Ortega y Gasset

Abstract

An essay in the «morphology» of the feminine: Judith and Salome as limit cases, the «woman of prey». Ortega defines femininity as giving oneself to another person and masculinity as seizing another, and explains Salome by the atrophy of effort in someone whose every wish is granted. Speculative psychology rather than systematic philosophy.

Connections

Concetti: passione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En la morfología del ser femenino acaso no haya figuras más extrañas que las de Judit y Salomé, las dos mujeres que van con dos cabezas cada una: la suya y la cortada.

Es curioso que en toda especie de realidades se presentan casos extremos donde la especie parece negarse a sí misma y convertirse en su contrario. Son naturalezas fronterizas que, por decirlo así, pertenecen a dos reinos confinantes, como ciertos animales que casi son plantas, o ciertas sustancias químicas que casi son plasma viviente. Yace en ellas el equívoco propio de todo lo que es término y extremo; así, el perfil de los cuerpos, que es la línea en que terminan, no se sabe bien si les pertenece a ellos o al espacio circundante que los limita.

Una meditación seriamente conducida, que no se pierda en los arrecifes de las anécdotas ni en una casuística de azar, nos revela la esencia de la feminidad en el hecho de que un ser sienta realizado plenamente su destino cuando entrega su persona a otra persona. Todo lo demás que la mujer hace o que es, tiene un carácter adjetivo y derivado. Frente a ese maravilloso fenómeno, la masculinidad opone su instinto radical, que la impulsa a apoderarse de otra persona. Existe, pues, una armonía preestablecida entre hombre y mujer; para ésta, vivir es entregarse; para aquél, vivir es apoderarse, y ambos sinos, precisamente por ser opuestos, vienen a perfecto acomodo.

El conflicto surge cuando en ese instinto radical de lo masculino y femenino se producen desviaciones e interferencias. Porque es un error suponer que el hombre y la mujer concretos lo sean siempre con plenitud y pureza. La clasificación que hacemos de los seres humanos en hombres y mujeres es, evidentemente, inexacta; la realidad presenta entre uno y otro término innumerables gradaciones. La biología muestra cómo la sexualidad corporal se cierne indecisa sobre el germen hasta el punto de que sea posible someterlo experimentalmente a un cambio de sexo. Cada individuo vivo representa una peculiar ecuación en que ambos géneros participan, y nada menos frecuente que hallar quien sea «todo un hombre» o «toda una mujer». Esto que acontece con la sexualidad corporal resulta aún más patente cuando observamos la sexualidad psicológica. El principio masculino y el femenino, el Yin y el Yang de los pensadores chinos, parecen disputarse una a una las almas y venir en ellas a fórmulas diversas de compromiso, que son los tipos varios de hombre y mujer.

Así, Judit y Salomé son dos variedades que hallamos en el tipo de mujer más sorprendente, por ser el más contradictorio: la mujer de presa.

Fuera vano empeño querer hablar adecuadamente de una u otra figura sin la longitud proporcionada, y habré de reducirme ahora a anticipar un brevísimo esquema de Salomé.

La planta Salomé nace sólo en las cimas de la sociedad. Fue en Palestina una princesa mimada y ociosa, y hoy podría ser una hija de banquero o del rey del petróleo. Lo decisivo es que su educación, en un ambiente de prepotencia, ha borrado en su espíritu la línea dinámica que separa lo real de lo imaginario. Todos sus deseos fueron siempre satisfechos, y lo que le era indeseable quedaba suprimido de su contorno. El dato esencial de su leyenda, la clave de su mecanismo psicológico, está en el hecho de que Salomé obtiene todas sus demandas. Como para ella desear es lograr, han quedado atrofiadas en su alma todas aquellas operaciones que los demás solemos ejercitar para conseguir la realización de nuestros apetitos. Las energías, de esta suerte vacantes, vinieron a verterse sobre la turbina del deseo, convirtiendo a Salomé en una prodigiosa fábrica de anhelos, de imaginaciones, de fantasías. Ya esto significa una deformación de la feminidad. Porque la mujer normalmente imagina, fantasea menos que el hombre, y a ello debe su más fácil adaptación al destino real que le es impuesto. Para el varón lo deseable suele ser una creación imaginativa, previa a la realidad; para la mujer, por el contrario, algo que descubre entre las cosas reales. Así, en el orden erótico, es frecuente que el hombre forje a priori, como Chateaubriand, un fantôme d’amour, una imagen irreal de mujer, a la que dedica su entusiasmo. En la mujer es esto sobremanera insólito, y no por casualidad, sino merced a la sequía de imaginación que caracteriza la psique femenina.

Salomé es fantaseadora a lo varonil, y como su vida imaginaria es lo más real y positivo de su vida, contrae en ella la feminidad una desviación masculina. Añádase a esto la insistencia con que la leyenda alude a su virginidad intacta. Un exceso de virginidad corporal, una inmoderada preocupación de prolongar el estado de doncellez, suele presentarse en la mujer al lado de un carácter masculino. Mallarmé vio certeramente suponiendo a Salomé frígida. Su carne, prieta y elástica, de finos músculos acrobáticos —Salomé danza—, cubierta con los resplandores que emanan de las gemas y los metales preciosos, deja en nosotros la impresión de un «reptil inviolado».

No sería mujer Salomé si no necesitase entregar su persona a otra persona; pero, mujer imaginativa y frígida, la entrega a un fantasma, a un ensueño de su propia elaboración. De esta suerte, su feminidad se escapa toda por una dimensión imaginaria.

Sin embargo, con ocasión de su amorosa quimera, descubre al cabo Salomé la distancia entre lo real y lo fantástico. El tetrarca poderoso no puede fabricar un hombre que coincida con la imagen instalada en aquella audaz cabecita. El caso se repite invariable: toda Salomé arrastra en medio de la opulencia una vida malhumorada, displicente y, en el fondo, macerada por la acritud. Echa de menos el soporte material sobre que pueda descargar su creación fantasmagórica y, como quien prueba trajes a maniquíes, ensaya el irreal perfil de su ensueño sobre los hombres que ante ella transitan.

Un día de entre los días cree, por fin, Salomé haber hallado en la tierra la incorporación de su fantasma. No intentemos ahora averiguar por qué. Tal vez se trata sólo de un quid pro quo: la coincidencia de su paradigma con este hombre de carne y hueso que llaman Juan el Bautista es más bien negativa. Sólo se parece a su ideal en que es distinto de los demás hombres. Las Salomé buscan siempre un varón tan distinto de los demás varones, que casi pertenece a un nuevo sexo desconocido. Otro síntoma de feminidad deformada. El Bautista es un personaje peludo y frenético, que vocea en los desiertos y predica una religión hidroterápica. No podía Salomé haber caído peor; Juan Bautista es un hombre de ideas, un homo religiosus; el polo opuesto a Don Juan, que es el homme à femmes.

La tragedia se dispara, inevitablemente, como una reacción química de índole explosiva.

Salomé ama a su fantasma; a él se ha entregado, no a Juan Bautista. Es éste para ella meramente un instrumento con que dar a aquél corporeidad. El sentimiento de Salomé hacia su hirsuta persona no es de amor, sino más bien el apetito de ser amada por él. La masculinidad de Salomé había de llevarla sin remedio a entrar en la relación erótica con una actitud de varón. Porque el hombre siente el amor primariamente como un violento afán de ser amado, al paso que para la mujer lo primario es sentir el propio amor, la cálida fluencia que de su ser irradia hacia el amado y la impulsa hacia él. La necesidad de ser amada es sentida por ella sólo como una consecuencia y secundariamente. La mujer normal, no se olvide, es lo contrario de la fiera, la cual se lanza sobre la presa; ella es la presa que se lanza sobre la fiera.

Salomé, que no ama a Juan Bautista, necesita ser amada de él, necesita apoderarse de su persona, y al servicio de este anhelo masculino pondrá todas las violencias que el varón suele usar para imponer al contorno su voluntad. Ved por qué, como otras un lirio entre las manos, lleva esta mujer una cabeza segada entre sus largos dedos marmóreos. Es su presa vital. Rítmico el paso, ondulante el torso, corvino el rostro hebreo, avanza por la leyenda, y sobre la cabeza yerta, de ojos vidriosos, se inclina su alma con un rapaz encorvamiento de azor o de neblí…

Pero es una historia demasiado intrincada y prolija para que yo la cuente aquí ésta del trágico flirt entre Salomé, princesa, y Juan Bautista, intelectual.

1921

In the morphology of the feminine being perhaps there are no stranger figures than those of Judith and Salome, the two women who each go with two heads: her own and the severed one.

It is curious that in every kind of reality extreme cases present themselves where the species seems to deny itself and become its contrary. They are frontier natures that, so to speak, belong to two adjoining kingdoms, like certain animals that are almost plants, or certain chemical substances that are almost living plasma. In them lies the ambiguity proper to everything that is limit and extreme; thus, the profile of bodies, which is the line in which they terminate, one does not know well whether it belongs to them or to the surrounding space that bounds them.

A seriously conducted meditation, which does not lose itself in the reefs of anecdotes nor in a casuistry of chance, reveals to us the essence of femininity in the fact that a being feels its destiny fully realized when it delivers its person to another person. Everything else that woman does or is has an adjectival and derived character. Facing that marvelous phenomenon, masculinity opposes its radical instinct, which impels it to take possession of another person. There exists, then, a preestablished harmony between man and woman; for the latter, to live is to surrender oneself; for the former, to live is to take possession, and both destinies, precisely because they are opposite, come to perfect accommodation.

The conflict arises when in that radical instinct of the masculine and the feminine deviations and interferences occur. For it is an error to suppose that the concrete man and woman always are so with fullness and purity. The classification we make of human beings into men and women is, evidently, inexact; reality presents between one term and the other innumerable gradations. Biology shows how corporal sexuality hovers indecisive over the germ to the point that it is possible to subject it experimentally to a change of sex. Each living individual represents a peculiar equation in which both genders participate, and nothing is less frequent than finding one who is “a real man” or “a real woman.” What happens with corporal sexuality becomes even more patent when we observe psychological sexuality. The masculine and the feminine principle, the Yin and the Yang of the Chinese thinkers, seem to dispute one by one the souls and to come in them to diverse formulas of compromise, which are the various types of man and woman.

Thus, Judith and Salome are two varieties that we find in the most surprising type of woman, for being the most contradictory: the woman of prey.

Vain undertaking it would be to want to speak adequately of the one or the other figure without the proportionate length, and I shall have to confine myself now to anticipating a very brief sketch of Salome.

The Salome plant is born only on the summits of society. She was in Palestine a spoiled and idle princess, and today she could be a banker’s daughter or the daughter of the oil king. The decisive thing is that her education, in an environment of prepotency, has erased in her spirit the dynamic line that separates the real from the imaginary. All her desires were always satisfied, and what was undesirable to her remained suppressed from her surroundings. The essential datum of her legend, the key of her psychological mechanism, lies in the fact that Salome obtains all her demands. Since for her to desire is to achieve, all those operations that the rest of us usually exercise to obtain the realization of our appetites have remained atrophied in her soul. The energies, in this manner vacant, came to pour themselves upon the turbine of desire, converting Salome into a prodigious factory of yearnings, of imaginations, of fantasies. Already this signifies a deformation of femininity. For woman normally imagines, fantasizes less than man, and to this she owes her easier adaptation to the real destiny imposed upon her. For the male the desirable is wont to be an imaginative creation, prior to reality; for woman, on the contrary, something she discovers among real things. Thus, in the erotic order, it is frequent that man forges a priori, like Chateaubriand, a fantôme d’amour, an unreal image of woman, to which he devotes his enthusiasm. In woman this is exceedingly unusual, and not by chance, but thanks to the dryness of imagination that characterizes the feminine psyche.

Salome is a fantasizer in the masculine manner, and since her imaginary life is the most real and positive thing of her life, femininity contracts in her a masculine deviation. Add to this the insistence with which the legend alludes to her intact virginity. An excess of corporal virginity, an immoderate preoccupation with prolonging the state of maidenhood, usually presents itself in woman at the side of a masculine character. Mallarmé saw rightly in supposing Salome frigid. Her flesh, firm and elastic, of fine acrobatic muscles —Salome dances—, covered with the resplendences that emanate from gems and precious metals, leaves in us the impression of an “inviolate reptile.”

Salome would not be a woman if she did not need to deliver her person to another person; but, imaginative and frigid woman, she delivers it to a phantom, to a dream of her own elaboration. In this manner, her femininity escapes entirely through an imaginary dimension.

Nevertheless, on the occasion of her amorous chimera, Salome discovers at last the distance between the real and the fantastic. The powerful tetrarch cannot fabricate a man who coincides with the image installed in that audacious little head. The case repeats itself invariably: every Salome drags amid opulence a bad-tempered, disdainful life and, in the depths, macerated by acrimony. She misses the material support on which she can discharge her phantasmagoric creation and, like one who tries dresses on mannequins, tries the unreal profile of her dream upon the men who pass before her.

One day among the days Salome believes, at last, to have found on earth the incorporation of her phantom. Let us not now attempt to find out why. Perhaps it is only a quid pro quo: the coincidence of her paradigm with this man of flesh and bone called John the Baptist is rather negative. He resembles her ideal only in being distinct from other men. The Salomes always seek a male so distinct from other males that he almost belongs to a new unknown sex. Another symptom of deformed femininity. The Baptist is a hirsute and frantic character, who shouts in the deserts and preaches a hydropathic religion. Salome could not have fallen worse; John the Baptist is a man of ideas, a homo religiosus; the opposite pole to Don Juan, who is the homme à femmes.

The tragedy fires off, inevitably, like a chemical reaction of explosive nature.

Salome loves her phantom; to him she has surrendered, not to John the Baptist. He is for her merely an instrument with which to give the former corporeity. Salome’s feeling toward his hirsute person is not one of love, but rather the appetite of being loved by him. Salome’s masculinity had to carry her without remedy into entering the erotic relation with a masculine attitude. For man feels love primarily as a violent yearning to be loved, whereas for woman the primary thing is to feel her own love, the warm flow that irradiates from her being toward the beloved and impels her toward him. The need to be loved is felt by her only as a consequence and secondarily. The normal woman, let it not be forgotten, is the contrary of the beast, which throws itself upon the prey; she is the prey that throws itself upon the beast.

Salome, who does not love John the Baptist, needs to be loved by him, needs to take possession of his person, and to the service of this masculine yearning she will put all the violences that the male usually uses to impose his will upon his surroundings. See why, as others a lily between their hands, this woman carries a severed head between her long marmoreal fingers. It is her vital prey. Rhythmic the step, undulant the torso, sallow-raven the Hebrew face, she advances through the legend, and over the inert head, of glassy eyes, her soul leans with a rapacious curving of goshawk or of merlin…

But it is too intricate and prolix a story for me to tell here, this one of the tragic flirt between Salome, princess, and John the Baptist, intellectual.

1921

Nella morfologia dell’essere femminile forse non ci sono figure più strane di quelle di Giuditta e Salomè, le due donne che vanno ciascuna con due teste: la propria e quella recisa.

È curioso che in ogni specie di realtà si presentino casi estremi dove la specie sembra negare sé stessa e convertirsi nel suo contrario. Sono nature di frontiera che, per così dire, appartengono a due regni confinanti, come certi animali che quasi sono piante, o certe sostanze chimiche che quasi sono plasma vivente. Giace in esse l’equivoco proprio di tutto ciò che è termine ed estremo; così, il profilo dei corpi, che è la linea in cui terminano, non si sa bene se appartiene a loro o allo spazio circostante che li delimita.

Una meditazione seriamente condotta, che non si perda negli scogli degli aneddoti né in una casistica del caso, ci rivela l’essenza della femminilità nel fatto che un essere senta realizzato pienamente il suo destino quando consegna la sua persona a un’altra persona. Tutto il resto che la donna fa o che è, ha un carattere aggettivo e derivato. Di fronte a quel meraviglioso fenomeno, la mascolinità oppone il suo istinto radicale, che la spinge ad impadronirsi di un’altra persona. Esiste, dunque, un’armonia prestabilita tra uomo e donna; per questa, vivere è consegnarsi; per quello, vivere è impadronirsi, e ambedue i destini, precisamente per essere opposti, vengono a perfetto accomodo.

Il conflitto sorge quando in quell’istinto radicale del maschile e del femminile si producono deviazioni e interferenze. Perché è un errore supporre che l’uomo e la donna concreti lo siano sempre con pienezza e purezza. La classificazione che facciamo degli esseri umani in uomini e donne è, evidentemente, inesatta; la realtà presenta tra l’uno e l’altro termine innumerevoli gradazioni. La biologia mostra come la sessualità corporale si libri indecisa sul germe fino al punto che sia possibile sottoporlo sperimentalmente a un cambiamento di sesso. Ogni individuo vivo rappresenta una peculiare equazione in cui ambedue i generi partecipano, e nulla di meno frequente che trovare chi sia «tutto un uomo» o «tutta una donna». Questo che accade con la sessualità corporale risulta ancora più patente quando osserviamo la sessualità psicologica. Il principio maschile e il femminile, lo Yin e lo Yang dei pensatori cinesi, sembrano disputarsi una a una le anime e venire in esse a formule diverse di compromesso, che sono i tipi vari di uomo e donna.

Così, Giuditta e Salomè sono due varietà che troviamo nel tipo di donna più sorprendente, per essere il più contraddittorio: la donna di preda.

Sarebbe vano impegno voler parlare adeguatamente dell’una o dell’altra figura senza la lunghezza proporzionata, e dovrò ridurmi ora ad anticipare un brevissimo schema di Salomè.

La pianta Salomè nasce solo nelle cime della società. Fu in Palestina una principessa vezzeggiata e oziosa, e oggi potrebbe essere una figlia di banchiere o del re del petrolio. Il decisivo è che la sua educazione, in un ambiente di prepotenza, ha cancellato nel suo spirito la linea dinamica che separa il reale dall’immaginario. Tutti i suoi desideri furono sempre soddisfatti, e ciò che le era indesiderabile restava soppresso dal suo contorno. Il dato essenziale della sua leggenda, la chiave del suo meccanismo psicologico, sta nel fatto che Salomè ottiene tutte le sue domande. Poiché per lei desiderare è ottenere, sono rimaste atrofizzate nella sua anima tutte quelle operazioni che gli altri sogliono esercitare per conseguire la realizzazione dei nostri appetiti. Le energie, in tal guisa vacanti, vennero a riversarsi sulla turbina del desiderio, convertendo Salomè in una prodigiosa fabbrica di aneliti, di immaginazioni, di fantasie. Già questo significa una deformazione della femminilità. Perché la donna normalmente immagina, fantastica meno dell’uomo, e a ciò deve la sua più facile adattazione al destino reale che le è imposto. Per il maschio il desiderabile suole essere una creazione immaginativa, previa alla realtà; per la donna, al contrario, qualcosa che scopre tra le cose reali. Così, nell’ordine erotico, è frequente che l’uomo forgi a priori, come Chateaubriand, un fantôme d’amour, un’immagine irreale di donna, alla quale dedica il suo entusiasmo. Nella donna questo è oltremodo insolito, e non per caso, ma mercé l’aridità di immaginazione che caratterizza la psiche femminile.

Salomè è fantasticatrice alla virile, e poiché la sua vita immaginaria è la cosa più reale e positiva della sua vita, contrae in essa la femminilità una deviazione maschile. Aggiungasi a questo l’insistenza con cui la leggenda allude alla sua verginità intatta. Un eccesso di verginità corporale, una smodata preoccupazione di prolungare lo stato di donzellezza, suole presentarsi nella donna al lato di un carattere maschile. Mallarmé vide giustamente supponendo Salomè frigida. La sua carne, soda ed elastica, di fini muscoli acrobatici —Salomè danza—, coperta con i bagliori che emanano dalle gemme e dai metalli preziosi, lascia in noi l’impressione di un «rettile inviolato».

Non sarebbe donna Salomè se non necessitasse consegnare la sua persona a un’altra persona; ma, donna immaginativa e frigida, la consegna a un fantasma, a un sogno di propria elaborazione. In tal guisa, la sua femminilità si sfugge tutta per una dimensione immaginaria.

Tuttavia, con occasione della sua amorosa chimera, scopre alla fine Salomè la distanza tra il reale e il fantastico. Il tetrarca potente non può fabbricare un uomo che coincida con l’immagine installata in quella audace testolina. Il caso si ripete invariabile: ogni Salomè trascina in mezzo all’opulenza una vita stizzosa, displicente e, in fondo, macerata dall’asprezza. Le manca il supporto materiale su cui possa scaricare la sua creazione fantasmatica e, come chi prova abiti su manichini, prova l’irreale profilo del suo sogno sugli uomini che dinanzi a lei transitano.

Un giorno tra i giorni crede, per fine, Salomè di aver trovato sulla terra l’incorporazione del suo fantasma. Non tentiamo ora di indagare perché. Forse si tratta soltanto di un quid pro quo: la coincidenza del suo paradigma con questo uomo di carne e ossa che chiamano Giovanni Battista è piuttosto negativa. Somiglia al suo ideale solo in quanto è distinto dagli altri uomini. Le Salomè cercano sempre un maschio tanto distinto dagli altri maschi, che quasi appartiene a un nuovo sesso sconosciuto. Un altro sintomo di femminilità deformata. Il Battista è un personaggio peloso e frenetico, che grida nei deserti e predica una religione idroterapica. Non poteva Salomè cadere peggio; Giovanni Battista è un uomo di idee, un homo religiosus; il polo opposto a Don Giovanni, che è l’homme à femmes.

La tragedia si spara, inevitabilmente, come una reazione chimica di indole esplosiva.

Salomè ama il suo fantasma; a lui si è consegnata, non a Giovanni Battista. È questo per lei meramente uno strumento con cui dare a quello corporeità. Il sentimento di Salomè verso la sua ispida persona non è di amore, ma piuttosto l’appetito di essere amata da lui. La mascolinità di Salomè doveva portarla senza rimedio a entrare nella relazione erotica con un atteggiamento di maschio. Perché l’uomo sente l’amore primariamente come un violento anelito di essere amato, mentre per la donna il primario è sentire il proprio amore, la calda fluenza che dal suo essere irradia verso l’amato e la spinge verso di lui. La necessità di essere amata è sentita da lei solo come una conseguenza e secondariamente. La donna normale, non si dimentichi, è il contrario della fiera, la quale si lancia sulla preda; essa è la preda che si lancia sulla fiera.

Salomè, che non ama Giovanni Battista, necessita di essere amata da lui, necessita di impadronirsi della sua persona, e al servizio di questo anelito maschile metterà tutte le violenze che il maschio suole usare per imporre al contorno la sua volontà. Vedete perché, come altre un giglio tra le mani, porta questa donna una testa recisa tra le sue lunghe dita marmoree. È la sua preda vitale. Ritmico il passo, ondulante il torso, corvino il volto ebreo, avanza per la leggenda, e sulla testa inerte, dagli occhi vitrei, si china la sua anima con un rapace incurvamento di astore o di neblì…

Ma è una storia troppo intricata e prolissa perché io la racconti qui, questa del tragico flirt tra Salomè, principessa, e Giovanni Battista, intellettuale.

1921