Abstract
Chronicle of the cabinet crisis settled by confirming Romanones: the crisis of the Spanish political regime goes on, with oligarchic groups clinging to power against a country that has been demanding a transformation of politics since June 1917. Political topicality.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Era de esperar que la Corona resolviese la crisis mediante la ratificación de poderes al conde de Romanones. Continúa, pues, el Gobierno actual con el compromiso de aprobar los presupuestos. Pero, en realidad, ¿se ha resuelto algo que merezca la pena de ser aceptado con júbilo? No; la crisis del régimen político español sigue su curso y presenta caracteres más graves que nunca.
La actitud de los jefes de grupos monárquicos con relación a la Corona, queda expresada en los versos de Campoamor:
Pecar, hacer penitencia,
y luego, vuelta a pecar.
Por centésima vez desde la dimisión del Gabinete nacional, han prometido los caudillos de la Monarquía un apoyo decidido y franco a fin de salvar el escollo que supone la legalización de nuestra vida económica. Desde el mes de octubre estamos asistiendo a un lamentable espectáculo de promesas incumplidas, propósitos frustrados voluntariamente y apoyos ofrecidos hoy para retirarlos mañana, cediendo al choque de los egoísmos tradicionales. Ahora ocurrirá lo mismo.
¿Y a qué se puede atribuir todo eso? Los partidarios de los grupos históricos dicen que el desequilibrio de la vida española ha sido producido por el insensato empeño de desterrar del gobierno a los grandes partidos. El desgajamiento de los núcleos poderosos y la dispersión de fuerzas ha traído —dicen— esta pelea menuda que pone en grave trance a España y al Rey.
Pero el razonamiento es anticuado y carece de fuerza.
Desde junio de 1917 (recuérdese la actitud del Ejército), España entera, con exclusión de las organizaciones oligárquicas, viene pidiendo clamorosamente la transformación de nuestra política. Una tras otra, todas las fuerzas nuevas, solicitan el destierro político de los hombres y de los partidos que representan el desastre y la decadencia de España.
Tal ha sido la violencia de las demandas, que los Poderes constituidos no pudieron menos de escucharlas e iniciar una nueva etapa de gobierno público. Pero en esta modificación —según se descubrió rápidamente— había más de aparente que de real. Los usufructuadores del Poder, apenas vieron que los ánimos de los militares se aquietaban, y pensando que era fácil sobreponerse a los anhelos civiles, reaccionaron violentamente contra los intentos renovadores y plantearon una lucha a muerte.
Ese período de lucha es el que atravesamos ahora en medio de los más graves quebrantos para el país entero.
La inestabilidad de las situaciones actuales es consecuencia lógica y necesaria del combate entablado entre el pueblo, que detesta las organizaciones históricas, y los grupos oligárquicos aferrados a los instrumentos de poder, dispuestos a continuar hasta el máximo límite, el disfrute de una hegemonía que no estaban acostumbrados a ver en litigio.
Por ello, cuando se halla el país en trances como el de ayer, humillado y roto el Gobierno por las arremetidas de los jefes políticos, conturbadas las ciudades y las aldeas por una agitación frenética, la Corona quizá no encuentra la libertad de resolución necesaria para anunciar a España que lo esencial del régimen político se va a transformar a fin de ir encauzando esas fuerzas de todo orden que avanzan contra lo estatuido, porque en lo estatuido germina la injusticia de que son víctimas. Todo el peso y la coacción de los partidos históricos al verse amenazados de rápida desaparición, cae sobre las deliberaciones de la Corona, que ante las amenazas de los adictos, pierde la flexibilidad de juicio y carece de libertad para iniciar la revolución desde el Poder.
Ahora bien; el pueblo puede pensar que todo ese juego de bastidores políticos no le interesa; que los problemas no aguardan, y que por encima de las querellas personales y de los egoísmos históricos se halla la realidad de las ansias nacionales. Jamás se ha producido un tan absoluto alejamiento entre las realidades españolas y los organismos gobernantes. Nunca han sido tan deliberadamente desconocidas como ahora en las esferas oficiales las justas consideraciones que se deben a España. Parece que los hombres públicos gobiernan para otro planeta, o todo lo más, para un país que nada tuviera que ver con el nuestro. No de otra manera se explica la desconfianza, más aún, el desdén absoluto con que en todas partes son acogidas estas soluciones artificiosas a la honda crisis que sufre el conjunto de nuestras organizaciones públicas.
Ocurre con las crisis a que frecuentemente están sujetos los Gobiernos algo semejante a lo que sucede con los conflictos obreros.
Brotan en todas partes huelgas, protestas, discordias entre el capital y el trabajo. Toda España está cruzada de problemas urgentes en el orden de la producción. De vez en cuando, las autoridades logran resolver un conflicto aislado, localizar una huelga, y con ello creen haber obtenido un señalado triunfo. Pero apenas han pasado veinticuatro horas, cuando ya advierten que los esfuerzos pasados se esfuman, que el triunfo no era más que una ilusión.
Pues lo mismo diremos al tratar de las soluciones que la Corona da a las crisis. Aparentemente y de momento, se salva la situación. Pero la crisis más profunda, la que alcanza a la totalidad de la vida española… ésa sigue en pie y no asoma siquiera el intento de resolverla. De igual modo que los arreglos parciales en la cuestión obrera no evitan los avances del sindicalismo ni contienen la iracundia de la formidable masa agraria de Andalucía, tampoco se cura la decadencia y el desastre español con fórmulas circunstanciales. Así, pues, ante la solución de la crisis de ayer, se nos ocurre preguntar: «¿Qué vais a hacer cuando los presupuestos estén aprobados? Porque es preciso tomar a España en serio y saber cómo se ha de gobernar a un pueblo, no en las circunstancias de hoy, sino también en las eventualidades del mañana».
Publicado sin firma, El Sol, 25 de febrero de 1919