Abstract

An exposition, heavily quoted, of Scheler’s analysis of war: war is neither struggle for existence nor mere violence but a contest of power and will between the «collective spiritual persons» that are states; battle is only the index of power. Hence war cannot be replaced by juridical litigation, since it creates unforeseeable historical realities.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En el análisis del fenómeno guerrero se han cometido, según Scheler, graves confusiones. Se ha querido ver en él una manifestación más de la lucha por la existencia que, según la biología clásica, regula los procesos de la vida animal. «Como todas las grandes cosas, llegan, en efecto, las raíces de esos fenómenos que llamamos guerra a las profundidades de la vida orgánica; pero, como todas las graves cosas, es la guerra algo específicamente humano que no puede concebirse como evolución rectilínea de los fenómenos propios a la vida infrahumana».

«La guerra no es mera expansión de la violencia física, a la cual abandona su puesto la espiritualidad racional cuando se siente impotente, sino que es una controversia de poderío y voluntad entre las personas espirituales colectivas que llamamos Estados». «La finalidad última en ella es máximo dominio espiritual sobre la Tierra». «También poderío es espíritu. Lo es, a distinción de la violencia, por naturaleza muerta, torpe y física». Poderío «es una idea que tiene su base en el sentimiento de la propia voluntad y eficacia». Cierto que es esencial a la guerra el empleo de medios físicos violentos. Pero dentro de la idea guerrera representan éstos sólo el papel de exteriorizadores del poderío y a la vez su comprobación. Así se explica que jamás se han puesto en juego durante una guerra todas las energías de violencia que los beligerantes poseían. Ha bastado con aquel mínimo de ellas que, al enfrontarse, indicaban claramente el estado de equilibrio o superioridad entre las potencias respectivas. «De esta suerte la batalla viene a ser sólo la muestra del poder, su índice».

«Por consiguiente, el ejercicio de la violencia con sus resultados de matanzas, etcétera, que es donde se detiene preferentemente la interpretación naturalista de la guerra, no forma el núcleo de ésta: es sólo su manifestación, medida y señal de las energías de voluntad que entran en conflicto».

Basta esto, según Scheler, para distinguir el fenómeno guerrero de toda lucha por la existencia. «En la guerra se lucha por algo superior a la existencia: es lucha por el poderío y por lo que de él depende y con él coincide —la libertad política». Por esto, no son guerra aquellas labores de exterminio llevadas a cabo contra los indios y los negros. Éstas sí son, en efecto, caza de una especie a otra. «La verdadera guerra no busca el aniquilamiento de agrupaciones humanas naturales, sino un nuevo reparto del poderío espiritual colectivo sobre esas unidades naturales».

Tendrá, pues, la guerra un origen vital, pero ciertamente opuesto al que se supone regir la existencia animal. No es el hambre, sino, al contrario, la abundancia, la sobra de energías, quien suscita la guerra.

En la perspectiva histórica aparece el acto bélico como el verdaderamente organizador. Él es quien lleva a unidad de pueblo las hordas y las compagina en una estructura políticamente estable. De modo que los períodos de paz se hacen posibles merced a los períodos de guerra. La guerra, llega a decir Scheler, es por excelencia el principio dinámico de la historia, mientras la obra pacífica consiste en una actividad de adaptación al sistema dinámico de poderes determinado por la guerra precedente. Es, pues, la paz sólo el principio estático de la historia, mientras que en toda guerra se verifica un retorno a la originalidad creadora de donde nació el Estado.

De aquí se desprende la imposibilidad racional de sustituir la guerra por litigios jurídicos que se diriman según las normas del derecho objetivo. Pues siendo la guerra conflicto de poderes, el cual podrá dispararse, tal vez, con motivo de un conflicto de intereses, pero no puede nunca identificarse con éste, trasciende del orden jurídico, para el que sólo existen contrastes de intereses estáticamente actuales, rigorosamente circunscritos y formulables.

Es más bien la guerra todo lo contrario de un pleito. En ella se manifiestan, se crean nuevas realidades históricas, insusceptibles de previsión. Al rebus sic stantibus, suposición de lo jurídico, se opone la guerra creando nuevos derechos subjetivos[62]. «Todas las guerras de todos los tiempos se han hecho por el futuro, no en cuanto éste es calculable y reductible a leyes, sino precisamente en cuanto puede ser informado por la acción libre. En la guerra se crea aquella realidad que, para tener sentido, necesitan suponer todos los contratos internacionales».

El error original del pacifismo consiste en partir de una concepción estática, y, por tanto, falsa de la historia. Las dos formas que aquél ha tomado —pacifismo jurídico o humanitarismo y pacifismo económico— coinciden en su ceguera frente a la realidad histórica, que se nos presenta como un devenir, como una innovación perpetua donde los sujetos de derecho —en este caso los Estados— aumentan o disminuyen en potencialidad espiritual y consecuentemente en capacidad jurídica.

El pacifismo jurídico, en su ideal de «humanidad», perturba un poco al autor. Porque si bien es oriundo del pensamiento francés en el siglo XVIII, se da el caso de que los filósofos más representativos del genio alemán lo han cultivado. El «proyecto de paz eterna» no es un azar en la obra de Kant, y Kant no es, ciertamente, un episodio que pueda fácilmente desglosarse de la historia alemana. Scheler pasa raudo sobre este punto y se contenta con decir que Kant y Fichte y Schelling y Hegel se han equivocado[63].

Yo no puedo reprimir a este propósito la advertencia de la falta de imparcialidad con que Scheler hace, según veremos, a Inglaterra solidaria de las teorías de Hume o Spencer, y viceversa, mientras separa o identifica, conforme le aprovecha, Alemania y sus pensadores clásicos. Aquí tienen una curiosísima prueba indirecta de la dualidad propia de la vida germánica, los que ponen ésta en duda. Dado que los tales sean capaces de atender a pruebas. Ello es que para dar espacio a su apología de la guerra, Scheler se ve obligado primero a desalojarlo de la meditación secular alemana.

Y conste que no soy yo tampoco partidario del pacifismo humanista. En otro lugar he dicho que la paz es en mí un deseo, pero que todas las teorías de la paz me parecen falsas, abstraídas y utópicas. Todas resbalan superficialmente sobre el hecho profundo de la guerra y hacen como el predicador que imagina un maniqueo irrisorio para darse el gusto de refutar al maniqueo. No seré yo quien censure en Scheler la escasa estimación del pacifismo del siglo XVIII, para el cual la paz dependía del triunfo de los republicanos.

Mayor interés ofrece la crítica a que el autor somete la otra forma del pacifismo germinada en el temperamento inglés. Desde tiempos de Cromwell los ingleses han presentido en el ejército permanente un peligro para la libertad de los ciudadanos. En virtud de ello lo sitúan fuera del Estado, como un instrumento temporal y cuasi privado de quien sólo se echa mano cuando es necesario obtener alguna ventaja material determinada. Mientras la flota aparenta limitarse a asegurar la tranquilidad de las islas, ve el pueblo inglés que su ejército no parte si no es para facilitar empresas comerciales o indirectamente prepararlas desde los campos donde la Europa continental pelea. No se ha sentido, pues, el inglés como «guerrero», sino como «pirata». Por esto prefiere no hacerse oficialmente solidario del soldado. La experiencia de su historia particular, en la cual las guerras exteriores fueron siempre guerras de intereses, le ha movido a pensar que tal es la esencia de la guerra. Y esto le ha hecho esperar (Spencer) que el progreso de la solidaridad universal de los intereses (época industrial) acabaría con la guerra (época guerrera) de una manera automática.

Esta experiencia, recogida a lo largo de su pasado, vino a ser reforzada, según Scheler, por corrientes ideológicas específicamente inglesas: las doctrinas filosóficas, económicas y políticas del «liberalismo» inglés, y el utilitarismo tradicional desde Bacon, a todo lo cual se han unido recientemente los principios biológicos que, proclamados por Malthus y Darwin, fueron traspuestos por Spencer a la moral y a la sociología.

El «liberalismo» —Scheler es quien lo pone entre comillas como entre dos parejas de ulanos— ha producido tres ideas, en su opinión falsas: la doctrina contractual del Estado, la doctrina de la «armonía natural de los intereses», aun en el ejercicio egoísta de ellos, y la negación (mecanicista) de agentes centrales que gobiernan e intervienen en el juego de fuerzas de cualesquiera unidades elementales (mundo, alma, Estado). Así desconoce la regulación divina sobre las partes del orbe, de la persona sobre la muchedumbre de representaciones e instintos, del Estado sobre los procesos económicos: deísmo, psicología asociacionista, libre cambio y manchesterismo.

Todo esto en conjunto y por igual le parece a Scheler resueltamente erróneo y funesto. Mas ¿con qué título ni pretexto aproxima y hasta mezcla la concepción atomística del alma que enseñó el viejo asociacionismo inglés con la idea del Estado contrato? El asociacionismo[64] es ciertamente insostenible en la actual psicología; pero fue en su tiempo una profunda idea, y hoy, demostrada su insuficiencia, no han tardado más los sabios ingleses en abandonarlo que los alemanes. Pero de todas suertes, tiene esa teoría un sentido completamente opuesto al que inspiró la concepción contractual del Estado. En ésta se trata precisamente de defender la inviolabilidad de la persona individual, y supone, por tanto, la más vigorosa afirmación de ésta que se ha hecho en la historia. Enoja a Scheler que no se reconozca en el Estado una persona real, tan real como el individuo. ¿No debe enojar más que Scheler rebaje, dentro de la enorme persona Estado, la persona individual al papel de una imagen, de una sensación, de un instinto?

En este punto está, a mi juicio, la grave desviación que padece el pensamiento del autor. Su afán de recabar personalidad existente, metafísica, para el Estado le hace olvidar que, aun dado que fuese aquélla probada, siempre habría que referirla y supeditarla —en el orden real como en el moral— a las originarias personas individuales. Pero luego insistiremos sobre el asunto.

Se da en Inglaterra —dice Scheler— la más extraña contradicción. Su interpretación utilista de la historia la lleva a considerar lo económico como la sustancia de la vida humana. Ahora bien: lo económico es indiferente aquí o allá: excluye o, por lo menos, no justifica la existencia de naciones; es internacional o anacional. Y, sin embargo, es Inglaterra la nación más encerrada dentro de sí misma, más tercamente afirmadora de sus peculiaridades. La contradicción es insoluble si no se admite en el espíritu inglés una especial capacidad para hacer comportables las tendencias más antagónicas cuando ambas a la par convienen al fomento de Inglaterra. Scheler cree que esa capacidad extraña actúa efectivamente en el alma inglesa; su nombre es cant. Una buena parte de su libro está dedicada al estudio de esta perversión psicológica.

El ideal histórico de Inglaterra es «el equilibrio europeo». La imagen de la balanza, de un instrumento comercial, transformada en símbolo de la historia, produce a Scheler la mayor irritación. ¡Como si los pueblos no tuvieran sus destinos particulares y, en todo momento, no creciese uno de ellos sobre todos los demás arrastrando la ficción diplomática del equilibrio, rompiendo la balanza e instaurando nueva hegemonía![65]

La biología darwiniana ha favorecido esas ideas falsas sobre la historia imponiendo otras no menos falsas sobre la vida. Por fortuna han pasado los tiempos en que Darwin inspiraba la atmósfera de los laboratorios. La nueva biología, penetrando más adentro en los fenómenos vitales, ha llegado a opuestas intuiciones sobre el proceso de la evolución orgánica. Ya no aparece la vida como una lucha triste por no morir, como una mera reacción al medio, como una adaptación, sino al contrario: vivir es producción, creación de multiplicidad organizada, aumento, expansión, dominio. El equilibrio es la negación de la vida. El principio de conservación es secundario y adjetivo. El principio que late en el plasma es crecimiento y tendencia a imperio sobre el medio.

Scheler censura a los escritores alemanes que, como Bernhardi, han querido fundar la apología de la guerra en el principio darwiniano de la lucha por la existencia.

El Espectador ha de ocuparse con algún detalle del nuevo panorama que presenta la vida mirada desde las más recientes investigaciones biológicas. Creo, en efecto, que el darwinismo comienza a ceder su puesto a otros sistemas más complejos y fecundos. Pero a una u otra biología debe acompañar la mesura suficiente para no pretender convertirse en clave de todos los problemas. Con el darwinismo se ha hecho política, lógica, moral, estética y hasta religión. ¿No es doloroso ver a un pensador tan sutil como Scheler caer en análoga ligereza?

Porque, afianzado en su doctrina de que es el Estado una unidad vital de orden superior, aplica al desarrollo de éste la nueva biología[66] y nos invita a que nos sintamos agradecidos si un Estado más fuerte —y esto en su opinión quiere decir más digno— se apodera del nuestro. Esa labor de conquista en que el Estado se aumenta, asume y reorganiza otras colectividades, es para Scheler la función vital por excelencia del organismo político. Y llega a decir: «El Estado beligerante es el Estado en la suprema actualidad de su existencia».

Tal es la descripción que Scheler hace del fenómeno guerrero. Preferible hubiera sido que, al menos en esta parte de su obra, no hubiese mezclado con el análisis de la idea genérica de la guerra imprecisos, ligeros, inoportunos esquemas donde se pretende resumir la historia de los pueblos.

Pero aun así, todo el que guste de detenerse a meditar sobre este tema guerrero y no le sea urgente adoptar una solución apasionada hallará, creo yo, en las ideas del autor muchos rasgos certeros y profundos. Sin embargo, su definición de la guerra me parece en lo decisivo equivocada. En ella funda Scheler la valoración ética y metafísica de este terrible factor histórico. Y esa valoración pone de manifiesto, proyectadas en grande escala, las insuficiencias del análisis inicial. Al exponer, pues, aquéllas, se ofrece la mejor ocasión para algunos reparos.