Abstract
A column: the human individual is barely generous, but his native faculties are — hearing a word, imagination leaps at once to the superlative (the giant, the blackest black man), and only experience and reflection drag us back to reality’s wretched «almost». Against a utilitarian biology: man begins by conscientiously failing to adapt. It closes with a review of Stefansson’s Tierras futuras, which strips the Arctic of its superlatives.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Es curioso. El individuo de la especie humana suele distinguirse por una falta de generosidad verdaderamente asquerosa. Son contados los hombres que ejercitan esta virtud, supremo deporte vital. Y, sin embargo, la especie está pertrechada con magníficas potencias de generosidad. Quiero decir que los mecanismos naturales puestos al servicio de cada hombre, sus facultades psíquicas y corporales funcionan espontáneamente en dirección generosa. Por ejemplo: alguien nos dice que acaba de ver en la calle un hombre muy alto. Estas palabras producen, por lo pronto, una reacción mecánica de nuestra fantasía que nos hace imaginar un hombre mayor que todos los hombres reales. Con magnífica elasticidad, de un brinco, nuestra imaginación nos lleva hasta el gigante. Y no hasta el falso gigante de ferias y circos que nos causa siempre decepción y parece usar fraudulentamente y por usurpación ese nombre, sino hasta el verdadero gigante que nunca ha existido. Lo mismo acaece si se nos habla de un negro. El negro que al punto suponemos supera a todos los negros, es mucho más negro que todos los negros, es un negro en superlativo, es el único negro auténtico. Y así todas las palabras tienen dos significados en la misma línea: el generoso y pleno que les da nuestra imaginación y el sórdido que la realidad les consiente. La facultad nativa que, como un aparato se halla presta en nosotros, sólo sabe de un mundo fabuloso donde todo es espléndido y superlativo. La experiencia del individuo, su voluntad y reflexión son las que podan, restan, escatiman y de ese mundo ejemplar nos retrotraen al triste à peu près, al mísero «casi» que es la realidad.
Yo no veo que los filósofos se hayan hecho la debida cuestión de este dato tan sorprendente. ¿Qué se ha propuesto la naturaleza al dotarnos de esas potencias generosas? ¿Cómo se explica que la reacción primera del hombre sea imaginar las cosas mejores de lo que son y como Don Quijote tratar de hidalgo al Caballero del Verde Gabán y de licenciado al bachiller? Mal problema para una biología utilitaria que se obstina en definir la vida como un mecanismo de adaptación. Este fenómeno tan general y básico nos hace asistir a una escena contraria. Puesto ante lo real el adamita comienza por exorbitarlo y suplantarlo, es decir, por inadaptarse concienzudamente. En el comienzo fue la exageración —con permiso de los lingüistas diré: la superlación. ¡Bien por la fantasía hija de Júpiter! —dice Goethe. ¡Fantasía, divino soplo generoso que llena al paso cualquier vela y empuja todo a su perfección!
Oyen ustedes hablar de las regiones árticas e imaginan soberanos desiertos de hielo, donde la vida está ausente. Estas regiones someras parecían último reducto para la imaginación. Mas he aquí que el libro de Vilhjalmur Stefansson —un canadiense— titulado Tierras futuras, nos quita las restantes ilusiones. Según él, siempre que se ha descrito la zona polar se ha mentido. Con la mejor intención se ha fomentado y nutrido una imagen convencional de lo que es el planeta en aquellas latitudes. Los viajeros han exagerado sus penalidades y han permitido al lector de sus relaciones fraguar un paisaje fabuloso hecho todo de hielo y de muerte. Ahora resulta que en las tierras árticas, bajo un calor de 32 grados, se abren praderas floridas por donde pasa el rumor de las abejas. En rigor, los mosquitos —plaga tropical— son la única grave perturbación del viajero. Claro es que en invierno esta Arcadia del último Norte se congela, pero no más que en las regiones subárticas. Stefansson insiste en que hace más frío en Nueva York que en el Polo, sobre todo, si se advierte que en Nueva York usa el habitante de costumbres meridionales, mientras en el Polo adopta más adecuado régimen.
La verdad es que el frío escoge imprevisiblemente ciertos lugares para favorecerlos con su crudeza. Así nadie podía presumir que las temperaturas más bajas de Europa continental —incluyendo Siberia— se hayan registrado en las provincias españolas de Guadalajara y Teruel. Sólo a su zaga va Verjoyansk, en Siberia.
De esta manera Stefansson extirpa a las regiones polares sus atributos superlativos y las deprime hasta un nivel de mediocridad meteorológica. Leyendo su libro renovamos la impresión que tantas veces hemos tenido al recorrer las descripciones del otro desierto, del de fuego. Con Barth y Nachtigal nos fuimos, poco a poco, haciendo a la idea de que en el Sáhara hace un frío intenso, sobre todo por las noches; de que los oasis suficientemente próximos anulan su pretensión de esterilidad; de que las arenas no son capaces de sepultar una caravana, en fin, de que el Gran Desierto ni siquiera está desierto hasta el punto de que si os descuidáis y miráis a poco en torno os encontráis que ha surgido de la arena, súbitamente, sobre el fondo de aparente soledad, una prostituta árabe que viene hacia vosotros sonando voluptuosamente sus sonajas.
De toda aquella generosa fantasmagoría que supuso la geografía de imaginación sólo queda en pie el hecho de que ambos desiertos, el de hielo y el de arena, son los lugares más sanos del planeta. Algún día servirán de inmenso sanatorio a los males de las zonas más fecundas. El viajero del Sáhara sabe que apenas entre en el Sudán, donde reinan la abundancia y la alegría, le esperan innumerables enfermedades. Parejamente, Stefansson, que vive cinco años cerca del Polo en perfecta salud —salvo las cegueras de la nieve—, apenas retrocede a Alaska y toma contacto con la civilización cae enfermo consecutivamente de tifus, pulmonía y pleuresía. Viceversa, cuando envía uno de sus ayudantes a visitar un pueblo de esquimales sufrió éste íntegro un constipado colectivo, enfermedad para ellos desconocida.
El pretexto para la imagen fabulosa de la zona polar vino de que los primeros viajes se hicieron por Groenlandia, que es una región de altas montañas, donde el hielo se ha instalado perpetuamente, no por otras razones que en los Alpes. Y es de notar que el descubridor de Groenlandia, Erik el Rojo, le dio tal nombre —Grünland— «tierra verde», para prevenir favorablemente a sus paisanos y moverlos a la emigración.