Ortega y Gasset
Abstract
A gallant epilogue to the countess of Noailles’s book on Dante: to look at the world obliquely, mirrored in a face, is Dante’s own lesson. Onto it Ortega grafts the thesis that woman as norm is Dante’s great discovery and that history advances by a sexual rhythm.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
SEÑORA:
La excursión ha sido deliciosa. Nos ha guiado usted maravillosamente por esta triple avenida de tercetos estremecidos poniendo aquí y allá, con leve gesto, un acento insinuante que daba como una nueva perspectiva al viejo espectáculo. Claro que algunas veces nuestra mirada dejaba las figuras de Dante para atender a los gestos de usted, después de todo, lo mismo que hizo a menudo el poeta con su mejor guía. ¡Qué le vamos a hacer! Un apetito, tal vez inmoderado, de actualidad me hacía preferir al viejo espectáculo, genial pero exangüe, este otro nuevo que era la reflexión de aquél en usted. Ni creo que Dante redivivo hallase en ello ocasión para la censura. Era demasiado doctor en voluptuosidades para ignorar esta duplicada delicia que es, a veces, no mirar el mundo por derecho, sino oblicuamente, reflejado en las variaciones de un semblante. Cierta vez habla —¡siete siglos antes que Heredia!— de que ve espejada en una pupila la nave que desciende corriente abajo. (Par. XVII, 41-42). ¡Grave confesión, no es cierto! Porque ella supone ineludiblemente la experiencia de inclinaciones muy próximas sobre ojos muy dóciles. Y nos complace sorprender a nuestra lírica hiena en tal dulce intimidad, geógrafo de ríos que fluyen por pupilas, piloto de naves que bogan niña adentro. Este verso encierra un dato biográfico de una indiscreción ejemplar y es un documento auténtico en la hoja de servicios sentimentales prestados por el poeta. Como luego hablaremos de su táctica de distancia, bueno es que ahora subrayemos sus hazañas de proximidad. Fue un bravo en amor, a pesar de su timidez. Se acercó a la brecha peligrosa. Porque un barco en la líquida ensenada de una pupila es cosa tan menuda que sólo se ve asomándose muy de cerca al mágico iris. Viene a ser, a la inversa, el caso referido por Plutarco. Mientras los demás guerreros van al combate con grandes y llamativas empresas pintadas en sus escudos, hay uno que lleva sólo representada una mosca. «¡Eres un cobarde! —le imputan los demás. ¡Quieres pasar desapercibido y que tu empresa no haga acercarse al enemigo!» «Todo lo contrario —responde, sereno, el denostado. Es que pienso acercarme yo tanto a él que, quiera o no, tendrá que ver la mosca».
Pero es claro que este detalle biográfico de orden tan íntimo, y, por lo mismo, bastante trivial, no nos sirve a los amigos de usted para justificar mediante el propio poeta el desliz de nuestra atención si al leer este libro ha ido hacia usted con más frecuencia y curiosidad que al poema venerable. La justificación desciende recta sobre nosotros desde más altas esferas y se nutre del principio más dantesco de todos.
Es usted, señora, una ejemplar aparición de feminidad. Convergen en torno a su persona con gracia irradiante las perfecciones más insólitas. ¿Cómo no ha de excitar nuestra curiosidad verla descender al cosmos alucinado de Dante, donde están todas las formas de la existencia humana? El viaje ultramundano que tantas veces hemos hecho cobra de esta manera un nuevo dramatismo y se puebla de sugestivas peripecias. Porque es su corazón, señora, un nido de perfectos entusiasmos y rigorosos desdenes. ¡Qué placer seguirla y presenciar el vuelo de unos y otros sobre el paisaje, advertir dónde se detiene su cordialidad y dónde, en cambio, sesga, con pie ágil, como en deliberada fuga! Cada uno de sus movimientos tiene para nosotros un sentido normativo, porque en él se aventa el secreto de sus aprobaciones y repulsas.
¿Y no es esto —la mujer como norma— el gran descubrimiento de Dante? Es una pena que la influencia peculiar de la mujer en la historia sea un asunto intacto y de que la gente no sabe nada. Verdad es que tampoco se ha ensayado aún la historia del sentimiento masculino hacia la mujer. Se supone que, poco más o menos, fue siempre el mismo cuando en realidad ha seguido una evolución lenta y accidentada, llena de invenciones y retrocesos.
Por lo pronto, fuera bueno hacer notar que la historia ha avanzado según un ritmo sexual. Hay épocas en que predominan los valores masculinos y otras en que imperan los valores de feminidad. Para no hablar sino de nuestra civilización, recuerde usted que la primera Edad Media fue un tiempo varonil. La mujer no interviene en la vida pública. Los hombres se ocupan en la faena guerrera y, lejos de las damas, los compañeros de armas se solazan en bárbaras fiestas de bebida y canción. La segunda Edad Media —a mi paladar la edad más atractiva del pasado europeo— se caracteriza precisamente por la ascensión sobre el horizonte histórico del astro femenino. Muy bien lo indica usted al cerrar su comentario aludiendo a las «cortes de amor». Aún no se ha situado en su debido rango histórico esta cultura de la cortezia que florece en el siglo XII y que es, a mi juicio, uno de los hechos decisivos en la civilización occidental. De la cortezia salieron San Francisco y Dante, la corte papal de Avignon[87] y el Renacimiento, en pos del cual se apresura toda la cultura moderna. Y esta gigantesca cosecha procede íntegra de la audacia genial con que unas damas de Provenza afirmaron una nueva actitud ante la vida. Frente al doble ascetismo, igualmente abstruso, del monje y el guerrero, estas mujeres sublimes se atreven a insinuar una disciplina de interior pulimento e intelectual agudeza. Bajo su inspiración renace la suprema norma de Grecia, el metron, la «medida». La primera Edad Media es como el varón, toda exceso. La lei de cortezia proclama el nuevo imperio de la «mesura», que es el elemento donde alienta la feminidad.
Como un óleo de espiritual suavidad se derrama este imperio de mesura, de comedimiento, hasta los lugares más remotos. Es conmovedor sorprender en tierra tan áspera como nuestro rudo Poema de Myo Cid versos con este vocabulario:
Fabló Myo Cid bien e tan mesurado.
Esta mesura llega a la bronca gesta castellana de las remotas Cortes provenzales donde viven armoniosamente unas hembras civilizadoras. Parejamente, Carlota de Stein liberta a Goethe de su atroz teutonismo juvenil. Por eso suele llamarla la «domesticadora» y aconsejarnos: «Si quieres saber lo que es debido en cada caso, ve a la tierra de las mujeres».
La mujer fue primero para el hombre una presa —un cuerpo que se puede arrebatar. A esta emoción venatoria sucede un sentimiento más delicado y de signo opuesto, que el griego no conoció bien[88]. Lo que en la mujer puede ser botín y presa que se toma de arrancada no satisface. Un mayor refinamiento del hombre le hace desear que la presa lo sea por espontánea impulsión. El botín de su feminidad, en rigor, no se posee si no se gana. La presa se torna premio. Y para alcanzarlo es preciso hacerse digno de él, adecuarse al ideal de hombre que en la mujer dormita. Por este curioso mecanismo se invierten los papeles: el eversor cae prisionero. Si en la época del mero instinto sexual la actitud del varón es predatoria y se arroja sobre la belleza transeúnte, en esta etapa de entusiasmo espiritual se coloca, por el contrario, a distancia, se orienta desde lejos en el semblante femenino para sorprender en él la aprobación o el desdén. La cultura de la cortezia inicia esta nueva relación entre los sexos, merced a la cual la mujer se hace educadora del hombre. Dante representa su culminación. La Vita Nuova ha sido escrita trémulamente bajo la emoción de sentir el poeta que so el irreal cincel femenino se iba transformando en un hombre nuevo. Dante sólo aspira a la anuencia de Beatriz, a su aprobación. La vemos pasar siempre lejos, un poco amanerada y prerrafaelista. Al poeta sólo le preocupa si le saluda o no. Cuando Beatriz está displicente evita la salutación y Dante se estremece. Mi salutò —dice la primera vez que la vio— virtuosamente tanto che mi parve allora vedere tutti i termini della beatitudine. Y otro día: Conobbi ch’era la donna della salute, la quale m’avea lo giorno dinanzi degnato di salutare. Desde entonces vive Dante macilento, poseído sólo per la speranza della mirabile salute.
Con su saludo y su desdén, como con dos riendas invisibles, invisibles como los coluros astronómicos, rige la cauta doncella la brava mocedad del poeta. Claro que este poder tan mágico y casi incorpóreo sólo puede residir en la mujer que se ha refinado —la que es gentil e non pura femmina dice con plena conciencia Dante. Con ademán un poco excesivo de menospreciar la carne, insiste en que si habla de los ojos che sono principio d’Amore y de la boca ch’è fine d’Amore se evite todo mal pensamiento, si lievi ogni vizioso pensiero, ricordisi chi legge, che di sopra è scritto che il saluto di questa donna, lo quale era operazione della sua bocca, fu fine degli miei desiderii, mentre che io lo potei ricevere.
MADAM:
The excursion has been delightful. You have guided us marvelously along this triple avenue of quivering tercets, placing here and there, with a light gesture, an insinuating accent that gave as it were a new perspective to the old spectacle. Of course sometimes our gaze left the figures of Dante to attend to your gestures, after all, the very same thing the poet often did with his best guide. What can we do! An appetite, perhaps immoderate, for actuality made me prefer to the old spectacle, brilliant but bloodless, this other new one that was the reflection of the former in you. Nor do I believe that a revived Dante would find in it occasion for censure. He was too much a doctor of voluptuousness to ignore this doubled delight which is, sometimes, not to look at the world directly, but obliquely, reflected in the variations of a countenance. Once he speaks —seven centuries before Heredia!— of seeing mirrored in a pupil the ship that descends down the current. (Par. XVII, 41-42). Grave confession, is it not! Because it supposes ineluctably the experience of very close leanings over very docile eyes. And it pleases us to surprise our lyric hyena in such sweet intimacy, geographer of rivers that flow through pupils, pilot of ships that voyage girlward. This verse encloses a biographical datum of an exemplary indiscretion and is an authentic document in the record of sentimental services rendered by the poet. As we shall later speak of his tactic of distance, it is well that now we underline his deeds of proximity. He was a brave in love, despite his timidity. He approached the dangerous breach. Because a ship in the liquid cove of a pupil is such a tiny thing that one only sees it leaning very close to the magic iris. It comes to be, inversely, the case related by Plutarch. While the other warriors go to combat with great and showy deeds painted on their shields, there is one who carries only a fly depicted. «You are a coward! —the others impute to him. You want to go unnoticed and that your device should not make the enemy approach!» «Quite the contrary —replies, serene, the reviled one. It is that I think of approaching him so close that, whether he wants or not, he will have to see the fly».
But it is clear that this biographical detail of so intimate an order, and, for that very reason, quite trivial, does not serve us, your friends, to justify through the poet himself the slip of our attention if, in reading this book, it has gone toward you with more frequency and curiosity than toward the venerable poem. The justification descends straight upon us from higher spheres and feeds on the most Dantesque principle of all.
You are, madam, an exemplary apparition of femininity. Converge around your person with radiant grace the most uncommon perfections. How should it not excite our curiosity to see you descend into the hallucinated cosmos of Dante, where all the forms of human existence are? The ultramundane journey that so many times we have made acquires in this way a new dramaticism and populates itself with suggestive vicissitudes. Because your heart, madam, is a nest of perfect enthusiasms and rigorous disdains. What pleasure to follow you and witness the flight of one and the other over the landscape, to notice where your cordiality stops and where, instead, it veers, with agile foot, as in deliberate flight! Each of your movements has for us a normative meaning, because in it the secret of your approvals and repulsions is aired.
And is not this —woman as norm— the great discovery of Dante? It is a pity that the peculiar influence of woman in history is an untouched subject, of which people know nothing. It is true that the history of masculine feeling toward woman has not yet been attempted either. It is supposed that, more or less, it was always the same when in reality it has followed a slow and eventful evolution, full of inventions and retrogressions.
For the present, it would be well to note that history has advanced according to a sexual rhythm. There are epochs in which masculine values predominate and others in which the values of femininity reign. To speak only of our civilization, remember that the early Middle Ages were a manly time. Woman does not intervene in public life. Men are occupied in the warrior task and, far from the ladies, the comrades in arms amuse themselves in barbarous feasts of drinking and song. The later Middle Ages —to my palate the most attractive age of the European past— are characterized precisely by the ascent over the historical horizon of the feminine star. Very well do you indicate it in closing your commentary by alluding to the «courts of love». This culture of cortezia, which flourishes in the twelfth century and is, in my judgment, one of the decisive facts in Western civilization, has not yet been placed in its due historical rank. From the cortezia came Saint Francis and Dante, the papal court of Avignon[87] and the Renaissance, after which all modern culture hurries. And this gigantic harvest proceeds wholly from the genial audacity with which some ladies of Provence affirmed a new attitude before life. Faced with the double asceticism, equally abstruse, of the monk and the warrior, these sublime women dare to insinuate a discipline of inner polish and intellectual acuteness. Under their inspiration is reborn the supreme norm of Greece, the metron, the «measure». The early Middle Ages are like the male, all excess. The law of cortezia proclaims the new empire of the «measure», which is the element where femininity breathes.
Like an oil of spiritual softness this empire of measure, of restraint, spreads even to the most remote places. It is moving to surprise in land as rough as our rude Poem of the Cid verses with this vocabulary:
Fabló Myo Cid bien e tan mesurado.
This measure reaches the rough Castilian gesta from the remote Provençal courts where some civilizing females live harmoniously. Likewise, Carlota de Stein frees Goethe from his atrocious youthful Teutonism. For this reason he is wont to call her the «tamer» and advise us: «If you want to know what is due in each case, go to the land of women».
Woman was first for man a prey —a body that can be snatched away. To this hunting emotion succeeds a more delicate feeling and of opposite sign, which the Greek did not well know[88]. What in woman can be booty and prey taken by a sudden snatch does not satisfy. A greater refinement of man makes him desire that the prey be so by spontaneous impulse. The booty of her femininity, in strictness, is not possessed if it is not won. The prey becomes a prize. And to attain it one must make oneself worthy of it, conform oneself to the ideal of man that slumbers in woman. By this curious mechanism the roles are inverted: the subverter falls prisoner. If in the age of mere sexual instinct the attitude of the male is predatory and he throws himself upon transient beauty, in this stage of spiritual enthusiasm he places himself, on the contrary, at a distance, he orients himself from afar in the feminine countenance to surprise in it the approval or the disdain. The culture of cortezia initiates this new relation between the sexes, thanks to which woman becomes the educator of man. Dante represents its culmination. The Vita Nuova was written tremulously under the emotion of the poet feeling that under the unreal feminine chisel he was being transformed into a new man. Dante aspires only to the assent of Beatrice, to her approval. We see her pass always far off, a little affected and pre-Raphaelite. The poet is concerned only with whether she greets him or not. When Beatrice is displeased she avoids the greeting and Dante shudders. Mi salutò —he says the first time he saw her— virtuosamente tanto che mi parve allora vedere tutti i termini della beatitudine. And another day: Conobbi ch’era la donna della salute, la quale m’avea lo giorno dinanzi degnato di salutare. From then on Dante lives gaunt, possessed only by the hope of the mirabile salute.
With her greeting and her disdain, as with two invisible reins, invisible as the astronomical colures, the cautious maiden rules the brave youth of the poet. Of course this power, so magical and almost incorporeal, can reside only in the woman who has refined herself —that one who is gentil e non pura femmina says Dante with full consciousness. With a somewhat excessive gesture of contempt for the flesh, he insists that if he speaks of the eyes che sono principio d’Amore and of the mouth ch’è fine d’Amore, all evil thought be avoided, si lievi ogni vizioso pensiero, ricordisi chi legge, che di sopra è scritto che il saluto di questa donna, lo quale era operazione della sua bocca, fu fine degli miei desiderii, mentre che io lo potei ricevere.
SIGNORA:
La gita è stata deliziosa. Ci ha guidati lei meravigliosamente per questo triplice viale di terzine frementi ponendo qua e là, con lieve gesto, un accento insinuante che dava come una nuova prospettiva al vecchio spettacolo. Certo alcune volte il nostro sguardo lasciava le figure di Dante per badare ai gesti di lei, dopo tutto, lo stesso che fece spesso il poeta con la sua migliore guida. Che ci vuoi fare! Un appetito, forse smodato, di attualità mi faceva preferire al vecchio spettacolo, geniale ma esangue, quest’altro nuovo che era il riflesso di quello in lei. Né credo che Dante redivivo trovasse in ciò occasione per la censura. Era troppo dottore in voluttà per ignorare questa duplicata delizia che è, a volte, non guardare il mondo di diritto, ma obliquamente, riflesso nelle variazioni di un sembiante. Una certa volta parla —sette secoli prima di Heredia!— del fatto che vede specchiata in una pupilla la nave che discende corrente in giù. (Par. XVII, 41-42). Grave confessione, non è vero! Perché essa suppone ineluttabilmente l’esperienza di inclinazioni molto prossime su occhi molto docili. E ci piace sorprendere la nostra lirica iena in così dolce intimità, geografo di fiumi che scorrono per pupille, pilota di navi che vogano ragazza in dentro. Questo verso racchiude un dato biografico di una indiscrezione esemplare ed è un documento autentico nella pagina dei servizi sentimentali prestati dal poeta. Siccome poi parleremo della sua tattica di distanza, è bene che ora sottolineiamo le sue imprese di prossimità. Fu un bravo in amore, a dispetto della sua timidezza. Si avvicinò alla breccia pericolosa. Perché una nave nella liquida insenatura di una pupilla è cosa così minuta che si vede solo affacciandosi molto da vicino al magico iride. Viene a essere, all’inverso, il caso riferito da Plutarco. Mentre gli altri guerrieri vanno al combattimento con grandi e vistose imprese dipinte sui loro scudi, ce n’è uno che porta rappresentata solo una mosca. «Sei un codardo! —gli imputano gli altri. Vuoi passare inosservato e che la tua impresa non faccia avvicinare il nemico!» «Tutto il contrario —risponde, sereno, il vituperato. È che penso di avvicinarmi io tanto a lui che, voglia o no, dovrà vedere la mosca».
Ma è chiaro che questo dettaglio biografico di ordine così intimo, e, per ciò stesso, abbastanza triviale, non ci serve, agli amici di lei, per giustificare mediante il poeta stesso lo scivolone della nostra attenzione se nel leggere questo libro è andata verso di lei con più frequenza e curiosità che verso il poema venerabile. La giustificazione discende diritta su di noi da più alte sfere e si nutre del principio più dantesco di tutti.
È lei, signora, un’esemplare apparizione di femminilità. Convergono intorno alla sua persona con grazia raggiante le perfezioni più inusitate. Come non deve eccitare la nostra curiosità vederla discendere al cosmo allucinato di Dante, dove ci sono tutte le forme dell’esistenza umana? Il viaggio oltremondano che tante volte abbiamo fatto acquista in questo modo un nuovo drammatismo e si popola di suggestive peripezie. Perché è il suo cuore, signora, un nido di perfetti entusiasmi e rigorosi disdegni. Che piacere seguirla e assistere al volo degli uni e degli altri sul paesaggio, avvertire dove si ferma la sua cordialità e dove, invece, inclina, con piede agile, come in deliberata fuga! Ciascuno dei suoi movimenti ha per noi un senso normativo, perché in esso si ventila il segreto delle sue approvazioni e repulse.
E non è questo —la donna come norma— la grande scoperta di Dante? È un peccato che l’influenza peculiare della donna nella storia sia un argomento intatto e di cui la gente non sa nulla. Vero è che non si è ancora tentata nemmeno la storia del sentimento maschile verso la donna. Si suppone che, poco più o meno, sia stato sempre lo stesso quando in realtà ha seguito un’evoluzione lenta e accidentata, piena di invenzioni e di regressi.
Per il momento, sarebbe bene far notare che la storia è avanzata secondo un ritmo sessuale. Ci sono epoche in cui predominano i valori maschili e altre in cui imperano i valori di femminilità. Per non parlare che della nostra civiltà, ricordi lei che la prima Età di Mezzo fu un tempo virile. La donna non interviene nella vita pubblica. Gli uomini si occupano nella fatica guerriera e, lontani dalle dame, i compagni d’armi si sollazzano in barbare feste di bevuta e canto. La seconda Età di Mezzo —a mio palato l’età più attraente del passato europeo— si caratterizza precisamente per l’ascesa sull’orizzonte storico dell’astro femminile. Molto bene lo indica lei chiudendo il suo commento alludendo alle «corti d’amore». Non si è ancora collocata nel suo dovuto rango storico questa cultura della cortezia che fiorisce nel secolo XII e che è, a mio giudizio, uno dei fatti decisivi nella civiltà occidentale. Dalla cortezia uscirono San Francesco e Dante, la corte papale di Avignone[87] e il Rinascimento, dietro al quale si affretta tutta la cultura moderna. E questo gigantesco raccolto procede intero dall’audacia geniale con cui alcune dame di Provenza affermarono un nuovo atteggiamento dinanzi alla vita. Di fronte al doppio ascetismo, ugualmente astruso, del monaco e del guerriero, queste donne sublimi osano insinuare una disciplina di interiore pulimento e intellettuale acutezza. Sotto la loro ispirazione rinasce la suprema norma della Grecia, il metron, la «misura». La prima Età di Mezzo è come il maschio, tutto eccesso. La legge della cortezia proclama il nuovo impero della «misura», che è l’elemento dove respira la femminilità.
Come un olio di spirituale soavità si spande questo impero di misura, di ritegno, fino ai luoghi più remoti. È commovente sorprendere in terra così aspra come il nostro rude Poema di Mio Cid versi con questo vocabolario:
Fabló Myo Cid bien e tan mesurado.
Questa misura arriva alla brusca gesta castigliana dalle remote Corti provenzali dove vivono armoniosamente alcune femmine civilizzatrici. Parimenti, Carlota de Stein libera Goethe dal suo atroce teutonismo giovanile. Per questo suole chiamarla la «domatrice» e consigliarci: «Se vuoi sapere che cosa è dovuto in ogni caso, vai alla terra delle donne».
La donna fu prima per l’uomo una preda —un corpo che si può rapire. A questa emozione venatoria succede un sentimento più delicato e di segno opposto, che il greco non conobbe bene[88]. Ciò che nella donna può essere bottino e preda che si prende di strappo non soddisfa. Un maggior raffinamento dell’uomo gli fa desiderare che la preda lo sia per spontanea impulsione. Il bottino della sua femminilità, in rigore, non si possiede se non si guadagna. La preda si trasforma in premio. E per raggiungerlo è necessario rendersene degno, adeguarsi all’ideale di uomo che nella donna dormita. Per questo curioso meccanismo si invertono le parti: l’eversore cade prigioniero. Se nell’epoca del mero istinto sessuale l’atteggiamento del maschio è predatorio e si avventa sulla bellezza transeunte, in questa tappa di entusiasmo spirituale si colloca, al contrario, a distanza, si orienta da lontano nel sembiante femminile per sorprendere in esso l’approvazione o il disdegno. La cultura della cortezia inizia questo nuovo rapporto tra i sessi, mercé del quale la donna si fa educatrice dell’uomo. Dante rappresenta la sua culminazione. La Vita Nuova è stata scritta trepidamente sotto l’emozione di sentire il poeta che sotto l’irreale cesello femminile si andava trasformando in un uomo nuovo. Dante aspira soltanto all’acquiescenza di Beatrice, alla sua approvazione. La vediamo passare sempre lontano, un po’ manierata e preraffaellita. Al poeta importa solo se lo saluta o no. Quando Beatrice è sdegnosa evita il saluto e Dante rabbrividisce. Mi salutò —dice la prima volta che la vide— virtuosamente tanto che mi parve allora vedere tutti i termini della beatitudine. E un altro giorno: Conobbi ch’era la donna della salute, la quale m’avea lo giorno dinanzi degnato di salutare. Da allora vive Dante macilento, posseduto solo per la speranza della mirabile salute.
Col suo saluto e col suo disdegno, come con due redini invisibili, invisibili come i coluri astronomici, regge la cauta donzella la brava giovinezza del poeta. Certo questo potere così magico e quasi incorporeo può risiedere solo nella donna che si è raffinata —quella che è gentil e non pura femmina dice con piena coscienza Dante. Con un gesto un po’ eccessivo di sprezzo della carne, insiste che se parla degli occhi che sono principio d’Amore e della bocca ch’è fine d’Amore si eviti ogni cattivo pensiero, si lievi ogni vizioso pensiero, ricordisi chi legge, che di sopra è scritto che il saluto di questa donna, lo quale era operazione della sua bocca, fu fine degli miei desiderii, mentre che io lo potei ricevere.
Dicen que San Francisco pudo vivir una semana entera del canto de una cigarra. Dante, de la boca y la pupila, toma sólo la mística electricidad de la sonrisa que saluda. Esta sonrisa que va a aparecer tantas veces en la obra posterior de Dante, este disiato riso es la sonrisa gótica que perpetúan las oscuras vírgenes de piedra en los portales de las catedrales europeas.
Chè dentro agli occhi suoi ardeva un riso
tal, ch’io pensai co’miei toccar lo fondo
della mia grazia e del mio paradiso
(Par. XV)
[Ardía en sus ojos una tal sonrisa,
que pensé con los míos llegar al fondo
de mi beatitud y de mi paraíso]
dice Dante hacia el fin de su obra vitalicia rizando el rizo de sus emociones primigenias cuando mancebo empezó la vida nueva.
El tema me apasiona, señora, y no acabaría nunca. Pero permítame usted que no desaproveche la ocasión para resumir mis pensamientos sobre la alta misión biológica que a la hembra humana atañe en la historia. Y ante todo, le ruego que no le disuene gravemente la aspereza de este vocablo —hembra humana. Espero de su mesura que muy pronto me concederá usted licitud para su uso, reconociendo que me es imprescindible.
La verdadera misión histórica de la hembra humana aparece sin claridad por olvidarse que la mujer no es la esposa, ni es la madre, ni es la hermana, ni es la hija. Todas estas cosas son precipitados que da la feminidad, formas que la mujer adopta cuando deja de serlo o todavía no lo es. Sin duda, quedaría el universo pavorosamente mutilado si de él se eliminasen esas maravillosas potencias de espiritualidad que son la esposa, la madre, la hermana y la hija —de tal modo venerables y exquisitas, que parece imposible hallar nada superior. Mas es forzoso decir que con ellas no están completas las categorías de la feminidad y que ellas son inferiores y secundarias si se emparejan con lo que es la mujer cuando es mujer y nada más.
Cada una de esas advocaciones del ser femenino se diferencia de las restantes y se define por su oficio eficaz. Nadie ignora lo que es ser madre y esposa, hermana o hija. Pues bien, ese cuádruple oficio conmovedor no existiría si la hembra humana no fuese además —y antes que todo eso— mujer.
¿Pero qué es la mujer cuando no es sino mujer?
Yo no podría responder a esta pregunta sin rectificar antes la tradicional noción de los ideales. Desde hace doscientos años, señora, se nos habla con abrumadora constancia del idealismo. Esta prédica de los ideales tan usada por filósofos y pedagogos —la afirmación de que la vida sólo vale puesta al servicio de los ideales—, cualquiera que sea la porción de verdad que encierre, manifiesta una concepción errónea de lo que éstos son y ha estorbado tanto en los últimos siglos que es urgente desvirtuarla. Se habla mucho del ideal de justicia, del ideal de verdad o de belleza, pero nadie se pregunta cómo tiene que ser algo para ser un ideal. No basta con encomiar patéticamente tal o cual norma para esclarecernos su operación de ideal. El de ayer ha dejado de serlo hoy para nosotros. La historia asiste al drama cien veces repetido de un ideal que germina, fructifica y fenece. ¿Cómo es esto posible, si no ha variado su contenido, su trascendencia objetiva? Evidentemente es un error considerar a los ideales sólo en sí mismos, aparte de su relación con nosotros. No basta que algo sea perfecto para que sea, en verdad, un ideal. El ideal es una función vital, un instrumento de la vida entre otros innumerables. Podrán la ética y la estética definir en cada momento qué figuras merecen funcionar como ideales, pero cuál sea el ministerio mismo del ideal sólo podemos aprenderlo de la biología.
Diríase que son los ideales cosas ajenas, sublimes, a la vida y que ésta cuando asciende a ellos sale de sí misma y se eleva sobre su modesta órbita natural. No comprenden los que favorecen tal equívoco el daño que hacen a su propio idealismo. Porque dejan suponer que la vida, por sí, pudiera funcionar sin intervención alguna de los ideales, de modo que éstos serían la quinta rueda del carro y un añadido tan honroso como superfluo.
Yo creo, señora, que no hay nada de eso. La vida, toda vida, por lo menos toda vida humana, es imposible sin ideal, o, dicho de otra manera, el ideal es un órgano constituyente de la vida.
La nueva biología va mostrando que el organismo vivo no se compone sólo del cuerpo individual o, si se trata del hombre, de su cuerpo y su alma. Cuerpo y alma, el conjunto de nuestra persona, no son sino un conjunto de órganos materiales y espirituales; por consiguiente, un sistema de aparatos que funcionan. La vida consiste en un sistema de funciones corporales y psíquicas, de operaciones, de actividades. Estas actividades, inmediata o mediatamente, se dirigen al mundo en torno, desembocan en él. La pupila ve los objetos del paisaje y la mano avanza para apoderarse de ellos. Pero sería un error suponer que el mundo en torno, lo que llamamos el medio, está ahí meramente para recibir nuestras actividades según se van ejecutando. Cada día se hace más patente que las actividades del organismo, incluso las más elementales como la nutrición, no funcionan si no son excitadas. Para el ser vivo es, pues, la excitación o estímulo lo primordial. Todo lo demás depende de ella hasta el punto que podría decirse: vivir es ser excitado. Pues bien, el medio antes que otra cosa viene a ser el almacén de los estímulos, el arsenal de las excitaciones que operando incesantemente sobre nuestro organismo suscitan el dinámico torrente que es la vida. Cada especie y aun cada individuo posee su medio propio: la avispa con sus ojos de seis mil facetas ve otras cosas que nosotros, tiene un medio visual distinto y, por tanto, recibe diferentes excitaciones.
Esta sencilla observación nos indica que el medio no es algo externo al organismo biológico, sino que es un órgano de él, el órgano de la excitación. La vida así considerada se nos ofrece como un enérgico diálogo con el contorno en el cual nuestra persona es un interlocutor y otro el personaje que nos rodea. Y así como la presión atmosférica, la temperatura, la sequedad, la luz excitan, irritan nuestras actividades corporales, hay en el paisaje figuras corpóreas o imaginarias cuyo oficio consiste en disparar nuestras actividades espirituales que, a su vez, arrastran en pos el aparato corporal. Esos excitantes psíquicos son los ideales, ni más ni menos. Cese, pues, la vaga, untuosa, pseudomística plática de los ideales. Son éstos, en resolución, cuanto atrae y excita nuestra vitalidad espiritual, son resortes biológicos, fulminantes para la explosión de energías. Sin ellos la vida no funciona. Nuestro contorno, que está poblado, no sólo de cosas reales, sino también de rostros extraterrenos y hasta imposibles, contiene un repertorio variadísimo de ellos. Los hay mínimos, humildes, que casi no nos confesamos; los hay gigantescos, de histórico tamaño, que ponen en tensión nuestra existencia entera y a veces la de todo un pueblo y toda una edad. Si el nombre de ideales quiere dejarse sólo para estos mayúsculos no hay inconveniente con tal de recordar que lo que tienen de ideales no es lo que tienen de grandes, no es su trascendencia objetiva, sino lo que tienen de común con los más pequeños estímulos del vivir: encantar, atraer, irritar, disparar nuestras potencias. El ideal es un órgano de toda vida encargado de excitarla. Como los antiguos caballeros, la vida, señora, usa espuela. Por esto, la biología de cada ser debe analizar no sólo su cuerpo y su alma, sino también describir el inventario de sus ideales. A veces padecemos una vital decadencia que no procede de enfermedad en nuestro cuerpo ni en nuestra alma, sino de una mala higiene de ideales.
Con esto venimos a la siguiente conclusión: para que algo sea un ideal no basta que parezca digno de serlo por razones de ética, de gusto o conveniencia, sino que ha de tener, en efecto, ese don de encantar y atraer nuestros nervios, de encajar perfectamente en nuestra sensibilidad. De otra suerte será sólo un espectro de ideal, un ideal paralítico incapaz de tender la ballesta del ímpetu. De las dos caras que el ideal tiene, sólo se ha atendido hasta ahora la que da a lo absoluto y se ha olvidado la otra, la que da hacia el interior de la economía vital. Con la palabra más vulgar de «ilusiones» solemos expresar ese ministerio atractivo que es la esencia del ideal.
They say that Saint Francis could live an entire week on the song of a cicada. Dante, from the mouth and the pupil, takes only the mystical electricity of the smile that greets. This smile that is going to appear so many times in Dante’s later work, this disiato riso is the Gothic smile that the dark stone virgins perpetuate in the portals of the European cathedrals.
Chè dentro agli occhi suoi ardeva un riso
tal, ch’io pensai co’ miei toccar lo fondo
della mia grazia e del mio paradiso
(Par. XV)
[There burned in her eyes such a smile,
that I thought with mine to reach the depths
of my beatitude and of my paradise]
says Dante toward the end of his lifelong work, curling the curl of his primitive emotions when, as a youth, he began the new life.
The theme fascinates me, madam, and I would never finish. But allow me not to waste the occasion to sum up my thoughts on the high biological mission that pertains to the human female in history. And first of all, I beg you that the harshness of this word —human female— may not sound gravely discordant to you. I hope from your measure that very soon you will grant me license for its use, recognizing that it is indispensable to me.
The true historical mission of the human female appears without clarity because it is forgotten that woman is not the wife, nor is she the mother, nor is she the sister, nor is she the daughter. All these things are precipitates that femininity gives, forms that woman adopts when she ceases to be it or is not yet it. Doubtless, the universe would remain fearfully mutilated if from it were eliminated those marvelous powers of spirituality that are the wife, the mother, the sister and the daughter —so venerable and exquisite, that it seems impossible to find anything superior. But it is necessary to say that with them the categories of femininity are not complete and that they are inferior and secondary if they are paired with what woman is when she is woman and nothing more.
Each of those invocations of the feminine being differs from the rest and is defined by its effective office. No one ignores what it is to be mother and wife, sister or daughter. Well then, that fourfold moving office would not exist if the human female were not also —and before all that— woman.
But what is woman when she is nothing but woman?
I could not answer this question without first rectifying the traditional notion of ideals. For two hundred years, madam, we have been spoken to with overwhelming constancy of idealism. This preaching of ideals so used by philosophers and pedagogues —the affirmation that life is only worth put at the service of ideals—, whatever portion of truth it encloses, manifests an erroneous conception of what they are and has hindered so much in recent centuries that it is urgent to discredit it. Much is spoken of the ideal of justice, of the ideal of truth or of beauty, but no one asks how something must be in order to be an ideal. It is not enough to pathetically commend this or that norm to clarify for us its operation as ideal. That of yesterday has ceased to be one today for us. History attends the hundred times repeated drama of an ideal that germinates, fructifies and perishes. How is this possible, if its content, its objective transcendence, has not varied? Evidently it is an error to consider ideals only in themselves, apart from their relation to us. It is not enough that something be perfect for it to be, in truth, an ideal. The ideal is a vital function, an instrument of life among countless others. Ethics and aesthetics may define at each moment which figures deserve to function as ideals, but what the very ministry of the ideal is we can only learn from biology.
One would say that ideals are things alien, sublime, to life, and that life, when it ascends to them, goes out of itself and rises above its modest natural orbit. Those who favor such an equivocation do not understand the harm they do to their own idealism. Because they leave it to be supposed that life, by itself, could function without any intervention of ideals, so that these would be the fifth wheel of the cart and an addition as honorable as superfluous.
I believe, madam, that there is none of that. Life, all life, at least all human life, is impossible without ideal, or, put another way, the ideal is a constituent organ of life.
The new biology is showing that the living organism is composed not only of the individual body or, in the case of man, of his body and his soul. Body and soul, the whole of our person, are nothing but a set of material and spiritual organs; consequently, a system of apparatuses that function. Life consists in a system of corporal and psychic functions, of operations, of activities. These activities, immediately or mediately, are directed to the surrounding world, they flow into it. The pupil sees the objects of the landscape and the hand advances to seize them. But it would be an error to suppose that the surrounding world, what we call the medium, is there merely to receive our activities as they are being executed. Each day it becomes more evident that the activities of the organism, even the most elementary like nutrition, do not function if they are not excited. For the living being, then, the excitation or stimulus is the primordial thing. Everything else depends on it to the point that it could be said: to live is to be excited. Well then, the medium before anything else comes to be the storehouse of stimuli, the arsenal of excitations that, operating incessantly upon our organism, arouse the dynamic torrent that is life. Each species and even each individual possesses its own medium: the wasp with its eyes of six thousand facets sees other things than we do, has a different visual medium and, therefore, receives different excitations.
This simple observation indicates to us that the medium is not something external to the biological organism, but that it is an organ of it, the organ of excitation. Life thus considered offers itself to us as an energetic dialogue with the environment in which our person is one interlocutor and the other is the personage that surrounds us. And just as atmospheric pressure, temperature, dryness, light excite, irritate our corporal activities, so in the landscape there are corporal or imaginary figures whose office consists in discharging our spiritual activities which, in turn, drag behind them the corporal apparatus. Those psychic excitants are the ideals, neither more nor less. Let cease, then, the vague, unctuous, pseudomystical talk of ideals. These are, in short, whatever attracts and excites our spiritual vitality, they are biological springs, fulminates for the explosion of energies. Without them life does not function. Our environment, which is populated not only with real things but also with extraterrestrial and even impossible faces, contains a most varied repertory of them. There are minimal, humble ones that we almost do not confess to ourselves; there are gigantic ones, of historical size, that put in tension our whole existence and sometimes that of a whole people and a whole age. If the name of ideals wishes to be left only for these capital ones, there is no objection provided one remembers that what they have of ideal is not what they have of great, is not their objective transcendence, but what they have in common with the smallest stimuli of living: enchanting, attracting, irritating, discharging our powers. The ideal is an organ of all life charged with exciting it. Like the ancient knights, life, madam, uses the spur. For this reason, the biology of each being must analyze not only its body and its soul, but also describe the inventory of its ideals. Sometimes we suffer a vital decadence that proceeds not from disease in our body nor in our soul, but from a bad hygiene of ideals.
With this we come to the following conclusion: for something to be an ideal it is not enough that it seem worthy of being one for reasons of ethics, taste or convenience, but it must have, in effect, that gift of enchanting and attracting our nerves, of fitting perfectly into our sensibility. Otherwise it will be only a specter of ideal, a paralytic ideal incapable of drawing the crossbow of impetus. Of the two faces the ideal has, only one has been attended to until now, that which faces the absolute, and the other has been forgotten, that which faces toward the interior of the vital economy. With the more vulgar word «illusions» we are wont to express that attractive ministry which is the essence of the ideal.
Dicono che San Francesco poté vivere una settimana intera del canto di una cicala. Dante, dalla bocca e dalla pupilla, prende soltanto la mistica elettricità del sorriso che saluta. Questo sorriso che apparirà tante volte nell’opera posteriore di Dante, questo disiato riso è il sorriso gotico che perpetrano le oscure vergini di pietra nei portali delle cattedrali europee.
Chè dentro agli occhi suoi ardeva un riso
tal, ch’io pensai co’ miei toccar lo fondo
della mia grazia e del mio paradiso
(Par. XV)
[Ardeva nei suoi occhi un tal sorriso,
che pensai con i miei giungere al fondo
della mia beatitudine e del mio paradiso]
dice Dante verso la fine della sua opera vitale arricciando il ricciolo delle sue emozioni primigenie quando giovanetto cominciò la vita nuova.
Il tema mi appassiona, signora, e non finirei mai. Ma mi permetta lei che non sprechi l’occasione per riassumere i miei pensieri sull’alta missione biologica che alla femmina umana spetta nella storia. E innanzitutto, la prego che non le suoni gravemente stonata l’asprezza di questo vocabolo —femmina umana. Spero dalla sua misura che molto presto mi concederà lei licenza per il suo uso, riconoscendo che mi è imprescindibile.
La vera missione storica della femmina umana appare senza chiarezza perché si dimentica che la donna non è la sposa, né è la madre, né è la sorella, né è la figlia. Tutte queste cose sono precipitati che dà la femminilità, forme che la donna adotta quando cessa di esserlo o ancora non lo è. Senza dubbio, l’universo resterebbe pavorosamente mutilato se da esso si eliminassero quelle meravigliose potenze di spiritualità che sono la sposa, la madre, la sorella e la figlia —tanto venerabili ed esquisite, che sembra impossibile trovare nulla di superiore. Ma è forza dire che con esse non sono complete le categorie della femminilità e che esse sono inferiori e secondarie se si affiancano a ciò che è la donna quando è donna e niente di più.
Ciascuna di quelle invocazioni dell’essere femminile si differenzia dalle restanti e si definisce per il suo ufficio efficace. Nessuno ignora che cosa sia essere madre e sposa, sorella o figlia. Ebbene, quel quadruplice ufficio commovente non esisterebbe se la femmina umana non fosse inoltre —e prima di tutto questo— donna.
Ma che cos’è la donna quando non è che donna?
Io non potrei rispondere a questa domanda senza rettificare prima la tradizionale nozione degli ideali. Da duecento anni, signora, ci si parla con schiacciante costanza dell’idealismo. Questa predicazione degli ideali tanto usata da filosofi e pedagoghi —l’affermazione che la vita vale solo messa al servizio degli ideali—, qualunque sia la porzione di verità che racchiuda, manifesta una concezione erronea di ciò che essi sono e ha ostacolato tanto negli ultimi secoli che è urgente screditarla. Si parla molto dell’ideale di giustizia, dell’ideale di verità o di bellezza, ma nessuno si domanda come deve essere qualcosa per essere un ideale. Non basta encomiare pateticamente tale o talaltra norma per chiarirci la sua operazione di ideale. Quello di ieri ha cessato di esserlo oggi per noi. La storia assiste al dramma cento volte ripetuto di un ideale che germina, fruttifica e perisce. Com’è possibile questo, se non è variato il suo contenuto, la sua trascendenza oggettiva? Evidentemente è un errore considerare gli ideali soltanto in sé stessi, a parte il loro rapporto con noi. Non basta che qualcosa sia perfetto perché sia, in verità, un ideale. L’ideale è una funzione vitale, uno strumento della vita tra altri innumerevoli. Potranno l’etica e l’estetica definire in ogni momento quali figure meritano di funzionare come ideali, ma quale sia il ministero stesso dell’ideale possiamo apprenderlo solo dalla biologia.
Si direbbe che gli ideali siano cose estranee, sublimi, alla vita e che questa, quando ascende a essi, esca da sé stessa e si elevi sopra la sua modesta orbita naturale. Non comprendono quelli che favoriscono tale equivoco il danno che fanno al loro proprio idealismo. Perché lasciano supporre che la vita, da sé, potesse funzionare senza intervento alcuno degli ideali, di modo che questi sarebbero la quinta ruota del carro e un’aggiunta tanto onorevole quanto superflua.
Io credo, signora, che non c’è niente di tutto questo. La vita, tutta la vita, almeno tutta la vita umana, è impossibile senza ideale, o, detto in altro modo, l’ideale è un organo costitutivo della vita.
La nuova biologia va mostrando che l’organismo vivo non si compone soltanto del corpo individuale o, se si tratta dell’uomo, del suo corpo e della sua anima. Corpo e anima, l’insieme della nostra persona, non sono che un insieme di organi materiali e spirituali; di conseguenza, un sistema di apparecchi che funzionano. La vita consiste in un sistema di funzioni corporee e psichiche, di operazioni, di attività. Queste attività, immediatamente o mediatamente, si dirigono al mondo intorno, sboccano in esso. La pupilla vede gli oggetti del paesaggio e la mano avanza per impadronirsene. Ma sarebbe un errore supporre che il mondo intorno, ciò che chiamiamo il mezzo, stia lì meramente per ricevere le nostre attività via via che si eseguono. Ogni giorno si fa più patente che le attività dell’organismo, anche le più elementari come la nutrizione, non funzionano se non sono eccitate. Per l’essere vivo è, dunque, l’eccitazione o stimolo la cosa primordiale. Tutto il resto dipende da essa fino al punto che si potrebbe dire: vivere è essere eccitati. Ebbene, il mezzo prima di ogni altra cosa viene a essere il magazzino degli stimoli, l’arsenale delle eccitazioni che operando incessantemente sul nostro organismo suscitano il dinamico torrente che è la vita. Ogni specie e anche ogni individuo possiede il suo mezzo proprio: la vespa con i suoi occhi di seimila faccette vede altre cose di noi, ha un mezzo visivo distinto e, perciò, riceve diverse eccitazioni.
Questa semplice osservazione ci indica che il mezzo non è qualcosa di esterno all’organismo biologico, ma che è un organo di esso, l’organo dell’eccitazione. La vita così considerata ci si offre come un energico dialogo con il contorno nel quale la nostra persona è un interlocutore e un altro il personaggio che ci circonda. E così come la pressione atmosferica, la temperatura, la secchezza, la luce eccitano, irritano le nostre attività corporee, ci sono nel paesaggio figure corporee o immaginarie il cui ufficio consiste nello sparare le nostre attività spirituali che, a loro volta, trascinano dietro di sé l’apparecchio corporeo. Quegli eccitanti psichici sono gli ideali, né più né meno. Cessi, dunque, la vaga, untuosa, pseudomistica parlantina degli ideali. Sono questi, in conclusione, quanto attrae ed eccita la nostra vitalità spirituale, sono molle biologiche, fulminanti per l’esplosione di energie. Senza di essi la vita non funziona. Il nostro contorno, che è popolato, non solo di cose reali, ma anche di volti extraterreni e persino impossibili, contiene un repertorio variissimo di essi. Ce ne sono di minimi, umili, che quasi non ci confessiamo; ce ne sono di giganteschi, di storico formato, che mettono in tensione la nostra esistenza intera e a volte quella di tutto un popolo e di tutta un’epoca. Se il nome di ideali vuole lasciarsi soltanto per questi maiuscoli non c’è inconveniente, purché si ricordi che ciò che hanno di ideali non è ciò che hanno di grandi, non è la loro trascendenza oggettiva, ma ciò che hanno di comune con i più piccoli stimoli del vivere: incantare, attrarre, irritare, sparare le nostre potenze. L’ideale è un organo di ogni vita incaricato di eccitarla. Come gli antichi cavalieri, la vita, signora, usa sprone. Per questo, la biologia di ogni essere deve analizzare non solo il suo corpo e la sua anima, ma anche descrivere l’inventario dei suoi ideali. A volte patiamo una decadenza vitale che non procede da malattia nel nostro corpo né nella nostra anima, ma da una cattiva igiene degli ideali.
Con questo veniamo alla seguente conclusione: perché qualcosa sia un ideale non basta che sembri degno di esserlo per ragioni di etica, di gusto o convenienza, ma deve avere, in effetti, quel dono di incantare e attrarre i nostri nervi, di incastrare perfettamente nella nostra sensibilità. Altrimenti sarà soltanto uno spettro di ideale, un ideale paralitico incapace di tendere la balestra dell’impeto. Delle due facce che l’ideale ha, solo finora si è attesa quella che dà all’assoluto e si è dimenticata l’altra, quella che dà verso l’interno dell’economia vitale. Con la parola più volgare di «illusioni» sogliamo esprimere quel ministero attrattivo che è l’essenza dell’ideale.
Ahora podría más a placer contestar a la pregunta anterior. El oficio de la mujer, cuando no es sino mujer, es ser el concreto ideal («encanto», «ilusión») del varón. Nada más. Pero nada menos. Puede un hombre amar con insuperable fervor a la madre, esposa, hija o hermana sin que haya en su sentimiento la menor tonalidad de ilusión. Por el contrario, puede sentirse ilusionado, encantado, atraído, sin que experimente nada de eso que propiamente llamamos amor filial, paterno, conyugal o fraternal. Las mujeres, con su aguda intuición, distinguen perfectamente cuándo en las emociones que suscitan existe ese matiz de la ilusión y, en el secreto de su ánima, sólo entonces se sienten halagadas y satisfechas. Decía Ramón Campos, un fino escritor español de fines del siglo XVIII, que «sólo una cosa puede llenar por completo el corazón del hombre, y es el corazón de la mujer».
De suerte que la mujer es mujer en la medida en que es encanto o ideal. Una madre perfecta será un ideal de madre, pero ser madre no es ser ideal. Las varias advocaciones de la hembra humana, son, pues, claramente distintas y llevan adscrito cada una un repertorio diferente de gracias y virtudes. Cabe que la esposa, la madre, la hermana, la hija sean perfectas sin que posean perfecciones de mujer y viceversa.
Por otra parte, se advierte que la encantadora misión de la mujer es el principio que hace posibles las restantes formas de feminidad. Si la mujer no encanta, no la elige el hombre para hacerla esposa que sea madre de hijas hermanas de sus hijos. Todo se origina en ese mágico poder de encantar. En los Mártires, de Chateaubriand, cuando el general romano vela melancólico en el baluarte bajo la vaga palpitación estelar, la druidesa que le ama, la gentil Veleda se presenta como un fantasma etéreo, con su larga crin rubia, la litúrgica hoz de oro entre los pechos y le dice: Sais-tu que je suis fée? Pues bien, la mujer antes que poder ser cualquier otra cosa, ha de parecer al hombre, como Veleda, un hada, una mágica esencia. La ilusión podrá vivir un instante o no morir nunca: breve o perdurada es la ocasión de influencia máxima sobre el hombre que a la mujer se ofrece.
Es increíble que haya mentes lo bastante ciegas para admitir que pueda la mujer influir en la historia mediante el voto electoral y el grado de doctor universitario tanto como influye por esta su mágica potencia de ilusión. No existiendo dentro de la condición humana resorte biológico tan certero y eficaz como esa facultad de atraer que la mujer posee sobre el hombre, ha hecho de él la naturaleza el más poderoso artificio de selección y una fuerza sublime para modificar y perfeccionar la especie.
Es curioso que ya en los comienzos de la historia europea, allá en el primer canto de la Ilíada, aparece la mujer como galardón al que vence en los juegos o en la guerra. Al más diestro, al más bravo la más bella. De suerte que hallamos, desde luego, a los varones aspirando en concurrencia y certamen a conquistar la mujer. Posteriormente no es ésta sólo el premio que se otorga al mejor, sino que ella misma es encargada de juzgar quién vale más y preferir al excelente. La vida social es un continuado concurso abierto entre los hombres para medir sus aptitudes con ánimo de ser preferidos por la mujer. Sobre todo en las épocas más fecundas y gloriosas —el siglo XIII, el Renacimiento, el siglo XVIII—, las costumbres permitieron con peculiar intensidad que fuesen las mujeres, como Stendhal dice, juges des mérites. Pero se objetará que la mujer prefiere no al mejor, sino al que a ella le parece mejor, al individuo en que ve concretado su ideal del varón. En efecto, así es. El ideal, el diseño exaltado que del hombre tiene la mujer, actúa como un aparato de selección sobre la muchedumbre de los varones y destaca los que con él coinciden. He aquí precisamente la marcha de la historia, que es, de buena parte, la historia de los ideales masculinos inventados por la mujer. Así las damas de Provenza decidieron que el hombre debía ser prou e courtois. ¡Proeza y cortesía! Crearon el ideal del «caballero», que, si bien decaído y malparado, sigue aún informando la sociedad europea.
En cada generación son preferidos los varones coincidentes con el ideal más generalizado entre las mozas de aquel tiempo: ellos crean los hogares más logrados y felices, donde se crían los mejores hijos que, influidos por las almas homogéneas de sus padres, transmiten a sucesivas generaciones un cierto módulo y gesto de humanidad.
¡Qué le hemos de hacer, señora; la vida es así, sorprendente, y llena de vías insospechadas! ¡Véase cómo lo más impalpable y flúido, el aéreo ensueño que sueñan las vírgenes en sus camarines imprime su huella en las centurias más hondamente que el acero de los capitanes! De lo que hoy tejen en su secreta fantasía, ensimismadas, las adolescentes, depende en buena parte el sesgo que tomará la historia dentro de un siglo. ¡Tiene razón Shakespeare! ¡Nuestra vida está hecha con la trama de nuestros sueños!
Yo no quisiera, señora, tomar en esta ocurrencia posiciones ante el feminismo contemporáneo. Es posible que sus aspiraciones concretas me parezcan dignas de estima y fomento. Pero sí me atreveré a decir que aún, acertado, es todo el feminismo un movimiento superficial que deja intacta la gran cuestión: el modo específico de la influencia femenina en la historia. Una falta de previsión intelectual lleva a buscar la eficacia de la mujer en formas parecidas a las que son propias de la acción varonil. De esta manera, claro está, sólo hallaremos ausencias.
Se olvida que cada ser posee un género peculiar de causalidad y la mente alerta debe saber encontrarlo.
El genial dramaturgo Hebbel se preguntaba si es posible componer tragedias cuyo héroe sea femenino. Porque parece consistir el heroísmo en una superlativa actividad, apenas comportable con la normal condición de la mujer. Analizando el hecho de Judith, la viuda virgen, había hallado que si se aventuró hasta la tienda de Holofernes, fue por admiración, por entusiasmo hacia el audaz guerrero, y si luego segó su cabeza fue por acción automática de odio o resentimiento al sentirse mancillada y ofendida. Su hazaña, sólo mirada de lejos lo parece. En realidad, era un tejido compuesto de reacciones y debilidades. Para rectificar este ensayo, Hebbel modela su Genoveva de Brabante, que no hace sino sufrir, padecer, creando así el símbolo de un heroísmo negativo propiamente femenino, donde la actividad es, por esencia, pasividad y sufrimiento. Durch dulden tun; hacer al padecer. Tal es su fórmula de la causalidad femenina.
La solución de Hebbel al problema por él sutilmente planteado me parece excesiva. Ciertamente que el destino de la mujer no es la actividad, pero entre ésta y el sufrimiento hay una forma intermedia: el ser.
Todo hombre dueño de una sensibilidad bien templada ha experimentado a la vera de alguna mujer la impresión de hallarse delante de algo extraño y absolutamente superior a él. Aquella mujer, es cierto, sabe menos de ciencia que nosotros, tiene menos poder creador de arte, no suele ser capaz de regir un pueblo ni de ganar batallas, y, sin embargo, percibimos en su persona una superioridad sobre nosotros de índole más radical que cualquiera de las que pueden existir, por ejemplo, entre dos hombres de un mismo oficio. Y es que las excelencias varoniles —el talento científico o artístico, la destreza política y financiera, la heroicidad moral— son, en cierta manera, extrínsecas a la persona, y por decirlo así, instrumentales. El talento consiste en una aptitud para crear ciertos productos socialmente útiles —la ciencia, el arte, la riqueza, el orden público. Mas lo que propiamente estimamos es estos productos, y sólo un reflejo del valor que les atribuimos se proyecta sobre las dotes necesarias para producirlos. No es el poeta, sino la poesía lo que nos interesa; no es el político, sino su política. Este carácter extrínseco de los talentos se hace patente por darse a menudo en el hombre al lado de los más graves defectos personales. La excelencia varonil radica, pues, en un hacer; la de la mujer en un ser y en un estar; o con otras palabras: el hombre vale por lo que hace; la mujer, por lo que es.
Now I could answer the previous question more at pleasure. The office of woman, when she is nothing but woman, is to be the concrete ideal («charm», «illusion») of the male. Nothing more. But nothing less. A man can love with insuperable fervor the mother, wife, daughter or sister without there being in his feeling the least tonality of illusion. On the contrary, he can feel illusioned, enchanted, attracted, without experiencing any of that which we properly call filial, paternal, conjugal or fraternal love. Women, with their acute intuition, distinguish perfectly when in the emotions they arouse there exists that nuance of illusion and, in the secret of their soul, only then do they feel flattered and satisfied. Ramón Campos, a fine Spanish writer of the end of the eighteenth century, used to say that «only one thing can completely fill the heart of man, and it is the heart of woman».
So that woman is woman to the measure in which she is charm or ideal. A perfect mother will be an ideal of mother, but being a mother is not being an ideal. The various invocations of the human female are, then, clearly distinct and each carries assigned a different repertory of graces and virtues. It is possible that the wife, the mother, the sister, the daughter be perfect without possessing perfections of woman and vice versa.
On the other hand, it is noticed that the enchanting mission of woman is the principle that makes possible the remaining forms of femininity. If woman does not enchant, man does not choose her to make her the wife who is mother of daughters sisters of his sons. Everything originates in that magic power of enchanting. In the Martyrs, of Chateaubriand, when the Roman general keeps melancholy vigil on the bastion under the vague stellar palpitation, the druidess who loves him, the gentle Veleda, presents herself as an ethereal phantom, with her long blonde mane, the liturgical golden sickle between her breasts, and says to him: Sais-tu que je suis fée? Well then, woman, before being able to be any other thing, must appear to man, like Veleda, a fairy, a magic essence. The illusion may live an instant or never die: brief or long-lasting is the occasion of maximum influence over man that is offered to woman.
It is incredible that there should be minds blind enough to admit that woman can influence history through the electoral vote and the university doctorate degree as much as she influences through this her magic power of illusion. Since within the human condition there is no biological spring so certain and effective as that faculty of attracting that woman possesses over man, nature has made of it the most powerful device of selection and a sublime force for modifying and perfecting the species.
It is curious that already in the beginnings of European history, there in the first canto of the Iliad, woman appears as the reward for him who wins in the games or in war. To the most skillful, to the bravest, the most beautiful. So that we find, at once, the males aspiring in concurrence and contest to conquer woman. Later she is not only the prize that is granted to the best, but she herself is charged with judging who is worth more and preferring the excellent one. Social life is a continuous open contest among men to measure their aptitudes with the mind of being preferred by woman. Above all in the most fruitful and glorious epochs —the thirteenth century, the Renaissance, the eighteenth century—, customs permitted with peculiar intensity that women should be, as Stendhal says, juges des mérites. But it will be objected that woman prefers not the best, but him who seems to her the best, the individual in whom she sees concretized her ideal of the male. In effect, so it is. The ideal, the exalted design that woman has of man, acts as a device of selection upon the crowd of males and brings out those who coincide with it. Here precisely is the march of history, which is, in good part, the history of masculine ideals invented by woman. Thus the ladies of Provence decided that man should be prou e courtois. Prowess and courtesy! They created the ideal of the «knight», which, although decayed and battered, still informs European society.
In each generation are preferred the males coinciding with the most generalized ideal among the girls of that time: they create the most accomplished and happy homes, where are raised the best children who, influenced by the homogeneous souls of their parents, transmit to successive generations a certain module and gesture of humanity.
What can we do, madam; life is like that, surprising, and full of unsuspected paths! See how the most impalpable and fluid thing, the airy dream that virgins dream in their dressing rooms, stamps its footprint on the centuries more deeply than the steel of captains! On what today the adolescents weave in their secret fantasy, absorbed in themselves, depends in good part the turn that history will take within a century. Shakespeare is right! Our life is made with the weft of our dreams!
I would not wish, madam, to take positions on this occasion before contemporary feminism. It is possible that its concrete aspirations seem to me worthy of esteem and encouragement. But I will dare to say that still, however correct, all feminism is a superficial movement that leaves intact the great question: the specific mode of feminine influence in history. A lack of intellectual foresight leads one to seek the efficacy of woman in forms similar to those that are proper to masculine action. In this way, of course, we shall only find absences.
It is forgotten that each being possesses a peculiar genus of causality and the alert mind must know how to find it.
The brilliant dramatist Hebbel asked himself whether it is possible to compose tragedies whose hero is feminine. Because heroism seems to consist in a superlative activity, hardly compatible with the normal condition of woman. Analyzing the fact of Judith, the virgin widow, he had found that if she ventured to the tent of Holofernes, it was for admiration, for enthusiasm toward the audacious warrior, and if later she reaped his head it was by automatic action of hatred or resentment upon feeling herself sullied and offended. Her feat only seems so looked at from afar. In reality, it was a tissue composed of reactions and weaknesses. To rectify this essay, Hebbel models his Genevieve of Brabant, who does nothing but suffer, endure, creating thus the symbol of a properly feminine negative heroism, where activity is, by essence, passivity and suffering. Durch dulden tun; to do by suffering. Such is his formula of feminine causality.
Hebbel’s solution to the problem subtly posed by him seems to me excessive. Certainly the destiny of woman is not activity, but between this and suffering there is an intermediate form: being.
Every man master of a well-tempered sensibility has experienced at the side of some woman the impression of finding himself before something strange and absolutely superior to him. That woman, it is certain, knows less of science than we, has less creative power of art, is not wont to be capable of ruling a people nor of winning battles, and, nevertheless, we perceive in her person a superiority over us of a more radical nature than any of those that can exist, for example, between two men of the same craft. And it is that the virile excellences —scientific or artistic talent, political and financial skill, moral heroism— are, in a certain way, extrinsic to the person, and, so to speak, instrumental. Talent consists in an aptitude for creating certain socially useful products —science, art, wealth, public order. But what we properly esteem are these products, and only a reflection of the value we attribute to them is projected upon the endowments necessary to produce them. It is not the poet, but the poetry that interests us; it is not the politician, but his politics. This extrinsic character of talents becomes evident because it is often given in man alongside the gravest personal defects. Virile excellence resides, then, in a doing; that of woman in a being and in a state; or in other words: man is worth for what he does; woman, for what she is.
Ora potrei più a piacimento rispondere alla domanda precedente. L’ufficio della donna, quando non è che donna, è di essere il concreto ideale («incanto», «illusione») del maschio. Niente di più. Ma niente di meno. Può un uomo amare con insuperabile fervore la madre, la sposa, la figlia o la sorella senza che ci sia nel suo sentimento la minima tonalità di illusione. Al contrario, può sentirsi illuso, incantato, attratto, senza che provi niente di ciò che propriamente chiamiamo amore filiale, paterno, coniugale o fraterno. Le donne, con la loro acuta intuizione, distinguono perfettamente quando nelle emozioni che suscitano esiste quella sfumatura dell’illusione e, nel segreto del loro animo, solo allora si sentono lusingate e soddisfatte. Diceva Ramón Campos, un fine scrittore spagnolo di fine Settecento, che «solo una cosa può riempire completamente il cuore dell’uomo, ed è il cuore della donna».
Di modo che la donna è donna nella misura in cui è incanto o ideale. Una madre perfetta sarà un ideale di madre, ma essere madre non è essere ideale. Le varie invocazioni della femmina umana sono, dunque, chiaramente distinte e portano ascritto ciascuna un repertorio diverso di grazie e virtù. Può darsi che la sposa, la madre, la sorella, la figlia siano perfette senza che posseggano perfezioni di donna e viceversa.
D’altra parte, si avverte che l’incantevole missione della donna è il principio che rende possibili le restanti forme di femminilità. Se la donna non incanta, non la sceglie l’uomo per farne la sposa che sia madre di figlie sorelle dei suoi figli. Tutto si origina in quel magico potere di incantare. Nei Martiri, di Chateaubriand, quando il generale romano veglia malinconico sul baluardo sotto la vaga palpitazione stellare, la druidessa che lo ama, la gentile Veleda, si presenta come un fantasma etereo, con la sua lunga chioma bionda, la liturgica falce d’oro tra i seni e gli dice: Sais-tu que je suis fée? Ebbene, la donna prima di poter essere qualunque altra cosa, deve sembrare all’uomo, come Veleda, una fata, una magica essenza. L’illusione potrà vivere un istante o non morire mai: breve o perdurata è l’occasione di influenza massima sull’uomo che alla donna si offre.
È incredibile che ci siano menti abbastanza cieche da ammettere che possa la donna influire nella storia mediante il voto elettorale e il grado di dottore universitario tanto quanto influisce per questa sua magica potenza di illusione. Non esistendo dentro la condizione umana molla biologica tanto certa ed efficace come quella facoltà di attrarre che la donna possiede sull’uomo, ha fatto di essa la natura il più potente artificio di selezione e una forza sublime per modificare e perfezionare la specie.
È curioso che già nei cominciamenti della storia europea, là nel primo canto dell’Iliade, appaia la donna come galardone a chi vince nei giochi o nella guerra. Al più destro, al più bravo la più bella. Di modo che troviamo, da subito, i maschi aspiranti in concorrenza e certame a conquistare la donna. Posteriormente non è questa soltanto il premio che si concede al migliore, ma essa stessa è incaricata di giudicare chi vale di più e preferire l’eccellente. La vita sociale è un continuato concorso aperto tra gli uomini per misurare le loro attitudini con animo di essere preferiti dalla donna. Soprattutto nelle epoche più feconde e gloriose —il secolo XIII, il Rinascimento, il secolo XVIII—, i costumi permisero con peculiare intensità che fossero le donne, come dice Stendhal, juges des mérites. Ma si obietterà che la donna preferisce non il migliore, ma quello che a lei sembra migliore, l’individuo in cui vede concretato il suo ideale del maschio. In effetti, è così. L’ideale, il disegno esaltato che dell’uomo ha la donna, agisce come un apparecchio di selezione sulla folla dei maschi e mette in risalto quelli che con esso coincidono. Ecco precisamente il cammino della storia, che è, in buona parte, la storia degli ideali maschili inventati dalla donna. Così le dame di Provenza decisero che l’uomo doveva essere prou e courtois. Prodezza e cortesia! Crearono l’ideale del «cavaliere», che, benché decaduto e malconcio, informa ancora la società europea.
In ogni generazione sono preferiti i maschi coincidenti con l’ideale più generalizzato tra le ragazze di quel tempo: essi creano i focolari più riusciti e felici, dove si allevano i migliori figli che, influenzati dalle anime omogenee dei loro padri, trasmettono a successive generazioni un certo modulo e gesto di umanità.
Che ci dobbiamo fare, signora; la vita è così, sorprendente, e piena di vie insospettate! Si veda come la cosa più impalpabile e fluida, l’aereo sogno che sognano le vergini nei loro camerini imprima la sua impronta nei secoli più profondamente dell’acciaio dei capitani! Da ciò che oggi tessono nella loro segreta fantasia, rapite in sé, le adolescenti, dipende in buona parte la piega che prenderà la storia dentro un secolo. Ha ragione Shakespeare! La nostra vita è fatta con la trama dei nostri sogni!
Io non vorrei, signora, prendere in questa occorrenza posizioni dinanzi al femminismo contemporaneo. È possibile che le sue aspirazioni concrete mi sembrino degne di stima e di fomento. Ma sì mi permetterò di dire che ancora, pur azzeccato, tutto il femminismo è un movimento superficiale che lascia intatta la grande questione: il modo specifico dell’influenza femminile nella storia. Una mancanza di previsione intellettuale porta a cercare l’efficacia della donna in forme simili a quelle che sono proprie dell’azione virile. In questo modo, com’è chiaro, troveremo solo assenze.
Si dimentica che ogni essere possiede un genere peculiare di causalità e la mente sveglia deve saperlo trovare.
Il geniale drammaturgo Hebbel si domandava se è possibile comporre tragedie il cui eroe sia femminile. Perché pare consistere l’eroismo in una superlativa attività, appena compatibile con la normale condizione della donna. Analizzando il fatto di Giuditta, la vedova vergine, aveva trovato che se si avventurò fino alla tenda di Oloferne, fu per ammirazione, per entusiasmo verso l’audace guerriero, e se poi falciò la sua testa fu per azione automatica d’odio o risentimento al sentirsi macchiata e offesa. La sua impresa, solo guardata da lontano lo sembra. In realtà, era un tessuto composto di reazioni e debolezze. Per rettificare questo saggio, Hebbel modella la sua Genoveffa di Brabante, che non fa che soffrire, patire, creando così il simbolo di un eroismo negativo propriamente femminile, dove l’attività è, per essenza, passività e sofferenza. Durch dulden tun; fare col patire. Tale è la sua formula della causalità femminile.
La soluzione di Hebbel al problema da lui sottilmente posto mi sembra eccessiva. Certamente il destino della donna non è l’attività, ma tra questa e la sofferenza c’è una forma intermedia: l’essere.
Ogni uomo padrone di una sensibilità ben temprata ha sperimentato al fianco di qualche donna l’impressione di trovarsi davanti a qualcosa di strano e assolutamente superiore a lui. Quella donna, è certo, sa meno di scienza di noi, ha meno potere creatore d’arte, non suole essere capace di reggere un popolo né di vincere battaglie, e, tuttavia, percepiamo nella sua persona una superiorità su di noi di indole più radicale di qualunque di quelle che possono esistere, per esempio, tra due uomini di uno stesso mestiere. Ed è che le eccellenze virili —il talento scientifico o artistico, la destrezza politica e finanziaria, l’eroicità morale— sono, in certa maniera, estrinseche alla persona, e, per così dire, strumentali. Il talento consiste in un’attitudine a creare certi prodotti socialmente utili —la scienza, l’arte, la ricchezza, l’ordine pubblico. Ma ciò che propriamente stimiamo sono questi prodotti, e solo un riflesso del valore che attribuiamo loro si proietta sulle doti necessarie per produrli. Non è il poeta, ma la poesia ciò che ci interessa; non è il politico, ma la sua politica. Questo carattere estrinseco dei talenti si fa patente perché si dà spesso nell’uomo accanto ai più gravi difetti personali. L’eccellenza virile risiede, dunque, in un fare; quella della donna in un essere e in uno stare; o con altre parole: l’uomo vale per ciò che fa; la donna, per ciò che è.
Cuando menos, lo que al hombre atrae de ellas no son sus actos, sino su esencia. De aquí que la profunda intervención femenina en la historia no necesite consistir en actuaciones, en faenas, sino en la inmóvil, serena presencia de su personalidad. Como al presentarse la luz, sin que ella se lo proponga y realice ningún esfuerzo, simplemente porque es luz, quedan iluminados los objetos y cantan en sus flancos los colores, todo lo que hace la mujer lo hace sin hacerlo, simplemente estando, siendo, irradiando. Y es curioso advertir cómo este carácter, que da a todo movimiento femenino un aire más bien de emanación que de acto regido por finalidades externas, luce en cada uno de sus oficios peculiares. ¿Es, por ventura, trabajar lo que hace la madre al ocuparse de sus hijos, la solicitud de la esposa o la hermana? ¿Qué tienen todos esos afanes de increíble misterio, que les hace como irse borrando conforme son ejecutados, y no dejar en el aire acusada una línea de acción o faena? Pues esta fluidez del acto es eminente en el oficio titular de mujer. La mujer, en efecto, parece no intervenir en nada; su influjo no tiene el aspecto violento o siquiera afanado propio a la intervención masculina. El hombre golpea con su brazo en la batalla, jadea por el planeta en arriesgadas exploraciones, coloca piedra sobre piedra en el monumento, escribe libros, azota el aire con discursos y hasta cuando no hace sino meditar, recoge los músculos sobre sí mismos en una quietud tan activa, que más parece la contracción preparatoria del brinco audaz. La mujer, en tanto, no hace nada, y si sus manos se mueven, es más bien en gesto que en acción. Sobre un sepulcro de la vetusta Roma republicana, donde descansó el cuerpo de una de aquellas matronas genitrices de la raza más fuerte, se leen junto al nombre estas palabras: domiseda, lanifica; guardó su casa e hiló. Nada más. Nos parece ver la noble figura quieta en su umbral, con los largos dedos consulares enredados en el blanco vellocino.
La influencia de la mujer es poco visible precisamente porque es difusa y se halla dondequiera. No es turbulenta, como la del hombre, sino estática, como la de la atmósfera. Hay evidentemente en la esencia femenina una índole atmosférica que opera lentamente, a la manera de un clima. Esto es lo que quisiera sugerir cuando afirmo que el hombre vale por lo que hace, y la mujer por lo que es.
Así se explica que la cultura y perfeccionamiento de la hembra humana lleve siempre trayectoria distinta de la del hombre; mientras el progreso del varón consiste principalmente en fabricar cosas cada vez mejores —ciencias, artes, leyes, técnicas—, el progreso de la mujer consiste en hacerse a sí misma más perfecta, creando en sí un nuevo tipo de feminidad más delicado y más exigente.
¡Más exigente! A mi juicio, es ésta la suprema misión de la mujer sobre la tierra: exigir, exigir la perfección al hombre. Se acerca a ella el varón, buscando ser el preferido; a este fin procura, desde luego, recoger en un haz lo mejor de su persona para presentarlo a la bella juzgadora. El aliño que el más descuidado suele poner en su aderezo corporal al tiempo de la aspiración amorosa no es sino la expresión exterior y un poco ingenua del aseo espiritual a que la mujer nos incita. Ya esta espontánea selección y pulimento de nuestro repertorio vital es un primer impulso hacia la perfección que a ella debemos. Pero hay más; con eso que el hombre es, llega ante la mujer y lo expone; dice sus palabras, hace sus ademanes fijando la mirada en su semblante para descubrir su aprobación o su desdén. Sobre cada acción suya desciende un leve gesto reprobatorio o una sonrisa que corrobora; la consecuencia es que reflexiva o indeliberadamente el hombre va anulando, podando sus actos reprobados y fomentando los que hallaron aquiescencia. De suerte que, al cabo, nos sorprendemos reformados, depurados según un nuevo estilo y tipo de vida. Sin hacer nada, quieta, como la rosa en su rosal, a lo sumo mediante una flúida emanación de leves gestos fugaces, que actúan como golpes eléctricos de un irreal cincel, la mujer encantadora ha esculpido en nuestro bloque vital una nueva estatua de varón. Diríase que hay dentro del alma femenina un imaginario perfil, el cual aplica sobre cada hombre que se aproxima. Y yo creo que es así: toda mujer lleva en su intimidad preformada una figura de varón, sólo que ella no suele saber que lo lleva. El fuerte de la mujer no es saber, sino sentir. Saber las cosas es tener sus conceptos y definiciones, y esto es obra de varón. La mujer no sabe, no se ha definido ese modelo de masculinidad, pero los entusiasmos y repulsas que siente en el trato con los hombres equivalen para ella al descubrimiento práctico de esa carga ideal que insospechada traía en su corazón. Sólo así se aclara el hecho —cuyo mecanismo dejo ahora intacto— de que todo amor verdadero, y más aún en la mujer, nace en coup de foudre y es un flechazo. Poco puede apostarse a un amor que nace lentamente; cuando es plenario surge de un golpe, de tal modo instantáneo y arrollador, que la mujer lo primero que de él advierte es un fabuloso, irresistible anonadamiento. Este fenómeno sólo se explica por la súbita coincidencia entre aquel molde ideal y un hombre pasajero. El amor a aquella figura imaginaria preexistía ya; sólo esperaba una ocasión favorable para dispararse.
La mayor parte de los hombres viven de frases hechas, de ideas recibidas, de sentimientos convencionales y mostrencos. Del mismo modo, las mujeres vulgares llevan en sí un vulgar ideal de varón, un modelo de munición que fácilmente halla aproximado cumplimiento en la realidad. Mas como hay hombres geniales que inventan novísimos pensamientos, que crean estilos artísticos y descubren normas de nuevo derecho, hay mujeres geniales en que, por la exquisita materia de su ser, por el enérgico cultivo de su sensibilidad, logra brotar inexpreso un nuevo ideal de varón. A modo de meta sublime, de ejemplar y prototipo actúa ese delicado perfil sobre toda una sociedad, elevando, mediante la tracción encantadora que ejerce la mujer, el nivel moral del tipo hombre.
Cabe, pues, en el oficio peculiar de mujer un más y un menos de genialidad, como en la ciencia o en el arte. Y esto quiere decir que la pura feminidad es una dimensión esencial de la cultura; que hay una cultura específicamente femenina, con sus talentos y sus genios, sus ensayos, sus fracasos y sus adquisiciones, al través de la cual realiza la mujer su genuina colaboración en la historia.
Si unas cuantas docenas de mujeres, certeramente apostadas en una sociedad, educan, pulen su persona, hasta hacer de ella un perfecto diapasón de humanidad, un aparato de precisión sentimental, un órgano de aguda sensibilidad para formas posibles de vida mejor, lograrán más que todos los pedagogos y todos los políticos. La mujer exigente, que no se contenta con la vulgar manufactura varonil, que exige raras calidades en el hombre, produce con su desdén una especie de vacío en las alturas sociales; y como la naturaleza tiene horror a éste, pronto lo veremos llenarse de realidades: los corazones de los hombres comenzarán a pulsar con nuevo compás, ideas inesperadas despertarán en las cabezas, nuevas ambiciones, proyectos, empresas surcarán los espacios vitales, la existencia toda se pondrá a marchar en ritmo ascendente, y en el país venturoso donde esa feminidad aparezca florecerá triunfante e invasora una histórica primavera toda una vida nueva —vita nuova!
Vea usted, señora, cómo después de un largo giro, tal vez un poco penoso, vuelvo fielmente al punto de donde partí. Todo esto que ahora he dicho quisiera ser tan sólo el comentario a la emoción juvenil que Dante expresa en su primer libro. La Vita nuova es la historia miniada en gótica vidriera de tres o cuatro gestos que de lejos hace la doncella florentina; una sonrisa de favorable salutación, un mohín de vago desdén. Nada más. Y la vida de Dante, que fue iniciación de épocas nuevas, quedó para siempre orientada en su ruta por aquella sonrisa de la donna della salute —como las naves sobre el lomo del mar aprenden su camino en el gesto tembloroso de una estrella.
En vez de dirigirse por derecho a la perfección, cree más seguro el poeta del Paraíso recoger la norma en el semblante de Beatriz. Por eso dice:
Beatrice tutta nelle eterne rote
fissa con gli occhi stava; ed io in lei
le luci fissi, di lassu remote.
[Beatriz miraba fijamente a las eternas
esferas, y yo fijaba en ella mis ojos,
apartándolos de lo alto.]
Es el profundo suceso, que bajo la superficie histórica siempre se renueva, y Goethe expresó en palabras casi nunca entendidas:
El Eterno-Femenino
nos atrae hacia las alturas,
At the very least, what attracts man in them is not their acts, but their essence. Hence the profound feminine intervention in history need not consist in performances, in tasks, but in the immobile, serene presence of her personality. As upon the appearance of light, without its proposing it to itself nor making any effort, simply because it is light, the objects are illuminated and the colors sing on their flanks, everything that woman does she does without doing it, simply being, existing, radiating. And it is curious to note how this character, which gives to every feminine movement an air rather of emanation than of act governed by external ends, shines in each of her peculiar offices. Is it, perchance, working what the mother does in attending to her children, the solicitude of the wife or the sister? What do all those cares have of incredible mystery, that makes them as if going being erased as they are executed, and not leave in the air an accused line of action or task? Well, this fluidity of the act is eminent in the titular office of woman. Woman, in effect, seems not to intervene in anything; her influence does not have the violent or even busy aspect proper to masculine intervention. Man strikes with his arm in battle, pants over the planet in risky explorations, places stone upon stone in the monument, writes books, lashes the air with speeches and even when he does nothing but meditate, gathers his muscles upon themselves in a quietude so active, that it seems rather the preparatory contraction of the audacious leap. Woman, meanwhile, does nothing, and if her hands move, it is rather in gesture than in action. Upon a sepulcher of ancient republican Rome, where rested the body of one of those genitrix matrons of the strongest race, there are read beside the name these words: domiseda, lanifica; she kept her house and spun. Nothing more. We seem to see the noble figure still upon her threshold, with the long consular fingers entangled in the white fleece.
The influence of woman is little visible precisely because it is diffuse and is found everywhere. It is not turbulent, like that of man, but static, like that of the atmosphere. There is evidently in the feminine essence an atmospheric nature that operates slowly, in the manner of a climate. This is what I would like to suggest when I affirm that man is worth for what he does, and woman for what she is.
Thus it is explained that the culture and perfecting of the human female always carries a trajectory distinct from that of man; while the progress of the male consists mainly in manufacturing ever better things —sciences, arts, laws, techniques—, the progress of woman consists in making herself more perfect, creating in herself a new type of femininity more delicate and more demanding.
More demanding! In my judgment, this is the supreme mission of woman on earth: to demand, to demand perfection from man. The male approaches her, seeking to be the preferred one; to this end he strives, of course, to gather into a sheaf the best of his person to present it to the beautiful judge. The adornment that the most careless one is wont to put into his corporal attire at the time of amorous aspiration is nothing but the exterior and somewhat naive expression of the spiritual grooming to which woman incites us. Already this spontaneous selection and polishing of our vital repertory is a first impulse toward the perfection that we owe to her. But there is more; with what man is, he arrives before woman and exposes it; he says his words, makes his gestures fixing his gaze upon her countenance to discover her approval or her disdain. Upon each of his actions descends a light reproving gesture or a smile that corroborates; the consequence is that reflexively or indeliberately man goes annulling, pruning his reproved acts and fostering those that found acquiescence. So that, in the end, we surprise ourselves reformed, purified according to a new style and type of life. Without doing anything, still, like the rose in its rosebush, at most through a fluid emanation of light fleeting gestures, which act like electric blows of an unreal chisel, the enchanting woman has sculpted in our vital block a new statue of male. One would say that within the feminine soul there is an imaginary profile, which she applies over each man who approaches. And I believe that it is so: every woman carries in her intimacy a preformed figure of male, only that she is not wont to know that she carries it. The strength of woman is not to know, but to feel. To know things is to have their concepts and definitions, and this is the work of the male. Woman does not know, she has not defined that model of masculinity, but the enthusiasms and repulsions she feels in dealing with men are equivalent for her to the practical discovery of that ideal burden that, unsuspected, she carried in her heart. Only thus is clarified the fact —whose mechanism I now leave intact— that all true love, and more still in woman, is born in coup de foudre and is a lightning bolt. Little can be wagered on a love that is born slowly; when it is full it arises at a blow, in such an instant and sweeping way, that the first thing woman notices of it is a fabulous, irresistible annihilation. This phenomenon is explained only by the sudden coincidence between that ideal mold and a passing man. The love for that imaginary figure already pre-existed; it only awaited a favorable occasion to shoot.
Most men live on ready-made phrases, on received ideas, on conventional and common feelings. In the same way, vulgar women carry in themselves a vulgar ideal of male, a made-to-order model that easily finds approximate fulfillment in reality. But just as there are genial men who invent brand-new thoughts, who create artistic styles and discover norms of new law, there are genial women in whom, by the exquisite matter of their being, by the energetic cultivation of their sensibility, there manages to sprout unexpressed a new ideal of male. In the manner of a sublime goal, of exemplar and prototype, that delicate profile acts over a whole society, elevating, through the enchanting traction that woman exercises, the moral level of the type man.
There fits, then, in the peculiar office of woman a more and a less of genius, as in science or in art. And this means that pure femininity is an essential dimension of culture; that there is a specifically feminine culture, with its talents and its geniuses, its essays, its failures and its acquisitions, through which woman realizes her genuine collaboration in history.
If a few dozen women, well posted in a society, educate, polish their person, until making of it a perfect tuning fork of humanity, an apparatus of sentimental precision, an organ of acute sensibility for possible forms of better life, they will achieve more than all the pedagogues and all the politicians. The demanding woman, who does not content herself with vulgar male manufacture, who demands rare qualities in man, produces with her disdain a kind of void in the social heights; and as nature has horror of it, soon we shall see it fill with realities: the hearts of men will begin to beat with new measure, unexpected ideas will awaken in heads, new ambitions, projects, enterprises will furrow the vital spaces, the whole existence will set itself marching in ascending rhythm, and in the fortunate country where that femininity appears there will flourish, triumphant and invasive, a historical spring, a whole new life —vita nuova!
See, madam, how after a long turn, perhaps a little painful, I return faithfully to the point from which I started. All this that I have now said would wish to be only the commentary on the youthful emotion that Dante expresses in his first book. The Vita nuova is the history, illuminated in a Gothic window, of three or four gestures that from afar the Florentine maiden makes; a smile of favorable greeting, a pout of vague disdain. Nothing more. And the life of Dante, which was initiation of new epochs, remained forever oriented in its route by that smile of the donna della salute —as the ships upon the back of the sea learn their way in the trembling gesture of a star.
Instead of directing himself directly to perfection, the poet of Paradise believes it safer to gather the norm in the countenance of Beatrice. Therefore he says:
Beatrice tutta nelle eterne rote
fissa con gli occhi stava; ed io in lei
le luci fissi, di lassu remote.
[Beatrice looked fixedly at the eternal
spheres, and I fixed my eyes on her,
turning them away from on high.]
It is the profound event, which beneath the historical surface always renews itself, and Goethe expressed in words almost never understood:
The Eternal-Feminine
draws us toward the heights,
Quanto meno, ciò che all’uomo attrae di esse non sono i loro atti, ma la loro essenza. Di qui che la profonda intervenzione femminile nella storia non necessiti di consistere in attuazioni, in faccende, ma nell’immobile, serena presenza della sua personalità. Come al presentarsi della luce, senza che essa se lo proponga e compia alcuno sforzo, semplicemente perché è luce, restano illuminati gli oggetti e cantano nei loro fianchi i colori, tutto ciò che fa la donna lo fa senza farlo, semplicemente stando, essendo, irradiando. Ed è curioso avvertire come questo carattere, che dà a ogni movimento femminile un’aria piuttosto di emanazione che di atto retto da finalità esterne, risplenda in ciascuno dei suoi uffici peculiari. È, per ventura, lavorare ciò che fa la madre occupandosi dei suoi figli, la sollecitudine della sposa o della sorella? Che hanno tutti quei fervori di incredibile mistero, che li fa come andare cancellandosi via via che sono eseguiti, e non lasciare nell’aria accusata una linea di azione o faccenda? Ebbene questa fluidità dell’atto è eminente nell’ufficio titolare di donna. La donna, in effetti, sembra non intervenire in nulla; il suo influsso non ha l’aspetto violento o anche solo affannoso proprio dell’intervenzione maschile. L’uomo colpisce col suo braccio nella battaglia, ansima per il pianeta in arrischiate esplorazioni, colloca pietra su pietra nel monumento, scrive libri, flagella l’aria con discorsi e anche quando non fa che meditare, raccoglie i muscoli su sé stessi in una quiete così attiva, che sembra piuttosto la contrazione preparatoria del balzo audace. La donna, intanto, non fa nulla, e se le sue mani si muovono, è più in gesto che in azione. Sopra un sepolcro della vetusta Roma repubblicana, dove riposò il corpo di una di quelle matrone genitrici della razza più forte, si leggono accanto al nome queste parole: domiseda, lanifica; custodì la sua casa e filò. Niente di più. Ci sembra di vedere la nobile figura quieta sulla sua soglia, con le lunghe dita consolari intrecciate nel bianco vello.
L’influenza della donna è poco visibile precisamente perché è diffusa e si trova dovunque. Non è turbolenta, come quella dell’uomo, ma statica, come quella dell’atmosfera. C’è evidentemente nell’essenza femminile un’indole atmosferica che opera lentamente, a maniera di un clima. Questo è ciò che vorrei suggerire quando affermo che l’uomo vale per ciò che fa, e la donna per ciò che è.
Così si spiega che la cultura e perfezionamento della femmina umana porti sempre traiettoria distinta da quella dell’uomo; mentre il progresso del maschio consiste principalmente nel fabbricare cose sempre migliori —scienze, arti, leggi, tecniche—, il progresso della donna consiste nel farsi da sé più perfetta, creando in sé un nuovo tipo di femminilità più delicato e più esigente.
Più esigente! A mio giudizio, è questa la suprema missione della donna sulla terra: esigere, esigere la perfezione dall’uomo. Le si avvicina il maschio, cercando di essere il preferito; a questo fine procura, senz’altro, di raccogliere in un fascio il meglio della sua persona per presentarlo alla bella giudicatrice. L’ornamento che il più trascurato suole mettere nel suo addobbo corporale al tempo dell’aspirazione amorosa non è che l’espressione esteriore e un po’ ingenua della pulizia spirituale a cui la donna ci incita. Già questa spontanea selezione e pulimento del nostro repertorio vitale è un primo impulso verso la perfezione che a lei dobbiamo. Ma c’è di più; con ciò che l’uomo è, arriva dinanzi alla donna e lo espone; dice le sue parole, fa i suoi gesti fissando lo sguardo nel suo sembiante per scoprire la sua approvazione o il suo disdegno. Sopra ogni sua azione scende un lieve gesto riprovativo o un sorriso che corrobora; la conseguenza è che riflessivamente o senza deliberazione l’uomo va annullando, potando i suoi atti riprovati e fomentando quelli che trovarono acquiescenza. Di modo che, alla fine, ci sorprendiamo riformati, ripuliti secondo un nuovo stile e tipo di vita. Senza fare nulla, quieta, come la rosa nel suo rosale, al massimo mediante una fluida emanazione di lievi gesti fuggaci, che agiscono come colpi elettrici di un irreale cesello, la donna incantevole ha scolpito nel nostro blocco vitale una nuova statua di maschio. Si direbbe che ci sia dentro l’anima femminile un immaginario profilo, che essa applica sopra ogni uomo che si avvicina. E io credo che sia così: ogni donna porta nella sua intimità preformata una figura di maschio, solo che lei non suole sapere che la porta. Il forte della donna non è sapere, ma sentire. Sapere le cose è avere i loro concetti e definizioni, e questo è opera di maschio. La donna non sa, non si è definita quel modello di mascolinità, ma gli entusiasmi e le repulse che sente nel tratto con gli uomini equivalgono per lei alla scoperta pratica di quel carico ideale che insospettata portava nel suo cuore. Solo così si chiarisce il fatto —il cui meccanismo lascio ora intatto— che ogni amore vero, e più ancora nella donna, nasce in coup de foudre ed è un colpo di fulmine. Poco può scommettersi su un amore che nasce lentamente; quando è pienario sorge d’un colpo, in modo tanto istantaneo e travolgente, che la donna la prima cosa che di esso avverte è un favoloso, irresistibile annientamento. Questo fenomeno si spiega soltanto per la subitanea coincidenza tra quel molde ideale e un uomo passeggero. L’amore a quella figura immaginaria preesisteva già; aspettava solo un’occasione favorevole per spararsi.
La maggior parte degli uomini vivono di frasi fatte, di idee ricevute, di sentimenti convenzionali e scontati. Del pari, le donne volgari portano in sé un volgare ideale di maschio, un modello di munizione che facilmente trova approssimato adempimento nella realtà. Ma come ci sono uomini geniali che inventano nuovissimi pensieri, che creano stili artistici e scoprono norme di nuovo diritto, ci sono donne geniali in cui, per la squisita materia del loro essere, per l’energico coltivamento della loro sensibilità, riesce a germogliare inespresso un nuovo ideale di maschio. A maniera di meta sublime, di esemplare e prototipo agisce quel delicato profilo sopra tutta una società, elevando, mediante la trazione incantevole che esercita la donna, il livello morale del tipo uomo.
C’è, dunque, nell’ufficio peculiare di donna un più e un meno di genialità, come nella scienza o nell’arte. E questo vuol dire che la pura femminilità è una dimensione essenziale della cultura; che c’è una cultura specificamente femminile, con i suoi talenti e i suoi geni, i suoi saggi, i suoi fallimenti e le sue acquisizioni, attraverso la quale realizza la donna la sua genuina collaborazione nella storia.
Se alcune decine di donne, ben piazzate in una società, educano, puliscono la loro persona, fino a farne un perfetto diapason di umanità, un apparecchio di precisione sentimentale, un organo di acuta sensibilità per forme possibili di vita migliore, otterranno più di tutti i pedagoghi e di tutti i politici. La donna esigente, che non si contenta della volgare manifattura virile, che esige rare qualità nell’uomo, produce col suo disdegno una specie di vuoto nelle altezze sociali; e siccome la natura ha orrore di questo, presto lo vedremo riempirsi di realtà: i cuori degli uomini cominceranno a pulsare con nuovo compasso, idee inaspettate desteranno nelle teste, nuove ambizioni, progetti, imprese solcheranno gli spazi vitali, l’esistenza tutta si metterà a marciare in ritmo ascendente, e nel paese venturoso dove quella femminilità appaia fiorirà trionfante e invasora una storica primavera, tutta una vita nuova —vita nuova!
Veda lei, signora, come dopo un lungo giro, forse un po’ penoso, ritorno fedelmente al punto da cui partii. Tutto questo che ora ho detto vorrebbe essere soltanto il commento all’emozione giovanile che Dante esprime nel suo primo libro. La Vita nuova è la storia miniata in gotica vetrata di tre o quattro gesti che da lontano fa la donzella fiorentina; un sorriso di favorevole salutazione, un moto di vago disdegno. Niente di più. E la vita di Dante, che fu iniziazione di epoche nuove, restò per sempre orientata nella sua rotta da quel sorriso della donna della salute —come le navi sul dorso del mare apprendono la loro strada nel gesto tremolante di una stella.
Invece di dirigersi di diritto alla perfezione, crede più sicuro il poeta del Paradiso raccogliere la norma nel sembiante di Beatrice. Per questo dice:
Beatrice tutta nelle eterne rote
fissa con gli occhi stava; ed io in lei
le luci fissi, di lassu remote.
[Beatrice fissava le eterne
sfere, e io fissavo in lei i miei occhi,
allontanandoli da lassù.]
È il profondo evento, che sotto la superficie storica sempre si rinnova, e Goethe espresse in parole quasi mai intese:
L’Eterno-Femminile
ci attrae verso le altezze,
o como luego dice la Mater gloriosa, dirigiéndose a Margarita:
¡Ven! Asciende a las esferas sublimes,
que si él te presiente, él te seguirá.
La perfección radical del hombre —no lo que es sólo mejorar en ciencia o en arte o en política— ha solido llegar a él mirando el infinito al través de un alma femenina, medio cristalino donde dan su refracción los grandes ideales concretos. Así podía decir Shelley a su amada: ¡Amada, tú eres mi mejor yo!
Todos los progresos que el hombre con su obra consigue son parciales, adjetivos, tangentes a la esfera íntima de la vida. Por el contrario, un modo superior de perfección femenina es un progreso integral de la vida y como el germen de una nueva humanidad. De aquí el anhelo infinito, la ilusión incendiada que los hombres mejores han sentido cuando sesgó su existencia una mujer esencial. Si contemplamos al trasluz lo que han escrito, lo que han pintado, lo que han legislado, descubrimos en la filigrana un tenue perfil transeúnte de dama gentil. No se trata de vulgares anécdotas eróticas, sino de aquellas supremas emociones que en el lívido crepúsculo de Mantinea explicaba, trémula y sabia, a Sócrates divino la extranjera Diótima. Se trata del afán de perfección que en todo varón selecto siembra a su paso sin peso una Eva ejemplar.
Un individuo, como un pueblo, queda más exactamente definido por sus ideales que por sus realidades. El lograr nuestros propósitos depende de la buena fortuna; pero el aspirar es obra exclusiva de nuestros corazones. Por esto los tipos de feminidad, que son a la vez formas de idealidad, marcan el horizonte de las capacidades latentes en cada pueblo. Dondequiera y en todo tiempo, las siluetas del eterno femenino se elevan al cenit como constelaciones, preestableciendo los destinos étnicos.
Hace ocho años, señora, cuando iba a terminar mi permanencia en la Argentina, tuve el honor de conocer a sus amigas y a usted. Nunca olvidaré la impresión que me produjo hallar aquel grupo de mujeres esenciales, destacando sobre el fondo de una nación joven. Había en ustedes tal entusiasmo de perfección, un gusto tan certero y rigoroso, tanto fervor hacia toda disciplina severa, que cada una de nuestras conversaciones circulares dejaba sobre mi espíritu, como un peso moral, el denso imperativo de mezura y selección. Que en un pueblo de antigua y destilada cultura aparezcan exquisitas formas de feminidad es comprensible, aunque no frecuente. Nietzsche dice que «la mujer perfecta es un tipo de humanidad superior al hombre perfecto, y además es más insólito». Pero que en una raza nueva y aún en gestación broten súbitamente tales criaturas, encierra un secreto orgánico y da mucho que pensar. Evidentemente no se trata de un resultado del medio, como en las viejas civilizaciones. Todo lo contrario. La vitalidad ascendente de la nueva raza crea de su lujo interior esas figuras egregias con una intención de ejemplaridad. Son modelos y pautas que inician un perfeccionamiento del medio. El hecho de que ustedes me apareciesen floreciendo en la hora germinal de una gran nación, me hizo concebir estos pensamientos sobre la influencia de la mujer en la historia. Su coincidencia con las emociones de Dante me invitaba a devolverlos ahora a ustedes en signo de homenaje y gratitud.
Yo no sé si la sociedad que le rodea sabrá aprovechar sin pérdida la gracia normativa que hay en usted. ¿No es el destino de la Argentina seguir una trayectoria que contrapese la del pueblo yanqui, equilibrando así las dos gigantescas masas del continente? Ya que la nación del Norte parece haberse desviado hacia el cultivo de la cantidad, fuera excelente que las razas del Plata prefiriesen la cualidad, aspirando a crear un nuevo tipo de hombre selecto. Claro síntoma de este sino es que hoy posean en usted algo así como una Gioconda austral.
¿Por qué, señora, es su prosa tan muelle, y lleva cada frase un resorte suave, que nos despide elásticamente de la tierra y nos proporciona una ascensión? Y eso que un fino respeto hacia Dante —¡quién lo conociera como usted!— le hace reprimir sus más personales inspiraciones. Al servirnos de guía suscita usted problemas que voluntariamente deja sin resolver. Esperamos tras éste otro libro, donde reciban iluminaciones. No olvide usted que es para muchos, como el poeta decía,
Quella ond’io aspetto il come e il quando
del dire e del tacer.
(Par. XXI)
[Aquélla de que espero el cómo y el cuándo
del hablar y el callar.]
Señora: La excursión ha sido deliciosa. Lo malo es que después de habernos conducido por espiritual tracción hasta lo más alto, nos deja usted ahora solos y, abandonados a nuestro propio peso, ¿qué podemos hacer sino descender? Con mis exclusivas fuerzas yo sólo podría intentar un estudio que se titulase: De Beatrice a Francesca, ensayo descendente. No faltaría precedencia. Conviene recordar que los dos mayores viajes para recobrar la mujer han sido de dirección contrapuesta. Dante asciende para hallar a Beatriz en el Empíreo, mas Orfeo, musicando, desciende al Infierno para encontrar a Eurídice.
Debo confesar que si placentero acompaño a Dante y procuro aprender de él, su doctrina me parece, al cabo, parcial e insuficiente. El estadio de la evolución sentimental que él representa no puede ser el último. Era preciso ciertamente descubrir la emoción espiritual hacia la mujer, que antes no existía. Pero después de haber ascendido hasta ella hace falta reintegrarla al cuerpo. Yo creo que esta integración del sentimiento, este ensayo de fundir el alma con la carne, es la misión de nuestra edad.
Hay en Dante, como en toda su época, un inestimable dualismo. Dante es, por una parte, el hombre que ha mirado mejor las formas de las cosas. Sus sentidos, prontos y perspicaces, estaban magníficamente abiertos sobre el mundo, y de su persona brotaba un gigantesco apetito de vida. No era un espectro; dondequiera que iba «movía lo que tocaba». Si escapa al trasmundo de las postrimerías, es para hacer de él una localidad inmejorable, desde la cual contemplar el gran torrente dramático de este nuestro mundo. Al pasar la frontera de ultratumba se lleva íntegro su equipaje de pasiones terrenas, y en sus versos trascendentes se las oye silbar como vendavales. La Divina Comedia es, ante todo, un libro de memorias.
Pero al lado de este terrenal entusiasmo, y sin acuerdo con él, triunfa en Dante el goticismo, con su alma de flecha ultrarreal, con su embriaguez de lo abstruso y su afán de fuga. Hay además en nuestro poeta un comienzo de la propensión racionalista que va a imperar en el Renacimiento, y luego en toda la modernidad. De este racionalismo, que aspira a sustituir la vida por la idea, nos vamos ahora curando. Su tiempo, en cambio, vivía inclinado hacia todas las alucinaciones. Es la edad en que se busca el Santo Grial y se da cima a aquella heroica fantasmagoría de las cruzadas. La famosa de los niños nos hace entrever cierto fondo de perversión, de insalubridad en las imaginaciones. Se vive en la magia de Artus y de Merlín.
Yo pido, señora, que organicemos una nueva salud, y ésta es imposible si el cuerpo no sirve de contrapeso al alma. Una vez descubierta, la vida del alma es demasiado fácil, porque es imaginaria. Decía Nietzsche «que es muy fácil pensar las cosas, pero muy difícil serlas». El cuerpo significa un imperativo de realización que se presenta al espíritu. Yo diría más: el cuerpo es la realidad del espíritu. Sin los gestos de usted, señora, no sabría nada del dorado misterio que es su alma.
Se ha partido de una falsa abstracción, se ha disociado arbitrariamente el cuerpo del espíritu, como si ambos fuesen separables. Pero el cuerpo vivo no es como el mineral: pura materia. El cuerpo vivo es carne, y la carne es sensibilidad y expresión. Una mano, una mejilla, un belfo dicen siempre algo; son esencialmente ademanes, cápsulas de espíritu, exteriorización de esta esencial intimidad que llamamos psique. La corporeidad, señora, es santa porque tiene una misión trascendente: simbolizar el espíritu.
¿Por qué desdeñar lo terreno? el propio asceta Pedro Damián no se olvida en el Paraíso del aceite cuaresmal con que había ganado el Cielo:
Quivi
al servigio di Dio mi fei si fermo,
che pur con cibi di liquor d’ulivi
lievemente passava caldi e geli
contento nei pensier contemplativi.
Lo cierto es que los inquilinos del otro mundo se agolpan presurosos, como insectos a la luz, en torno de Dante, a fin de beber en él un poco de vida y se atropellan para preguntarle noticias de la tierra.
Nos urge, señora, oír de nuevo su inspiración sobre estos grandes temas. Estamos en una hora de universal crepúsculo. Todo un orbe desciende moribundo, rodeado por la espléndida fiesta de su agonía. Ya roza el disco incendiado la fría línea verde de su inquieto sepulcro. Aún queda un resto de claror…
Lo sol sen va e vien la sera:
non v´arrestate ma studiate il passo,
or as the Mater gloriosa later says, addressing Margaret:
Come! Ascend to the sublime spheres,
for if he senses you, he will follow you.
The radical perfection of man —not what is only improving in science or in art or in politics— has been wont to come to him looking at the infinite through a feminine soul, a crystalline medium where the great concrete ideals give their refraction. Thus Shelley could say to his beloved: Beloved, you are my better self!
All the progresses that man with his work achieves are partial, adjective, tangent to the intimate sphere of life. On the contrary, a superior mode of feminine perfection is an integral progress of life and like the germ of a new humanity. Hence the infinite longing, the incensed illusion that the best men have felt when an essential woman crossed their existence. If we contemplate against the light what they have written, what they have painted, what they have legislated, we discover in the filigree a tenuous passing profile of a gentle lady. It is not a matter of vulgar erotic anecdotes, but of those supreme emotions that in the livid twilight of Mantinea explained, trembling and wise, to divine Socrates the foreigner Diotima. It is a matter of the yearning for perfection that in every select male sows in her passing, weightless, an exemplary Eve.
An individual, like a people, is more exactly defined by his ideals than by his realities. The achieving of our purposes depends on good fortune; but the aspiring is the exclusive work of our hearts. For this reason the types of femininity, which are at once forms of ideality, mark the horizon of the latent capacities in each people. Everywhere and at all times, the silhouettes of the eternal feminine rise to the zenith like constellations, pre-establishing the ethnic destinies.
Eight years ago, madam, when my stay in Argentina was about to end, I had the honor of meeting your friends and you. I shall never forget the impression produced in me by finding that group of essential women, standing out against the background of a young nation. There was in you such enthusiasm for perfection, such a sure and rigorous taste, so much fervor toward every severe discipline, that each of our circular conversations left upon my spirit, like a moral weight, the dense imperative of measure and selection. That in a people of ancient and distilled culture there should appear exquisite forms of femininity is comprehensible, although not frequent. Nietzsche says that «the perfect woman is a type of humanity superior to the perfect man, and moreover is more unusual». But that in a new and still gestating race such creatures should suddenly sprout, encloses an organic secret and gives much to think about. Evidently it is not a question of a result of the medium, as in the old civilizations. Quite the contrary. The ascending vitality of the new race creates from its interior luxury those eminent figures with an intention of exemplarity. They are models and patterns that initiate a perfecting of the medium. The fact that you appeared to me flourishing in the germinal hour of a great nation, made me conceive these thoughts on the influence of woman in history. Their coincidence with the emotions of Dante invited me to return them now to you as a sign of homage and gratitude.
I do not know if the society that surrounds you will know how to profit without loss from the normative grace that is in you. Is it not the destiny of Argentina to follow a trajectory that counterbalances that of the Yankee people, thus balancing the two gigantic masses of the continent? Since the Northern nation seems to have veered toward the cultivation of quantity, it would be excellent that the races of the Plata prefer quality, aspiring to create a new type of select man. Clear symptom of this fate is that today they possess in you something like a southern Gioconda.
Why, madam, is your prose so soft, and each sentence carries a gentle spring, that elastically dismisses us from the earth and provides us an ascent? And that although a fine respect toward Dante —who could know him as you do!— makes you repress your most personal inspirations. In serving us as guide you raise problems that you voluntarily leave unresolved. We await after this another book, where they receive illuminations. Do not forget that it is for many, as the poet said,
Quella ond’io aspetto il come e il quando
del dire e del tacer.
(Par. XXI)
[She from whom I await the how and the when
of speaking and of keeping silent.]
Madam: the excursion has been delightful. The bad thing is that after having conducted us by spiritual traction to the highest point, you now leave us alone and, abandoned to our own weight, what can we do but descend? With my exclusive forces I could only attempt a study entitled: From Beatrice to Francesca, a descending essay. Precedence would not be lacking. It is fitting to recall that the two greatest journeys to recover woman have been of opposite direction. Dante ascends to find Beatrice in the Empyrean, but Orpheus, making music, descends to Hell to find Eurydice.
I must confess that if I gladly accompany Dante and try to learn from him, his doctrine seems to me, in the end, partial and insufficient. The stage of sentimental evolution that he represents cannot be the last. It was certainly necessary to discover the spiritual emotion toward woman, which did not exist before. But after having ascended to it, it is necessary to reintegrate it into the body. I believe that this integration of feeling, this essay of fusing the soul with the flesh, is the mission of our age.
There is in Dante, as in all his epoch, an inestimable dualism. Dante is, on one hand, the man who has looked best at the forms of things. His senses, ready and perspicacious, were magnificently open upon the world, and from his person gushed a gigantic appetite for life. He was not a specter; wherever he went he «moved what he touched». If he escapes to the other world of the last things, it is to make of it an unbeatable locality from which to contemplate the great dramatic torrent of this our world. In passing the frontier of the beyond he takes with him whole his baggage of earthly passions, and in his transcendent verses they are heard whistling like gales. The Divine Comedy is, above all, a book of memories.
But alongside this earthly enthusiasm, and without agreement with it, Gothicism triumphs in Dante, with its soul of ultrareal arrow, with its drunkenness of the abstruse and its yearning for flight. There is moreover in our poet a beginning of the rationalist propensity that is going to prevail in the Renaissance, and then in all modernity. Of this rationalism, which aspires to substitute life with the idea, we are now curing ourselves. His time, on the contrary, lived inclined toward all hallucinations. It is the age in which the Holy Grail is sought and that heroic phantasmagoria of the crusades is brought to completion. The famous one of the children lets us glimpse a certain ground of perversion, of unhealthiness in the imaginations. One lives in the magic of Arthur and of Merlin.
I ask, madam, that we organize a new health, and this is impossible if the body does not serve as counterweight to the soul. Once discovered, the life of the soul is too easy, because it is imaginary. Nietzsche used to say «that it is very easy to think things, but very difficult to be them». The body signifies an imperative of realization that presents itself to the spirit. I would say more: the body is the reality of the spirit. Without your gestures, madam, I would know nothing of the golden mystery that is your soul.
One has started from a false abstraction, one has arbitrarily dissociated the body from the spirit, as if both were separable. But the living body is not like the mineral: pure matter. The living body is flesh, and the flesh is sensibility and expression. A hand, a cheek, a lip always say something; they are essentially gestures, capsules of spirit, exteriorization of that essential intimacy that we call psyche. Corporeality, madam, is holy because it has a transcendent mission: to symbolize the spirit.
Why disdain the earthly? the ascetic Peter Damian himself does not forget in Paradise the Lenten oil with which he had earned Heaven:
Quivi
al servigio di God mi fei si fermo,
che pur con cibi di liquor d’ulivi
lievemente passava caldi e geli
contento nei pensier contemplativi.
The certain thing is that the tenants of the other world crowd hurriedly, like insects to the light, around Dante, in order to drink in him a little life and they jostle to ask him news of the earth.
It is urgent for us, madam, to hear again your inspiration on these great themes. We are in an hour of universal twilight. A whole orb descends dying, surrounded by the splendid feast of its agony. Already the burned disc grazes the cold green line of its restless sepulcher. A remnant of brightness still remains…
Lo sol sen va e vien la sera:
non v´arrestate ma studiate il passo,
o come poi dice la Mater gloriosa, rivolgendosi a Margherita:
Vieni! Ascendi alle sfere sublimi,
ché se egli ti presagisce, egli ti seguirà.
La perfezione radicale dell’uomo —non ciò che è solo migliorare in scienza o in arte o in politica— è solita giungergli guardando l’infinito attraverso un’anima femminile, mezzo cristallino dove danno la loro rifrazione i grandi ideali concreti. Così poteva dire Shelley alla sua amata: Amata, tu sei il mio io migliore!
Tutti i progressi che l’uomo con la sua opera consegue sono parziali, aggettivi, tangenti alla sfera intima della vita. Al contrario, un modo superiore di perfezione femminile è un progresso integrale della vita e come il germe di una nuova umanità. Di qui l’ansia infinita, l’illusione incendiata che gli uomini migliori hanno sentito quando attraversò la loro esistenza una donna essenziale. Se contempliamo in trasparenza ciò che hanno scritto, ciò che hanno dipinto, ciò che hanno legiferato, scopriamo nella filigrana un tenue profilo transeunte di dama gentile. Non si tratta di volgari aneddoti erotici, ma di quelle supreme emozioni che nel livido crepuscolo di Mantinea spiegava, trema e sapiente, a Socrate divino la straniera Diotima. Si tratta dell’ansia di perfezione che in ogni maschio scelto semina al suo passaggio, senza peso, un’Eva esemplare.
Un individuo, come un popolo, resta più esattamente definito dai suoi ideali che dalle sue realtà. Il conseguire i nostri propositi dipende dalla buona fortuna; ma l’aspirare è opera esclusiva dei nostri cuori. Per questo i tipi di femminilità, che sono insieme forme di idealità, segnano l’orizzonte delle capacità latenti in ogni popolo. Dovunque e in ogni tempo, le silhouettes dell’eterno femminile si elevano allo zenit come costellazioni, preestabilendo i destini etnici.
Otto anni fa, signora, quando stava per terminare la mia permanenza in Argentina, ebbi l’onore di conoscere le sue amiche e lei. Non dimenticherò mai l’impressione che mi produsse trovare quel gruppo di donne essenziali, spiccanti sullo sfondo di una nazione giovane. C’era in voi tale entusiasmo di perfezione, un gusto tanto sicuro e rigoroso, tanto fervore verso ogni disciplina severa, che ciascuna delle nostre conversazioni circolari lasciava sul mio spirito, come un peso morale, il denso imperativo di misura e selezione. Che in un popolo di antica e distillata cultura appaiano squisite forme di femminilità è comprensibile, benché non frequente. Nietzsche dice che «la donna perfetta è un tipo di umanità superiore all’uomo perfetto, e inoltre è più insolito». Ma che in una razza nuova e ancora in gestazione germoglino improvvisamente tali creature, racchiude un segreto organico e dà molto da pensare. Evidentemente non si tratta di un risultato del mezzo, come nelle vecchie civiltà. Tutto il contrario. La vitalità ascendente della nuova razza crea dal suo lusso interiore quelle figure egregie con un’intenzione di esemplarità. Sono modelli e canoni che iniziano un perfezionamento del mezzo. Il fatto che voi mi appariste fiorenti nell’ora germinale di una grande nazione, mi fece concepire questi pensieri sull’influenza della donna nella storia. La loro coincidenza con le emozioni di Dante mi invitava a restituirli ora a voi in segno di omaggio e gratitudine.
Io non so se la società che la circonda saprà approfittare senza perdita della grazia normativa che c’è in lei. Non è il destino dell’Argentina seguire una traiettoria che contrappesi quella del popolo yankee, equilibrando così le due gigantesche masse del continente? Giacché la nazione del Nord sembra essersi deviata verso il coltivamento della quantità, sarebbe eccellente che le razze del Plata preferissero la qualità, aspirando a creare un nuovo tipo di uomo scelto. Chiaro sintomo di questo destino è che oggi posseggano in lei qualcosa come una Gioconda australe.
Perché, signora, la sua prosa è tanto molle, e porta ogni frase una molla soffice, che ci rispedisce elasticamente dalla terra e ci procura un’ascensione? Eppure un fine rispetto verso Dante —chi lo conoscesse come lei!— le fa reprimere le sue più personali ispirazioni. Servendoci da guida suscita lei problemi che volontariamente lascia senza risolvere. Speriamo dietro questo un altro libro, dove ricevano illuminazioni. Non dimentichi lei che è per molti, come diceva il poeta,
Quella ond’io aspetto il come e il quando
del dire e del tacer.
(Par. XXI)
[Quella da cui attendo il come e il quando
del dire e del tacere.]
Signora: la gita è stata deliziosa. La cosa cattiva è che dopo averci condotti per spirituale trazione fino al più alto, ci lascia lei ora soli e, abbandonati al nostro proprio peso, che possiamo fare se non discendere? Con le mie esclusive forze io potrei solo tentare uno studio che si intitolasse: De Beatrice a Francesca, saggio discendente. Non mancherebbe precedenza. Conviene ricordare che i due maggiori viaggi per recuperare la donna sono stati di direzione contrapposta. Dante ascende per trovare Beatrice nell’Empireo, ma Orfeo, musicando, discende all’Inferno per trovare Euridice.
Debbo confessare che se volentieri accompagno Dante e cerco di imparare da lui, la sua dottrina mi sembra, alla fine, parziale e insufficiente. Lo stadio dell’evoluzione sentimentale che egli rappresenta non può essere l’ultimo. Era certo necessario scoprire l’emozione spirituale verso la donna, che prima non esisteva. Ma dopo essere ascesi fino a essa occorre reintegrarla nel corpo. Io credo che questa integrazione del sentimento, questo saggio di fondere l’anima con la carne, sia la missione della nostra età.
C’è in Dante, come in tutta la sua epoca, un inestimabile dualismo. Dante è, da una parte, l’uomo che ha guardato meglio le forme delle cose. I suoi sensi, pronti e perspicaci, erano magnificamente aperti sul mondo, e dalla sua persona sgorgava un gigantesco appetito di vita. Non era uno spettro; dovunque andava «muoveva ciò che toccava». Se sfugge all’oltremondo delle ultime cose, è per farne una località insuperabile, dalla quale contemplare il grande torrente drammatico di questo nostro mondo. Passando la frontiera d’oltretomba si porta intero il suo bagaglio di passioni terrene, e nei suoi versi trascendenti le si sente fischiare come ventate. La Divina Commedia è, innanzitutto, un libro di memorie.
Ma accanto a questo entusiasmo terreno, e senza accordo con esso, trionfa in Dante il goticismo, con la sua anima di freccia ultrareale, con la sua ebbrezza dell’astruso e il suo anelito di fuga. C’è inoltre nel nostro poeta un principio della propensione razionalista che impererà nel Rinascimento, e poi in tutta la modernità. Di questo razionalismo, che aspira a sostituire la vita con l’idea, ci andiamo ora curando. Il suo tempo, invece, viveva inclinato verso tutte le allucinazioni. È l’età in cui si cerca il Santo Graal e si dà cima a quella eroica fantasmagoria delle crociate. La celebre dei bambini ci fa intravedere un certo fondo di perversione, di insalubrità nelle immaginazioni. Si vive nella magia di Artù e di Merlino.
Io chiedo, signora, che organizziamo una nuova salute, e questa è impossibile se il corpo non serve di contrappeso all’anima. Una volta scoperta, la vita dell’anima è troppo facile, perché è immaginaria. Diceva Nietzsche «che è molto facile pensare le cose, ma molto difficile esserle». Il corpo significa un imperativo di realizzazione che si presenta allo spirito. Direi di più: il corpo è la realtà dello spirito. Senza i gesti di lei, signora, non saprei nulla del dorato mistero che è la sua anima.
Si è partiti da una falsa astrazione, si è dissociato arbitrariamente il corpo dallo spirito, come se entrambi fossero separabili. Ma il corpo vivo non è come il minerale: pura materia. Il corpo vivo è carne, e la carne è sensibilità ed espressione. Una mano, una guancia, un labbro dicono sempre qualcosa; sono essenzialmente gesti, capsule di spirito, esteriorizzazione di questa essenziale intimità che chiamiamo psiche. La corporeità, signora, è santa perché ha una missione trascendente: simboleggiare lo spirito.
Perché sdegnare il terreno? lo stesso asceta Pietro Damiano non si dimentica nel Paradiso dell’olio quaresimale con cui aveva guadagnato il Cielo:
Quivi
al servigio di Dio mi fei si fermo,
che pur con cibi di liquor d’ulivi
lievemente passava caldi e geli
contento nei pensier contemplativi.
La cosa certa è che gli inquilini dell’altro mondo si accalcano frettolosi, come insetti alla luce, intorno a Dante, al fine di bere in lui un po’ di vita e si accavallano per chiedergli notizie della terra.
Ci urge, signora, riudire la sua ispirazione su questi grandi temi. Siamo in un’ora di universale crepuscolo. Tutto un orbe discende moribondo, circondato dalla splendida festa della sua agonia. Già sfiora il disco incendiato la fredda linea verde del suo inquieto sepolcro. Resta ancora un residuo di chiarore…
Lo sol sen va e vien la sera:
non v´arrestate ma studiate il passo,
mentre che l´occidente non s´annera.
[El sol se va y llega la noche:
no os detengáis, sino descubrid la salida
en tanto que el occidente no se ennegrece.]
(Purg. XXVII)
1924
mentre che l´occidente non s´annera.
[The sun departs and night comes:
do not stop, but discover the way out
while the west does not darken.]
(Purg. XXVII)
1924
mentre che l´occidente non s´annera.
[Il sole se ne va e giunge la notte:
non vi trattenete, ma scoprite l’uscita
finché l’occidente non si annerisce.]
(Purg. XXVII)
1924