Ortega y Gasset

Abstract

A 1911 article prompted by the suicide of Helena von Dönniges, for whom Lassalle died in a duel in 1864. Ortega refuses the woman’s biography and boudoir literature in order to present Lassalle, founder of the German workers’ party, as a figure of virile greatness.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Octubre de 1911

Hace un par de semanas puso en Munich fin a su vida, bebiendo un veneno, una anciana que se llamaba Helena de Donniges. Pocos días antes había muerto su marido, el señor Schewitz. Causa del suicidio: terror ante la miseria inminente. Este terror no lo siente quien no conoce de trato íntimo la miseria. Helena de Donniges, señora Schewitz, había sido antes la señora Friedman.

Pero antes se la había aplaudido en los teatros donde Helena decidió presentarse para salir a flote del naufragio económico. Y antes de esta etapa teatral habían sido años de vida equívoca, de caídas y renacimiento, de ir y de venir, de liviandad, de aventuras. Y antes de todo esto, Helena de Donniges era la señora de Racowitza: su marido, Janko de Racowitza, un joven príncipe rumano, un lindo mozo de Valaquia.

Pero todo esto carece de importancia y no justifica que se hable de ello. No obstante, esa vida de triviales andanzas y vulgar irregularidad se va a cruzar en el infinito con la trayectoria triunfante de otro individuo que tuvo la peculiaridad de ser un gran hombre y de hacer imperecedero cuanto de baladí a su paso encontró.

Poco antes de casarse Helena de Donniges, su novio, el lindo Janko, había derribado en duelo de un balazo a un coloso del siglo XIX, a Fernando Lassalle, que moría dos días después (28 de Agosto de 1864). Y ved cómo la vida oscura y sin valor de esta mujer, un momento iluminada por la figura radiante de Lassalle, súbitamente se recama y brilla y nos atrae.

Pero, claro está, esta atracción no ha de ser tan grande que nos dejemos ir hasta contar la vida de esta mujer. ¿Qué nos importan las andanzas de un corazón sin esencias y de un menudo cerebro femenino? Es uno de los síntomas de la mengua contemporánea esa virtud de entretenerse con lo que no tiene interés, con lo insignificante. No: no contemos historietas de portería, biografías de mujercitas correntonas. Movamos guerra a la literatura de boudoir. Opongamos al insípido erotismo de una cultura desmedulada temas de un valor viril, temas que valen por sí mismos. Ahora bien: una vida sólo es un tema de este género cuando es una vida. Y muy pocas vidas son verdaderamente una vida. Una vida de mujer, por ejemplo, ¡cuán raramente es una vida! De ordinario la mujer nace cada mañana y muere cada noche y despierta para vivir cada día otra vida que sólo tiene de común con la del anterior lo que una cuenta de rosario con la cuenta que le precede. No es esto misogynia, ni es falta de galantería. Es que, en verdad, como dice un lindo cantar español que cantan los pobres al son de sus guitarras quejumbrosas y grasientas:

Primero hizo Dios al hombre

y después a la mujer.

Y esta verdad se va olvidando un poco bajo el influjo de una psicología trivial contra la que dije ya algo, hablando, un mes hace, de Leonardo de Vinci.

Helena de Donniges se ha dado a sí misma la muerte, y este suceso hace que su vida salga de nuevo de la oscuridad en que yacía. Y nosotros en polémica con la psicología al uso nos preguntamos: ¿Quién es él? Porque la vieja pregunta: ¿Quién es ella? No puede, no debe al menos, interesarnos si somos buenos administradores de nuestras horas. De antemano sabemos siempre quién es «ella»: ella es cualquiera.

Pero él —él era todo un hombre: este aquilino Fernando Lassalle fundador del partido obrero alemán y en cierto modo decisivo iniciador del ilimitado movimiento de corazones, de la irrumpente sensibilidad difusa que llamamos partido socialista.

Harto más espacio del que dispongo fuera menester para contar la vida y algunos de los milagros de Lassalle: no lo intento, pues. Pero son tan pocas, si son algunas, las figuras verdaderamente grandes que se levantan sobre la línea monótona del horizonte actual, que no resisto a la tentación de presentar a los lectores en pocas palabras esta figura inmensa, de complexión reconfortante. Hasta el siglo XVIII las gentes solían buscar metódicamente un tratamiento de energía, para ponerse tenso el ánimo y proyectarlo hacia la aspiración de lo grande y valioso en la lectura de las vidas plutárqueas. Hay que forzar la vista a desviarse de la mediocridad en medio de la cual, más o menos, vivimos todos o alzarla hasta que se fije en las personalidades próceres que como filas de almas ingentes señalan los caminos reales de la historia. No se trata de heroes worship, de culto a los héroes como Carlyle proponía. No es culto, es interés. Los grandes hombres nos sirven como recordatorio de que habiendo sido posible lo grande siguen siendo posibles las grandes acciones.

II

Pero volvamos a Lassalle: treinta y nueve años de vida coruscante que cruza como un meteoro el cielo espiritual de Alemania. Nació en Breslau el año 1825, de padre judío, comerciante en sedas. Judío fue Lassalle: su estatura elevada, su talle delgado, sus gallardas maneras, su rostro bien labrado hicieron de él un espléndido ejemplar antropológico. Dicen que era hermoso: las mujeres enviaron contra él sus ejércitos y le halagaron e hicieron todo lo posible por apartarle de su idea, de aquella idea que debían penetrar e integrar su vida y hacer de ésta un todo compacto, vibrante, eficaz como la hoja de una espada. Pero era judío, y un judío no puede ser plenamente hermoso desde el punto de vista europeo, como no puede ser espiritualmente completo. Los judíos son un pueblo asiático inscrito en el ambiente europeo. Esta dualidad, esta antinomia de proceder de un continente y vivir trasplantados en otro dentro del cual forman una minoría numéricamente exigua, da al alma judía esa nota de inquietud, de interna escisión, de falta de unidad que incita a la desconfianza por parte de los europeos. Esa misma duplicidad de origen pone en los rostros judaico-europeos ciertos defectos de ritmo fisonómico que impiden a la belleza triunfar. Oncken, un historiador de Lassalle, dice muy justamente que tenía «una soberbia cabeza goethiana traducida al semita».

De 1842 a 1844 estudia Lassalle en la universidad de Breslau; del 44 al 45 en Berlín. Estudia filosofía y filología, no vayan ustedes a creer. Una filosofía que si alguna vez ha dado lugar la filosofía a que se la juzgue vaga actividad de lunáticos, pretencioso juego de palabras, fue en este caso: Hegel. Sin embargo, de Hegel nació la personalidad histórica de Lassalle y de Hegel nació Marx y de ambos el socialismo, que es la política más crudamente realista hasta ahora conocida. Lassalle a los veinte años era un mozo prodigioso: el celebérrimo filósofo Boeck, tal vez el más grande que ha habido en el siglo XIX, se sentía lleno de admiración por este estudiante genial y le auguraba una ejemplar carrera científica.

Pero la inteligencia de Lassalle tenía a su vera otros dos poderes enormes, a saber: una vanidad heroica, una vanidad estupenda y una genial sensibilidad para percibir la injusticia constituyente de la sociedad. Esto último, el sentido de la justicia en la historia es un rasgo muy característico de la raza judaica. Los pueblos europeos, sometiendo a esta raza bajo perennes tormentos, aherrojándola en las ghetti inmundas y en las excéntricas juderías, diezmándola de tiempo en tiempo, como en holocausto al Dios continental, la han educado para que se convierta en un órgano exquisito de reacción contra la injusticia. Y esta reacción es el radicalismo. Los judíos son revolucionarios natos. Desde la Primera Edad Media hasta la Rusia de nuestros días, se han entretenido los arios occidentales en matar hebreos, y la sangre judaica, conforme se iba enrareciendo, se purificaba, se sutilizaba, y hoy es ya pura energía, puro álcali corrosivo, pura inquietud, puro espíritu. Con mucho acierto dice Ferrero que los judíos viven hoy entre nosotros como un fermento y un reactivo, que impide el estancamiento y cristalización de las formas sociales y espirituales.

October 1911

A couple of weeks ago an old woman named Helena de Donniges put an end to her life in Munich by drinking a poison. A few days before, her husband, Mr. Schewitz, had died. Cause of the suicide: terror before imminent misery. This terror is not felt by one who does not know misery from intimate acquaintance. Helena de Donniges, Mrs. Schewitz, had previously been Mrs. Friedman.

But before, she had been applauded in the theatres where Helena decided to appear in order to come to the surface from her economic shipwreck. And before this theatrical stage there had been years of equivocal life, of falls and rebirths, of coming and going, of levity, of adventures. And before all this, Helena de Donniges was Mrs. de Racowitza: her husband, Janko de Racowitza, a young Rumanian prince, a handsome youth of Wallachia.

But all this lacks importance and does not justify speaking of it. Nevertheless, that life of trivial wanderings and vulgar irregularity is going to cross in the infinite with the triumphant trajectory of another individual who had the peculiarity of being a great man and of making imperishable whatever trifling thing he found in his path.

Shortly before Helena de Donniges married, her fiancé, the handsome Janko, had struck down in a duel with a pistol shot a colossus of the nineteenth century, Ferdinand Lassalle, who died two days later (28 August 1864). And behold how the dark and worthless life of this woman, for a moment illuminated by the radiant figure of Lassalle, suddenly becomes embroidered and shines and attracts us.

But, of course, this attraction must not be so great that we let ourselves go so far as to tell the life of this woman. What do the wanderings of a heart without essences and of a petty feminine brain matter to us? It is one of the symptoms of contemporary decline, that virtue of amusing oneself with what has no interest, with the insignificant. No: let us not tell concierge stories, biographies of flirtatious little women. Let us wage war on boudoir literature. Let us oppose to the insipid eroticism of a marrowless culture themes of virile worth, themes that are worth for their own sake. Now then: a life is only a theme of this kind when it is a life. And very few lives are truly a life. A woman’s life, for example, how rarely it is a life! Ordinarily the woman is born each morning and dies each night and wakes to live each day another life which has in common with that of the previous day only what one bead of the rosary has with the bead that precedes it. This is not misogyny, nor is it lack of gallantry. It is that, in truth, as a pretty Spanish song says, which the poor sing to the sound of their plaintive and greasy guitars:

First God made man

and then woman.

And this truth is being a little forgotten under the influence of a trivial psychology against which I already said something, speaking, a month ago, of Leonardo de Vinci.

Helena de Donniges has given herself death, and this event makes her life come out again from the darkness in which it lay. And we, in polemic with current psychology, ask ourselves: Who is he? Because the old question: Who is she? Cannot, at least should not, interest us if we are good stewards of our hours. We always know in advance who «she» is: she is anybody.

But he —he was every inch a man: this aquiline Ferdinand Lassalle, founder of the German workers’ party and in a certain way the decisive initiator of the boundless movement of hearts, of the irrupting diffuse sensibility that we call the socialist party.

Far more space than I have at my disposal would be needed to tell the life and some of the miracles of Lassalle: I do not attempt it, then. But so few, if any, are the truly great figures that rise above the monotonous line of the present horizon, that I cannot resist the temptation to present to the readers in a few words this immense figure, of heartening complexion. Down to the eighteenth century people used to seek methodically a treatment of energy, to brace the spirit and project it toward the aspiration to what is great and valuable, in the reading of Plutarchan lives. One must force the eye to turn away from the mediocrity in the midst of which, more or less, we all live, or raise it until it fixes upon the eminent personalities who, like ranks of huge souls, mark the royal roads of history. It is not a matter of heroes worship, of the cult of heroes as Carlyle proposed. It is not cult, it is interest. The great men serve us as a reminder that, the great having been possible, great actions remain possible.

II

But let us return to Lassalle: thirty-nine years of coruscating life that crosses like a meteor the spiritual sky of Germany. He was born in Breslau in the year 1825, of a Jewish father, a silk merchant. Jew was Lassalle: his lofty stature, his slender waist, his gallant manners, his well-wrought face made of him a splendid anthropological specimen. They say he was handsome: the women sent their armies against him and flattered him and did everything possible to turn him away from his idea, from that idea which had to penetrate and integrate his life and make of it a compact, vibrant whole, effective as the blade of a sword. But he was a Jew, and a Jew cannot be fully handsome from the European point of view, just as he cannot be spiritually complete. The Jews are an Asiatic people inscribed in the European environment. This duality, this antinomy of proceeding from one continent and living transplanted in another within which they form a numerically exiguous minority, gives the Jewish soul that note of uneasiness, of internal scission, of lack of unity that incites distrust on the part of Europeans. That same duplicity of origin places in the Jewish-European faces certain defects of physiognomic rhythm which prevent beauty from triumphing. Oncken, a historian of Lassalle, says very justly that he had «a superb Goethean head translated into Semitic».

From 1842 to 1844 Lassalle studies at the university of Breslau; from ‘44 to ‘45 in Berlin. He studies philosophy and philology, don’t you believe it. A philosophy that, if ever philosophy has given cause to be judged a vague activity of lunatics, a pretentious play of words, was in this case: Hegel. Nevertheless, from Hegel was born the historical personality of Lassalle and from Hegel was born Marx and from both, socialism, which is the crudest realist politics known thus far. Lassalle at twenty was a prodigious youth: the most celebrated philosopher Boeck, perhaps the greatest there has been in the nineteenth century, felt full of admiration for this brilliant student and augured him an exemplary scientific career.

But Lassalle’s intelligence had at its side two other enormous powers, namely: a heroic vanity, an astounding vanity, and a brilliant sensitivity for perceiving the constituent injustice of society. This last, the sense of justice in history, is a very characteristic trait of the Jewish race. The European peoples, subjecting this race to perennial torments, shackling it in filthy ghettos and in eccentric Jewries, decimating it from time to time, as in holocaust to the continental God, have educated it to become an exquisite organ of reaction against injustice. And this reaction is radicalism. The Jews are born revolutionaries. From the early Middle Ages down to the Russia of our days, the Western Aryans have amused themselves killing Hebrews, and the Jewish blood, as it grew rarer, purified itself, became subtle, and today it is already pure energy, pure corrosive alkali, pure uneasiness, pure spirit. With great accuracy Ferrero says that the Jews live today among us as a ferment and a reagent, which prevents the stagnation and crystallization of social and spiritual forms.

Ottobre 1911

Un paio di settimane fa mise fine alla sua vita a Monaco, bevendo un veleno, un’anziana che si chiamava Helena de Donniges. Pochi giorni prima era morto suo marito, il signor Schewitz. Causa del suicidio: terrore dinanzi alla miseria imminente. Questo terrore non lo sente chi non conosce per intimo tratto la miseria. Helena de Donniges, signora Schewitz, era stata prima la signora Friedman.

Ma prima era stata applaudita nei teatri dove Helena decise di presentarsi per venire a galla dal naufragio economico. E prima di questa tappa teatrale erano stati anni di vita equivoca, di cadute e rinascite, di andirivieni, di leggerezza, di avventure. E prima di tutto questo, Helena de Donniges era la signora de Racowitza: suo marito, Janko de Racowitza, un giovane principe rumeno, un bellissimo ragazzo di Valacchia.

Ma tutto questo manca di importanza e non giustifica che se ne parli. Tuttavia, quella vita di banali vagabondaggi e volgare irregolarità sta per incrociarsi nell’infinito con la traiettoria trionfante di un altro individuo che ebbe la peculiarità di essere un grande uomo e di rendere imperituro quanto di futile incontrò sul suo cammino.

Poco prima che Helena de Donniges si sposasse, il suo fidanzato, il bello Janko, aveva abbattuto in duello con un colpo di pistola un colosso del XIX secolo, Fernando Lassalle, che moriva due giorni dopo (28 agosto 1864). Ed ecco come la vita oscura e senza valore di questa donna, per un momento illuminata dalla figura raggiante di Lassalle, improvvisamente si ricama e brilla e ci attira.

Ma, naturalmente, questa attrazione non deve essere così grande da lasciarci andare fino a raccontare la vita di questa donna. Che cosa ci importano le peregrinazioni di un cuore senza essenze e di un piccolo cervello femminile? È uno dei sintomi della decadenza contemporanea quella virtù di dilettarsi con ciò che non ha interesse, con ciò che è insignificante. No: non raccontiamo storielle da portineria, biografie di donnette scioperate. Muoviamo guerra alla letteratura da boudoir. Opponiamo all’insipido erotismo di una cultura senza midollo temi di valore virile, temi che valgono per sé stessi. Orbene: una vita è solo un tema di questo genere quando è una vita. E pochissime vite sono veramente una vita. Una vita di donna, per esempio, quanto raramente è una vita! Di solito la donna nasce ogni mattina e muore ogni sera e si sveglia per vivere ogni giorno un’altra vita che ha in comune con quella del giorno precedente solo ciò che un grano del rosario ha col grano che lo precede. Non è questo misoginia, né mancanza di galanteria. È che, in verità, come dice un bel cantare spagnolo che i poveri cantano al suono delle loro chitarre lamentose e unte:

Prima fece Dio l’uomo

e poi la donna.

E questa verità si va un po’ dimenticando sotto l’influsso di una psicologia triviale contro la quale dissi già qualcosa, parlando, un mese fa, di Leonardo de Vinci.

Helena de Donniges si è data da sé la morte, e questo avvenimento fa sì che la sua vita esca di nuovo dall’oscurità in cui giaceva. E noi in polemica con la psicologia corrente ci domandiamo: Chi è lui? Perché la vecchia domanda: Chi è lei? Non può, non deve almeno interessarci, se siamo buoni amministratori delle nostre ore. Sappiamo sempre in anticipo chi è «lei»: lei è una qualunque.

Ma lui —lui era tutto un uomo: questo aquilino Fernando Lassalle, fondatore del partito operaio tedesco e in certo modo decisivo iniziatore dell’illimitato movimento dei cuori, della irrompente sensibilità diffusa che chiamiamo partito socialista.

Ben più spazio di quello di cui dispongo sarebbe necessario per raccontare la vita e alcuni dei miracoli di Lassalle: non lo tento, dunque. Ma sono così poche, se pure ce ne sono, le figure veramente grandi che si levano sulla linea monotona dell’orizzonte attuale, che non resisto alla tentazione di presentare ai lettori in poche parole questa figura immensa, di complessione ristoratrice. Fino al XVIII secolo le genti solevano cercare metodicamente un trattamento di energia, per mettere in tensione l’animo e proiettarlo verso l’aspirazione al grande e al prezioso, nella lettura delle vite plutarchee. Bisogna forzare la vista a deviare dalla mediocrità in mezzo alla quale, più o meno, viviamo tutti, o sollevarla finché non si fissi sulle personalità eccelse che come file di anime ingenti segnano le vie reali della storia. Non si tratta di eroi culto, di culto degli eroi come Carlyle proponeva. Non è culto, è interesse. I grandi uomini ci servono come monito che, essendo stato possibile il grande, restano possibili le grandi azioni.

II

Ma torniamo a Lassalle: trentanove anni di vita corruscante che attraversa come un meteoro il cielo spirituale della Germania. Nacque a Breslau nell’anno 1825, da padre ebreo, commerciante in sete. Ebreo fu Lassalle: la sua statura elevata, il suo portamento snello, le sue baldanzose maniere, il suo volto ben scolpito fecero di lui uno splendido esemplare antropologico. Dicono che fosse bello: le donne mandarono contro di lui i loro eserciti e lo lusingarono e fecero tutto il possibile per distoglierlo dalla sua idea, da quell’idea che doveva penetrare e integrare la sua vita e fare di questa un tutto compatto, vibrante, efficace come la lama di una spada. Ma era ebreo, e un ebreo non può essere pienamente bello dal punto di vista europeo, come non può essere spiritualmente completo. Gli ebrei sono un popolo asiatico inscritto nell’ambiente europeo. Questa dualità, questa antinomia di provenire da un continente e vivere trapiantati in un altro dentro il quale formano una minoranza numericamente esigua, dà all’anima ebraica quella nota di inquietudine, di interna scissione, di mancanza di unità che incita alla diffidenza da parte degli europei. Quella stessa duplicità di origine mette nei volti giudaico-europei certi difetti di ritmo fisionomico che impediscono alla bellezza di trionfare. Oncken, uno storico di Lassalle, dice molto giustamente che aveva «una superba testa goethiana tradotta in semita».

Dal 1842 al 1844 studia Lassalle nell’università di Breslau; dal 44 al 45 a Berlino. Studia filosofia e filologia, non crediate mica. Una filosofia che, se mai la filosofia ha dato luogo a che la si giudichi vaga attività di lunatici, pretenzioso gioco di parole, fu in questo caso: Hegel. Tuttavia, da Hegel nacque la personalità storica di Lassalle e da Hegel nacque Marx e da entrambi il socialismo, che è la politica più crudamente realista finora conosciuta. Lassalle a vent’anni era un giovane prodigioso: il celeberrimo filosofo Boeck, forse il più grande che sia esistito nel XIX secolo, si sentiva pieno di ammirazione per questo studente geniale e gli augurava una esemplare carriera scientifica.

Ma l’intelligenza di Lassalle aveva al suo fianco altri due enormi poteri, vale a dire: una vanità eroica, una vanità stupenda, e una geniale sensibilità per percepire l’ingiustizia costitutiva della società. Quest’ultima cosa, il senso della giustizia nella storia, è un tratto molto caratteristico della razza giudaica. I popoli europei, sottoponendo questa razza a perpetui tormenti, incatenandola negli immondi ghetti e nelle eccentriche giudecche, decimandola di tempo in tempo, come in olocausto al Dio continentale, l’hanno educata perché si convertisse in un organo squisito di reazione contro l’ingiustizia. E questa reazione è il radicalismo. Gli ebrei sono rivoluzionari nati. Dalla prima Età di Mezzo fino alla Russia dei nostri giorni, gli arii occidentali si sono dilettati a uccidere ebrei, e il sangue giudaico, via via che si rarefaceva, si purificava, si sottilizzava, e oggi è già pura energia, pura liscivia corrosiva, pura inquietudine, puro spirito. Con molto acume dice Ferrero che gli ebrei vivono oggi tra noi come un fermento e un reattivo, che impedisce il ristagno e la cristallizzazione delle forme sociali e spirituali.

Así Lassalle. «Había —escribe su único biógrafo condigno, el dinamarqués y judío Jorge Brandes— algo de César en este mozo, a quien las tímidas gentes burguesas iban a tomar poco después por un Catilina. Fue creado para el poder, se hallaba ungido para dominador; pero como no naciera príncipe, ni noble, sino que era oriundo de la clase media y de una raza postergada, se convirtió en pensador, demócrata y revolucionario, a fin de penetrar por este camino en el elemento para que había sido hecho». Era, con efecto, ostentoso y amigo de la vida delicada: andando los años, condujo en Berlín una existencia espléndida: sus soirées reunían lo más preclaro de ambos sexos, y su cocinero de París gozaba general nombradía. Un ambicioso en grande, como hoy ya no se usa. Y esta su ambición da a su fisonomía, como señala el mismo Brandes, proporciones clásicas, una silueta de Plutarco. Años después de su muerte, dijo Bismarck en el Parlamento, contestando a una interpelación de Bebel, sobre las relaciones del príncipe con Lassalle: «Era ambicioso en grande estilo, y tal vez llegó a dudar si el imperio alemán había de formarse bajo la dinastía Hohenzollern o bajo la dinastía Lassalle».

Pues bien; este sabio de veintitrés años, que vive sumido en los textos arcaicos de los filósofos presocráticos, aparece súbitamente en un escenario que nadie sospecharía. Una dama de la más alta aristocracia sajona, Sofía de Hatzfeldt, casada con un multimillonario, harta de malos tratos y de infinitas crueldades de todo género, a que éste la ha sometido, decide recobrar su independencia y con ella sus hijos y la fortuna que le es debida. Lassalle tropieza con ella, con la noble que, según parece, era hermosa, enérgica y artificiosa.

No se sabe a punto fijo si Lassalle se puso a arder en la belleza de la mujer o en la aureola de la aristócrata: ello es que el joven erudito, que ignora qué cosa sea un código, decide dedicar su vida a la restauración de la justicia maltrecha en la persona de la condesa. Comparte con ella, que abandonada de su marido vive en la miseria, la breve suma que los padres de él le envían para módica subsistencia de estudiante.

Y así, de un tirón, ocho años. El gesto sobrio y sin vacilación con que este muchacho tira por la ventana su porvenir y todo lo adquirido en su vida pasada y emprende una nueva vía sin horizontes ni promesas algunas para él es el síntoma eterno de la emotividad heroica, de la confianza en sí que distingue a todos los grandes, de la voluntad de plasmar la vida según el propio albedrío. El héroe no contrata nunca con la realidad: la arrebata, la toma al asalto. La realidad es del género femenino y se entrega a los varones osados.

Delante de treinta y seis tribunales defiende Lassalle a la condesa: vertiginosamente el filólogo, el dialéctico, se improvisa abogado. Y no un abogado cualquiera, sino uno de los más temibles de la época. En 1854 el optimate sajón tiene que rendirse al mancebo judío. La condesa entra en posesión de una gran fortuna y proporciona a Lassalle, según contrato hecho en los tiempos de derrota, una pensión vitalicia de 12.000 marcos. En aquellos años era esto la riqueza. La condesa y Lassalle no se separaron nunca: los amores, si los hubo, descendieron pronto —o se elevaron, ¿por qué no?— a un afecto de orden familiar, a un trato de madre e hijo.

III

Esta actividad perdida en un asunto privado no impidió a Lassalle brincar sobre las tablas del escenario político.

En 1845, había hecho un viaje a París con el fin de verificar la colación de algunos manuscritos griegos para una obra monumental sobre el más difícil de los filósofos habidos y por haber, el viejo, el arcaico, el equívoco Heráclito de Éfeso, a quien sus contemporáneos se complacieron en llamarle el Oscuro. Lassalle contaba veinte años y como tres después se abalanza sobre el enredo inextricable de la familia de Hatzfeldt y lucha frente a toda la influencia de la aristocracia y alto burocratismo sajón: así recién salido de los bancos escolares se confronta con un tema científico que parecía insuperable. Y claro es que lo vence Lassalle, mientras fue dueño de su espíritu, no dejó ninguna empresa inconclusa. En cierto modo constituye el tipo opuesto a un Leonardo da Vinci, perpetuo emprendedor que nada acima ni cumple ni acaba. El temperamento político se diferencia en esto del especulativo. La especulación puede ser sólo ensayo: la política es consecución. Mero ensayo quiere decir en política fracaso.

Pasa Lassalle por París y se pone en contacto con el radicalismo francés, y saca unos últimos chispazos de entusiasmo y esperanza al astro moribundo de Enrique Heine que yace encorvado y casi ciego, roto el corazón impuro, sellada su pluma por reales pensiones. «Le envío a usted un nuevo Mirabeau», escribe Heine poco después a un amigo de Berlín presentándole a Lassalle. Más tarde el encomio había de crecer hasta una expresión barroca: «Lassalle es el Mesías del siglo diez y nueve».

En 1848, a la hora de la revolución por las constituciones hace Lassalle su primera campaña de agitación por el Rin y organiza la resistencia activa. Acusado de excitar a la rebelión se defiende ante el tribunal, mejor dicho, no se defiende.

Con este discurso comienza propiamente la serie de las oraciones políticas de Lassalle, que forman lo más vivo, tal vez lo inmortal de sus obras. Parece un cuento, pero es así: la mayoría de los discursos agitadores que Lassalle en su breve vida pronunció, los pronunció ante los tribunales para defenderse de procesos que en sarta interminable caían sobre él. Lassalle, como digo, más que defenderse acusa y ataca al ministerio de la ley, al tribunal mismo. Su oratoria es positiva: la presión raciocinante de la dialéctica hegeliana da un vigor y una substancia a sus argumentos, al ritmo general de la oratoria, que hoy producen exactamente el mismo efecto que el día en que fueron dichos. De cuando en cuando surgen de la prosa conceptual y demostrativa, de las citas técnicas, de las noticias estadísticas magníficas metáforas nunca superfluas, que como advierte Brandes son siempre expresión condensada de un argumento definitivo. Con la palabra en los labios y ante un auditorio y mejor si el auditorio es adverso. Lassalle se convierte en un hombre innumerable, en legión; es inagotable, incansable, incontrastable. Llueve golpe sobre golpe, cambia cien veces el tono del discurso, avanza en el ánimo de los oyentes, a poco se da el lujo de repelerlos, se burla y amenaza, ora agresivo ora claro y científico como un tratado. Si el presidente le interrumpe coge en el aire la interrupción, envuelve en ella a su autor y lo arroja a los pies de la asamblea inutilizado. Es increíble: yo pienso sinceramente que si Lassalle hubiera nacido en países donde existe la tradición del ágora, de la vida en la plaza pública, contaríamos hoy los años para los efectos de la realidad política por la fecha 2000.

Sin embargo, esta primera vez Lassalle tuvo que pasar unos meses en la cárcel. Luego el asunto Hatzfeldt le retuvo de nuevo íntegramente. Cuando en 1854 terminó este pleito la vida política dormitaba en Alemania. Lassalle vuelve a sus primitivas ambiciones y venciendo la resistencia de la policía que no le consiente la estancia en Berlín se traslada a esta capital y publica su Filosofía de Heráclito el Oscuro. No mucho después aparece su obra monumental sobre filosofía del derecho, donde corrige y fructifica el hegelianismo: Sistema de los derechos adquiridos.

Rodéale una envidiable fama de sabio, vive en el lujo y la fruición. Un marido enojado le provoca a un duelo: Lassalle no lo acepta, por considerar que el duelo es incompatible con la democracia. El marido enojado, en unión de otro amigo, cae sobre él en el paseo Tiergarten: Lassalle apalea a los agresores ejemplarmente. Escándalo colosal. Un profesor de historia le regala el bastón de Robespierre. La policía lo destierra de Berlín.

De 1859 a 1864, realiza Lassalle, aparte la obra magna de derecho arriba citada, toda la labor de publicista y revolucionario, de pensador y de político que le da un puesto egregio en la historia. Va de ciudad en ciudad creando, por decirlo así, de la nada, la conciencia colectiva de los obreros; a cada discurso en asambleas públicas sucede un proceso y un discurso ante los tribunales. Pero Lassalle lleva clavada en su cerebro y en sus entrañas la idea grandiosa de las reivindicaciones proletarias, del nuevo Estado socializado que ha de venir a superar no sólo el Estado antiguo patrimonial sino el actual Estado individualista. Combate rudamente a los liberales; escribe panfletos contra ellos; se enemista la prensa íntegra de Alemania y se revuelve él solo contra ella.

Thus Lassalle. «There was —writes his only worthy biographer, the Dane and Jew George Brandes— something of Caesar in this youth, whom the timid bourgeois folk were going to take, a little later, for a Catiline. He was created for power, he was anointed for dominance; but as he was born neither prince nor nobleman, but was of middle-class origin and of a disregarded race, he became thinker, democrat and revolutionary, in order to penetrate by this road into the element for which he had been made.» He was, in effect, ostentatious and a friend of delicate living: as the years went by, he led in Berlin a splendid existence: his soirées gathered the most illustrious of both sexes, and his Paris cook enjoyed general renown. An ambitious man on a grand scale, as is no longer the fashion today. And this ambition of his gives to his physiognomy, as the same Brandes points out, classical proportions, a silhouette from Plutarch. Years after his death, Bismarck said in Parliament, answering an interpellation of Bebel, on the prince’s relations with Lassalle: «He was ambitious in the grand style, and perhaps came to doubt whether the German empire was to be formed under the Hohenzollern dynasty or under the Lassalle dynasty.»

Well then; this sage of twenty-three, who lives immersed in the archaic texts of the pre-Socratic philosophers, suddenly appears on a stage that no one would suspect. A lady of the highest Saxon aristocracy, Sophie de Hatzfeldt, married to a multi-millionaire, weary of the ill-treatment and the infinite cruelties of every kind to which he has subjected her, decides to recover her independence and with it her children and the fortune that is due to her. Lassalle comes across her, with the noblewoman who, it seems, was beautiful, energetic and artificial.

It is not known for certain whether Lassalle began to burn in the beauty of the woman or in the aura of the aristocrat: the fact is that the young scholar, who does not know what a code is, decides to devote his life to the restoration of battered justice in the person of the countess. He shares with her, who, abandoned by her husband, lives in misery, the small sum that his parents send him for the modest subsistence of a student.

And so, at one pull, eight years. The sober gesture, without hesitation, with which this lad throws out of the window his future and everything acquired in his past life and undertakes a new way without horizons or any promises for himself, is the eternal symptom of heroic emotivity, of the self-confidence that distinguishes all the great, of the will to mould life according to one’s own will. The hero never contracts with reality: he snatches it, takes it by storm. Reality is of the feminine gender and gives itself to daring males.

Before thirty-six tribunals Lassalle defends the countess: vertiginously the philologist, the dialectician, improvises himself lawyer. And not just any lawyer, but one of the most formidable of the age. In 1854 the Saxon optimate has to surrender to the Jewish youth. The countess comes into possession of a great fortune and provides Lassalle, according to the contract made in the times of defeat, a life annuity of 12,000 marks. In those years that was wealth. The countess and Lassalle never separated: their loves, if there were any, soon descended —or rose, why not?— to an affection of a family order, to a mother-and-son relationship.

III

This activity lost in a private affair did not prevent Lassalle from leaping onto the boards of the political stage.

In 1845 he had made a trip to Paris with the aim of verifying the collation of some Greek manuscripts for a monumental work on the most difficult of all philosophers that have been or will be, the old, the archaic, the equivocal Heraclitus of Ephesus, whom his contemporaries were pleased to call the Obscure. Lassalle was twenty years old and some three years later he flings himself upon the inextricable tangle of the Hatzfeldt family and fights against all the influence of the Saxon aristocracy and high bureaucracy: thus, just out of the school benches, he confronts a scientific subject that seemed insuperable. And, of course, Lassalle conquers it; as long as he was master of his spirit, he left no enterprise unfinished. In a certain way he constitutes the opposite type to a Leonardo da Vinci, perpetual enterpriser who begins nothing nor completes nor finishes. The political temperament differs in this from the speculative. Speculation can be only an essay: politics is attainment. Mere essay means in politics failure.

Lassalle passes through Paris and puts himself in contact with French radicalism, and draws a few last sparks of enthusiasm and hope from the dying star of Heinrich Heine, who lies bent over and almost blind, his impure heart broken, his pen sealed by royal pensions. «I send you a new Mirabeau», writes Heine shortly after to a friend in Berlin, presenting Lassalle to him. Later the eulogy was to grow to a baroque expression: «Lassalle is the Messiah of the nineteenth century».

In 1848, at the hour of the revolution for constitutions, Lassalle makes his first agitation campaign along the Rhine and organizes active resistance. Accused of inciting to rebellion, he defends himself before the tribunal, or rather, he does not defend himself.

With this speech begins properly the series of Lassalle’s political orations, which form the most living, perhaps the immortal part of his works. It seems a tale, but so it is: most of the agitating speeches that Lassalle in his brief life pronounced, he pronounced before the tribunals to defend himself against trials that in endless succession fell upon him. Lassalle, as I say, more than defending himself accuses and attacks the ministry of the law, the tribunal itself. His oratory is positive: the reasoning pressure of Hegelian dialectics gives a vigor and a substance to his arguments, to the general rhythm of the oratory, which today produce exactly the same effect as on the day they were spoken. From time to time there arise from the conceptual and demonstrative prose, from the technical quotations, from the statistical news, magnificent metaphors, never superfluous, which, as Brandes notes, are always a condensed expression of a definitive argument. With the word on his lips and before an audience, and better if the audience is adverse. Lassalle becomes an innumerable man, a legion; he is inexhaustible, untiring, unassailable. It rains blow upon blow, he changes a hundred times the tone of the speech, he advances in the minds of his hearers, presently he affords himself the luxury of repelling them, he mocks and threatens, now aggressive, now clear and scientific as a treatise. If the president interrupts him, he catches the interruption in the air, wraps its author in it and throws him at the feet of the assembly, spent. It is incredible: I sincerely think that if Lassalle had been born in countries where the tradition of the agora exists, of life in the public square, we would count today the years for the effects of political reality from the date 2000.

However, this first time Lassalle had to spend a few months in prison. Then the Hatzfeldt affair detained him again entirely. When in 1854 this lawsuit ended, political life was dozing in Germany. Lassalle returns to his primitive ambitions and, overcoming the resistance of the police who do not allow him to stay in Berlin, moves to this capital and publishes his Philosophy of Heraclitus the Obscure. Not much later appears his monumental work on the philosophy of law, where he corrects and fructifies Hegelianism: System of Acquired Rights.

An enviable fame of sage surrounds him, he lives in luxury and fruition. An angry husband provokes him to a duel: Lassalle does not accept it, considering that the duel is incompatible with democracy. The angry husband, together with another friend, falls upon him on the Tiergarten promenade: Lassalle gives the aggressors an exemplary beating. Colossal scandal. A professor of history gives him Robespierre’s cane. The police banish him from Berlin.

From 1859 to 1864, Lassalle carries out, apart from the great work on law cited above, all the labor of publicist and revolutionary, of thinker and politician, that gives him an eminent place in history. He goes from city to city creating, so to speak, out of nothing, the collective consciousness of the workers; each speech in public assemblies is followed by a trial and a speech before the tribunals. But Lassalle carries fixed in his brain and in his entrails the grandiose idea of proletarian vindications, of the new socialized State that must come to surpass not only the old patrimonial State but the present individualist State. He combats the liberals rudely; he writes pamphlets against them; he makes an enemy of the whole press of Germany and turns alone against it.

Così Lassalle. «C’era —scrive il suo unico biografo condigno, il danese ed ebreo Jorge Brandes— qualcosa di Cesare in questo giovane, che le timide genti borghesi andranno poco dopo a prendere per un Catilina. Fu creato per il potere, si trovava unto per dominatore; ma siccome non nacque principe, né nobile, ma era originario della classe media e di una razza postergata, si convertì in pensatore, democratico e rivoluzionario, al fine di penetrare per questa via nell’elemento per cui era stato fatto». Era, in effetti, ostentoso e amico della vita delicata: andando avanti negli anni, condusse a Berlino un’esistenza splendida: le sue soirée riunivano il fiore più illustre di entrambi i sessi, e il suo cuoco di Parigi godeva di generale rinomanza. Un ambizioso in grande, come oggi non se ne usa più. E questa sua ambizione dà alla sua fisionomia, come segnala lo stesso Brandes, proporzioni classiche, una silhouette da Plutarco. Anni dopo la sua morte, disse Bismarck nel Parlamento, rispondendo a una interpellanza di Bebel, sulle relazioni del principe con Lassalle: «Era ambizioso in grande stile, e forse arrivò a dubitare se l’impero tedesco dovesse formarsi sotto la dinastia Hohenzollern o sotto la dinastia Lassalle».

Ebbene; questo sapiente di ventitré anni, che vive immerso nei testi arcaici dei filosofi presocratici, appare improvvisamente su un palcoscenico che nessuno sospetterebbe. Una dama della più alta aristocrazia sassone, Sofia de Hatzfeldt, sposata con un miliardario, stufa dei maltrattamenti e delle infinite crudeltà di ogni genere a cui questi l’ha sottoposta, decide di recuperare la sua indipendenza e con essa i suoi figli e la fortuna che le è dovuta. Lassalle si imbatte in lei, nella nobile che, a quanto pare, era bella, energica e artificiosa.

Non si sa con precisione se Lassalle si mise ad ardere nella bellezza della donna o nell’aureola dell’aristocratica: sta di fatto che il giovane erudito, che ignora che cosa sia un codice, decide di dedicare la sua vita al ripristino della giustizia malconcia nella persona della contessa. Divide con lei, che, abbandonata dal marito, vive nella miseria, la breve somma che i genitori di lui gli inviano per la modica sussistenza di studente.

E così, tutto d’un fiato, otto anni. Il gesto sobrio e senza esitazione con cui questo ragazzo butta dalla finestra il suo avvenire e tutto quanto acquisito nella sua vita passata e intraprende una nuova via senza orizzonti né promesse alcune per sé è il sintomo eterno dell’emotività eroica, della fiducia in sé che distingue tutti i grandi, della volontà di plasmare la vita secondo il proprio arbitrio. L’eroe non contratta mai con la realtà: la rapisce, la prende d’assalto. La realtà è del genere femminile e si consegna ai maschi audaci.

Davanti a trentasei tribunali difende Lassalle la contessa: vertiginosamente il filologo, il dialettico, si improvvisa avvocato. E non un avvocato qualunque, ma uno dei più temibili dell’epoca. Nel 1854 l’optimate sassone deve arrendersi al giovane ebreo. La contessa entra in possesso di una grande fortuna e procura a Lassalle, secondo il contratto fatto nei tempi della sconfitta, una pensione vitalizia di 12.000 marchi. In quegli anni questo era la ricchezza. La contessa e Lassalle non si separarono mai: gli amori, se vi furono, discesero presto —o si elevarono, perché no?— a un affetto di ordine familiare, a un rapporto di madre e figlio.

III

Questa attività perduta in un affare privato non impedì a Lassalle di balzare sulle tavole del palcoscenico politico.

Nel 1845 aveva fatto un viaggio a Parigi con il fine di verificare la collazione di alcuni manoscritti greci per un’opera monumentale sul più difficile dei filosofi esistiti ed esistenti, il vecchio, l’arcaico, l’equivoco Eraclito di Efeso, che i suoi contemporanei si compiacquero di chiamare l’Oscuro. Lassalle contava vent’anni e come tre dopo si avventa sull’inesplicabile garbuglio della famiglia de Hatzfeldt e lotta contro tutta l’influenza dell’aristocrazia e dell’alto burocratismo sassone: così appena uscito dai banchi scolastici si confronta con un tema scientifico che sembrava insuperabile. E, com’è chiaro, lo vince Lassalle; finché fu padrone del suo spirito non lasciò alcuna impresa inconclusa. In certo modo costituisce il tipo opposto a un Leonardo da Vinci, perpetuo intraprenditore che nulla inizia né porta a termine né finisce. Il temperamento politico si differenzia in questo dallo speculativo. La speculazione può essere soltanto saggio: la politica è conseguimento. Mero saggio vuol dire in politica fallimento.

Passa Lassalle per Parigi e si mette in contatto con il radicalismo francese, e trae alcuni ultimi sprazzi di entusiasmo e speranza dall’astro morente di Enrico Heine che giace incurvato e quasi cieco, rotto il cuore impuro, suggellata la sua penna da reali pensioni. «Le invio un nuovo Mirabeau», scrive Heine poco dopo a un amico di Berlino presentandogli Lassalle. Più tardi l’encomio doveva crescere fino a una espressione barocca: «Lassalle è il Messia del secolo diciannove».

Nel 1848, all’ora della rivoluzione per le costituzioni, fa Lassalle la sua prima campagna di agitazione lungo il Reno e organizza la resistenza attiva. Accusato di eccitare alla ribellione si difende dinanzi al tribunale, anzi, non si difende.

Con questo discorso comincia propriamente la serie delle orazioni politiche di Lassalle, che formano il più vivo, forse l’immortale, delle sue opere. Sembra un racconto, ma è così: la maggior parte dei discorsi agitatori che Lassalle nella sua breve vita pronunciò, li pronunciò dinanzi ai tribunali per difendersi da processi che in sfilata interminabile cadevano su di lui. Lassalle, come dico, più che difendersi accusa e attacca il ministero della legge, il tribunale stesso. La sua oratoria è positiva: la pressione raziocinante della dialettica hegeliana dà un vigore e una sostanza ai suoi argomenti, al ritmo generale dell’oratoria, che oggi producono esattamente lo stesso effetto del giorno in cui furono detti. Di quando in quando sorgono dalla prosa concettuale e dimostrativa, dalle citazioni tecniche, dalle notizie statistiche, magnifiche metafore mai superflue, che, come avverte Brandes, sono sempre espressione condensata di un argomento definitivo. Con la parola sulle labbra e dinanzi a un uditorio, e meglio se l’uditorio è avverso. Lassalle si converte in un uomo innumerevole, in legione; è inesauribile, instancabile, incontrastabile. Piove colpo su colpo, cambia cento volte il tono del discorso, avanza nell’animo degli ascoltatori, a poco si dà il lusso di respingerli, si burla e minaccia, ora aggressivo ora chiaro e scientifico come un trattato. Se il presidente lo interrompe, coglie al volo l’interruzione, vi avvolge il suo autore e lo getta ai piedi dell’assemblea inutilizzato. È incredibile: io penso sinceramente che se Lassalle fosse nato in paesi dove esiste la tradizione dell’agorà, della vita nella piazza pubblica, conteremmo oggi gli anni per gli effetti della realtà politica a partire dalla data 2000.

Tuttavia, questa prima volta Lassalle dovette passare alcuni mesi in prigione. Poi la faccenda Hatzfeldt lo trattenne di nuovo integralmente. Quando nel 1854 terminò questa lite la vita politica sonnecchiava in Germania. Lassalle ritorna alle sue primitive ambizioni e, vincendo la resistenza della polizia che non gli consente la permanenza a Berlino, si trasferisce in questa capitale e pubblica la sua Filosofia di Eraclito l’Oscuro. Non molto dopo appare la sua opera monumentale sulla filosofia del diritto, dove corregge e fa fruttificare l’hegelismo: Sistema dei diritti acquisiti.

Lo circonda un’invidabile fama di sapiente, vive nel lusso e nel godimento. Un marito adirato lo provoca a duello: Lassalle non lo accetta, perché considera che il duello è incompatibile con la democrazia. Il marito adirato, in unione con un altro amico, gli piomba addosso nel viale Tiergarten: Lassalle bastona esemplarmente gli aggressori. Scandalo colossale. Un professore di storia gli regala il bastone di Robespierre. La polizia lo esilia da Berlino.

Dal 1859 al 1864, realizza Lassalle, oltre l’opera magna di diritto sopra citata, tutto il lavoro di pubblicista e rivoluzionario, di pensatore e di politico che gli dà un posto egregio nella storia. Va di città in città creando, per così dire, dal nulla, la coscienza collettiva degli operai; a ogni discorso nelle assemblee pubbliche succede un processo e un discorso dinanzi ai tribunali. Ma Lassalle porta conficcata nel suo cervello e nelle sue viscere l’idea grandiosa delle rivendicazioni proletarie, del nuovo Stato socializzato che deve venire a superare non soltanto l’antico Stato patrimoniale ma l’attuale Stato individualista. Combatte rudemente i liberali; scrive panflet contro di loro; si inimica la stampa intera della Germania e si rivolta lui solo contro di essa.

Bismarck se siente atraído por el vórtice de atracción irresistible que forma la actuación de este hombre: Lassalle y Bismarck conferencian y el canciller recibe una impresión imborrable de aquella personalidad viril, clarovidente e infinitamente enérgica.

En estos años, cada minuto de la vida de Lassalle encierra una actividad increíble: conferencias, disputas, polémicas, libros, correspondencias, organización… En 1863, por fin, funda Lassalle la «Sociedad general de trabajadores» y firma una página imborrable de la historia humana. Pero sus ocupaciones se multiplican. El héroe empieza a rendirse, a sentirse cansado y como roto. Los obreros no responden debidamente a su campaña, la faena es excesiva. Se siente enfermo y sospechas de acabamiento aparecen en sus cartas de esta época. Sin embargo, Alemania entera tiene puesta en él la vista. Su popularidad es incalculable.

IV

En el verano de 1864 va a tomar unos baños en Suiza, a descansar, a reponerse. Para mí no hay duda de que Lassalle, cuando parte para este viaje, ha perdido ya la plenitud de su posesión mental.

En Suiza se encuentra con Helena de Donniges, una linda aristócrata de Baviera que andaba de tiempo atrás en derredor suyo. Lassalle se entrega, se enamora como un amante. Ella le llama su «águila» mirando el cielo limpio de los Alpes. Pero los padres de ella no aceptan la alianza con un judío que es además un revolucionario. Helena se halla dispuesta a huir con su gran hombre y va a buscar a éste al hotel donde vive en Ginebra. Lassalle tiene un golpe fatal de caballerosidad, una de sus salidas teatrales y conduce a la entusiasta mujer a casa de una familia amiga. Allí la recogen sus padres: la amenazan, la maltratan, llaman a su antiguo novio, el joven príncipe rumano Janko de Racowitza. Total: Helena recoge su entusiasmo, sus palabras y promesas aprisionadas como se recogen los utensilios de tocador una vez concluido el aseo. Hasta se olvida de que Lassalle le ha prometido hacer de ella la Presidenta de la República Alemana. (En estas conversaciones infantiles de sus últimos días muestra Lassalle que no rige ya su plenaria inteligencia ni su eficaz voluntad: y de las ruinas de su personalidad ascienden a la superficie solas y caricaturescas su vanidad semítica y su interna inquietud y dualidad de judío).

En tanto el «águila» democrática que por primera vez presiente una resistencia insuperable eleva, por contradicción, al paroxismo su apasionamiento, pierde todo compás, toda claridad de visión, remueve el mundo para vencer la negativa del señor de Donniges, hasta pide al obispo Ketteler que intervenga prometiendo inclusive pasar a la religión católica. Con ser trágico este último detalle aumenta su significación si se advierte que la familia Donniges no era católica y que Lassalle se hallaba tan fuera de sí, que no recordó esta circunstancia.

Sobre todo, se resistía a creer que Helena no le pertenecía ya sentimentalmente: era demasiado cruel esto para su vanidad. Ni aún la declaración firmada de la damisela pudo convencerle. Todo esto es tanto más anormal, cuanto que el gran político supo siempre en su trato con las mujeres conservar un absoluto dominio de la situación y hasta una triunfante tibieza.

En fin, llegado a las postrimerías de la exasperación, él, el demócrata, el enemigo del duelo, envió una provocación tremebunda al padre y al novio de Helena. El novio acudió primero y de un balazo derribó al gigante. Boeck escribió sobre su tumba: Aquí yace lo que es mortal de Fernando Lassalle, pensador y luchador.

Este fin de novela a lo Jorge Ohnet, este fin, por consiguiente, ridículo no rima, no casa con la vida de este «alma hirviente», como Lassalle decía de su propia alma. Porque su vida fue en verdad lo que en uno de sus discursos formula él mismo: «La alianza de la ciencia y los obreros es la labor a que he jurado dedicar mi existencia». Vivió una idea. ¿Qué tiene que ver con esto el suave reír y el talle armonioso de una damisela?

La Prensa, 12 de diciembre de 1911

Bismarck feels attracted by the vortex of irresistible attraction that the acting of this man forms: Lassalle and Bismarck confer, and the chancellor receives an indelible impression of that virile, clairvoyant and infinitely energetic personality.

In these years, every minute of Lassalle’s life contains an incredible activity: lectures, disputes, polemics, books, correspondences, organization… In 1863, at last, Lassalle founds the «General Society of Workers» and signs an indelible page of human history. But his occupations multiply. The hero begins to yield, to feel tired and as if broken. The workers do not respond duly to his campaign, the task is excessive. He feels ill and suspicions of his ending appear in his letters of this period. Nevertheless, all Germany has its eyes upon him. His popularity is incalculable.

IV

In the summer of 1864 he goes to take the waters in Switzerland, to rest, to recover. For me there is no doubt that Lassalle, when he leaves for this journey, has already lost the fullness of his mental possession.

In Switzerland he meets Helena de Donniges, a pretty aristocrat of Bavaria who had been hovering around him for some time. Lassalle gives himself up, falls in love like a lover. She calls him her «eagle» looking at the clear sky of the Alps. But her parents do not accept the alliance with a Jew who is moreover a revolutionary. Helena is ready to flee with her great man and goes to look for him at the hotel where he lives in Geneva. Lassalle has a fatal stroke of chivalry, one of his theatrical sallies, and conducts the enthusiastic woman to the house of a friendly family. There her parents pick her up: they threaten her, ill-treat her, call her former fiancé, the young Rumanian prince Janko de Racowitza. In short: Helena gathers up her enthusiasm, her words and promises imprisoned, as one gathers up the toilet articles once the washing is finished. She even forgets that Lassalle has promised her to make of her the President of the German Republic. (In these childish conversations of his last days Lassalle shows that his full intelligence no longer rules him, nor his effective will: and from the ruins of his personality there rise to the surface, alone and caricatural, his Semitic vanity and his inner uneasiness and duality of Jew).

Meanwhile the democratic «eagle», who for the first time senses an insuperable resistance, raises, by contradiction, to paroxysm his passion, loses all measure, all clarity of vision, moves the world to overcome the refusal of Mr. de Donniges, even asks bishop Ketteler to intervene, promising even to pass over to the Catholic religion. Tragic as this last detail is, it increases its significance if one notes that the Donniges family was not Catholic and that Lassalle was so beside himself that he did not remember this circumstance.

Above all, he resisted believing that Helena no longer belonged to him sentimentally: this was too cruel for his vanity. Not even the signed declaration of the damsel could convince him. All this is all the more abnormal, as the great politician always knew, in his dealings with women, how to preserve an absolute mastery of the situation and even a triumphant tepidity.

In short, arrived at the last throes of exasperation, he, the democrat, the enemy of the duel, sent a frightful provocation to Helena’s father and fiancé. The fiancé came first and with a pistol shot struck down the giant. Boeck wrote upon his tomb: Here lies what is mortal of Ferdinand Lassalle, thinker and fighter.

This ending in the style of a Jorge Ohnet novel, this ending, consequently, ridiculous, does not rhyme, does not fit with the life of this «boiling soul», as Lassalle said of his own soul. Because his life was in truth what in one of his speeches he himself formulates: «The alliance of science and the workers is the task to which I have sworn to devote my existence». He lived an idea. What has to do with this the soft laughter and the harmonious waist of a damsel?

La Prensa, 12 December 1911

Bismarck si sente attratto dal vortice di attrazione irresistibile che forma l’azione di quest’uomo: Lassalle e Bismarck conferiscono e il cancelliere riceve un’impressione indelebile di quella personalità virile, chiaroveggente e infinitamente energica.

In questi anni, ogni minuto della vita di Lassalle racchiude un’attività incredibile: conferenze, dispute, polemiche, libri, corrispondenze, organizzazione… Nel 1863, infine, fonda Lassalle la «Società generale dei lavoratori» e firma una pagina indelebile della storia umana. Ma le sue occupazioni si moltiplicano. L’eroe comincia a cedere, a sentirsi stanco e come rotto. Gli operai non rispondono debitamente alla sua campagna, la fatica è eccessiva. Si sente malato e sospetti di fine appaiono nelle sue lettere di questa epoca. Tuttavia, la Germania intera ha gli occhi puntati su di lui. La sua popolarità è incalcolabile.

IV

Nell’estate del 1864 va a prendere dei bagni in Svizzera, a riposare, a ristabilirsi. Per me non c’è dubbio che Lassalle, quando parte per questo viaggio, ha già perduto la pienezza del suo possesso mentale.

In Svizzera si incontra con Helena de Donniges, una bella aristocratica di Baviera che da tempo le girava intorno. Lassalle si abbandona, si innamora come un amante. Ella lo chiama la sua «aquila» guardando il cielo limpido delle Alpi. Ma i genitori di lei non accettano l’alleanza con un ebreo che è inoltre un rivoluzionario. Helena si trova disposta a fuggire con il suo grande uomo e va a cercarlo nell’albergo dove vive a Ginevra. Lassalle ha un colpo fatale di cavalleria, una delle sue uscite teatrali, e conduce l’entusiasta donna a casa di una famiglia amica. Là la raccolgono i suoi genitori: la minacciano, la maltrattano, chiamano il suo antico fidanzato, il giovane principe rumeno Janko de Racowitza. In totale: Helena raccoglie il suo entusiasmo, le sue parole e promesse imprigionate come si raccolgono gli utensili da toeletta una volta conclusa la pulizia. Si dimentica persino che Lassalle le ha promesso di fare di lei la Presidentessa della Repubblica Tedesca. (In queste conversazioni infantili dei suoi ultimi giorni mostra Lassalle che non governa più la sua piena intelligenza né la sua efficace volontà: e dalle rovine della sua personalità salgono alla superficie sole e caricaturali la sua vanità semitica e la sua interna inquietudine e dualità di ebreo).

Intanto l’«aquila» democratica che per la prima volta presagisce una resistenza insuperabile eleva, per contraddizione, al parossismo il suo appassionamento, perde ogni misura, ogni chiarezza di visione, muove il mondo per vincere il rifiuto del signor de Donniges, fino a chiedere al vescovo Ketteler che intervenga promettendo persino di passare alla religione cattolica. Per quanto tragico, questo ultimo dettaglio accresce il suo significato se si avverte che la famiglia Donniges non era cattolica e che Lassalle si trovava talmente fuori di sé, che non ricordò questa circostanza.

Soprattutto, si resisteva a credere che Helena non gli appartenesse già sentimentalmente: era troppo crudele questo per la sua vanità. Nemmeno la dichiarazione firmata della damigella poté convincerlo. Tutto questo è tanto più anormale, in quanto il grande politico seppe sempre nel suo tratto con le donne conservare un assoluto dominio della situazione e persino una trionfante tiepidezza.

Infine, giunto alle ultime soglie dell’esasperazione, lui, il democratico, il nemico del duello, inviò una provocazione tremenda al padre e al fidanzato di Helena. Il fidanzato accorse per primo e con un colpo di pistola abbatté il gigante. Boeck scrisse sulla sua tomba: Qui giace ciò che è mortale di Fernando Lassalle, pensatore e lottatore.

Questa fine da romanzo alla Jorge Ohnet, questa fine, di conseguenza, ridicola non rima, non s’addice con la vita di questa «anima ribollente», come Lassalle diceva della propria anima. Perché la sua vita fu in verità ciò che in uno dei suoi discorsi egli stesso formula: «L’alleanza della scienza e degli operai è il lavoro a cui ho giurato di dedicare la mia esistenza». Visse un’idea. Che cosa ha a che vedere con questo il dolce ridere e il talle armonioso di una damigella?

La Prensa, 12 dicembre 1911