Abstract

An essay on the concept of generation as the central notion of historical thinking: only what has influenced widely is historical, and an idea gains historical existence only when «its hour» comes — that is, a generation of kindred temperament. Some ages show continuity between generations; others, like the present, break it, and the new generation denies established values without yet possessing any of its own.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Alguna vez he indicado que el concepto más digno de atención en la ideología histórica es el de generación. El tema de la historia es la serie de las variaciones humanas. Pero las variaciones humanas son innumerables y fuera utópico querer abarcarlas todas. A la historia no pueden llegar sino algunas de ellas que consideramos importantes. Simmel ha hecho notar finamente que existe un «umbral de la conciencia histórica». Las calzas que llevaba Colón cuando saltó a tierra nueva han quedado por debajo de ese umbral. El nombre de «hecho histórico» no se limita a designar una realidad, sino que incluye un título de distinción. Lo histórico es lo importante. Lo importante es lo que ha influido ampliamente en el espacio y el tiempo humanos. Mas para que lo realizado por un hombre influya ampliamente es menester que encuentre en muchos otros una superficie favorable. Es curioso advertir una y otra vez cómo ciertas ideas científicas o políticas, ciertas normas morales o artísticas no logran adquirir existencia histórica sino mucho después de haber sido engendradas. Se mantienen en una vida latente y como en un limbo hasta que llega «su hora», siguiendo un destino parecido al de algunos granos cereales que los arqueólogos descubrieron en las tumbas milenarias de Egipto. (Entre paréntesis sea dicho: uno de los problemas más atrayentes de la biología). La vida normal está sometida a una cronología inexorable. Cada especie tiene una duración típica improrrogable. Sin embargo, existen fenómenos de casi-inmortalidad, de sorprendente transgresión de los límites temporales. Así acontece con las semillas citadas, con las ranas congeladas, con los esporos de las bacterias, etcétera. En menor escala se repite este fenómeno en el sueño invernal de muchos animales. La aparente inmortalidad es conquistada merced a una reducción de la intensidad vital, lo que se ha llamado vita minima. Parece ser que, sobre todo, se puede lograr la perduración anómala de una vida deteniendo la proliferación. Esto me recuerda lo que dice Buffon en el artículo de los ruiseñores. Conoció uno que había vivido muchos más años de lo que corresponde a su especie. Aquel ruiseñor no había pareado. On voit —dice Buffon— que l’amour abrège nos jours: mais il faut dire aussi qu’il les remplit. (El doctor Gregorio Marañón sostiene asimismo que las emociones son el más grave agente de senectud en el hombre).

La «hora» de una idea, de un estilo, de una política es aquélla en que sobreviene una generación de temperamento afín con ellos. Sus individuos apartan su modo de sentir genérico y ubicuo que actúa como un clima favorable sobre aquellos gérmenes espirituales y suscita su rápida e invasora propagación. Hay épocas en que las generaciones sucesivas se diferencian poco entre sí. La historia rueda sobre ellas suavemente, con una tranquilizadora continuidad que da a la evolución un manso carácter de proceso objetivo. Parece, durante ellas, como si las ideas o los estilos artísticos emanasen unos de otros en virtud de una necesidad lógica, de una dialéctica inmanente. Los viejos perciben la distancia que los separa de los jóvenes, pero no se sienten separados de éstos por un abismo, al contrario, ven en el joven una continuidad de sí mismos.

Pero hay otras épocas, como la actual, en que esa continuidad se rompe. De pronto nace una generación tan divergente de las anteriores que toda inteligencia entre ellas se hace imposible. Las viejas ideas, los valores establecidos, son crudamente negados y aún no han sido elaborados los nuevos dogmas. Entonces aparece a la intemperie lo que en las épocas antedichas queda oculto. A una idea de ayer no sigue hoy otra idea concreta más o menos heredera de aquélla, sino un estado de espíritu puramente formal, aún no concretado en doctrinas, normas, imperativos.

Hoy presenciamos con ejemplar claridad este fenómeno. La nueva generación es incompatible con el repertorio de creencias y apetitos que constituían la normalidad precedente. Pero al mismo tiempo la nueva generación no posee aún, ni siquiera en esquema, un repertorio distinto que oponer al antiguo. Esta vez los jóvenes se han adelantado a sí mismos y viven de un peligroso crédito que a sí mismos se han abierto. Entretanto, los viejos no perciben de ella sino las negaciones.

Recibo el último número de la revista alemana Logos. Fundada en 1910, si no recuerdo mal, asumió un momento la representación más selecta de lo que entonces era la actualidad ideológica. Sus directores eran discípulos de Heinrich Rickert, el filósofo de Friburgo, una de las figuras sobresalientes del pensamiento alemán contemporáneo. Han pasado no más de trece años. Logos ha envejecido con una velocidad aterradora. Hoy representa sólo un pasado y en el postrer cuaderno el propio Rickert se cree obligado a salir en defensa de sus pobres viejas ideas y hace gestos de espanto al advertir que en su derredor una existencia nueva asciende impulsada por amores y odios muy distintos de los que animaron su tiempo. El fenómeno es tanto más de notar cuanto que Rickert fue uno de los filósofos formados antes de 1900 que más avanzan sobre los confines de la filosofía del siglo XIX. Un resumen de su ideología puede verse en el libro Ciencia de la cultura y ciencia natural, que hice traducir no hace mucho.

Y no puede extrañarnos el espanto de Rickert. Por lo visto, la juventud alemana dice que es preciso acabar con todas esas historias. «Y entre “esas historias” con que es preciso acabar —añade Rickert en el aludido artículo— se halla nada menos que la ciencia y contra ella dirigen preferentemente sus ataques en la crítica que hacen de la cultura». Por este grito de angustia que el viejo profesor lanza vengo a conocer que existe ahora entre la nueva gente tudesca un estado de espíritu parejo al que desde hace años empuja mi pluma y de que he dado una primera e insuficiente fórmula en El tema de nuestro tiempo. Me interesa subrayar esta coincidencia que proporciona al fenómeno espiritual por mí analizado un carácter universal.

»El descontento, prosigue Rickert, se refiere muy particularmente a nuestras Universidades, motivo antes de orgullo y que son una de las pocas instituciones nuestras que hasta nuestros enemigos respetan. No se reprueba esta o la otra tendencia científica en concreto. Esto se ha hecho siempre y en principio no tendría gran significación. Pero lo que se pone en cuestión es la ciencia misma y se habla de una crisis o de una revolución en ella. La opinión no es que yerre su meta tal o cual hombre de ciencia, meta que otros acaso alcanzan más certeros, sino que los propósitos mismos que dirigen al investigador en su pesquisa de la verdad no se reconocen ya como valiosos. El ministerio del conocimiento, aun del más elevado, se juzga equívoco y no parece haber otra divergencia en las opiniones sino que mientras unos presumen —o esperan— el fin de toda ciencia, otros quieren orientarla hacia aspiraciones completamente nuevas. Y hablan entonces de una ciencia vieja condenada a la desaparición y oponen a ella un programa de futuras investigaciones que aún no se ha puesto por obra. No aciertan a encontrar en el hombre teorético, según es hoy, calidad alguna que les parezca atractiva».

Es un poco triste ver que ante un enemigo tan radical, que de tal modo parece negar los supuestos mismos de la actitud antecedente, no sepa Rickert hacer otra cosa en este artículo que desarrollar una vez más el caduco «film» de su filosofía de la cultura. ¡Cuando precisamente lo que está en cuestión es esa filosofía! No, no es la cultura quien sufre ataques, sino más bien el culturalismo.

Yo me permito dudar que los términos citados expresen con rigor el nuevo modo de sentir. Sospecho que Rickert no se ha enterado bien de las germinaciones juveniles que inquietan su noble ancianidad. ¿Es que la nueva generación cree poder desentenderse de la ciencia como si fuese la quinta rueda del carro? Semejante resolución no irritaría de seguro a Rickert porque no es compatible con el mínimum de seriedad que todas las cosas han menester si quieren flotar sobre el haz de la historia. Si se tratase simplemente de negar toda estima a la actividad intelectual —a lo que llama el «hombre teorético»— el viejo pensador no hubiera sentido en lo nuevo un temible antagonista. Lo que le hiere es percibir confusamente que una nueva filosofía emerge incontrastable y que esa nueva filosofía no es secuencia de la suya, sino un verdadero amanecer de luces originales. Si se pone en duda la ciencia como valor último —y lo mismo la ética y el arte— todas las filosofías típicas de la Alemania anterior a 1900 quedan decapitadas. Y esto es, en efecto, lo que ocurre. Ciencia y moral y arte —en una palabra, la cultura— han pretendido suplantar la realidad. Por eso se fabricó la filosofía de la cultura. Hoy se presiente que esa suplantación es inaceptable. La cultura no puede ser el valor supremo y absoluto. La ciencia tiene que ceder el rango a la vida, el hombre teorético al hombre integral. Pero esto es lo que pone fuera de sí a un alma tan dulce y sugestiva como la de Rickert: que se hable de la vida. No hace mucho ha escrito contra este nombre un libro: La filosofía de la vida: exposición y crítica de las corrientes filosóficas de moda en nuestro tiempo. Ya el desdén hacia la moda que ostenta este título nos separa de Rickert. Pero lo que hay bajo él nos distancia todavía más. Entre otras cosas porque el autor imita al predicador tradicional que finge un maniqueo estúpido a fin de darse el gusto íntimo de refutar al maniqueo. Ninguno de los sistemas que Rickert critica puede denominarse cabalmente una «filosofía de la vida». Con este nombre se quiere subrepticiamente dar a entender que los nuevos pensadores pretenden hacer de la vida un criterio de conocimiento, un principio teórico que substituya a la razón. Podrá ser lícito a un principiante entender por «vitalismo» eso, pero no a un viejo maestro como Rickert. Mas se habla hoy tanto de «vitalismo» entre la gente aficionada a las ideas que no será inoportuno comentar otro día con mayor detalle el libro inoperante del antiguo maestro teutón.

La Nación, 28 de julio de 1924