Ortega y Gasset
Abstract
An exposition, heavily quoted, of Scheler’s analysis of war: war is neither struggle for existence nor mere violence but a contest of power and will between the «collective spiritual persons» that are states; battle is only the index of power. Hence war cannot be replaced by juridical litigation, since it creates unforeseeable historical realities.
Connections
Concetti: volontà, Stato, legge
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En el análisis del fenómeno guerrero se han cometido, según Scheler, graves confusiones. Se ha querido ver en él una manifestación más de la lucha por la existencia que, según la biología clásica, regula los procesos de la vida animal. «Como todas las grandes cosas, llegan, en efecto, las raíces de esos fenómenos que llamamos guerra a las profundidades de la vida orgánica; pero, como todas las graves cosas, es la guerra algo específicamente humano que no puede concebirse como evolución rectilínea de los fenómenos propios a la vida infrahumana».
«La guerra no es mera expansión de la violencia física, a la cual abandona su puesto la espiritualidad racional cuando se siente impotente, sino que es una controversia de poderío y voluntad entre las personas espirituales colectivas que llamamos Estados». «La finalidad última en ella es máximo dominio espiritual sobre la Tierra». «También poderío es espíritu. Lo es, a distinción de la violencia, por naturaleza muerta, torpe y física». Poderío «es una idea que tiene su base en el sentimiento de la propia voluntad y eficacia». Cierto que es esencial a la guerra el empleo de medios físicos violentos. Pero dentro de la idea guerrera representan éstos sólo el papel de exteriorizadores del poderío y a la vez su comprobación. Así se explica que jamás se han puesto en juego durante una guerra todas las energías de violencia que los beligerantes poseían. Ha bastado con aquel mínimo de ellas que, al enfrontarse, indicaban claramente el estado de equilibrio o superioridad entre las potencias respectivas. «De esta suerte la batalla viene a ser sólo la muestra del poder, su índice».
«Por consiguiente, el ejercicio de la violencia con sus resultados de matanzas, etcétera, que es donde se detiene preferentemente la interpretación naturalista de la guerra, no forma el núcleo de ésta: es sólo su manifestación, medida y señal de las energías de voluntad que entran en conflicto».
Basta esto, según Scheler, para distinguir el fenómeno guerrero de toda lucha por la existencia. «En la guerra se lucha por algo superior a la existencia: es lucha por el poderío y por lo que de él depende y con él coincide —la libertad política». Por esto, no son guerra aquellas labores de exterminio llevadas a cabo contra los indios y los negros. Éstas sí son, en efecto, caza de una especie a otra. «La verdadera guerra no busca el aniquilamiento de agrupaciones humanas naturales, sino un nuevo reparto del poderío espiritual colectivo sobre esas unidades naturales».
Tendrá, pues, la guerra un origen vital, pero ciertamente opuesto al que se supone regir la existencia animal. No es el hambre, sino, al contrario, la abundancia, la sobra de energías, quien suscita la guerra.
En la perspectiva histórica aparece el acto bélico como el verdaderamente organizador. Él es quien lleva a unidad de pueblo las hordas y las compagina en una estructura políticamente estable. De modo que los períodos de paz se hacen posibles merced a los períodos de guerra. La guerra, llega a decir Scheler, es por excelencia el principio dinámico de la historia, mientras la obra pacífica consiste en una actividad de adaptación al sistema dinámico de poderes determinado por la guerra precedente. Es, pues, la paz sólo el principio estático de la historia, mientras que en toda guerra se verifica un retorno a la originalidad creadora de donde nació el Estado.
De aquí se desprende la imposibilidad racional de sustituir la guerra por litigios jurídicos que se diriman según las normas del derecho objetivo. Pues siendo la guerra conflicto de poderes, el cual podrá dispararse, tal vez, con motivo de un conflicto de intereses, pero no puede nunca identificarse con éste, trasciende del orden jurídico, para el que sólo existen contrastes de intereses estáticamente actuales, rigorosamente circunscritos y formulables.
Es más bien la guerra todo lo contrario de un pleito. En ella se manifiestan, se crean nuevas realidades históricas, insusceptibles de previsión. Al rebus sic stantibus, suposición de lo jurídico, se opone la guerra creando nuevos derechos subjetivos[62]. «Todas las guerras de todos los tiempos se han hecho por el futuro, no en cuanto éste es calculable y reductible a leyes, sino precisamente en cuanto puede ser informado por la acción libre. En la guerra se crea aquella realidad que, para tener sentido, necesitan suponer todos los contratos internacionales».
El error original del pacifismo consiste en partir de una concepción estática, y, por tanto, falsa de la historia. Las dos formas que aquél ha tomado —pacifismo jurídico o humanitarismo y pacifismo económico— coinciden en su ceguera frente a la realidad histórica, que se nos presenta como un devenir, como una innovación perpetua donde los sujetos de derecho —en este caso los Estados— aumentan o disminuyen en potencialidad espiritual y consecuentemente en capacidad jurídica.
El pacifismo jurídico, en su ideal de «humanidad», perturba un poco al autor. Porque si bien es oriundo del pensamiento francés en el siglo XVIII, se da el caso de que los filósofos más representativos del genio alemán lo han cultivado. El «proyecto de paz eterna» no es un azar en la obra de Kant, y Kant no es, ciertamente, un episodio que pueda fácilmente desglosarse de la historia alemana. Scheler pasa raudo sobre este punto y se contenta con decir que Kant y Fichte y Schelling y Hegel se han equivocado[63].
Yo no puedo reprimir a este propósito la advertencia de la falta de imparcialidad con que Scheler hace, según veremos, a Inglaterra solidaria de las teorías de Hume o Spencer, y viceversa, mientras separa o identifica, conforme le aprovecha, Alemania y sus pensadores clásicos. Aquí tienen una curiosísima prueba indirecta de la dualidad propia de la vida germánica, los que ponen ésta en duda. Dado que los tales sean capaces de atender a pruebas. Ello es que para dar espacio a su apología de la guerra, Scheler se ve obligado primero a desalojarlo de la meditación secular alemana.
Y conste que no soy yo tampoco partidario del pacifismo humanista. En otro lugar he dicho que la paz es en mí un deseo, pero que todas las teorías de la paz me parecen falsas, abstraídas y utópicas. Todas resbalan superficialmente sobre el hecho profundo de la guerra y hacen como el predicador que imagina un maniqueo irrisorio para darse el gusto de refutar al maniqueo. No seré yo quien censure en Scheler la escasa estimación del pacifismo del siglo XVIII, para el cual la paz dependía del triunfo de los republicanos.
Mayor interés ofrece la crítica a que el autor somete la otra forma del pacifismo germinada en el temperamento inglés. Desde tiempos de Cromwell los ingleses han presentido en el ejército permanente un peligro para la libertad de los ciudadanos. En virtud de ello lo sitúan fuera del Estado, como un instrumento temporal y cuasi privado de quien sólo se echa mano cuando es necesario obtener alguna ventaja material determinada. Mientras la flota aparenta limitarse a asegurar la tranquilidad de las islas, ve el pueblo inglés que su ejército no parte si no es para facilitar empresas comerciales o indirectamente prepararlas desde los campos donde la Europa continental pelea. No se ha sentido, pues, el inglés como «guerrero», sino como «pirata». Por esto prefiere no hacerse oficialmente solidario del soldado. La experiencia de su historia particular, en la cual las guerras exteriores fueron siempre guerras de intereses, le ha movido a pensar que tal es la esencia de la guerra. Y esto le ha hecho esperar (Spencer) que el progreso de la solidaridad universal de los intereses (época industrial) acabaría con la guerra (época guerrera) de una manera automática.
Esta experiencia, recogida a lo largo de su pasado, vino a ser reforzada, según Scheler, por corrientes ideológicas específicamente inglesas: las doctrinas filosóficas, económicas y políticas del «liberalismo» inglés, y el utilitarismo tradicional desde Bacon, a todo lo cual se han unido recientemente los principios biológicos que, proclamados por Malthus y Darwin, fueron traspuestos por Spencer a la moral y a la sociología.
El «liberalismo» —Scheler es quien lo pone entre comillas como entre dos parejas de ulanos— ha producido tres ideas, en su opinión falsas: la doctrina contractual del Estado, la doctrina de la «armonía natural de los intereses», aun en el ejercicio egoísta de ellos, y la negación (mecanicista) de agentes centrales que gobiernan e intervienen en el juego de fuerzas de cualesquiera unidades elementales (mundo, alma, Estado). Así desconoce la regulación divina sobre las partes del orbe, de la persona sobre la muchedumbre de representaciones e instintos, del Estado sobre los procesos económicos: deísmo, psicología asociacionista, libre cambio y manchesterismo.
In the analysis of the war phenomenon, according to Scheler, grave confusions have been committed. One has wanted to see in it one more manifestation of the struggle for existence that, according to classical biology, regulates the processes of animal life. «Like all great things, the roots of those phenomena we call war do indeed reach the depths of organic life; but, like all grave things, war is something specifically human that cannot be conceived as a rectilinear evolution of the phenomena proper to infrahuman life».
«War is not a mere expansion of physical violence, to which rational spirituality abandons its place when it feels impotent, but it is a controversy of power and will between the collective spiritual persons that we call States». «Its ultimate purpose is maximum spiritual dominion over the Earth». «Power, too, is spirit. It is so, unlike violence, by nature dead, clumsy and physical». Power «is an idea that has its basis in the feeling of one’s own will and efficacy». Certainly, the employment of violent physical means is essential to war. But within the warlike idea these represent only the role of exteriorizers of power and at the same time its verification. Thus it is explained that never during a war have all the energies of violence that the belligerents possessed been brought into play. That minimum of them has sufficed which, upon confronting, clearly indicated the state of equilibrium or superiority between the respective powers. «In this way the battle comes to be only the sample of power, its index».
«Consequently, the exercise of violence with its results of massacres, etc., which is where the naturalistic interpretation of war preferably halts, does not form the nucleus of the latter: it is only its manifestation, measure and sign of the energies of will that enter into conflict».
This suffices, according to Scheler, to distinguish the war phenomenon from every struggle for existence. «In war one fights for something superior to existence: it is a struggle for power and for what depends on it and coincides with it —political liberty». For this reason, those labors of extermination carried out against the Indians and the Blacks are not war. These indeed are, in effect, hunting of one species by another. «True war does not seek the annihilation of natural human groupings, but a new distribution of collective spiritual power over those natural units».
War will have, then, a vital origin, but certainly opposed to that which is supposed to govern animal existence. It is not hunger, but, on the contrary, abundance, the surplus of energies, that arouses war.
In the historical perspective the belligerent act appears as the truly organizing one. It is it that brings the hordes to people-unity and compacts them into a politically stable structure. So that the periods of peace are made possible thanks to the periods of war. War, Scheler goes so far as to say, is par excellence the dynamic principle of history, while peaceful work consists in an activity of adaptation to the dynamic system of powers determined by the preceding war. Peace is, then, only the static principle of history, while in every war there is verified a return to the creative originality from which the State was born.
From this is derived the rational impossibility of substituting war with juridical litigations that are decided according to the norms of objective law. For war being a conflict of powers, which may perhaps be set off on the occasion of a conflict of interests, but can never be identified with it, transcends the juridical order, for which only contrasts of interests statically actual, rigorously circumscribed and formularizable, exist.
War is rather the very opposite of a lawsuit. In it new historical realities are manifested, created, insusceptible of prevision. To the rebus sic stantibus, the supposition of the juridical, war opposes itself by creating new subjective rights[62]. «All the wars of all times have been made for the future, not inasmuch as it is calculable and reducible to laws, but precisely inasmuch as it can be informed by free action. In war is created that reality which, to have meaning, all international contracts need to presuppose».
The original error of pacifism consists in starting from a static, and therefore false, conception of history. The two forms that it has taken —juridical pacifism or humanitarianism and economic pacifism— coincide in their blindness before historical reality, which presents itself to us as a becoming, as a perpetual innovation where the subjects of law —in this case the States— increase or diminish in spiritual potentiality and consequently in juridical capacity.
Juridical pacifism, in its ideal of «humanity», disturbs the author a little. For although it originates from French thought in the eighteenth century, it so happens that the most representative philosophers of the German genius have cultivated it. The «project of perpetual peace» is not a chance in the work of Kant, and Kant is not, certainly, an episode that can easily be detached from German history. Scheler passes swiftly over this point and contents himself with saying that Kant and Fichte and Schelling and Hegel have erred[63].
I cannot repress on this matter the warning of the lack of impartiality with which Scheler makes, as we shall see, England solidary with the theories of Hume or Spencer, and vice versa, while he separates or identifies, as suits him, Germany and its classical thinkers. Here those have a most curious indirect proof of the duality proper to Germanic life who put it in doubt. Provided that such men are capable of attending to proofs. The fact is that to give room to his apology of war, Scheler is first obliged to evict it from German secular meditation.
And let it be recorded that neither am I a partisan of humanist pacifism. Elsewhere I have said that peace is in me a desire, but that all the theories of peace seem to me false, abstract and utopian. They all glide superficially over the profound fact of war and do like the preacher who imagines a ludicrous Manichean to give himself the pleasure of refuting the Manichean. I shall not be the one to censure in Scheler the scant esteem of eighteenth-century pacifism, for which peace depended on the triumph of the republicans.
Greater interest is offered by the critique to which the author subjects the other form of pacifism germinated in the English temperament. Since the times of Cromwell the English have sensed in the standing army a danger for the liberty of citizens. By virtue of this they place it outside the State, as a temporary and quasi-private instrument of which one makes use only when it is necessary to obtain some determinate material advantage. While the fleet appears to limit itself to securing the tranquility of the islands, the English people see that their army does not depart except to facilitate commercial enterprises or indirectly prepare them from the fields where continental Europe fights. The Englishman has not, then, felt himself a «warrior», but a «pirate». For this reason he prefers not to make himself officially solidary with the soldier. The experience of his particular history, in which external wars were always wars of interests, has moved him to think that such is the essence of war. And this has made him hope (Spencer) that the progress of the universal solidarity of interests (industrial epoch) would put an end to war (warrior epoch) in an automatic manner.
This experience, gathered along its past, came to be reinforced, according to Scheler, by specifically English ideological currents: the philosophical, economic and political doctrines of English «liberalism», and the traditional utilitarianism since Bacon, to all of which have recently been joined the biological principles that, proclaimed by Malthus and Darwin, were transposed by Spencer to morality and sociology.
«Liberalism» —it is Scheler who puts it in quotation marks as between two pairs of uhlans— has produced three ideas, in his opinion false: the contractual doctrine of the State, the doctrine of the «natural harmony of interests», even in the egoistic exercise of them, and the (mechanistic) negation of central agents that govern and intervene in the play of forces of any elementary units whatsoever (world, soul, State). Thus it ignores the divine regulation over the parts of the orb, of the person over the multitude of representations and instincts, of the State over the economic processes: deism, associationist psychology, free trade and Manchesterism.
Nell’analisi del fenomeno guerriero sono state commesse, secondo Scheler, gravi confusioni. Si è voluto vedere in esso una manifestazione in più della lotta per l’esistenza che, secondo la biologia classica, regola i processi della vita animale. «Come tutte le grandi cose, giungono, infatti, le radici di quei fenomeni che chiamiamo guerra alle profondità della vita organica; ma, come tutte le cose gravi, la guerra è qualcosa di specificamente umano che non può concepirsi come evoluzione rettilinea dei fenomeni propri alla vita infraumana».
«La guerra non è mera espansione della violenza fisica, alla quale la spiritualità razionale abbandona il suo posto quando si sente impotente, ma è una controversia di potenza e volontà tra le persone spirituali collettive che chiamiamo Stati». «La finalità ultima in essa è il massimo dominio spirituale sulla Terra». «Anche la potenza è spirito. Lo è, a differenza della violenza, per natura morta, ottusa e fisica». La potenza «è un’idea che ha la sua base nel sentimento della propria volontà ed efficacia». È certo che è essenziale alla guerra l’impiego di mezzi fisici violenti. Ma entro l’idea guerriera questi rappresentano soltanto il ruolo di esteriorizzatori della potenza e insieme la sua comprova. Così si spiega che mai durante una guerra sono state messe in gioco tutte le energie di violenza che i belligeranti possedevano. È bastato quel minimo di esse che, nell’urto, indicava chiaramente lo stato di equilibrio o superiorità tra le potenze rispettive. «In tal modo la battaglia viene a essere soltanto la mostra del potere, il suo indice».
«Di conseguenza, l’esercizio della violenza con i suoi risultati di stragi, eccetera, che è il punto in cui si arresta preferibilmente l’interpretazione naturalistica della guerra, non forma il nucleo di questa: è soltanto la sua manifestazione, misura e segno delle energie di volontà che entrano in conflitto».
Basta questo, secondo Scheler, per distinguere il fenomeno guerriero da ogni lotta per l’esistenza. «Nella guerra si lotta per qualcosa di superiore all’esistenza: è lotta per la potenza e per ciò che da essa dipende e con essa coincide —la libertà politica». Per questo, non sono guerra quelle opere di sterminio condotte contro gli indiani e i negri. Queste sì sono, in effetti, caccia di una specie a un’altra. «La vera guerra non cerca l’annientamento di raggruppamenti umani naturali, ma un nuovo riparto della potenza spirituale collettiva su quelle unità naturali».
Avrà, dunque, la guerra un’origine vitale, ma certamente opposta a quella che si suppone regolare l’esistenza animale. Non è la fame, ma, al contrario, l’abbondanza, il sovrappiù di energie, a suscitare la guerra.
Nella prospettiva storica l’atto bellico appare come il vero organizzatore. È lui che porta a unità di popolo le orde e le compagina in una struttura politicamente stabile. Cosicché i periodi di pace si rendono possibili grazie ai periodi di guerra. La guerra, arriva a dire Scheler, è per eccellenza il principio dinamico della storia, mentre l’opera pacifica consiste in un’attività di adattamento al sistema dinamico di poteri determinato dalla guerra precedente. È, dunque, la pace soltanto il principio statico della storia, mentre in ogni guerra si verifica un ritorno all’originalità creatrice da cui nacque lo Stato.
Di qui si desume l’impossibilità razionale di sostituire la guerra con liti giuridiche che si dirimano secondo le norme del diritto oggettivo. Poiché essendo la guerra conflitto di poteri, il quale potrà forse scattare in occasione di un conflitto d’interessi, ma non può mai identificarsi con questo, trascende l’ordine giuridico, per il quale esistono soltanto contrasti d’interessi staticamente attuali, rigorosamente circoscritti e formulabili.
La guerra è piuttosto tutto il contrario di una lite. In essa si manifestano, si creano nuove realtà storiche, insuscettibili di previsione. Al rebus sic stantibus, supposizione del giuridico, si oppone la guerra creando nuovi diritti soggettivi[62]. «Tutte le guerre di tutti i tempi sono state fatte per il futuro, non in quanto questo è calcolabile e riducibile a leggi, ma precisamente in quanto può essere informato dall’azione libera. Nella guerra si crea quella realtà che, per avere senso, tutti i contratti internazionali devono presupporre».
L’errore originario del pacifismo consiste nel partire da una concezione statica, e quindi falsa, della storia. Le due forme che quello ha preso —pacifismo giuridico o umanitarismo e pacifismo economico— coincidono nella loro cecità di fronte alla realtà storica, che ci si presenta come un divenire, come un’innovazione perpetua dove i soggetti di diritto —in questo caso gli Stati— aumentano o diminuiscono in potenzialità spirituale e conseguentemente in capacità giuridica.
Il pacifismo giuridico, nel suo ideale di «umanità», turba un po’ l’autore. Perché sebbene sia oriundo del pensiero francese nel secolo XVIII, si dà il caso che i filosofi più rappresentativi del genio tedesco lo abbiano coltivato. Il «progetto di pace perpetua» non è un caso nell’opera di Kant, e Kant non è, certo, un episodio che possa facilmente staccarsi dalla storia tedesca. Scheler passa rapido su questo punto e si contenta di dire che Kant e Fichte e Schelling e Hegel si sono sbagliati[63].
Io non posso reprimere a questo proposito l’avvertenza della mancanza di imparzialità con cui Scheler fa, come vedremo, l’Inghilterra solidale delle teorie di Hume o di Spencer, e viceversa, mentre separa o identifica, secondo che gli conviene, la Germania e i suoi pensatori classici. Qui hanno una curiosissima prova indiretta della dualità propria della vita germanica, quelli che la mettono in dubbio. Ammesso che i tali siano capaci di prestare attenzione alle prove. Fatto sta che per dare spazio alla sua apologia della guerra, Scheler si vede obbligato prima a sloggiarla dalla meditazione secolare tedesca.
E consti che non sono neppure io partigiano del pacifismo umanista. In altro luogo ho detto che la pace è in me un desiderio, ma che tutte le teorie della pace mi sembrano false, astratte e utopiche. Tutte scivolano superficialmente sul fatto profondo della guerra e fanno come il predicatore che immagina un manicheo irrisorio per darsi il gusto di confutare il manicheo. Non sarò io a censurare in Scheler la scarsa stima del pacifismo del secolo XVIII, per il quale la pace dipendeva dal trionfo dei repubblicani.
Maggiore interesse offre la critica a cui l’autore sottopone l’altra forma del pacifismo germinata nel temperamento inglese. Dai tempi di Cromwell gli inglesi hanno presentito nell’esercito permanente un pericolo per la libertà dei cittadini. In virtù di ciò lo collocano fuori dello Stato, come uno strumento temporaneo e quasi privato di cui ci si serve soltanto quando è necessario ottenere qualche determinato vantaggio materiale. Mentre la flotta fa mostra di limitarsi ad assicurare la tranquillità delle isole, il popolo inglese vede che il suo esercito non parte se non per facilitare imprese commerciali o prepararle indirettamente dai campi dove combatte l’Europa continentale. L’inglese, dunque, non si è sentito «guerriero», ma «pirata». Per questo preferisce non farsi ufficialmente solidale del soldato. L’esperienza della sua storia particolare, nella quale le guerre esteriori furono sempre guerre d’interessi, lo ha mosso a pensare che tale è l’essenza della guerra. E questo lo ha fatto sperare (Spencer) che il progresso della solidarietà universale degli interessi (epoca industriale) avrebbe posto fine alla guerra (epoca guerriera) in maniera automatica.
Questa esperienza, raccolta lungo il suo passato, venne a essere rafforzata, secondo Scheler, da correnti ideologiche specificamente inglesi: le dottrine filosofiche, economiche e politiche del «liberalismo» inglese, e l’utilitarismo tradizionale da Bacone in poi, a tutto ciò si sono uniti recentemente i principi biologici che, proclamati da Malthus e Darwin, furono trasposti da Spencer alla morale e alla sociologia.
Il «liberalismo» —è Scheler che lo mette tra virgolette come tra due coppie di ulani— ha prodotto tre idee, a suo parere false: la dottrina contrattuale dello Stato, la dottrina dell’«armonia naturale degli interessi», anche nell’esercizio egoistico di essi, e la negazione (meccanicistica) di agenti centrali che governano e intervengono nel gioco di forze di qualsivoglia unità elementari (mondo, anima, Stato). Così misconosce la regolazione divina sulle parti dell’orbe, della persona sulla moltitudine di rappresentazioni e istinti, dello Stato sui processi economici: deismo, psicologia associazionistica, libero scambio e manchesterismo.
Todo esto en conjunto y por igual le parece a Scheler resueltamente erróneo y funesto. Mas ¿con qué título ni pretexto aproxima y hasta mezcla la concepción atomística del alma que enseñó el viejo asociacionismo inglés con la idea del Estado contrato? El asociacionismo[64] es ciertamente insostenible en la actual psicología; pero fue en su tiempo una profunda idea, y hoy, demostrada su insuficiencia, no han tardado más los sabios ingleses en abandonarlo que los alemanes. Pero de todas suertes, tiene esa teoría un sentido completamente opuesto al que inspiró la concepción contractual del Estado. En ésta se trata precisamente de defender la inviolabilidad de la persona individual, y supone, por tanto, la más vigorosa afirmación de ésta que se ha hecho en la historia. Enoja a Scheler que no se reconozca en el Estado una persona real, tan real como el individuo. ¿No debe enojar más que Scheler rebaje, dentro de la enorme persona Estado, la persona individual al papel de una imagen, de una sensación, de un instinto?
En este punto está, a mi juicio, la grave desviación que padece el pensamiento del autor. Su afán de recabar personalidad existente, metafísica, para el Estado le hace olvidar que, aun dado que fuese aquélla probada, siempre habría que referirla y supeditarla —en el orden real como en el moral— a las originarias personas individuales. Pero luego insistiremos sobre el asunto.
Se da en Inglaterra —dice Scheler— la más extraña contradicción. Su interpretación utilista de la historia la lleva a considerar lo económico como la sustancia de la vida humana. Ahora bien: lo económico es indiferente aquí o allá: excluye o, por lo menos, no justifica la existencia de naciones; es internacional o anacional. Y, sin embargo, es Inglaterra la nación más encerrada dentro de sí misma, más tercamente afirmadora de sus peculiaridades. La contradicción es insoluble si no se admite en el espíritu inglés una especial capacidad para hacer comportables las tendencias más antagónicas cuando ambas a la par convienen al fomento de Inglaterra. Scheler cree que esa capacidad extraña actúa efectivamente en el alma inglesa; su nombre es cant. Una buena parte de su libro está dedicada al estudio de esta perversión psicológica.
El ideal histórico de Inglaterra es «el equilibrio europeo». La imagen de la balanza, de un instrumento comercial, transformada en símbolo de la historia, produce a Scheler la mayor irritación. ¡Como si los pueblos no tuvieran sus destinos particulares y, en todo momento, no creciese uno de ellos sobre todos los demás arrastrando la ficción diplomática del equilibrio, rompiendo la balanza e instaurando nueva hegemonía![65]
La biología darwiniana ha favorecido esas ideas falsas sobre la historia imponiendo otras no menos falsas sobre la vida. Por fortuna han pasado los tiempos en que Darwin inspiraba la atmósfera de los laboratorios. La nueva biología, penetrando más adentro en los fenómenos vitales, ha llegado a opuestas intuiciones sobre el proceso de la evolución orgánica. Ya no aparece la vida como una lucha triste por no morir, como una mera reacción al medio, como una adaptación, sino al contrario: vivir es producción, creación de multiplicidad organizada, aumento, expansión, dominio. El equilibrio es la negación de la vida. El principio de conservación es secundario y adjetivo. El principio que late en el plasma es crecimiento y tendencia a imperio sobre el medio.
Scheler censura a los escritores alemanes que, como Bernhardi, han querido fundar la apología de la guerra en el principio darwiniano de la lucha por la existencia.
El Espectador ha de ocuparse con algún detalle del nuevo panorama que presenta la vida mirada desde las más recientes investigaciones biológicas. Creo, en efecto, que el darwinismo comienza a ceder su puesto a otros sistemas más complejos y fecundos. Pero a una u otra biología debe acompañar la mesura suficiente para no pretender convertirse en clave de todos los problemas. Con el darwinismo se ha hecho política, lógica, moral, estética y hasta religión. ¿No es doloroso ver a un pensador tan sutil como Scheler caer en análoga ligereza?
Porque, afianzado en su doctrina de que es el Estado una unidad vital de orden superior, aplica al desarrollo de éste la nueva biología[66] y nos invita a que nos sintamos agradecidos si un Estado más fuerte —y esto en su opinión quiere decir más digno— se apodera del nuestro. Esa labor de conquista en que el Estado se aumenta, asume y reorganiza otras colectividades, es para Scheler la función vital por excelencia del organismo político. Y llega a decir: «El Estado beligerante es el Estado en la suprema actualidad de su existencia».
Tal es la descripción que Scheler hace del fenómeno guerrero. Preferible hubiera sido que, al menos en esta parte de su obra, no hubiese mezclado con el análisis de la idea genérica de la guerra imprecisos, ligeros, inoportunos esquemas donde se pretende resumir la historia de los pueblos.
Pero aun así, todo el que guste de detenerse a meditar sobre este tema guerrero y no le sea urgente adoptar una solución apasionada hallará, creo yo, en las ideas del autor muchos rasgos certeros y profundos. Sin embargo, su definición de la guerra me parece en lo decisivo equivocada. En ella funda Scheler la valoración ética y metafísica de este terrible factor histórico. Y esa valoración pone de manifiesto, proyectadas en grande escala, las insuficiencias del análisis inicial. Al exponer, pues, aquéllas, se ofrece la mejor ocasión para algunos reparos.
All this, together and equally, seems to Scheler resolutely erroneous and baneful. But by what title nor pretext does he bring together and even mix the atomistic conception of the soul that the old English associationism taught with the idea of the contract State? Associationism[64] is certainly untenable in present-day psychology; but it was in its time a profound idea, and today, its insufficiency having been demonstrated, the English scholars have been no slower than the Germans to abandon it. But in any case, that theory has a sense completely opposite to that which inspired the contractual conception of the State. In the latter it is precisely a matter of defending the inviolability of the individual person, and it supposes, therefore, the most vigorous affirmation of it that has been made in history. It vexes Scheler that a real person, as real as the individual, is not recognized in the State. Ought it not vex more that Scheler degrades, within the enormous person-State, the individual person to the role of an image, of a sensation, of an instinct?
At this point lies, in my judgment, the grave deviation that the author’s thought suffers. His eagerness to claim an existing, metaphysical personality for the State makes him forget that, even granting that the latter were proven, one would always have to refer it and subordinate it —in the real as in the moral order— to the originary individual persons. But we shall insist on the matter later.
There is given in England —says Scheler— the strangest contradiction. Its utilitarian interpretation of history leads it to consider the economic as the substance of human life. Now then: the economic is indifferent here or there: it excludes or, at least, does not justify the existence of nations; it is international or anational. And, nevertheless, England is the nation most enclosed within itself, most stubbornly affirming its peculiarities. The contradiction is insoluble unless there is admitted in the English spirit a special capacity to make compatible the most antagonistic tendencies when both at once suit the fostering of England. Scheler believes that that strange capacity actually acts in the English soul; its name is cant. A good part of his book is devoted to the study of this psychological perversion.
The historical ideal of England is «the European balance». The image of the scale, of a commercial instrument, transformed into a symbol of history, produces in Scheler the greatest irritation. As if peoples did not have their particular destinies and, at every moment, one of them did not grow over all the others dragging along the diplomatic fiction of the balance, breaking the scale and installing new hegemony![65]
Darwinian biology has favored those false ideas about history by imposing others no less false about life. By good fortune the times have passed in which Darwin inspired the atmosphere of the laboratories. The new biology, penetrating more deeply into vital phenomena, has arrived at opposed intuitions about the process of organic evolution. Life no longer appears as a sad struggle not to die, as a mere reaction to the medium, as an adaptation, but on the contrary: to live is production, creation of organized multiplicity, increase, expansion, dominion. Equilibrium is the negation of life. The principle of conservation is secondary and adjectival. The principle that pulses in the plasma is growth and tendency to empire over the medium.
Scheler censures the German writers who, like Bernhardi, have wanted to found the apology of war on the Darwinian principle of the struggle for existence.
El Espectador must occupy itself with some detail with the new panorama that life presents when seen from the most recent biological investigations. I believe, indeed, that Darwinism is beginning to yield its place to other systems more complex and fruitful. But one biology or the other must be accompanied by enough measure not to pretend to become the key to all problems. With Darwinism politics, logic, morality, aesthetics and even religion have been made. Is it not painful to see a thinker as subtle as Scheler fall into analogous lightness?
Because, entrenched in his doctrine that the State is a vital unity of superior order, he applies the new biology[66] to its development and invites us to feel grateful if a stronger State —and this, in his opinion, means worthier— seizes ours. That labor of conquest in which the State increases itself, takes up and reorganizes other collectivities, is for Scheler the vital function par excellence of the political organism. And he goes so far as to say: «The belligerent State is the State in the supreme actuality of its existence».
Such is the description that Scheler makes of the war phenomenon. It would have been preferable that, at least in this part of his work, he had not mixed with the analysis of the generic idea of war imprecise, light, inopportune schemes in which the history of peoples is pretended to be summarized.
But even so, whoever likes to stop to meditate on this warlike theme and for whom it is not urgent to adopt a passionate solution will find, I believe, in the author’s ideas many accurate and profound features. However, his definition of war seems to me, in the decisive, mistaken. In it Scheler founds the ethical and metaphysical valuation of this terrible historical factor. And that valuation brings to light, projected on a large scale, the insufficiencies of the initial analysis. In exposing, then, these, the best occasion is offered for some objections.
Tutto questo, insieme e per ugual modo, sembra a Scheler risolutamente erroneo e funesto. Ma con quale titolo né pretesto avvicina e persino mescola la concezione atomistica dell’anima che insegnò il vecchio associazionismo inglese con l’idea dello Stato contratto? L’associazionismo[64] è certamente insostenibile nella psicologia attuale; ma fu nel suo tempo un’idea profonda, e oggi, dimostrata la sua insufficienza, i sapienti inglesi non sono stati più lenti dei tedeschi ad abbandonarlo. Ma in ogni caso, quella teoria ha un senso completamente opposto a quello che ispirò la concezione contrattuale dello Stato. In questa si tratta precisamente di difendere l’inviolabilità della persona individuale, e suppone, quindi, la più vigorosa affermazione di essa che si sia fatta nella storia. Inoia a Scheler che non si riconosca nello Stato una persona reale, tanto reale quanto l’individuo. Non deve inoiare di più che Scheler degradi, dentro l’enorme persona Stato, la persona individuale al ruolo di un’immagine, di una sensazione, di un istinto?
In questo punto sta, a mio giudizio, la grave deviazione che patisce il pensiero dell’autore. Il suo ardore di rivendicare personalità esistente, metafisica, per lo Stato gli fa dimenticare che, anche ammesso che quella fosse provata, sempre bisognerebbe riferirla e subordinarla —nell’ordine reale come nel morale— alle originarie persone individuali. Ma poi insisteremo sulla questione.
Si dà in Inghilterra —dice Scheler— la più strana contraddizione. La sua interpretazione utilitista della storia la porta a considerare l’economico come la sostanza della vita umana. Ora: l’economico è indifferente qui o là: esclude o, per lo meno, non giustifica l’esistenza delle nazioni; è internazionale o anazionale. E, tuttavia, è l’Inghilterra la nazione più chiusa in se stessa, più ostinatamente affermatrice delle sue peculiarità. La contraddizione è insolubile se non si ammette nello spirito inglese una speciale capacità di rendere compatibili le tendenze più antagonistiche quando entrambe a un tempo convengono al fomento dell’Inghilterra. Scheler crede che quella strana capacità agisca effettivamente nell’anima inglese; il suo nome è cant. Una buona parte del suo libro è dedicata allo studio di questa perversione psicologica.
L’ideale storico dell’Inghilterra è «l’equilibrio europeo». L’immagine della bilancia, di uno strumento commerciale, trasformata in simbolo della storia, produce a Scheler la massima irritazione. Come se i popoli non avessero i loro destini particolari e, in ogni momento, non crescesse uno di essi sopra tutti gli altri trascinando la finzione diplomatica dell’equilibrio, rompendo la bilancia e instaurando nuova egemonia![65]
La biologia darwiniana ha favorito quelle idee false sulla storia imponendone altre non meno false sulla vita. Per fortuna sono passati i tempi in cui Darwin ispirava l’atmosfera dei laboratori. La nuova biologia, penetrando più a fondo nei fenomeni vitali, è giunta a opposte intuizioni sul processo dell’evoluzione organica. La vita non appare più come una triste lotta per non morire, come una mera reazione al mezzo, come un adattamento, ma al contrario: vivere è produzione, creazione di molteplicità organizzata, aumento, espansione, dominio. L’equilibrio è la negazione della vita. Il principio di conservazione è secondario e aggettivo. Il principio che pulsa nel plasma è crescita e tendenza a imperio sul mezzo.
Scheler censura gli scrittori tedeschi che, come Bernhardi, hanno voluto fondare l’apologia della guerra sul principio darwiniano della lotta per l’esistenza.
El Espectador deve occuparsi con qualche dettaglio del nuovo panorama che presenta la vita guardata dalle più recenti ricerche biologiche. Credo, infatti, che il darwinismo cominci a cedere il suo posto ad altri sistemi più complessi e fecondi. Ma all’una o all’altra biologia deve accompagnare la misura sufficiente per non pretendere di convertirsi in chiave di tutti i problemi. Col darwinismo si è fatta politica, logica, morale, estetica e persino religione. Non è doloroso vedere un pensatore sottile come Scheler cadere in analoga leggerezza?
Perché, afforzato nella sua dottrina che lo Stato sia un’unità vitale di ordine superiore, applica allo sviluppo di questo la nuova biologia[66] e ci invita a sentirci grati se uno Stato più forte —e questo, a suo parere, vuol dire più degno— si impadronisce del nostro. Quel lavoro di conquista in cui lo Stato si accresce, assume e riorganizza altre collettività, è per Scheler la funzione vitale per eccellenza dell’organismo politico. E arriva a dire: «Lo Stato belligerante è lo Stato nella suprema attualità della sua esistenza».
Tale è la descrizione che Scheler fa del fenomeno guerriero. Sarebbe stato preferibile che, almeno in questa parte della sua opera, non avesse mescolato con l’analisi dell’idea generica della guerra schemi imprecisi, leggeri, inopportuni in cui si pretende di riassumere la storia dei popoli.
Ma anche così, chiunque ami fermarsi a meditare su questo tema guerriero e non abbia urgenza di adottare una soluzione appassionata troverà, credo io, nelle idee dell’autore molti tratti esatti e profondi. Tuttavia, la sua definizione della guerra mi sembra, nel decisivo, sbagliata. In essa Scheler fonda la valutazione etica e metafisica di questo terribile fattore storico. E quella valutazione mette in luce, proiettate in grande scala, le insufficienze dell’analisi iniziale. Nell’esporre, dunque, quelle, si offre la migliore occasione per alcune obiezioni.