Ortega y Gasset

Abstract

A theoretical essay on love: one must speak of love, not of «love affairs», and the phenomenon must be taken in its full generality (art, science, God, one’s child). Ortega declares Aquinas’s definition of love as a species of desire or the concupiscible erroneous, and sharply separates love from desire: desire dies when satisfied, love is eternally unsatisfied.

Connections

Concetti: passione
Forme: saggio
Scuole: scolastica

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Hablemos del amor, pero comencemos por no hablar de «amores». «Los amores» son historias más o menos accidentadas que acontecen entre hombres y mujeres. En ellas intervienen factores innumerables que complican y enmarañan su proceso hasta el punto que, en la mayor parte de los casos, hay en los «amores» de todo menos eso que en rigor merece llamarse amor. Es de gran interés un análisis psicológico de los «amores» con su pintoresca casuística; pero mal podríamos entendernos si antes no averiguamos lo que es propia y puramente el amor. Además, fuera empequeñecer el tema reducir el estudio del amor al que sienten, unos por otros, hombres y mujeres. El tema es mucho más vasto, y Dante creía que el amor mueve el sol y las otras estrellas.

Sin llegar a esta ampliación astronómica del erotismo, conviene que atendamos al fenómeno del amor en toda su generalidad. No sólo ama el hombre a la mujer y la mujer al hombre, sino que amamos el arte o la ciencia, ama la madre al hijo y el hombre religioso ama a Dios. La ingente variedad y distancia entre esos objetos donde el amor se inserta nos hará cautos para no considerar como esenciales al amor atributos y condiciones que más bien proceden de los diversos objetos que pueden ser amados.

Desde hace dos siglos se habla mucho de amores y poco del amor. Mientras todas las edades, desde el buen tiempo de Grecia, han tenido una gran teoría de los sentimientos, las dos centurias últimas han carecido de ella. El mundo antiguo se orientó primero en la de Platón; luego, en la doctrina estoica. La Edad Media aprendió la de Santo Tomás y de los árabes; el siglo XVII estudió con fervor la teoría de las pasiones de Descartes y Spinoza. Porque no ha habido gran filósofo del pretérito que no se creyese obligado a elaborar la suya. Nosotros no poseemos ningún ensayo, en grande estilo, de sistematizar los sentimientos. Sólo recientemente los trabajos de Pfänder y Scheler vuelven a movilizar el asunto. Y en tanto, nuestra alma se ha hecho cada vez más compleja y nuestra percepción más sutil.

De aquí que no nos baste alojarnos en esas antiguas teorías afectivas. Así, la idea que Santo Tomás, resumiendo la tradición griega, nos da del amor es, evidentemente, errónea. Para él, amor y odio son dos formas del deseo, del apetito o lo concupiscible. El amor es el deseo de algo bueno en cuanto bueno —concupiscibile circa bonum—; el odio, un deseo negativo, una repulsión de lo malo en cuanto tal —concupiscibile circa malum. Se acusa aquí la confusión entre los apetitos o deseos y los sentimientos que ha padecido todo el pasado de la psicología hasta el siglo XVIII; confusión que volvemos a encontrar en el Renacimiento, si bien transportada al orden estético. Así, Lorenzo el Magnífico dice que l’amore è un appetito di bellezza.

Pero ésta es una de las distinciones más importantes que necesitamos hacer para evitar que se nos escape entre los dedos lo específico, lo esencial del amor. Nada hay tan fecundo en nuestra vida íntima como el sentimiento amoroso; tanto, que viene a ser el símbolo de toda fecundidad. Del amor nacen, pues, en el sujeto muchas cosas: deseos, pensamientos, voliciones, actos; pero todo esto que del amor nace como la cosecha de una simiente, no es el amor mismo; antes bien, presupone la existencia de éste. Aquello que amamos, claro está que, en algún sentido y forma, lo deseamos también; pero, en cambio, deseamos notoriamente muchas cosas que no amamos, respecto a las cuales somos indiferentes en el plano sentimental. Desear un buen vino no es amarlo; el morfinómano desea la droga al propio tiempo que la odia por su nociva acción.

Pero hay otra razón más rigorosa y delicada para separar amor y deseo. Desear algo es, en definitiva, tendencia a la posesión de ese algo; donde posesión significa, de una u otra manera, que el objeto entre en nuestra órbita y venga como a formar parte de nosotros. Por esta razón, el deseo muere automáticamente cuando se logra: fenece al satisfacerse. El amor, en cambio, es un eterno insatisfecho. El deseo tiene un carácter pasivo, y en rigor lo que deseo al desear es que el objeto venga a mí. Soy centro de gravitación, donde espero que las cosas vengan a caer. Viceversa: en el amor todo es actividad, según veremos. Y en lugar de consistir en que el objeto venga a mí, soy yo quien va al objeto y estoy en él. En el acto amoroso, la persona sale fuera de sí: es tal vez el máximo ensayo que la naturaleza hace para que cada cual salga de sí mismo hacia otra cosa. No ella hacia mí, sino yo gravito hacia ella.

San Agustín, uno de los hombres que más hondamente han pensado sobre el amor, tal vez el temperamento más gigantescamente erótico que ha existido, consigue a veces librarse de esta interpretación que hace del amor un deseo o apetito. Así dice en lírica expansión: Amor meus, pondus meum; illo feror, quocumque feror, «Mi amor es mi peso; por él voy dondequiera que voy». Amor es gravitación hacia lo amado.

Spinoza intentó rectificar este error, y eludiendo los apetitos busca al sentimiento amoroso y de odio una base emotiva; según él, sería amor la alegría unida al conocimiento de su causa; odio, en cambio, la tristeza unida al conocimiento de su agente. Amar algo o alguien sería simplemente estar alegre y darse cuenta, a la par, de que la alegría nos llega de ese algo o alguien. De nuevo hallamos aquí confundido el amor con sus posibles consecuencias. ¿Quién duda que el amante puede recibir alegría de lo amado? Pero no es menos cierto que el amor es a veces triste, triste como la muerte, tormento soberano y mortal. Es más: el verdadero amor se percibe mejor a sí mismo y, por decirlo así, se mide y calcula a sí propio en el dolor y sufrimiento de que es capaz. La mujer enamorada prefiere las angustias que el hombre amado le origina a la indolora indiferencia. En las cartas de Mariana Alcoforado, la monja portuguesa, se leen frases como éstas, dirigidas a su infiel seductor: «Os agradezco desde el fondo de mi corazón la desesperación que me causáis, y detesto la tranquilidad en que vivía antes de conoceros». «Veo claramente cuál sería el remedio a todos mis males, y me sentiría al punto libre de ellos si os dejase de amar. Pero ¡qué remedio!, no; prefiero sufrir a olvidaros. ¡Ay! ¿Por ventura depende esto de mí? No puedo reprocharme haber deseado un solo instante no amaros, y al cabo sois más digno de compasión que yo, y más vale sufrir todo lo que yo sufro que gozar de los lánguidos placeres que os proporcionan vuestras amadas de Francia». La primera carta termina: «Adiós; amadme siempre y hacedme sufrir aún mayores males». Y dos siglos más tarde, la señorita de Lespinasse: «Os amo como hay que amar: con desesperación».

Spinoza no miró bien: amar no es alegría. El que ama a la patria, tal vez muere por ella, y el mártir sucumbe de amor. Viceversa, hay odios que gozan de sí mismos, que se embriagan jocundamente con el mal sobrevenido al odiado.

Puesto que estas ilustres definiciones no nos satisfacen, más vale que ensayemos directamente describir el acto amoroso, filiándolo, como hace el entomólogo con un insecto captado en la espesura. Espero que los lectores aman o han amado algo o alguien, y pueden ahora prender su sentimiento por las alas traslúcidas y mantenerlo fijo ante la mirada interior. Yo voy a ir enumerando los caracteres más generales, más abstractos de esa abeja estremecida que sabe de miel y punzada. Los lectores juzgarán si mis fórmulas se ajustan o no a lo que ven dentro de sí.

Let us speak of love, but let us begin by not speaking of «loves». «Loves» are more or less eventful stories that happen between men and women. In them innumerable factors intervene which complicate and entangle their course to the point that, in most cases, in «loves» there is everything except that which in strictness deserves to be called love. A psychological analysis of «loves» with its picturesque casuistry is of great interest; but we would ill understand one another if we did not first find out what properly and purely love is. Moreover, it would be to belittle the subject to reduce the study of love to that which men and women feel for one another. The subject is much vaster, and Dante believed that love moves the sun and the other stars.

Without going so far as this astronomical enlargement of eroticism, it behooves us to attend to the phenomenon of love in all its generality. Not only does man love woman and woman man, but we love art or science, the mother loves her son, and the religious man loves God. The immense variety and distance among those objects in which love inserts itself will make us cautious, so as not to consider as essential to love attributes and conditions that rather proceed from the various objects that may be loved.

For two centuries there has been much talk of loves and little of love. While every age, from the good times of Greece, has had a great theory of the feelings, the last two centuries have lacked one. The ancient world first oriented itself by Plato’s; then by the Stoic doctrine. The Middle Ages learned that of St. Thomas and of the Arabs; the seventeenth century studied with fervor the theory of the passions of Descartes and Spinoza. For there has been no great philosopher of the past who did not believe himself obliged to elaborate his own. We possess no essay, in the grand style, of systematizing the feelings. Only recently do the works of Pfänder and Scheler set the matter in motion again. And meanwhile, our soul has become ever more complex and our perception more subtle.

Hence it is that it does not suffice us to lodge in those ancient affective theories. Thus, the idea that St. Thomas, summarizing the Greek tradition, gives us of love is, evidently, erroneous. For him, love and hatred are two forms of desire, of appetite or of the concupiscible. Love is the desire of something good inasmuch as good —concupiscibile circa bonum—; hatred, a negative desire, a repulsion of evil as such —concupiscibile circa malum. Here is made manifest the confusion between appetites or desires and feelings which the whole past of psychology suffered until the eighteenth century; a confusion which we find again in the Renaissance, though transported to the aesthetic order. Thus Lorenzo the Magnificent says that love is an appetite for beauty.

But this is one of the most important distinctions that we need to make to prevent what is specific, what is essential in love from slipping through our fingers. Nothing is so fruitful in our intimate life as the amorous feeling; so much so that it comes to be the symbol of all fecundity. From love there are born, then, in the subject many things: desires, thoughts, volitions, acts; but all this that is born of love as the harvest of a seed is not love itself; rather, it presupposes its existence. That which we love, of course, we also desire in some sense and form; but, on the other hand, we notoriously desire many things that we do not love, toward which we are indifferent on the sentimental plane. To desire a good wine is not to love it; the morphine addict desires the drug at the very time he hates it for its harmful action.

But there is another reason, more rigorous and delicate, for separating love and desire. To desire something is, in the end, a tendency toward the possession of that something; where possession means, in one way or another, that the object enters our orbit and comes as if to form part of ourselves. For this reason, desire dies automatically when it is achieved: it perishes in being satisfied. Love, on the contrary, is an eternal dissatisfied. Desire has a passive character, and in strictness what I desire in desiring is that the object come to me. I am a center of gravitation, where I wait for things to come falling in. Conversely: in love everything is activity, as we shall see. And instead of consisting in the object’s coming to me, it is I who go to the object and am in it. In the amorous act, the person goes out of himself: it is perhaps the greatest trial that nature makes so that each one may come out of himself toward another thing. Not it toward me, but I gravitate toward it.

St. Augustine, one of the men who have thought most deeply about love, perhaps the most gigantically erotic temperament that has ever existed, sometimes manages to free himself from this interpretation that makes of love a desire or appetite. Thus he says in lyrical expansion: Amor meus, pondus meum; illo feror, quocumque feror, «My love is my weight; by it I am carried wherever I am carried». Love is gravitation toward the beloved.

Spinoza attempted to rectify this error, and evading the appetites he seeks for the amorous sentiment and for hatred an emotive basis; according to him, love would be joy united with knowledge of its cause; hatred, on the contrary, sadness united with knowledge of its agent. To love something or someone would simply be to be joyful and to realize, at the same time, that the joy comes to us from that something or someone. Again we find here love confused with its possible consequences. Who doubts that the lover may receive joy from the beloved? But it is no less certain that love is sometimes sad, sad as death, sovereign and mortal torment. More than that: true love perceives itself better and, so to speak, measures and calculates itself in the pain and suffering of which it is capable. The enamored woman prefers the anguishes that the beloved man causes her to painless indifference. In the letters of Mariana Alcoforado, the Portuguese nun, phrases like these are read, addressed to her unfaithful seducer: «I thank you from the bottom of my heart for the despair you cause me, and I detest the tranquility in which I lived before knowing you». «I see clearly what would be the remedy to all my ills, and I would at once feel free of them if I ceased to love you. But what a remedy!, no; I prefer to suffer than to forget you. Alas! Does this perchance depend on me? I cannot reproach myself for having wished for a single instant not to love you, and in the end you are more worthy of compassion than I, and it is better to suffer all that I suffer than to enjoy the languid pleasures that your mistresses of France provide you». The first letter ends: «Farewell; love me always and make me suffer still greater ills». And two centuries later, Mademoiselle de Lespinasse: «I love you as one must love: with despair».

Spinoza did not look well: to love is not joy. He who loves the fatherland perhaps dies for it, and the martyr succumbs of love. Conversely, there are hatreds that enjoy themselves, that are jocundly intoxicated with the evil that has befallen the hated one.

Since these illustrious definitions do not satisfy us, it is better that we directly attempt to describe the amorous act, classifying it, as the entomologist does with an insect captured in the thicket. I hope that readers love or have loved something or someone, and can now seize their feeling by the translucent wings and hold it fixed before the inner gaze. I am going to go on enumerating the most general, most abstract characters of that trembling bee that knows of honey and of sting. The readers will judge whether my formulas fit or not what they see within themselves.

Parliamo dell’amore, ma cominciamo col non parlare degli «amori». Gli «amori» sono storie più o meno accidentate che accadono tra uomini e donne. In esse intervengono fattori innumerevoli che complicano e ingarbugliano il loro processo al punto che, nella maggior parte dei casi, negli «amori» c’è di tutto tranne ciò che in rigor di termini merita di chiamarsi amore. È di grande interesse un’analisi psicologica degli «amori» con la loro pittoresca casistica; ma mal ci intenderemmo se prima non scopriamo che cosa è propriamente e puramente l’amore. Inoltre, sarebbe rimpicciolire il tema ridurre lo studio dell’amore a quello che provano, gli uni per gli altri, uomini e donne. Il tema è molto più vasto, e Dante credeva che l’amore muova il sole e le altre stelle.

Senza giungere a questo ampliamento astronomico dell’erotismo, conviene che attendiamo al fenomeno dell’amore in tutta la sua generalità. Non solo l’uomo ama la donna e la donna l’uomo, ma amiamo l’arte o la scienza, la madre ama il figlio e l’uomo religioso ama Dio. L’ingente varietà e distanza tra quegli oggetti in cui l’amore si inserisce ci renderà cauti nel non considerare come essenziali all’amore attributi e condizioni che piuttosto procedono dai diversi oggetti che possono essere amati.

Da due secoli si parla molto di amori e poco dell’amore. Mentre tutte le età, dal buon tempo della Grecia, hanno avuto una grande teoria dei sentimenti, le due ultime centurie ne sono state prive. Il mondo antico si orientò prima in quella di Platone; poi, nella dottrina stoica. Il Medioevo apprese quella di san Tommaso e degli arabi; il secolo XVII studiò con fervore la teoria delle passioni di Cartesio e Spinoza. Perché non c’è stato grande filosofo del passato che non si sia creduto obbligato a elaborare la propria. Noi non possediamo alcun saggio, in grande stile, di sistematizzare i sentimenti. Soltanto recentemente i lavori di Pfänder e Scheler tornano a mobilitare la questione. E intanto, la nostra anima si è fatta sempre più complessa e la nostra percezione più sottile.

Di qui che non ci basta alloggiare in quelle antiche teorie affettive. Così, l’idea che san Tommaso, riassumendo la tradizione greca, ci dà dell’amore è, evidentemente, erronea. Per lui, amore e odio sono due forme del desiderio, dell’appetito o del concupiscibile. L’amore è il desiderio di qualcosa di buono in quanto buono —concupiscibile circa bonum—; l’odio, un desiderio negativo, una repulsione del male in quanto tale —concupiscibile circa malum. Si accusa qui la confusione tra gli appetiti o desideri e i sentimenti che ha patito tutto il passato della psicologia fino al secolo XVIII; confusione che ritroviamo nel Rinascimento, sebbene trasportata nell’ordine estetico. Così, Lorenzo il Magnifico dice che l’amore è un appetito di bellezza.

Ma questa è una delle distinzioni più importanti che dobbiamo fare per evitare che ci sfugga tra le dita lo specifico, l’essenziale dell’amore. Nulla è così fecondo nella nostra vita intima come il sentimento amoroso; tanto, che viene a essere il simbolo di ogni fecondità. Dall’amore nascono, dunque, nel soggetto molte cose: desideri, pensieri, volizioni, atti; ma tutto ciò che dall’amore nasce come il raccolto da una semente, non è l’amore stesso; anzi, ne presuppone l’esistenza. Ciò che amiamo, chiaramente, in qualche senso e forma lo desideriamo anche; ma, d’altra parte, desideriamo notoriamente molte cose che non amiamo, rispetto alle quali siamo indifferenti sul piano sentimentale. Desiderare un buon vino non è amarlo; il morfinomane desidera la droga proprio mentre la odia per la sua azione nociva.

Ma c’è un’altra ragione più rigorosa e delicata per separare amore e desiderio. Desiderare qualcosa è, in definitiva, tendenza al possesso di quella cosa; dove possesso significa, in un modo o nell’altro, che l’oggetto entri nella nostra orbita e venga come a far parte di noi. Per questa ragione, il desiderio muore automaticamente quando si realizza: perisce nell’appagarsi. L’amore, invece, è un eterno insoddisfatto. Il desiderio ha un carattere passivo, e in rigor di termini ciò che desidero nel desiderare è che l’oggetto venga a me. Io sono centro di gravitazione, dove aspetto che le cose vengano a cadere. Viceversa: nell’amore tutto è attività, come vedremo. E invece di consistere nel fatto che l’oggetto venga a me, sono io che vado all’oggetto e sono in esso. Nell’atto amoroso, la persona esce fuori di sé: è forse il massimo saggio che la natura fa perché ciascuno esca da se stesso verso un’altra cosa. Non lei verso di me, ma io gravito verso di lei.

Sant’Agostino, uno degli uomini che più profondamente hanno pensato l’amore, forse il temperamento più gigantescamente erotico che sia esistito, riesce a volte a liberarsi di questa interpretazione che fa dell’amore un desiderio o appetito. Così dice in lirica espansione: Amor meus, pondus meum; illo feror, quocumque feror, «Il mio amore è il mio peso; per esso vado dovunque vado». Amore è gravitazione verso l’amato.

Spinoza tentò di rettificare questo errore, ed eludendo gli appetiti cerca al sentimento amoroso e di odio una base emotiva; secondo lui, sarebbe amore la gioia unita alla conoscenza della sua causa; odio, invece, la tristezza unita alla conoscenza del suo agente. Amare qualcosa o qualcuno sarebbe semplicemente essere allegri e rendersi conto, al contempo, che la gioia ci giunge da quella cosa o persona. Di nuovo troviamo qui l’amore confuso con le sue possibili conseguenze. Chi dubita che l’amante possa ricevere gioia dall’amato? Ma non è meno certo che l’amore è a volte triste, triste come la morte, tormento sovrano e mortale. Di più: il vero amore percepisce meglio se stesso e, per così dire, si misura e si calcola nel dolore e nella sofferenza di cui è capace. La donna innamorata preferisce le angosce che l’uomo amato le procura alla indolore indifferenza. Nelle lettere di Mariana Alcoforado, la monaca portoghese, si leggono frasi come queste, dirette al suo infedele seduttore: «Vi ringrazio dal fondo del cuore per la disperazione che mi causate, e detesto la tranquillità in cui vivevo prima di conoscervi». «Vedo chiaramente quale sarebbe il rimedio a tutti i miei mali, e mi sentirei subito libera da essi se smettessi di amarvi. Ma che rimedio!, no; preferisco soffrire piuttosto che dimenticarvi. Ahimè! Forse questo dipende da me? Non posso rimproverarmi di aver desiderato un solo istante di non amarvi, e in fondo siete più degno di compassione di me, e vale più soffrire tutto ciò che io soffro che godere dei languidi piaceri che vi procurano le vostre amate di Francia». La prima lettera termina: «Addio; amatemi sempre e fatemi soffrire mali ancora maggiori». E due secoli più tardi, la signorina de Lespinasse: «Vi amo come bisogna amare: con disperazione».

Spinoza non guardò bene: amare non è gioia. Chi ama la patria, forse muore per essa, e il martire soccombe per amore. Viceversa, ci sono odi che godono di se stessi, che si inebriano giocondamente del male sopraggiunto all’odiato.

Poiché queste illustri definizioni non ci soddisfano, meglio vale che tentiamo direttamente di descrivere l’atto amoroso, classificandolo, come fa l’entomologo con un insetto catturato nel folto. Spero che i lettori amino o abbiano amato qualcosa o qualcuno, e possano ora fermare il loro sentimento per le ali traslucide e mantenerlo fisso davanti allo sguardo interiore. Io andrò enumerando i caratteri più generali, più astratti di quell’ape tremante che sa di miele e di puntura. I lettori giudicheranno se le mie formule si adattano o no a ciò che vedono dentro di sé.

En el modo de comenzar se parece, ciertamente, el amor al deseo, porque su objeto —cosa o persona— lo excita. El alma se siente irritada, delicadamente herida en un punto por una estimulación que del objeto llega hasta ella. Tal estímulo tiene, pues, una dirección centrípeta: del objeto viene a nosotros. Pero el acto amoroso no comienza sino después de esa excitación; mejor, incitación. Por el poro que ha abierto la flecha incitante del objeto brota el amor y se dirige activamente a éste: camina, pues, en sentido inverso a la incitación y a todo deseo. Va del amante a lo amado —de mí al otro— en dirección centrífuga. Este carácter de hallarse psíquicamente en movimiento, en ruta hacia un objeto; el estar de continuo marchando íntimamente de nuestro ser al del prójimo es esencial al amor y al odio. Ya veremos en qué se diferencian ambos. No se trata, sin embargo, de que nos movamos físicamente hacia lo amado, que procuremos la aproximación y convivencia externa. Todos estos actos exteriores nacen, ciertamente, del amor como efectos de él, pero no nos interesan para su definición, y debemos eliminarlos por completo del ensayo que ahora hacemos. Todas mis palabras han de referirse al acto amoroso en su intimidad psíquica como proceso en el alma.

No se puede ir al Dios que se ama con las piernas del cuerpo, y, no obstante, amarle es estar yendo hacia Él. En el amar abandonamos la quietud y asiento dentro de nosotros, y emigramos virtualmente hacia el objeto. Y ese constante estar emigrando es estar amando.

Porque —se habrá reparado— el acto de pensar y el de voluntad son instantáneos. Tardaremos más o menos en prepararlos, pero su ejecución no dura: acontece en un abrir y cerrar de ojos; son actos puntuales. Entiendo una frase, si la entiendo, de un golpe y en un instante. En cambio, el amor se prolonga en el tiempo; no se ama en serie de instantes súbitos, de puntos que se encienden y apagan como la chispa de la magneto, sino que se está amando lo amado con continuidad. Esto determina una nueva nota del sentimiento que analizamos: el amor es una fluencia, un chorro de materia anímica, un flúido que mana con continuidad como de una fuente. Podíamos decir, buscando expresiones metafóricas que destaquen en la intuición y denominen el carácter a que me refiero ahora, podíamos decir que el amor no es un disparo, sino una emanación continuada, una irradiación psíquica que del amante va a lo amado. No es un golpe único, sino una corriente.

Pfänder ha insistido con gran sutileza en este aspecto flúido y constante del amor y del odio.

Tres facciones o rasgos hemos apuntado ya, las tres comunes a amor y odio: son centrífugos, son un ir virtual hacia el objeto y son continuos o flúidos.

Pero ahora podemos localizar la radical diferencia entre amor y odio.

Ambos poseen la misma dirección, puesto que son centrífugos, y en ellos la persona va hacia el objeto; pero dentro de esa única dirección llevan distinto sentido, opuesta intención. En el odio se va hacia el objeto, pero se va contra él; su sentido es negativo. En el amor se va también hacia el objeto, pero se va en su pro.

Otra advertencia que nos sale al paso, como característica común de estos dos sentimientos y superior a sus diferencias, es la siguiente: El pensar y el querer carecen de lo que podemos llamar temperatura psíquica. El amor y el odio, en cambio, comparados con el pensamiento que piensa un teorema de la matemática, tienen calor, son cálidos y además su fuego goza de las más matizadas gradaciones. Todo amor atraviesa etapas de diversa temperatura, y sutilmente el lenguaje usual habla de amores que se enfrían y el enamorado se queja de la tibieza o de la frialdad de la amada. Este capítulo de la temperatura sentimental nos llevaría episódicamente a entretenidos parajes de observación psicológica. En él aparecerían aspectos de la historia universal, hasta ahora, según creo, ignorados de la moral y del arte. Hablaríamos de la diversa temperatura de las grandes naciones históricas —el frío de Grecia y de China, del siglo XVIII; el ardor medieval de la Europa romántica, etcétera—; hablaríamos de la influencia en las relaciones humanas de la diversa temperatura entre las almas —dos seres que se encuentran, lo primero que perciben uno de otro es su grado de calorías sentimentales—; en fin, de la cualidad que en los estilos artísticos, especialmente literarios, merece llamarse temperatura. Pero sería imposible rozar siquiera el amplio asunto.

Qué sea esa temperatura del amor y del odio se entiende mejor si lo miramos desde el objeto. ¿Qué hace el amor en torno a éste? Hállese cerca o lejos, sea la mujer o el hijo, el arte o la ciencia, la patria o Dios, el amor se afana en torno a lo amado. El deseo goza de lo deseado, recibe de él complacencia, pero no ofrenda; no regala, no pone nada por sí. El amor y el odio actúan constantemente; aquél envuelve al objeto en una atmósfera favorable, y es, de cerca o de lejos, caricia, halago, corroboración, mimo, en suma. El odio lo envuelve con no menor fuego, en una atmósfera desfavorable; lo maleficia, lo agosta como un siroco tórrido, lo destruye virtualmente, lo corroe. No es necesario —repito— que esto acaezca en realidad: yo aludo ahora a la intención que en el odio va, a ese hacer irreal que constituye el sentimiento mismo. Diremos, pues, que el amor fluye en una cálida corroboración de lo amado y el odio segrega una virulencia corrosiva.

Esta opuesta intención de ambos afectos se manifiesta en otra forma: en el amor nos sentimos unidos al objeto. ¿Qué significa esta unión? No es, por sí misma, unión física, ni siquiera proximidad. Tal vez nuestro amigo —no se olvide la amistad cuando se habla genéricamente de amor— vive lejos y no sabemos de él. Sin embargo, estamos con él en una convivencia simbólica —nuestra alma parece dilatarse fabulosamente, salvar las distancias, y esté donde esté, nos sentimos en una esencial reunión con él. Es algo de lo que se expresa cuando, en una hora difícil, decimos a alguien: Cuente usted conmigo —yo estoy a su lado—; es decir, su causa es la mía, yo me adhiero a su persona y ser.

En cambio, el odio —a pesar de ir constantemente hacia lo odiado— nos separa del objeto, en el mismo sentido simbólico; nos mantiene a una radical distancia, abre un abismo. Amor es corazón junto a corazón: concordia; odio es discordia, disensión metafísica, absoluto no estar con lo odiado.

Ahora entrevemos en qué consiste esa actividad, esa como laboriosidad que, desde luego, sospechábamos en el odio y el amor, a diferencia de las emociones pasivas, como alegría o tristeza. No en balde se dice: estar alegre o estar triste. Son, en efecto, estados, y no afanes, actuaciones. El triste, en cuanto triste, no hace nada, ni el alegre en cuanto alegre. El amor, en cambio, llega en esa dilatación virtual hasta el objeto y se ocupa en una faena invisible, pero divina, y la más actuosa que cabe: se ocupa en afirmar su objeto. Piensen ustedes lo que es amar el arte o la patria: es como no dudar un momento del derecho que tienen a existir; es como reconocer y confirmar en cada instante que son dignos de existir. Y no a la manera de un juez que sentencia fríamente reconociendo un derecho, sino de guisa que la sentencia favorable es, a la vez, intervención, ejecución. Opuestamente, es odiar estar como matando virtualmente lo que odiamos, aniquilándolo en la intención, suprimiendo su derecho a alentar. Odiar a alguien es sentir irritación por su simple existencia. Sólo satisfaría su radical desaparición.

No creo que haya síntoma más sustancial de amor y odio que este último. Amar una cosa es estar empeñado en que exista; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquel objeto esté ausente. Pero nótese que esto viene a ser lo mismo que estarle continuamente dando vida en lo que de nosotros depende, intencionalmente. Amar es vivificación perenne, creación y conservación intencional de lo amado. Odiar es anulación y asesinato virtual —pero no un asesinato que se ejecuta una vez, sino que estar odiando es estar sin descanso asesinando, borrando de la existencia al ser que odiamos.

Si a esta altura resumimos los atributos que del amor se nos han revelado, diremos que es un acto centrífugo del alma que va hacia el objeto en flujo constante y lo envuelve en cálida corroboración, uniéndonos a él y afirmando ejecutivamente su ser (Pfänder).

Julio de 1926

In its way of beginning, love certainly resembles desire, because its object —thing or person— excites it. The soul feels irritated, delicately wounded in one point by a stimulation that from the object reaches it. Such a stimulus has, then, a centripetal direction: from the object it comes to us. But the amorous act does not begin except after that excitation; rather, incitement. Through the pore that the inciting arrow of the object has opened, love gushes forth and actively directs itself to it: it walks, then, in the opposite direction to the incitement and to all desire. It goes from the lover to the beloved —from me to the other— in a centrifugal direction. This character of finding oneself psychically in movement, en route toward an object; the being of continuously marching intimately from our being to that of one’s neighbor, is essential to love and to hatred. We shall see later in what they differ. It is not a matter, however, of moving physically toward the beloved, of procuring approach and external coexistence. All these exterior acts are born, certainly, of love as its effects, but they do not interest us for its definition, and we must eliminate them completely from the essay we now make. All my words must refer to the amorous act in its psychic intimacy as a process in the soul.

One cannot go to the God one loves with the legs of the body, and, nevertheless, to love him is to be going toward Him. In loving we abandon the stillness and seat within ourselves, and we virtually emigrate toward the object. And that constant state of emigrating is being in love.

Because —as will have been noticed— the act of thinking and that of willing are instantaneous. We may take more or less time to prepare them, but their execution does not last: it happens in the twinkling of an eye; they are punctual acts. I understand a sentence, if I understand it, at one stroke and in an instant. Love, on the contrary, prolongs itself in time; one does not love in a series of sudden instants, of points that light up and go out like the spark of a magneto, but one is loving the beloved with continuity. This determines a new note of the feeling we are analyzing: love is a flowing, a jet of soul-matter, a fluid that wells up with continuity as from a fountain. We could say, seeking metaphorical expressions that stand out in intuition and give a name to the character to which I now refer, we could say that love is not a shot, but a continued emanation, a psychic irradiation that goes from the lover to the beloved. It is not a single blow, but a current.

Pfänder has insisted with great subtlety on this fluid and constant aspect of love and hatred.

Three facets or features we have already noted, all three common to love and hatred: they are centrifugal, they are a virtual going toward the object, and they are continuous or fluid.

But now we can locate the radical difference between love and hatred.

Both possess the same direction, since they are centrifugal, and in them the person goes toward the object; but within that single direction they carry a different sense, an opposed intention. In hatred one goes toward the object, but one goes against it; its sense is negative. In love one also goes toward the object, but one goes in its favor.

Another warning that meets us on the way, as a common characteristic of these two feelings and superior to their differences, is the following: thinking and willing lack what we can call psychic temperature. Love and hatred, on the contrary, compared with the thought that thinks a theorem of mathematics, have heat, are warm, and moreover their fire enjoys the most shaded gradations. Every love passes through stages of diverse temperature, and subtly the usual language speaks of loves that cool, and the lover complains of the lukewarmness or coldness of the beloved. This chapter of sentimental temperature would lead us episodically to entertaining regions of psychological observation. In it would appear aspects of universal history, until now, as I believe, ignored by morality and by art. We would speak of the diverse temperature of the great historical nations —the cold of Greece and of China, of the eighteenth century; the medieval ardor of romantic Europe, etc.—; we would speak of the influence on human relations of the diverse temperature between souls —two beings who meet, the first thing they perceive of one another is their degree of sentimental calories—; finally, of the quality that in artistic styles, especially literary ones, deserves to be called temperature. But it would be impossible even to touch the broad subject.

What that temperature of love and hatred is, is better understood if we look at it from the object. What does love do around it? Whether near or far, whether the woman or the son, art or science, the fatherland or God, love toils around the beloved. Desire enjoys the desired, receives complacence from it, but no offering; it does not give, it puts nothing of its own. Love and hatred act constantly; the former envelops the object in a favorable atmosphere, and is, from near or from far, caress, flattery, corroboration, coddling, in short. Hatred envelops it with no less fire, in an unfavorable atmosphere; it casts a spell on it, blights it like a torrid sirocco, destroys it virtually, corrodes it. It is not necessary —I repeat— that this happen in reality: I now allude to the intention that goes in hatred, to that unreal doing which constitutes the feeling itself. We shall say, then, that love flows in a warm corroboration of the beloved and hatred secretes a corrosive virulence.

This opposed intention of both affections manifests itself in another form: in love we feel united to the object. What does this union mean? It is not, in itself, physical union, nor even proximity. Perhaps our friend —let friendship not be forgotten when one speaks generically of love— lives far away and we know nothing of him. Nevertheless, we are with him in a symbolic coexistence —our soul seems to dilate fabulously, to overcome distances, and wherever he may be, we feel ourselves in an essential reunion with him. It is something of what is expressed when, in a difficult hour, we say to someone: Count on me —I am at your side—; that is, his cause is mine, I adhere to his person and being.

Hatred, on the contrary —despite going constantly toward the hated— separates us from the object, in the same symbolic sense; it keeps us at a radical distance, opens an abyss. Love is heart next to heart: concord; hatred is discord, metaphysical dissension, absolute not-being with the hated.

Now we glimpse in what that activity consists, that kind of industriousness that, without doubt, we suspected in hatred and love, unlike the passive emotions, such as joy or sadness. Not in vain is it said: to be joyful or to be sad. They are, indeed, states, and not strivings, acts. The sad man, as sad, does nothing, nor the joyful as joyful. Love, on the contrary, arrives in that virtual dilation at the object and is occupied in an invisible but divine task, the most active that can be conceived: it is occupied in affirming its object. Think what it is to love art or the fatherland: it is like not doubting for a moment their right to exist; it is like recognizing and confirming at every instant that they are worthy of existing. And not in the manner of a judge who coldly pronounces sentence recognizing a right, but in such a way that the favorable sentence is, at the same time, intervention, execution. Oppositely, to hate is to be as if virtually killing what we hate, annihilating it in intention, suppressing its right to breathe. To hate someone is to feel irritation at his mere existence. Only his radical disappearance would satisfy.

I do not believe there is a more substantial symptom of love and hatred than this last one. To love a thing is to be engaged that it exist; not to admit, in what depends on one, the possibility of a universe in which that object is absent. But let it be noted that this comes to be the same as continually giving it life, in what depends on us, intentionally. To love is perennial vivification, intentional creation and conservation of the beloved. To hate is annulment and virtual murder —but not a murder that is executed once, rather to be hating is to be without rest murdering, erasing from existence the being we hate.

If at this point we summarize the attributes that of love have been revealed to us, we shall say that it is a centrifugal act of the soul that goes toward the object in constant flow and envelops it in warm corroboration, uniting us to it and executively affirming its being (Pfänder).

July 1926

Nel modo di cominciare, l’amore assomiglia, certamente, al desiderio, perché il suo oggetto —cosa o persona— lo eccita. L’anima si sente irritata, delicatamente ferita in un punto da una stimolazione che dall’oggetto giunge fino a lei. Tale stimolo ha, dunque, una direzione centripeta: dall’oggetto viene a noi. Ma l’atto amoroso non comincia se non dopo quella eccitazione; meglio, incitazione. Per il poro che ha aperto la freccia incitante dell’oggetto sgorga l’amore e si dirige attivamente ad esso: cammina, dunque, in senso inverso all’incitazione e a ogni desiderio. Va dall’amante all’amato —da me all’altro— in direzione centrifuga. Questo carattere di trovarsi psichicamente in movimento, in rotta verso un oggetto; l’essere di continuo in marcia intimamente dal nostro essere a quello del prossimo è essenziale all’amore e all’odio. Già vedremo in che cosa i due si differenziano. Non si tratta, però, di muoverci fisicamente verso l’amato, di procurare l’avvicinamento e la convivenza esterna. Tutti questi atti esteriori nascono, certo, dall’amore come suoi effetti, ma non ci interessano per la sua definizione, e dobbiamo eliminarli del tutto dal saggio che ora facciamo. Tutte le mie parole devono riferirsi all’atto amoroso nella sua intimità psichica come processo nell’anima.

Non si può andare al Dio che si ama con le gambe del corpo, e, nondimeno, amarlo è essere in cammino verso di Lui. Nell’amare abbandoniamo la quiete e la sede dentro di noi, ed emigriamo virtualmente verso l’oggetto. E quel costante stare emigrando è stare amando.

Perché —si sarà notato— l’atto di pensare e quello di volere sono istantanei. Ci metteremo più o meno a prepararli, ma la loro esecuzione non dura: avviene in un batter d’occhio; sono atti puntuali. Comprendo una frase, se la comprendo, d’un colpo e in un istante. Invece, l’amore si prolunga nel tempo; non si ama in una serie di istanti improvvisi, di punti che si accendono e si spengono come la scintilla della magnete, ma si sta amando l’amato con continuità. Questo determina una nuova nota del sentimento che analizziamo: l’amore è una fluenza, un getto di materia animica, un fluido che zampilla con continuità come da una fonte. Potremmo dire, cercando espressioni metaforiche che risaltino nell’intuizione e denomino il carattere a cui ora mi riferisco, potremmo dire che l’amore non è uno sparo, ma un’emanazione continuata, un’irradiazione psichica che dall’amante va all’amato. Non è un colpo unico, ma una corrente.

Pfänder ha insistito con grande sottigliezza su questo aspetto fluido e costante dell’amore e dell’odio.

Tre facce o tratti abbiamo già segnalato, tutti e tre comuni ad amore e odio: sono centrifughi, sono un andare virtuale verso l’oggetto e sono continui o fluidi.

Ma ora possiamo localizzare la differenza radicale tra amore e odio.

Entrambi possiedono la stessa direzione, poiché sono centrifughi, e in essi la persona va verso l’oggetto; ma entro quell’unica direzione portano senso diverso, opposta intenzione. Nell’odio si va verso l’oggetto, ma si va contro di esso; il suo senso è negativo. Nell’amore si va anche verso l’oggetto, ma si va in suo favore.

Un altro avvertimento che ci viene incontro, come caratteristica comune di questi due sentimenti e superiore alle loro differenze, è il seguente: il pensare e il volere mancano di ciò che possiamo chiamare temperatura psichica. L’amore e l’odio, invece, paragonati al pensiero che pensa un teorema di matematica, hanno calore, sono caldi e inoltre il loro fuoco gode delle più sfumate gradazioni. Ogni amore attraversa tappe di diversa temperatura, e sottilmente il linguaggio usuale parla di amori che si raffreddano e l’innamorato si lamenta della tiepidezza o della freddezza dell’amata. Questo capitolo della temperatura sentimentale ci condurrebbe episodicamente a luoghi divertenti di osservazione psicologica. In esso apparirebbero aspetti della storia universale, finora, credo, ignorati dalla morale e dall’arte. Parleremmo della diversa temperatura delle grandi nazioni storiche —il freddo della Grecia e della Cina, del secolo XVIII; l’ardore medievale dell’Europa romantica, eccetera—; parleremmo dell’influenza sulle relazioni umane della diversa temperatura tra le anime —due esseri che s’incontrano, la prima cosa che percepiscono l’uno dell’altro è il loro grado di calorie sentimentali—; infine, della qualità che negli stili artistici, specialmente letterari, merita di chiamarsi temperatura. Ma sarebbe impossibile sfiorare soltanto l’ampia questione.

Che cosa sia quella temperatura dell’amore e dell’odio si capisce meglio se la guardiamo dall’oggetto. Che cosa fa l’amore intorno ad esso? Sia vicino o lontano, sia la donna o il figlio, l’arte o la scienza, la patria o Dio, l’amore si affanna intorno all’amato. Il desiderio gode del desiderato, riceve da esso compiacimento, ma non offerta; non regala, non mette nulla di proprio. L’amore e l’odio agiscono costantemente; quello avvolge l’oggetto in un’atmosfera favorevole, ed è, da vicino o da lontano, carezza, lusinga, corroborazione, moina, insomma. L’odio lo avvolge con fuoco non minore, in un’atmosfera sfavorevole; lo maleficia, lo inaridisce come uno scirocco torrido, lo distrugge virtualmente, lo corrode. Non è necessario —ripeto— che questo accada in realtà: io alludo ora all’intenzione che nell’odio va, a quel fare irreale che costituisce il sentimento stesso. Diremo, dunque, che l’amore fluisce in una calda corroborazione dell’amato e l’odio secerne una virulenza corrosiva.

Questa opposta intenzione di entrambi gli affetti si manifesta in un’altra forma: nell’amore ci sentiamo uniti all’oggetto. Che cosa significa questa unione? Non è, di per sé, unione fisica, né nemmeno vicinanza. Forse il nostro amico —non si dimentichi l’amicizia quando si parla genericamente d’amore— vive lontano e non sappiamo nulla di lui. Eppure, siamo con lui in una convivenza simbolica —la nostra anima sembra dilatarsi favolosamente, superare le distanze, e dovunque egli sia, ci sentiamo in un’essenziale riunione con lui. È qualcosa di ciò che si esprime quando, in un’ora difficile, diciamo a qualcuno: Conti pure su di me —io sono al suo fianco—; cioè, la sua causa è la mia, io aderisco alla sua persona e al suo essere.

Invece, l’odio —a dispetto di andare costantemente verso l’odiato— ci separa dall’oggetto, nello stesso senso simbolico; ci mantiene a una distanza radicale, apre un abisso. Amore è cuore accanto a cuore: concordia; odio è discordia, dissensione metafisica, assoluto non-stare con l’odiato.

Ora intravediamo in che cosa consista quell’attività, quella come laboriosità che, senza dubbio, sospettavamo nell’odio e nell’amore, a differenza delle emozioni passive, come la gioia o la tristezza. Non invano si dice: essere allegri o essere tristi. Sono, infatti, stati, e non affanni, azioni. Il triste, in quanto triste, non fa nulla, né l’allegro in quanto allegro. L’amore, invece, giunge in quella dilatazione virtuale fino all’oggetto e si occupa in una faccenda invisibile, ma divina, e la più attuosa che ci sia: si occupa ad affermare il suo oggetto. Pensate che cosa sia amare l’arte o la patria: è come non dubitare un solo momento del diritto che hanno a esistere; è come riconoscere e confermare in ogni istante che sono degni di esistere. E non alla maniera di un giudice che sentenzia freddamente riconoscendo un diritto, ma in modo che la sentenza favorevole sia, insieme, intervento, esecuzione. Oppostamente, odiare è stare come uccidendo virtualmente ciò che odiamo, annientandolo nell’intenzione, sopprimendone il diritto a respirare. Odiare qualcuno è sentire irritazione per la sua semplice esistenza. Solo la sua radicale scomparsa soddisferebbe.

Non credo che ci sia sintomo più sostanziale d’amore e d’odio di quest’ultimo. Amare una cosa è essere impegnati a che esista; non ammettere, in ciò che dipende da noi, la possibilità di un universo in cui quell’oggetto sia assente. Ma si noti che questo viene a essere la stessa cosa che starle continuamente dando vita, in ciò che da noi dipende, intenzionalmente. Amare è vivificazione perenne, creazione e conservazione intenzionale dell’amato. Odiare è annullamento e assassinio virtuale —ma non un assassinio che si esegue una volta, bensì lo stare odiando è stare senza requie assassinando, cancellando dall’esistenza l’essere che odiamo.

Se a questo punto riassumiamo gli attributi che dell’amore ci si sono rivelati, diremo che è un atto centrifugo dell’anima che va verso l’oggetto in flusso costante e lo avvolge in calda corroborazione, unendoci ad esso e affermando esecutivamente il suo essere (Pfänder).

Luglio 1926