Abstract
A 1911 article prompted by the suicide of Helena von Dönniges, for whom Lassalle died in a duel in 1864. Ortega refuses the woman’s biography and boudoir literature in order to present Lassalle, founder of the German workers’ party, as a figure of virile greatness.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Octubre de 1911
Hace un par de semanas puso en Munich fin a su vida, bebiendo un veneno, una anciana que se llamaba Helena de Donniges. Pocos días antes había muerto su marido, el señor Schewitz. Causa del suicidio: terror ante la miseria inminente. Este terror no lo siente quien no conoce de trato íntimo la miseria. Helena de Donniges, señora Schewitz, había sido antes la señora Friedman.
Pero antes se la había aplaudido en los teatros donde Helena decidió presentarse para salir a flote del naufragio económico. Y antes de esta etapa teatral habían sido años de vida equívoca, de caídas y renacimiento, de ir y de venir, de liviandad, de aventuras. Y antes de todo esto, Helena de Donniges era la señora de Racowitza: su marido, Janko de Racowitza, un joven príncipe rumano, un lindo mozo de Valaquia.
Pero todo esto carece de importancia y no justifica que se hable de ello. No obstante, esa vida de triviales andanzas y vulgar irregularidad se va a cruzar en el infinito con la trayectoria triunfante de otro individuo que tuvo la peculiaridad de ser un gran hombre y de hacer imperecedero cuanto de baladí a su paso encontró.
Poco antes de casarse Helena de Donniges, su novio, el lindo Janko, había derribado en duelo de un balazo a un coloso del siglo XIX, a Fernando Lassalle, que moría dos días después (28 de Agosto de 1864). Y ved cómo la vida oscura y sin valor de esta mujer, un momento iluminada por la figura radiante de Lassalle, súbitamente se recama y brilla y nos atrae.
Pero, claro está, esta atracción no ha de ser tan grande que nos dejemos ir hasta contar la vida de esta mujer. ¿Qué nos importan las andanzas de un corazón sin esencias y de un menudo cerebro femenino? Es uno de los síntomas de la mengua contemporánea esa virtud de entretenerse con lo que no tiene interés, con lo insignificante. No: no contemos historietas de portería, biografías de mujercitas correntonas. Movamos guerra a la literatura de boudoir. Opongamos al insípido erotismo de una cultura desmedulada temas de un valor viril, temas que valen por sí mismos. Ahora bien: una vida sólo es un tema de este género cuando es una vida. Y muy pocas vidas son verdaderamente una vida. Una vida de mujer, por ejemplo, ¡cuán raramente es una vida! De ordinario la mujer nace cada mañana y muere cada noche y despierta para vivir cada día otra vida que sólo tiene de común con la del anterior lo que una cuenta de rosario con la cuenta que le precede. No es esto misogynia, ni es falta de galantería. Es que, en verdad, como dice un lindo cantar español que cantan los pobres al son de sus guitarras quejumbrosas y grasientas:
Primero hizo Dios al hombre
y después a la mujer.
Y esta verdad se va olvidando un poco bajo el influjo de una psicología trivial contra la que dije ya algo, hablando, un mes hace, de Leonardo de Vinci.
Helena de Donniges se ha dado a sí misma la muerte, y este suceso hace que su vida salga de nuevo de la oscuridad en que yacía. Y nosotros en polémica con la psicología al uso nos preguntamos: ¿Quién es él? Porque la vieja pregunta: ¿Quién es ella? No puede, no debe al menos, interesarnos si somos buenos administradores de nuestras horas. De antemano sabemos siempre quién es «ella»: ella es cualquiera.
Pero él —él era todo un hombre: este aquilino Fernando Lassalle fundador del partido obrero alemán y en cierto modo decisivo iniciador del ilimitado movimiento de corazones, de la irrumpente sensibilidad difusa que llamamos partido socialista.
Harto más espacio del que dispongo fuera menester para contar la vida y algunos de los milagros de Lassalle: no lo intento, pues. Pero son tan pocas, si son algunas, las figuras verdaderamente grandes que se levantan sobre la línea monótona del horizonte actual, que no resisto a la tentación de presentar a los lectores en pocas palabras esta figura inmensa, de complexión reconfortante. Hasta el siglo XVIII las gentes solían buscar metódicamente un tratamiento de energía, para ponerse tenso el ánimo y proyectarlo hacia la aspiración de lo grande y valioso en la lectura de las vidas plutárqueas. Hay que forzar la vista a desviarse de la mediocridad en medio de la cual, más o menos, vivimos todos o alzarla hasta que se fije en las personalidades próceres que como filas de almas ingentes señalan los caminos reales de la historia. No se trata de heroes worship, de culto a los héroes como Carlyle proponía. No es culto, es interés. Los grandes hombres nos sirven como recordatorio de que habiendo sido posible lo grande siguen siendo posibles las grandes acciones.
II
Pero volvamos a Lassalle: treinta y nueve años de vida coruscante que cruza como un meteoro el cielo espiritual de Alemania. Nació en Breslau el año 1825, de padre judío, comerciante en sedas. Judío fue Lassalle: su estatura elevada, su talle delgado, sus gallardas maneras, su rostro bien labrado hicieron de él un espléndido ejemplar antropológico. Dicen que era hermoso: las mujeres enviaron contra él sus ejércitos y le halagaron e hicieron todo lo posible por apartarle de su idea, de aquella idea que debían penetrar e integrar su vida y hacer de ésta un todo compacto, vibrante, eficaz como la hoja de una espada. Pero era judío, y un judío no puede ser plenamente hermoso desde el punto de vista europeo, como no puede ser espiritualmente completo. Los judíos son un pueblo asiático inscrito en el ambiente europeo. Esta dualidad, esta antinomia de proceder de un continente y vivir trasplantados en otro dentro del cual forman una minoría numéricamente exigua, da al alma judía esa nota de inquietud, de interna escisión, de falta de unidad que incita a la desconfianza por parte de los europeos. Esa misma duplicidad de origen pone en los rostros judaico-europeos ciertos defectos de ritmo fisonómico que impiden a la belleza triunfar. Oncken, un historiador de Lassalle, dice muy justamente que tenía «una soberbia cabeza goethiana traducida al semita».
De 1842 a 1844 estudia Lassalle en la universidad de Breslau; del 44 al 45 en Berlín. Estudia filosofía y filología, no vayan ustedes a creer. Una filosofía que si alguna vez ha dado lugar la filosofía a que se la juzgue vaga actividad de lunáticos, pretencioso juego de palabras, fue en este caso: Hegel. Sin embargo, de Hegel nació la personalidad histórica de Lassalle y de Hegel nació Marx y de ambos el socialismo, que es la política más crudamente realista hasta ahora conocida. Lassalle a los veinte años era un mozo prodigioso: el celebérrimo filósofo Boeck, tal vez el más grande que ha habido en el siglo XIX, se sentía lleno de admiración por este estudiante genial y le auguraba una ejemplar carrera científica.
Pero la inteligencia de Lassalle tenía a su vera otros dos poderes enormes, a saber: una vanidad heroica, una vanidad estupenda y una genial sensibilidad para percibir la injusticia constituyente de la sociedad. Esto último, el sentido de la justicia en la historia es un rasgo muy característico de la raza judaica. Los pueblos europeos, sometiendo a esta raza bajo perennes tormentos, aherrojándola en las ghetti inmundas y en las excéntricas juderías, diezmándola de tiempo en tiempo, como en holocausto al Dios continental, la han educado para que se convierta en un órgano exquisito de reacción contra la injusticia. Y esta reacción es el radicalismo. Los judíos son revolucionarios natos. Desde la Primera Edad Media hasta la Rusia de nuestros días, se han entretenido los arios occidentales en matar hebreos, y la sangre judaica, conforme se iba enrareciendo, se purificaba, se sutilizaba, y hoy es ya pura energía, puro álcali corrosivo, pura inquietud, puro espíritu. Con mucho acierto dice Ferrero que los judíos viven hoy entre nosotros como un fermento y un reactivo, que impide el estancamiento y cristalización de las formas sociales y espirituales.
Así Lassalle. «Había —escribe su único biógrafo condigno, el dinamarqués y judío Jorge Brandes— algo de César en este mozo, a quien las tímidas gentes burguesas iban a tomar poco después por un Catilina. Fue creado para el poder, se hallaba ungido para dominador; pero como no naciera príncipe, ni noble, sino que era oriundo de la clase media y de una raza postergada, se convirtió en pensador, demócrata y revolucionario, a fin de penetrar por este camino en el elemento para que había sido hecho». Era, con efecto, ostentoso y amigo de la vida delicada: andando los años, condujo en Berlín una existencia espléndida: sus soirées reunían lo más preclaro de ambos sexos, y su cocinero de París gozaba general nombradía. Un ambicioso en grande, como hoy ya no se usa. Y esta su ambición da a su fisonomía, como señala el mismo Brandes, proporciones clásicas, una silueta de Plutarco. Años después de su muerte, dijo Bismarck en el Parlamento, contestando a una interpelación de Bebel, sobre las relaciones del príncipe con Lassalle: «Era ambicioso en grande estilo, y tal vez llegó a dudar si el imperio alemán había de formarse bajo la dinastía Hohenzollern o bajo la dinastía Lassalle».
Pues bien; este sabio de veintitrés años, que vive sumido en los textos arcaicos de los filósofos presocráticos, aparece súbitamente en un escenario que nadie sospecharía. Una dama de la más alta aristocracia sajona, Sofía de Hatzfeldt, casada con un multimillonario, harta de malos tratos y de infinitas crueldades de todo género, a que éste la ha sometido, decide recobrar su independencia y con ella sus hijos y la fortuna que le es debida. Lassalle tropieza con ella, con la noble que, según parece, era hermosa, enérgica y artificiosa.
No se sabe a punto fijo si Lassalle se puso a arder en la belleza de la mujer o en la aureola de la aristócrata: ello es que el joven erudito, que ignora qué cosa sea un código, decide dedicar su vida a la restauración de la justicia maltrecha en la persona de la condesa. Comparte con ella, que abandonada de su marido vive en la miseria, la breve suma que los padres de él le envían para módica subsistencia de estudiante.
Y así, de un tirón, ocho años. El gesto sobrio y sin vacilación con que este muchacho tira por la ventana su porvenir y todo lo adquirido en su vida pasada y emprende una nueva vía sin horizontes ni promesas algunas para él es el síntoma eterno de la emotividad heroica, de la confianza en sí que distingue a todos los grandes, de la voluntad de plasmar la vida según el propio albedrío. El héroe no contrata nunca con la realidad: la arrebata, la toma al asalto. La realidad es del género femenino y se entrega a los varones osados.
Delante de treinta y seis tribunales defiende Lassalle a la condesa: vertiginosamente el filólogo, el dialéctico, se improvisa abogado. Y no un abogado cualquiera, sino uno de los más temibles de la época. En 1854 el optimate sajón tiene que rendirse al mancebo judío. La condesa entra en posesión de una gran fortuna y proporciona a Lassalle, según contrato hecho en los tiempos de derrota, una pensión vitalicia de 12.000 marcos. En aquellos años era esto la riqueza. La condesa y Lassalle no se separaron nunca: los amores, si los hubo, descendieron pronto —o se elevaron, ¿por qué no?— a un afecto de orden familiar, a un trato de madre e hijo.
III
Esta actividad perdida en un asunto privado no impidió a Lassalle brincar sobre las tablas del escenario político.
En 1845, había hecho un viaje a París con el fin de verificar la colación de algunos manuscritos griegos para una obra monumental sobre el más difícil de los filósofos habidos y por haber, el viejo, el arcaico, el equívoco Heráclito de Éfeso, a quien sus contemporáneos se complacieron en llamarle el Oscuro. Lassalle contaba veinte años y como tres después se abalanza sobre el enredo inextricable de la familia de Hatzfeldt y lucha frente a toda la influencia de la aristocracia y alto burocratismo sajón: así recién salido de los bancos escolares se confronta con un tema científico que parecía insuperable. Y claro es que lo vence Lassalle, mientras fue dueño de su espíritu, no dejó ninguna empresa inconclusa. En cierto modo constituye el tipo opuesto a un Leonardo da Vinci, perpetuo emprendedor que nada acima ni cumple ni acaba. El temperamento político se diferencia en esto del especulativo. La especulación puede ser sólo ensayo: la política es consecución. Mero ensayo quiere decir en política fracaso.
Pasa Lassalle por París y se pone en contacto con el radicalismo francés, y saca unos últimos chispazos de entusiasmo y esperanza al astro moribundo de Enrique Heine que yace encorvado y casi ciego, roto el corazón impuro, sellada su pluma por reales pensiones. «Le envío a usted un nuevo Mirabeau», escribe Heine poco después a un amigo de Berlín presentándole a Lassalle. Más tarde el encomio había de crecer hasta una expresión barroca: «Lassalle es el Mesías del siglo diez y nueve».
En 1848, a la hora de la revolución por las constituciones hace Lassalle su primera campaña de agitación por el Rin y organiza la resistencia activa. Acusado de excitar a la rebelión se defiende ante el tribunal, mejor dicho, no se defiende.
Con este discurso comienza propiamente la serie de las oraciones políticas de Lassalle, que forman lo más vivo, tal vez lo inmortal de sus obras. Parece un cuento, pero es así: la mayoría de los discursos agitadores que Lassalle en su breve vida pronunció, los pronunció ante los tribunales para defenderse de procesos que en sarta interminable caían sobre él. Lassalle, como digo, más que defenderse acusa y ataca al ministerio de la ley, al tribunal mismo. Su oratoria es positiva: la presión raciocinante de la dialéctica hegeliana da un vigor y una substancia a sus argumentos, al ritmo general de la oratoria, que hoy producen exactamente el mismo efecto que el día en que fueron dichos. De cuando en cuando surgen de la prosa conceptual y demostrativa, de las citas técnicas, de las noticias estadísticas magníficas metáforas nunca superfluas, que como advierte Brandes son siempre expresión condensada de un argumento definitivo. Con la palabra en los labios y ante un auditorio y mejor si el auditorio es adverso. Lassalle se convierte en un hombre innumerable, en legión; es inagotable, incansable, incontrastable. Llueve golpe sobre golpe, cambia cien veces el tono del discurso, avanza en el ánimo de los oyentes, a poco se da el lujo de repelerlos, se burla y amenaza, ora agresivo ora claro y científico como un tratado. Si el presidente le interrumpe coge en el aire la interrupción, envuelve en ella a su autor y lo arroja a los pies de la asamblea inutilizado. Es increíble: yo pienso sinceramente que si Lassalle hubiera nacido en países donde existe la tradición del ágora, de la vida en la plaza pública, contaríamos hoy los años para los efectos de la realidad política por la fecha 2000.
Sin embargo, esta primera vez Lassalle tuvo que pasar unos meses en la cárcel. Luego el asunto Hatzfeldt le retuvo de nuevo íntegramente. Cuando en 1854 terminó este pleito la vida política dormitaba en Alemania. Lassalle vuelve a sus primitivas ambiciones y venciendo la resistencia de la policía que no le consiente la estancia en Berlín se traslada a esta capital y publica su Filosofía de Heráclito el Oscuro. No mucho después aparece su obra monumental sobre filosofía del derecho, donde corrige y fructifica el hegelianismo: Sistema de los derechos adquiridos.
Rodéale una envidiable fama de sabio, vive en el lujo y la fruición. Un marido enojado le provoca a un duelo: Lassalle no lo acepta, por considerar que el duelo es incompatible con la democracia. El marido enojado, en unión de otro amigo, cae sobre él en el paseo Tiergarten: Lassalle apalea a los agresores ejemplarmente. Escándalo colosal. Un profesor de historia le regala el bastón de Robespierre. La policía lo destierra de Berlín.
De 1859 a 1864, realiza Lassalle, aparte la obra magna de derecho arriba citada, toda la labor de publicista y revolucionario, de pensador y de político que le da un puesto egregio en la historia. Va de ciudad en ciudad creando, por decirlo así, de la nada, la conciencia colectiva de los obreros; a cada discurso en asambleas públicas sucede un proceso y un discurso ante los tribunales. Pero Lassalle lleva clavada en su cerebro y en sus entrañas la idea grandiosa de las reivindicaciones proletarias, del nuevo Estado socializado que ha de venir a superar no sólo el Estado antiguo patrimonial sino el actual Estado individualista. Combate rudamente a los liberales; escribe panfletos contra ellos; se enemista la prensa íntegra de Alemania y se revuelve él solo contra ella.
Bismarck se siente atraído por el vórtice de atracción irresistible que forma la actuación de este hombre: Lassalle y Bismarck conferencian y el canciller recibe una impresión imborrable de aquella personalidad viril, clarovidente e infinitamente enérgica.
En estos años, cada minuto de la vida de Lassalle encierra una actividad increíble: conferencias, disputas, polémicas, libros, correspondencias, organización… En 1863, por fin, funda Lassalle la «Sociedad general de trabajadores» y firma una página imborrable de la historia humana. Pero sus ocupaciones se multiplican. El héroe empieza a rendirse, a sentirse cansado y como roto. Los obreros no responden debidamente a su campaña, la faena es excesiva. Se siente enfermo y sospechas de acabamiento aparecen en sus cartas de esta época. Sin embargo, Alemania entera tiene puesta en él la vista. Su popularidad es incalculable.
IV
En el verano de 1864 va a tomar unos baños en Suiza, a descansar, a reponerse. Para mí no hay duda de que Lassalle, cuando parte para este viaje, ha perdido ya la plenitud de su posesión mental.
En Suiza se encuentra con Helena de Donniges, una linda aristócrata de Baviera que andaba de tiempo atrás en derredor suyo. Lassalle se entrega, se enamora como un amante. Ella le llama su «águila» mirando el cielo limpio de los Alpes. Pero los padres de ella no aceptan la alianza con un judío que es además un revolucionario. Helena se halla dispuesta a huir con su gran hombre y va a buscar a éste al hotel donde vive en Ginebra. Lassalle tiene un golpe fatal de caballerosidad, una de sus salidas teatrales y conduce a la entusiasta mujer a casa de una familia amiga. Allí la recogen sus padres: la amenazan, la maltratan, llaman a su antiguo novio, el joven príncipe rumano Janko de Racowitza. Total: Helena recoge su entusiasmo, sus palabras y promesas aprisionadas como se recogen los utensilios de tocador una vez concluido el aseo. Hasta se olvida de que Lassalle le ha prometido hacer de ella la Presidenta de la República Alemana. (En estas conversaciones infantiles de sus últimos días muestra Lassalle que no rige ya su plenaria inteligencia ni su eficaz voluntad: y de las ruinas de su personalidad ascienden a la superficie solas y caricaturescas su vanidad semítica y su interna inquietud y dualidad de judío).
En tanto el «águila» democrática que por primera vez presiente una resistencia insuperable eleva, por contradicción, al paroxismo su apasionamiento, pierde todo compás, toda claridad de visión, remueve el mundo para vencer la negativa del señor de Donniges, hasta pide al obispo Ketteler que intervenga prometiendo inclusive pasar a la religión católica. Con ser trágico este último detalle aumenta su significación si se advierte que la familia Donniges no era católica y que Lassalle se hallaba tan fuera de sí, que no recordó esta circunstancia.
Sobre todo, se resistía a creer que Helena no le pertenecía ya sentimentalmente: era demasiado cruel esto para su vanidad. Ni aún la declaración firmada de la damisela pudo convencerle. Todo esto es tanto más anormal, cuanto que el gran político supo siempre en su trato con las mujeres conservar un absoluto dominio de la situación y hasta una triunfante tibieza.
En fin, llegado a las postrimerías de la exasperación, él, el demócrata, el enemigo del duelo, envió una provocación tremebunda al padre y al novio de Helena. El novio acudió primero y de un balazo derribó al gigante. Boeck escribió sobre su tumba: Aquí yace lo que es mortal de Fernando Lassalle, pensador y luchador.
Este fin de novela a lo Jorge Ohnet, este fin, por consiguiente, ridículo no rima, no casa con la vida de este «alma hirviente», como Lassalle decía de su propia alma. Porque su vida fue en verdad lo que en uno de sus discursos formula él mismo: «La alianza de la ciencia y los obreros es la labor a que he jurado dedicar mi existencia». Vivió una idea. ¿Qué tiene que ver con esto el suave reír y el talle armonioso de una damisela?
La Prensa, 12 de diciembre de 1911