Ortega y Gasset
Abstract
An obituary written on the first night of 1937: Unamuno died of “the Spanish sickness”. His whole life and philosophy were, like Spinoza’s, a meditatio mortis; he was the precursor of an inspiration now triumphant. Also a portrait of his compact, jongleur-like ego.
Connections
Assi: Tempo e morte
Concetti: morte
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En esta primera noche de 1937, cuando termina el que ha sido para España el «año terrible» —este año de purificación, año de cauterio— me telefonean de las oficinas de La Nación, en París, que Unamuno ha muerto. Ignoro todavía cuáles sean los datos médicos de su acabamiento, pero, sean los que fueren, estoy seguro de que ha muerto de «mal de España». El lector tiene perfecto derecho a creer que esto no es más que una frase. No voy a disputar con él, entre otras razones, porque me obligaría a hablar sobre temas acerca de los cuales hace años me he propuesto a mí mismo el silencio. Pero la verdad es, pese al lector, que lo dicho no es una frase, sino el enunciado de realidades pavorosamente concretas. Hace un par de semanas me visitó aquí mi traductor holandés, el doctor Brouwer, que había estado por el mes de septiembre u octubre en Salamanca. Me refirió su conversación con Unamuno. Y al oírle yo, pensaba: Unamuno morirá de esto. Ha inscrito su muerte individual en la muerte innumerable que es hoy la vida española. Ha hecho bien. Su trayectoria estaba cumplida. Se ha puesto al frente de doscientos mil españoles y ha emigrado con ellos más allá de todo horizonte. Han muerto en estos meses tantos compatriotas que los supervivientes sentimos como una extraña vergüenza de no habernos muerto también. A algunos nos consuela un poco lo cerca que hemos estado de ejecutar esa sencilla operación de sucumbir.
Ya está Unamuno con la muerte, su perenne amiga-enemiga. Toda su vida, toda su filosofía han sido, como las de Spinoza, una meditatio mortis. Hoy triunfa en todas partes esta inspiración, pero es obligado decir que Unamuno fue el precursor de ella. Precisamente en los años en que los europeos andaban más distraídos de la esencial vocación humana, que es «tener que morir», y más divertidos con las cosas de dentro de la vida, este gran celtíbero —porque, no hay duda, era el gran celtíbero, lo era en el bien y en el mal— hizo de la muerte su amada. De aquí el sabor o, al menos, el dejo macabro, que nos llega de todas sus páginas, hable de lo que hable, juegue con lo que juegue. Muchas veces he hecho notar la sorpresa que causaba a los romanos, y que Tito Livio nos transmite, el ver que los celtíberos eran el único pueblo que vestía de negro y adoraba a la muerte.
Unamuno pertenecía a la generación de Bernard Shaw. Uno ambos nombres porque al hallarlos juntos nos salta a la vista, sobre las peculiaridades individuales, el gesto común que la coetaneidad impone. Fue la última generación de «intelectuales» convencida aún de que la humanidad existe sin más elevado fin que servir de público a sus gracias de juglar, a sus arias, a sus polémicas. En Grecia hubo también una época en que los poetas creían que los hombres habían combatido en torno a Troya no más que para dar lugar a que Homero los cantase. Por esta razón, se adelantaban constantemente a las candilejas y no podían respirar si no sentían en derredor su nación como espectadora. No habían descubierto la táctica y la delicia que es para el verdadero intelectual ocultarse e inexistir.
No he conocido un yo más compacto y sólido que el de Unamuno. Cuando entraba en un sitio, instalaba desde luego en el centro su yo, como un señor feudal hincaba en el medio del campo su pendón. Tomaba la palabra definitivamente. No cabía el diálogo con él. Repito que toda su generación conservaba el ingrediente de juglar que adquirió el intelectual en los comienzos del romanticismo, que existía ya en Chateaubriand y en Lamartine. No había, pues, otro remedio que dedicarse a la pasividad y ponerse en corro en torno a don Miguel, que había soltado en medio de la habitación su yo, como si fuese un ornitorrinco.
Pero todo esto, entiéndase en superlativo. Hay siempre en las virtudes y en los defectos de Unamuno mucho de gigantismo. A esa idea del escritor como hombre que se da en espectáculo a los demás, hay que ponerle una espoleta de enorme dinamismo, y más aún de feroz dinamismo. Porque Unamuno era, como hombre, de un coraje sin límites. No había pelea nacional, lugar y escena de peligro, al medio de la cual no llevase el ornitorrinco de su yo, obligando a unos y a otros a oírle, y disparando golpes líricos contra los unos y contra los otros.
Fue un gran escritor. Pero conviene decir que era vasco, y que su castellano era aprendido. Él lo reconocía y lo declaraba con orgullo, mas acaso no se daba cuenta de lo que esto traía consigo. Aun siendo espléndido su castellano, tiene siempre ese carácter de aprendido, y, si se me quiere entender bien, todo idioma aprendido, el carácter de lengua muerta. De aquí muchas particularidades de su estilo. Cuando escribimos o hablamos en nuestra lengua, nuestra atención atraviesa los vocablos sin reparar en ellos, como nuestra vista el vidrio de la ventana, para fijarse en el parque. Con la lengua aprendida no pasa lo mismo. El vocablo se interpone entre nosotros, y nuestro pensamiento hace constar su presencia y nos obliga a atenderlo. En suma, nuestra mente tropieza con la palabra en cuanto tal. De aquí la frecuencia con que Unamuno da espantadas ante los vocablos y ve en ellos más de lo que en su uso corriente —en que desaparecen transparentes— suelen significar. A su valor usual prefiere su sentido etimológico, y esto le induce a darles mil vueltas y a sacar del vientre semántico de cada vocablo serpentinas de retruécanos y otros juegos de palabras. Ahora bien, esta propensión etimológica a la manera de Unamuno es característica de quien escribe o habla en su idioma aprendido. Unamuno sabía mucho, y mucho más de lo que aparentaba, y lo que sabía, lo sabía muy bien. Pero su pretensión de ser poeta le hacía evitar toda doctrina. En esto también se diferencia su generación de las siguientes, sobre todo de las que vienen, para las cuales la misión inexcusable de un intelectual es ante todo tener una doctrina taxativa, inequívoca y, a ser posible, formulada en tesis rigorosas, fácilmente inteligibles. Porque los intelectuales no estamos en el planeta para hacer juegos malabares con las ideas y mostrar a las gentes los bíceps de nuestro talento, sino para encontrar ideas con las cuales puedan los demás hombres vivir. No somos juglares: somos artesanos, como el carpintero, como el albañil.
La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace un cuarto de siglo. Al cesar para siempre, temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio.
La Nación, 4 de enero de 1937
On this first night of 1937, when there ends what has been for Spain the «terrible year» —this year of purification, year of cautery— I am telephoned from the offices of La Nación, in Paris, that Unamuno has died. I still do not know what the medical details of his end are, but, whatever they may be, I am sure that he has died of the «sickness of Spain». The reader has perfect right to believe that this is no more than a phrase. I am not going to dispute with him, among other reasons, because it would oblige me to speak about themes concerning which I have proposed silence to myself for years. But the truth is, despite the reader, that what is said is not a phrase, but the enunciation of terrifyingly concrete realities. A couple of weeks ago my Dutch translator, Dr. Brouwer, who had been in Salamanca around the month of September or October, visited me here. He related to me his conversation with Unamuno. And on hearing him I thought: Unamuno will die of this. He has inscribed his individual death in the numberless death that Spanish life is today. He has done well. His trajectory was fulfilled. He has placed himself at the head of two hundred thousand Spaniards and has emigrated with them beyond every horizon. So many compatriots have died in these months that we survivors feel a strange shame of not having died too. Some of us are a little consoled by how close we have been to executing that simple operation of succumbing.
Unamuno is already with death, his perennial friend-enemy. All his life, all his philosophy have been, like those of Spinoza, a meditatio mortis. Today this inspiration triumphs everywhere, but it is obligatory to say that Unamuno was its precursor. Precisely in the years in which the Europeans went about most distracted from the essential human vocation, which is «having to die», and most entertained with the things inside life, this great Celtiberian —because, there is no doubt, he was the great Celtiberian, he was it in good and in evil— made of death his beloved. Hence the savor or, at least, the macabre aftertaste, which comes to us from all his pages, whatever he speaks of, whatever he plays with. Many times I have pointed out the surprise that it caused the Romans, and that Livy transmits to us, to see that the Celtiberians were the only people that dressed in black and worshipped death.
Unamuno belonged to the generation of Bernard Shaw. I unite both names because, finding them together, there leaps to our eyes, above the individual peculiarities, the common gesture that coetaneity imposes. It was the last generation of «intellectuals» still convinced that humanity exists for no higher end than to serve as audience to their juggler’s graces, to their arias, to their polemics. In Greece too there was an epoch in which the poets believed that men had fought around Troy for nothing more than to give occasion for Homer to sing them. For this reason, they constantly pushed forward to the footlights and could not breathe if they did not feel around them their nation as spectator. They had not discovered the tactic and the delight that it is for the true intellectual to hide himself and not exist.
I have known no self more compact and solid than that of Unamuno. When he entered a place, he installed at once his self in the center, as a feudal lord planted his banner in the middle of the field. He definitively took the word. There was no room for dialogue with him. I repeat that his whole generation preserved the ingredient of juggler that the intellectual acquired at the beginnings of romanticism, which already existed in Chateaubriand and in Lamartine. There was, then, no other remedy than to give oneself over to passivity and to gather in a ring around Don Miguel, who had let loose his self in the middle of the room, as though it were a platypus.
But all this, understand it in the superlative. There is always in Unamuno’s virtues and defects much of gigantism. To that idea of the writer as a man who gives himself in spectacle to others, one must attach a fuse of enormous dynamism, and even more of fierce dynamism. Because Unamuno was, as a man, of a courage without limits. There was no national fight, no place and scene of danger, into the middle of which he did not carry the platypus of his self, obliging one and another to hear him, and firing lyrical blows against one and against another.
He was a great writer. But it is fitting to say that he was Basque, and that his Castilian was learned. He recognized it and declared it with pride, but perhaps he did not realize what this brought with it. Even though his Castilian was splendid, it always has that character of learned, and, if I am to be well understood, every learned idiom has the character of a dead language. Hence many particularities of his style. When we write or speak in our own language, our attention passes through the words without stopping on them, as our sight passes through the window glass, to fix itself upon the park. With the learned language the same does not happen. The word interposes itself between us, and our thought takes note of its presence and obliges us to attend to it. In sum, our mind stumbles against the word as such. Hence the frequency with which Unamuno takes fright before words and sees in them more than they are wont to mean in their current use —in which they disappear transparent. To their usual value he prefers their etymological sense, and this induces him to give them a thousand turns and to draw from the semantic belly of each word serpents of puns and other plays on words. Now, this etymological propensity in the manner of Unamuno is characteristic of him who writes or speaks in his learned idiom. Unamuno knew much, and much more than he appeared to, and what he knew, he knew very well. But his pretension of being a poet made him avoid all doctrine. In this too his generation differs from the following ones, above all from those to come, for which the inexcusable mission of an intellectual is above all to have a doctrinaire, unequivocal doctrine and, if possible, formulated in rigorous theses, easily intelligible. Because we intellectuals are not on the planet to do juggling with ideas and show the people the biceps of our talent, but to find ideas with which other men can live. We are not jugglers: we are artisans, like the carpenter, like the mason.
The voice of Unamuno sounded without cease in the precincts of Spain for a quarter of a century. On its ceasing forever, I fear that our country may suffer an era of atrocious silence.
La Nación, 4 January 1937
In questa prima notte del 1937, quando termina quello che è stato per la Spagna l’«anno terribile» —questo anno di purificazione, anno di cauterio— mi telefonano dagli uffici de La Nación, a Parigi, che Unamuno è morto. Ignoro ancora quali siano i dati medici del suo fine, ma, quali che siano, sono sicuro che è morto di «male di Spagna». Il lettore ha perfetto diritto di credere che questo non sia che una frase. Non andrò a disputare con lui, tra le altre ragioni, perché mi obbligherebbe a parlare di temi sui quali da anni mi sono proposto il silenzio. Ma la verità è, malgrado il lettore, che il detto non è una frase, bensì l’enunciato di realtà spaventosamente concrete. Un paio di settimane fa mi visitò qui il mio traduttore olandese, il dottor Brouwer, che era stato verso il mese di settembre o ottobre a Salamanca. Mi riferì la sua conversazione con Unamuno. E al sentirlo, pensavo: Unamuno morirà di questo. Ha inscritto la sua morte individuale nella morte innumerevole che è oggi la vita spagnola. Ha fatto bene. La sua traiettoria era compiuta. Si è posto alla testa di duecentomila spagnoli ed è emigrato con loro al di là di ogni orizzonte. Sono morti in questi mesi tanti compatrioti che i superstiti sentiamo come una strana vergogna di non essere morti anche noi. Alcuni di noi ci consola un po’ quanto siamo stati vicini a eseguire quella semplice operazione del soccombere.
Già Unamuno è con la morte, la sua perenne amica-nemica. Tutta la sua vita, tutta la sua filosofia sono state, come quelle di Spinoza, una meditatio mortis. Oggi trionfa in tutte le parti questa ispirazione, ma è obbligato dire che Unamuno ne fu il precursore. Precisamente negli anni in cui gli europei andavano più distratti dall’essenziale vocazione umana, che è «dover morire», e più divertiti con le cose di dentro la vita, questo grande celtibero —perché, non c’è dubbio, era il grande celtibero, lo era nel bene e nel male— fece della morte la sua amata. Di qui il sapore o, almeno, il sentore macabro, che ci giunge da tutte le sue pagine, parli di ciò di cui parla, giochi con ciò con cui gioca. Molte volte ho fatto notare la sorpresa che causava ai romani, e che Tito Livio ci trasmette, il vedere che i celtiberi erano l’unico popolo che vestiva di nero e adorava la morte.
Unamuno apparteneva alla generazione di Bernard Shaw. Unisco entrambi i nomi perché, trovandoli insieme, ci salta agli occhi, sopra le peculiarità individuali, il gesto comune che la coetaneità impone. Fu l’ultima generazione di «intellettuali» ancora convinta che l’umanità esista senza più elevato fine che servire da pubblico alle sue grazie di giullare, alle sue arie, alle sue polemiche. In Grecia ci fu anche un’epoca in cui i poeti credevano che gli uomini avessero combattuto intorno a Troia non più che per dare luogo a che Omero li cantasse. Per questa ragione, si sporgevano costantemente verso le candele del proscenio e non potevano respirare se non sentivano intorno la loro nazione come spettatrice. Non avevano scoperto la tattica e la delizia che è per il vero intellettuale occultarsi e inesistere.
Non ho conosciuto un io più compatto e solido di quello di Unamuno. Quando entrava in un luogo, installava subito al centro il suo io, come un signore feudale piantava in mezzo al campo il suo stendardo. Prendeva la parola definitivamente. Non c’era dialogo con lui. Ripeto che tutta la sua generazione conservava l’ingrediente di giullare che l’intellettuale acquisì agli inizi del romanticismo, che esisteva già in Chateaubriand e in Lamartine. Non c’era, quindi, altro rimedio che dedicarsi alla passività e mettersi in cerchio intorno a don Miguel, che aveva lasciato cadere in mezzo alla stanza il suo io, come se fosse un ornitorinco.
Ma tutto questo, s’intenda in superlativo. C’è sempre nelle virtù e nei difetti di Unamuno molto di gigantismo. A quell’idea dello scrittore come uomo che si dà in spettacolo agli altri, bisogna mettere una spoletta di enorme dinamismo, e ancora di più di feroce dinamismo. Perché Unamuno era, come uomo, di un coraggio senza limiti. Non c’era lotta nazionale, luogo e scena di pericolo, in mezzo alla quale non portasse l’ornitorinco del suo io, obbligando gli uni e gli altri a udirlo, e sparando colpi lirici contro gli uni e contro gli altri.
Fu un grande scrittore. Ma conviene dire che era basco, e che il suo castigliano era appreso. Lui lo riconosceva e lo dichiarava con orgoglio, ma forse non si rendeva conto di ciò che questo portava con sé. Pur essendo splendido il suo castigliano, ha sempre quel carattere di appreso, e, se mi si vuole intendere bene, ogni idioma appreso ha il carattere di lingua morta. Di qui molte particolarità del suo stile. Quando scriviamo o parliamo nella nostra lingua, la nostra attenzione attraversa i vocaboli senza soffermarvisi, come la nostra vista il vetro della finestra, per fissarsi nel parco. Con la lingua appresa non accade lo stesso. Il vocabolo si interpone tra noi, e il nostro pensiero fa constare la sua presenza e ci obbliga ad attenderlo. In somma, la nostra mente inciampa nella parola in quanto tale. Di qui la frequenza con cui Unamuno ha spaventate davanti ai vocaboli e vede in essi più di ciò che nel loro uso corrente —in cui scompaiono trasparenti— sogliono significare. Al suo valore usuale preferisce il suo senso etimologico, e questo lo induce a dar loro mille giri e a trarre dal ventre semantico di ogni vocabolo serpentine di bisticci e altri giochi di parole. Ora, questa propensione etimologica alla maniera di Unamuno è caratteristica di chi scrive o parla nel suo idioma appreso. Unamuno sapeva molto, e molto più di quanto non mostrasse, e ciò che sapeva, lo sapeva molto bene. Ma la sua pretesa di essere poeta gli faceva evitare ogni dottrina. Anche in questo la sua generazione si differenzia dalle seguenti, soprattutto da quelle che vengono, per le quali la missione inescusabile di un intellettuale è innanzitutto avere una dottrina tassativa, inequivoca e, se possibile, formulata in tesi rigorose, facilmente intelligibili. Perché gli intellettuali non siamo sul pianeta per fare giochi di destrezza con le idee e mostrare alle genti i bicipiti del nostro talento, ma per trovare idee con le quali possano gli altri uomini vivere. Non siamo giullari: siamo artigiani, come il falegname, come il muratore.
La voce di Unamuno suonava senza sosta negli ambiti della Spagna da un quarto di secolo. Al cessare per sempre, temo che il nostro paese patisca un’era di atroce silenzio.
La Nación, 4 gennaio 1937