Ortega y Gasset

Abstract

A letter-review addressed to a lady on the Sociedad de Amigos del Arte’s exhibition of female portraits. Its recurring claim: before art, sincerity is not enough («chimpanzee gestures») — one must feel what is fitting; four centuries of Spanish painting produced not one «woman». Art criticism.

Connections

Concetti: bellezza
Forme: epistola

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Señora, el otro día vi a usted, salir lenta y ensimismada, de la Exposición de retratos femeninos que ahora hace la Sociedad de Amigos del Arte. Cuando quise acercarme, se había usted ya confundido en Recoletos con la audaz primavera.

¿Por qué salía usted lenta y ensimismada, cual si alguien le obligase a abandonar una meditación inagotable? Como un aparato sísmico los menores estremecimientos de la tierra, su corazón, señora, registra todo temblor sentimental y nos sirve a sus amigos de diapasón para corregir los excesos de nuestros juicios. Pues bien, nunca como ahora hemos necesitado de sus certeras sentencias. Dígame, amiga mía, ¿qué debemos pensar, qué debemos sentir de esta Exposición?

¡Porque son tan complejas, tan delicadas las cosas artísticas! No sabe uno bien qué gestos debe hacer ante ellas para comportarse adecuadamente.

—Diga usted con sinceridad lo que sienta— me recomiendan algunos. Pero yo sospecho que no basta con esto. En los afanes elementales de la vida podemos contentarnos con la sinceridad. Así, el chimpancé es un modelo de hombre sincero. Pero en el arte como en la ciencia, nos encontramos con un orden suntuario de la vida. ¿Tendría sentido que se nos recomendase ser sinceros en matemáticas o en química? Acercarse al arte o a la ciencia equivale a aceptar libérrimamente un superfluo régimen de imperativos y de normas: supone que hallamos un placer en someternos a ciertas leyes y que en vez de acomodarlas a nuestro gusto más sincero deseamos adecuar a ellas nuestro gusto. Acontece lo mismo que en el tiro al blanco. Puede uno perfectamente vivir sin tirar al blanco; pero si se tira, hay que esforzarse por dar en él. En suma, señora, yo quisiera evitar en lo posible el hacer delante de estos cuadros gestos de chimpancé. No me basta con decir lo que siento; aspiro a sentir lo que es debido. Por esto recurro a usted, maestra y doctora del fino sentir.

He aquí las notas que en mi tercera visita he tomado, ya que las impresiones de la primera y la segunda me parecieron recusables. Perdonará usted el esquematismo en que van redactadas.

Además, debo advertir que en ellas se hace abstracción de la sala última, donde penden cuadros de Federico de Madrazo. Las damas por él retratadas son madres o abuelas de personas que viven con nosotros, y me parece Madrid todavía demasiado aldea para que se concedan a un escritor las franquías necesarias.

I

El tema de la exposición. —Afortunadamente, muy pocos cuadros, tan pocos, que con su breve número subrayan la ausencia multitudinaria. No se hable de pintura. No se trata de descubrir la pintura española. Con esta Exposición se hace a la historia de España una pregunta concreta, aguda, terrible, que no tolera evasivas. Aquí han sido espumados cuatro siglos de vida española a fin de destacar nuestra idea plástica de la feminidad. El problema es, pues, doble. Primero: ¿a qué cimas ha llegado la mujer española? Segundo: ¿qué sensibilidad han tenido nuestros mejores artistas para el eterno femenino? Con ser distintos, ambos problemas son recíprocos.

La contestación que a estas preguntas dan los lienzos con su mudo lenguaje estático, no puede ser más desoladora. Hay algo más desolador, sin embargo: la conciencia de que muy pocas personas, entre las que visitan la Exposición, se han dado cuenta del inquietante tema planteado en ella. ¡Cuatro siglos! ¡Toda la Edad Moderna! ¡La época en que la mujer hace su ingreso en la espiritual colaboración de la Historia! ¿Y qué plenitudes de feminidad han hallado en tan vasta superficie los encargados de esta selección? ¿Hay en toda ella una sola «mujer»? Y si no la hay, si en cuatro siglos no han hallado una «mujer», ¿será posible que en cuatro días nos demos cuenta de qué es eso que falta?

Siempre he sospechado que en nuestro país existe la madre, la esposa, la hija, la hermana; pero que la mujer es una especie sobremanera desconocida. Aquélla y ésta representan dos dimensiones muy distintas en la evolución de la feminidad. No he de intentar yo ahora desenvolver el asunto, y lo que sigue lleva el exclusivo propósito de definir someramente qué es lo que yo echo de menos en esta Exposición.

De la hembra infrahumana parten líneas divergentes de desarrollo cultural. Una de ellas ha transformado la hembra en madre, hija, esposa y hermana del hombre. Otra se ha perfeccionado hasta llegar a la «mujer». La diferencia entre ambas trayectorias es evidente: cabe que la madre, la esposa, la hija y la hermana sean perfectas, sin que posean la menor perfección de mujer y viceversa. Se trata, pues, de dos realidades distintas, como lo son los colores y los sonidos. Y así como no oímos los colores ni vemos los sonidos, así los sentimientos nuestros que se dirigen a la madre, esposa, hija y hermana son distintos de los que van a la mujer. A fin de evitar en este instante más complejas psicologías, fijémonos en uno solo de estos sentimientos: el que llamamos «ilusión», «encanto», el sentirnos «atraídos», «deslumbrados», «sugestionados», etcétera. Puede un hombre amar con insuperable fervor a su madre, esposa, hija o hermana sin que haya en su sentimiento la menor tonalidad de «ilusión», de «encanto». Por el contrario, puede sentirse ilusionado, encantado, atraído, sin que experimente nada de eso que propiamente llamamos amor filial, paterno, conyugal o fraternal. Las mujeres, con su aguda intuición, distinguen perfectamente cuándo en las emociones que suscitan existe ese matiz de la ilusión, y, en el secreto de su ánima, sólo entonces se sienten halagadas y satisfechas.

Sobre este instinto de la ilusión hace su labranza milenaria la cultura. ¿Pues qué otra cosa es la cultura sino un perfeccionamiento progresivo que el esfuerzo humano obtiene de las realidades naturales? La labor es doble: por una parte se van creando objetos cada vez más esenciales, más perfectos: por otra, se va educando la sensibilidad del hombre para percibir sus diferencias y valorarlas con exactitud. Así, de las combinaciones cromáticas que emplea en su cerámica un pueblo salvaje, a las armonías luminosas de Goya o Whistler, corre un lento y glorioso proceso de cultura visual.

Lo propio acontece con la «mujer»: es ella, por excelencia, el objeto que ilusiona, que encanta, que atrae al hombre. Pero hay hombres que en pintura no han pasado del cromo y en feminidad no son más exigentes: su capacidad de ilusión se dispara ante una mujer cualquiera que tenga las mejillas rosadas y los ojos negros «como una cita en la sombra».

Lejos de mí el desdén a las mejillas rosadas y los ojos tenebrosos. Pero creo que no basta para provocar la ilusión en un delicado temperamento viril. La feminidad, que no consiste más que en eso, es una feminidad inferior, incapaz de atraer un corazón pulimentado. El hombre que se ha exigido mucho a sí mismo, aprende a exigir también mucho de las demás cosas y personas. Sobre todo, es exigente para aquello cuya misión estriba en atraerle, en encantarle.

Sólo nos atrae profundamente lo que en algún sentido nos parece superior a nosotros mismos. Éste es el caso de los ideales, imágenes de perfecciones remotas que tiran de nosotros y nos incitan a llegar hasta ellas. Esto es, muy especialmente, el caso de la mujer, caso único y maravilloso en que el ideal nos aparece corporizado, realizado.

Todo hombre dueño de una sensibilidad bien templada ha experimentado a la vera de alguna mujer la impresión de hallarse delante de algo extraña y absolutamente superior a él. Aquella mujer, es cierto, sabe menos de ciencia que nosotros, tiene menos poder creador de arte, no es capaz de regir un pueblo ni de ganar una batalla, y sin embargo, percibimos en su persona una superioridad sobre nosotros de índole más radical que cualquiera de las que pueden existir, por ejemplo, entre dos hombres de un mismo oficio. Y es que las excelencias varoniles —talento científico o artístico, la destreza política y financiera, la heroicidad moral— son, en cierta manera, extrínsecas a la persona, y, por decirlo así, instrumentales. El talento consiste en una aptitud para crear, ciertos productos socialmente útiles —la ciencia, el arte, la riqueza, el orden público. Lo que propiamente estimamos en estos productos, y sólo un reflejo del valor que les atribuimos se proyecta sobre las dotes necesarias para producirlos. No es el poeta, sino la poesía lo que nos interesa; no es el político, sino su política. Este carácter extrínseco de los talentos se hace patente por darse a menudo en el hombre al lado de los más graves defectos personales. La excelencia varonil radica, pues en un hacer: la de la mujer en un ser y en un estar, o con otras palabras: el hombre vale por lo que hace, la mujer por lo que es.

Señora, the other day I saw you leave, slowly and wrapped in thought, the Exhibition of feminine portraits now being held by the Society of Friends of Art. When I sought to approach, you had already melted into Recoletos with the bold spring.

Why did you come out slow and self-absorbed, as though someone obliged you to abandon an inexhaustible meditation? Like a seismic apparatus registers the least tremors of the earth, your heart, señora, registers every sentimental tremor and serves your friends as a tuning fork for correcting the excesses of our judgments. Well then, never as now have we needed your unerring verdicts. Tell me, my friend, what must we think, what must we feel of this Exhibition?

For artistic things are so complex, so delicate! One does not rightly know what gestures to make before them in order to behave appropriately.

«Say sincerely what you feel» some recommend to me. But I suspect this is not enough. In the elementary concerns of life we can content ourselves with sincerity. Thus, the chimpanzee is a model of the sincere man. But in art as in science, we find ourselves before a sumptuary order of life. Would it make sense to recommend that we be sincere in mathematics or in chemistry? To draw near to art or to science is equivalent to freely accepting a superfluous regime of imperatives and norms: it supposes that we find pleasure in submitting ourselves to certain laws, and that instead of accommodating them to our most sincere taste we wish to adapt our taste to them. The same happens as in target shooting. One can perfectly well live without shooting at a target; but if one shoots, one must strive to hit it. In short, señora, I should like to avoid as far as possible making before these paintings the gestures of a chimpanzee. It is not enough for me to say what I feel; I aspire to feel what is due. For this I have recourse to you, mistress and doctor of fine feeling.

Here are the notes I have taken on my third visit, since the impressions of the first and second seemed to me challengeable. You will forgive the schematicism in which they are drafted.

Moreover, I must warn that in them abstraction is made of the last room, where paintings by Federico de Madrazo hang. The ladies portrayed by him are mothers or grandmothers of persons who live among us, and it seems to me Madrid is still too much of a village for the necessary liberties to be granted to a writer.

I

The theme of the Exhibition. —Fortunately, very few paintings, so few that with their small number they underline the multitudinous absence. Let there be no talk of painting. It is not a matter of discovering Spanish painting. With this Exhibition a concrete, acute, terrible question is put to the history of Spain, a question that tolerates no evasions. Here four centuries of Spanish life have been skimmed in order to bring out our plastic idea of femininity. The problem is, then, double. First: to what summits has the Spanish woman arrived? Second: what sensibility have our best artists had for the eternal feminine? For all their being different, both problems are reciprocal.

The answer which the canvases give to these questions with their mute static language cannot be more desolating. There is something more desolating, however: the consciousness that very few persons, among those who visit the Exhibition, have realized the unsettling theme posed in it. Four centuries! The whole Modern Age! The epoch in which woman makes her entry into the spiritual collaboration of History! And what plenitudes of femininity have those in charge of this selection found in so vast a surface? Is there in all of it a single «woman»? And if there is not, if in four centuries they have found no «woman», will it be possible that in four days we realize what it is that is lacking?

I have always suspected that in our country there exists the mother, the wife, the daughter, the sister; but that woman is an exceedingly unknown species. The former and the latter represent two very different dimensions in the evolution of femininity. I shall not attempt now to develop the matter, and what follows carries the exclusive purpose of defining summarily what it is that I miss in this Exhibition.

From the infrahuman female divergent lines of cultural development depart. One of them has transformed the female into mother, daughter, wife and sister of man. Another has perfected itself until arriving at the «woman». The difference between the two trajectories is evident: it is possible that the mother, the wife, the daughter and the sister be perfect, without possessing the least perfection of woman, and vice versa. It is a matter, then, of two distinct realities, as colors and sounds are distinct. And just as we do not hear colors nor see sounds, so our feelings that are directed to the mother, wife, daughter and sister are different from those that go to woman. In order to avoid at this moment more complex psychologists, let us fix our attention on only one of these feelings: the one we call «illusion», «charm», the feeling of being «attracted», «dazzled», «suggestioned», etc. A man can love with unsurpassable fervor his mother, wife, daughter or sister without there being in his feeling the least tonality of «illusion», of «charm». On the contrary, he can feel beguiled, charmed, attracted, without experiencing anything of what we properly call filial, paternal, conjugal or fraternal love. Women, with their acute intuition, distinguish perfectly when in the emotions they arouse there exists that nuance of illusion, and, in the secret of their soul, only then do they feel flattered and satisfied.

On this instinct of illusion culture does its millenary plowing. For what else is culture but a progressive perfecting that human effort obtains from natural realities? The labor is double: on the one hand objects are being created ever more essential, more perfect; on the other, man’s sensibility is being educated to perceive their differences and to value them with exactness. Thus, from the chromatic combinations that a savage people employs in its ceramics, to the luminous harmonies of Goya or Whistler, there runs a slow and glorious process of visual culture.

The same happens with the «woman»: it is she, par excellence, the object that beguiles, that charms, that attracts man. But there are men who in painting have not passed beyond the chromo and in femininity are no more exacting: their capacity for illusion is discharged before any woman whatsoever who has rosy cheeks and black eyes «like a rendezvous in the shadow».

Far from me the disdain for rosy cheeks and darkling eyes. But I believe it is not enough to provoke illusion in a delicate virile temperament. Femininity, which consists in nothing more than this, is an inferior femininity, incapable of attracting a polished heart. The man who has demanded much of himself learns to demand much also of other things and persons. Above all, he is exacting toward that whose mission consists in attracting him, in charming him.

Only that deeply attracts us which in some sense seems to us superior to ourselves. This is the case of ideals, images of remote perfections that pull at us and incite us to reach them. This is, very especially, the case of woman, unique and marvelous case in which the ideal appears to us embodied, realized.

Every man master of a well-tempered sensibility has experienced at the side of some woman the impression of finding himself before something strangely and absolutely superior to him. That woman, it is certain, knows less of science than we, has less creative power in art, is not capable of ruling a people nor of winning a battle, and nevertheless we perceive in her person a superiority over us of a more radical kind than any of those that can exist, for example, between two men of the same craft. And it is that masculine excellences —scientific or artistic talent, political and financial skill, moral heroism— are, in a certain way, extrinsic to the person, and, so to speak, instrumental. Talent consists in an aptitude for creating certain socially useful products —science, art, wealth, public order. What we properly esteem in these products, and only a reflection of the value we attribute to them is projected onto the endowments necessary for producing them. It is not the poet, but poetry, that interests us; it is not the politician, but his politics. This extrinsic character of talents becomes patent by being often found in man alongside the gravest personal defects. Masculine excellence resides, then, in a doing: that of woman in a being and in a standing; or in other words: man is worth for what he does, woman for what she is.

Signora, l’altro giorno la vidi uscire, lenta e raccolta in sé, dalla Esposizione di ritratti femminili che ora fa la Società degli Amici dell’Arte. Quando volli avvicinarmi, si era già confusa in Recoletos con l’audace primavera.

Perché usciva lenta e raccolta in sé, come se qualcuno la costringesse ad abbandonare una meditazione inesauribile? Come un apparecchio sismico registra i minimi sussulti della terra, il suo cuore, signora, registra ogni tremore sentimentale e serve ai suoi amici da diapason per correggere gli eccessi dei nostri giudizi. Ebbene, mai come ora abbiamo avuto bisogno delle sue sentenze sicure. Mi dica, amica mia, che cosa dobbiamo pensare, che cosa dobbiamo sentire di questa Esposizione?

Perché sono tanto complesse, tanto delicate le cose artistiche! Non si sa bene quali gesti si debbano fare dinanzi a esse per comportarsi adeguatamente.

«Dica con sincerità ciò che sente» mi raccomandano alcuni. Ma io sospetto che questo non basti. Nelle cure elementari della vita possiamo accontentarci della sincerità. Così, lo scimpanzé è un modello di uomo sincero. Ma nell’arte come nella scienza, ci troviamo di fronte a un ordine suntuario della vita. Avrebbe senso che ci si raccomandasse di essere sinceri in matematica o in chimica? Avvicinarsi all’arte o alla scienza equivale ad accettare liberissimamente un superfluo regime di imperativi e di norme: suppone che troviamo un piacere nel sottometterci a certe leggi e che, invece di adattarle al nostro gusto più sincero, desideriamo adeguare a esse il nostro gusto. Accade lo stesso che nel tiro a segno. Si può perfettamente vivere senza tirare al bersaglio; ma se si tira, bisogna sforzarsi di colpirlo. In somma, signora, io vorrei evitare per quanto possibile il fare davanti a questi quadri gesti da scimpanzé. Non mi basta dire ciò che sento; aspiro a sentire ciò che è dovuto. Per questo ricorro a lei, maestra e dottoressa del sentire fine.

Ecco le note che ho preso nella mia terza visita, giacché le impressioni della prima e della seconda mi parvero recusabili. Mi perdonerà lo schematismo in cui sono redatte.

Inoltre, devo avvertire che in esse si fa astrazione della sala ultima, dove pendono quadri di Federico de Madrazo. Le dame da lui ritratte sono madri o nonne di persone che vivono con noi, e mi pare Madrid ancora troppo villaggio perché si concedano a uno scrittore le franchigie necessarie.

I

Il tema della esposizione. —Per fortuna, pochissimi quadri, così pochi, che col loro breve numero sottolineano l’assenza multitudinaria. Non si parli di pittura. Non si tratta di scoprire la pittura spagnola. Con questa Esposizione si fa alla storia di Spagna una domanda concreta, acuta, terribile, che non tollera elusioni. Qui sono stati schiumati quattro secoli di vita spagnola al fine di mettere in rilievo la nostra idea plastica della femminilità. Il problema è, dunque, doppio. Primo: a quali vette è giunta la donna spagnola? Secondo: quale sensibilità hanno avuto i nostri migliori artisti per l’eterno femminile? Pur essendo distinti, entrambi i problemi sono reciproci.

La risposta che a queste domande danno le tele col loro muto linguaggio statico non può essere più desolante. C’è qualcosa di più desolante, tuttavia: la coscienza che pochissime persone, tra quelle che visitano l’Esposizione, si sono rese conto dell’inquietante tema in essa posto. Quattro secoli! Tutta l’Età Moderna! L’epoca in cui la donna fa il suo ingresso nella collaborazione spirituale della Storia! E quali pienezze di femminilità hanno trovato in una così vasta superficie gli incaricati di questa selezione? C’è in tutta essa una sola «donna»? E se non c’è, se in quattro secoli non hanno trovato una «donna», sarà possibile che in quattro giorni ci rendiamo conto di che cosa è ciò che manca?

Ho sempre sospettato che nel nostro paese esistano la madre, la sposa, la figlia, la sorella; ma che la donna sia una specie oltremodo sconosciuta. Quella e questa rappresentano due dimensioni molto distinte nell’evoluzione della femminilità. Non tenterò io ora di sviluppare l’argomento, e ciò che segue porta l’esclusivo proposito di definire sommariamente che cosa è ciò che io rimpiango in questa Esposizione.

Dalla femmina infraumana partono linee divergenti di sviluppo culturale. Una di esse ha trasformato la femmina in madre, figlia, sposa e sorella dell’uomo. Un’altra si è perfezionata fino a giungere alla «donna». La differenza tra entrambe le traiettorie è evidente: può darsi che la madre, la sposa, la figlia e la sorella siano perfette, senza che possiedano la minima perfezione di donna e viceversa. Si tratta, dunque, di due realtà distinte, come lo sono i colori e i suoni. E così come non udiamo i colori né vediamo i suoni, così i nostri sentimenti che si dirigono alla madre, alla sposa, alla figlia e alla sorella sono distinti da quelli che vanno alla donna. Al fine di evitare in questo istante psicologie più complesse, fissiamoci su uno solo di questi sentimenti: quello che chiamiamo «illusione», «incanto», il sentirci «attratti», «abbagliati», «suggestionati», eccetera. Può un uomo amare con insuperabile fervore sua madre, sua sposa, sua figlia o sua sorella senza che ci sia nel suo sentimento la minima tonalità di «illusione», di «incanto». Al contrario, può sentirsi illuso, incantato, attratto, senza che provi nulla di ciò che propriamente chiamiamo amore filiale, paterno, coniugale o fraterno. Le donne, con la loro acuta intuizione, distinguono perfettamente quando nelle emozioni che suscitano esiste quella sfumatura dell’illusione, e, nel segreto della loro anima, solo allora si sentono lusingate e soddisfatte.

Su questo istinto dell’illusione fa il suo aratro millenario la cultura. Poiché che altra cosa è la cultura se non un perfezionamento progressivo che lo sforzo umano ottiene dalle realtà naturali? Il lavoro è doppio: da una parte si vanno creando oggetti ogni volta più essenziali, più perfetti: dall’altra, si va educando la sensibilità dell’uomo a percepire le loro differenze e a valutarle con esattezza. Così, dalle combinazioni cromatiche che impiega nella sua ceramica un popolo selvaggio, alle armonie luminose di Goya o di Whistler, corre un lento e glorioso processo di cultura visiva.

La stessa cosa accade con la «donna»: è essa, per eccellenza, l’oggetto che illude, che incanta, che attira l’uomo. Ma ci sono uomini che in pittura non sono andati oltre la cromolitografia e in femminilità non sono più esigenti: la loro capacità di illusione si spara davanti a una donna qualunque che abbia le guance rosate e gli occhi neri «come un appuntamento nell’ombra».

Lungi da me il disdegno per le guance rosate e gli occhi tenebrosi. Ma credo che non basti a provocare l’illusione in un delicato temperamento virile. La femminilità, che non consiste in altro che in questo, è una femminilità inferiore, incapace di attrarre un cuore levigato. L’uomo che ha preteso molto da sé stesso, impara a pretendere anche molto dalle altre cose e persone. Soprattutto, è esigente verso ciò la cui missione consiste nell’attirarlo, nell’incantarlo.

Solo ci attira profondamente ciò che in qualche senso ci sembra superiore a noi stessi. Questo è il caso degli ideali, immagini di perfezioni remote che ci tirano e ci incitano a giungere fino a esse. Questo è, molto specialmente, il caso della donna, caso unico e meraviglioso in cui l’ideale ci appare corporizzato, realizzato.

Ogni uomo padrone di una sensibilità ben temperata ha esperimentato al fianco di qualche donna l’impressione di trovarsi davanti a qualcosa stranamente e assolutamente superiore a lui. Quella donna, è certo, sa meno di scienza di noi, ha meno potere creatore d’arte, non è capace di reggere un popolo né di vincere una battaglia, e nondimeno percepiamo nella sua persona una superiorità su di noi di indole più radicale di qualunque di quelle che possono esistere, per esempio, tra due uomini di uno stesso mestiere. Ed è che le eccellenze virili —talento scientifico o artistico, la destrezza politica e finanziaria, l’eroicità morale— sono, in certo modo, estrinseche alla persona, e, per così dire, strumentali. Il talento consiste in un’attitudine a creare certi prodotti socialmente utili —la scienza, l’arte, la ricchezza, l’ordine pubblico. Ciò che propriamente stimiamo in questi prodotti, e solo un riflesso del valore che attribuiamo loro si proietta sulle doti necessarie a produrli. Non è il poeta, ma la poesia ciò che ci interessa; non è il politico, ma la sua politica. Questo carattere estrinseco dei talenti si fa palese per il fatto che nell’uomo si dà spesso accanto ai più gravi difetti personali. L’eccellenza virile radica, dunque, in un fare: quella della donna in un essere e in uno stare, o con altre parole: l’uomo vale per ciò che fa, la donna per ciò che è.

Tal circunstancia de que el valor del hombre esté condicionado por el resultado de sus acciones, da a nuestro destino fatalmente un carácter problemático, inseguro, relativo y servil. La mujer, en cambio, cuando en ella se realiza un tipo superior de feminidad, no gana nuestra estimación por sus actos, sino que quieta, como la rosa en el rosal, se impone a nuestro entusiasmo. En sus actos no nos importan los resultados: es más, no los tomamos como actos o causas de tales y cuales efectos, sino como gestos en que se manifiesta su soberana personalidad. Las acciones de la mujer superior se convierten a nuestros ojos en emanaciones de su ejemplar esencia, son el perfume de la rosa en el rosal. Frente a un equivocado y trivial feminismo, he creído siempre que para el hombre vivir es trabajar, mientras que para la mujer vivir es irradiar. Pensar otra cosa es querer vanamente suplantar las profundas voluntades de la Naturaleza por nuestros angostos programas de política. La Gioconda, irradiándose a sí misma secularmente desde su marco, ha hecho más en beneficio de la humanidad que los millones de superficiales sufragistas[3].

Todos los progresos que el hombre con su obra consigue, son parciales, adjetivos, tangentes a la esfera íntima de la vida. Por el contrario, un modo superior de perfección femenina es un progreso integral de la vida, es como el germen de una nueva humanidad, de una vita nuova. De aquí el anhelo infinito, la ilusión incendiada que los hombres mejores han sentido cuando sesgó su existencia una mujer esencial. Si miramos al trasluz lo que han escrito, lo que han pintando, lo que legislado, descubrimos en la filigrana un tenue perfil trasunto de dama gentil. No se trata de vulgares anécdotas eróticas, sino de aquellas supremas emociones que en el lívido crepúsculo de Mantinea explicaba, trémula y sabia, a Sócrates divino la extranjera Diótima. Se trata del afán de perfección que en todo varón selecto siembra a su paso sin peso una Eva ejemplar.

El Eterno-Femenino nos atrae hacia lo más alto.

Así canta Chorus mysticus en el final de Fausto proclamando a la mujer como la fuerza civilizadora por excelencia. Y pocos versos antes Mater Gloria dice a Margarita:

¡Ven! Asciende a las esferas sublimes,

Que si él te presiente, él te seguirá.

Un individuo, como un pueblo, queda más exactamente definido por sus ideales que por sus realidades. El lograr nuestros propósitos depende de la buena fortuna: pero el aspirar es obra exclusiva de nuestros corazones. Por estos los tipos de feminidad, que son a la vez formas de idealidad, marcan el horizonte de las capacidades latentes en cada pueblo. Desde la hembra del bosquimano a la Gioconda, a madame de Sevigné, a lady Hamilton, las siluetas del eterno femenino se elevan al cenit como constelaciones, preestableciendo los destinos étnicos.

Con esta curiosidad de augur que indaga en las entrañas tiépidas de un ave la vislumbre del futuro, entro en esta Exposición buscando del donnesco la cima, como decía Dante. ¿Tengo yo la culpa de no haberlo hallado? (La cuestión de si este juicio revela en mí un deliberado pesimismo frente a las cosas de España, la dejaremos —¿no le parece a usted?—, para que la discutan los criados en la cocina).

El Sol, 28 de mayo de 1918

This circumstance that man’s worth is conditioned by the result of his actions gives our destiny fatally a problematic, insecure, relative and servile character. Woman, in contrast, when a superior type of femininity is realized in her, does not win our esteem by her acts, but quiet, like the rose on the rosebush, imposes herself on our enthusiasm. In her acts the results do not matter to us: what is more, we do not take them as acts or causes of such and such effects, but as gestures in which her sovereign personality manifests itself. The actions of the superior woman become in our eyes emanations of her exemplary essence; they are the perfume of the rose on the rosebush. Against a mistaken and trivial feminism, I have always believed that for man to live is to work, whereas for woman to live is to radiate. To think otherwise is to wish vainly to supplant the profound wills of Nature with our narrow programs of politics. The Gioconda, radiating herself secularly from her frame, has done more for the benefit of humanity than the millions of superficial suffragettes[3].

All the progress that man achieves with his work is partial, adjectival, tangent to the intimate sphere of life. On the contrary, a superior mode of feminine perfection is an integral progress of life; it is like the germ of a new humanity, of a vita nuova. Hence the infinite longing, the inflamed illusion that the best men have felt when an essential woman crossed their existence obliquely. If we look against the light at what they have written, what they have painted, what they have legislated, we discover in the filigree a tenuous profile, the image of a gentle lady. It is not a matter of vulgar erotic anecdotes, but of those supreme emotions which in the livid twilight of Mantinea the foreigner Diotima explained, trembling and wise, to the divine Socrates. It is a matter of the striving for perfection that in every select male an exemplary Eve sows in passing, without weight.

The Eternal-Feminine draws us toward the highest.

Thus Chorus mysticus sings at the end of Faust, proclaiming woman as the civilizing force par excellence. And a few verses before Mater Gloria says to Margaret:

Come! Ascend to the sublime spheres,

For if he divines you, he will follow you.

An individual, like a people, is more exactly defined by his ideals than by his realities. The achieving of our purposes depends on good fortune: but the aspiring is the exclusive work of our hearts. Therefore the types of femininity, which are at once forms of ideality, mark the horizon of the latent capacities in each people. From the female of the Bushman to the Gioconda, to madame de Sévigné, to lady Hamilton, the silhouettes of the eternal feminine rise to the zenith like constellations, pre-establishing ethnic destinies.

With this curiosity of an augur who searches in the warm entrails of a bird the glimmer of the future, I enter this Exhibition seeking the summit of the feminine, as Dante said. Am I to blame for not having found it? (The question of whether this judgment reveals in me a deliberate pessimism toward the things of Spain, we shall leave it —do you not think so?— for the servants to discuss in the kitchen).

El Sol, 28 May 1918

Tale circostanza che il valore dell’uomo sia condizionato dal risultato delle sue azioni, dà al nostro destino fatalmente un carattere problematico, insicuro, relativo e servile. La donna, invece, quando in lei si realizza un tipo superiore di femminilità, non guadagna la nostra stima per i suoi atti, ma quieta, come la rosa sul rosalo, si impone al nostro entusiasmo. Nei suoi atti non ci importano i risultati: anzi, non li prendiamo come atti o cause di tali e quali effetti, ma come gesti in cui si manifesta la sua sovrana personalità. Le azioni della donna superiore si convertono ai nostri occhi in emanazioni della sua esemplare essenza, sono il profumo della rosa sul rosalo. Di fronte a un erroneo e triviale femminismo, ho sempre creduto che per l’uomo vivere sia lavorare, mentre per la donna vivere sia irradiare. Pensare altrimenti è volere vanamente soppiantare le profonde volontà della Natura con i nostri angusti programmi di politica. La Gioconda, irradiandosi secularmente dal suo riquadro, ha fatto più a beneficio dell’umanità che i milioni di superficiali suffragette[3].

Tutti i progressi che l’uomo con la sua opera consegue, sono parziali, aggettivi, tangenti alla sfera intima della vita. Al contrario, un modo superiore di perfezione femminile è un progresso integrale della vita, è come il germe di una nuova umanità, di una vita nuova. Di qui l’anelito infinito, l’illusione incendiata che gli uomini migliori hanno sentito quando una donna essenziale attraversò obliqua la loro esistenza. Se guardiamo in controluce ciò che hanno scritto, ciò che hanno dipinto, ciò che hanno legislato, scopriamo in filigrana un tenue profilo, travestimento di dama gentile. Non si tratta di volgari aneddoti erotici, ma di quelle supreme emozioni che nel livido crepuscolo di Mantinea spiegava, tremula e saggia, al divino Socrate la straniera Diotima. Si tratta dell’affanno di perfezione che in ogni maschio selezionato semina al suo passare senza peso un’Eva esemplare.

L’Eterno-Femminile ci attrae verso l’alto.

Così canta Chorus mysticus alla fine del Faust proclamando la donna come la forza civilizzatrice per eccellenza. E pochi versi prima Mater Gloria dice a Margherita:

Vieni! Sali alle sfere sublimi,

Che se egli ti presagisce, egli ti seguirà.

Un individuo, come un popolo, resta più esattamente definito dai suoi ideali che dalle sue realtà. Il conseguire i nostri propositi dipende dalla buona fortuna: ma l’aspirare è opera esclusiva dei nostri cuori. Per questo i tipi di femminilità, che sono a un tempo forme di idealità, segnano l’orizzonte delle capacità latenti in ogni popolo. Dalla femmina del boscimano alla Gioconda, a madame de Sévigné, a lady Hamilton, le silhouette dell’eterno femminile si elevano allo zenit come costellazioni, prestabilendo i destini etnici.

Con questa curiosità di augure che indaga nelle viscere tiepide di un uccello il barlume del futuro, entro in questa Esposizione cercando del donnesco la cima, come diceva Dante. Ho io la colpa di non averlo trovato? (La questione se questo giudizio riveli in me un deliberato pessimismo di fronte alle cose di Spagna, la lasceremo —non le pare?—, perché la discutano i servi in cucina).

El Sol, 28 maggio 1918