Abstract
A travel sketch in a Biarritz bar, among North American and Argentine women and a gelatinous fish “cooked by Picasso”. Its only reflective turn is on elegance as a trade and a servitude. Prose of manners.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Sobre la playa, en los bajos del Grand Hôtel, está el Bar Basque, donde entramos a comer. Una gran capota de madera sobre unos mástiles cubre el área de mesas. El viento salobre entra directamente del mar por los flancos libres y sacude las lonas, que dan latigazos como un velamen. Parece, en efecto, que estamos sobre un navío. En la puerta, una virgen vascongada escamotea nuestros sombreros. Es un bello ejemplar de la raza éuscara. Los ojos, un poco oblicuos; la nariz, muy breve; la piel, tirante sobre los pómulos, todo ello con la ligera insinuación del tipo mongólico que es tan frecuente en la mujer vasca.
Pronto advertimos que hemos llegado en un momento culminante de la travesía. Casi todas las mesas están llenas. Es la hora de la urgente maniobra. Y se ve a los contramaestres, vestidos de negro, que dan órdenes rápidas a marinos y grumetes, los cuales van y vienen veloces, un poco atropellados, sin duda por la gravedad del trance. En una mesa, solo, rígido, impasible, un inglés, con aire de comodoro, cañonea el contorno con su enorme monóculo.
Pero he aquí que un contramaestre llega a nuestra mesa. Se hace preceder de un cadáver. Hemos visto ya que el rito se repetía con todos los recién llegados. Es, sin duda, la víctima propiciatoria, que en muchos pueblos primitivos se presenta al extranjero en signo de benevolencia. Se trata de un ingente pescado tendido en una larga fuente. El pez está lívido; lo cubre una gelatina litúrgica y con diversas sustancias lleva tatuado su cuerpo fiambre. Es, en verdad, una obra de arte. Parece guisado por Picasso. Lo admiramos, y pasa a otras mesas para seguir celebrando su triunfo póstumo.
Entre los consumidores predominan las norteamericanas. El viejo continente se ha llenado de norteamericanas, que llegan de Ultramar decididas a confundirlo todo. Nadan, reman, beben, fuman, flirtean, juegan al golf, bailan sin cesar, en España torean y prueban su cultura hablando de espiritismo. La cuestión es no parar.
Frente a nosotros hay dos judías, y no lejos unas damas argentinas. Exquisitas, ingrávidas, suaves, casi irreales en su perfecta indumentaria, unas y otras dan una impresión de extrema modernidad. Y, sin embargo, por una inevitable asociación, no puedo mirarlas sin ver tras sus tenues perfiles inmensas manadas de ovejas. Acompañan virtualmente a las hebreas los corderos bíblicos; a las criollas, las infinitas merinas de la Pampa. Estas tenuidades, estas gracias sutiles y alquitaradas no serían posibles sin enormes rebaños detrás, que no para sí mismos llevan sus vellocinos. Mi amigo y yo conversamos un rato sobre el triunfo de los pueblos pastoriles, sobre las cisternas de Canaán y los ñandús australes.
Hay en el ambiente una jovialidad festival que aguza la mente y la hace elástica. No se puede desconocer que los franceses han sabido dar a una comida toda la fina exaltación de que es capaz. Sobre todo, desde que han aceptado una alianza con el cock-tail anglosajón.
Sin embargo, nuestros entusiasmos comienzan a organizarse especializándose, y los de mejor calidad acaban por rendirse ante una mujer que entra acompañada de otra y precedida del más correcto entre los ancianos. ¿Por qué esta mujer nos interesa tanto, con un interés respetuoso y delicado? ¿Por qué quisiéramos ser sus amigos y poder recoger esta frase que ahora ha debido decir, con una sonrisa tan leve y contenida como si una rienda espiritual la retuviese? Todas estas otras mujeres tan elegantes no nos interesaban nada. ¿Por qué? El tema es complicadísimo y obligaría a aventar secretos un poco crudos. Sería forzoso decir que la mujer elegante, con frecuencia no es la más interesante. ¿Qué le vamos a hacer? No se puede ser todo. Pero esto, a su vez, requeriría aclaración, porque de la elegancia se suelen tener ideas muy equivocadas. La elegancia se convierte en un oficio y, a fuer de tal, en una servidumbre, la más dura y constante. La «elegante» está todo el día al servicio de su elegancia. Tiene que asistir a los quince lugares cotidianos donde es elegante ir. La elegante vive siempre atropellada. Ya esto basta para que no pueda interesar. La admirable mujer que ahora nos preocupa revela en todo su ser un tesoro compuesto de horas de soledad. Se ve que abre en cada jornada un largo espacio para sí, que se liberta de «los demás». Hay ciertas cristalizaciones en química que sólo se producen en lugares quietísimos, exentos de toda trepidación, en el rincón más recóndito del laboratorio. Así las mejores reacciones espirituales que enriquecen y pulen la persona necesitan calma, ocio profundo, un no hacer nada para dejar que la milagrosa germinación se produzca. Esta mujer no volverá aquí en el resto del verano. Se ve que no va a todas partes, que no acepta el repertorio común de posibilidades, sino que elige y se queda con algunas, muy pocas. Y este divino gesto de elegir —dejar muchas, retener una— domina toda su persona. Así, las elegancias, al llegar hasta ella, se detienen y se inclinan. En su traje, las modas colaboran, pero rebajadas en un tono, como si una mano puesta sobre ellas las hubiese vencido. Y, sobre todo, la máxima diferencia; las demás mujeres que hay aquí parecen estar aquí enteras. Esta, en cambio, permanece ausente; lo mejor de sí misma quedó allá lejos, adscrito a su soledad, como las ninfas amadríadas, que no podían abandonar el árbol donde vivían infusas. He aquí la razón de nuestro interés. Interesa lo que se presume y no se ve. Esta mujer posee un arcano hinterland…
Julio-septiembre, 1925