Abstract

Journalistic correspondence from Germany: the Anglo-German naval disproportion, the outsized growth of German historical prestige since 1870, and a satire of the Prussian census with its policeman’s questions. Reportage, not philosophy; Schopenhauer and Nietzsche appear only in a quip.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Inglaterra.— Barcos de línea, 55; siete en construcción.

Alemania.— Barcos de línea, 17; ocho en construcción, etcétera.

La explicación es bastante clara, según habrá advertido el lector. Treinta y siete barcos de ventaja son demasiada ventaja. ¿Quién se resiste a firmar? Aunque no sea el patriotismo, el sentido, al menos, de la simetría, tan profundo en todo ser orgánico o inorgánico, impulsa a equiparar esa horrible desproporción. ¡Vaya por los treinta y siete barcos, y… en paz!

Alemania desde hace treinta y cinco años no pelea; la solidez de su labor intelectual ha menguado, su producción artística es muy pobre, no adelanta en número de patentes a Inglaterra o a los Estados Unidos. ¿Cómo, pues, del año 70 acá su personalidad histórica ha aumentado hasta lo inverosímil, se ha hinchado hasta el punto de no caber dentro de la piel? Porque lo lógico sería que la tarde de la proclamación en Versalles hubiera llegado su poderío al más alto grado, y de entonces a hoy, ya que no un descenso, tampoco un acrecer hubiera experimentado. Se hablará del florecimiento económico, pero éste es en gran parte un resultado del sobrecrecimiento político, de la influencia moral sobre el mundo que en estos últimos años ha ascendido increíblemente. En realidad, y tomando en globo el problema, puede decirse que es el caso del segundo millón, el cual da a luz millones sin fatiga ni quebranto, por mágica virtud, el del hombre que ganó su ramo de laurel y le crece en torno a las sienes todo un bosque de esas gloriosas plantas.

Adviértase que no es esto decir que los alemanes, luego de cobrada la buena fama, se hayan echado a dormir; pero ¿es que Inglaterra se ha dormido? ¿Es que Francia en esta última treintena no ha trabajado más que en el resto del siglo?

Todo es flores en tierra del imperio: los viajes del emperador valen por batallas, los deseos todos se realizan, los sueños cuajan, como blancos requesones. Y entretanto, en tierra dorada de Castilla hace un sol tan bello que sigue derritiendo los requesones dentro del viejo casco de Don Quijote.


Hace pocos días se realizó el recuento de la población que el Estado prusiano ordena cada cinco años. Una mañana todos los hogares fueron invadidos por montones de impresos policíacos. En ellos pregunta el Estado prusiano una porción de cosas a más del nombre, estado, edad, ocupación, etcétera. El imperio es sumamente curioso, como todos los seres felices. Inquiere, por ejemplo, cuál es el lenguaje nativo de cada habitante, si habla alemán u holandés, frison o danés, etcétera. Caso de que su idioma no sea el alemán, el Estado prusiano desea saber si domina usted completamente el alemán o no. Esto es una ironía del Estado prusiano: es como Falaris, que preguntaba a los que estaba tostando en su toro metálico si tenían frío. Harto sabe el Estado prusiano que el alemán es un idioma indomable, y que al más pintado se le encabrita en un acusativo. «¿Es usted —prosigue el Estado prusiano— ciego de ambos ojos? ¿O sordomudo? ¿O demente? ¿O imbécil? Subraye lo correspondiente». ¡Indiscreción, tienes nombre de policía alemana!

Mas aún queda: «¿Si tiene usted niños que hoy (1.º diciembre) son menores de un año, con qué los alimenta? ¿Con leche de la madre, de ama, de algún animal o con algún otro medio? Subraye lo correspondiente».

El Estado prusiano será muy curioso, pero ello es que se ha proporcionado el placer de advertir un aumento de súbditos y semisúbditos en proporción creciente siempre. En 1900, fecha del último recuento, Berlín poseía habitantes 2.565.676: hoy tiene 3.020.983. Es decir, en cinco años 455.317 habitantes más, cerca de 100.000 por año.

En tanto la enemiga Francia tiene que estatuir premios para las parejas fecundas, pues la población se le va por el escotillón del egoísmo y del vicio. Los instintos de la especie son aliados de Alemania. ¿No se ve aquí el agradecimiento de los tales para con Schopenhauer y Nietzsche, sus salmistas y evangelizadores?

¿O es más bien la causa de cuanto queda dicho aquélla que en los pueblos de la Mancha salmodian las viejas tras el huego? —A quien Dios se la da, San Pedro se la bendiga. Y… subráyese lo correspondiente.

Firmado R., El Imparcial, 14 de enero de 1906