Abstract

An early sketch (Faro de Vigo, 1902): a dispute with an old translator of Virgil about beauty in poor countries dissolves into a long lyrical description of dusk over a Galician estuary. Occasional prose with no philosophical content.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Galicia es miserable como Mignon pero como ella tiene melodías admirables.

Mi amigo, el anciano traductor de Virgilio sostuvo conmigo la polémica más galante. Es un anciano limpísimo y correcto que discute como, sin duda, discutiría Spinoza, como discuten los que viven en el campo; con una serenidad panteísta. Su voz no tiembla ni se irrita; fluye como el agua entre guijas.

—Un país pobre es absolutamente despreciable. No merece una visita —decía yo.

—Ved —replicó el latinista— que puede hallarse gran belleza en la miseria mayor.

—Mi bueno y respetable amigo —exclamé con toda impertinencia—, Racine dice «que el honor sin dinero no es sino una enfermedad». Lo mismo la belleza. Si no es un hartazgo de vida es solo una abstracción. Yo no creo en el encanto de Toledo, con sus casas mustias atestadas de leyendas y sus calles tan antiguas, tan incómodas… Ya ve usted y encuentro seducción estética en los bulevares, nerviosos como músculos fuertes y en las avenidas numeradas de New York con sus casas de veinticinco pisos.

—No os falta razón, no os falta razón, joven —pero venid, venid… y me llevó a su jardín. Un jardín, casi un huerto al fin del cual un mirador de piedra daba su frente al mar.

Me hizo sentar y se alejó sin decir palabra.

A mi espalda, escondida entre hierbas altas, una fuente vertía su chorro interminable.

El antiguo traductor de Virgilio me había jugado una mala pasada…

En un abrazo inmenso estrecha la tierra al océano. Como un gran lago la ría se extiende a la vista. La tierra va descendiendo a saltos desde la montaña al mar.

El sol se ha puesto. Los campos son maizales de verdor pálido con sus amarillas cabezas de salvaje; son amplios toldos de parras con sus hojas anchas, paradisíacas que hace la luz transparentes.

Son masas de robleda oscuras y misteriosas. Los tres matices se repiten siempre, con dulce monotonía, como estribillos de una canción sin fin.

La mirada se desliza suavemente halagándose en los verdores frescos del suelo. Y allá, al frente, en silueta sobre la cortina roja, crepuscular que tiende el sol al ocultarse, se incorporan sobre el mar las islas Cíes, moradas, de perfil sinuoso, con la majestad de viejos monstruos marinos, héroes de leyendas religiosas. El mar las ciñe plateado.

Una luz blanca derrama sobre el cielo la campiña.

Se perciben rumores de la vida que se apaga; lejanos ladridos que suenan como ecos: esquilas ignoradas con un tintinear de luceros. La carreta que avanza lentamente; los ejes prolongan sus dos notas chirriantes y alternadas.

Va huyendo la luz de la tierra borrando los colores, volcando el misterio sobre las casas. Se aleja como una aparición celeste.

Aún se advierte la línea blanca de la carretera y se escucha el rodar de los carruajes que vuelven de expediciones alegres: cascabeleando, dejando escapar gritos de mujeres excitadas.

El cielo se oscurece. En el horizonte una línea larga de nubes plomizas, más allá de las islas, galopa sobre el mar atropelladamente.

Una bandada de mozas enlazadas por los brazos llega, pasa y se aleja entonando melodías sencillas y prolongadas de una melancolía primitiva; a mi espalda la fuente con habla cristalina, prosigue su cuento milenario.

Parece que va a desarrollarse una intriga galante. Parece que van a sonar las cornamusas de dos pastores rivales. El viento suave del mar acaricia al pasar. Los tonos amables y tibios de las casas y el plateado de moneda antigua que viste el mar, dan al paisaje una dulzura evangélica.

Cerca de mí, a la puerta de una casita blanca, salmodia una vieja la oración más antigua. Una oración sencilla y franca que pide al cielo sanidad para los hijos y para las vacas.

Se recuerda la vida de la ciudad como un imposible de rudezas. En cambio, se añoran los amores primeros y el ambiente envuelve los sentidos en un perfume de égloga.

Rítmicamente los nervios se encogen fingiendo medrosidades apacibles…

Es hundirse en la vida como en un colchón de plumas.

26 agosto 1902

Faro de Vigo, 28 de agosto de 1902