Abstract

Political chronicle of the parliamentary session in which Prieto answered Gil Robles: Ortega dissents from Lerroux’s tactic of «closing ranks» among republicans, since the presumed unanimity of republicans has been the Republic’s greatest enemy. Political topicality.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El señor Prieto contestó el martes con una argumentación superabundante a todos los puntos de importancia que la acusación del señor Gil Robles contenía. La superabundancia consistió en que los datos aportados por este señor no sólo perdieron su fuerza de incriminación contra el señor Prieto, sino que se convirtieron en acusación de los acusadores, y entre éstos prefiramos no contar al señor Gil Robles, que fue sólo vehículo parlamentario de las efectivas fuerzas impugnadoras. Entre paréntesis sea dicho que no se entiende bien por qué el señor Gil Robles se convierte en portavoz de personas y grupos con los cuales ni él ni los demás hombres que se reúnen en torno a El Debate tienen nada que ver. Sea esto dicho sin mayor insistencia y con la más sana intención.

Del señor Carner no hay para qué hablar, porque el ataque no iba en serio contra él.

Era lo más natural que la Cámara expresase con un voto la plena rebosante satisfacción que había sentido oyendo defenderse a los ministros. No era, acaso, tan natural que en la fórmula votada se hablase de «confianza en el Gobierno», porque en la terminología parlamentaria suele esto significar adhesión a la política del Gobierno, y ayer no se trataba de la política del Gobierno, sino de la conducta concreta seguida por dos ministros en un asunto puramente administrativo. Así lo hizo constar el señor Sánchez Román, primer firmante de la proposición votada. Pero de todas suertes el posible equívoco era demasiado claro para que fuese necesario ocuparse en deshacerlo y ponerse a gravitar sobre él. Habría sido injusto demorar un minuto la aprobación a la conducta, más que correcta, ejemplar, de dos ministros por una discrepancia verbal en materia no legislativa como la puesta a votación.

Pero lo que sí requiere algún comentario es la actitud del señor Lerroux, a quien no bastaba que el Parlamento mostrase su satisfacción por la conducta de los ministros, sino que consideró inexcusable sacar en procesión el cuerpo de San Isidro de la República, tocar a rebato y pedir que se formase el cuadro republicano. Según el señor Lerroux, aquel ataque era un ataque a la República, y la manera de afrontar ese ataque o cualquier otro parejo dirigido contra la República es apretar en filas compactas a los republicanos. Y yo no dudo un momento que el ataque al señor Prieto no fuese inspirado en un santo propósito de desdorar a la República arrojando sobre ella un poco de cieno; lo que me parece completamente erróneo es la táctica que el señor Lerroux propuso para defender a la República.

Por la altitud de sus años y por otra porción de talentos y calidades que hay evidentemente en el señor Lerroux, tiene éste perfecto derecho a patriarcalizar de cuando en cuando, y elevándose sobre las disputas de los más jóvenes, hacer de «buen Dios» de la República. Por otra parte, debemos concederle todos un amplio margen de movimientos para que suavice las hostilidades que algunos grupos republicanos le han dedicado. Es lo menos que puede hacerse con un hombre de tan prolongada historia política. Nada de esto, pues, encontrará en mi ánimo dificultad ni reparo. Pero lo que digo de la manera más precisa es que discrepo total y absolutamente de que se crea beneficioso para la República formar el cuadro de los republicanos y que sigan apareciendo ante el país como una fuerza homogénea y unánime.

Creo estrictamente lo contrario. Creo que el mayor enemigo de la República durante este su primer año ha sido la presunta coincidencia entre los republicanos. En primer lugar, porque no existe ni ha existido tal coincidencia. Somos más de uno y más de millares los que a los quince días de sobrevenida la República mostrábamos nuestra discrepancia de la política que pretendía interpretar su ortodoxia. Y discrepábamos de las fuerzas gobernantes no en éste o el otro punto, sino aproximadamente en todos, y, por lo mismo, tuvimos que hacer un subrayado paréntesis siempre que la veracidad nos obligaba a reconocer que las fuerzas gobernantes habían hecho algo con acierto.

El grupo a que yo pertenezco, por ejemplo, fue a las elecciones llevando en su programa taxativamente estas palabras: «No aceptamos el Pacto de San Sebastián». En mi discurso electoral de León protesté enérgicamente contra la forma «vergonzosa» en que se hacía la propaganda para las elecciones, prometiendo a las gentes cosas que los livianos prometedores ignoraban por completo si cabía materialmente cumplir. Igual desafecto hemos sentido hacia las fórmulas triunfantes en la Constitución, que han hecho de ella una Constitución lamentable, sin pies ni cabeza ni el resto de materia orgánica que suele haber entre los pies y la cabeza. Y así sucesivamente.

Pero no se trata sólo de este grupo, que es mínimo, ni de mí, que soy poco más o menos, un paralítico, sino de otros muchos parlamentarios y de una enorme cuantía de republicanos repartida por todo el país y mal representada en el Parlamento. Porque en la lista de los errores republicanos hay que poner entre los primeros el modo erróneo en que se hicieron las elecciones y el camouflage de la opinión auténtica que la conjunción republicano-socialista produjo con su torpe mecanicismo en casi todas las provincias.

La coincidencia entre los republicanos comienza y comenzó, pues, por no existir. Pero además es de toda urgencia que se haga constar la radical discrepancia. Porque el mayor peligro para la República es que se la confunda con este Gobierno o con cualquiera otro determinado y aun con el conjunto de fuerzas dominantes en las Cortes actuales. No: es preciso que el país advierta la existencia de otras fuerzas republicanas que piensan y sienten de manera completamente distinta que las hoy preponderantes. A esto han tendido todas mis intervenciones desde aquella primera en el Cine de la Ópera y que, por algo, titulé: «Rectificación de la República». Y en aquella conferencia se decía que no se aceptaba solidaridad ni responsabilidad respecto a lo hecho por los republicanos gobernantes hasta la fecha, los cuales, por su parte, no han contado para nada con quienes no eran sus amigos y contertulios.

Luz, 16 de junio de 1932