Ortega y Gasset
Abstract
An early gloss on personal criticism: criticism is a fight and cannot be serene; impartiality means impersonality, i.e. stepping outside oneself and suspending the differentiating features that make an individual that individual. Hence the provocative conclusion that justice is «an error of perspective», looking at things from the far side of life. It goes on to examine Taine’s and Sarcey’s impersonal criticism.
Connections
Concetti: giustizia
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
GLOSA. —Nota o reparo que se pone en las cuentas a una o varias partidas de ellas
De la crítica personal. —Hablaba ayer con un amigo mío, uno de esos hombres admirables que se dedican seriamente a la caza de la verdad, que quieren respirar certezas metafísicas: un pobre hombre.
—¿Ha leído usted —me dijo— la crítica que hace Fulano de la obra Tal?
—La he leído, señor de mi ánima; es deliciosa.
—¡Deliciosa!… ¿Dice usted que deliciosa?… ¿Pero es posible que sea lícito escribir cosas tales? ¿Porque a él le aburra nuestro teatro clásico, ese teatro, etc.? ¿Y la imparcialidad de la crítica?
Le dejé pasar, y no le contesté. Si hubiera roto su creencia en la imparcialidad, sólo habría conseguido hacerle verter unas lágrimas sobre el nuevo ídolo muerto. Es un hombre que se alimenta de carnes indudables.
La crítica ha de ser imparcial. Veamos, veamos…
¿Qué es la imparcialidad? Serenidad, frialdad ante las cosas y ante los hechos. ¿Qué es crítica? Clavar en la frente de las cosas y de los hechos un punzón blanco o un punzón negro; arrastrarlos al lado de lo malo o al lado de lo bueno. Siempre clavar, siempre arrastrar.
Detrás de cada cosa, de cada hecho, hay el creador de la cosa, el autor del hecho. Si él ha pasado ocuparán su puesto los hijos, los discípulos, los representantes. Si han muerto los hijos, los discípulos, los representantes, el hecho, la cosa ha muerto también.
En tanto que haya alguien que crea en una idea, la idea vive. Si una pasión antigua, un odio añejo vibra aún en algún músculo, la pasión, el odio, alentarán todavía.
Los Troyanos y los Aqueos pelearon rudamente sobre Ilión: sus hijos combatieron sobre sus memorias. ¿Quién se ocupa hoy de los Troyanos fuertes y de los Griegos bien armados?
Víctor Hugo y Ponsard maldijeron el uno del otro; sus discípulos se mostraban los puños.
¡Víctor Hugo! ¡Ponsard! El uno ha sido «la campana gorda de la poesía lírica»; el otro elaboraba «camafeos-antiguos-modernos». Nada más.
No hablo, por lo tanto, de las religiones muertas, de los dioses que traspusieron con sus credos bajo el brazo. Hablo de la crítica que discierne entre cosas que viven.
Ahora bien: ¿creen ustedes que la vida se deja taladrar y arrastrar sin lucha?
El crítico ha de luchar. La crítica es una lucha. ¿Cómo no se ha de descomponer el vestido? ¿Cómo puede flotar la serenidad sobre la lucha?
Pero mirando al trasluz la palabra imparcialidad, quiere decir impersonalidad. Ser impersonal es salirse fuera de sí mismo, hacer una escapada de la vida, sustraerse a la ley de gravedad sentimental.
De tal suerte —dicen— se podrá ser justo.
¡Justo! ¡Justicia! Es cierto; cada individuo es la suma de elementos comunes y elementos diferenciadores. Estos últimos son los que hacen de un individuo tal individuo. Para ser justo es preciso alejar de sí mismo esos elementos diferenciadores que son la personalidad. Si no se extirpan, si no se suspenden al menos, no se podrá ser justo.
Es, pues, la justicia, un gran cuento chino. Abandone el hombre lo que hace de él tal hombre y pasará instantáneamente a ser el homo. Se irá a posar en una definición de Santo Tomás como un pájaro sombrío o habrá de guarecerse en el Museo Zoológico, en aquella anaquelería medio oculta, en cuyo frontis se lee: «Lemuriano distinguido».
Desde allí puede hablar Su Justicia.
Los bedeles asomarán sus rostros de gravedad burlesca y exclamarán: ¿Quién gruñe ahí dentro?
De modo, señores míos, que justicia es un error de perspectiva, es mirar las cosas de lejos, del otro lado de la vida. Pero ¿es posible salirse de la vida?
Tal vez —diría mi amigo, aquel amigo adorable—, tal vez no se logre ser justo; mas no mezcle el crítico en sus afirmaciones o negaciones, sus odios o simpatías propias. Sea, al menos, impersonal.
Hay dos maneras de hacer crítica impersonal: la de Taine y la de Sarcey —el rhetor apolíneo y el burgués, buen padre de familia.
La primera es la crítica objetiva.
«Taine —dice Brunetière— no ha trabajado toda su vida en otra cosa que en buscar el fundamento objetivo al juicio crítico».
Construir el escantillón de la estética, el diapasón normal de la belleza; he aquí el empeño.
Taine fabrica una escala de valores; según ella todo es bueno, todo cabe en la simpatía crítica, una simpatía panteística, a lo Jorge Sand. Lo mejor y lo bonísimo son de un valor filosófico irreal; el arte se escapa alegremente a través de esa red lógica como el agua de una canastilla. «La teoría crítica de Taine —afirma Barbey d’Aurevilly— es, en suma, la muerte de toda crítica».
Tuvo razón Sainte-Beuve al escribir que el potente normalien debió titular su Historia de la Literatura Inglesa, «Historia de Inglaterra por la Literatura».
Pero hay otro modo crítico: a la Sarcey.
La influencia de la personalidad en la crítica es deplorable: hay que ser impersonal, es decir, hay que afirmar lo que la mayoría afirme; hay que negar lo que la minoría niegue.
¡El hombre lúgubre de las multitudes, que vio Poe, haciendo crítica!
¿Qué acontece? En fin de cuentas, el procedimiento se reduce a sustituir las influencias personales, el determinismo individual, a las influencias de la masa. La multitud como turba, como foule, es impersonal por suma de abdicaciones, involuntaria, torpe como un animal primitivo.
Montesquieu bataneaba graciosamente la ley de las mayorías. ¿Se adopta la decisión de ocho individuos en contra de la de dos? ¡Grave error! Entre ocho caben verosímilmente más necios que entre dos.
Son curiosos los resultados de la psicología de las multitudes.
La observación es vieja. Los hombres de criterio delicado, al formar parte de un público, pierden sus bellas cualidades. De suerte, que una multitud de cien individuos formando un público, es inferior a la suma de esas cien intelectualidades separadas.
«En el teatro —dice Nietzsche— no se es honrado sino en cuanto masa; en cuanto individuo se miente, se miente uno a sí mismo. Cuando se va al teatro, se deja uno a sí mismo en casa, se renuncia al derecho de hablar y de escoger, se renuncia al gusto propio y aun a la misma bravura tal como se posee y se ejerce frente a Dios y los hombres, entre los propios cuatro muros».
Pero es más; la crítica impersonal ni aun consigue la atención de esa misma multitud cuyo fallo expresa y formula; no hiende el cerebro plúmbeo de la multitud.
¿Por qué? Sencillamente porque ésta no se reconoce. La masa, por ser impersonal, no tiene la memoria de su propia identidad en virtud de la cual el individuo se reconoce hoy como el mismo de ayer. Es decir: aquella opinión no es la opinión de la multitud. Tampoco es la del crítico; ha abdicado. El creador del juicio ha desaparecido misteriosamente, el autor no se puede presentar.
Y ¿qué valor tiene hoy, después de la gran matanza de misterios, qué valor tiene una acción cuyo autor no se presenta?
La gente necesita al cabo una razón social garantizada de capital fuerte. Ésta es la personalidad, la voluntad de potencia.
La serie innúmera de ceros que forma la masa sigue a la unidad que le da valor. Tras ella se agrupan sus elementos redondos y vacíos.
Se lee en Aurora: «Todo cambio intentado sobre esa cosa abstracta, el hombre, homo, por los juicios de individualidades poderosas, produce un efecto extraordinario e insensato sobre el gran número».
Esto es un hecho.
Alejarse de las cosas para comprenderlas es lo que se llama presbicia. Hay que salir a su encuentro y chocar con ellas. ¿Quién conocerá su fuerza como el que entre en lid con las cosas? Él dirá a los sentados en la gradería: ¡Bien por mi vida, bien pica! ¡Es una coraza vacía, sacudidla y haced de ella sonajeros!
Hay que ser personalísimo en la crítica si se han de crear afirmaciones o negaciones poderosas; personal, fuerte y buen justador. Así, las palabras son creídas; así se hacen rebotar en el tiempo y en el espacio los grandes amores y los grandes odios.
¡Ah! Lo había olvidado. También hay que ser sincero.
«El héroe, es decir, el hombre a quien siguen otros hombres —dice Carlyle—, fue siempre sincero, primera condición de su ser».
Por lo demás, la justicia es una divinidad tan aburrida, de un culto tan poco ameno…
«Danos una ley», clamaban las tribus hebreas en el desierto «sonoro y rosado». «Danos una ley», clamaban circundando a Moisés. El hombre fuerte vio las líneas ondulantes de cabezas, contempló a los hebreos que suplicaban y les dio una ley.
Es la conseja antigua y perdurable. Los pueblos son siempre pobres enfermos de la voluntad y no creen en sí mismos.
Esa creencia es necesaria para la vida y la buscan fuera.
GLOSS. —A note or objection that is placed in the accounts against one or several of their items
On personal criticism. —I was speaking yesterday with a friend of mine, one of those admirable men who seriously devote themselves to the hunt for truth, who want to breathe metaphysical certainties: a poor fellow.
—Have you read —he said to me— the critique that So-and-so makes of the work Such-and-such?
—I have read it, sir of my soul; it is delicious.
—Delicious!… You say delicious?… But is it possible that it is licit to write such things? Because our classical theatre bores him, that theatre, etc.? And the impartiality of criticism?
I let him pass, and did not answer him. If I had broken his belief in impartiality, I would only have managed to make him shed some tears over the new dead idol. He is a man who feeds on indubitable meats.
Criticism must be impartial. Let us see, let us see…
What is impartiality? Serenity, coldness before things and before facts. What is criticism? To nail into the forehead of things and of facts a white probe or a black probe; to drag them to the side of the bad or to the side of the good. Always nailing, always dragging.
Behind each thing, each fact, there is the creator of the thing, the author of the fact. If he has passed, his children, his disciples, his representatives will occupy his place. If the children, the disciples, the representatives have died, the fact, the thing has died too.
As long as there is someone who believes in an idea, the idea lives. If an ancient passion, an old hatred still vibrates in some muscle, the passion, the hatred, will still breathe.
The Trojans and the Achaeans fought rudely over Ilium: their children fought over their memories. Who concerns himself today with the strong Trojans and the well-armed Greeks?
Victor Hugo and Ponsard cursed one another; their disciples showed each other their fists.
Victor Hugo! Ponsard! One has been “the big bell of lyric poetry”; the other elaborated “antique-modern cameos.” Nothing more.
I do not speak, therefore, of dead religions, of gods who passed over with their creeds under their arm. I speak of the criticism that discerns among things that live.
Now then: do you believe that life lets itself be pierced and dragged without struggle?
The critic must struggle. Criticism is a struggle. How is the garment not to come apart? How can serenity float over the struggle?
But looking at the word impartiality against the light, it means impersonality. To be impersonal is to step outside oneself, to make an escape from life, to withdraw from the law of sentimental gravity.
In such a way —they say— one will be able to be just.
Just! Justice! It is true; each individual is the sum of common elements and differentiating elements. The latter are what make of an individual such an individual. To be just it is necessary to put away from oneself those differentiating elements that are personality. If they are not extirpated, if they are not at least suspended, one will not be able to be just.
Justice is, then, a great Chinese tale. Let man abandon what makes of him such a man and he will pass instantaneously to be the homo. He will go to perch on a definition of Saint Thomas like a sombre bird or he will have to take shelter in the Zoological Museum, in that half-hidden shelving, on whose frontis one reads: “Distinguished Lemurian.”
From there His Justice can speak.
The ushers will poke out their faces of burlesque gravity and will exclaim: Who grunts in there?
So, my sirs, justice is an error of perspective; it is to look at things from afar, from the other side of life. But is it possible to step outside life?
Perhaps —my friend would say, that adorable friend—, perhaps one will not manage to be just; but let the critic not mix into his affirmations or negations his own hatreds or sympathies. Let him be, at least, impersonal.
There are two ways of doing impersonal criticism: that of Taine and that of Sarcey —the Apollonian rhetor and the bourgeois, good father of a family.
The first is objective criticism.
“Taine,” says Brunetière, “has worked all his life at nothing else than seeking the objective foundation for the critical judgment.”
To construct the gauge of aesthetics, the normal tuning-fork of beauty; here is the endeavour.
Taine fabricates a scale of values; according to it everything is good, everything fits within critical sympathy, a pantheistic sympathy, à la George Sand. The best and the very good are of an unreal philosophical value; art escapes gaily through that logical net as water from a basket. “Taine’s critical theory,” affirms Barbey d’Aurevilly, “is, in short, the death of all criticism.”
Sainte-Beuve was right when he wrote that the powerful normalien ought to have entitled his History of English Literature, “History of England through Literature.”
But there is another critical mode: à la Sarcey.
The influence of personality in criticism is deplorable: one must be impersonal, that is, one must affirm what the majority affirms; one must deny what the minority denies.
That lugubrious man of the crowds, whom Poe saw, doing criticism!
What happens? In the last resort, the procedure comes down to substituting personal influences, the individual determinism, for the influences of the mass. The multitude as a mob, as a foule, is impersonal by sum of abdications, involuntary, clumsy as a primitive animal.
Montesquieu beat about gracefully the law of majorities. Is the decision of eight individuals adopted against that of two? Grave error! Among eight there plausibly fit more fools than among two.
Curious are the results of the psychology of multitudes.
The observation is old. Men of delicate judgment, upon forming part of a public, lose their fine qualities. So that a multitude of a hundred individuals forming a public is inferior to the sum of those hundred separate intellects.
“In the theatre,” says Nietzsche, “one is honest only insofar as one is a mass; insofar as an individual one lies, one lies to oneself. When one goes to the theatre, one leaves oneself at home, one renounces the right to speak and to choose, one renounces one’s own taste and even one’s very courage as it is possessed and exercised before God and men, within one’s own four walls.”
But there is more; impersonal criticism does not even manage to get the attention of that very multitude whose verdict it expresses and formulates; it does not split the leaden brain of the multitude.
Why? Simply because the latter does not recognize itself. The mass, by being impersonal, does not have the memory of its own identity by virtue of which the individual recognizes himself today as the same as yesterday. That is: that opinion is not the opinion of the multitude. Nor is it that of the critic; he has abdicated. The creator of the judgment has mysteriously disappeared; the author cannot present himself.
And what value has today, after the great slaughter of mysteries, what value has an action whose author does not present himself?
People need in the end a social reason guaranteed with strong capital. This is personality, the will to power.
The innumerable series of zeros that forms the mass follows the unit that gives it value. Behind it are grouped its round and empty elements.
One reads in Dawn: “Every change attempted upon that abstract thing, man, homo, by the judgments of powerful individualities, produces an extraordinary and senseless effect upon the great number.”
This is a fact.
To distance oneself from things in order to understand them is what is called presbyopia. One must go out to meet them and clash with them. Who will know their strength like the one who enters into combat with things? He will say to those seated in the stands: Well done my life, well it pricks! It is an empty cuirass, shake it and make rattles of it!
One must be most personal in criticism if powerful affirmations or negations are to be created; personal, strong, and a good jouster. Thus, words are believed; thus are bounced in time and space the great loves and the great hatreds.
Ah! I had forgotten it. One must also be sincere.
“The hero, that is, the man whom other men follow,” says Carlyle, “was always sincere, first condition of his being.”
For the rest, justice is a divinity so boring, of so unamusing a cult…
“Give us a law,” clamoured the Hebrew tribes in the desert “sonorous and rosy.” “Give us a law,” they clamoured surrounding Moses. The strong man saw the undulating lines of heads, contemplated the Hebrews who were begging, and gave them a law.
It is the ancient and lasting tale. Peoples are always poor invalids of the will and do not believe in themselves.
That belief is necessary for life and they seek it outside.
GLOSSA. —Nota o appunto che si pone nei conti a una o più partite di essi
Della critica personale. —Parlavo ieri con un amico mio, uno di quegli uomini ammirevoli che si dedicano seriamente alla caccia della verità, che vogliono respirare certezze metafisiche: un pover’uomo.
—Ha letto lei —mi disse— la critica che fa Tizio dell’opera Tale?
—L’ho letta, signore dell’anima mia; è deliziosa.
—Deliziosa!… Dice lei deliziosa?… Ma è possibile che sia lecito scrivere cose tali? Perché lui si annoi del nostro teatro classico, quel teatro, ecc.? E l’imparzialità della critica?
Lo lasciai passare, e non gli risposi. Se avessi rotto la sua credenza nell’imparzialità, avrei ottenuto soltanto di fargli versare qualche lacrima sul nuovo idolo morto. È un uomo che si alimenta di carni indubitabili.
La critica dev’essere imparziale. Vediamo, vediamo…
Che cos’è l’imparzialità? Serenità, freddezza davanti alle cose e davanti ai fatti. Che cos’è critica? Conficcare nella fronte delle cose e dei fatti un punzone bianco o un punzone nero; trascinarli dalla parte del male o dalla parte del bene. Sempre conficcare, sempre trascinare.
Dietro ogni cosa, ogni fatto, c’è il creatore della cosa, l’autore del fatto. Se lui è passato, occuperanno il suo posto i figli, i discepoli, i rappresentanti. Se sono morti i figli, i discepoli, i rappresentanti, il fatto, la cosa è morta anche.
Fintanto che ci sia qualcuno che creda in un’idea, l’idea vive. Se una passione antica, un odio invecchiato vibra ancora in qualche muscolo, la passione, l’odio, respireranno ancora.
I Troiani e gli Achei combatterono rudemente per Ilio: i loro figli combatterono sulle loro memorie. Chi si occupa oggi dei forti Troiani e dei Greci bene armati?
Victor Hugo e Ponsard si maledissero l’un l’altro; i loro discepoli si mostravano i pugni.
Victor Hugo! Ponsard! L’uno è stato «la campana grossa della poesia lirica»; l’altro elaborava «cammei-antichi-moderni». Niente di più.
Non parlo, perciò, delle religioni morte, degli dei che trapassarono con i loro credi sotto il braccio. Parlo della critica che discerne tra cose che vivono.
Ora bene: credete voi che la vita si lasci trapanare e trascinare senza lotta?
Il critico deve lottare. La critica è una lotta. Come può non disfarsi il vestito? Come può galleggiare la serenità sulla lotta?
Ma guardando in controluce la parola imparzialità, vuol dire impersonalità. Essere impersonale è uscire fuori di sé, fare una scappata dalla vita, sottrarsi alla legge di gravità sentimentale.
In tal guisa —dicono— si potrà essere giusti.
Giusto! Giustizia! È vero; ogni individuo è la somma di elementi comuni ed elementi differenziatori. Questi ultimi sono quelli che fanno di un individuo tale individuo. Per essere giusti è necessario allontanare da sé quegli elementi differenziatori che sono la personalità. Se non si estirpano, se almeno non si sospendono, non si potrà essere giusti.
È, dunque, la giustizia, un gran racconto cinese. Abbandoni l’uomo ciò che fa di lui tale uomo e passerà istantaneamente a essere l’homo. Andrà a posarsi su una definizione di San Tommaso come un uccello cupo o dovrà ripararsi nel Museo Zoologico, in quella scaffalatura mezzo nascosta, sul cui frontespizio si legge: «Lemuriano distinto».
Da lì può parlare Sua Giustizia.
I bidelli affacceranno i loro volti di gravità burlesca ed esclameranno: Chi borbotta lì dentro?
Dunque, signori miei, la giustizia è un errore di prospettiva, è guardare le cose da lontano, dall’altro lato della vita. Ma è possibile uscire dalla vita?
Forse —direbbe il mio amico, quell’amico adorabile—, forse non si riesca a essere giusti; ma non mescoli il critico nelle sue affermazioni o negazioni i suoi propri odi o simpatie. Sia, almeno, impersonale.
Ci sono due maniere di fare critica impersonale: quella di Taine e quella di Sarcey —il rhetor apollineo e il borghese, buon padre di famiglia.
La prima è la critica oggettiva.
«Taine —dice Brunetière— non ha lavorato tutta la sua vita in altra cosa che nel cercare il fondamento oggettivo al giudizio critico».
Costruire la sagoma dell’estetica, il diapason normale della bellezza; ecco l’impegno.
Taine fabbrica una scala di valori; secondo essa tutto è buono, tutto entra nella simpatia critica, una simpatia panteistica, alla Jorge Sand. Il meglio e il buonissimo sono di un valore filosofico irreale; l’arte si sfugge allegramente attraverso quella rete logica come l’acqua di un cestino. «La teoria critica di Taine —afferma Barbey d’Aurevilly— è, in sostanza, la morte di ogni critica».
Ebbero ragione Sainte-Beuve nello scrivere che il potente normalien avrebbe dovuto intitolare la sua Storia della Letteratura Inglese, «Storia d’Inghilterra per la Letteratura».
Ma c’è un altro modo critico: alla Sarcey.
L’influenza della personalità nella critica è deplorevole: bisogna essere impersonali, cioè, bisogna affermare ciò che la maggioranza affermi; bisogna negare ciò che la minoranza neghi.
L’uomo lugubre delle moltitudini, che vide Poe, che fa critica!
Che cosa accade? In fin dei conti, il procedimento si riduce a sostituire le influenze personali, il determinismo individuale, alle influenze della massa. La moltitudine come torma, come foule, è impersonale per somma di abdicazioni, involontaria, goffa come un animale primitivo.
Montesquieu batteva graziosamente la legge delle maggioranze. Si adotta la decisione di otto individui contro quella di due? Grave errore! Tra otto ci stanno verosimilmente più sciocchi che tra due.
Sono curiosi i risultati della psicologia delle moltitudini.
L’osservazione è vecchia. Gli uomini di criterio delicato, formando parte di un pubblico, perdono le loro belle qualità. Cosicché una moltitudine di cento individui che formano un pubblico, è inferiore alla somma di quelle cento intellettualità separate.
«A teatro —dice Nietzsche— non si è onesti se non in quanto massa; in quanto individuo si mente, ci si mente a sé stessi. Quando si va a teatro, ci si lascia a casa sé stessi, si rinuncia al diritto di parlare e di scegliere, si rinuncia al gusto proprio e persino alla stessa bravura tale come si possiede e si esercita davanti a Dio e agli uomini, tra le proprie quattro mura».
Ma c’è di più; la critica impersonale non riesce neppure all’attenzione di quella stessa moltitudine il cui verdetto esprime e formula; non fende il cervello plumbeo della moltitudine.
Perché? Semplicemente perché questa non si riconosce. La massa, per essere impersonale, non ha la memoria della propria identità in virtù della quale l’individuo si riconosce oggi come lo stesso di ieri. Cioè: quella opinione non è l’opinione della moltitudine. Non è neppure quella del critico; ha abdicato. Il creatore del giudizio è sparito misteriosamente, l’autore non si può presentare.
E che valore ha oggi, dopo il grande massacro di misteri, che valore ha un’azione il cui autore non si presenta?
La gente ha bisogno alla fine di una ragione sociale garantita da capitale forte. Questa è la personalità, la volontà di potenza.
La serie innumere di zeri che forma la massa segue l’unità che le dà valore. Dietro di essa si raggruppano i suoi elementi rotondi e vuoti.
Si legge in Aurora: «Ogni cambiamento tentato su quella cosa astratta, l’uomo, homo, dai giudizi di individualità potenti, produce un effetto straordinario e insensato sul gran numero».
Questo è un fatto.
Allontanarsi dalle cose per comprenderle è ciò che si chiama presbiopia. Bisogna andare loro incontro e scontrarsi con esse. Chi conoscerà la loro forza come colui che entra in lotta con le cose? Egli dirà ai seduti nella gradinata: Bene per la mia vita, bene punge! È una corazza vuota, scuotetela e fatene sonagli!
Bisogna essere personalissimi nella critica se si vogliono creare affermazioni o negazioni potenti; personali, forti e buoni giostratori. Così, le parole sono credute; così si fanno rimbalzare nel tempo e nello spazio i grandi amori e i grandi odi.
Ah! L’avevo dimenticato. Bisogna anche essere sinceri.
«L’eroe, cioè, l’uomo che altri uomini seguono —dice Carlyle—, fu sempre sincero, prima condizione del suo essere».
Del resto, la giustizia è una divinità così noiosa, di un culto così poco ameno…
«Dacci una legge», gridavano le tribù ebree nel deserto «sonoro e roseo». «Dacci una legge», gridavano attorniando Mosè. L’uomo forte vide le linee ondulanti di teste, contemplò gli ebrei che supplicavano e dio loro una legge.
È la favola antica e perdurabile. I popoli sono sempre poveri malati della volontà e non credono in sé stessi.
Quella credenza è necessaria per la vita e la cercano fuori.
La historia va mostrando grandes cuadros de imploraciones, pueblos que piden una ley, un canto, una leyenda; turbas dolientes y miserables que buscan con los ojos la serpiente de bronce.
—¿Quién nos dará la ley? —se dicen. ¿Nosotros mismos? Y ¿quiénes somos nosotros? No lo sabemos. ¿Quién nos dirá qué cosa somos nosotros?
Allá abajo se pasean uno a uno, varios hombres de ceños misteriosos y pupilas ardientes. Se cruzan y se miran con rencor.
El pueblo continúa: Nosotros no nos podemos ver, tal vez alguno de aquéllos nos vea.
El pueblo se fracciona; cada grupo se acerca a uno de los hombres que pasean solos y le pregunta:
—Dínoslo si lo sabes. ¿Quiénes somos?
Aquellos hombres ceñudos dan respuestas diversas. Cada grupo cree en una respuesta y alguno de los definidores es ahorcado.
Aún no han logrado ponerse de acuerdo ni los hombres ceñudos, ni los pueblos creyentes.
Aquí termina la parábola.
Moraleja: no se puede hacer crítica a bragas enjutas.
Es muy fácil a las gentes asociar las ideas; es muy fácil dar a las palabras sentido y valor morales.
¡Qué difícil es la disociación!
¿Cuándo verán en el apasionamiento algo magnifico y bueno?
—Paradojas —prorrumpen.
Todos los hombres se juzgan capaces de pasión; ignoran que las pasiones son dolores inmensos, purificantes…
También ríen.
Vida Nueva, 1 de diciembre de 1902
1903
History goes showing great pictures of implorations, peoples that ask for a law, a song, a legend; mourning and miserable mobs that seek with their eyes the bronze serpent.
—Who will give us the law? —they say to themselves. We ourselves? And who are we? We do not know. Who will tell us what we are?
Down there walk one by one, several men of mysterious brows and ardent pupils. They cross each other and look at each other with rancour.
The people continues: We cannot see ourselves, perhaps some one of those sees us.
The people breaks into factions; each group approaches one of the men who walk alone and asks him:
—Tell us if you know it. Who are we?
Those frowning men give diverse answers. Each group believes in one answer and some of the definers is hanged.
Neither the frowning men nor the believing peoples have yet managed to come to agreement.
Here ends the parable.
Moral: one cannot do criticism dry-shod.
It is very easy for people to associate ideas; it is very easy to give to words moral sense and value.
How difficult is dissociation!
When will they see in impassionedness something magnificent and good?
—Paradoxes —they burst out.
All men judge themselves capable of passion; they ignore that the passions are immense, purifying pains…
They also laugh.
Vida Nueva, December 1, 1902
1903
La storia va mostrando grandi quadri di implorazioni, popoli che chiedono una legge, un canto, una leggenda; turbe dolenti e miserabili che cercano con gli occhi il serpente di bronzo.
—Chi ci darà la legge? —si dicono. Noi stessi? E chi siamo noi? Non lo sappiamo. Chi ci dirà che cosa siamo noi?
Laggiù si passeggiano uno a uno, vari uomini di sopracciglia misteriose e pupille ardenti. Si incrociano e si guardano con rancore.
Il popolo continua: Noi non ci possiamo vedere, forse qualcuno di quelli ci vede.
Il popolo si fraziona; ogni gruppo si avvicina a uno degli uomini che passeggiano soli e gli domanda:
—Dillo a noi se lo sai. Chi siamo?
Quegli uomini accigliati danno risposte diverse. Ogni gruppo crede in una risposta e qualcuno dei definitori è impiccato.
Non sono ancora riusciti a mettersi d’accordo né gli uomini accigliati, né i popoli credenti.
Qui termina la parabola.
Morale: non si può fare critica a piedi asciutti.
È molto facile per le genti associare le idee; è molto facile dare alle parole senso e valore morali.
Quanto è difficile la dissociazione!
Quando vedranno nell’appassionamento qualcosa di magnifico e buono?
—Paradossi —prorompono.
Tutti gli uomini si giudicano capaci di passione; ignorano che le passioni sono dolori immensi, purificanti…
Ridono anche.
Vida Nueva, 1 dicembre 1902
1903