Abstract

An article repeating for the umpteenth time the thesis of «Bajo el arco en ruina»: since June 1917 a substantially revolutionary process has been open in Spain and will close only with a radical change of institutions and of the governing class; the turbulent form of the new order can be avoided only if power anticipates it with an inexorably radical policy.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Desde hace año y medio me veo obligado, periódicamente, a reeditar con vocablos distintos un mismo artículo publicado en junio de 1917 con el título «Bajo el arco en ruina». Los hombres inanes que dirigen la existencia española, después de evaporar todos los prestigios políticos, van a acabar también con el leve prestigio estético de los escritores, forzándoles a escribir siempre una idéntica y monótona protesta contra su vesania invariable.

Repitamos, pues, por centésima vez, nuestra razón: en junio de 1917 se abrió en España un proceso nacional sustancialmente revolucionario. Este proceso no concluirá sino cuando se hayan cumplido estas dos obras: modificación radical de las instituciones y completa mutación de la fauna gobernante. Si aquellas instituciones y esta fauna se obstinan en resistir al cambio inevitable, el proceso español, que es de sustancia revolucionaria, lo será también de forma. El carácter turbulento de una nueva organización nacional sólo podrá ser evitado en la medida precisa que desde el Poder se anticipe una política inexorablemente radical.

Una vez y otra, con tal o cual desarrollo, buscando la demostración en los sucesos que se iban produciendo, he dicho esto en El Sol, y otras tantas lo ha dicho El Sol con la voz anónima de su editorial. Sin embargo, todo fue en vano.

Fue en vano pedir la expulsión política de las derechas, que durante siglos han ejercido el Poder sobre España, sin darle una hora de gloria, y, en cambio, muchas de desolación y todas de abominable decadencia. Fue en vano que exigiésemos la ejecución de un programa mínimo, el cual, entre otras cosas, preparase con una activa adhesión del Poder el movimiento ascendente fecundo de la clase obrera. Fue en vano que desde el rincón donde mantengo mi arisca independencia de meditador libérrimo me atreviese a decir a la Corona que su grey de ineptos políticos se alimenta tan sólo de flores de lis y amenaza con dejar sin lirios la nueva primavera.

Todo fue inútil. Ni la Corona ni sus parásitos han querido escuchar la palabra cordial, previsora y neta de un periódico que ha nacido exclusivamente para defender una España más justa y más moderna contra otra envilecida y caduca.

Lejos de eso, ¿qué se ha hecho en las últimas semanas? Se ha puesto sobre el viejo y venerable gobernalle de esta raza tan doliente y exasperada la mano del hombre que más brillantemente simboliza la decadencia de nuestras costumbres públicas, este conde exclaustrado de todo idealismo. Con su domesticidad, ha hecho el conde un Gobierno; con su gabinete, un Gabinete. Faltando a todo buen uso constitucional, ha manejado días y días la Gaceta, sin declarar sus propósitos de gobernación. Ahora bien, la recta teoría de la irresponsabilidad de la Corona obliga a que ésta no intervenga en la soberanía nacional, sino en forma de voluntades precisas, expresadas rigorosamente por declaraciones de los Gobiernos responsables. Un presidente que no hace esto, es más bien un valido, que deja a la intemperie la Real prerrogativa. Los ciudadanos tienen derecho a saber quién, cómo, para qué y con qué medios ejerce el Poder una persona determinada. Lo que no es lícito, lo que no es tolerable a estas fechas, es que, como en las películas, nos gobierne un embozado.

Ya que no podamos referirnos a palabras del presidente para averiguar la significación de su política, tenemos que sorprender ésta en el cariz de sus actos. Estos actos son, principalmente, dos Comisiones.

Primero, la Comisión extraparlamentaria. La ingenuidad del apelativo equivale a una confesión indeliberada de lo que piensan y sienten estos señores y señoritos de la Regencia. Para ellos, el orbe concluye donde concluye el Parlamento, que es su behetría. Más allá de él no hay realidad española. Son aldeanos del hemiciclo, y, consecuentemente, cuando quieren hacer algo extraparlamentario, se extrarreúnen ellos mismos, y del Concejo van a la carava. ¿Quién si no podría reunirse en España? De esta manera han hecho una Comisión extraparlamentaria que viene a ser el Parlamento fuera de sí.

Luego, la Comisión que va a definir la personalidad de España en la Sociedad de las Naciones. Como el viento que de la marina llega tierra adentro empujando frescos olores salinos, estas palabras —Sociedad de las Naciones— llegan a nuestros oídos oriundas de un porvenir ideal: son el futuro humano y vienen de él cargadas con aromas de esperanzas. No podemos escucharlas sin pensar en un mundo más noble y justiciero que abrigará dentro de sí una España mejor. Los que tenemos hijos no podemos oírlas sin resbalar nuestra mirada por las frentes de los niños, por esas frentes pueriles que parecen atraer igualmente la dicha o el infortunio.

Pues bien, el conde de Romanones, fiel a sus pares, se ha apresurado a correr la cortina de una Comisión sobre ese vago horizonte de esperanzas. Esta Comisión, como la otra, está formada por los mismos ciudadanos que han aniquilado los últimos veinte años de existencia española. Esta Comisión, como la otra, significa la «reconsagración de los perpetuos». ¿Hablabais de hombres nuevos y de nuevos usos? ¿Teníais la pretensión de que la Corona y el conde gobernante se desentendiesen de los hombres con quienes han sabido siempre entenderse? Nulla est redemptio. España parece condenada a rodar eternidades dentro de ese zodíaco…

Pero no: el Gobierno declara ahora paladinamente su temor por la agitación de la clase obrera —¿extraparlamentaria, señor conde?. Llegan noticias alarmantes de los sindicalistas barceloneses, de los mineros asturianos, de los campesinos andaluces. Se teme, de un momento a otro, la formidable iniciación de la avalancha. ¿Por qué no crear otra Comisión, señor conde?

La situación es, en efecto, gravísima. Un vasto rumor, sordo y fatídico, se difunde subterráneamente bajo el haz de España entera. De todas partes avanzan voces de inquietud. Caiga de lo que sobrevenga la responsabilidad encima de los que no atendieron tantos patrióticos anuncios.

Pero no basta con eso, que es, al cabo, una actitud de justicia negativa. Piensen los españoles dotados de serenidad y reflexión si no es un crimen dejar en vano deslizarse los minutos, si no es un deber de suprema conciencia social estar prevenidos y juntos —lejos de toda la carroña oficial—, a fin de encauzar noblemente, humanamente las iracundias de un pueblo desesperado. Sólo pueden salvar a España hombres de mente clara y sin prejuicios tradicionales, hombres movidos por corazones transparentes.

El Sol, 13 de enero de 1919