Ortega y Gasset

Abstract

Article against the militarization of the Post and Telegraph services (1918): the government’s «energetic acts» discharge the state’s coercive power onto one social group without any just or generous purpose, and the result is to sow lasting rancour against the state. Political denunciation.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Para militarizar los Cuerpos de Correos y Telégrafos se ha escogido la hora menos oportuna: justamente la hora en que los militares mismos se hallan desmilitarizados. Esto parece un trabalenguas, pero no lo es. Es tan sólo una manera de decir que está trabado el sentido común.

Todo indica que hemos entrado resueltamente en la zona de franca demencia. Sin embargo, conviene que el escritor mantenga su vocabulario dentro no ya de la mesura, sino de la parsimonia. Al emplear superlativos en la calificación de lo que estos días acaece, corre el riesgo probable de que dentro de uno o dos meses acontecimientos mucho más graves y absurdos le sorprendan con el léxico exhausto. Como un buen general, el que escribe debe tener nutridas sus reservas literarias. El diccionario no es inagotable. Labrado el lenguaje por almas cuerdas, no están en él previstos ciertos extremos de frenesí. No está, por ejemplo, prevista la política española de 1918, que en el más rigoroso sentido de la palabra, es una política inefable. Templemos, pues, la locución y evitemos el exabrupto. Otra cosa llevaría al publicista, como en efecto ha ocurrido ya en España, a convertirse en una especie de boxeador por escrito.

Pero el que una propensión al buen gusto nos aleje de las imprecaciones, no significa, claro está, que los actos de gobierno ejecutados estos días no las justifiquen, y hasta las reclamen. Se insiste en la misma política que fue seguida por el gabinete conservador durante los sucesos de agosto.

Esta política agostadora no fue, sin embargo, inventada este verano. Es muy antigua. Yo diría que, bajo apariencias más o menos correctas, casi no he conocido otra en nuestro país. He visto siempre que los grupos políticos arrastraban una escéptica inercia, sazonada con la pimienta del cinismo, y cuando salían una hora de ella era para realizar un acto de éstos que llaman enérgicos. Estos actos, que aquí llamamos enérgicos, suelen consistir en un súbito desencadenamiento del poder coactivo que tiene el Estado, el cual se hace descargar sobre una clase o círculo social en forma fulminante e inapelable, sin atender a las circunstancias de la hora, y sobre todo, sin cuidar de que esa obra negativa de reprimir vaya consagrada y como ungida por una finalidad justa, generosa y clara a los ojos de la nación. Esto se ha solido hacer en España, en esta pobre España nuestra, que paga de tal modo el delito de entregar su gobierno a gentes de temperamento inferior, sin educación intelectual suficiente ni aquella alta escuela de moralidad que necesitan los directores de un pueblo.

Esto mismo se ha hecho ahora. Nadie duda que un posible abandono de los servicios por parte de telegrafistas y empleados postales es una grave perturbación para la vida pública. ¿Cómo evitarlo? Hay un procedimiento tan sencillo de pensar y de ejecutar, que está en la mano de un paralítico, el cual fuera, además, un cretino: dictar una orden por la cual la Guardia Civil u otro Cuerpo armado desaloje las oficinas. Se puede todavía dar con facilidad un paso más: disolver los Cuerpos de Correos y Telégrafos. Sólo una cosa no se evita usando de este método, una cosa mucho más grave, fabulosamente más grave que cualquiera perturbación en las comunicaciones, a saber: que esos miles de individuos sometidos a violento castigo y mecánica represión no guarden en sus almas un rencor perdurable contra el Estado que los expulsó y el resto de la sociedad que no les defendió.

Desde decenios esto se viene haciendo por los gobiernos en nuestra patria; hoy toca a unos, ayer tocó a otros, mañana tocará a los intactos aún. Se siembra el rencor, ese veneno explosivo del espíritu; se fomenta la discordia y la hostilidad mutua. Y a producir este radical desorden en los corazones se llama sustentar el orden. Jamás asistimos a un ensayo de fraternidad nacional. Desde la Gaceta o desde el escaño, el político no hace sino segmentar la unanimidad española. Pues qué, ¿podemos olvidar aquel «Nosotros, somos nosotros» que repetía don Antonio Maura hendiendo en dos porciones incomunicantes nuestra sociedad? Este hombre, por lo demás tan respetable y ejemplar, se abandonaba al morbo disociador que atomiza la vida española, y usando de su palabra aguda y sentenciosa como de un cuchillo, tajaba la unidad de los espíritus.

En estos pocos meses se ha conseguido enemistar a los militares, primero con los trabajadores, luego con los empleados; mañana se ampliará la disensión oponiendo el Ejército a las Cámaras de Comercio y de Industria, a las asambleas de productores y agrícolas, etcétera, etcétera. Sólo un hombre portland llamará a esto preparar la defensa nacional.

«La historia de un pueblo es la historia de una vasta integración» —escribe una vez Mommsen. El genial romanista alude a ese glorioso proceso que se desarrolla en las épocas ascendentes de la Historia. Un pequeño núcleo de población logra sugestionar a los vecinos, y uniéndolos en haz, los lanza a la organización de una ancha colectividad, en que van soldándose agrupaciones antes dispersas hasta formar la unidad superior que llamamos nación. Esto hizo Castilla cuando, frente a los instintos dispersos de las nacionalidades periféricas —Galicia y Asturias, Vasconia, Aragón y Cataluña— que peleaban entre sí, supo imponer un ideal de integración, la España «una», donde pudiesen, como en un corazón plural, convivir resonando todas las melodías peninsulares. ¡Cuánto heroísmo y cuánta gloria, cuántos raudales de entusiasmo y sacrificio no han tenido que arder y consumirse para forjarnos esta patria nuestra! Un pueblo es un monumento que el amor se erige a sí mismo. Sin amor —que es simpatía, más respeto, más comprensión mutua—, las piedras del edificio nacional huyen unas de otras y ponen sobre el paisaje la mueca lamentable de las ruinas.

Desde hace siglos, pero muy especialmente desde hace años, gobierna a España el rencor, esa pasión destructora que, con un vocablo bien expresivo, llamamos también encono. Una clase social odia a la otra, un grupo al otro, un círculo al frontero. El flúido corrosivo y disgregador aprovecha todos los intersticios del corazón popular para alojarse y operar su efecto de aniquilación. Y en vez de secar las fuentes de esa odiosidad difusa, los gobernantes se dedican a fabricar más rencor.

A un pueblo roto como un cántaro maltratado, aplican sólo una política de represión. Con el hierro de las espadas quieren lañarlo; pero al través de las rajas no soldadas se derrama la esencia nacional. Se olvida deliberadamente que un pueblo es la unión de elementos antagónicos a quienes sólo puede mantener juntos una tarea común, la colaboración en un ideal. Por eso hace falta el amor, que es el inventor de ideales. En vez de reprimir, la política debe ser una incesante incitación a vivir.

Lo que se está haciendo estos días no es gobernar un pueblo, sino aventar una nación.

El Sol, 17 de marzo de 1918

For militarizing the Corps of Posts and Telegraphs the least opportune hour has been chosen: precisely the hour in which the military themselves find themselves demilitarized. This sounds like a tongue-twister, but it is not. It is only a way of saying that common sense is jammed.

Everything indicates that we have resolutely entered the zone of outright dementia. Nevertheless, the writer should keep his vocabulary within not merely measure but parsimony. In employing superlatives to qualify what takes place these days, he runs the probable risk that within a month or two events much graver and more absurd will catch him with an exhausted lexicon. Like a good general, the one who writes must keep his literary reserves well supplied. The dictionary is not inexhaustible. Language having been wrought by sane souls, certain extremes of frenzy are not provided for in it. Not provided for, for example, is the Spanish politics of 1918, which in the most rigorous sense of the word is an ineffable politics. Let us then temper our diction and avoid the outburst. Anything else would lead the publicist, as indeed has already happened in Spain, to become a sort of boxer in writing.

But that a propensity for good taste keeps us away from imprecations does not mean, of course, that the acts of government executed these days do not justify them, and even demand them. The same policy is insisted upon that was followed by the conservative cabinet during the events of August.

This withering policy was not, however, invented this summer. It is very ancient. I would say that, under appearances more or less correct, I have known almost no other in our country. I have always seen political groups dragging along a skeptical inertia, seasoned with the pepper of cynicism, and when they emerged from it for an hour it was to perform one of those acts they call energetic. These acts, which here we call energetic, usually consist in a sudden unleashing of the coercive power that the State holds, which is made to strike a class or social circle in a fulminating and unappealable manner, without regard to the circumstances of the hour, and above all without seeing to it that that negative work of repression be consecrated and as if anointed by a purpose just, generous and clear in the eyes of the nation. This is what has usually been done in Spain, in this poor Spain of ours, which pays in such a manner the crime of delivering its government to people of inferior temperament, without sufficient intellectual education nor that high school of morality that the leaders of a people need.

The same thing has now been done. No one doubts that a possible abandonment of services by telegraphists and postal employees is a grave disturbance for public life. How to avoid it? There is a procedure so simple to think of and to execute, that it lies within the reach of a paralytic who was, moreover, a cretin: to dictate an order by which the Civil Guard or another armed Corps clears the offices. One can still easily take a further step: dissolve the Corps of Posts and Telegraphs. Only one thing is not avoided by using this method, a thing much graver, fabulously graver than any disturbance in the communications, namely: that those thousands of individuals subjected to violent punishment and mechanical repression should not keep in their souls a lasting rancor against the State that expelled them and the rest of society that did not defend them.

For decades governments have been doing this in our fatherland; today it falls on some, yesterday it fell on others, tomorrow it will fall on those still untouched. Rancor is sown, that explosive poison of the spirit; discord and mutual hostility are fostered. And to produce this radical disorder in hearts is called sustaining order. Never do we witness a trial of national fraternity. From the Gazette or from the bench, the politician does nothing but segment Spanish unanimity. Well then, can we forget that «We are we» which Don Antonio Maura repeated, cleaving our society into two uncommunicating portions? This man, in every other way so respectable and exemplary, abandoned himself to the dissociating disease that atomizes Spanish life, and using his sharp and sententious word like a knife, he slashed the unity of spirits.

In these few months they have succeeded in making enemies of the military, first with the workers, then with the employees; tomorrow the dissension will be widened by opposing the Army to the Chambers of Commerce and Industry, to the assemblies of producers and farmers, etc., etc. Only a Portland man will call this preparing the national defense.

«The history of a people is the history of a vast integration» —Mommsen once writes. The brilliant Romanist alludes to that glorious process which unfolds in the ascending epochs of History. A small nucleus of population manages to sway its neighbors, and binding them in a sheaf, hurls them into the organization of a broad collectivity, in which groupings formerly dispersed are welded together until they form the superior unity we call nation. This is what Castile did when, before the dispersed instincts of the peripheral nationalities —Galicia and Asturias, the Basque country, Aragon and Catalonia— which fought among themselves, it knew how to impose an ideal of integration, the «one» Spain, where, as in a plural heart, all the peninsular melodies could live together resounding. How much heroism and how much glory, how many torrents of enthusiasm and sacrifice have had to burn and be consumed to forge us this fatherland of ours! A people is a monument that love erects to itself. Without love —which is sympathy, plus respect, plus mutual understanding— the stones of the national edifice flee one another and cast upon the landscape the lamentable grimace of ruins.

For centuries, but very especially for years, rancor has governed Spain, that destructive passion which, with a very expressive word, we also call enmity. One social class hates another, one group another, one circle the one across from it. The corrosive and disintegrating fluid takes advantage of every interstice of the popular heart to lodge itself and work its effect of annihilation. And instead of drying up the sources of that diffuse odiousness, the rulers devote themselves to manufacturing more rancor.

To a people broken like a maltreated jar, they apply only a policy of repression. With the iron of swords they want to mend it; but through the un-welded cracks the national essence pours out. It is deliberately forgotten that a people is the union of antagonistic elements which only a common task can hold together, collaboration in an ideal. For that reason love is needed, love which is the inventor of ideals. Instead of repressing, politics must be an incessant incitement to live.

What is being done these days is not governing a people, but winnowing a nation.

El Sol, 17 March 1918

Per militarizzare i Corpi delle Poste e dei Telegrafi si è scelta l’ora meno opportuna: proprio l’ora in cui i militari stessi si trovano smilitarizzati. Questo sembra uno scioglilingua, ma non lo è. È soltanto un modo di dire che il senso comune è inceppato.

Tutto indica che siamo entrati risolutamente nella zona della palese demenza. Tuttavia, conviene che lo scrittore tenga il proprio vocabolario non già nella misura, ma nella parsimonia. Nell’impiegare superlativi per qualificare ciò che in questi giorni accade, corre il probabile rischio che, fra uno o due mesi, avvenimenti molto più gravi e assurdi lo sorprendano con il lessico esausto. Come un buon generale, chi scrive deve avere rifornite le proprie riserve letterarie. Il dizionario non è inesauribile. Foggiato il linguaggio da anime assennate, non sono in esso previsti certi estremi di frenesia. Non è prevista, per esempio, la politica spagnola del 1918, che nel più rigoroso senso della parola è una politica ineffabile. Temperiamo, dunque, la locuzione ed evitiamo lo scatto. Altrimenti il pubblicista finirebbe, come di fatto è già accaduto in Spagna, col trasformarsi in una specie di pugile per iscritto.

Ma che una propensione al buon gusto ci allontani dalle imprecazioni non significa, chiaramente, che gli atti di governo compiuti in questi giorni non le giustifichino, e perfino le richiedano. Si insiste nella stessa politica che fu seguita dal gabinetto conservatore durante gli avvenimenti d’agosto.

Questa politica che inaridisce non è stata però inventata quest’estate. È molto antica. Direi che, sotto apparenze più o meno corrette, quasi non ne ho conosciuta un’altra nel nostro paese. Ho visto sempre che i gruppi politici trascinavano un’inerzia scettica, condita col pepe del cinismo, e quando ne uscivano per un’ora era per compiere uno di quegli atti che chiamano energici. Questi atti, che qui chiamiamo energici, sogliono consistere in un improvviso scatenamento del potere coercitivo che lo Stato possiede, il quale si fa scaricare su una classe o cerchia sociale in forma fulminante e inappellabile, senza badare alle circostanze del momento, e soprattutto, senza curarsi che quell’opera negativa di reprimere vada consacrata e come unta da un fine giusto, generoso e chiaro agli occhi della nazione. Questo si è soliti fare in Spagna, in questa povera Spagna nostra, che paga in tal modo il delitto di affidare il suo governo a genti di temperamento inferiore, senza sufficiente educazione intellettuale né quella alta scuola di moralità di cui hanno bisogno i direttori di un popolo.

La stessa cosa si è fatta ora. Nessuno dubita che un possibile abbandono dei servizi da parte di telegrafisti e impiegati postali sia una grave perturbazione per la vita pubblica. Come evitarla? C’è un procedimento così semplice da pensare e da eseguire, che è alla portata di un paralitico, per di più cretino: dettare un ordine in base al quale la Guardia Civil o un altro Corpo armato sgomberi gli uffici. Si può ancora facilmente fare un passo avanti: sciogliere i Corpi delle Poste e dei Telegrafi. Una sola cosa non si evita usando questo metodo, una cosa molto più grave, favolosamente più grave di qualsiasi perturbazione nelle comunicazioni, vale a dire: che quelle migliaia di individui sottoposti a violento castigo e meccanica repressione non serbino nelle loro anime un rancore perdurabile contro lo Stato che li espulse e il resto della società che non li difese.

Da decenni i governi fanno questo nella nostra patria; oggi tocca ad alcuni, ieri toccò ad altri, domani toccherà a quelli ancora intatti. Si semina il rancore, quel veleno esplosivo dello spirito; si fomenta la discordia e l’ostilità reciproca. E al produrre questo radicale disordine nei cuori si chiama sostenere l’ordine. Non assistiamo mai a un esperimento di fraternità nazionale. Dalla Gazzetta o dallo scranno, il politico non fa che segmentare l’unanimità spagnola. E allora, possiamo dimenticare quel «Noi siamo noi» che ripeteva don Antonio Maura fendendo la nostra società in due porzioni incomunicanti? Quest’uomo, per altro così rispettabile ed esemplare, si abbandonava al morbo dissociatore che atomizza la vita spagnola, e usando della sua parola aguzza e sentenziosa come di un coltello, tagliava l’unità degli spiriti.

In questi pochi mesi si è riusciti a inimicare i militari, prima con i lavoratori, poi con gli impiegati; domani si allargherà la dissensione opponendo l’Esercito alle Camere di Commercio e d’Industria, alle assemblee dei produttori e degli agricoltori, eccetera, eccetera. Solo un uomo portland chiamerà questo preparare la difesa nazionale.

«La storia di un popolo è la storia di una vasta integrazione» —scrive una volta Mommsen. Il geniale romanista allude a quel glorioso processo che si sviluppa nelle epoche ascendenti della Storia. Un piccolo nucleo di popolazione riesce a suggestionare i vicini, e unendoli in fascio, li lancia all’organizzazione di un’ampia collettività, in cui vanno saldandosi raggruppamenti prima dispersi fino a formare l’unità superiore che chiamiamo nazione. Questo fece la Castiglia quando, di fronte agli istinti dispersi delle nazionalità periferiche —Galizia e Asturie, Vascongada, Aragona e Catalogna— che combattevano tra loro, seppe imporre un ideale di integrazione, la Spagna «una», dove potessero, come in un cuore plurale, convivere risuonando tutte le melodie peninsulari. Quanto eroismo e quanta gloria, quanti torrenti di entusiasmo e sacrificio hanno dovuto ardere e consumarsi per forgiarci questa nostra patria! Un popolo è un monumento che l’amore erige a se stesso. Senza amore —che è simpatia, più rispetto, più comprensione reciproca— le pietre dell’edificio nazionale fuggono l’una dall’altra e pongono sul paesaggio la smorfia lamentevole delle rovine.

Da secoli, ma molto specialmente da anni, governa la Spagna il rancore, quella passione distruttrice che, con vocabolo ben espressivo, chiamiamo anche astio. Una classe sociale odia l’altra, un gruppo l’altro, una cerchia quella dirimpettaia. Il fluido corrosivo e disgregatore approfitta di tutti gli interstizi del cuore popolare per alloggiarvi e operare il suo effetto di annientamento. E invece di inaridire le fonti di quella odiosità diffusa, i governanti si dedicano a fabbricare altro rancore.

A un popolo rotto come un vaso maltrattato, applicano soltanto una politica di repressione. Col ferro delle spade vogliono ripararlo; ma attraverso le fessure non saldate si spande l’essenza nazionale. Si dimentica deliberatamente che un popolo è l’unione di elementi antagonistici che soltanto un compito comune può tenere insieme, la collaborazione in un ideale. Per questo occorre l’amore, che è l’inventore degli ideali. Invece di reprimere, la politica deve essere un’incessante incitazione a vivere.

Quello che si sta facendo in questi giorni non è governare un popolo, ma buttare al vento una nazione.

El Sol, 17 marzo 1918