Ortega y Gasset
Abstract
Opening manifesto of the weekly España (1915), born «of anger and hope»: no Spanish public institution any longer inspires trust, and Spanish hope must be reorganized against official Spain. A programmatic, not a theoretical, text.
Connections
Concetti: Stato
Forme: manifesto
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Nacido del enojo y la esperanza, pareja española, sale al mundo este semanario: España.
Los que hemos de escribir en sus columnas —gente ni del todo moza, ni del todo vieja— asistimos desde 1898 al desenvolvimiento de la vida española. Durante esos diecisiete años de experiencia nacional, raro fue el día en que la realidad pública nos trajo otra cosa que impresiones ingratas. Cuanto más patriotas éramos, mayor enojo sentíamos.
Conforme el tiempo corría nos íbamos convenciendo de que no era ese estado de ánimo una viciosidad de nuestro temperamento, algo así como una acedía de intelectuales, sino que, por el contrario, teníamos el honor de coincidir en él con el más humilde de nuestros labriegos y el más sencillo de nuestros artesanos.
Y esta experiencia de que existe una vasta comunidad de gentes gravemente enojadas —toda una España nueva que siente encono contra otra España fermentada, podrida— ha hecho surgir en nosotros la esperanza.
Creemos, en efecto, que ha empezado para nuestro país una buena época. ¿No es esto demasiado optimismo? —se nos dirá. No; porque hay en la historia dos clases de buenas épocas. Es una la de aquellos tiempos brillantes y magníficos en que las virtudes de una raza dan sus mejores frutos; son las épocas de plenitud y gloria. Pero hay otras épocas sin plenitud y sin gloria, menos aún, llenas de agonías y miserias que, no obstante, pueden ser fecundas y saludables. Son aquéllas en que el pueblo no padece ilusiones ni vive alucinado creyendo que posee buenos políticos y buenos generales, buenos hacendistas y buenos oradores, buenos poetas y buenas tierras ubérrimas, buenos maestros y buena industria, cuando nada de esto tiene. Pues bien, media España, por lo menos, ha entrado ya en una de estas edades, exentas de gloria pero transidas de sinceridad.
¿Es ello una frase, nada más? Tú, lector, que tal vez vives en el fondo de una provincia, ocupado en la modestia de tus afanes aldeanos, recapacita con la mano puesta sobre el corazón y pregúntate qué institución vigente de la vida pública española te merece confianza y te impone respeto. ¿No es cierto que del Parlamento a la Universidad, pasando por las Academias, del Ministerio de la Guerra a los Cuerpos judiciales, pasando por las oficinas de Hacienda, nada despierta en ti fe?
El desprestigio radical de todos los aparatos de la vida pública es el hecho soberano, el hecho máximo que envuelve nuestra existencia cotidiana. Todos sentimos que esa España oficial dentro de la cual o bajo la cual vivimos, no es la España nuestra, sino una España de alucinación y de inepcia.
Pero no se ha fundado España con el fin de decir sólo esto, que es una negación. La negación sólo es útil y noble y piadosa cuando sirve de tránsito a una nueva afirmación. Si nuestro pueblo ha perdido la fe en todos los institutos oficiales, hace falta que la cobre en sí mismo. Es preciso reorganizar la esperanza española. Mientras no entren en erupción pasional e intelectual los últimos rincones peninsulares, mientras cada español no posea la voluntad y la orgullosa dignidad de sí mismo, mientras no logre hacer que se respeten sus deseos y empeños particulares, mientras la palabra «ministro» signifique otra cosa que servidor y la palabra «diputado» otra cosa que mandadero —que es su estricto sentido—, no podrá comenzar la restauración de nuestra raza.
Es un crimen de lesa patria dejar que la nación prosiga en su actitud servil ante un Estado, cuyas instituciones han perdido sus prestigios. De aquí nace esa horrible desgana, esa mortal sospecha, en que vivimos los españoles, de ser inútil intentar cosa alguna. Un pueblo convencido de la ineficacia de todo esfuerzo va recto hacia la muerte. El imperialismo desmoralizador es el imperialismo de los diputados sin prestigio, de los ministros sin autoridad, de los funcionarios burlescos o rapaces.
Aprovechemos con religiosa solicitud esta época de sinceridad para organizar de nuevo la confianza. Una nación es, ante todo, una solidaridad en ciertos principios. Cuando éstos son falsos se pierden, y cuando están perdidos la nación se desarticula, se pulveriza, y el primer vendaval que llega la hace desaparecer. Por ello es urgente faena de patriotismo dar un empujón definitivo a todos esos valores desprestigiados que corrompen nuestra vida colectiva.
Nuestra política será, pues, la más sencilla del mundo: en toda ocasión, en todo momento estaremos al lado de la España humilde de las villas, los campos y las costas, frente a las instituciones carcomidas; nos haremos solidarios de toda intención noble, de toda persona benemérita, de toda queja justa, cualquiera que sea su origen y su nombre.
¿Partido? No somos de ningún partido actual porque las diferencias que separan unos de otros responden, cuando más, a palabras y no a diferencias reales de opinión. Hay que confundir los partidos de hoy para que sean posibles mañana nuevos partidos vigorosos.
El momento es de una inminencia aterradora. La línea toda del horizonte europeo arde en un incendio fabuloso. De la guerra saldrá otra Europa. Y es forzoso intentar que salga también otra España.
Entre los españoles que piensan así, no creemos ser nosotros ni los mejores ni los primeros. Somos unos de tantos que ofrecemos a los demás en estas columnas un cauce limpio donde puedan fluir los raudales de su nuevo patriotismo. Se publica en Madrid nuestro semanario, pero será escrito en toda la nación. No es para nosotros Madrid el centro moral del país. Por cada pueblo, por cada campiña pasa, a cierta hora del año, el eje nacional. Solicitamos, pues —sin ella nada haríamos—, la colaboración de cuantos aspiran a una España mejor y creen que a ella se llega mediante una rebeldía constructora.
¡Lector, te pedimos para España diez céntimos y todo lo demás para España!
A todos los diarios y revistas españoles, nuestros compañeros de Madrid y provincias, enviamos en esta primera página de España un saludo cordial.
Publicado sin firma, España, 29 de enero de 1915
Born of anger and hope, a Spanish couple, this weekly comes out into the world: España.
We who are to write in its columns —people neither altogether young nor altogether old— have been present since 1898 at the unfolding of Spanish life. During those seventeen years of national experience, rare was the day on which public reality brought us anything other than ungrateful impressions. The more patriotic we were, the more anger we felt.
As time ran on we were becoming convinced that that state of mind was not a vice of our temperament, something like an intellectual’s sourness, but that, on the contrary, we had the honor of coinciding in it with the humblest of our laborers and the simplest of our artisans.
And this experience that there exists a vast community of gravely angry people —a whole new Spain that feels rancor against another fermented, rotten Spain— has caused hope to arise in us.
We believe, indeed, that a good epoch has begun for our country. Is this not too much optimism? —we shall be told. No; because there are in history two kinds of good epochs. One is that of brilliant and magnificent times in which the virtues of a race give their best fruits; they are the epochs of fullness and glory. But there are other epochs without fullness and without glory, less than that, full of agonies and miseries that, nevertheless, can be fecund and salutary. They are those in which the people does not suffer illusions nor lives hallucinated believing that it possesses good politicians and good generals, good financiers and good orators, good poets and good uberrimous lands, good teachers and good industry, when it has none of this. Well then, half of Spain, at least, has already entered one of these ages, exempt of glory but pervaded by sincerity.
Is this a phrase, nothing more? You, reader, who perhaps live in the depths of a province, occupied in the modesty of your village cares, think again with your hand on your heart and ask yourself what current institution of Spanish public life deserves your trust and imposes respect on you. Is it not true that from Parliament to the University, passing through the Academies, from the Ministry of War to the judicial bodies, passing through the offices of the Exchequer, nothing awakens faith in you?
The radical discredit of all the apparatuses of public life is the sovereign fact, the maximal fact that envelops our daily existence. We all feel that that official Spain within which or beneath which we live is not our Spain, but a Spain of hallucination and ineptitude.
But España has not been founded with the end of saying only this, which is a negation. The negation is useful and noble and pious only when it serves as a transition to a new affirmation. If our people has lost faith in all the official institutes, it is necessary that it regain it in itself. It is necessary to reorganize Spanish hope. Until the last peninsular corners enter into passionate and intellectual eruption, until every Spaniard possesses the will and the proud dignity of himself, until he succeeds in making his particular desires and endeavors respected, until the word “minister” means something other than servant and the word “deputy” something other than errand-boy —which is its strict sense—, the restoration of our race cannot begin.
It is a crime of lèse-patrie to let the nation continue in its servile attitude before a State whose institutions have lost their prestige. From here is born that horrible reluctance, that mortal suspicion, in which we Spaniards live, of its being useless to attempt anything. A people convinced of the inefficacy of all effort goes straight to death. The demoralizing imperialism is the imperialism of deputies without prestige, of ministers without authority, of burlesque or rapacious functionaries.
Let us avail ourselves with religious solicitude of this epoch of sincerity to organize trust anew. A nation is, above all, a solidarity in certain principles. When these are false they are lost, and when they are lost the nation becomes disarticulated, pulverized, and the first gale that arrives makes it disappear. For this reason it is an urgent task of patriotism to give a definitive push to all those discredited values that corrupt our collective life.
Our politics will be, then, the simplest in the world: on every occasion, at every moment we shall be at the side of the humble Spain of the towns, the fields and the coasts, face to face with the worm-eaten institutions; we shall make ourselves solidary with every noble intention, with every meritorious person, with every just complaint, whatever its origin and its name.
Party? We belong to no present-day party because the differences that separate one from another respond, at most, to words and not to real differences of opinion. The parties of today must be confounded so that tomorrow new vigorous parties may be possible.
The moment is of a terrifying imminence. The whole line of the European horizon burns in a fabulous conflagration. From the war another Europe will come out. And it is imperative to attempt that another Spain also come out.
Among the Spaniards who think thus, we do not believe ourselves to be either the best or the first. We are one among many who offer to the others in these columns a clean channel where the torrents of their new patriotism may flow. Our weekly is published in Madrid, but it will be written throughout the nation. Madrid is not for us the moral center of the country. Through every town, through every countryside, at a certain hour of the year, the national axis passes. We solicit, then —without it we should do nothing— the collaboration of all those who aspire to a better Spain and believe that one arrives at it by means of a constructive rebellion.
Reader, we ask of you for Spain ten centimes and everything else for Spain!
To all the Spanish dailies and reviews, our companions of Madrid and the provinces, we send in this first page of España a cordial greeting.
Published unsigned, España, 29 January 1915
Nato dall’ira e dalla speranza, coppia spagnola, esce al mondo questo settimanale: España.
Noi che dobbiamo scrivere nelle sue colonne —gente né del tutto giovane, né del tutto vecchia— assistiamo dal 1898 allo svolgimento della vita spagnola. Durante questi diciassette anni di esperienza nazionale, raro fu il giorno in cui la realtà pubblica ci portò altro che impressioni ingrate. Quanto più patrioti eravamo, maggiore ira sentivamo.
Mano a mano che il tempo correva, ci andavamo convincendo che non era quello stato d’animo un vizio del nostro temperamento, qualcosa come un’acredine di intellettuali, ma che, al contrario, avevamo l’onore di coincidere in esso con il più umile dei nostri contadini e il più semplice dei nostri artigiani.
E questa esperienza che esiste una vasta comunità di genti gravemente irate —tutta una Spagna nuova che sente rancore contro un’altra Spagna fermentata, putrida— ha fatto sorgere in noi la speranza.
Crediamo, in effetto, che sia cominciata per il nostro paese una buona epoca. Non è questo troppo ottimismo? —ci si dirà. No; perché ci sono nella storia due classi di buone epoche. Una è quella dei tempi brillanti e magnifici in cui le virtù di una razza danno i loro migliori frutti; sono le epoche di pienezza e gloria. Ma ci sono altre epoche senza pienezza e senza gloria, meno ancora, piene di agonie e miserie che, nondimeno, possono essere feconde e salutari. Sono quelle in cui il popolo non patisce illusioni né vive allucinato credendo di possedere buoni politici e buoni generali, buoni ministri delle finanze e buoni oratori, buoni poeti e buone terre uberrime, buoni maestri e buona industria, quando nulla di tutto ciò ha. Ebbene, mezza Spagna, per lo meno, è già entrata in una di queste età, esenti di gloria ma trasudanti sincerità.
È questo una frase, nient’altro? Tu, lettore, che forse vivi in fondo a una provincia, occupato nella modestia dei tuoi affanni paesani, ripensa con la mano posta sul cuore e domandati quale istituzione vigente della vita pubblica spagnola ti merita fiducia e ti impone rispetto. Non è vero che dal Parlamento all’Università, passando per le Accademie, dal Ministero della Guerra ai Corpi giudiziari, passando per gli uffici di Finanza, nulla risveglia in te fede?
Il discredito radicale di tutti gli apparati della vita pubblica è il fatto sovrano, il fatto massimo che avvolge la nostra esistenza quotidiana. Tutti sentiamo che quella Spagna ufficiale dentro la quale o sotto la quale viviamo, non è la Spagna nostra, ma una Spagna di allucinazione e di inepzia.
Ma non si è fondata España con il fine di dire soltanto questo, che è una negazione. La negazione è utile e nobile e pia solo quando serve di transito a una nuova affermazione. Se il nostro popolo ha perso la fede in tutti gli istituti ufficiali, fa bisogno che la riprenda in sé stesso. È necessario riorganizzare la speranza spagnola. Finché non entrino in eruzione passionale e intellettuale gli ultimi angoli peninsulari, finché ogni spagnolo non possieda la volontà e la orgogliosa dignità di sé stesso, finché non riesca a far rispettare i suoi desideri e impegni particolari, finché la parola «ministro» significhi altra cosa che servitore e la parola «deputato» altra cosa che fattorino —che è il suo stretto senso—, non potrà cominciare la restaurazione della nostra razza.
È un crimine di lesa patria lasciare che la nazione prosegua nel suo atteggiamento servile dinanzi a uno Stato, le cui istituzioni hanno perso i loro prestigi. Di qui nasce quella orribile svogliatezza, quel mortale sospetto, in cui viviamo gli spagnoli, di essere inutile tentare qualunque cosa. Un popolo convinto dell’inefficacia di ogni sforzo va diritto verso la morte. L’imperialismo demoralizzatore è l’imperialismo dei deputati senza prestigio, dei ministri senza autorità, dei funzionari burleschi o rapaci.
Approfittiamo con religiosa sollecitudine di questa epoca di sincerità per organizzare di nuovo la fiducia. Una nazione è, prima di tutto, una solidarietà in certi principi. Quando questi sono falsi si perdono, e quando sono perduti la nazione si disarticola, si polverizza, e il primo vento che arriva la fa sparire. Perciò è urgente fatica di patriottismo dare una spinta definitiva a tutti quei valori screditati che corrompono la nostra vita collettiva.
La nostra politica sarà, dunque, la più semplice del mondo: in ogni occasione, in ogni momento staremo al lato della Spagna umile dei borghi, dei campi e delle coste, di fronte alle istituzioni tarlate; ci faremo solidali di ogni intenzione nobile, di ogni persona benemerita, di ogni giusta lagnanza, qualunque sia la sua origine e il suo nome.
Partito? Non siamo di nessun partito attuale perché le differenze che separano gli uni dagli altri rispondono, al più, a parole e non a differenze reali di opinione. Bisogna confondere i partiti di oggi affinché siano possibili domani nuovi partiti vigorosi.
Il momento è di una imminenza terribile. Tutta la linea dell’orizzonte europeo arde in un incendio favoloso. Dalla guerra uscirà un’altra Europa. Ed è forzoso tentare che ne esca anche un’altra Spagna.
Tra gli spagnoli che pensano così, non crediamo di essere noi né i migliori né i primi. Siamo uno dei tanti che offrono agli altri in queste colonne un alveo pulito dove possano fluire i torrenti del loro nuovo patriottismo. Si pubblica a Madrid il nostro settimanale, ma sarà scritto in tutta la nazione. Non è per noi Madrid il centro morale del paese. Per ogni popolo, per ogni campagna passa, a una certa ora dell’anno, l’asse nazionale. Sollecitiamo, dunque, —senza di essa nulla faremmo— la collaborazione di quanti aspirano a una Spagna migliore e credono che a essa si arrivi mediante una ribellione costruttrice.
Lettore, ti chiediamo per la Spagna dieci centesimi e tutto il resto per la Spagna!
A tutti i giornali e riviste spagnoli, nostri compagni di Madrid e delle province, inviamo in questa prima pagina di España un saluto cordiale.
Pubblicato senza firma, España, 29 gennaio 1915