Ortega y Gasset
Abstract
Starting from the Spanish habit of eyeing women on the tram, Ortega analyses the «calculus of feminine beauty» as an instantaneous aesthetic judgement and attacks the theory inherited from Platonic metaphysics whereby we apply a pre-existing ideal as a unit of measure, women being beautiful only by participation in the one beautiful woman. Philosophical aesthetics in column form.
Connections
Assi: Universali
Posizioni: realismo delle idee
Concetti: bellezza, idea, methexis (partecipazione)
Figure: Platone
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Pedir a un español que al entrar en el tranvía renuncie a dirigir una mirada de especialista sobre las mujeres que en él van, es demandar lo imposible. Se trata de uno de los hábitos más arraigados y característicos de nuestro pueblo. A los extranjeros y a algunos compatriotas les parece incorrecto ese modo insistente y casi táctil con que mira el español a la mujer. Yo soy uno de éstos: me produce una gran repugnancia. Y, sin embargo, creo que esa costumbre, suprimida la insistencia, la petulancia y la tactilidad visual, es uno de los rasgos más originales, bellos y generosos de nuestra raza. Como con otras manifestaciones de la espontaneidad española acontece con ésta; tal y como se presentan, impolutas, toscas, mezclado lo puro y lo torpe, ofrecen un aspecto de barbarie. Mas si se las depura, libertando lo exquisito de lo grosero y potenciando su germen noble, podrían constituir un sistema de ademanes originalísimo y digno de competir con aquellos estilos de movimiento que se han llamado gentleman o homme de bonne compagnie. Los artistas, los poetas, los hombres de mundo son los encargados de someter el material bruto de esos hábitos multiseculares a la química de depuraciones reflexivas. Velázquez hizo eso, y estad seguros que en la admiración de otras naciones por su obra influye no poco la acertada estilización en que cendró el gesto español. Hermann Cohen me decía que aprovechaba siempre sus estancias en París para ir a la sinagoga con objeto de contemplar los ademanes de los judíos oriundos de España[10].
Pero no es ahora mi propósito descubrir el sentido noble que pueda ocultarse tras de las atroces miradas del español a la mujer. El asunto sería interesante; al menos para El Espectador, que ha vivido varios años bajo el influjo de Platón, maestro de la ciencia de mirar. Mas al presente es otra mi intención. Hoy he tomado el tranvía, y como nada español juzgo ajeno a mí, he ejercitado esa mirada de especialista arriba dicha. He procurado desembarazarla de insistencia, petulancia y tactilidad. Y me ha causado gran sorpresa advertir que no han sido menester tres segundos para que las ocho o nueve damas inclusas en el vehículo quedasen filiadas estéticamente y sobre ellas recayese firme sentencia. Ésta es muy hermosa; aquélla, incorrecta; la de más allá, resueltamente fea, etcétera, etcétera. El lenguaje no posee términos suficientes para expresar los matices de ese juicio estético que en el raudo vuelo de una mirada se cumple y se dispara.
Como el trayecto era largo y, con muy buen acuerdo, ninguna de aquellas damas me concedía un porvenir sentimental, hube de recogerme a la meditación sin otra presa que mi propia mirada y sus automáticas sentencias.
¿En qué consiste —me preguntaba yo— este fenómeno psicológico que podríamos denominar cálculo de la belleza femenina? Yo no ambiciono saber ahora qué mecanismo secreto de la conciencia causa y regula ese acto de valoración estética. Me contento con describir aquello de que nos damos clara cuenta cuando lo realizamos.
La antigua psicología supone que el individuo posee un previo ideal de belleza, en este caso, un ideal de rostro femenino, el cual aplica sobre el semblante real que está mirando. El juicio estético consistiría simplemente en la percepción de la coincidencia o discrepancia entre uno y otro. Esta teoría, procedente de la metafísica platónica, se ha inveterado en la estética y vierte en ella su originario error. El ideal, como la idea en Platón, viene a ser una unidad de medida, preexistente y aparte de las realidades, con la cual medimos éstas.
Semejante teoría es una construcción, una invención oriunda del genial afán helénico tras la unidad. Pues el Dios de Grecia habría que buscarlo no en el Olimpo —especie de château donde hace vida regocijada una sociedad de personas distinguidas—, sino en este pensamiento de lo uno. Lo uno es lo único que es. Las cosas blancas son blancas, y las mujeres, bellas, no cada una de por sí y en su peculiaridad, mas en virtud de su mayor o menor participación en la blancura única y en la única mujer bella. Plotino, en quien este unitarismo llega a la exacerbación, va a acumular expresiones que nos insinúen la trágica sed de la unidad latiendo en las cosas. Σπεύδειν ὀρέγεσθαι πρòς τòἕν, —se apresuran, tienden hacia, anhelan la unidad—. Su ser, llega a decir, es sólo τò ἴχνος τοῦ ἑνóς, la huella de la unidad. Sienten un celo como afrodítico hacia lo uno. Nuestro Fray Luis, que platoniza y plotiniza desde su áspera celda, halla la frase más feliz: la unidad es «el pío universal de las cosas».
Pero todo esto, repito, es construcción. No hay un modelo único y general al que imiten las cosas reales[11]. ¡Qué he de aplicar yo sobre los rostros de estas damas un previo esquema de femenina belleza! Esto sería una falta de galantería y además no es verdad. Lejos de saber cuál sea la belleza suma en la mujer, el hombre la busca perpetuamente desde su mocedad a su decrepitud. ¡Oh, si la conociéramos de antemano!
Si la conociésemos de antemano perdería la vida uno de sus mejores resortes y buena parte de su dramatismo. Cada mujer que por vez primera vemos suscita en nosotros la suprema esperanza de que es ella acaso la más bella. Y en este juego de esperanzas y desencantos que dilatan y contraen nuestro corazón, la vida corre presurosa por una campiña quebrada y amena. En el capítulo sobre el ruiseñor, cuenta Buffon de una de estas avecillas que llegó a la edad de catorce años merced a no haber tenido ocasión de amar. «Está visto —agrega— que el amor acorta los días; pero la verdad es que, en cambio, los llena».
Prosigamos nuestro análisis. Puesto que no hallo en mí ese arquetipo y modelo único de belleza femenina, me ocurre suponer —como también les ha ocurrido alguna vez a los estéticos— si, al menos, existirá una pluralidad de ellos, tipos varios de perfección corpórea: la perfecta morena y la rubia ideal, la ingenua y la nostálgica, etcétera.
Al punto advertimos que este supuesto no hace sino multiplicar las dificultades del anterior. En primer lugar, yo no me doy cuenta de poseer esa galería de ejemplares rostros ni acierto a sospechar dónde podría haberla adquirido. En segundo lugar, dentro de cada tipo hallo un margen ilimitado de posibles bellezas diferentes. Habría, pues, que multiplicar los tipos ideales tanto, que perderían su carácter de géneros, y siendo innúmeros como los mismos rostros individuales se aniquilaría el propósito de esta teoría, que consiste también en hacer de lo uno y general norma y prototipo para la valoración de lo singular y vario.
No obstante, algo nos interesa subrayar en esta doctrina que dispersa el modelo único en una pluralidad de modelos o ejemplares típicos. Pues ¿qué es lo que ha invitado a esa dispersión? Sin duda, la advertencia de que, en realidad, cuando calculamos la belleza femenina, no partimos del esquema único ideal para someterle la fisonomía concreta, sin otorgar a ésta voz ni voto en el proceso estético. Al contrario: partimos del rostro que vemos, y él, por sí mismo, según esta teoría, selecciona entre nuestros modelos el que ha de aplicársele. De esta suerte, la realidad individual colabora en nuestro juicio de perfección y no permanece, como antes, totalmente pasiva.
He aquí una advertencia exacta, en mi entender, que refleja un fenómeno efectivo de mi conciencia y no es una construcción hipotética. Sí: mi talante al mirar esta mujer es por completo distinto del que usaría un juez presuroso de aplicar el Código preestablecido, la ley convenida. Yo no conozco la ley; al contrario, la busco en la faz transeúnte. Mi mirada lleva el carácter de una absoluta experiencia. Del rostro que ante mí veo quisiera aprender, conocer qué es hermosura. Cada individualidad femenina me promete una belleza ignorada, novísima; la emoción que empuja mis ojos es la de quien espera un descubrimiento, una revelación subitánea.
La expresión más exacta de la tesitura en que nos hallamos cuando, por vez primera, miramos a una mujer, sería ésta que parece sólo un frívolo giro galante: «Toda mujer es guapa mientras no se demuestre lo contrario». Y aun cabría añadir: de una belleza que no hemos previsto.
To ask a Spaniard that on entering the tram he renounce directing a specialist’s gaze upon the women who ride in it is to demand the impossible. It is one of the most rooted and characteristic habits of our people. To foreigners and to some compatriots that insistent and almost tactile mode with which the Spaniard looks at woman seems incorrect. I am one of these: it produces in me a great repugnance. And, nevertheless, I believe that that custom, the insistence, the petulance and the visual tactility suppressed, is one of the most original, beautiful and generous traits of our race. As with other manifestations of Spanish spontaneity happens with this one; just as they present themselves, unpolluted, rough, the pure and the clumsy mixed, they offer an aspect of barbarism. But if they are refined, freeing the exquisite from the coarse and potentiating their noble germ, they could constitute a most original system of gestures worthy of competing with those styles of movement that have been called gentleman or homme de bonne compagnie. The artists, the poets, the men of the world are those charged with submitting the raw material of those multisecular habits to the chemistry of reflexive refinements. Velázquez did that, and be sure that in the admiration of other nations for his work there influences not a little the apt stylization in which he refined the Spanish gesture. Hermann Cohen told me that he always took advantage of his stays in Paris to go to the synagogue in order to contemplate the gestures of the Jews native to Spain[10].
But it is not now my purpose to discover the noble sense that may hide behind the atrocious looks of the Spaniard at woman. The matter would be interesting; at least for El Espectador, which has lived several years under the influence of Plato, master of the science of looking. But at present mine is another intention. Today I have taken the tram, and as nothing Spanish do I judge alien to me, I have exercised that specialist’s gaze above said. I have tried to disembarrass it of insistence, petulance and tactility. And it has caused me great surprise to notice that three seconds have not been needed for the eight or nine ladies included in the vehicle to remain aesthetically filiated and upon them fall firm sentence. This one is very beautiful; that one, incorrect; the one over there, resolutely ugly, etcetera, etcetera. Language does not possess sufficient terms to express the nuances of that aesthetic judgement which in the rapid flight of a look is fulfilled and fired off.
As the journey was long and, with very good accord, none of those ladies granted me a sentimental future, I had to gather myself into meditation with no other prey than my own gaze and its automatic sentences.
In what does it consist — I asked myself — this psychological phenomenon that we could denominate calculation of feminine beauty? I do not aspire to know now what secret mechanism of consciousness causes and regulates that act of aesthetic valuation. I content myself with describing that of which we take clear account when we realize it.
The ancient psychology supposes that the individual possesses a prior ideal of beauty, in this case, an ideal of feminine face, which he applies upon the real countenance he is looking at. The aesthetic judgement would consist simply in the perception of the coincidence or discrepancy between the one and the other. This theory, proceeding from Platonic metaphysics, has become inveterate in aesthetics and pours into it its original error. The ideal, like the idea in Plato, comes to be a unit of measure, preexisting and apart from the realities, with which we measure these.
Such a theory is a construction, an invention native to the genial Hellenic eagerness after unity. For the God of Greece would have to be sought not on Olympus — a species of château where a society of distinguished persons leads a merry life —, but in this thought of the one. The one is the only thing that is. White things are white, and women, beautiful, not each one by itself and in its peculiarity, but in virtue of their greater or lesser participation in the unique whiteness and in the unique beautiful woman. Plotinus, in whom this unitarism reaches exacerbation, is going to accumulate expressions that insinuate to us the tragic thirst of unity pulsing in things. Σπεύδειν ὀρέγεσθαι πρòς τòἕν —they hurry, they tend towards, they yearn for unity—. Their being, he comes to say, is only τò ἴχνος τοῦ ἑνóς, the trace of unity. They feel a zeal as it were aphrodisiac towards the one. Our Fray Luis, who platonizes and plotinizes from his rough cell, finds the happiest phrase: unity is “the universal piety of things”.
But all this, I repeat, is construction. There is no unique and general model which the real things imitate[11]. What am I to apply upon the faces of these ladies a prior scheme of feminine beauty! This would be a lack of gallantry and moreover is not true. Far from knowing what the highest beauty in woman is, man seeks it perpetually from his youth to his decrepitude. Oh, if we knew it in advance!
If we knew it in advance life would lose one of its best springs and a good part of its dramatism. Each woman we see for the first time arouses in us the supreme hope that she is perhaps the most beautiful. And in this game of hopes and disenchantments that dilate and contract our heart, life runs hurriedly over a broken and pleasant countryside. In the chapter on the nightingale, Buffon tells of one of these little birds that reached the age of fourteen years thanks to having had no occasion to love. “It is evident — he adds — that love shortens the days; but the truth is that, in exchange, it fills them”.
Let us proceed with our analysis. Since I do not find in me that archetype and unique model of feminine beauty, it occurs to me to suppose — as it has also occurred sometimes to the aestheticians — whether, at least, there will exist a plurality of them, various types of corporeal perfection: the perfect brunette and the ideal blonde, the ingenuous and the nostalgic, etcetera.
At once we notice that this supposition does nothing but multiply the difficulties of the previous one. In the first place, I do not become aware of possessing that gallery of exemplary faces nor do I manage to suspect where I could have acquired it. In the second place, within each type I find an unlimited margin of possible different beauties. One would have, then, to multiply the ideal types so much, that they would lose their character of genres, and being innumerable like the individual faces themselves, the purpose of this theory would be annihilated, which consists also in making of the one and general norm and prototype for the valuation of the singular and varied.
Nevertheless, something interests us to underline in this doctrine that disperses the unique model into a plurality of models or typical exemplars. For what is it that has invited that dispersion? Without doubt, the warning that, in reality, when we calculate feminine beauty, we do not start from the unique ideal scheme to subject to it the concrete physiognomy, without granting to this voice nor vote in the aesthetic process. On the contrary: we start from the face we see, and it, by itself, according to this theory, selects among our models the one that must be applied to it. In this wise, the individual reality collaborates in our judgement of perfection and does not remain, as before, totally passive.
Here is an exact warning, in my understanding, that reflects an effective phenomenon of my consciousness and is not a hypothetical construction. Yes: my demeanour in looking at this woman is completely distinct from that which a judge hasty to apply the preestablished Code, the agreed law, would use. I do not know the law; on the contrary, I seek it in the passing countenance. My gaze carries the character of an absolute experience. From the face that before me I see I should wish to learn, to know what beauty is. Each feminine individuality promises me an ignored, brand-new beauty; the emotion that pushes my eyes is that of one who awaits a discovery, a sudden revelation.
The most exact expression of the disposition in which we find ourselves when, for the first time, we look at a woman, would be this one that seems only a frivolous gallant turn: “Every woman is pretty until the contrary is proved”. And one could even add: of a beauty that we have not foreseen.
Chiedere a uno spagnolo che entrando nel tram rinunci a dirigere uno sguardo da specialista sulle donne che vi vanno, è domandare l’impossibile. Si tratta di una delle abitudini più radicate e caratteristiche del nostro popolo. Agli stranieri e ad alcuni compatrioti sembra scorretto quel modo insistente e quasi tattile con cui lo spagnolo guarda la donna. Io sono uno di questi: mi produce una grande ripugnanza. E, nondimeno, credo che quella costumanza, soppressa l’insistenza, la petulanza e la tattilità visiva, sia uno dei tratti più originali, belli e generosi della nostra razza. Come con altre manifestazioni della spontaneità spagnola accade con questa; così come si presentano, impollute, rozze, mescolato il puro e il goffo, offrono un aspetto di barbarie. Ma se si depurano, liberando il raffinato dal grossolano e potenziando il loro germe nobile, potrebbero costituire un sistema di gesti originalissimo e degno di competere con quegli stili di movimento che si sono chiamati gentleman o homme de bonne compagnie. Gli artisti, i poeti, gli uomini di mondo sono incaricati di sottomettere il materiale grezzo di quelle abitudini plurisecolari alla chimica di depurazioni riflessive. Velázquez fece questo, e state sicuri che nell’ammirazione di altre nazioni per la sua opera influisce non poco la azzeccata stilizzazione in cui raffinò il gesto spagnolo. Hermann Cohen mi diceva che approfittava sempre dei suoi soggiorni a Parigi per andare alla sinagoga con oggetto di contemplare i gesti degli ebrei originari di Spagna[10].
Ma non è ora mio proposito scoprire il senso nobile che possa occultarsi dietro gli atroci sguardi dello spagnolo alla donna. L’argomento sarebbe interessante; almeno per El Espectador, che ha vissuto vari anni sotto l’influsso di Platone, maestro della scienza del guardare. Ma al presente è altra la mia intenzione. Oggi ho preso il tram, e come nulla di spagnolo giudico estraneo a me, ho esercitato quello sguardo da specialista sopra detto. Ho procurato di sbarazzarlo di insistenza, petulanza e tattilità. E mi ha causato grande sorpresa avvertire che non sono stati necessari tre secondi perché le otto o nove signore incluse nel veicolo restassero filiate esteticamente e su di esse ricadesse ferma sentenza. Questa è molto bella; quella, scorretta; quella di più in là, risolutamente brutta, eccetera, eccetera. Il linguaggio non possiede termini sufficienti per esprimere le sfumature di quel giudizio estetico che nel rapido volo di uno sguardo si compie e si spara.
Come il tragitto era lungo e, con molto buon accordo, nessuna di quelle signore mi concedeva un avvenire sentimentale, dovetti raccogliermi alla meditazione senza altra preda che il mio stesso sguardo e le sue automatiche sentenze.
In che cosa consiste — mi chiedevo io — questo fenomeno psicologico che potremmo denominare calcolo della bellezza femminile? Io non ambisco sapere ora quale meccanismo segreto della coscienza causa e regola quell’atto di valorazione estetica. Mi contento di descrivere ciò di cui ci rendiamo chiaro conto quando lo realizziamo.
La antica psicologia suppone che l’individuo possieda un previo ideale di bellezza, in questo caso, un ideale di volto femminile, il quale applica sul sembiante reale che sta guardando. Il giudizio estetico consisterebbe semplicemente nella percezione della coincidenza o discrepanza tra l’uno e l’altro. Questa teoria, proveniente dalla metafisica platonica, si è inveterata nell’estetica e riversa in essa il suo errore originario. L’ideale, come l’idea in Platone, viene a essere un’unità di misura, preesistente e a parte dalle realtà, con la quale misuriamo queste.
Siffatta teoria è una costruzione, un’invenzione oriunda del geniale affanno ellenico dietro l’unità. Poiché il Dio di Grecia bisognerebbe cercarlo non nell’Olimpo — specie di château dove fa vita rallegrata una società di persone distinte —, ma in questo pensiero dell’uno. L’uno è l’unica cosa che è. Le cose bianche sono bianche, e le donne, belle, non ciascuna di per sé e nella sua peculiarità, ma in virtù della loro maggiore o minore partecipazione alla bianchezza unica e all’unica donna bella. Plotino, in cui questo unitarismo arriva all’esacerbazione, va ad accumulare espressioni che ci insinuino la tragica sete dell’unità che pulsa nelle cose. Σπεύδειν ὀρέγεσθαι πρòς τòἕν, — si affrettano, tendono verso, anelano l’unità —. Il loro essere, arriva a dire, è solo τò ἴχνος τοῦ ἑνóς, la traccia dell’unità. Sentono uno zelo come afroditico verso l’uno. Il nostro Fray Luis, che platonizza e plotinizza dalla sua aspra cella, trova la frase più felice: l’unità è «il pio universale delle cose».
Ma tutto questo, ripeto, è costruzione. Non c’è un modello unico e generale a cui imitino le cose reali[11]. Che devo io applicare sui volti di queste signore un previo schema di bellezza femminile! Questo sarebbe una mancanza di galanteria e inoltre non è vero. Lungi dal sapere quale sia la bellezza somma nella donna, l’uomo la cerca perpetuamente dalla sua giovinezza alla sua decrepitezza. Oh, se la conoscessimo in anticipo!
Se la conoscessimo in anticipo perderebbe la vita una delle sue migliori molle e buona parte del suo drammatismo. Ogni donna che per la prima volta vediamo suscita in noi la suprema speranza che sia essa forse la più bella. E in questo gioco di speranze e disinganni che dilatano e contraggono il nostro cuore, la vita corre frettolosa per una campagna frastagliata e amena. Nel capitolo sull’usignolo, racconta Buffon di uno di questi uccellini che arrivò all’età di quattordici anni mercé il non aver avuto occasione di amare. «Sta visto — aggiunge — che l’amore accorcia i giorni; ma la verità è che, in cambio, li riempie».
Proseguiamo la nostra analisi. Posto che non trovo in me quell’archetipo e modello unico di bellezza femminile, mi accade di supporre — come pure è accaduto qualche volta agli estetici — se, almeno, esisterà una pluralità di essi, tipi vari di perfezione corporea: la perfetta bruna e la bionda ideale, l’ingenua e la nostalgica, eccetera.
Al punto avvertiamo che questo supposto non fa che moltiplicare le difficoltà del precedente. In primo luogo, io non mi rendo conto di possedere quella galleria di esemplari volti né riesco a sospettare dove avrei potuto acquisirla. In secondo luogo, dentro ogni tipo trovo un margine illimitato di possibili bellezze differenti. Bisognerebbe, dunque, moltiplicare i tipi ideali tanto, che perderebbero il loro carattere di generi, ed essendo innumerevoli come gli stessi volti individuali si annienterebbe il proposito di questa teoria, che consiste anche nel fare dell’uno e generale norma e prototipo per la valorazione del singolare e vario.
Nondimeno, qualcosa ci interessa sottolineare in questa dottrina che disperde il modello unico in una pluralità di modelli o esemplari tipici. Poiché che cosa è ciò che ha invitato a quella dispersione? Senza dubbio, l’avvertenza che, in realtà, quando calcoliamo la bellezza femminile, non partiamo dallo schema unico ideale per sottomettergli la fisionomia concreta, senza concedere a questa voce né voto nel processo estetico. Al contrario: partiamo dal volto che vediamo, ed esso, per se stesso, secondo questa teoria, seleziona tra i nostri modelli quello che deve applicarsi a lui. In questa sorta, la realtà individuale collabora nel nostro giudizio di perfezione e non permane, come prima, totalmente passiva.
Ecco un’avvertenza esatta, a mio intendere, che riflette un fenomeno effettivo della mia coscienza e non è una costruzione ipotetica. Sì: il mio talante nel guardare questa donna è per completo distinto da quello che userebbe un giudice frettoloso di applicare il Codice prestabilito, la legge convenuta. Io non conosco la legge; al contrario, la cerco nella faccia transeunte. Il mio sguardo porta il carattere di un’assoluta esperienza. Dal volto che dinanzi a me vedo vorrei imparare, conoscere che cosa è bellezza. Ogni individualità femminile mi promette una bellezza ignorata, novissima; l’emozione che spinge i miei occhi è quella di chi aspetta una scoperta, una rivelazione subitanea.
L’espressione più esatta della disposizione in cui ci troviamo quando, per la prima volta, guardiamo una donna, sarebbe questa che sembra solo un frivolo giro galante: «Ogni donna è bella finché non si dimostri il contrario». E ancora si potrebbe aggiungere: di una bellezza che non abbiamo previsto.
Verdad es que en ocasiones las promesas no se cumplen. Recuerdo a este propósito una anécdota del hampa periodística madrileña. Cuéntase de un crítico de teatro, muerto hace no pocos años, que padecía la debilidad de repartir las alabanzas y las censuras según un régimen financiero. Llegó un tenor que al día siguiente había de debutar en el teatro Real. El menesteroso crítico se apresuró a visitarle. Le habló de los muchos hijos y las pocas rentas: quedó cerrado el trato en mil pesetas. La jornada del début comenzó sin que el crítico recibiese la cantidad convenida. Empezó la función y el dinero no llegaba; pasó un acto, y otro y todos, y cuando en la Redacción se puso a escribir el crítico, aún no había llegado el emolumento. A la mañana siguiente el periódico insertaba la revista de la ópera; en ella no se hablaba del tenor ni una palabra hasta la postrera línea, donde se leía: «Olvidábamos decir que debutó el tenor X: es un artista que promete; veremos si cumple».
A veces, pues, la promesa de belleza no se cumple. Así, me ha bastado mirar un instante a aquella señora que está en el fondo del tranvía para juzgarla fea. Descompongamos en sus elementos este acto de adversa sentencia. Para ello debemos repetirlo más despacio; así la reflexión puede sorprender a nuestra conciencia espontánea en los estadios sucesivos de su actividad.
Y noto lo siguiente: la mirada se fija primero en el rostro entero, en el conjunto y parece tomar una orientación; luego elige una facción, la frente acaso, y se desliza por ella. La línea es suavemente curva y mi espíritu la sigue como placentero, sin enojo ni interna disconformidad.
La frase que describe más certeramente mi estado de ánimo en este momento sería: ¡Esto va bien! Mas de pronto, al poner mi vista su etéreo pie en la nariz, percibo como una dificultad, vacilación o estorbo. Algo análogo a lo que experimentamos en un bivio, donde nacen dos caminos. La trayectoria de la frente parece —no sé bien por qué— como si exigiera ser continuada en una línea de nariz distinta de la real. Pero ésta impone otra trayectoria a mi mirada. Sí, no hay duda; yo veo dos líneas, una sutil y como espectral sobre la nariz de carne, que es, digámoslo con franqueza, algo roma. Entonces, ante esa dualidad, la conciencia sufre un piétinement sur place; vacila, oscila y en ese titubeo mide la distancia entre aquella facción que debía ser y la que es.
No se trata, sin embargo, de que renovemos ahora, facción por facción, lo que con respecto al semblante total habíamos desestimado. No hay un modelo ideal de nariz, de boca, de mejilla. Si se analizan los hechos advertiremos que toda facción fea (no monstruosa)[12] puede parecernos bella en otro conjunto.
La realidad es que nosotros, a la par que advertimos el defecto, sabríamos corregirlo. Tendemos unas líneas incorpóreas que aquí agregan un poco de forma; allá, en cambio, suprimen y amputan algo de las existentes. Líneas incorpóreas, digo, y esto no es una metáfora. Nuestra conciencia las traza al mirar constantemente donde no las halla corpóreas. Sabido es que no podemos mirar en la noche las estrellas imparcialmente, sino que destacamos unas u otras del encendido enjambre. Destacarlas es ya poner en una relación más intensa ciertas estrellas entre sí; para esto tendemos de una a otra como hilos de una araña sideral. Los puntos incandescentes quedan por ellos ligados y constituyendo una forma incorpórea. Éste es el origen psicológico de las constelaciones: perpetuamente, cuando la noche pura hace palpitar su azulada tiniebla, los ojos del hombre pagano se levantan y ven que Sagitario dispara, Casiopea se irrita, la Virgen aguarda y Orión opone al Toro su escudo de diamantes.
De la propia suerte que el grupo de puntos estelares se organiza en constelación, el rostro real que vemos da la emanación de un ideal perfil más o menos coincidente con él. En un mismo movimiento de nuestra conciencia surge la percepción del ser corpóreo y la sospecha de su ideal perfección.
Venimos, pues, al convencimiento de que el modelo no es uno para todos, ni siquiera típico. Cada fisonomía suscita, como en mística fosforescencia, su propio, único, exclusivo ideal. Cuando Rafael dice que él pinta no lo que ve, sino «una certa idea che mi viene in mente», no se entienda la idea platónica que excluye la diversidad inagotable y multiforme de lo real. No; cada cosa al nacer trae su intransferible ideal.
De esta manera abrimos a la Estética las puertas de su prisión académica y la invitamos a que recorra las riquezas del mundo.
Laudata sii, Diversità
delle creature, sirena
del mondo.
He aquí cómo yo, desde este humilde tranvía que rueda hacia Fuencarral, envío una objeción al radiante jardín de Academos.
Amor me mueve, que me hace hablar… Amor a la multiplicidad de la vida, que a veces los mejores, contra su voluntad, han contribuido a empequeñecer. Porque de la misma manera que hicieron los griegos del ser lo único y de la belleza una norma o modelo general, va a encontrar Kant la bondad, la perfección moral en un imperativo genérico y abstracto.
No, no; el deber no es único y genérico. Cada cual traemos el nuestro inalienable y exclusivo. Para regir mi conducta Kant me ofrece un criterio: que quiera siempre lo que otro cualquiera puede querer. Pero esto vacía el ideal, lo convierte en un mascarón jurídico y en una careta de facciones mostrencas. Yo no puedo querer plenamente sino lo que en mí brota como apetencia de toda mi individual persona.
El cálculo de la belleza femenina, una vez analizado, sirve de clave para todos los demás reinos de la valoración. Como en belleza, así en ética.
Veíamos antes que el rostro individual es a la vez proyecto de sí mismo y realización más o menos completa. Así en la moralidad yo creo ver todo hombre que ante mí pasa como inscrito en una silueta moral de sí mismo: ella precisa lo que su carácter individual sería en perfección. Algunos hinchen por completo con sus actos ese límite de su posibilidad; mas de ordinario discrepamos, por defecto o por exceso, de lo que sería nuestra propia plenitud. ¡Cuántas veces nos sorprendemos anhelando que nuestro prójimo haga esto o lo otro porque vemos con extraña evidencia que así completaría su personalidad!
No midamos, pues, a cada cual sino consigo mismo: lo que es como realidad con lo que es como proyecto. «Llega a ser el que eres». He ahí el justo imperativo… Pero suele acaecernos lo que maravillosamente, misteriosamente, sugiere Mallarmé, cuando resumiendo a Hamlet le llama: «el Señor latente que no puede llegar a ser»[13].
Dondequiera nos es fecunda esta idea, que descubre en la realidad misma, en lo que tiene de más imprevisible, en su capacidad de innovación ilimitada, la sublime incubadora de ideales, de normas, de perfecciones.
En crítica literaria o artística recibe inmediata aplicación: reprodúzcase el análisis motivado por el juicio de la belleza femenina a propósito de una lectura. Al leer un libro, sobre el cuerpo que forma lo leído, va golpeando como un íntimo martilleo de agrado o desagrado: «Esto va bien, decimos; es como debía ser». «Esto va mal; su perfección designa otra trayectoria». Y automáticamente, sobre la obra, inscrito o circunscrito en ella, vamos dejando un pespunte crítico que es el esquema por ella pretendido. Sí, todo libro es primero una intención y luego una realización. Con aquélla midamos ésta. La obra misma nos revela a la par su norma y su pecado. Y el mayor absurdo fuera hacer a un autor metro de otro.
Esta dama que ante mí va…
—¡Cuatro Caminos! —grita el cobrador. Ese grito me ha causado siempre una emoción penosa, porque es un símbolo de la perplejidad.
Pero el trayecto ha concluido. No se puede pedir más por diez céntimos.
1916
True it is that on occasions promises are not fulfilled. I recall to this purpose an anecdote of the Madrid journalistic underworld. It is told of a theatre critic, dead not many years ago, who suffered the weakness of distributing praises and censures according to a financial regime. A tenor arrived who the following day was to debut at the Real theatre. The needy critic hastened to visit him. He spoke to him of his many children and few incomes: the deal was closed at one thousand pesetas. The day of the début began without the critic receiving the agreed amount. The performance began and the money did not arrive; an act passed, and another and all, and when in the Newsroom the critic sat down to write, the emolument still had not arrived. The following morning the newspaper inserted the review of the opera; in it there was not a word spoken of the tenor until the last line, where one read: “We forgot to say that the tenor X debuted: he is an artist who promises; we shall see if he keeps his word”.
Sometimes, then, the promise of beauty is not fulfilled. Thus, it has sufficed me to look a moment at that lady who is at the back of the tram to judge her ugly. Let us decompose into its elements this act of adverse sentence. For this we must repeat it more slowly; thus reflection can surprise our spontaneous consciousness in the successive stages of its activity.
And I note the following: the gaze fixes itself first on the whole face, on the ensemble and seems to take an orientation; then it chooses a feature, the forehead perhaps, and slides over it. The line is softly curved and my spirit follows it as one pleased, without vexation nor internal nonconformity.
The phrase that most accurately describes my state of mind in this moment would be: This is going well! But suddenly, as my sight places its ethereal foot on the nose, I perceive as it were a difficulty, hesitation or obstruction. Something analogous to what we experience at a fork in the road, where two paths are born. The trajectory of the forehead seems — I do not know well why — as if it demanded to be continued in a line of nose distinct from the real one. But this one imposes another trajectory on my gaze. Yes, there is no doubt; I see two lines, one subtle and as it were spectral over the fleshy nose, which is, let us say it with frankness, somewhat snub. Then, before that duality, consciousness suffers a piétinement sur place; it wavers, oscillates and in that hesitation measures the distance between that feature which ought to be and the one that is.
It is not a question, however, of our renewing now, feature by feature, what with respect to the total countenance we had disvalued. There is no ideal model of nose, of mouth, of cheek. If the facts are analysed we shall notice that every ugly feature (not monstrous)[12] can seem to us beautiful in another ensemble.
The reality is that we, at the same time as we notice the defect, would know how to correct it. We stretch incorporeal lines that here add a little form; there, in exchange, suppress and amputate something of the existing ones. Incorporeal lines, I say, and this is not a metaphor. Our consciousness traces them in looking constantly where it does not find them corporeal. It is well known that we cannot look at the stars at night impartially, but that we detach one or another from the lit swarm. To detach them is already to put certain stars in a more intense relation among themselves; for this we stretch from one to another like threads of a sidereal spiderweb. The incandescent points remain by them bound and constituting an incorporeal form. This is the psychological origin of the constellations: perpetually, when the pure night makes its bluish darkness palpitate, the eyes of the pagan man rise and see that Sagittarius shoots, Cassiopeia becomes irritated, the Virgin awaits and Orion opposes to the Bull his shield of diamonds.
In the same wise that the group of stellar points organizes itself into a constellation, the real face we see gives the emanation of an ideal profile more or less coincident with it. In one and the same movement of our consciousness arises the perception of the corporeal being and the suspicion of its ideal perfection.
We come, then, to the conviction that the model is not one for all, nor even typical. Each physiognomy arouses, as in a mystic phosphorescence, its own, unique, exclusive ideal. When Raphael says that he paints not what he sees, but “una certa idea che mi viene in mente”, let not the Platonic idea be understood that excludes the inexhaustible and multiform diversity of the real. No; each thing at birth brings its intransferable ideal.
In this way we open to Aesthetics the doors of its academic prison and invite it to traverse the riches of the world.
Laudata sii, Diversità
delle creature, sirena
del mondo.
Here is how I, from this humble tram that rolls towards Fuencarral, send an objection to the radiant garden of Academus.
Love moves me, that makes me speak… Love for the multiplicity of life, which sometimes the best, against their will, have contributed to belittle. Because in the same manner that the Greeks made of being the unique and of beauty a norm or general model, Kant is going to find goodness, moral perfection in a generic and abstract imperative.
No, no; duty is not unique and generic. Each of us carries our own inalienable and exclusive. To govern my conduct Kant offers me a criterion: that I always want whatever any other can want. But this empties the ideal, converts it into a juridical figurehead and into a mask of common features. I cannot fully want but what in me springs up as craving of all my individual person.
The calculation of feminine beauty, once analysed, serves as key for all the other realms of valuation. As in beauty, so in ethics.
We saw before that the individual face is at once project of itself and more or less complete realization. Thus in morality I believe I see every man who passes before me as inscribed in a moral silhouette of himself: it specifies what his individual character would be in perfection. Some fill completely with their acts that limit of their possibility; but ordinarily we differ, by defect or by excess, from what would be our own plenitude. How many times we surprise ourselves yearning that our neighbour do this or that because we see with strange evidence that thus he would complete his personality!
Let us not measure, then, each one but with himself: what he is as reality with what he is as project. “Become what you are”. There is the just imperative… But there usually happens to us what marvellously, mysteriously, Mallarmé suggests, when summarizing Hamlet he calls him: “the latent Lord who cannot come to be”[13].
Everywhere this idea is fecund for us, which discovers in reality itself, in what it has of most unforeseeable, in its capacity of unlimited innovation, the sublime incubator of ideals, of norms, of perfections.
In literary or artistic criticism it receives immediate application: let the analysis motivated by the judgement of feminine beauty be reproduced with respect to a reading. In reading a book, over the body that what is read forms, there goes beating like an intimate hammering of pleasure or displeasure: “This goes well, we say; it is as it ought to be”. “This goes badly; its perfection designates another trajectory”. And automatically, over the work, inscribed or circumscribed in it, we go leaving a critical backstitch that is the scheme by it intended. Yes, every book is first an intention and then a realization. With the former let us measure the latter. The work itself reveals to us at once its norm and its sin. And the greatest absurdity would be to make an author the measure of another.
This lady who before me goes…
—Cuatro Caminos! — shouts the conductor. That cry has always caused me a painful emotion, because it is a symbol of perplexity.
But the journey has concluded. One cannot ask for more for ten cents.
1916
Vero è che in occasioni le promesse non si adempiono. Ricordo a questo proposito un aneddoto del sottobosco giornalistico madrileno. Si racconta di un critico teatrale, morto non pochi anni fa, che pativa la debolezza di ripartire lodi e censure secondo un regime finanziario. Arrivò un tenore che il giorno seguente doveva debuttare al teatro Real. Il bisognoso critico si affrettò a visitarlo. Gli parlò dei molti figli e delle poche rendite: restò chiuso il trattato in mille pesetas. La giornata del début cominciò senza che il critico ricevesse la quantità convenuta. Cominciò la funzione e il denaro non arrivava; passò un atto, e un altro e tutti, e quando in Redazione si mise a scrivere il critico, ancora non era arrivato l’emolumento. La mattina seguente il giornale inseriva la rassegna dell’opera; in essa non si parlava del tenore una parola fino all’ultima riga, dove si leggeva: «Dimenticavamo di dire che debuttò il tenore X: è un artista che promette; vedremo se mantiene».
A volte, dunque, la promessa di bellezza non si adempie. Così, mi è bastato guardare un istante quella signora che sta in fondo al tram per giudicarla brutta. Scomponiamo nei suoi elementi questo atto di avversa sentenza. Per questo dobbiamo ripeterlo più piano; così la riflessione può sorprendere la nostra coscienza spontanea negli stadi successivi della sua attività.
E noto quanto segue: lo sguardo si fissa prima sul volto intero, sull’insieme e sembra prendere un’orientazione; poi sceglie un tratto, la fronte forse, e scorre su di essa. La linea è soavemente curva e il mio spirito la segue come piacevolmente, senza cruccio né interna dissidenza.
La frase che descrive con più precisione il mio stato d’animo in questo momento sarebbe: Questo va bene! Ma di colpo, mettendo la mia vista il suo etereo piede sul naso, percepisco come una difficoltà, vacillazione o ostacolo. Qualcosa di analogo a ciò che sperimentiamo in un bivio, dove nascono due cammini. La traiettoria della fronte sembra — non so bene perché — come se esigesse di essere continuata in una linea di naso distinta dalla reale. Ma questa impone un’altra traiettoria al mio sguardo. Sì, non c’è dubbio; io vedo due linee, una sottile e come spettrale sopra il naso di carne, che è, diciamolo con franchezza, alquanto camuso. Allora, dinanzi a quella dualità, la coscienza soffre un piétinement sur place; vacilla, oscilla e in quel titubare misura la distanza tra quel tratto che doveva essere e quello che è.
Non si tratta, nondimeno, di che rinnoviamo ora, tratto per tratto, ciò che rispetto al sembiante totale avevamo disistimato. Non c’è un modello ideale di naso, di bocca, di guancia. Se si analizzano i fatti avvertiremo che ogni tratto brutto (non mostruoso)[12] può sembrarci bello in un altro insieme.
La realtà è che noi, a par che avvertiamo il difetto, sapremmo correggerlo. Tendiamo delle linee incorporee che qui aggiungono un poco di forma; là, in cambio, sopprimono e amputano qualcosa delle esistenti. Linee incorporee, dico, e questo non è una metafora. La nostra coscienza le traccia guardando costantemente dove non le trova corporee. Noto è che non possiamo guardare nella notte le stelle imparzialmente, ma che stacchiamo le une o le altre dall’acceso sciame. Distaccarle è già mettere in una relazione più intensa certe stelle tra di sé; per questo tendiamo dall’una all’altra come fili di una ragna siderale. I punti incandescenti restano per essi legati e costituendo una forma incorporea. Questa è l’origine psicologica delle costellazioni: perpetuamente, quando la notte pura fa palpitare la sua azzurrata tenebra, gli occhi dell’uomo pagano si levano e vedono che Sagittario scaglia, Cassiopea si irrita, la Vergine attende e Orione oppone al Toro il suo scudo di diamanti.
Nella stessa maniera in cui il gruppo di punti stellari si organizza in costellazione, il volto reale che vediamo dà l’emanazione di un profilo ideale più o meno coincidente con esso. In un medesimo movimento della nostra coscienza sorge la percezione dell’essere corporeo e il sospetto della sua ideale perfezione.
Veniamo, dunque, alla convinzione che il modello non è uno per tutti, né nemmeno tipico. Ogni fisionomia suscita, come in mistica fosforescenza, il suo proprio, unico, esclusivo ideale. Quando Raffaello dice che egli dipinge non ciò che vede, ma «una certa idea che mi viene in mente», non si intenda l’idea platonica che esclude la diversità inesauribile e multiforme del reale. No; ogni cosa al nascere porta il suo intrasferibile ideale.
In questa maniera apriamo all’Estetica le porte della sua prigione accademica e la invitiamo a che percorra le ricchezze del mondo.
Laudata sii, Diversità
delle creature, sirena
del mondo.
Ecco come io, da questo umile tram che rotola verso Fuencarral, invio un’obiezione al radiante giardino di Academo.
Amor mi muove, che mi fa parlare… Amore alla molteplicità della vita, che a volte i migliori, contro la loro volontà, hanno contribuito a rimpicciolire. Perché della stessa maniera che i greci fecero dell’essere l’unico e della bellezza una norma o modello generale, andrà a trovare Kant la bontà, la perfezione morale in un imperativo generico e astratto.
No, no; il dovere non è unico e generico. Ciascuno portiamo il nostro inalienabile ed esclusivo. Per reggere la mia condotta Kant mi offre un criterio: che voglia sempre ciò che qualsiasi altro può volere. Ma questo svuota l’ideale, lo converte in un mascherone giuridico e in una maschera di fattezze anonime. Io non posso volere pienamente se non ciò che in me sgorga come appetenza di tutta la mia individuale persona.
Il calcolo della bellezza femminile, una volta analizzato, serve da chiave per tutti gli altri regni della valorazione. Come in bellezza, così in etica.
Vedevamo prima che il volto individuale è a un tempo progetto di se stesso e realizzazione più o meno completa. Così nella moralità io credo di vedere ogni uomo che dinanzi a me passa come inscritto in una sagoma morale di se stesso: essa precisa ciò che il suo carattere individuale sarebbe in perfezione. Alcuni riempiono per completo con i loro atti quel limite della loro possibilità; ma di ordinario discrepiamo, per difetto o per eccesso, da ciò che sarebbe la nostra propria pienezza. Quante volte ci sorprendiamo ad anelare che il nostro prossimo faccia questo o quell’altro perché vediamo con strana evidenza che così completerebbe la sua personalità!
Non misuriamo, dunque, ciascuno se non con se stesso: ciò che è come realtà con ciò che è come progetto. «Divieni ciò che sei». Ecco il giusto imperativo… Ma suole accaderci ciò che meravigliosamente, misteriosamente, suggerisce Mallarmé, quando riassumendo Amleto lo chiama: «il Signore latente che non può arrivare a essere»[13].
Dovunque ci è feconda questa idea, che scopre nella realtà stessa, in ciò che ha di più imprevedibile, nella sua capacità di innovazione illimitata, la sublime incubatrice di ideali, di norme, di perfezioni.
In critica letteraria o artistica riceve immediata applicazione: si riproduca l’analisi motivata dal giudizio della bellezza femminile a proposito di una lettura. Nel leggere un libro, sopra il corpo che forma ciò che si legge, va battendo come un intimo martellare di piacere o dispiacere: «Questo va bene, diciamo; è come doveva essere». «Questo va male; la sua perfezione designa un’altra traiettoria». E automaticamente, sopra l’opera, inscritto o circoscritto in essa, andiamo lasciando un’impuntura critica che è lo schema da essa preteso. Sì, ogni libro è prima una intenzione e poi una realizzazione. Con quella misuriamo questa. L’opera stessa ci rivela a par la sua norma e il suo peccato. E il maggiore assurdo sarebbe fare a un autore metro di un altro.
Questa signora che dinanzi a me va…
—¡Cuatro Caminos! — grida il bigliettaio. Quel grido mi ha sempre causato un’emozione penosa, perché è un simbolo della perplessità.
Ma il tragitto è concluso. Non si può chiedere di più per dieci centesimi.
1916