Abstract

Polemical article against Maura’s speech to the military: his reactionary, anachronistic stance towards the League of Nations and Wilsonian politics shows Spain needs deep work of liberalism and modernity. Political topicality.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Ésa fue la que anteayer adoptó el señor Maura dirigiéndose a los militares en el Centro del Ejército y la Armada.

El señor Maura no ha dado una voz aislada; en sus palabras está vibrando el pensamiento de muchos españoles. No podía faltar en estos momentos de renovación del mundo la actitud española de reacción contra el espíritu nuevo. Esa actitud coincide, por otra parte, con la de los últimos imperialistas ingleses y los últimos orleanistas de Francia. Es natural; se pierde tras el horizonte sangriento de la guerra todo un régimen de poderes arbitrarios, de secretos, de dictaduras y de dominios injustos. El régimen antiguo, que responde a principios borrados ya de las nuevas tablas de la ley, se alza contra la oleada de juventud y de libertad humana representadas por el pueblo americano. Y los enconos se hacen más vivos, porque, ante los obstáculos europeos, América redobla su decisión de imponer la paz de la Liga de Naciones, a fin de evitar la guerra de las alianzas de naciones.

El señor Maura ha adoptado, ante todo, una postura perfectamente anacrónica, cosa que viene ocurriendo siempre que la política española, raída de puro vieja, se sitúa ante problemas nuevos. En ninguno de los países más interesados por las soluciones que la Conferencia de la Paz dará a las aspiraciones del mundo, se han oído palabras tan reaccionarias como las pronunciadas anteayer por el señor Maura.

Ese aire cazurro y receloso con que muchos españoles comentan los debates de París y, sobre todo, las proposiciones de Wilson, significa que nuestras cabezas no se han libertado aún de las nieblas antiguas. Esto nos muestra que es necesaria una labor profunda de liberalismo y de modernidad para que España no dé al mundo una impresión de aldeanería.

La Conferencia de París, en su Comisión de grandes Potencias, ha aprobado el Estatuto que regirá la vida de la Sociedad de Naciones. Ese Estatuto no responde exactamente al pensamiento de Wilson. Algunas de las exigencias norteamericanas no han encontrado franca acogida en Francia e Inglaterra. Por ello, dentro del Estatuto hay más de un cabo suelto, más de una frase hábilmente equívoca y alguna que otra reflexión de tipo anticuado.

Pero al juzgar el conjunto de la obra wilsoniana, no se han de tener en cuenta esos detalles de segundo orden. En el fondo del Estatuto y de sus propuestas late un alto espíritu moderno que vuela hacia la paz perduradera y hacia la justicia. Se ha dado un gran paso en busca de los ideales de libertad humana y de justa democracia.

Cuando un hombre con responsabilidades públicas, bien sea gobernante o escritor, se sitúa ante problemas de esta naturaleza, tiene, por lo menos, el deber de aguzar su comprensión y no atrincherarse detrás de argumentos y razones que en el orden de las ideas universales merecen pasar definitivamente a un solemne museo de antigüedades. Aquí son ya muchas las gentes que intentan demostrarnos el previo fracaso de este intento de renovación del mundo. «Todo eso —dicen los profetas del pesimismo— de la paz duradera, del reinado de la justicia y del derecho sobre la fuerza, son ingenuidades americanas. ¡Cañones, cañones! Todo lo que no pueda reducirse a Cuerpos de ejército y a buques acorazados no tiene consistencia. Hoy como ayer, y mañana como siempre, los débiles pagaremos las culpas de los fuertes. Es, pues, necesario dejar de ser débiles ante el mundo, y el único medio de curar nuestra debilidad consiste en reforzar el militarismo. ¡Que las espadas flamígeras campeen en nuestros escudos!»

Y esta desconfianza, ese recelo socarrón y aldeano hacia las nuevas formas de gobierno que Wilson quiere instaurar, se convirtió anteayer en lección de patriotismo dirigida a los militares, quienes por su profesión y por sus tradiciones tienen en realidad la obligación de formar la extrema oposición contra la política wilsoniana. No es ciertamente ocasión ni lugar para tales espectáculos. De ahí que, aparte los anacronismos de que está llena su conferencia, haya pecado el señor Maura de inoportunidad. Por una muchedumbre de razones, España tiene que adoptar ante la diplomacia y la política de Wilson una actitud moderna. La Liga de Naciones, con todos sus defectos y las limitaciones que impone Europa, se nos ofrece como un medio de engrandecimiento y de renovación. En ella encontramos ocasión de regular la vida española con arreglo a conceptos inequívocos de elevada justicia. Por ella lograremos que pueblos como el nuestro dejen de vivir en adelante al margen de la gran política universal. Hasta ahora, merced a la famosa fórmula del equilibrio entre pueblos fuertes, el pensamiento y la sensibilidad del mundo, las decisiones, la paz, el derecho, la riqueza, el bienestar, dependían exclusivamente de un grupo de Potencias. Pero América nos abre a todos el camino hacia la participación casi plena en el concierto de voluntades mundiales.

El señor Maura, hombre de otro tiempo, no comprende que los árbitros de la paz del mundo quieran enterrar con los últimos muertos de la guerra todo un antiguo régimen de falacias, rencores, ambiciones, codicias e hipocresía. No adivina en la vida universal posibilidades nuevas; cree que en las realidades políticas que han rodeado su vida y su pensamiento se encierra, no sólo el único presente, sino el único porvenir de las relaciones entre los hombres y entre los pueblos.

He ahí por qué nos creemos en la obligación de reaccionar contra el pensamiento expuesto en la conferencia de anteayer y contra la inoportunidad de tiempo y lugar en que ha caído el conferenciante. ¡Lamentable cosa será que esa famosa ponencia presentada al Gobierno por la Comisión que preside el señor Maura esté atravesada de tales socarronerías y de tan aldeano ideario!

Publicado sin firma, El Sol, 17 de febrero de 1919