Abstract

A letter-review addressed to a lady on the Sociedad de Amigos del Arte’s exhibition of female portraits. Its recurring claim: before art, sincerity is not enough («chimpanzee gestures») — one must feel what is fitting; four centuries of Spanish painting produced not one «woman». Art criticism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Señora, el otro día vi a usted, salir lenta y ensimismada, de la Exposición de retratos femeninos que ahora hace la Sociedad de Amigos del Arte. Cuando quise acercarme, se había usted ya confundido en Recoletos con la audaz primavera.

¿Por qué salía usted lenta y ensimismada, cual si alguien le obligase a abandonar una meditación inagotable? Como un aparato sísmico los menores estremecimientos de la tierra, su corazón, señora, registra todo temblor sentimental y nos sirve a sus amigos de diapasón para corregir los excesos de nuestros juicios. Pues bien, nunca como ahora hemos necesitado de sus certeras sentencias. Dígame, amiga mía, ¿qué debemos pensar, qué debemos sentir de esta Exposición?

¡Porque son tan complejas, tan delicadas las cosas artísticas! No sabe uno bien qué gestos debe hacer ante ellas para comportarse adecuadamente.

—Diga usted con sinceridad lo que sienta— me recomiendan algunos. Pero yo sospecho que no basta con esto. En los afanes elementales de la vida podemos contentarnos con la sinceridad. Así, el chimpancé es un modelo de hombre sincero. Pero en el arte como en la ciencia, nos encontramos con un orden suntuario de la vida. ¿Tendría sentido que se nos recomendase ser sinceros en matemáticas o en química? Acercarse al arte o a la ciencia equivale a aceptar libérrimamente un superfluo régimen de imperativos y de normas: supone que hallamos un placer en someternos a ciertas leyes y que en vez de acomodarlas a nuestro gusto más sincero deseamos adecuar a ellas nuestro gusto. Acontece lo mismo que en el tiro al blanco. Puede uno perfectamente vivir sin tirar al blanco; pero si se tira, hay que esforzarse por dar en él. En suma, señora, yo quisiera evitar en lo posible el hacer delante de estos cuadros gestos de chimpancé. No me basta con decir lo que siento; aspiro a sentir lo que es debido. Por esto recurro a usted, maestra y doctora del fino sentir.

He aquí las notas que en mi tercera visita he tomado, ya que las impresiones de la primera y la segunda me parecieron recusables. Perdonará usted el esquematismo en que van redactadas.

Además, debo advertir que en ellas se hace abstracción de la sala última, donde penden cuadros de Federico de Madrazo. Las damas por él retratadas son madres o abuelas de personas que viven con nosotros, y me parece Madrid todavía demasiado aldea para que se concedan a un escritor las franquías necesarias.

I

El tema de la exposición. —Afortunadamente, muy pocos cuadros, tan pocos, que con su breve número subrayan la ausencia multitudinaria. No se hable de pintura. No se trata de descubrir la pintura española. Con esta Exposición se hace a la historia de España una pregunta concreta, aguda, terrible, que no tolera evasivas. Aquí han sido espumados cuatro siglos de vida española a fin de destacar nuestra idea plástica de la feminidad. El problema es, pues, doble. Primero: ¿a qué cimas ha llegado la mujer española? Segundo: ¿qué sensibilidad han tenido nuestros mejores artistas para el eterno femenino? Con ser distintos, ambos problemas son recíprocos.

La contestación que a estas preguntas dan los lienzos con su mudo lenguaje estático, no puede ser más desoladora. Hay algo más desolador, sin embargo: la conciencia de que muy pocas personas, entre las que visitan la Exposición, se han dado cuenta del inquietante tema planteado en ella. ¡Cuatro siglos! ¡Toda la Edad Moderna! ¡La época en que la mujer hace su ingreso en la espiritual colaboración de la Historia! ¿Y qué plenitudes de feminidad han hallado en tan vasta superficie los encargados de esta selección? ¿Hay en toda ella una sola «mujer»? Y si no la hay, si en cuatro siglos no han hallado una «mujer», ¿será posible que en cuatro días nos demos cuenta de qué es eso que falta?

Siempre he sospechado que en nuestro país existe la madre, la esposa, la hija, la hermana; pero que la mujer es una especie sobremanera desconocida. Aquélla y ésta representan dos dimensiones muy distintas en la evolución de la feminidad. No he de intentar yo ahora desenvolver el asunto, y lo que sigue lleva el exclusivo propósito de definir someramente qué es lo que yo echo de menos en esta Exposición.

De la hembra infrahumana parten líneas divergentes de desarrollo cultural. Una de ellas ha transformado la hembra en madre, hija, esposa y hermana del hombre. Otra se ha perfeccionado hasta llegar a la «mujer». La diferencia entre ambas trayectorias es evidente: cabe que la madre, la esposa, la hija y la hermana sean perfectas, sin que posean la menor perfección de mujer y viceversa. Se trata, pues, de dos realidades distintas, como lo son los colores y los sonidos. Y así como no oímos los colores ni vemos los sonidos, así los sentimientos nuestros que se dirigen a la madre, esposa, hija y hermana son distintos de los que van a la mujer. A fin de evitar en este instante más complejas psicologías, fijémonos en uno solo de estos sentimientos: el que llamamos «ilusión», «encanto», el sentirnos «atraídos», «deslumbrados», «sugestionados», etcétera. Puede un hombre amar con insuperable fervor a su madre, esposa, hija o hermana sin que haya en su sentimiento la menor tonalidad de «ilusión», de «encanto». Por el contrario, puede sentirse ilusionado, encantado, atraído, sin que experimente nada de eso que propiamente llamamos amor filial, paterno, conyugal o fraternal. Las mujeres, con su aguda intuición, distinguen perfectamente cuándo en las emociones que suscitan existe ese matiz de la ilusión, y, en el secreto de su ánima, sólo entonces se sienten halagadas y satisfechas.

Sobre este instinto de la ilusión hace su labranza milenaria la cultura. ¿Pues qué otra cosa es la cultura sino un perfeccionamiento progresivo que el esfuerzo humano obtiene de las realidades naturales? La labor es doble: por una parte se van creando objetos cada vez más esenciales, más perfectos: por otra, se va educando la sensibilidad del hombre para percibir sus diferencias y valorarlas con exactitud. Así, de las combinaciones cromáticas que emplea en su cerámica un pueblo salvaje, a las armonías luminosas de Goya o Whistler, corre un lento y glorioso proceso de cultura visual.

Lo propio acontece con la «mujer»: es ella, por excelencia, el objeto que ilusiona, que encanta, que atrae al hombre. Pero hay hombres que en pintura no han pasado del cromo y en feminidad no son más exigentes: su capacidad de ilusión se dispara ante una mujer cualquiera que tenga las mejillas rosadas y los ojos negros «como una cita en la sombra».

Lejos de mí el desdén a las mejillas rosadas y los ojos tenebrosos. Pero creo que no basta para provocar la ilusión en un delicado temperamento viril. La feminidad, que no consiste más que en eso, es una feminidad inferior, incapaz de atraer un corazón pulimentado. El hombre que se ha exigido mucho a sí mismo, aprende a exigir también mucho de las demás cosas y personas. Sobre todo, es exigente para aquello cuya misión estriba en atraerle, en encantarle.

Sólo nos atrae profundamente lo que en algún sentido nos parece superior a nosotros mismos. Éste es el caso de los ideales, imágenes de perfecciones remotas que tiran de nosotros y nos incitan a llegar hasta ellas. Esto es, muy especialmente, el caso de la mujer, caso único y maravilloso en que el ideal nos aparece corporizado, realizado.

Todo hombre dueño de una sensibilidad bien templada ha experimentado a la vera de alguna mujer la impresión de hallarse delante de algo extraña y absolutamente superior a él. Aquella mujer, es cierto, sabe menos de ciencia que nosotros, tiene menos poder creador de arte, no es capaz de regir un pueblo ni de ganar una batalla, y sin embargo, percibimos en su persona una superioridad sobre nosotros de índole más radical que cualquiera de las que pueden existir, por ejemplo, entre dos hombres de un mismo oficio. Y es que las excelencias varoniles —talento científico o artístico, la destreza política y financiera, la heroicidad moral— son, en cierta manera, extrínsecas a la persona, y, por decirlo así, instrumentales. El talento consiste en una aptitud para crear, ciertos productos socialmente útiles —la ciencia, el arte, la riqueza, el orden público. Lo que propiamente estimamos en estos productos, y sólo un reflejo del valor que les atribuimos se proyecta sobre las dotes necesarias para producirlos. No es el poeta, sino la poesía lo que nos interesa; no es el político, sino su política. Este carácter extrínseco de los talentos se hace patente por darse a menudo en el hombre al lado de los más graves defectos personales. La excelencia varonil radica, pues en un hacer: la de la mujer en un ser y en un estar, o con otras palabras: el hombre vale por lo que hace, la mujer por lo que es.

Tal circunstancia de que el valor del hombre esté condicionado por el resultado de sus acciones, da a nuestro destino fatalmente un carácter problemático, inseguro, relativo y servil. La mujer, en cambio, cuando en ella se realiza un tipo superior de feminidad, no gana nuestra estimación por sus actos, sino que quieta, como la rosa en el rosal, se impone a nuestro entusiasmo. En sus actos no nos importan los resultados: es más, no los tomamos como actos o causas de tales y cuales efectos, sino como gestos en que se manifiesta su soberana personalidad. Las acciones de la mujer superior se convierten a nuestros ojos en emanaciones de su ejemplar esencia, son el perfume de la rosa en el rosal. Frente a un equivocado y trivial feminismo, he creído siempre que para el hombre vivir es trabajar, mientras que para la mujer vivir es irradiar. Pensar otra cosa es querer vanamente suplantar las profundas voluntades de la Naturaleza por nuestros angostos programas de política. La Gioconda, irradiándose a sí misma secularmente desde su marco, ha hecho más en beneficio de la humanidad que los millones de superficiales sufragistas[3].

Todos los progresos que el hombre con su obra consigue, son parciales, adjetivos, tangentes a la esfera íntima de la vida. Por el contrario, un modo superior de perfección femenina es un progreso integral de la vida, es como el germen de una nueva humanidad, de una vita nuova. De aquí el anhelo infinito, la ilusión incendiada que los hombres mejores han sentido cuando sesgó su existencia una mujer esencial. Si miramos al trasluz lo que han escrito, lo que han pintando, lo que legislado, descubrimos en la filigrana un tenue perfil trasunto de dama gentil. No se trata de vulgares anécdotas eróticas, sino de aquellas supremas emociones que en el lívido crepúsculo de Mantinea explicaba, trémula y sabia, a Sócrates divino la extranjera Diótima. Se trata del afán de perfección que en todo varón selecto siembra a su paso sin peso una Eva ejemplar.

El Eterno-Femenino nos atrae hacia lo más alto.

Así canta Chorus mysticus en el final de Fausto proclamando a la mujer como la fuerza civilizadora por excelencia. Y pocos versos antes Mater Gloria dice a Margarita:

¡Ven! Asciende a las esferas sublimes,

Que si él te presiente, él te seguirá.

Un individuo, como un pueblo, queda más exactamente definido por sus ideales que por sus realidades. El lograr nuestros propósitos depende de la buena fortuna: pero el aspirar es obra exclusiva de nuestros corazones. Por estos los tipos de feminidad, que son a la vez formas de idealidad, marcan el horizonte de las capacidades latentes en cada pueblo. Desde la hembra del bosquimano a la Gioconda, a madame de Sevigné, a lady Hamilton, las siluetas del eterno femenino se elevan al cenit como constelaciones, preestableciendo los destinos étnicos.

Con esta curiosidad de augur que indaga en las entrañas tiépidas de un ave la vislumbre del futuro, entro en esta Exposición buscando del donnesco la cima, como decía Dante. ¿Tengo yo la culpa de no haberlo hallado? (La cuestión de si este juicio revela en mí un deliberado pesimismo frente a las cosas de España, la dejaremos —¿no le parece a usted?—, para que la discutan los criados en la cocina).

El Sol, 28 de mayo de 1918