Abstract

An editorial on the Catalan employers’ lock-out: right to organize, wrong to reach at once for an extreme measure without first proposing a policy. A government’s strength depends on its citizens’ engagement — the state is ourselves occupied with the state’s problems.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Sólo cuando los hechos nos obliguen a ello habremos de renunciar a la esperanza de que el conflicto patronal-obrero de Barcelona se resuelva mesuradamente. Para esto hace falta que los patronos no se obstinen en tener más razón de la que, en efecto, tienen, ni pretendan más de lo que, en efecto, tienen derecho a pretender. Éste es el motivo por el cual les salimos apresuradamente al encuentro, días pasados, con ocasión de la segunda nota oficiosa emanada de su organismo director.

Los patronos barceloneses han sufrido toda clase de vejámenes ilegales por parte de las asociaciones obreras; los Gobiernos no han sabido ampararlos, en vista de lo cual, los patronos resuelven concentrar sus fuerzas y emprender por sí mismos una acción reivindicativa y de defensa. Esto nos parece tan bien, que ha sido nuestra perpetua demanda, renovada en estas columnas el día mismo que iniciaban las tareas de su Congreso. Mientras los diversos núcleos de intereses o de convicciones no se organicen y emprendan una vigorosa intervención pública, será imposible hacer nada en España, ni en el orden de la justicia ni en otro alguno. Lo que no parece lícito —y es ello un pecado que los patronos catalanes no han dejado de cometer—, lo que no parece lícito es vivir atento exclusivamente a la labor o negocio privados, sin dedicar normalmente un poco de nuestro esfuerzo y nuestra previsión a la acción política, y luego quejarse de la debilidad de los Gobiernos. ¡Cuándo nos convenceremos de que la fuerza no desciende al Poder público desde la luna, como una irradiación mágica, ni consiste en una apelación súbita a las bayonetas, sino que depende exactamente, en cantidad y calidad, de la asistencia que a la vida política presten los habitantes de su país! Los gobernantes, los que ejercen el Poder público, son condensaciones de la opinión y el sentimiento colectivos; si éstos vacan, el gobernante no condensa energía social alguna; sigue siendo, a despecho de sus títulos, un modesto personaje privado que ridículamente destaca su misérrima individualidad sobre el fondo de las enormes obligaciones impuestas a su cargo nominal. Cuando un Gobierno no es el exponente de una amplia adhesión colectiva, es, ni más ni menos, un surtido de cabezas parlantes posadas sobre la Gaceta a modo de pisapapeles. El Estado no es una abstracción. El Estado somos nosotros mismos ocupándonos de los problemas del Estado.

Por esto, aunque un poco tardía, nos parece excelente la resolución adoptada por los patronos catalanes de hacer sentir en el régimen político la fuerza que son. A este fin han dado un primer paso; pero ese primer paso —la decisión de lock-out— ya no nos parece tan bien. La razón hela aquí: el lock-out es, como la huelga, en cierto modo más que la huelga, un procedimiento drástico muy peligroso y que anda siempre cerca de la ilegalidad, cuando no está francamente dentro de ella. Es, pues, una medida extrema que, a fuer de tal, sólo es justa, sólo invita al respeto cuando se han agotado todas las intermedias.

Ahora bien: los patronos catalanes no deben olvidar un momento el hecho evidentísimo de que su lock-out fue decidido a los postres de un Congreso solemnemente reunido para definir la política patronal, cuyos acuerdos y discusiones han parecido a todo el mundo exentos de la elevación, de la serenidad, de la competencia y de la claridad mínimas con que ha de contar una política para ser siquiera teóricamente respetable. Los que han cerrado sus actas del Congreso sin darnos a los demás una ejemplar lección de pensamiento político, ni aun orientarnos medianamente a los profanos sobre el modo de tratar los serios intereses de su clase, no pueden, no tienen derecho a acudir sin más a una medida extrema y de última violencia. Mucho menos lo tienen para redactar una nota apocalíptica arrojando una bocanada retórica de desdén sobre la incapacidad política de los prójimos. Tras la declaración de un programa concreto, amplio y certero que dibujase soluciones suficientes, sería respetable semejante actitud. Tomada en seco, carece de autoridad y de los imponderables que nutren el prestigio.

Sin el ensayo de medidas primeras y segundas, esta medida última, el lock-out, adquiere, pues, un aspecto de pura violencia, pariente de la usada por los obreros.

Pero hay más. Desaforado y extemporáneo el lock-out, aún podía haber corregido parte de su demasía ciñendo con toda precisión el alcance del propósito. Los patronos necesitan garantías de que los actos a, b y c ejecutados reiteradamente por los obreros no van a volver a repetirse. Es de toda justicia, es obligatorio, es urgente satisfacer con plenitud esta necesidad de los patronos. Pero lejos de hacer esto, sobre el lock-out dan un segundo paso. Y éste sí que es palmariamente insoportable y de una exorbitancia legendaria.

Consiste en decidir que no cesará el lock-out hasta tanto que no recaiga el Gobierno en personas gratas a la Confederación Patronal. Esto ya es salirse superlativamente del plato; esto es ya perder la razón e incitar a la repulsa. Porque ahora somos nosotros, los españoles que no figuramos de sindicalistas ni patronos catalanes, los que sufrimos vejamen. Que ellos hayan padecido enojos y desafueros no es razón para que decidan el Gobierno de España y se pongan a gravitar sobre nuestros lomos. Esto es sindicalizar en patrono. Con tal sesgo toma el lock-out una fisonomía expresamente revolucionaria. Si los obreros o los telefonistas hubiesen manifestado cosa parecida, a estas horas andarían resonando las culatas sobre las losas de los cuarteles.

Nos importa muy poco el Gobierno actual. Creemos que, en verdad, no ha defendido debidamente la libertad del trabajo ni siquiera la vida de los ciudadanos en Barcelona. Si nos pareció que debe continuar en el Poder, es porque no hallamos franca salida a la existencia pública de España en tanto que no se haga un presupuesto. Pero no podemos aceptar que los patronos catalanes nos impongan su Gobierno y con esta imposición transfieran a nuestras espaldas los agravios que recibieron. No es modo de corregir un desmán cometer otro mayor.

Todas las gentes que, como nosotros, están dispuestas a apoyar en su justicia a los patronos, tendrán que volverse contra ellos al toparse con tan descomunales pretensiones. Y la manera más cierta para conseguir que todos, aun casta tan pacífica como nosotros, acabemos por sindicalizar un poco, es que, so pretexto de reparar la justicia maltrecha, se intente deshacer contra ley las asociaciones obreras y se instaure un Gobierno de violenta reacción, que vendrá a ser como una mecha arrojada sobre el inmenso explosivo que va siendo España.

Los directores de la Confederación Patronal, responsables de la ruta seguida, se hallan harto interesados en que prosiga su política para poder escucharnos serenamente. No nos importan tampoco. Pero a los demás patronos capaces de comedimiento y reflexión, quisiéramos recomendar la lectura de estas tranquilas consideraciones, inspiradas en el común provecho.

Publicado sin firma, El Sol, 4 de noviembre de 1919