Ortega y Gasset
Abstract
A review-cum-narrative of the yacht Noma’s voyage to the Galápagos: travelling in order to see, as the Greeks did; a digression on the animal soul, on playing dolphins, and on joy as man’s real originality. It contains one passing anti-Kantian aside («I do not much believe in duty, as Kant did; I expect everything from enthusiasm»). Travel prose.
Connections
Concetti: natura
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Van alegres sobre el lomo del mar, movidos por una sed de ciencia, de paisajes inusitados, de soledades telúricas. Salen de New York en el yate Noma. Son amigos de ocupación diversa: naturalista, médico, abogado, etcétera. Van dos amigas, dos muchachas esbeltas, gráciles, que vemos en los fotograbados del libro vestidas con trajes de baño: una será la dibujante de la expedición; otra será la cronista. Se trata de un capricho: visitar el Archipiélago de los Galápagos, grupo de islas volcánicas, casi totalmente deshabitadas, que emergen en una fabulosa soledad del Pacífico, a 900 kilómetros de la costa ecuatoriana. Un viaje así, por cuenta propia y para fines científicos, sólo es posible ya a americanos, los jóvenes del mundo, y recuerda los que iniciaron, cuando Hélade era joven, los griegos continentales. A las gentes de Asia y Egipto les sorprendía el viaje deportivo de Solón: viajar para ver —theories héineken—, viajar a causa de contemplar, de teorizar, no con fines de guerra o comercio. En Europa no pueden ya hacerse estos viajes más que a costa del Estado, con lo cual se convierten en obligaciones y pierden su gracia. Yo no creo mucho en la obligación, como creía Kant; lo espero todo del entusiasmo. Siempre es más fecunda una ilusión que un deber. (Tal vez el papel de la obligación y del deber es subsidiario; hacen falta para llenar los huecos de la ilusión y el entusiasmo). Para Europa, hoy, la gran cuestión no es un nuevo sistema de deberes, sino un nuevo programa de apetitos.
Este tropel de gente joven, elástica y sonrosada —fauna de gran film—, nos arrastra en su alegría navegante y nos hace marchar con ellos. Desde que salimos de Jersey nos acompaña también una gaviota. Llevamos tres días de ruta —1.100 kilómetros— y el ave continúa su mágica escolta. ¿Por qué? ¿Qué instinto, como canino, mantiene en nuestra compañía a este volátil de grandes alas lentas que van diciendo «Adiós»? ¿Dónde duerme por las noches, mientras el Noma progresa en alta mar, empujado por su máquina nocturna? No conocemos nada decisivo del alma animal. Si nos inclinamos sobre la borda y miramos la estela del navío, vemos una familia de delfines que se obstina también en seguirnos día y noche. ¿Por qué esta amistad de los delfines hacia el hombre, que llamaba ya mitológicamente la atención de los antiguos? Avanzamos siempre por la vida entre el misterio innumerable de amistades y enemistades desconocidas.
El caso del delfín es de los más extraños. No sólo se apresura a juntarse con el hombre apenas lo presume, sino que va a su vera, dando tales brincos y volteretas, que ineludiblemente interpretamos su faena como un juego. Y no en el sentido en que pueda serlo el retozo del buche o la potranca, del gozque o del macaco, que es un mero reflejo de su vitalidad rebosante y produce un juego sin alma, un juego serio, sino en el sentido humano que hace del juego, a la vez, síntoma y expresión de la alegría. A cuantos han visto la conducta del delfín entre las espumas, se les ha impuesto con rara evidencia esta significación de jocundia. Y ella es la que, desde tiempo inmemorial, ha llevado a considerar los delfines como animales inesperadamente humanos. Porque, en efecto, es la alegría la grande originalidad del hombre en el repertorio de la creación. El dolor no nos es peculiar. En cambio, los escolásticos subrayan ya como un atributo específico de la humanidad la risibilitas, la aptitud para risa y sonrisa. «La alegría del delfín» fuera un espléndido título bajo el cual, equívocamente, podía hacerse un profundo estudio de psicobiología o un vaudeville. Ello es que no basta para explicar el buen humor de los delfines su condición de mamíferos. Los demás mamíferos son serios, salvo el delfín y el hombre. ¿Cabe nada más mamífero y más serio que una vaca? La ubre no es garantía de eutrapelia. (Recuerdo haber leído hace muchos, muchos años, en la Historia de la Literatura Española, de Amador de los Ríos —que parece compuesta por la vaca más erudita— cierto epitafio existente en el sepulcro de un obispo medieval. En él se le llama pius, largus, atque facetus —piadoso, benéfico y jovial. ¿Quién no ambicionaría pareja inscripción sobre su tumba, ya que ésta es inevitable?)
Por la noche, en el silencio, que el ruido habitual de la hélice no perturba, oímos junto a nosotros la respiración de los delfines como de humanos nadadores que resoplan en concurso hacia una boya festival.
Después de deslizarnos por el poro de Panamá, navegamos hacia el archipiélago. Días y días de alta mar, de soledad elemental. Las nubes viajeras emigran en hordas hacia Septentrión, pasando en orden guerrero la línea del Ecuador, como los bárbaros pasaban el limes romano.
¡Qué emoción al arribar junto a este rebaño de islas negras, perdidas en el Océano, bloques de lava bruna que terminan en una encía de cráteres! Como tantas otras, fueron estas islas descubiertas por los españoles. El español ha sido un magnífico desflorador de islas. Luego las dejaba olvidadas. Fue, como Ulises, un Don Juan de los mares. (¿Se ha estudiado a Ulises desde este ángulo? Porque es, evidentemente, la primera aparición de Don Juan. En su viaje no perdonó ninguna de las feminidades superiores que ornaban el Mediterráneo. En cada isla había una mujer maravillosa, una mujer encantadora: Calipso, Circe, las Sirenas. Ulises encantaba a las encantadoras, pasaba junto a ellas, dejándolas a un tiempo transidas y burladas. Su emoción pudorosa al verse desnudo, con sus cuarenta años corridos, delante de la juvenil Nausicaa, es la emoción clásica del Don Juan decadente. Al tornar, por fin, a la vera de su conyugal tejedora, no se contenta con menos que con reconquistarla, triunfando de sus pretendientes). Ello es que, luego de haber topado varias veces con estas islas, no había medio de encontrarlas. La insuficiente precisión de los instrumentos náuticos impedía entonces medir bien las distancias. La propensión a desaparecer de la ruta que estas islas mostraban inspiró a los españoles su primer nombre, que parece de Shakespeare: Las Islas Encantadas.
Tras ellos las visitaron los filibusteros ingleses, sobre todo Dampier; este hombre extraordinario, tan sabio y tan pirata, da las primeras noticias agudas sobre lo peculiar de este archipiélago. La abundancia de enormes tortugas impone la definitiva denominación: Galápagos. Estas tortugas, tan mansas que en poco rato podían cazarse a centenares, son un exquisito manjar. Cuando pasó la hora de los piratas llegó la de los balleneros, que atracaban aquí forzados por el escorbuto. A ellos se debe la casi desaparición de las tortugas. Porque advirtiendo que éstas pueden permanecer mucho tiempo sin comer, y sin perder, no obstante, carne, almacenaban en los sollados grandes cantidades de ellas. De este modo, sin frigorífico, aseguraban vianda fresca para mucho tiempo.
Pero la visita clásica que da al mínimo archipiélago una ilustre consagración fue la de Darwin mozo, que llegó aquí en 1835, a bordo del Beagle, y permaneció durante cinco semanas. Entonces recibió una magnífica iluminación. Sorprendido por la observación de que la flora y fauna de estas islas, sobre todo los pájaros, mostraban variedades adscritas a una o a un grupo de ellas —a pesar de ser las islas tan próximas—, concibió la idea de la selección natural; sin duda, una de las grandes ideas que han brotado hasta ahora en la mente humana. Como siempre, es un hecho afortunado —no muchos hechos, no muchos datos— quien dispara la fecunda intuición. Siglo y medio antes había sido una poma; ahora fue el pico de los sinsontes o pájaros mimos. Quien quiera formarse una idea verdaderamente precisa de lo que es la ciencia, debe meditar sobre estas anécdotas.
Sin embargo, la escena mayor que estas islas oscuras ofrecen es otra. Los personajes de ella son, como en las fábulas, unos lagartos. En este rincón del planeta han venido a conservarse vivientes los últimos residuos de lo que fue fauna gigante de una edad desaparecida. El viaje que hacemos arrastrados por este tropel de amigos joviales y curiosos nos hace intimar con las dos hórridas iguanas: la de mar y la de tierra, representantes en postrera degeneración de la gran raza heráldica de los dragones, de los saurios. Cuando en la costa negra, sobre las rocas de lava que el mar fatiga o, pocos metros tierra adentro, en los descarpes agrios de aristas afiladas, que cortan como navajas el cuero de los zapatos, vemos los rebaños de ingentes lagartos antiguos, erizados de cascos dentados, moviéndose estúpidamente —con una estupidez distinta en su calidad de la estupidez frecuente en la actual etapa geológica— nos parece morir a un vasto presente y renacer mágicamente en un premundo.
They go happily on the back of the sea, moved by a thirst for science, for unusual landscapes, for telluric solitudes. They set out from New York in the yacht Noma. They are friends of diverse occupation: naturalist, doctor, lawyer, etcetera. Two women friends go too, two slender, graceful girls, whom we see in the photoengravings of the book dressed in bathing suits: one will be the expedition’s draughtswoman; the other will be the chronicler. It is a caprice: to visit the Galápagos Archipelago, a group of volcanic islands, almost totally uninhabited, that emerge in a fabulous solitude of the Pacific, 900 kilometers from the Ecuadorian coast. A trip like this, at one’s own expense and for scientific purposes, is now possible only to Americans, the young men of the world, and recalls those begun, when Hellas was young, by the continental Greeks. To the peoples of Asia and Egypt, Solon’s sportive voyage was surprising: to travel in order to see —theories héineken—, to travel for the sake —cause— of contemplating, of theorizing, not with ends of war or commerce. In Europe these trips can no longer be made except at the cost of the State, whereupon they become obligations and lose their charm. I do not believe much in obligation, as Kant believed; I expect everything from enthusiasm. An illusion is always more fruitful than a duty. (Perhaps the role of obligation and duty is subsidiary; they are needed to fill the gaps of illusion and enthusiasm). For Europe, today, the great question is not a new system of duties, but a new program of appetites.
This throng of young people, elastic and rosy —fauna of a great film—, drags us along in its navigating joy and makes us march with them. Since we left Jersey a seagull has accompanied us too. We carry three days of route —1,100 kilometers— and the bird continues its magical escort. Why? What instinct, like a canine one, keeps in our company this bird of great slow wings that keep saying «Goodbye»? Where does it sleep at night, while the Noma advances on the high sea, driven by its nocturnal machine? We know nothing decisive of the animal soul. If we lean over the gunwale and look at the wake of the ship, we see a family of dolphins that also persists in following us day and night. Why this friendship of the dolphins toward man, which even mythologically called the attention of the ancients? We always advance through life amid the innumerable mystery of unknown friendships and enmities.
The case of the dolphin is among the strangest. Not only does it hasten to join man as soon as it presumes him, but it goes alongside him, giving such leaps and somersaults, that we inevitably interpret its task as a game. And not in the sense in which the frolic of the cub or the filly, of the cur or the macaque, can be one, which is a mere reflection of its overflowing vitality and produces a soulless game, a serious game, but in the human sense that makes of the game, at once, symptom and expression of joy. On all who have seen the conduct of the dolphin among the foam, this signification of jocundity has imposed itself with rare evidence. And it is she who, from time immemorial, has led to consider dolphins as unexpectedly human animals. Because, in effect, it is joy that is the great originality of man in the repertory of creation. Pain is not peculiar to us. On the other hand, the Scholastics already underline as a specific attribute of humanity the risibilitas, the aptitude for laughter and smile. «The joy of the dolphin» would be a splendid title under which, equivocally, one could make a deep study of psychobiology or a vaudeville. The fact is that the condition of mammals does not suffice to explain the good humor of dolphins. The other mammals are serious, except the dolphin and man. Is there anything more mammalian and more serious than a cow? The udder is not a guarantee of eutrapelia. (I remember having read many, many years ago, in the History of Spanish Literature, of Amador de los Ríos —which seems composed by the most erudite cow— a certain epitaph existing in the sepulcher of a medieval bishop. In it he is called pius, largus, atque facetus —pious, bountiful, and jovial. Who would not covet a like inscription on his tomb, since it is inevitable?)
At night, in the silence, which the habitual noise of the propeller does not disturb, we hear beside us the breathing of the dolphins like that of human swimmers who puff in a contest toward a festive buoy.
After slipping through the pore of Panama, we sail toward the archipelago. Days and days of high sea, of elemental solitude. The traveling clouds emigrate in hordes toward the North, passing in warrior order the line of the Equator, as the barbarians passed the Roman limes.
What emotion upon arriving alongside this flock of black islands, lost in the Ocean, blocks of brown lava that end in a gum of craters! Like so many others, these islands were discovered by the Spaniards. The Spaniard has been a magnificent deflowerer of islands. Then he left them forgotten. He was, like Ulysses, a Don Juan of the seas. (Has Ulysses been studied from this angle? Because he is, evidently, the first apparition of Don Juan. In his voyage he spared none of the superior femininities that adorned the Mediterranean. On each island there was a marvelous woman, an enchanting woman: Calypso, Circe, the Sirens. Ulysses enchanted the enchantresses, passed beside them, leaving them at once swooning and mocked. His modest emotion upon seeing himself naked, with his forty years gone by, before the youthful Nausicaa, is the classic emotion of the decadent Don Juan. Upon returning, finally, to the side of his conjugal weaver, he contents himself with nothing less than reconquering her, triumphing over her suitors). The fact is that, after having bumped into these islands several times, there was no way of finding them. The insufficient precision of the nautical instruments then prevented measuring well the distances. The propensity to disappear from the route that these islands showed inspired in the Spaniards their first name, which seems from Shakespeare: Las Islas Encantadas.
After them the English buccaneers visited them, above all Dampier; this extraordinary man, so wise and so much a pirate, gives the first acute notices about what is peculiar to this archipelago. The abundance of enormous tortoises imposes the definitive denomination: Galápagos. These tortoises, so tame that in a short while hundreds could be hunted, are an exquisite delicacy. When the hour of the pirates passed there came that of the whalers, who docked here forced by scurvy. To them is owing the almost disappearance of the tortoises. Because, noting that these can remain a long time without eating, and without losing, nevertheless, flesh, they stored in the holds great quantities of them. In this way, without a refrigerator, they assured fresh provisions for a long time.
But the classic visit that gives the minimal archipelago an illustrious consecration was that of young Darwin, who arrived here in 1835, aboard the Beagle, and remained for five weeks. Then he received a magnificent illumination. Surprised by the observation that the flora and fauna of these islands, above all the birds, showed varieties ascribed to one or to a group of them —despite the islands being so close—, he conceived the idea of natural selection; without doubt, one of the great ideas that have sprouted so far in the human mind. As always, it is a fortunate fact —not many facts, not many data— that fires the fruitful intuition. A century and a half before it had been an apple; now it was the beak of the mockingbirds or mimus birds. Whoever wishes to form a truly precise idea of what science is, must meditate on these anecdotes.
Nevertheless, the greatest scene that these dark islands offer is another. Its characters are, as in fables, some lizards. In this corner of the planet there have come to be preserved living the last residues of what was giant fauna of a vanished age. The voyage we make dragged along by this throng of jovial and curious friends makes us become intimate with the two horrid iguanas: the sea one and the land one, representatives in last degeneration of the great heraldic race of the dragons, of the saurians. When on the black coast, over the rocks of lava that the sea wearies or, a few meters inland, on the sour escarpments of sharp edges, which cut like razors the leather of the shoes, we see the herds of huge ancient lizards, bristling with dentated crests, moving stupidly —with a stupidity distinct in its quality from the stupidity frequent in the present geological stage— it seems to us that we die to a vast present and are magically reborn in a pre-world.
Vanno allegri sul dorso del mare, mossi da una sete di scienza, di paesaggi inusitati, di solitudini telluriche. Partono da New York nello yacht Noma. Sono amici di occupazione diversa: naturalista, medico, avvocato, eccetera. Vanno due amiche, due ragazze snelle, gracili, che vediamo nelle fototipie del libro vestite con costumi da bagno: una sarà la disegnatrice della spedizione; l’altra sarà la cronista. Si tratta di un capriccio: visitare l’Arcipelago delle Galápagos, gruppo di isole vulcaniche, quasi totalmente disabitate, che emergono in una favolosa solitudine del Pacifico, a 900 chilometri dalla costa ecuadoriana. Un viaggio così, per conto proprio e per fini scientifici, è ormai possibile soltanto agli americani, i giovani del mondo, e ricorda quelli che iniziarono, quando l’Ellade era giovane, i greci continentali. Alle genti d’Asia e d’Egitto sorprendeva il viaggio sportivo di Solone: viaggiare per vedere —theories héineken—, viaggiare a causa di contemplare, di teorizzare, non con fini di guerra o commercio. In Europa questi viaggi non si possono già fare più che a spese dello Stato, con il che si convertono in obbligazioni e perdono la loro grazia. Io non credo molto nell’obbligazione, come credeva Kant; attendo tutto dall’entusiasmo. È sempre più feconda un’illusione che un dovere. (Forse il ruolo dell’obbligazione e del dovere è sussidiario; servono per riempire i vuoti dell’illusione e dell’entusiasmo). Per l’Europa, oggi, la grande questione non è un nuovo sistema di doveri, ma un nuovo programma di appetiti.
Questo frastuono di gente giovane, elastica e rosea —fauna di grande film—, ci trascina nella sua allegria navigante e ci fa marciare con loro. Da quando siamo usciti da Jersey ci accompagna anche un gabbiano. Portiamo tre giorni di rotta —1.100 chilometri— e l’uccello continua la sua magica scorta. Perché? Quale istinto, come canino, mantiene nella nostra compagnia questo volatile dalle grandi ali lente che vanno dicendo «Addio»? Dove dorme di notte, mentre il Noma progredisce in alto mare, spinto dalla sua macchina notturna? Non conosciamo nulla di decisivo dell’anima animale. Se ci chiniamo sulla murata e guardiamo la scia del vascello, vediamo una famiglia di delfini che si ostina anch’essa a seguirci giorno e notte. Perché questa amicizia dei delfini verso l’uomo, che richiamava già mitologicamente l’attenzione degli antichi? Avanziamo sempre per la vita tra il mistero innumerevole di amicizie e inimicizie sconosciute.
Il caso del delfino è tra i più strani. Non solo si affretta a raggiungere l’uomo appena lo presuma, ma va al suo fianco, dando tali balzi e capriole, che ineludibilmente interpretiamo la sua faccenda come un gioco. E non nel senso in cui possa esserlo lo scherzo del cucciolo o della puledra, del cagnolino o del macaco, che è un mero riflesso della sua vitalità traboccante e produce un gioco senz’anima, un gioco serio, bensì nel senso umano che fa del gioco, a un tempo, sintomo ed espressione dell’allegria. A quanti hanno visto la condotta del delfino tra le spume, si è imposto con rara evidenza questo significato di giocondità. Ed è essa che, da tempo immemorabile, ha portato a considerare i delfini come animali inaspettatamente umani. Perché, in effetti, è l’allegria la grande originalità dell’uomo nel repertorio della creazione. Il dolore non ci è peculiare. Invece, gli scolastici sottolineano già come attributo specifico dell’umanità la risibilità, l’attitudine al riso e al sorriso. «L’allegria del delfino» sarebbe un titolo splendido sotto il quale, equivocamente, si potrebbe fare un profondo studio di psicobiologia o un vaudeville. Il fatto è che non basta a spiegare il buon umore dei delfini la loro condizione di mammiferi. Gli altri mammiferi sono seri, salvo il delfino e l’uomo. C’è nulla di più mammifero e di più serio di una vacca? La mammella non è garanzia di eutrapelia. (Ricordo di aver letto molti, moltissimi anni fa, nella Storia della Letteratura Spagnola, di Amador de los Ríos —che sembra composta dalla vacca più erudita— certo epitaffio esistente nel sepolcro di un vescovo medievale. In esso lo si chiama pius, largus, atque facetus —pio, munifico e gioviale. Chi non ambirebbe a una simile iscrizione sulla propria tomba, giacché questa è inevitabile?)
Di notte, nel silenzio, che il rumore abituale dell’elica non perturba, udiamo accanto a noi il respiro dei delfini come di umani nuotatori che sbuffano in gara verso una boa festosa.
Dopo esserci infilati nel poro di Panama, navighiamo verso l’arcipelago. Giorni e giorni di alto mare, di solitudine elementare. Le nuvole viaggiatrici emigrano in orde verso Settentrione, passando in ordine guerriero la linea dell’Equatore, come i barbari passavano il limes romano.
Che emozione all’arrivo accanto a questo gregge di isole nere, perdute nell’Oceano, blocchi di lava bruna che terminano in una gengiva di crateri! Come tante altre, queste isole furono scoperte dagli spagnoli. Lo spagnolo è stato un magnifico defloratore di isole. Poi le lasciava dimenticate. Fu, come Ulisse, un Don Giovanni dei mari. (Si è studiato Ulisse da quest’angolo? Perché è, evidentemente, la prima apparizione di Don Giovanni. Nel suo viaggio non perdonò nessuna delle femminilità superiori che ornavano il Mediterraneo. In ogni isola c’era una donna meravigliosa, una donna incantevole: Calipso, Circe, le Sirene. Ulisse incantava le incantatrici, passava accanto a loro, lasciandole a un tempo trasite e beffate. La sua emozione pudica nel vedersi nudo, con i suoi quarant’anni compiuti, dinanzi alla giovane Nausicaa, è l’emozione classica del Don Giovanni decadente. Al tornare, infine, accanto alla sua coniugale tessitrice, non si contenta di meno che di riconquistarla, trionfando dei suoi pretendenti). Il fatto è che, dopo aver urtato varie volte con queste isole, non c’era modo di trovarle. L’insufficiente precisione degli strumenti nautici impediva allora di misurare bene le distanze. La propensione a sparire dalla rotta che queste isole mostravano ispirò agli spagnoli il loro primo nome, che pare di Shakespeare: Las Islas Encantadas.
Dopo di loro le visitarono i filibustieri inglesi, soprattutto Dampier; quest’uomo straordinario, così saggio e così pirata, dà le prime notizie acute su ciò che è peculiare di questo arcipelago. L’abbondanza di enormi tartarughe impone la definitiva denominazione: Galápagos. Queste tartarughe, tanto mansuete che in poco tempo si potevano cacciarne a centinaia, sono un esquisito manicaretto. Quando passò l’ora dei pirati arrivò quella dei balenieri, che attraccavano qui forzati dallo scorbuto. A loro si deve la quasi scomparsa delle tartarughe. Perché, avvertendo che queste possono rimanere molto tempo senza mangiare, e senza perdere, nondimeno, carne, immagazzinavano nelle stive grandi quantità di esse. In questo modo, senza frigorifero, si assicuravano vettovaglia fresca per molto tempo.
Ma la visita classica che dà al minimo arcipelago un’illustre consacrazione fu quella di Darwin giovane, che arrivò qui nel 1835, a bordo del Beagle, e vi rimase durante cinque settimane. Allora ricevette una magnifica illuminazione. Sorpreso dall’osservazione che la flora e la fauna di queste isole, soprattutto gli uccelli, mostravano varietà ascritte a una o a un gruppo di esse —nonostante essere le isole tanto vicine—, concepì l’idea della selezione naturale; senza dubbio, una delle grandi idee che sono germogliate finora nella mente umana. Come sempre, è un fatto fortunato —non molti fatti, non molti dati— a sparare la feconda intuizione. Secolo e mezzo prima era stata una mela; ora fu il becco dei tordi canterini o uccelli mimi. Chi voglia formarsi un’idea veramente precisa di ciò che è la scienza, deve meditare su queste aneddoti.
Tuttavia, la scena maggiore che queste isole oscure offrono è un’altra. I personaggi di essa sono, come nelle favole, delle lucertole. In questo angolo del pianeta sono venuti a conservarsi viventi gli ultimi residui di quella che fu fauna gigante di un’età scomparsa. Il viaggio che facciamo trascinati da questo frastuono di amici gioviali e curiosi ci fa intimare con le due orride iguane: quella di mare e quella di terra, rappresentanti in ultima degenerazione della grande razza araldica dei draghi, dei sauri. Quando sulla costa nera, sopra le rocce di lava che il mare affatica o, pochi metri entroterra, negli scoscendimenti agri di spigoli affilati, che tagliano come rasoi il cuoio delle scarpe, vediamo i greggi di ingenti lucertole antiche, irte di creste dentate, muovendosi stupidamente —con una stupidità distinta nella sua qualità dalla stupidità frequente nell’attuale tappa geologica— ci pare di morire a un vasto presente e di rinascere magicamente in un premondo.
Estas iguanas, de armadura tremenda y mirada bondadosa, son de una mansedumbre inusitada. No hay modo de enfurecerlas. Uno de estos amigos agarra una por la cola, la hace girar violentamente en el aire y luego la despide a unos metros de distancia. El animal rebota sobre la tierra, se recobra y pacíficamente echa a andar hacia nuestro amigo, se acerca a él, mirándole con sus ojos milenarios, llenos de bondad prehumana, y aguanta seis veces seguidas el mismo trato sin variar de reacción. ¿A qué, pues, sus cimeras dentadas, sus garras, sus poderosos miembros, su tamaño, que a veces llega a un metro veinte?
Cuando antes hablaba de la alegría de los delfines debía haber hecho esta advertencia: hace cuarenta años, cualquiera sospecha fundada en alguna impresión fisiognómica hubiera parecido anticientífica. Hoy las cosas han variado. Aún se ignora por completo si es posible, o en qué medida lo es, aprovechar la expresión vital de un ser como indicio de su intimidad profunda. Pero ya no parece cosa tan anticientífica. Entrevemos leyes arcanas, aún no formuladas, que regulan el sentido de los gestos en todo ser viviente, y no creemos inverosímil que, a su través, podamos palpar en alguna manera el alma muda del animal. En este orden es sobremanera inquietador el aspecto fisiognómico de estos últimos saurios. Un no se sabe qué de más humano, y a la vez menos humano, que en el resto de las especies actuales, parece rezumar de sus grandes órbitas quietas y unirse en contraste misterioso con la fiereza externa de sus formas. Por otro lado, la paleontología nos detiene siempre con inconfesada preocupación en la grande época de los reptiles.
Y he aquí que recientemente un famoso paleontólogo, desechando escrúpulos, se atreve a comunicarnos sus sospechas, sus presunciones, que le obsesionan como pesadillas. No puede probarlas sino a medias, y en ese estado intermedio de ciencia y visión nos las presenta. El libro de Dacqué, titulado Mundo primario, fábula y humanidad[24], quiere descubrirnos la autenticidad de los dragones imaginarios. Según él, el hombre, especie mucho más antigua de lo que se supone, convivió con ellos. Sólo que entonces el hombre ostentaba una forma corporal diferente de la actual. No puedo ahora referir, ni aun en grandes líneas, las ideas de Dacqué. Sólo indicaré cuál es su punto de partida. Si se comparan en conjunto las faunas de las distintas edades geológicas, salta a la vista que en cada una, las especies, por variadas que sean, acusan una extraña unidad de estilo. En la época de los saurios, no sólo ellos lo son, sino que el detalle de su línea formal repercute en todos los animales contemporáneos. Diríase que cada época, como un buen escultor, impone su estilo único al plasma viviente, trasponiendo a su «manera» las especies todas, como el artista modula los temas eternos. Habría, según esto, un hombre-saurio, una preexistencia reptil de la humanidad.
Pero dejemos esto, que es de sobra complicado. Subrayemos sólo la mansedumbre de los animales en estas islas ásperas. Aún no han inventado el miedo al hombre. El ave de presa se deja manosear como si estuviese ya en un blasón. El león marino nos sigue como un perro.
Por cierto que, habiendo llevado a bordo un ejemplar joven de esta última especie, en cuanto puede se escapa de su jaula y, galopando sobre sus aletas —como un otario de circo—, se dirige al lugar de sus delicias. ¡Piense el lector un momento cuál puede ser la delicia escogida para un león marino en un yate norteamericano!… El joven león marino galopa hacia el salón y se sube en un asiento… para escuchar el gramófono.
These iguanas, of tremendous armour and kindly gaze, are of an unaccustomed tameness. There is no manner of enraging them. One of these friends seizes one by the tail, whirls it violently in the air and then flings it a few yards away. The animal bounces on the ground, recovers itself and peacefully sets off walking toward our friend, approaches him, looking at him with its millennial eyes, full of pre-human kindness, and endures six times in a row the same treatment without varying its reaction. To what purpose, then, its serrated crests, its claws, its powerful limbs, its size, which sometimes reaches a metre and twenty?
When earlier I spoke of the joy of the dolphins I ought to have made this warning: forty years ago, any suspicion founded on some physiognomic impression would have seemed unscientific. Today things have changed. It is still completely unknown whether it is possible, or to what extent it is, to turn the vital expression of a being to account as an indication of its deep intimacy. But it no longer seems such an unscientific thing. We glimpse arcane laws, not yet formulated, that regulate the sense of gestures in every living being, and we do not deem it unlikely that, through them, we may in some way touch the mute soul of the animal. In this order the physiognomic aspect of these last saurians is exceedingly disquieting. A certain something more human, and at once less human, than in the rest of the present species, seems to ooze from their great quiet eye-sockets and to join in mysterious contrast with the external fierceness of their forms. On the other hand, palaeontology always detains us with an unconcealed concern in the great age of the reptiles.
And behold, recently a famous palaeontologist, casting aside scruples, dares to communicate to us his suspicions, his presumptions, which obsess him like nightmares. He can prove them only halfway, and in that intermediate state of science and vision he presents them to us. The book of Dacqué, entitled Primitive world, fable and humanity[24], wishes to reveal to us the authenticity of imaginary dragons. According to him, man, a species much older than is supposed, lived together with them. Only that then man displayed a bodily form different from the present one. I cannot now relate, even in broad outline, the ideas of Dacqué. I shall only indicate what his point of departure is. If the faunas of the different geological ages are compared as a whole, it leaps to the eye that in each one the species, however varied, betray a strange unity of style. In the age of the saurians, not only are they saurians, but the detail of their formal line echoes in all the contemporary animals. One would say that each age, like a good sculptor, imposes its unique style upon the living plasma, transposing all species to its “manner,” as the artist modulates the eternal themes. There would be, according to this, a saurian-man, a reptilian pre-existence of humanity.
But let us leave this, which is complicated enough. Let us only underline the tameness of the animals on these harsh islands. They have not yet invented fear of man. The bird of prey lets itself be handled as if it were already on a coat of arms. The sea-lion follows us like a dog.
Indeed, having taken on board a young specimen of this last species, as soon as it can it escapes from its cage and, galloping on its flippers —like a performing sea-lion—, makes for the place of its delights. Let the reader think for a moment what may be the chosen delight for a sea-lion on a North American yacht!… The young sea-lion gallops toward the saloon and climbs onto a seat… to listen to the gramophone.
Queste iguane, d’armatura tremenda e sguardo bonario, sono di una mansuetudine inusitata. Non c’è modo di farle infuriare. Uno di questi amici ne afferra una per la coda, la fa roteare violentemente nell’aria e poi la scaglia a qualche metro di distanza. L’animale rimbalza sul terreno, si riprende e pacificamente si mette a camminare verso il nostro amico, gli si avvicina, guardandolo con i suoi occhi millenari, pieni di bontà preumana, e sopporta sei volte di seguito lo stesso trattamento senza variare reazione. A che servono, dunque, le sue creste dentate, i suoi artigli, le sue potenti membra, la sua mole, che talvolta arriva a un metro e venti?
Quando prima parlavo dell’allegria dei delfini avrei dovuto fare questa avvertenza: quarant’anni fa, qualunque sospetto fondato su qualche impressione fisionomica sarebbe parso antiscientifico. Oggi le cose sono cambiate. Ancora si ignora del tutto se sia possibile, o in quale misura lo sia, sfruttare l’espressione vitale di un essere come indizio della sua intima profondità. Ma non sembra più cosa tanto antiscientifica. Intravvediamo leggi arcane, ancora non formulate, che regolano il senso dei gesti in ogni essere vivente, e non crediamo inverosimile che, attraverso di esse, possiamo in qualche modo palpare l’anima muta dell’animale. In quest’ordine è oltremodo inquietante l’aspetto fisionomico di questi ultimi sauri. Un non so che di più umano, e insieme meno umano, che nel resto delle specie attuali, sembra trasudare dalle loro grandi orbite quiete e unirsi in contrasto misterioso con la fierezza esterna delle loro forme. D’altronde, la paleontologia ci trattiene sempre con inconfessata preoccupazione nella grande epoca dei rettili.
Ed ecco che recentemente un famoso paleontologo, messi da parte gli scrupoli, osa comunicarci i suoi sospetti, le sue presunzioni, che lo ossessionano come incubi. Non può provarli se non a metà, e in quello stato intermedio di scienza e visione ce li presenta. Il libro di Dacqué, intitolato Mondo primario, favola e umanità[24], vuole rivelarci l’autenticità dei draghi immaginari. Secondo lui, l’uomo, specie molto più antica di quanto si supponga, convisse con essi. Solo che allora l’uomo ostentava una forma corporale diversa dall’attuale. Non posso ora riferire, neppure a grandi linee, le idee di Dacqué. Indicherò soltanto qual è il suo punto di partenza. Se si confrontano nel loro insieme le faune delle diverse età geologiche, salta agli occhi che in ciascuna le specie, per quanto varie, accusano una strana unità di stile. Nell’epoca dei sauri, non solo essi lo sono, ma il dettaglio della loro linea formale ripercuote in tutti gli animali contemporanei. Si direbbe che ogni epoca, come un buon scultore, imponga il suo stile unico al plasma vivente, trasponendo alla sua «maniera» tutte le specie, come l’artista modula i temi eterni. Ci sarebbe, secondo questo, un uomo-sauro, una preesistenza rettile dell’umanità.
Ma lasciamo stare questo, che è fin troppo complicato. Sottolineiamo soltanto la mansuetudine degli animali in queste isole aspre. Non hanno ancora inventato la paura dell’uomo. L’uccello rapace si lascia maneggiare come se fosse già in uno stemma. Il leone marino ci segue come un cane.
Del resto, avendo imbarcato un esemplare giovane di quest’ultima specie, appena può scappa dalla sua gabbia e, galoppando sulle sue pinne —come un’otaria da circo—, si dirige verso il luogo delle sue delizie. Pensi il lettore un momento quale possa essere la delizia scelta per un leone marino in uno yacht nordamericano!… Il giovane leone marino galoppa verso il salone e si arrampica su un sedile… per ascoltare il grammofono.