Ortega y Gasset
Abstract
Epilogue describing the historical cycle as three successive souls: traditionalist (trust in the past), rationalist (trust in individual energy), and — after rationalism’s inevitable failure — superstitious. Post-revolutionary ages are decadence: generalized cowardice, depopulation, the return of absurd rites; the debased soul is «the dog looking for a master».
Connections
Assi: Senso della storia, Stato e individuo
Posizioni: decadenza, rivoluzione
Concetti: ragione, religione
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El tema de este ensayo se reducía a intentar una definición del espíritu revolucionario y anunciar su fenecimiento en Europa. Pero he dicho al comienzo que ese espíritu es tan sólo un estadio de la órbita que recorre todo gran ciclo histórico. Le precede un alma racionalista, le sigue un alma mística, más exactamente, supersticiosa. Tal vez el lector sienta alguna curiosidad por conocer qué sea ese alma supersticiosa en que desemboca el período de las revoluciones. Pero acaece que no es posible hablar sobre el asunto de otro modo que largamente. Las épocas post-revolucionarias, tras una hora muy fugaz de aparente esplendor, son tiempo de decadencia. Y las decadencias, como los nacimientos, se envuelven históricamente en la tiniebla y el silencio. La historia practica un extraño pudor que le hace correr un velo piadoso sobre la imperfección de los comienzos y la fealdad de las declinaciones nacionales. Ello es que los hechos de la época «helenística» en Grecia, del medio y bajo Imperio en Roma, son mal conocidos por los historiadores y apenas sospechados por la generalidad de los cultos. No hay, pues, manera de poder referirse a ellos en forma de breve alusión.
Sólo a riesgo de padecer sinnúmero de malas interpretaciones me atrevería a satisfacer la curiosidad del lector (¿hay en nuestro país lectores curiosos?) diciendo lo siguiente:
El alma tradicionalista es un mecanismo de confianza, porque toda su actividad consiste en apoyarse sobre la sabiduría indubitada del pretérito. El alma racionalista rompe esos cimientos de confianza con el imperio de otra nueva: la fe en la energía individual, de que es la razón momento sumo. Pero el racionalismo es un ensayo excesivo, aspira a lo imposible. El propósito de suplantar la realidad con la idea es bello por lo que tiene de eléctrica ilusión, pero está condenado siempre al fracaso. Empresa tan desmedida deja tras de sí transformada la historia en un área de desilusión. Después de la derrota que sufre en su audaz intento idealista, el hombre queda completamente desmoralizado. Pierde toda fe espontánea, no cree en nada que sea una fuerza clara y disciplinada. Ni en la tradición ni en la razón, ni en la colectividad, ni en el individuo. Sus resortes vitales se aflojan, porque, en definitiva, son las creencias que abriguemos quienes los mantienen tensos. No conserva esfuerzo suficiente para sostener una actitud digna ante el misterio de la vida y el universo. Física y mentalmente degenera. En estas épocas queda agostada la cosecha humana, la nación se despuebla. No tanto por hambre, peste u otros reveses, cuanto porque disminuye el poder genesíaco del hombre. Con él mengua el coraje viril. Comienza el reinado de la cobardía —un fenómeno extraño que se produce lo mismo en Grecia que en Roma, y aún no ha sido justamente subrayado. En tiempos de salud goza el hombre medio de la dosis de valor personal que basta para afrontar honestamente los casos de la vida. En estas edades de consunción, el valor se convierte en una cualidad insólita que sólo algunos poseen. La valentía se torna profesión, y sus profesionales componen la soldadesca que se alza contra todo el poder público y oprime estúpidamente el resto del cuerpo social.
Esta universal cobardía germina en los más delicados e íntimos intersticios del alma. Se es cobarde para todo. El rayo y el trueno vuelven a espantar como en los tiempos más primitivos. Nadie confía en triunfar de las dificultades por medio del propio vigor. Se siente la vida como un terrible azar en que el hombre depende de voluntades misteriosas, latentes, que operan según los más pueriles caprichos. El alma envilecida no es capaz de ofrecer resistencia al destino, y busca en las prácticas supersticiosas los medios para sobornar esas voluntades ocultas. Los ritos más absurdos atraen la adhesión de las masas. En Roma se instalan pujantes todas las monstruosas divinidades del Asia que dos siglos antes hubieran sido dignamente desdeñadas.
En suma: incapaz el espíritu de mantenerse por sí mismo en pie, busca una tabla donde salvarse del naufragio y escruta en torno, con humilde mirada de can, alguien que le ampare. El alma supersticiosa es, en efecto el can que busca un amo. Ya nadie recuerda siquiera los gestos nobles del orgullo, y el imperativo de libertad, que resonó durante centurias, no hallaría la menor comprensión. Al contrario, el hombre siente un increíble afán de servidumbre. Quiere servir ante todo: a otro hombre, a un emperador, a un brujo, a un ídolo. Cualquier cosa, antes que sentir el terror de afrontar solitario, con el propio pecho, los embates de la existencia.
Tal vez el nombre que mejor cuadra al espíritu que se inicia tras el ocaso de las revoluciones sea el de espíritu servil.
The theme of this essay was reduced to attempting a definition of the revolutionary spirit and to announcing its extinction in Europe. But I have said at the beginning that this spirit is only a stage of the orbit that every great historical cycle traverses. A rationalist soul precedes it, a mystical soul follows it, more exactly a superstitious one. Perhaps the reader will feel some curiosity to know what that superstitious soul in which the period of revolutions issues may be. But it happens that it is not possible to speak of the matter in any other way than at length. Post-revolutionary epochs, after a very fleeting hour of apparent splendor, are times of decadence. And decadences, like births, are wrapped historically in darkness and silence. History practices a strange modesty that makes it draw a pious veil over the imperfection of beginnings and the ugliness of national declines. The fact is that the events of the “Hellenistic” age in Greece, of the middle and lower Empire in Rome, are ill known to historians and barely suspected by the generality of the cultivated. There is, then, no way of being able to refer to them in the form of a brief allusion.
Only at the risk of suffering countless misinterpretations would I dare to satisfy the reader’s curiosity (are there curious readers in our country?) by saying the following:
The traditionalist soul is a mechanism of confidence, because all its activity consists in leaning upon the undoubted wisdom of the past. The rationalist soul breaks those foundations of confidence with the empire of another new one: faith in individual energy, of which reason is the supreme moment. But rationalism is an excessive undertaking, it aspires to the impossible. The purpose of supplanting reality with the idea is beautiful for what it has of electric illusion, but it is always condemned to failure. An enterprise so immoderate leaves behind it history transformed into an area of disillusion. After the defeat it suffers in its bold idealist attempt, man remains completely demoralized. He loses all spontaneous faith, he believes in nothing that is a clear and disciplined force. Neither in tradition nor in reason, neither in the collectivity nor in the individual. His vital springs slacken, because, in the end, it is the beliefs we harbor that keep them taut. He does not preserve effort enough to sustain a dignified attitude before the mystery of life and the universe. Physically and mentally he degenerates. In these epochs the human harvest is blighted, the nation becomes depopulated. Not so much from hunger, plague or other reverses, as because the procreative power of man diminishes. With it the virile courage wanes. The reign of cowardice begins —a strange phenomenon that occurs alike in Greece and in Rome, and has not yet been justly underlined. In times of health the average man enjoys the dose of personal valor sufficient to face honestly the cases of life. In these ages of consumption, valor becomes an unusual quality that only some possess. Courage turns into a profession, and its professionals make up the soldiery that rises against all public power and stupidly oppresses the rest of the social body.
This universal cowardice germinates in the most delicate and intimate interstices of the soul. One is a coward for everything. The lightning and the thunder frighten once again as in the most primitive times. No one trusts in triumphing over difficulties by means of his own vigor. Life is felt as a terrible hazard in which man depends on mysterious, latent wills that operate according to the most puerile whims. The degraded soul is not capable of offering resistance to destiny, and seeks in superstitious practices the means to bribe those hidden wills. The most absurd rites attract the adherence of the masses. In Rome all the monstrous divinities of Asia, which two centuries earlier would have been worthily scorned, establish themselves in full vigor.
In sum: the spirit, incapable of keeping itself standing on its own, seeks a plank on which to save itself from shipwreck and scans around, with humble dog’s look, for someone who may shelter it. The superstitious soul is, in effect, the dog that seeks a master. No one remembers any longer even the noble gestures of pride, and the imperative of liberty, which resounded for centuries, would find not the least comprehension. On the contrary, man feels an incredible yearning for servitude. He wants to serve above all: another man, an emperor, a sorcerer, an idol. Anything, rather than feel the terror of facing solitary, with his own breast, the onslaughts of existence.
Perhaps the name that best fits the spirit that begins after the decline of the revolutions is that of servile spirit.
Il tema di questo saggio si riduceva a tentare una definizione dello spirito rivoluzionario e ad annunciarne il perimento in Europa. Ma ho detto all’inizio che questo spirito è soltanto una tappa dell’orbita che percorre ogni grande ciclo storico. Lo precede un’anima razionalista, lo segue un’anima mistica, più esattamente superstiziosa. Forse il lettore sentirà qualche curiosità di sapere che cosa sia quell’anima superstiziosa in cui va a sboccare il periodo delle rivoluzioni. Ma accade che non è possibile parlare dell’argomento in altro modo che a lungo. Le epoche post-rivoluzionarie, dopo un’ora molto fugace di apparente splendore, sono tempo di decadenza. E le decadenze, come le nascite, si avvolgono storicamente nella tenebra e nel silenzio. La storia pratica uno strano pudore che le fa stendere un velo pietoso sull’imperfezione degli inizi e sulla bruttezza dei declini nazionali. Fatto sta che i fatti dell’epoca «ellenistica» in Grecia, del medio e basso Impero a Roma, sono mal conosciuti dagli storici e appena sospettati dalla generalità dei colti. Non c’è, dunque, modo di potervisi riferire sotto forma di breve allusione.
Solo a rischio di patire innumerevoli cattive interpretazioni oserei soddisfare la curiosità del lettore (ci sono nel nostro paese lettori curiosi?) dicendo quanto segue:
L’anima tradizionalista è un meccanismo di fiducia, perché tutta la sua attività consiste nell’appoggiarsi sulla sapienza indubitata del passato. L’anima razionalista spezza quei fondamenti di fiducia con l’impero di un’altra nuova: la fede nell’energia individuale, di cui la ragione è momento sommo. Ma il razionalismo è un tentativo eccessivo, aspira all’impossibile. Il proposito di soppiantare la realtà con l’idea è bello per ciò che ha di elettrica illusione, ma è sempre condannato al fallimento. Impresa così smisurata lascia dietro di sé la storia trasformata in un’area di disillusione. Dopo la sconfitta che subisce nel suo audace tentativo idealista, l’uomo resta completamente demoralizzato. Perde ogni fede spontanea, non crede in nulla che sia una forza chiara e disciplinata. Né nella tradizione né nella ragione, né nella collettività né nell’individuo. Le sue molle vitali si allentano, perché, in definitiva, sono le credenze che albergheremo a tenerle tese. Non conserva sforzo sufficiente per sostenere un atteggiamento degno dinanzi al mistero della vita e dell’universo. Fisicamente e mentalmente degenera. In queste epoche rimane inaridito il raccolto umano, la nazione si spopola. Non tanto per fame, peste o altri rovesci, quanto perché diminuisce il potere genesiaco dell’uomo. Con esso scema il coraggio virile. Comincia il regno della codardia —un fenomeno strano che si produce tanto in Grecia quanto a Roma, e non è stato ancora giustamente sottolineato. In tempi di salute l’uomo medio gode della dose di valore personale che basta ad affrontare onestamente i casi della vita. In queste età di consunzione, il valore si converte in una qualità insolita che solo alcuni possiedono. Il coraggio diventa professione, e i suoi professionisti compongono la soldataglia che si solleva contro ogni potere pubblico e opprime stupidamente il resto del corpo sociale.
Questa universale codardia germina negli interstizi più delicati e intimi dell’anima. Si è codardi per tutto. Il fulmine e il tuono tornano a spaventare come nei tempi più primitivi. Nessuno confida di trionfare delle difficoltà per mezzo del proprio vigore. La vita si sente come un terribile azzardo in cui l’uomo dipende da volontà misteriose, latenti, che operano secondo i più puerili capricci. L’anima avvilita non è capace di offrire resistenza al destino, e cerca nelle pratiche superstiziose i mezzi per corrompere quelle volontà occulte. I riti più assurdi attirano l’adesione delle masse. A Roma si installano fiorenti tutte le mostruose divinità dell’Asia che due secoli prima sarebbero state degnamente sdegnate.
In somma: incapace lo spirito di mantenersi da sé in piedi, cerca una tavola dove salvarsi dal naufragio e scruta intorno, con umile sguardo di cane, qualcuno che lo ampare. L’anima superstiziosa è, in effetto, il cane che cerca un padrone. Nessuno ricorda più nemmeno i gesti nobili dell’orgoglio, e l’imperativo di libertà, che risuonò per secoli, non troverebbe la minima comprensione. Al contrario, l’uomo sente un incredibile anelito di servitù. Vuole servire prima di tutto: un altro uomo, un imperatore, uno stregone, un idolo. Qualunque cosa, prima che sentire il terrore di affrontare solitario, col proprio petto, gli assalti dell’esistenza.
Forse il nome che meglio si addice allo spirito che inizia dopo il tramonto delle rivoluzioni è quello di spirito servile.