Abstract

A polemic against an Azorín article dismissing Haeckel, Anatole France and Maeterlinck as a «collection of frauds». Ortega prefaces it with a brief thesis on respect as the socializing virtue par excellence and a religious emotion (from religare), and answers Azorín’s gesture with the «manly blush» provoked by an act of barbarism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Tal vez nada mueva mi pluma con tanto afán como el ansia de ver todas las cosas nacionales instauradas en el respeto —instaurare omnia in Christo. Es para mí el respeto la virtud socializadora por excelencia, la emoción religiosa (de religare, atar). Si toda la energía humana no se consume en las luchas individuales, si algo de ella sobrequeda y rebasando todas las querellas momentáneas labra silenciosamente obras más perennes que el individuo, es decir, obras sociales, débese al respeto. Por esto Goethe, las raíces de cuya alma potente prendían allá siete estados bajo toda superficie, busca en el sentimiento de la respetuosidad la fontana de la religión. ¿Qué podremos hacer dignamente si nos falta el respeto al juzgar de las cosas y de las personas? Mas, por mala ventura, en esta España nuestra, penetrada de abyección hasta la medula, suelen hallarse corazones de tan torcida casta, que es imposible conllevar siempre el respeto a las cosas, a la verdad, al bien, a la belleza, con el respeto a las personas.

Yo pido que se acuda con el consejo a un hombre hecho a la honestidad intelectual y que lee el artículo que publica Azorín esta mañana en ABC. Según parece, se ha dado a la luz un manifiesto cosmopolita como protesta del régimen actual en la gobernación de nuestro país: van en él muchas firmas. Y entre ellas tres nombres clarísimos, tres de los nombres que componen el estado mayor de la cultura europea. Si los que esos nombres llevan murieran hoy —Haeckel, Anatole France, Maeterlinck— el alma de Europa se hallaría mañana disminuida en peso específico. Azorín despacha a cada uno en un breve párrafo. Y a todos los reúne brutalmente bajo el título «Colección de farsantes». Y esto lo escribe su autor mientras se hallan suspendidas las garantías constitucionales y no es dado comentar el contenido de la protesta. El señor Azorín posee una noción confusa de este término jurídico: suspensión de garantías. Es perentorio esclarecer al señor Azorín que, aun suspendidas las garantías, siguen siendo obligatorias las virtudes, la veracidad y el respeto, la dignidad y la discreción. Cabe otra resolución ante esta acción confusa del señor Azorín, callarse: sobre todo, si quien habla no tiene el oficio duro de vivir en la brecha a toda hora y puede, sin menoscabo del deber, escoger el enemigo. Pero hay sobre todo esto un noble afecto, tan poderoso, que no puede ser dominado: el rubor. No es el rubor una emoción exclusiva de la mujer, un afecto que llegue al ánimo procedente de la fisiología femenina. Hay otra manera de rubor menos propia del madrigal, pero más fuerte y elevada: el rubor viril. Yo no quisiera faltar a la galantería, pero es un hecho histórico innegable, que la cultura, este divino capital de la cultura, ha sido labrado eminentemente por varones. La ciencia, la moral, el arte, son obra de varón. Cuando el azar pone ante nosotros de manifiesto un acto atroz de incultura, es decir, grave defecto de saber, defecto de bondad, penuria de delicadeza, ¿qué hemos de sentir sino ese rubor viril que desde lo más austero y limpio del alma llega a nuestras mejillas y las pone candentes?

Cuando el que escribe tiene una idea tan despectiva del oficio de escritor, de la responsabilidad intelectual, ¿qué hemos de decirle? Sólo podemos mostrar que lo que dice no es cierto. Pero esto importa sólo a quien conserva el prejuicio de acertar, de decir la verdad, de aproximarse con exquisita religiosidad a las cosas sobre que va a juzgar. ¿Qué diremos a quien no se considere ligado a estos prejuicios? ¿Cómo imponer en este caso el respeto a las cosas sin faltar al respeto debido a quien se coloca voluntariamente más allá de todo respeto?

Realmente no existe medio alguno: la querella personal es siempre, siempre injusta, bárbara. El señor Azorín injuria gravemente a Haeckel, a France, a Maeterlinck: lo hace del modo más simplista que puede imaginarse; les llama farsantes porque sí, anula sus méritos en poquísimas palabras. Haeckel no es nadie, France no es casi nadie, Maeterlinck no es Maeterlinck. ¿Qué hacer? Con dócil ingenuidad volvamos a la cuestión objetiva, mostremos que es decididamente inepto lo que dice Azorín y luego, tranquilamente esperemos la vuelta purificadora de los años, la sabia faena del tiempo que con su divino harnero pone a un lado los respetuosos y al otro la liviana paja de los procaces.

Todo es discutible, absolutamente todo, y el que está puesto en la sociedad dentro del gremio intelectual no tiene que hacer en su vida otra cosa sino discutir. Pero esto es precisamente lo que no hace Azorín con aquellos tres claros nombres. Han llegado éstos precisamente a aquel punto de densidad significativa en que nombres de personas, de individuos valen como nombres de cosas. No creo que pueda aspirar a más nombre propio alguno. Hablar de Haeckel no es ya referirse a un cuerpo mortal, de un viejo de ochenta años, que poco hace —unos meses— honró Alemania entera con motivo de su jubilación y apartamiento del profesorado: es hablar de la biología primero, del monismo filosófico después. Léase lo que Azorín escribe:

«Por lo que toca a Haeckel, su materialismo dogmático está completamente desprestigiado en el mundo intelectual; la filosofía de Haeckel no tiene hoy valor ninguno si se toma en cuenta dónde estas cosas se contrastan y aquilatan; Haeckel no es hoy citado sino por articulistas de fondo y profesores rutinarios y de poca lectura. Hay algo más que este materialismo grosero, miope, en el mundo del pensamiento».

Yo no puedo simpatizar con la filosofía de Haeckel: la considero errónea, retrasada, una gran filosofía para pensada hacia 1750; pero, ciertamente, una filosofía. En torno a ella se han movido las pasiones políticas y su creador ha adquirido una doble personalidad de agitador y de científico. Como agitador se ha retratado junto al esqueleto de un orangután, como científico ha publicado sus estudios sobre los protistas, denominación que a él se debe. Puede el lector hallarse bien seguro de que aun siendo decididamente errónea la filosofía de Haeckel, no existe hoy en España nada que le sea superior. Mas, al lado de esto, Haeckel, «es uno de los creadores de la moderna biología», sin género alguno de duda, diga cuanto guste decir Azorín. No hace aún un año, la Keplerbund —una asociación católica— injurió a Haeckel como hombre de ciencia. El profesorado alemán de ciencias naturales se irguió indignado entonces y dirigió un mensaje a Haeckel de gratitud y de respeto: «al pie iban las firmas de todos los grandes biólogos y anatomistas germánicos, sin excepción apreciable». Recuerdo que en aquella sazón Radl, que acaso sea la suma autoridad en cuestión de embriología, se enzarzó en una enérgica polémica con la Keplerbund, y él solo los redujo a la vergüenza.

Perdóneseme una reminiscencia agradecida si en este instante atraviesa mi memoria la figura severa y bella de Radl explicando, allá, bajo la luz triste de aquel anfiteatro, en el Instituto de Anatomía de Leipzig, la historia de los huesos de un cráneo que había puesto en mis manos. Ya se me han olvidado los nombres de aquellos huesos: probablemente llevo otros iguales sobre los hombros; he olvidado asimismo toda la osteología que, a decir verdad, no aprendí nunca. Pero aún recuerdo la voz de Radl diciendo sencillamente que el cráneo de Kant, del hombre más sabio y virtuoso, es uno de los más anchos y capaces estudiados, así como uno de los más diminutos es el pulido y blanco de cierta cortesana alejandrina que llamaban Glykera, la Dulce.

En cuanto al «farsante» Anatole France… nadie que conozca un poco la técnica literaria ignora que sin el aprendizaje de su prosa y de la de Flaubert, Azorín no hubiera escrito las páginas realmente sólidas que pueden sacarse de entre sus antiguos libros. Se trata, pues, por lo pronto de un filial desagradecimiento. Mas, fuera de esto, comete aquí Azorín una grave falta de respeto humano. El dominio de un arte, como el de una ciencia, supone un esfuerzo dolorosísimo: años de labor, renunciamientos, vida austera y recogida. La perfección no viene lograda del cielo: el cielo pone sólo en los elegidos el ansia de ella, y junto a este ansia poderes de virtud para conquistarla. Si algún dato de la firmeza moral de un alma podemos tener, es justamente éste de haber dado cima a la ruda conquista de una perfección. Anatole France vivió muchos años preparándose, huyendo todo fácil triunfo: hoy mismo, dueño de un nombre universal, conduce en el ruido de París sus días luminosos de ateniense desterrado a la manera de los antiguos sabios de la Academia pirrónica. Su escepticismo es inaceptable y es, teóricamente, una incapacidad de pensar lo abstracto. Su genialidad es plástica y política. Sí, política; porque Azorín ha callado que el escepticismo de France tiene un límite. El escepticismo en teoría no sería inmoral: en práctica, sí. Ahora bien; a France se debe en gran parte un hecho ilustre y ejemplar, un caso prodigioso que fue como una comprobación empírica de que la moralidad no es un pío deseo, sino una realidad de carne y hueso sobre la tierra. La revindicación de Dreyfus es el timbre moral de Anatole France: a él se debió en parte que hayamos visto a un pueblo entero desdecirse, reconocer un error cometido y restablecer la justicia con ocasión de un mísero e ínfimo individuo trastornada. Éste, este mismo Anatole France es uno de los «farsantes».

«Respecto al señor Maeterlinck —dice Azorín—, misterioso y vanidoso, es preferible leer directamente a Carlyle, a Emerson, y sobre todo, a Ernesto Hello».

Y nada más. «En vista de eso», es un farsante. No puedo detenerme: estos párrafos, harto aprisa escritos, se alargan demasiado. Habrá que contentarse con hacer saber a Azorín que Carlyle y Emerson no han valido jamás como pensadores originales. Nadie, salvo Azorín, ignora que Emerson es el repetidor suave del pantagruélico Carlyle y que éste a su vez es el importador del idealismo alemán en Inglaterra. Carlyle es Schelling. Y efectivamente, Maeterlinck es un renovador del romanticismo: no a Carlyle ni a Emerson debe principalmente su ideario, sino a Schelling, Schleiermacher y Novalis; luego habría que buscar a los místicos sajones, y sobre todos ellos, al zapatero místico Jakob Boehme. Ignoro si será un farsante, pero conste que el curso pasado explicó en su cátedra de Berlín la filosofía de Maeterlinck nada menos que el profesor Simmel.

Llegado aquí, no he de deducir consecuencia alguna. Sólo quisiera rogar a Azorín que abandonara ese triste ejercicio de avivar las más bajas pasiones de la sociedad española: la inercia mental de las clases acomodadas, la codicia capitalista y la vanidad aristocrática de quienes no son aristócratas ni de alma ni de nación.

El Imparcial, 13 de septiembre de 1909