Abstract

A page of historical psychology on Egypt: the Egyptian soul is collective, not individual. Its general thesis, against received psychology, is that the soul’s periphery — the social self — forms first, and that the group thinks and feels in each subject; Egyptian painting and the tale of Sinuhe confirm the absence of individuation.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Ese «oficialismo» de la existencia íntegra sería imposible si cada persona singular tuviese, como suele decirse, su alma en su almario; si cada cual sintiese su individualidad y la afirmase. Pero el alma egipcia es colectiva y no individual. Quiero decir con esto: primero, que el alma de cada egipcio era prácticamente idéntica a la de otro cualquiera, que estaba formada por un repertorio igual de pensamientos y reacciones; no sentía el choque con el prójimo, ni percibía esa diferencia que, como Stendhal dijo, engendra odio; segundo, no sólo eran idénticas las almas, sino que su contenido estaba desproporcionadamente constituido por contenidos sociales.

Suele con error creerse que la psique humana se forma partiendo de un núcleo central en lo más íntimo de cada persona que luego va engrosando el volumen del alma hasta tocar la del prójimo y formar así la espiritualidad social. Tal suposición impide la inteligencia de la psicología primitiva. La verdad es, más bien, lo inverso. Lo que primero se forma de cada alma es su periferia, la película que da a los demás, la persona o yo social. Se cree lo que creen los demás; se sienten emociones multitudinarias. Es el grupo humano quien, en rigor, piensa y siente en cada sujeto.

Así, en Egipto, el individuo desaparece bajo la hopa del funcionario, del labriego, del sacerdote. El faraón mismo no es una personalidad intransferible, sino un mero soporte de su dignidad pública. Por tal razón, no se halla reparo en copiar tras el nombre de un rey la lista de hazañas a que otro dio cima. Aquí y allá asoma tal vez un pujo de individualidad. Un rey hace un gesto propio, un pintor insinúa una novedad; mas, al punto, la singularidad se generaliza y hace convencional. Diríase que la vida de cada hombre puede, sin resto, verterse en otro hombre sin que se note la suplantación.

El gigantesco legado de pintura y plástica que Egipto nos dejó confirma superlativamente esta falta de individuación en el alma egipcia. Cuando han querido, el pincel y el buril del artista nilota han creado portentosos retratos. No cabe, pues, atribuir a defecto de técnica la escasez de ellos. El mismo personaje de quien conservamos un retrato se hace representar cien veces en forma convencional y desindividualizada. Lo que interesa a él y al artista es su persona típica —su rango, su oficio—, no su perfil singular.

Este alma primitiva sentía la individuación como un desgarramiento doloroso del bloque social en que vive engastada. Así, la nota más moderna —más individualizada— de toda la cultura egipcia es la narración de Sinué. Este aventurero es acaso el único estremecimiento de plena individualidad que registran tres mil años de historia. Y —coincidencia curiosa— es un anormal, un fugitivo, un evadido, un desertor. Huye de Egipto, gana honra y provecho en tierras extrañas —una vaga resonancia del Cid— y vuelve a morir a la tierra madre. Al retorno cuenta sus vicisitudes. Él mismo no se explica cómo le ocurrió huir, desterrarse. Aún siente la titilación del dolor que esta secesión le produjo. «La fuga realizada por tu servidor —dice contrito al rey— no fue intencionada; no estaba en mi corazón y no la premedité. No sé lo que me arrancó de donde estaba. Fue como un sueño, como si un hombre del Delta se viese de pronto en Elefantina, o un hombre de los pantanos en Nubia». Sinué atribuye, pues, su acción individualista a un rapto de amencia.

Nosotros no tenemos una noción individual de la oveja; así, el egipcio no la tenía del hombre. Ni de sí mismo, ni de su prójimo.