge.
A century ago it did not matter that the people of the United States allowed itself to have an opinion about what was happening in Greece, and that that opinion was ill-informed. As long as the American Government did not act, that opinion was inoperative upon the destinies of Greece. The world was then ‘larger,’ less compact and elastic. The dynamic distance between people and people was so great that, in crossing it, the incongruent opinion lost its toxicity[178]. But, in these last years, the peoples have entered into an extreme dynamic proximity, and the opinion, for example, of large North American social groups is intervening de facto —directly as such opinion, and not their Government— in the Spanish civil war. The same I say of English opinion.
Nothing further from my intention than any attempt to prune the free will of Englishmen and Americans, discussing their ‘right’ to opine as they like about whatever pleases them. It is not a question of ‘right’ or of the contemptible phraseology that tends to shelter itself under that title; it is a question, simply, of good sense. I maintain that the interference of the public opinion of some countries in the life of others is today an impertinent, poisonous factor, generator of bellicose passions, because that opinion is not yet governed by a technique adequate to the change of distance between the peoples. The Englishman or the American will have all the right he wants to opine about what has happened and must happen in Spain, but that right is an iniuria if he does not accept a corresponding obligation: that of being well informed about the reality of the Spanish civil war, whose first and most substantial chapter is its origin, the causes that have produced it.
But here is where the present means of communication produce their effects; for the moment, harmful ones. Because the quantity of news that a people constantly receives about what happens in another is enormous. How is it going to be easy to persuade the Englishman that he is not informed about the historical phenomenon that is the Spanish civil war or another analogous emergency? He knows that the English newspapers spend very large sums in maintaining correspondents within all countries. He knows that, although among those correspondents not a few exercise their office in a passionate and partisan manner, there are many others whose impartiality is unquestionable and whose neatness in transmitting exact data is not easy to surpass. All this is true, and, because it is, it proves very dangerous[179]. For it is the case that if the Englishman recalls with a rapid glance these last three or four years, he will find that things of grave importance for England have happened in the world, and that they have surprised him. Since in history nothing of any relief is produced suddenly, it would not be excessive suspicion in the Englishman to admit the hypothesis that he is much less informed than he is wont to believe, or that that so copious information is composed of external data, without fine perspective, among which what is most authentically real in reality escapes. The clearest example of this, for its formidable dimensions, is the giant fact that served this article as its point of departure: the failure of English pacifism, of twenty years of English international politics. Said failure declares loudly that the English people —in spite of its innumerable correspondents— knew little of what was really happening in the other peoples.
Let us represent to ourselves schematically, in order to understand it well, the complication of the process that takes place. The news that people A receives from people B arouses in it a state of opinion —whether of broad groups or of the whole country. But since that news reaches it today with superlative rapidity, abundance, and frequency, that opinion does not maintain itself on a more or less ‘contemplative’ plane, as a century ago, but, irremediably, becomes charged with active intentions and immediately takes on a character of intervention. There are always, moreover, intriguers who, for particular motives, deliberately occupy themselves with goading it. Vice versa, people B also receives with abundance, rapidity, and frequency news of that distant opinion, of its nervousness, of its movements, and has the impression that the stranger, with intolerable impertinence, has invaded its country, that he is there, quasi-present, acting. But this reaction of annoyance multiplies to exasperation because people B notices, at the same time, the incongruence between A’s opinion and what in B has, in effect, happened. It is already irritating that the neighbor should pretend to intervene in our life, but if he moreover reveals himself to be completely ignorant of our life, his audacity provokes frenzy in us.
While in Madrid the communists and their ilk obliged, under the gravest threats, writers and professors to sign manifestos, to speak on the radio, etcetera, comfortably seated in their offices or their clubs, exempt from all pressure, some of the principal English writers signed another manifesto where it was guaranteed that those communists and their ilk were the defenders of liberty. Let us avoid the histrionics and the phrases, but let me be allowed to invite the English reader to imagine what my first movement could have been before such a fact, which oscillates between the grotesque and the tragic. Because it is not easy to come upon a greater incongruence. Fortunately, I have taken care throughout my whole life to mount in my psychophysical apparatus a very strong system of inhibitions and brakes —perhaps civilization is nothing other than that mounting— and, moreover, as Dante said,
che saetta previsa vien più lenta,
the surprise did not contribute to weakening me. For many years I have occupied myself with pointing out the frequent frivolity and irresponsibility of the European intellectual, which I have denounced as a factor of the first magnitude among the causes of the present disorder. But this moderation which by chance I can display is not ‘natural.’ The natural thing would be for me to be now in passionate war against those English writers. For this reason it is a concrete example of the bellicose mechanism that mutual non-knowledge between the peoples has created.
Si è parlato molto in questi mesi dell’intervento o non intervento di alcuni Stati nella vita di altri paesi. Ma non si è parlato, almeno con sufficiente enfasi, dell’intervento che oggi esercita di fatto l’opinione di alcune nazioni nella vita di altre, a volte molto remote. E questa è oggi, a mio giudizio, molto più grave di quello. Perché lo Stato è, in fin dei conti, un organo relativamente «razionalizzato» dentro ogni società. Le sue attuazioni sono deliberate e dosate dalla volontà di individui determinati —gli uomini politici—, a cui non può mancare un minimum di riflessione e senso della responsabilità. Ma l’opinione di tutto un popolo o di grandi gruppi sociali è un potere elementare, irriflessivo e irresponsabile, che inoltre offre, indifesa, la sua inerzia all’influsso di tutti gli intrighi. Nondimeno, l’opinione pubblica sensu stricto di un paese, quando opinisce sulla vita del suo proprio paese ha sempre «ragione», nel senso che non è mai incongruente con le realtà che giudica. La causa di ciò è ovvia. Le realtà che giudica sono ciò che effettivamente ha passato lo stesso soggetto che le giudica. Il popolo inglese, opinando sulle grandi questioni che toccano la sua nazione, opina su fatti che sono accaduti a lui, che ha esperimentato nella sua propria carne e nella sua propria anima, che ha vissuto e, insomma, che sono lui stesso. Come potrà, all’essenziale, sbagliarsi? L’interpretazione dottrinale di quei fatti potrà dare occasione alle maggiori divergenze teoriche, e queste suscitare opinioni partigiane sostenute da gruppi particolari; ma, al di sotto di quelle discrepanze «teoriche», i fatti insosfisticabili, goduti o sofferti dalla nazione, precipitano in essa una «verità» vitale, che è la realtà storica stessa e ha un valore e una forza superiori a tutte le dottrine. Questa «ragione» o «verità» viventi, che, come attributo, dobbiamo riconoscere a ogni autentica «opinione pubblica», consiste, come si vede, nella sua congruenza. Detto con altre parole otteniamo questa proposizione: è massimamente improbabile che negli affari gravi del suo paese la «opinione pubblica» manchi dell’informazione minima necessaria perché il suo giudizio non corrisponda organicamente alla realtà giudicata. Soffrirà errori secondari e di dettaglio ma, presa con atteggiamento macroscopico, non è verosimile che sia una reazione incongruente con la realtà, inorganica rispetto ad essa e, per conseguenza, tossica.
Strettamente il contrario accade quando si tratta dell’opinione di un paese su ciò che succede in un altro. È massimamente probabile che quella opinione risulti in alto grado incongruente. Il popolo A pensa e opina, dal fondo delle sue proprie esperienze vitali, che sono distinte da quelle del popolo B. Può questo portare ad altro che al gioco dei spropositi? Ecco, dunque, la prima causa di una inevitabile incongruenza, che soltanto potrebbe essere contrariata grazie a una cosa molto difficile, cioè: un’informazione sufficiente. Poiché qui manca la «verità» del vissuto, bisognerebbe sostituirla con una verità di conoscenza.
Un secolo fa non importava che il popolo degli Stati Uniti si permettesse di avere un’opinione su ciò che succedeva in Grecia, e che quella opinione fosse mal informata. Finché il Governo americano non agiva, quella opinione era inoperante sui destini della Grecia. Il mondo era allora «più grande», meno compatto ed elastico. La distanza dinamica tra popolo e popolo era così grande che, attraversandola, l’opinione incongruente perdeva la sua tossicità[178]. Ma, in questi ultimi anni, i popoli sono entrati in una estrema prossimità dinamica, e l’opinione, per esempio, di grandi gruppi sociali nordamericani sta intervenendo di fatto —direttamente come tale opinione, e non il loro Governo— nella guerra civile spagnola. Lo stesso dico dell’opinione inglese.
Niente più lontano dalla mia pretensione di ogni tentativo di potare l’arbitrio a inglesi e americani, discutendo il loro «diritto» a opinare ciò che vogliono su quanto loro piaccia. Non è questione di «diritto» o della spregievole fraseologia che suole ripararsi in quel titolo; è una questione, semplicemente, di buon senso. Sostengo che l’ingerenza dell’opinione pubblica di alcuni paesi nella vita degli altri è oggi un fattore impertinente, velenoso e generatore di passioni belliche, perché quella opinione non è ancora retta da una tecnica adeguata al cambiamento di distanza tra i popoli. Avrà l’inglese o l’americano tutto il diritto che voglia a opinare su ciò che è passato e deve passare in Spagna, ma quel diritto è una iniuria se non accetta un’obbligazione corrispondente: quella di essere bene informato sulla realtà della guerra civile spagnola, il cui primo e più sostanziale capitolo è il suo origine, le cause che l’hanno prodotta.
Ma qui è dove i mezzi attuali di comunicazione producono i loro effetti; per il momento, dannosi. Perché la quantità di notizie che costantemente riceve un popolo su ciò che succede in un altro è enorme. Come sarà facile persuadere l’uomo inglese che non è informato sul fenomeno storico che è la guerra civile spagnola o altra emergenza analoga? Sa che i giornali inglesi spendono somme fortissime nel mantenere corrispondenti dentro tutti i paesi. Sa che, sebbene tra quei corrispondenti non pochi esercitino il loro ufficio in maniera appassionata e partigiana, ce ne sono molti altri la cui imparzialità è incontestabile e la cui pulizia nel trasmettere dati esatti non è facile da superare. Tutto questo è verità, e, perché lo è, risulta molto pericoloso[179]. Poiché è il caso che se l’uomo inglese rammemora con rapida occhiata questi ultimi tre o quattro anni, troverà che sono accadute nel mondo cose di grave importanza per l’Inghilterra, e che lo hanno sorpreso. Come nella storia nulla di qualche rilievo si produce subitaneamente, non sarebbe eccessiva suspicacia nell’uomo inglese ammettere l’ipotesi che è molto meno informato di quanto suole credere, o che quella informazione così copiosa si componga di dati esterni, senza fine prospettiva, tra i quali si sfugge ciò che più autenticamente reale c’è nella realtà. L’esempio più chiaro di questo, per le sue formidabili dimensioni, è il fatto gigante che servì a questo articolo di punto di partenza: il fallimento del pacifismo inglese, di vent’anni di politica internazionale inglese. Detto fallimento dichiara strombazzatamente che il popolo inglese —a dispetto dei suoi innumerevoli corrispondenti— sapeva poco di ciò che realmente stava accadendo negli altri popoli.
Rappresentiamoci schematicamente, per intenderla bene, la complicazione del processo che ha luogo. Le notizie che il popolo A riceve dal popolo B suscitano in esso uno stato d’opinione —sia di ampi gruppi sia di tutto il paese. Ma siccome quelle notizie gli arrivano oggi con superlativa rapidità, abbondanza e frequenza, quella opinione non si mantiene in un piano più o meno «contemplativo», come un secolo fa, ma, irrimediabilmente, si carica di intenzioni attive e prende subito un carattere di intervento. C’è sempre, inoltre, intriganti che, per motivi particolari, si occupano deliberatamente di adescarla. Viceversa, il popolo B riceve anche con abbondanza, rapidità e frequenza notizie di quella lontana opinione, della sua nervosità, dei suoi movimenti, e ha l’impressione che lo straniero, con intollerabile impertinenza, abbia invaso il suo paese, che sia lì, quasi-presente, agendo. Ma questa reazione di arrabbiatura si moltiplica fino all’esasperazione perché il popolo B avverte, allo stesso tempo, l’incongruenza tra l’opinione di A e ciò che in B, effettivamente, è accaduto. Già è irritante che il prossimo pretenda di intervenire nella nostra vita, ma se inoltre rivela di ignorare per completo la nostra vita, la sua audacia provoca in noi frenesia.
Mentre a Madrid i comunisti e i loro affini obbligavano, sotto le più gravi minacce, scrittori e professori a firmare manifesti, a parlare per radio, eccetera, comodamente seduti nei loro uffici o nei loro clubs, esenti da ogni pressione, alcuni dei principali scrittori inglesi firmavano un altro manifesto dove si garantiva che quei comunisti e i loro affini erano i difensori della libertà. Evitiamo gli sbracci e le frasi, ma mi si lasci invitare il lettore inglese a immaginare quale poté essere il mio primo movimento davanti a un fatto simile, che oscilla tra il grottesco e il tragico. Perché non è facile trovarsi con maggiore incongruenza. Per fortuna, ho avuto cura durante tutta la mia vita di montare nel mio apparato psicofisico un sistema molto forte di inibizioni e freni —forse la civiltà non è altra cosa che quel montaggio— e, inoltre, come diceva Dante
che saetta previsa vien più lenta,
non contribuì a indebolirmi la sorpresa. Da molti anni mi occupo di far notare la frivolezza e l’irresponsabilità frequenti nell’intellettuale europeo, che ho denunciato come un fattore di prima grandezza tra le cause del presente disordine. Ma questa moderazione che per caso posso sfoggiare non è «naturale». Il naturale sarebbe che io fossi ora in guerra appassionata contro quegli scrittori inglesi. Per questo è un esempio concreto del meccanismo bellicoso che ha creato il mutuo sconoscimento tra i popoli.
Hace unos días, Alberto Einstein se ha creído con «derecho» a opinar sobre la guerra civil española y tomar posición ante ella. Ahora bien, Alberto Einstein usufructúa una ignorancia radical sobre lo que ha pasado en España ahora, hace siglos y siempre. El espíritu que le lleva a esta insolente intervención es el mismo que desde hace mucho tiempo viene causando el desprestigio universal del hombre intelectual, el cual, a su vez, hace que hoy vaya el mundo a la deriva, falto de pouvoir spirituel.
Nótese que hablo de la guerra civil española como un ejemplo entre muchos, el ejemplo que más exactamente me consta, y me reduzco a procurar que el lector inglés admita por un momento la posibilidad de que no está bien informado, a despecho de sus copiosas «informaciones». Tal vez esto le mueva a corregir su insuficiente conocimiento de las demás naciones, supuesto el más decisivo para que en el mundo vuelva a reinar un orden.
Pero he aquí otro ejemplo más general. Hace poco, el Congreso del Partido Laborista rechazó, por 2.100.000 votos contra 300.000, la unión con los comunistas, es decir, la formación en Inglaterra de un «Frente Popular». Pero ese mismo partido y la masa de opinión que pastorea se ocupan en favorecer y fomentar, del modo más concreto y eficaz, el «Frente Popular» que se ha formado en otros países. Dejo intacta la cuestión de si un «Frente Popular» es una cosa benéfica o catastrófica, y me reduzco a confrontar dos comportamientos de un mismo grupo de opinión, y a subrayar su nociva incongruencia. La diferencia numérica en la votación es de aquellas diferencias cuantitativas que, según Hegel, se convierten automáticamente en diferencias cualitativas. Esas cifras muestran que, para el bloque del Partido Laborista, la unión con el comunismo, el «Frente Popular», no es una cuestión de más o de menos, sino que lo considerarían como un morbo terrible para la nación inglesa. Pero es el caso que, al mismo tiempo, ese mismo grupo de opinión se ocupa en cultivar ese mismo microbio en otros países, y esto es una intervención, más aún, podría decirse que es una intervención guerrera, puesto que tiene no pocos caracteres de la guerra química. Mientras se produzcan fenómenos como éste, todas las esperanzas de que la paz reine en el mundo son, repito, penas de amor perdidas. Porque esa incongruente conducta, esa duplicidad de la opinión laborista sólo irritación puede inspirar fuera de Inglaterra.
Y me parecería vano objetar que esas intervenciones irritan a una parte del pueblo intervenido, pero complacen a la otra. Ésta es una observación demasiado obvia para que sea verídica. La parte del país favorecida momentáneamente por la opinión extranjera procurará, claro está, beneficiarse de esa intervención. Otra cosa fuera pura tontería. Mas por debajo de esa aparente y transitoria gratitud corre el proceso real de lo vivido por el país entero. La nación acaba por estabilizarse en «su verdad», en lo que efectivamente ha pasado, y ambos partidos hostiles coinciden en ella, declárenlo o no. De aquí que acaben por unirse contra la incongruencia de la opinión extranjera. Ésta sólo puede esperar agradecimiento perdurable en la medida en que, por azar, acierte o sea menos incongruente con esa viviente «verdad». Toda realidad desconocida prepara su venganza. No otro es el origen de las catástrofes en la historia humana. Por eso será funesto todo intento de desconocer que un pueblo es, como una persona, aunque de otro modo y por otras razones, una intimidad —por tanto, un sistema de secretos que no puede ser descubierto, sin más, desde fuera. No piense el lector en nada vago ni en nada místico. Tome cualquiera función colectiva, por ejemplo, la lengua. Bien notorio es que resulta prácticamente imposible conocer íntimamente un idioma extranjero por mucho que se le estudie. ¿Y no será una insensatez creer cosa fácil el conocimiento de la realidad política de un país extraño?
Sostengo, pues, que la nueva estructura del mundo convierte los movimientos de la opinión de un país sobre lo que pasa en otro —movimientos que antes eran casi innocuos— en auténticas incursiones. Esto bastaría a explicar por qué, cuando las naciones europeas parecían más próximas a una superior unificación, han comenzado repentinamente a cerrarse hacia dentro de sí mismas, a hermetizar sus existencias, las unas frente a las otras, y a convertirse las fronteras en escafandras aisladoras.
Yo creo que hay aquí un nuevo problema de primer orden para la disciplina internacional, que corre paralelo al del derecho, tocado más arriba. Como antes postulábamos una nueva técnica jurídica, aquí reclamamos una nueva técnica de trato entre los pueblos. En Inglaterra ha aprendido el individuo a guardar ciertas cautelas cuando se permite opinar sobre otro individuo. Hay la ley del libelo y hay la formidable dictadura de las «buenas maneras». No hay razón para que no sufra análoga regulación la opinión de un pueblo sobre otro.
Claro que esto supone estar de acuerdo sobre un principio básico. Sobre éste: que los pueblos, que las naciones existen. Ahora bien: el viejo y barato «internacionalismo», que ha engendrado las presentes angustias, pensaba, en el fondo, lo contrario. Ninguna de sus doctrinas y actuaciones es comprensible si no se descubre en su raíz el desconocimiento de lo que es una nación y de que eso que son las naciones constituye una formidable realidad situada en el mundo y con que hay que contar. Era un curioso internacionalismo aquél que en sus cuentas olvidaba siempre el detalle de que hay naciones[180].
Tal vez el lector reclame ahora una doctrina positiva. No tengo inconveniente en declarar cuál es la mía, aun exponiéndome a todos los riesgos de una enunciación esquemática.
En el libro The Revolt of the Masses[181], que ha sido bastante leído en lengua inglesa, propugno y anuncio el advenimiento de una forma más avanzada de convivencia europea, un paso adelante en la organización jurídica y política de su unidad. Esta idea europea es de signo inverso a aquel abstruso internacionalismo. Europa no es, no será, la inter-nación, porque eso significa, en claras nociones de historia, un hueco, un vacío y nada. Europa será la ultra-nación. La misma inspiración que formó las naciones de Occidente sigue actuando en el subsuelo con la lenta y silente proliferación de los corales. El descarrío metódico que representa el internacionalismo impidió ver que sólo al través de una etapa de nacionalismos exacerbados se puede llegar a la unidad concreta y llena de Europa. Una nueva forma de vida no logra instalarse en el planeta hasta que la anterior y tradicional no se ha ensayado en su modo extremo. Las naciones europeas llegan ahora a sus propios topes, y el topetazo será la nueva integración de Europa. Porque de eso se trata. No de laminar las naciones, sino de integrarlas, dejando al Occidente todo su rico relieve. En esta fecha, como acabo de insinuar, la sociedad europea parece volatilizada. Pero fuera un error creer que esto significa su desaparición o definitiva dispersión. El estado actual de anarquía y superlativa disociación en la sociedad europea es una prueba más de la realidad que ésta posee. Porque si eso acontece en Europa es porque sufre una crisis de su fe común, de la fe europea, de las vigencias en que su socialización consiste. La enfermedad por que atraviesa es, pues, común. No se trata de que Europa esté enferma, pero que gocen de plena salud estas o las otras naciones, y que, por tanto, sea probable la desaparición de Europa y su sustitución por otra forma de realidad histórica —por ejemplo: las naciones sueltas o una Europa oriental disociada hasta la raíz de una Europa occidental. Nada de esto se ofrece en el horizonte, sino que, como es común y europea la enfermedad, lo será también el restablecimiento. Por lo pronto, vendrá una articulación de Europa en dos formas distintas de vida pública: la forma de un nuevo liberalismo y la forma que, con un nombre impropio, se suele llamar «totalitaria». Los pueblos menores adoptarán figuras de transición e intermediarias. Esto salvará a Europa. Una vez más resultará patente que toda forma de vida ha menester de su antagonista. El «totalitarismo» salvará al «liberalismo», destiñendo sobre él, depurándolo, y gracias a ello veremos pronto a un nuevo liberalismo templar los regímenes autoritarios. Este equilibrio puramente mecánico y provisional permitirá una nueva etapa de mínimo reposo, imprescindible para que vuelva a brotar, en el fondo del bosque que tienen las almas, el hontanar de una nueva fe. Ésta es el auténtico poder de creación histórica, pero no mana en medio de la alteración, sino en el recato del ensimismamiento.
París y diciembre 1937
A few days ago, Albert Einstein believed himself to have a ‘right’ to opine about the Spanish civil war and to take a position before it. Now: Albert Einstein enjoys a radical ignorance about what has happened in Spain now, for centuries, and always. The spirit that leads him to this insolent intervention is the same that for a long time has been causing the universal discredit of the intellectual man, which, in turn, makes the world go today adrift, lacking pouvoir spirituel.
Note that I speak of the Spanish civil war as an example among many, the example that most exactly is within my certain knowledge, and I confine myself to seeking that the English reader should admit for a moment the possibility that he is not well informed, in spite of his copious ‘information.’ Perhaps this will move him to correct his insufficient knowledge of the other nations, a supposition that is the most decisive for an order to reign again in the world.
But here is another, more general example. Recently, the Congress of the Labour Party rejected, by 2,100,000 votes against 300,000, union with the communists, that is, the formation in England of a ‘Popular Front.’ But that same party and the mass of opinion it herds occupy themselves in favoring and fostering, in the most concrete and effective way, the ‘Popular Front’ that has been formed in other countries. I leave intact the question of whether a ‘Popular Front’ is a beneficial or a catastrophic thing, and I confine myself to confronting two behaviors of one and the same opinion group, and to underlining its harmful incongruence. The numerical difference in the vote is one of those quantitative differences which, according to Hegel, are automatically converted into qualitative differences. Those figures show that, for the Labour Party bloc, union with communism, the ‘Popular Front,’ is not a question of more or less, but that they would consider it a terrible disease for the English nation. But it is the case that, at the same time, that same opinion group occupies itself in cultivating that same microbe in other countries, and this is an intervention, more still, one could say that it is a warlike intervention, since it has not a few characters of chemical warfare. As long as phenomena like this are produced, all the hopes that peace should reign in the world are, I repeat, wasted love. Because that incongruent conduct, that duplicity of Labour opinion, can only inspire irritation outside England.
And it would seem to me vain to object that those interventions irritate a part of the intervened people, but please the other. This is an observation too obvious to be truthful. The part of the country momentarily favored by foreign opinion will seek, of course, to benefit from that intervention. Anything else would be pure stupidity. But beneath that apparent and transitory gratitude there runs the real process of what the whole country has lived. The nation ends by stabilizing itself in ‘its truth,’ in what has in effect happened, and both hostile parties coincide in it, whether they declare it or not. Hence they end by uniting against the incongruence of foreign opinion. This can only expect lasting gratitude to the extent that, by chance, it hits the mark or is less incongruent with that living ‘truth.’ Every unknown reality prepares its revenge. No other is the origin of the catastrophes in human history. For this reason every attempt to deny that a people is, like a person, although in another way and for other reasons, an intimacy —therefore, a system of secrets that cannot be discovered, without more ado, from outside— will be baneful. Let the reader think of nothing vague or mystical. Let him take any collective function, for example, language. It is quite notorious that it proves practically impossible to know a foreign idiom intimately however much one studies it. And will it not be a folly to believe an easy thing the knowledge of the political reality of a foreign country?
I maintain, then, that the new structure of the world converts the movements of the opinion of one country about what happens in another —movements that were before almost innocuous— into authentic incursions. This would suffice to explain why, when the European nations seemed closest to a superior unification, they have suddenly begun to close toward their own interior, to make hermetic their existences, the ones facing the others, and the frontiers to be converted into isolating diving suits.
I believe that there is here a new problem of the first order for the international discipline, which runs parallel to that of law, touched on above. As before we postulated a new juridical technique, here we claim a new technique of dealing between the peoples. In England the individual has learned to observe certain cautions when he allows himself to opine about another individual. There is the law of libel and there is the formidable dictatorship of ‘good manners.’ There is no reason why the opinion of one people about another should not undergo an analogous regulation.
Of course this supposes being in agreement upon a basic principle. Upon this: that the peoples, that the nations exist. Now: the old and cheap ‘internationalism,’ which has engendered the present anxieties, thought, in the depths, the contrary. None of its doctrines and actions is comprehensible if one does not discover in its root the denial of what a nation is and of the fact that what nations are constitutes a formidable reality situated in the world and with which one must count. It was a curious internationalism that in its accounts always forgot the detail that there are nations[180].
Perhaps the reader now demands a positive doctrine. I have no objection to declaring what mine is, even exposing myself to all the risks of a schematic enunciation.
In the book The Revolt of the Masses[181], which has been fairly widely read in the English language, I advocate and announce the advent of a more advanced form of European coexistence, a step forward in the juridical and political organization of its unity. This European idea is of inverse sign to that abstruse internationalism. Europe is not, will not be, the inter-nation, because that signifies, in clear notions of history, a gap, a void, and nothing. Europe will be the ultra-nation. The same inspiration that formed the nations of the West continues to act in the subsoil with the slow and silent proliferation of corals. The methodical aberration that internationalism represents prevented the seeing that only through a stage of exacerbated nationalisms can one arrive at the concrete and full unity of Europe. A new form of life does not manage to install itself on the planet until the previous and traditional one has not been tried out in its extreme mode. The European nations arrive now at their own limits, and the collision will be the new integration of Europe. Because that is what it is about. Not about laminating the nations, but integrating them, leaving the West all its rich relief. At this date, as I have just insinuated, European society seems volatilized. But it would be an error to believe that this signifies its disappearance or definitive dispersion. The present state of anarchy and superlative dissociation in European society is one more proof of the reality that the latter possesses. Because if that happens in Europe it is because it suffers a crisis of its common faith, of the European faith, of the vigencias in which its socialization consists. The illness it is going through is, then, common. It is not a question of Europe being sick, but of these or those nations enjoying full health, and, therefore, of the disappearance of Europe and its replacement by another form of historical reality being likely —for example: the loose nations or an Eastern Europe dissociated to the root from a Western Europe. Nothing of this is offered on the horizon, but that, as the illness is common and European, so too will be the recovery. For the moment, there will come an articulation of Europe into two distinct forms of public life: the form of a new liberalism and the form that, with an improper name, is wont to be called ‘totalitarian.’ The smaller peoples will adopt transitional and intermediate figures. This will save Europe. Once again it will become patent that every form of life has need of its antagonist. ‘Totalitarianism’ will save ‘liberalism,’ bleeding into it, purifying it, and thanks to this we shall soon see a new liberalism tempering the authoritarian regimes. This purely mechanical and provisional equilibrium will permit a new stage of minimum repose, indispensable so that, in the depths of the forest that souls have, there may gush again the spring of a new faith. This is the authentic power of historical creation, but it does not well up in the midst of commotion, but in the reserve of ensimismamiento.
Paris and December 1937
Pochi giorni fa, Alberto Einstein si è creduto con «diritto» a opinare sulla guerra civile spagnola e a prendere posizione davanti ad essa. Ora: Alberto Einstein usufruisce di una ignoranza radicale su ciò che è accaduto in Spagna ora, da secoli e sempre. Lo spirito che lo porta a questa insolente intervento è lo stesso che da molto tempo viene causando il disprestigio universale dell’uomo intellettuale, il quale, a sua volta, fa sì che oggi vada il mondo alla deriva, mancante di pouvoir spirituel.
Si noti che parlo della guerra civile spagnola come un esempio tra molti, l’esempio che più esattamente mi consta, e mi riduco a procurare che il lettore inglese ammetta per un momento la possibilità di non essere bene informato, a dispetto delle sue copiose «informazioni». Forse questo lo muoverà a correggere la sua insufficiente conoscenza delle altre nazioni, supposto il più decisivo perché nel mondo torni a regnare un ordine.
Ma ecco un altro esempio più generale. Poco fa, il Congresso del Partito Laburista respinse, con 2.100.000 voti contro 300.000, l’unione con i comunisti, cioè, la formazione in Inghilterra di un «Fronte Popolare». Ma quello stesso partito e la massa d’opinione che pascola si occupano di favorire e fomentare, nel modo più concreto ed efficace, il «Fronte Popolare» che si è formato in altri paesi. Lascio intatta la questione se un «Fronte Popolare» sia una cosa benefica o catastrofica, e mi riduco a confrontare due comportamenti di uno stesso gruppo d’opinione, e a sottolineare la sua nociva incongruenza. La differenza numerica nella votazione è di quelle differenze quantitative che, secondo Hegel, si convertono automaticamente in differenze qualitative. Quelle cifre mostrano che, per il blocco del Partito Laburista, l’unione con il comunismo, il «Fronte Popolare», non è una questione di più o di meno, ma che lo considererebbero come un morbo terribile per la nazione inglese. Ma è il caso che, allo stesso tempo, quello stesso gruppo d’opinione si occupa di coltivare quello stesso microbo in altri paesi, e questo è un intervento, più ancora, si potrebbe dire che è un intervento guerriero, poiché ha non pochi caratteri della guerra chimica. Finché si producano fenomeni come questo, tutte le speranze che la pace regni nel mondo sono, ripeto, pene d’amore perdute. Perché quella condotta incongruente, quella duplicità dell’opinione laburista soltanto irritazione può ispirare fuori dell’Inghilterra.
E mi parrebbe vano obiettare che quei interventi irritano una parte del popolo intervenuto, ma compiacciono l’altra. Questa è un’osservazione troppo ovvia per essere veridica. La parte del paese favorita momentaneamente dall’opinione straniera cercherà, chiaro sta, di beneficiare di quel intervento. Altro sarebbe pura stupidità. Ma al di sotto di quella apparente e transitoria gratitudine corre il processo reale del vissuto da tutto il paese. La nazione finisce per stabilizzarsi nella «sua verità», in ciò che effettivamente è accaduto, e ambedue i partiti ostili coincidono in essa, lo dichiarino o no. Di qui che finiscano per unirsi contro l’incongruenza dell’opinione straniera. Questa soltanto può attendere ringraziamento perdurabile nella misura in cui, per caso, azzecchi o sia meno incongruente con quella vivente «verità». Ogni realtà sconosciuta prepara la sua vendetta. Non altro è l’origine delle catastrofi nella storia umana. Per questo sarà funesto ogni tentativo di disconoscere che un popolo è, come una persona, sebbene in altro modo e per altre ragioni, una intimità —quindi, un sistema di segreti che non può essere scoperto, senza più, dal di fuori. Non pensi il lettore a nulla di vago né di mistico. Prenda una qualsiasi funzione collettiva, per esempio, la lingua. Ben notorio è che risulta praticamente impossibile conoscere intimamente un idioma straniero per quanto lo si studi. E non sarà un’insensatezza credere cosa facile la conoscenza della realtà politica di un paese straniero?
Sostengo, dunque, che la nuova struttura del mondo converte i movimenti dell’opinione di un paese su ciò che succede in un altro —movimenti che prima erano quasi innocui— in autentiche incursioni. Questo basterebbe a spiegare perché, quando le nazioni europee sembravano più prossime a una superiore unificazione, hanno cominciato repentinamente a chiudersi verso l’interno di sé stesse, a ermetizzare le loro esistenze, le une di fronte alle altre, e a convertirsi le frontiere in scafandri isolanti.
Io credo che ci sia qui un nuovo problema di primo ordine per la disciplina internazionale, che corre parallelo a quello del diritto, toccato più sopra. Come prima postulavamo una nuova tecnica giuridica, qui reclamiamo una nuova tecnica di rapporto tra i popoli. In Inghilterra l’individuo ha imparato a guardarsi con certe cautele quando si permette di opinare su un altro individuo. C’è la legge del libello e c’è la formidabile dittatura delle «buone maniere». Non c’è ragione perché non subisca analoga regolazione l’opinione di un popolo su un altro.
Certo che questo suppone essere d’accordo su un principio basico. Su questo: che i popoli, che le nazioni esistono. Ora: il vecchio e a buon mercato «internazionalismo», che ha generato le presenti angosce, pensava, in fondo, il contrario. Nessuna delle sue dottrine e attuazioni è comprensibile se non si scopre nella sua radice lo sconoscimento di ciò che è una nazione e del fatto che ciò che sono le nazioni costituisce una formidabile realtà situata nel mondo e con cui bisogna contare. Era un curioso internazionalismo quello che nei suoi conti dimenticava sempre il dettaglio che ci sono nazioni[180].
Forse il lettore reclami ora una dottrina positiva. Non ho inconveniente nel dichiarare quale è la mia, anche esponendomi a tutti i rischi di una enunciazione schematica.
Nel libro The Revolt of the Masses[181], che è stato abbastanza letto in lingua inglese, propugno e annuncio l’avvento di una forma più avanzata di convivenza europea, un passo avanti nell’organizzazione giuridica e politica della sua unità. Questa idea europea è di segno inverso a quell’astruso internazionalismo. L’Europa non è, non sarà, l’inter-nazione, perché questo significa, in chiare nozioni di storia, un vuoto, un vacuo e niente. L’Europa sarà l’ultra-nazione. La stessa ispirazione che formò le nazioni dell’Occidente continua ad agire nel sottosuolo con la lenta e silente proliferazione dei coralli. Il disorientamento metodico che rappresenta l’internazionalismo impedì di vedere che soltanto al traverso di una tappa di nazionalismi esacerbati si può arrivare all’unità concreta e piena dell’Europa. Una nuova forma di vita non riesce a installarsi sul pianeta finché la precedente e tradizionale non si è sperimentata nel suo modo estremo. Le nazioni europee arrivano ora ai loro propri tetti, e il cozzo sarà la nuova integrazione dell’Europa. Perché di questo si tratta. Non di laminare le nazioni, ma di integrarle, lasciando all’Occidente tutto il suo ricco rilievo. In questa data, come ho appena insinuato, la società europea sembra volatilizzata. Ma sarebbe un errore credere che questo significhi la sua scomparsa o definitiva dispersione. Lo stato attuale di anarchia e superlativa dissociazione nella società europea è una prova di più della realtà che questa possiede. Perché se questo accade in Europa è perché soffre una crisi della sua fede comune, della fede europea, delle vigencias in cui consiste la sua socializzazione. La malattia che attraversa è, dunque, comune. Non si tratta che l’Europa sia malata, ma che godano di piena salute queste o quelle nazioni, e che, quindi, sia probabile la scomparsa dell’Europa e la sua sostituzione con altra forma di realtà storica —per esempio: le nazioni sciolte o un’Europa orientale dissociata fino alla radice da un’Europa occidentale. Nulla di tutto questo si offre nell’orizzonte, ma che, siccome è comune ed europea la malattia, lo sarà anche il ristabilimento. Per il momento, verrà una articolazione dell’Europa in due forme distinte di vita pubblica: la forma di un nuovo liberalismo e la forma che, con un nome improprio, si suole chiamare «totalitaria». I popoli minori adotteranno figure di transizione e intermedie. Questo salverà l’Europa. Ancora una volta risulterà patente che ogni forma di vita ha bisogno del suo antagonista. Il «totalitarismo» salverà il «liberalismo», stingendo su di esso, depurandolo, e grazie a ciò vedremo presto un nuovo liberalismo temperare i regimi autoritari. Questo equilibrio puramente meccanico e provvisionale permetterà una nuova tappa di minimo riposo, imprescindibile perché torni a zampillare, nel fondo del bosco che hanno le anime, la fonte di una nuova fede. Questa è l’autentico potere di creazione storica, ma non sgorga in mezzo all’alterazione, bensì nel riserbo dell’ensimismamiento.
Parigi e dicembre 1937