Abstract
Topical political article (late 1918): after Wilson’s messages the face of the world has changed and Spain must appear before the League of Nations with a respectable face, burying «official Spain». Vindicates the old Europeanizing programme. Not philosophical.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La fisonomía de los horizontes humanos ha cambiado en pocas horas. No hace una semana, envolvía aún el paisaje de lo futuro la humareda caótica de la pólvora. Los meditadores pudieron, es cierto, prever, desde el comienzo de la guerra, la figura que, al cabo de ella, había de tomar la existencia de los hombres. Pero la gran masa permanecía confusa ante la terrible niebla bélica. Desde hace pocas horas, la fisonomía de los horizontes humanos ha cambiado.
Ahora es clara, precisa, inequívoca: es un gigantesco perfil de sierra que destácase sobre el más limpio cielo de primavera. Ahora ya sabe todo el mundo cuál es el rostro que va a tomar la vida universal. Tal ha sido la virtud de esos breves párrafos eléctricos que en estos días dispara el presidente Wilson como un formidable arquero espiritual.
Sus palabras han tenido un vigor definitorio increíble. En pocas horas han creado, dentro de todas las conciencias, en Oriente y Occidente, en el Norte y en el Sur, la silueta concretísima de lo que va a ser la nueva vida del planeta.
Esto quiere decir que ha concluido para todo español consciente el derecho o el pretexto a la inercia. Esto quiere decir que sería un crimen de lesa historia dejar correr una semana más sin que se manifieste también en España el nuevo perfil nacional, capaz de salir al encuentro de este tiempo nuevo que exuberante avanza.
Porque está fuera de toda duda que la faz española de los últimos cincuenta años, y especialmente la de los cuatro postreros, no puede aspirar al respeto de gentes que, por lo visto, entienden la existencia tan de otra manera que ella. Nosotros necesitamos para España el derecho a ser respetada, y para ello necesitamos una España respetable. Esta España existe, pero es justamente lo contrario que la España oficial y oficiosa. Y se hace imprescindible sepultar rápidamente toda esa España inepta, a fin de que, al preguntar por nuestra raza la Liga de los Pueblos, se encuentre con una España apta para el diálogo.
¡Cuánto habéis reído! ¡Cuánto habéis reído, durante años y años, vosotros los españoles torpes, los españoles soberbios, los españoles impuros! ¡Cuánto habéis reído de aquellos muchachos que, siendo pobres, no se ocupaban en mejorar de fortuna; que, exentos de apoyos o renunciando a los que tenían, guardaban una irreconciliable distancia de todo lo oficial u oficioso, y vivían ariscos al margen de las munificencias!
Vueltos de frente a los prejuicios y tópicos tradicionales, combatían, día por día, una falsa patria, caducada en pro de una patria capaz de afirmarse en el porvenir. Ellos os hablaban de un nuevo sentido de la vida y os predicaban con insistencia, de cierto enfadosa, la necesidad de «europeizarnos». Esta palabra suena ya a cosa vieja, afortunadamente; ello quiere decir que su significación ha progresado, se ha enriquecido, se ha ampliado. Por «europeísmo» entendían aquellos muchachos el conjunto de normas selectas para la conducta humana que la historia universal había ido decantando como un poso de oro. Los pueblos europeos habían sido los labradores de esa sublime cosecha. Ahora, América, nacida de Europa, auxilia a ésta para que quede triunfando dondequiera ese patrimonio esencial. Hace dos años, en el teatro de la Ópera de Buenos Aires, me permitía yo decir «que el sentido de América radicaba, no en ser una Europa más rica, sino en ser una Europa mejor». Y añadía que se acercaba el tiempo en que nuestro Viejo Mundo podría decir al Continente filial lo que Shelley a su amada: «Tú eres mi mejor yo».
Hoy no nos es menester aquella palabra, que expresaba un ideal de coincidencia en ciertos principios radicales; hoy, la coincidencia ideal se ha convertido en una convivencia real bajo aquellos principios soberanos. La Liga de las Naciones es un poder concreto que sobreviene, y ante el cual tienen que sucumbir los españoles torpes, soberbios e impuros que rieron y rieron de una generación más austera, más laboriosa y más inteligente.
Ha llegado, pues, el momento de sacar las consecuencias ejecutivas. Los hechos declaran con su cruda voz anónima, que las ideas, los organismos, los hombres y los núcleos sociales directores de España en los últimos cincuenta años, no sólo han fracasado en nuestra vida interior, sino que estorban la entrada favorable de nuestro pueblo en la nueva organización del mundo. Nada de eso puede ya considerarse como la España actual; no es con nada de eso con lo que tienen que enfrontarse y fraternizar las naciones conjuntas.
Resulta, por lo tanto, de urgencia superlativa dar forma y articulación a la gran masa de españoles que ha vivido intacta y en pugna con aquellas ideas, aquellos organismos, aquellos hombres y aquellos núcleos.
No se trata de improvisar una organización o partido político, en el sentido diminuto de estas palabras. Con ser esto urgente, lo es mucho más, para quien no padezca de inconsciencia, tallar un organismo tan amplio y poderoso, que pueda asumir la representación histórica —no ya política ni legal— de España en el canje de proyectos y emociones que va a abrirse entre los pueblos. Sería el mayor crimen patriótico tolerar que las grandes naciones impulsoras de la nueva edad cometiesen el quid pro quo de confundir a España con esa España que durante estos cuatro años encontraron acampada bajo el Pirineo. Es preciso que ahora, cuando tornen a mirar por encima del Maladeta, vean otro rostro y presientan otro espíritu; es preciso que podamos decirles: «Ya no hay lo que había; aquéllos eran unos nómadas de la ineptitud. Acamparon aquí, pero al alba se han ido y ya no volverán».
Como yo no tengo autoridad ni soy quién para iniciar esta empresa, dedico las líneas siguientes a los que tienen el deber de acometerla.
De la Universidad a la Casa del Pueblo, o, si se prefiere, de la Casa del Pueblo a la Universidad, pasando por los médicos, los ingenieros, los industriales, los agricultores, los comerciantes, únase a todos los que sienten dentro de sí germinaciones de tiempo nuevo. Elíjanse representaciones de esos núcleos y clases para que formen un numeroso Directorio.
La misión de éste sería organizar actos de múltiple género donde se propagase el entusiasmo por los principios y los pueblos que con su alma y con su sangre están forjando el porvenir. Organizaría asambleas donde se votase una serie de normas generales, que debe la política española seguir en su carácter internacional. De este modo, cabría ejercer una vigorosa e inmediata influencia sobre los Gobiernos para obligarles a encarnar en sus actos oficiales los modos de sentir de aquellas fuerzas públicas.
Pero importaría mucho que se orientase, desde luego, la intención a crear un movimiento social, genérico y abierto, y no un partido político, a fin de compaginar los que discrepan en detalles de la organización interior de España, y reunir, por otra parte, a todos los que, deseando colaborar apasionadamente en una obra tal, se sienten, como a mí me ocurre, inhábiles para el oficio concretamente político, desafectos a una ocupación parlamentaria e incompetentes para aspirar a los puestos de Gobierno.
En un punto habría de imponerse el más intratable radicalismo; me refiero a la exclusión absoluta de todos los hombres que hayan gobernado esa España que se trata de sepultar.
Y nada más. Acaso adelantarse a proyectar lo que queda dibujado parezca pretencioso. En verdad: yo he esperado que otros lo propusiesen para ser del propósito el primer adherido. Ahora aguardo que otros lo ejecuten, atento para no llegar el último.
Mas la sazón no es adecuada a preocupaciones personales. Van a nacer un mundo y una vida. Hay en el aire fabulosa inminencia: los minutos transcurren estremecidos. Nuestro viejo poema castellano lo dice mejor:
Apriessa cantan los gallos e quieren quebrar albores.
El Sol, 17 de octubre de 1918