Ortega y Gasset
Abstract
A polemic against an Azorín article dismissing Haeckel, Anatole France and Maeterlinck as a «collection of frauds». Ortega prefaces it with a brief thesis on respect as the socializing virtue par excellence and a religious emotion (from religare), and answers Azorín’s gesture with the «manly blush» provoked by an act of barbarism.
Connections
Concetti: religione
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Tal vez nada mueva mi pluma con tanto afán como el ansia de ver todas las cosas nacionales instauradas en el respeto —instaurare omnia in Christo. Es para mí el respeto la virtud socializadora por excelencia, la emoción religiosa (de religare, atar). Si toda la energía humana no se consume en las luchas individuales, si algo de ella sobrequeda y rebasando todas las querellas momentáneas labra silenciosamente obras más perennes que el individuo, es decir, obras sociales, débese al respeto. Por esto Goethe, las raíces de cuya alma potente prendían allá siete estados bajo toda superficie, busca en el sentimiento de la respetuosidad la fontana de la religión. ¿Qué podremos hacer dignamente si nos falta el respeto al juzgar de las cosas y de las personas? Mas, por mala ventura, en esta España nuestra, penetrada de abyección hasta la medula, suelen hallarse corazones de tan torcida casta, que es imposible conllevar siempre el respeto a las cosas, a la verdad, al bien, a la belleza, con el respeto a las personas.
Yo pido que se acuda con el consejo a un hombre hecho a la honestidad intelectual y que lee el artículo que publica Azorín esta mañana en ABC. Según parece, se ha dado a la luz un manifiesto cosmopolita como protesta del régimen actual en la gobernación de nuestro país: van en él muchas firmas. Y entre ellas tres nombres clarísimos, tres de los nombres que componen el estado mayor de la cultura europea. Si los que esos nombres llevan murieran hoy —Haeckel, Anatole France, Maeterlinck— el alma de Europa se hallaría mañana disminuida en peso específico. Azorín despacha a cada uno en un breve párrafo. Y a todos los reúne brutalmente bajo el título «Colección de farsantes». Y esto lo escribe su autor mientras se hallan suspendidas las garantías constitucionales y no es dado comentar el contenido de la protesta. El señor Azorín posee una noción confusa de este término jurídico: suspensión de garantías. Es perentorio esclarecer al señor Azorín que, aun suspendidas las garantías, siguen siendo obligatorias las virtudes, la veracidad y el respeto, la dignidad y la discreción. Cabe otra resolución ante esta acción confusa del señor Azorín, callarse: sobre todo, si quien habla no tiene el oficio duro de vivir en la brecha a toda hora y puede, sin menoscabo del deber, escoger el enemigo. Pero hay sobre todo esto un noble afecto, tan poderoso, que no puede ser dominado: el rubor. No es el rubor una emoción exclusiva de la mujer, un afecto que llegue al ánimo procedente de la fisiología femenina. Hay otra manera de rubor menos propia del madrigal, pero más fuerte y elevada: el rubor viril. Yo no quisiera faltar a la galantería, pero es un hecho histórico innegable, que la cultura, este divino capital de la cultura, ha sido labrado eminentemente por varones. La ciencia, la moral, el arte, son obra de varón. Cuando el azar pone ante nosotros de manifiesto un acto atroz de incultura, es decir, grave defecto de saber, defecto de bondad, penuria de delicadeza, ¿qué hemos de sentir sino ese rubor viril que desde lo más austero y limpio del alma llega a nuestras mejillas y las pone candentes?
Cuando el que escribe tiene una idea tan despectiva del oficio de escritor, de la responsabilidad intelectual, ¿qué hemos de decirle? Sólo podemos mostrar que lo que dice no es cierto. Pero esto importa sólo a quien conserva el prejuicio de acertar, de decir la verdad, de aproximarse con exquisita religiosidad a las cosas sobre que va a juzgar. ¿Qué diremos a quien no se considere ligado a estos prejuicios? ¿Cómo imponer en este caso el respeto a las cosas sin faltar al respeto debido a quien se coloca voluntariamente más allá de todo respeto?
Realmente no existe medio alguno: la querella personal es siempre, siempre injusta, bárbara. El señor Azorín injuria gravemente a Haeckel, a France, a Maeterlinck: lo hace del modo más simplista que puede imaginarse; les llama farsantes porque sí, anula sus méritos en poquísimas palabras. Haeckel no es nadie, France no es casi nadie, Maeterlinck no es Maeterlinck. ¿Qué hacer? Con dócil ingenuidad volvamos a la cuestión objetiva, mostremos que es decididamente inepto lo que dice Azorín y luego, tranquilamente esperemos la vuelta purificadora de los años, la sabia faena del tiempo que con su divino harnero pone a un lado los respetuosos y al otro la liviana paja de los procaces.
Todo es discutible, absolutamente todo, y el que está puesto en la sociedad dentro del gremio intelectual no tiene que hacer en su vida otra cosa sino discutir. Pero esto es precisamente lo que no hace Azorín con aquellos tres claros nombres. Han llegado éstos precisamente a aquel punto de densidad significativa en que nombres de personas, de individuos valen como nombres de cosas. No creo que pueda aspirar a más nombre propio alguno. Hablar de Haeckel no es ya referirse a un cuerpo mortal, de un viejo de ochenta años, que poco hace —unos meses— honró Alemania entera con motivo de su jubilación y apartamiento del profesorado: es hablar de la biología primero, del monismo filosófico después. Léase lo que Azorín escribe:
«Por lo que toca a Haeckel, su materialismo dogmático está completamente desprestigiado en el mundo intelectual; la filosofía de Haeckel no tiene hoy valor ninguno si se toma en cuenta dónde estas cosas se contrastan y aquilatan; Haeckel no es hoy citado sino por articulistas de fondo y profesores rutinarios y de poca lectura. Hay algo más que este materialismo grosero, miope, en el mundo del pensamiento».
Yo no puedo simpatizar con la filosofía de Haeckel: la considero errónea, retrasada, una gran filosofía para pensada hacia 1750; pero, ciertamente, una filosofía. En torno a ella se han movido las pasiones políticas y su creador ha adquirido una doble personalidad de agitador y de científico. Como agitador se ha retratado junto al esqueleto de un orangután, como científico ha publicado sus estudios sobre los protistas, denominación que a él se debe. Puede el lector hallarse bien seguro de que aun siendo decididamente errónea la filosofía de Haeckel, no existe hoy en España nada que le sea superior. Mas, al lado de esto, Haeckel, «es uno de los creadores de la moderna biología», sin género alguno de duda, diga cuanto guste decir Azorín. No hace aún un año, la Keplerbund —una asociación católica— injurió a Haeckel como hombre de ciencia. El profesorado alemán de ciencias naturales se irguió indignado entonces y dirigió un mensaje a Haeckel de gratitud y de respeto: «al pie iban las firmas de todos los grandes biólogos y anatomistas germánicos, sin excepción apreciable». Recuerdo que en aquella sazón Radl, que acaso sea la suma autoridad en cuestión de embriología, se enzarzó en una enérgica polémica con la Keplerbund, y él solo los redujo a la vergüenza.
Perdóneseme una reminiscencia agradecida si en este instante atraviesa mi memoria la figura severa y bella de Radl explicando, allá, bajo la luz triste de aquel anfiteatro, en el Instituto de Anatomía de Leipzig, la historia de los huesos de un cráneo que había puesto en mis manos. Ya se me han olvidado los nombres de aquellos huesos: probablemente llevo otros iguales sobre los hombros; he olvidado asimismo toda la osteología que, a decir verdad, no aprendí nunca. Pero aún recuerdo la voz de Radl diciendo sencillamente que el cráneo de Kant, del hombre más sabio y virtuoso, es uno de los más anchos y capaces estudiados, así como uno de los más diminutos es el pulido y blanco de cierta cortesana alejandrina que llamaban Glykera, la Dulce.
Perhaps nothing moves my pen with such eagerness as the desire to see all national things established in respect —instaurare omnia in Christo. For me respect is the socializing virtue par excellence, the religious emotion (from religare, to bind). If all human energy is not consumed in individual struggles, if something of it remains over and, overstepping all momentary quarrels, silently fashions works more perennial than the individual, that is, social works, it is owing to respect. For this Goethe, the roots of whose powerful soul struck down some seven strata beneath every surface, seeks in the feeling of respectfulness the fountain of religion. What shall we be able to do worthily if respect is lacking to us in judging of things and persons? But, by ill fortune, in this Spain of ours, penetrated with abjection to the marrow, there are wont to be found hearts of so crooked a lineage that it is impossible always to reconcile respect for things, for truth, for the good, for beauty, with respect for persons.
I ask that counsel be sought from a man given to intellectual honesty and that he read the article that Azorín publishes this morning in ABC. Apparently, a cosmopolitan manifesto has been brought to light as a protest against the present regime in the governance of our country: many signatures go in it. And among them three very clear names, three of the names that compose the general staff of European culture. If those who bear these names died today —Haeckel, Anatole France, Maeterlinck— the soul of Europe would find itself tomorrow diminished in specific weight. Azorín dispatches each one in a short paragraph. And he reunites them all brutally under the title «Collection of impostors». And this its author writes while the constitutional guarantees are suspended and it is not given to comment the content of the protest. Mr. Azorín possesses a confused notion of this juridical term: suspension of guarantees. It is peremptory to make clear to Mr. Azorín that, even with the guarantees suspended, the virtues, truthfulness and respect, dignity and discretion, continue to be obligatory. Another resolution is possible before this confused action of Mr. Azorín, to keep silent: above all, if he who speaks does not have the hard trade of living in the breach at all hours and can, without detriment to duty, choose the enemy. But there is over and above all this a noble affection, so powerful that it cannot be dominated: the blush. The blush is not an emotion exclusive to woman, an affection that reaches the spirit proceeding from feminine physiology. There is another manner of blush less proper to the madrigal, but stronger and more elevated: the virile blush. I would not wish to fail in gallantry, but it is an undeniable historical fact, that culture, this divine capital of culture, has been fashioned eminently by men. Science, morals, art, are the work of man. When chance sets before us, manifest, an atrocious act of inculture, that is, grave defect of knowledge, defect of goodness, penury of delicacy, what are we to feel but that virile blush which from the most austere and clean of the soul reaches our cheeks and makes them glowing?
When he who writes has so contemptuous an idea of the writer’s craft, of intellectual responsibility, what are we to say to him? We can only show that what he says is not true. But this matters only to him who preserves the prejudice of hitting the mark, of telling the truth, of approaching with exquisite religiousness the things about which he is going to judge. What shall we say to him who does not consider himself bound to these prejudices? How impose in this case respect for things without failing in the respect due to him who places himself voluntarily beyond all respect?
Really no means exists: the personal quarrel is always, always unjust, barbarous. Mr. Azorín gravely injures Haeckel, France, Maeterlinck: he does it in the most simplistic way imaginable; he calls them impostors for no reason, annuls their merits in very few words. Haeckel is nobody, France is almost nobody, Maeterlinck is not Maeterlinck. What to do? With docile naivety let us return to the objective question, let us show that what Azorín says is decidedly inept and then, tranquilly, let us await the purifying return of the years, the wise task of time which with its divine winnowing fan puts on one side the respectful and on the other the light straw of the insolent.
Everything is debatable, absolutely everything, and he who is placed in society within the intellectual guild has nothing else to do in his life but discuss. But this is precisely what Azorín does not do with those three clear names. They have arrived precisely at that point of significant density at which names of persons, of individuals, are worth as names of things. I do not believe that any proper name can aspire to more. To speak of Haeckel is no longer to refer to a mortal body, to an old man of eighty years, who a little while ago —a few months— honored all Germany on the occasion of his jubilee and retirement from the professoriate: it is to speak of biology first, of philosophical monism afterwards. Let what Azorín writes be read:
«As far as Haeckel is concerned, his dogmatic materialism is completely discredited in the intellectual world; Haeckel’s philosophy today has no value whatever if one takes into account where these things are contrasted and assayed; Haeckel is today cited only by writers of featured articles and by routine-bound, ill-read professors. There is something more than this coarse, myopic materialism in the world of thought».
I cannot sympathize with Haeckel’s philosophy: I consider it erroneous, backward, a great philosophy for having been thought toward 1750; but, certainly, a philosophy. Around it the political passions have moved, and its creator has acquired a double personality of agitator and of scientist. As an agitator he has had himself photographed beside the skeleton of an orangutan; as a scientist he has published his studies on the protists, a denomination that is owing to him. The reader may be quite sure that, even being decidedly erroneous Haeckel’s philosophy, there exists today in Spain nothing superior to it. But, alongside this, Haeckel «is one of the creators of modern biology», without any kind of doubt, let Azorín say whatever he pleases. Not yet a year ago, the Keplerbund —a Catholic association— insulted Haeckel as a man of science. The German professoriate of natural sciences rose up indignant then and addressed to Haeckel a message of gratitude and respect: «at the foot went the signatures of all the great German biologists and anatomists, without appreciable exception». I recall that at that season Radl, who is perhaps the supreme authority in the matter of embryology, engaged in an energetic polemic with the Keplerbund, and he alone reduced them to shame.
May a grateful reminiscence be forgiven me if at this instant there crosses my memory the severe and beautiful figure of Radl explaining, there, beneath the sad light of that amphitheater, in the Institute of Anatomy of Leipzig, the story of the bones of a skull that he had placed in my hands. I have already forgotten the names of those bones: probably I carry others like them on my shoulders; I have likewise forgotten all the osteology which, to tell the truth, I never learned. But I still remember the voice of Radl saying simply that the skull of Kant, of the wisest and most virtuous man, is one of the widest and most capacious studied, just as one of the most diminutive is the polished and white one of a certain Alexandrian courtesan whom they called Glykera, the Sweet.
Forse nulla muove la mia penna con tanto affanno come l’ansia di vedere tutte le cose nazionali instaurate nel rispetto —instaurare omnia in Christo. Per me il rispetto è la virtù socializzatrice per eccellenza, l’emozione religiosa (da religare, legare). Se tutta l’energia umana non si consuma nelle lotte individuali, se qualcosa di essa sopravanza e, oltrepassando tutte le querele momentanee, lavora silenziosamente opere più perenni dell’individuo, cioè opere sociali, lo si deve al rispetto. Per questo Goethe, le radici della cui anima potente si abbarbicavano laggiù sette stati sotto ogni superficie, cerca nel sentimento della riverenza la fontana della religione. Che cosa potremo fare degnamente se ci manca il rispetto nel giudicare delle cose e delle persone? Ma, per mala ventura, in questa nostra Spagna, penetrata di abiezione fino al midollo, sogliono trovarsi cuori di così torta schiatta, che è impossibile conciliare sempre il rispetto delle cose, della verità, del bene, della bellezza, con il rispetto delle persone.
Io chiedo che si ricorra con il consiglio a un uomo fatto all’onestà intellettuale e che legga l’articolo che Azorín pubblica questa mattina in ABC. A quanto pare, si è dato alla luce un manifesto cosmopolita come protesta contro il regime attuale nella governazione del nostro paese: vi vanno molte firme. E tra esse tre nomi chiarissimi, tre dei nomi che compongono lo stato maggiore della cultura europea. Se quelli che portano questi nomi morissero oggi —Haeckel, Anatole France, Maeterlinck— l’anima dell’Europa si troverebbe domani diminuita in peso specifico. Azorín liquida ciascuno in un breve paragrafo. E li riunisce tutti brutalmente sotto il titolo «Collezione di farsanti». E questo lo scrive il suo autore mentre sono sospese le garanzie costituzionali e non è dato commentare il contenuto della protesta. Il signor Azorín possiede una nozione confusa di questo termine giuridico: sospensione delle garanzie. È perentorio chiarire al signor Azorín che, anche sospese le garanzie, continuano a essere obbligatorie le virtù, la veracità e il rispetto, la dignità e la discrezione. C’è un’altra risoluzione dinanzi a questa azione confusa del signor Azorín, tacere: soprattutto, se chi parla non ha il duro mestiere di vivere nella breccia a ogni ora e può, senza scapito del dovere, scegliersi il nemico. Ma c’è sopra tutto questo un nobile affetto, tanto potente che non può essere dominato: il rossore. Il rossore non è un’emozione esclusiva della donna, un affetto che giunga all’animo procedente dalla fisiologia femminile. C’è un’altra maniera di rossore meno propria del madrigale, ma più forte ed elevata: il rossore virile. Io non vorrei mancare alla galanteria, ma è un fatto storico innegabile, che la cultura, questo divino capitale della cultura, è stata lavorata eminentemente da uomini. La scienza, la morale, l’arte, sono opera dell’uomo. Quando il caso mette dinanzi a noi in mostra un atto atroce di incultura, cioè grave difetto di sapere, difetto di bontà, penuria di delicatezza, che cosa dobbiamo sentire se non quel rossore virile che dal più austero e pulito dell’anima giunge alle nostre guance e le rende candenti?
Quando colui che scrive ha un’idea così spregiativa del mestiere di scrittore, della responsabilità intellettuale, che cosa dobbiamo dirgli? Soltanto possiamo mostrare che ciò che dice non è vero. Ma questo importa soltanto a chi conserva il pregiudizio di azzeccare, di dire la verità, di avvicinarsi con esquisita religiosità alle cose su cui sta per giudicare. Che cosa diremo a chi non si consideri legato a questi pregiudizi? Come imporre in questo caso il rispetto delle cose senza mancare al rispetto dovuto a chi si colloca volontariamente al di là di ogni rispetto?
Realmente non esiste alcun mezzo: la querela personale è sempre, sempre ingiusta, barbara. Il signor Azorín offende gravemente Haeckel, France, Maeterlinck: lo fa nel modo più semplicistico che si possa immaginare; li chiama farsanti perché sì, annulla i loro meriti in pochissime parole. Haeckel non è nessuno, France non è quasi nessuno, Maeterlinck non è Maeterlinck. Che fare? Con docile ingenuità torniamo alla questione oggettiva, mostriamo che è decisamente inepto ciò che dice Azorín e poi, tranquillamente, aspettiamo il ritorno purificatore degli anni, la saggia fatica del tempo che con il suo divino vaglio mette da un lato i rispettosi e dall’altro la lieve paglia dei procaci.
Tutto è discutibile, assolutamente tutto, e colui che è posto nella società entro il gremio intellettuale non ha da fare nella sua vita altra cosa che discutere. Ma questo è precisamente ciò che Azorín non fa con quei tre chiari nomi. Questi sono giunti precisamente a quel punto di densità significativa in cui nomi di persone, di individui valgono come nomi di cose. Non credo che alcun nome proprio possa aspirare a di più. Parlare di Haeckel non è già riferirsi a un corpo mortale, a un vecchio di ottant’anni, che poco fa —pochi mesi— onorò tutta la Germania in occasione della sua jubilazione e del suo allontanamento dal professorato: è parlare prima della biologia, poi del monismo filosofico. Si legga ciò che Azorín scrive:
«Per quanto riguarda Haeckel, il suo materialismo dogmatico è completamente screditato nel mondo intellettuale; la filosofia di Haeckel oggi non ha alcun valore se si tiene conto di dove queste cose si confrontano e si raffinano; Haeckel oggi non è citato se non da articolisti di fondo e da professori routinari e di poca lettura. C’è qualcosa di più che questo materialismo grossolano, miope, nel mondo del pensiero».
Io non posso simpatizzare con la filosofia di Haeckel: la considero erronea, ritardata, una grande filosofia per pensata verso il 1750; ma, certamente, una filosofia. Attorno ad essa si sono mosse le passioni politiche e il suo creatore ha acquisito una doppia personalità di agitatore e di scienziato. Come agitatore si è ritratto accanto allo scheletro di un orangutan, come scienziato ha pubblicato i suoi studi sui protisti, denominazione che a lui si deve. Il lettore può stare ben sicuro che, pur essendo decisamente erronea la filosofia di Haeckel, oggi in Spagna non esiste nulla che le sia superiore. Ma, accanto a questo, Haeckel, «è uno dei creatori della moderna biologia», senza alcun genere di dubbio, dica quanto voglia dire Azorín. Non fa ancora un anno, la Keplerbund —un’associazione cattolica— ingiuriò Haeckel come uomo di scienza. Il professorato tedesco di scienze naturali si eresse indignato allora e diresse a Haeckel un messaggio di gratitudine e di rispetto: «in calce andavano le firme di tutti i grandi biologi e anatomisti germanici, senza eccezione apprezzabile». Ricordo che in quella stagione Radl, che forse è la somma autorità in materia di embriologia, si ingaggiò in un’energica polemica con la Keplerbund, e da solo li ridusse alla vergogna.
Mi si perdoni una riconoscente reminiscenza se in questo istante attraversa la mia memoria la figura severa e bella di Radl che spiegava, laggiù, sotto la triste luce di quell’anfiteatro, nell’Istituto di Anatomia di Lipsia, la storia delle ossa di un cranio che aveva posto nelle mie mani. Già mi sono dimenticati i nomi di quelle ossa: probabilmente porto sulle spalle altri uguali; ho dimenticato parimenti tutta l’osteologia che, a dir vero, non imparai mai. Ma ricordo ancora la voce di Radl che diceva semplicemente che il cranio di Kant, dell’uomo più saggio e virtuoso, è uno dei più ampi e capaci studiati, così come uno dei più minuscoli è quello pulito e bianco di una certa cortigiana alessandrina che chiamavano Glykera, la Dolce.
En cuanto al «farsante» Anatole France… nadie que conozca un poco la técnica literaria ignora que sin el aprendizaje de su prosa y de la de Flaubert, Azorín no hubiera escrito las páginas realmente sólidas que pueden sacarse de entre sus antiguos libros. Se trata, pues, por lo pronto de un filial desagradecimiento. Mas, fuera de esto, comete aquí Azorín una grave falta de respeto humano. El dominio de un arte, como el de una ciencia, supone un esfuerzo dolorosísimo: años de labor, renunciamientos, vida austera y recogida. La perfección no viene lograda del cielo: el cielo pone sólo en los elegidos el ansia de ella, y junto a este ansia poderes de virtud para conquistarla. Si algún dato de la firmeza moral de un alma podemos tener, es justamente éste de haber dado cima a la ruda conquista de una perfección. Anatole France vivió muchos años preparándose, huyendo todo fácil triunfo: hoy mismo, dueño de un nombre universal, conduce en el ruido de París sus días luminosos de ateniense desterrado a la manera de los antiguos sabios de la Academia pirrónica. Su escepticismo es inaceptable y es, teóricamente, una incapacidad de pensar lo abstracto. Su genialidad es plástica y política. Sí, política; porque Azorín ha callado que el escepticismo de France tiene un límite. El escepticismo en teoría no sería inmoral: en práctica, sí. Ahora bien; a France se debe en gran parte un hecho ilustre y ejemplar, un caso prodigioso que fue como una comprobación empírica de que la moralidad no es un pío deseo, sino una realidad de carne y hueso sobre la tierra. La revindicación de Dreyfus es el timbre moral de Anatole France: a él se debió en parte que hayamos visto a un pueblo entero desdecirse, reconocer un error cometido y restablecer la justicia con ocasión de un mísero e ínfimo individuo trastornada. Éste, este mismo Anatole France es uno de los «farsantes».
«Respecto al señor Maeterlinck —dice Azorín—, misterioso y vanidoso, es preferible leer directamente a Carlyle, a Emerson, y sobre todo, a Ernesto Hello».
Y nada más. «En vista de eso», es un farsante. No puedo detenerme: estos párrafos, harto aprisa escritos, se alargan demasiado. Habrá que contentarse con hacer saber a Azorín que Carlyle y Emerson no han valido jamás como pensadores originales. Nadie, salvo Azorín, ignora que Emerson es el repetidor suave del pantagruélico Carlyle y que éste a su vez es el importador del idealismo alemán en Inglaterra. Carlyle es Schelling. Y efectivamente, Maeterlinck es un renovador del romanticismo: no a Carlyle ni a Emerson debe principalmente su ideario, sino a Schelling, Schleiermacher y Novalis; luego habría que buscar a los místicos sajones, y sobre todos ellos, al zapatero místico Jakob Boehme. Ignoro si será un farsante, pero conste que el curso pasado explicó en su cátedra de Berlín la filosofía de Maeterlinck nada menos que el profesor Simmel.
Llegado aquí, no he de deducir consecuencia alguna. Sólo quisiera rogar a Azorín que abandonara ese triste ejercicio de avivar las más bajas pasiones de la sociedad española: la inercia mental de las clases acomodadas, la codicia capitalista y la vanidad aristocrática de quienes no son aristócratas ni de alma ni de nación.
El Imparcial, 13 de septiembre de 1909
As for the «impostor» Anatole France… no one who knows a little the literary technique is ignorant that without the apprenticeship of his prose and of that of Flaubert, Azorín would not have written the really solid pages that can be drawn out of his old books. It is a question, then, for the time being, of a filial ingratitude. But, apart from this, Azorín commits here a grave lack of human respect. The dominion of an art, like that of a science, supposes a most painful effort: years of labor, renunciations, austere and recollected life. Perfection does not come achieved from heaven: heaven places in the elect only the longing for it, and alongside this longing powers of virtue to conquer it. If any evidence of the moral firmness of a soul we can have, it is precisely this of having brought to completion the rude conquest of a perfection. Anatole France lived many years preparing himself, fleeing every easy triumph: even today, master of a universal name, he conducts in the noise of Paris his luminous days of exiled Athenian after the manner of the ancient sages of the Pyrrhonian Academy. His skepticism is unacceptable and is, theoretically, an incapacity to think the abstract. His genius is plastic and political. Yes, political; because Azorín has kept silent that France’s skepticism has a limit. Skepticism in theory would not be immoral: in practice, yes. Now then; to France is largely owing an illustrious and exemplary fact, a prodigious case that was like an empirical verification that morality is not a pious desire, but a reality of flesh and bone upon the earth. The vindication of Dreyfus is the moral hallmark of Anatole France: to him was partly owing that we have seen a whole people recant, acknowledge an error committed, and restore justice convulsed on the occasion of a miserable and infinitesimal individual. This man, this same Anatole France, is one of the «impostors».
«With regard to Mr. Maeterlinck —says Azorín—, mysterious and vain, it is preferable to read directly Carlyle, Emerson, and above all, Ernesto Hello».
And nothing more. «In view of that», he is an impostor. I cannot stop: these paragraphs, written all too hastily, stretch out too long. One will have to content oneself with making known to Azorín that Carlyle and Emerson have never held as original thinkers. No one, save Azorín, is ignorant that Emerson is the soft repeater of the Pantagruelian Carlyle and that the latter in turn is the importer of German idealism into England. Carlyle is Schelling. And in effect, Maeterlinck is a renewer of romanticism: not to Carlyle nor to Emerson does he owe principally his body of ideas, but to Schelling, Schleiermacher, and Novalis; then one would have to look to the Saxon mystics, and above them all, to the mystical cobbler Jakob Boehme. I do not know whether he is an impostor, but let it be recorded that last year Professor Simmel, no less, explained in his Berlin chair the philosophy of Maeterlinck.
Arrived here, I am not to deduce any consequence. I should only like to beg Azorín to abandon that sad exercise of quickening the lowest passions of Spanish society: the mental inertia of the well-to-do classes, the capitalist greed, and the aristocratic vanity of those who are not aristocrats either in soul or in nation.
El Imparcial, September 13, 1909
Quanto al «farsante» Anatole France… nessuno che conosca un poco la tecnica letteraria ignora che senza l’apprendimento della sua prosa e di quella di Flaubert, Azorín non avrebbe scritto le pagine realmente solide che possono trarsi dai suoi antichi libri. Si tratta, dunque, per il momento di una filiale ingratitudine. Ma, oltre a questo, Azorín commette qui una grave mancanza di rispetto umano. Il dominio di un’arte, come quello di una scienza, suppone uno sforzo dolorosissimo: anni di lavoro, rinunce, vita austera e raccolta. La perfezione non viene conseguita dal cielo: il cielo pone soltanto negli eletti l’ansia di essa, e accanto a questa ansia poteri di virtù per conquistarla. Se qualche dato della fermezza morale di un’anima possiamo avere, è proprio questo di aver portato a compimento la rude conquista di una perfezione. Anatole France visse molti anni preparandosi, fuggendo ogni facile trionfo: oggi stesso, padrone di un nome universale, conduce nel rumore di Parigi i suoi giorni luminosi di ateniese esiliato alla maniera degli antichi saggi dell’Accademia pirronica. Il suo scetticismo è inaccettabile ed è, teoricamente, una incapacità di pensare l’astratto. La sua genialità è plastica e politica. Sì, politica; perché Azorín ha taciuto che lo scetticismo di France ha un limite. Lo scetticismo in teoria non sarebbe immorale: in pratica, sì. Ora; a France si deve in gran parte un fatto illustre ed esemplare, un caso prodigioso che fu come una comprova empirica che la moralità non è un pio desiderio, ma una realtà di carne e ossa sulla terra. La rivendicazione di Dreyfus è il timbro morale di Anatole France: a lui si dovette in parte che abbiamo visto un popolo intero ritrattarsi, riconoscere un errore commesso e ristabilire la giustizia sconvolta in occasione di un miserabile e infimo individuo. Questi, questo stesso Anatole France è uno dei «farsanti».
«Quanto al signor Maeterlinck —dice Azorín—, misterioso e vanitoso, è preferibile leggere direttamente Carlyle, Emerson e, soprattutto, Ernesto Hello».
E nient’altro. «In vista di ciò», è un farsante. Non posso fermarmi: questi paragrafi, scritti troppo in fretta, si allungano troppo. Bisognerà accontentarsi di far sapere ad Azorín che Carlyle ed Emerson non sono mai valsi come pensatori originali. Nessuno, salvo Azorín, ignora che Emerson è il ripetitore soave del pantagruelico Carlyle e che questi a sua volta è l’importatore dell’idealismo tedesco in Inghilterra. Carlyle è Schelling. E in effetti, Maeterlinck è un rinnovatore del romanticismo: non a Carlyle né a Emerson deve principalmente il suo ideario, ma a Schelling, Schleiermacher e Novalis; poi bisognerebbe cercare i mistici sassoni, e sopra tutti loro, il calzolaio mistico Jakob Boehme. Ignoro se sarà un farsante, ma consti che il corso passato spiegò nella sua cattedra di Berlino la filosofia di Maeterlinck nientemeno che il professor Simmel.
Giunto qui, non ho da dedurre conseguenza alcuna. Soltanto vorrei pregare Azorín che abbandoni quel triste esercizio di avvivare le più basse passioni della società spagnola: l’inerzia mentale delle classi agiate, la cupidigia capitalista e la vanità aristocratica di coloro che non sono aristocratici né d’anima né di nazione.
El Imparcial, 13 settembre 1909