Abstract

A preamble to travel notes: in travelling, the fleetingness of our contact with things reaches its maximum. Against Father Nieremberg, who infers from things’ flight that they are contemptible, Ortega replies that precisely because they are marvellous their flight leaves scars.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

La vida es un viaje, decían los ascetas, y corrigiendo la puntería disparaban sus almas como dardos hacia la eterna posada. ¿Por qué decían esto? ¿Por qué elegían ese trozo de la vida —un viaje— como metáfora sustancial de la vida entera?

Cuando viajamos se eleva a su última potencia el carácter de fugacidad que es propio a nuestra relación con las cosas. Rodamos sobre ellas y ellas sobre nosotros: sólo nos tocan en un punto, en un instante de nuestra persona, de modo que por blandas, suaves y redondas que sean, su contacto con nosotros tiene siempre algo de punzada, de pinchazo doloroso. Al tiempo que decimos «ya vienen, ya vienen» a este paisaje, a esta amistad, a este acontecimiento tenemos que ir preparando los labios para decir «ya se van, ya se van». Torres Quevedo debiera inventar un ancla para anclar los minutos. Porque es una pena esta manía de huir que las cosas tienen. «A la manera que no se podría gozar —dice el Padre Nieremberg— de la vista de un bizarro jinete lleno de joyas y de galas, si fuese siempre corriendo a rienda suelta, así tampoco de las cosas de esta vida se puede gozar bien, porque no paran en un punto, corriendo a rienda suelta». «Con ser tan limitados —añade— los bienes de la vida, los da tan tímidamente, que la misma vida da por partecitas, y mezcla en ella tantas partes de muerte como da en trozos de vida». Todo esto y mucho más dice el Padre Nieremberg en su Diferencia entre lo temporal y lo eterno, un libro encantador que podía haber sido escrito por la zorra de la fábula de las uvas. Pues de que no podemos retener las cosas saca el buen Padre la consecuencia de que no valen nada, de que son despreciables, o, como él dice, «contemptibles». (¿Qué dirían de nosotros si empleáramos esa palabra estas dignas personas que forman una guardia pretoriana en torno al Diccionario español?) ¡Hombre, no! Despreciables, no; todo lo contrario. Precisamente porque son las cosas maravillosas, su huida apresurada nos deja en el corazón cicatrices. Si las cosas todas fueran dolores de muelas, la fugacidad de la vida sería su mayor mérito.

Pero dejemos tan grave asunto. Mi intención se reduce a decir una cosa sin importancia ni trascendencia, a saber: que en los viajes se hace extremada la momentaneidad de nuestro contacto con los objetos, paisajes, figuras, palabras, y paralelamente crece y nos acongoja la pena que sentimos que así sea. Quisiéramos de algún modo fijar alguna de aquellas cosas que pasan a escape, como si tuviesen una cita allá lejos, con alguien que no somos nosotros. A este fin llevamos un cuadernito y un lápiz; apuntamos unas breves palabras, y cuando un día, andando el tiempo, las leemos, el paisaje, la palabra, la fisonomía que desapareció adquiere cierta supervivencia, una como espectral vida que conserva de la real vagos ecos, remotos latidos.

He aquí algunas de estas notas.