Ortega y Gasset
Abstract
A commentary on Unamuno’s Bilbao speech, whose formula Ortega adopts: «freedom is the consciousness of law, and law is social», against the Manchesterian conception that made liberalism anarchist at bottom. He draws from it the need for a new far-left party built around this idea of liberty, outside the existing liberal party.
Connections
Concetti: libertà, legge, Stato
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
De cuando en cuando, don Miguel de Unamuno abandona las piedras sublimes de Salamanca, rojas de místico fervor y va a buscar por la muerta campaña del alma española una liza donde romper algunas lanzas en pro de la libertad y de la cultura. Y acaso haya de causarle grave enojo diciendo que sus poesías y sus comentarios al Quijote, con ser bellas y muy dignas de lectura, serán probablemente olvidadas por los españoles de 1950 en cuya memoria habrá en cambio de perdurar este otro Unamuno campidoctor. Casi siempre ocurre que las gentes estimen sobre todo en nosotros lo que menos quisiéramos que estimaran y acontece casi siempre que las gentes llevan la razón. Unamuno siente no poco desdén hacia los que, como yo, aplauden su política y reducen al valor de una anécdota su metafísica. Y sin embargo, el espíritu de Unamuno vagabundea por los sistemas filosóficos y por los géneros literarios, sin hallar en ninguno madurez, al paso que en la política ha encontrado convicciones permanentes y por lo tanto sustantivas.
En su discurso de Bilbao predica Unamuno una fórmula del liberalismo que me parece decisiva:
«El que las voces liberalismo y libertad tengan una estirpe común lleva a juegos de palabra y al errado concepto de la libertad. La libertad es la conciencia de la ley, y la ley es social. El liberalismo está en dondequiera en crisis, porque lo está aquel concepto manchesteriano de la ley que produjo la escuela clásica de economía política, verdadera esencia del liberalismo, que ha sido hasta ahora anarquista en el fondo».
Es preciso que los jefes oficiales del partido liberal se dignen alguna vez expresar su juicio acerca de esta interpretación de la palabra libertad, en torno a la cual van agrupándose los nuevos liberales españoles. ¿Creen, por ventura, que el liberalismo puede dar un solo paso sin teorías firmes? ¿No es ridículo intentar rebatir las afirmaciones del separatismo catalán oponiéndoles —como se ha hecho en el Congreso— un concepto lírico y vulgar de patria? En España los hombres de más de cuarenta años se considerarían deshonrados si creyeran que aún tenían algo que aprender, y como los jefes liberales han pasado de esa edad va a costar muchos esfuerzos enviarlos a la escuela de hombres más jóvenes y avisados, como Unamuno; mejor dicho, esto es imposible. De ahí la necesidad de recoger los vigores del nuevo liberalismo fuera de los cauces del partido liberal vigente, en otros nuevos, aunándonos en torno a la nueva idea de libertad, sin jefes ni aspiraciones ministeriales. Este nuevo partido de extrema izquierda rompería el escolasticismo parlamentario, organizaría al pueblo y plasmaría reciamente el bloque progresista: había de ser un partido látigo y los bloques no se forman extrayendo la media proporcional de los programas, como pretende el señor Álvarez, sino a puros latigazos.
Al chiste irritante: «La libertad se ha hecho conservadora», sólo puede responder un partido que tenga almacenada en sus sótanos, bien a la mano, la energía de las violencias populares. Cuantos poseen de cinco mil duros de renta para arriba se burlarán de todo programa político cuyo primer artículo no sea la amenaza. Unamuno ha indicado esto muy bien:
«Y dentro de Bilbao, esta Sociedad de El Sitio, hogar en un tiempo del liberalismo, va en decadencia. Empezó ésta desde que se hizo propietaria. El 2 de mayo se celebra ya como algo ritual a lo que han contribuido no poco las insidiosas y ridículas burlas. Hay que declararse cursi, pues que la canalla antiliberal pretende monopolizar el buen gusto y se sirve de ese arma; declararse cursi, calarse el morrión y cantar el himno de Riego, que, como música, no es inferior al de San Ignacio».
Sólo habría de añadirse que el himno de Riego es un anacronismo: cada problema nuevo en la historia trae su canción simbólica. No hagamos oídos de mercader y escuchemos la que el pueblo canta hoy para cantarla nosotros como nuestros abuelos el himno de Riego.
Y prosigue Unamuno:
«Y no es que la libertad se haya hecho conservadora, no. La libertad no ha podido hacerse conservadora, pues lo ha sido siempre, ya que es progresiva, y la condición del progreso es conservar; lo que hay es que la conservaduría se ha hecho millonaria, y ha dejado de ser liberal y conservadora. Y hablen los mentecatos de paradoja.
»El régimen actual de España es la plutocracia, y una plutocracia es en el fondo anarquista. Porque los pobres, los que nada tienen que perder, según dicen, pueden y suelen ser conservadores; mientras los ricos, los que no se hartan de que otros les ganen, pueden y suelen ser profundamente anarquistas. El Estado no es para ellos una arquía, un poder, una ley, y menos un órgano de cultura, es una finca que explotar.
»Y el Estado es y debe ser ante todo un órgano de cultura, sobre todo frente a la Iglesia. La cual, cuando de aquél se trata, resulta también anarquista, pues enseña, no ya el libre examen, sino hasta la resistencia y el fraude a las leyes de aquél. Prueba de ello es que no estima pecado el contrabando o el matute y no tendría nada de extraño que hubiera hasta algún obispo matutero».
Y tan cierto es esto de que el maurismo no es sino plutocracia, que uno de sus más regocijados evangelistas podía afirmar hace poco en el Diario de Barcelona «una cosa muy peregrina: los conservadores actuales —venía a decir— son mejores que los liberales porque tienen más dinero». Esto es necio, claro está. Todo el mundo sabe que los magnos latrocinios realizados a costa de la pública riqueza son siempre cumplidos por los grandes capitales. Con unas misérrimas ganzúas apenas si pueden robarse unos cuantos miles de pesetas; para embolsarse millones ajenos es menester fundar previamente una sociedad bancaria o industrial, y en algunos países son los ministerios de Hacienda las ganzúas más perfectas que cabe imaginar. Lo que nos pasa, en esto como en todo, es que apenas hay en España quien conozca técnicamente las cuestiones financieras y ante nuestros ojos abiertos, pero ignaros, los hombres ambiguos del capital pueden concluir las acciones más exorbitantes.
Ese partido futuro cuyo advenimiento anhelamos, había, por consiguiente, de reunir las gentes mejor especializadas en el estudio de los negocios políticos. De tal manera, aun siendo su labor esencial la crítica, tendrían sus esfuerzos resultados muy positivos. Es un deber primario que venga a esclarecer nuestra ignorancia de la máquina administrativa todo el que la conozca científicamente. Y así, pido a don Antonio Flores de Lemus que, por patriotismo y por ético impulso, vaya exponiendo en los periódicos algo siquiera de lo que nosotros no podemos ver por desconocimiento del tinglado económico. Hace pocos días publicaba una revista cierta carta suya, donde se afirmaba que nuestros problemas económicos sólo podían ser resueltos en una política inequívocamente democrática. De modo que el liberalismo no es sólo una cuestión ideal, como yo me he limitado a sostener, sino una cuestión económica. El señor Flores de Lemus no es un decidor ni un literato: es un economista tratado de igual a igual —según me consta— por los maestros alemanes. Yo le pido que explique esa carta.
En cuanto al señor Unamuno, quisiéramos que viniera a Madrid y aquí predicara también su nueva alianza liberal. Nuestra ciudad no tiene grandes virtudes; pero a despecho de cuanto quiera echársele en cara, sigue siendo el aparato de expansión intelectual más poderoso con que contamos en España. Caracterizar a Madrid como el más rico yacimiento de frivolidad, es una tontería de ésas que Unamuno, temeroso no parezca harto perfecta su labor, intercala por humildad en sus escritos y conferencias. Para poder afirmar eso convendría probar antes que algunas otras capitales españolas son menos frívolas que Madrid y sobre todo que son más profundas. ¿Por ventura no hay en esta villa otra cosa que poetas absurdos? ¿Por ventura hay sabios en Salamanca o en Bilbao? Es muy hacedero y muy divertido cuando no se tiene una noción rígida de la responsabilidad intelectual decir lo primero que hallamos flotando sobre la superficie del alma, resto carcomido de nuestros íntimos naufragios espirituales. Hay gentes de tan paupérrimo carácter, que sólo a fuerza de negaciones logran delinear su fisonomía y que necesitarían para descollar meter bajo tierra el resto de sus conciudadanos; Luzbeles de toda hora, a los cuales podría describirse del modo que Milton, al primitivo, alzándose sobre el infierno como una torre en el desierto. Las costumbres actuales —ha dicho Sabatier no hace mucho— nos habitúan a ver agruparse nuestros contemporáneos, más bien conforme a sus odios, que conforme a sus admiraciones. Esta necesidad de ser un Contra-alguien o un Contra-algo es acaso el rasgo más miserable de las tendencias contemporáneas.
From time to time, don Miguel de Unamuno abandons the sublime stones of Salamanca, red with mystical fervour, and goes to seek through the dead countryside of the Spanish soul a lists where to break some lances in favour of liberty and culture. And perhaps it must cause him grave annoyance to say that his poems and his commentaries on the Quixote, though beautiful and very worthy of reading, will probably be forgotten by the Spaniards of 1950 in whose memory there will instead have to endure this other Unamuno campidoctor. Almost always it happens that people esteem in us above all what we would least wish them to esteem, and it happens almost always that people are right. Unamuno feels no little disdain toward those who, like me, applaud his politics and reduce his metaphysics to the value of an anecdote. And yet, Unamuno’s spirit wanders through the philosophical systems and through the literary genres, without finding maturity in any, while in politics he has found permanent and therefore substantive convictions.
In his Bilbao discourse Unamuno preaches a formula of liberalism that seems to me decisive:
“That the words liberalism and liberty have a common stock leads to plays on words and to the erroneous concept of liberty. Liberty is the consciousness of the law, and the law is social. Liberalism is everywhere in crisis, because that Manchesterian concept of the law that produced the classical school of political economy, true essence of liberalism, which has been until now anarchist at bottom, is in crisis.”
It is necessary that the official chiefs of the liberal party deign sometime to express their judgment about this interpretation of the word liberty, around which the new Spanish liberals are going grouping themselves. Do they believe, perchance, that liberalism can take a single step without firm theories? Is it not ridiculous to attempt to rebut the affirmations of Catalan separatism by opposing to them —as has been done in the Congress— a lyrical and vulgar concept of fatherland? In Spain the men of more than forty years would consider themselves dishonoured if they believed that they still had something to learn, and as the liberal chiefs have passed that age it is going to cost many efforts to send them to the school of younger and more prudent men, like Unamuno; rather, this is impossible. Hence the necessity of gathering the vigours of the new liberalism outside the channels of the existing liberal party, in other new ones, uniting ourselves around the new idea of liberty, without chiefs or ministerial aspirations. This new party of the extreme left would break parliamentary scholasticism, would organize the people and would firmly shape the progressive block: it had to be a whip party and blocks are not formed by extracting the mean proportional of the programmes, as Señor Álvarez pretends, but by pure lashes.
To the irritating joke: “Liberty has become conservative,” only a party can respond that has stored in its cellars, well at hand, the energy of popular violences. All who possess from five thousand duros of income upward will mock any political programme whose first article is not the threat. Unamuno has indicated this very well:
“And within Bilbao, this Society of El Sitio, home in a time of liberalism, is declining. This began since it became a property owner. The 2nd of May is already celebrated as something ritual, to which the insidious and ridiculous mockeries have contributed not a little. One must declare oneself tacky, since the anti-liberal rabble pretends to monopolize good taste and serves itself of that weapon; declare oneself tacky, clap on the morion and sing the hymn of Riego, which, as music, is not inferior to that of Saint Ignatius.”
It would only have to be added that the hymn of Riego is an anachronism: each new problem in history brings its symbolic song. Let us not make merchant’s ears and let us listen to the one the people sings today to sing it ourselves as our grandparents sang the hymn of Riego.
And Unamuno continues:
“And it is not that liberty has become conservative, no. Liberty could not have become conservative, for it has always been so, since it is progressive, and the condition of progress is to conserve; what there is is that conservatism has become a millionaire, and has ceased to be liberal and conservative. And let the simpletons talk of paradox.
»The present regime of Spain is plutocracy, and a plutocracy is at bottom anarchist. Because the poor, those who have nothing to lose, as they say, can and usually are conservative; while the rich, those who do not tire that others beat them, can and usually are profoundly anarchist. The State is not for them an archy, a power, a law, and even less an organ of culture; it is an estate to exploit.
»And the State is and must be above all an organ of culture, above all before the Church. Which, when it comes to the former, turns out also anarchist, for it teaches, not indeed free examination, but even resistance and fraud to the latter’s laws. Proof of this is that it does not esteem smuggling or contraband a sin and it would have nothing strange that there were even some smuggling bishop.”
And so true is this, that Maurism is nothing but plutocracy, that one of its most jovial evangelists could affirm recently in the Diario de Barcelona “a very strange thing: the present conservatives —he came to say— are better than the liberals because they have more money.” This is foolish, of course. Everybody knows that the great robberies carried out at the cost of the public wealth are always accomplished by the big capitals. With most miserable picks barely can a few thousand pesetas be stolen; to pocket millions belonging to others it is necessary to found previously a banking or industrial company, and in some countries the ministries of Finance are the most perfect picks that can be imagined. What happens to us, in this as in everything, is that there is scarcely anyone in Spain who knows technically the financial questions and before our open, but ignorant, eyes the ambiguous men of capital can carry out the most exorbitant actions.
That future party whose advent we long for, had, consequently, to bring together the people best specialized in the study of political affairs. In such a way, even if its essential labour were criticism, their efforts would have very positive results. It is a primary duty that whoever knows the administrative machine scientifically should come to clarify our ignorance of it. And thus, I ask don Antonio Flores de Lemus that, by patriotism and by ethical impulse, he go setting forth in the newspapers something at least of what we cannot see for ignorance of the economic scaffolding. A few days ago a journal published a certain letter of his, where it was affirmed that our economic problems could only be solved in an unambiguously democratic policy. In such manner that liberalism is not only an ideal question, as I have limited myself to maintaining, but an economic question. Señor Flores de Lemus is not a talker nor a literary man: he is an economist treated as an equal —as I know for a fact— by the German masters. I ask him that he explain that letter.
As for Señor Unamuno, we would wish that he come to Madrid and here also preach his new liberal alliance. Our city does not have great virtues; but in spite of whatever one may wish to cast in its teeth, it continues to be the most powerful apparatus of intellectual expansion that we have in Spain. To characterize Madrid as the richest deposit of frivolity is one of those follies that Unamuno, fearful that his labour may not seem too perfect, inserts out of humility in his writings and lectures. To be able to affirm that, it would be fitting to prove before that some other Spanish capitals are less frivolous than Madrid and above all that they are more profound. Is there perchance in this town nothing but absurd poets? Are there perchance wise men in Salamanca or in Bilbao? It is very easy and very amusing, when one does not have a rigid notion of intellectual responsibility, to say the first thing we find floating on the surface of the soul, worm-eaten remnant of our intimate spiritual shipwrecks. There are people of such paupers’ character, that only by force of negations do they manage to delineate their physiognomy and that would need, to stand out, to bury the rest of their fellow citizens; Lucifers of every hour, whom one could describe in the manner that Milton described the first one, rising over hell like a tower in the desert. The present customs —Sabatier has said not long ago— accustom us to see our contemporaries group themselves rather according to their hatreds than according to their admirations. This necessity of being a Contra-someone or a Contra-something is perhaps the most miserable trait of contemporary tendencies.
Di quando in quando, don Miguel de Unamuno abbandona le pietre sublimi di Salamanca, rosse di mistico fervore, e va a cercare per la morta campagna dell’anima spagnola una lizza dove rompere alcune lance in pro’ della libertà e della cultura. E forse dovrà cagionargli grave cruccio il dire che le sue poesie e i suoi commenti al Chisciotte, per quanto belli e molto degni di lettura, saranno probabilmente dimenticati dagli spagnoli del 1950 nella cui memoria dovrà invece perdurare quest’altro Unamuno campidoctor. Quasi sempre accade che le genti stimino sopra tutto in noi ciò che meno vorremmo che stimassero e accade quasi sempre che le genti abbiano ragione. Unamuno sente non poco disdegno verso quelli che, come me, applaudono la sua politica e riducono al valore di un aneddoto la sua metafisica. E tuttavia, lo spirito di Unamuno vagabonda per i sistemi filosofici e per i generi letterari, senza trovare in nessuno maturità, mentre nella politica ha trovato convinzioni permanenti e perciò sostantive.
Nel suo discorso di Bilbao predica Unamuno una formula del liberalismo che mi pare decisiva:
«Il fatto che le voci liberalismo e libertà abbiano una stirpe comune porta a giochi di parole e all’errato concetto della libertà. La libertà è la coscienza della legge, e la legge è sociale. Il liberalismo è dovunque in crisi, perché lo è quel concetto manchesteriano della legge che produsse la scuola classica di economia politica, vera essenza del liberalismo, che è stato finora anarchico in fondo».
È necessario che i capi ufficiali del partito liberale si degnino una volta di esprimere il loro giudizio circa questa interpretazione della parola libertà, attorno alla quale vanno raggruppandosi i nuovi liberali spagnoli. Credono, per ventura, che il liberalismo possa fare un solo passo senza teorie ferme? Non è ridicolo tentare di ribattere le affermazioni del separatismo catalano opponendo loro —come si è fatto nel Congresso— un concetto lirico e volgare di patria? In Spagna gli uomini di più di quarant’anni si considererebbero disonorati se credessero di avere ancora qualcosa da imparare, e siccome i capi liberali hanno superato quell’età, costerà molti sforzi mandarli a scuola da uomini più giovani e avveduti, come Unamuno; anzi, questo è impossibile. Di lì la necessità di raccogliere i vigori del nuovo liberalismo fuori dagli alvei del partito liberale vigente, in altri nuovi, unendoci attorno alla nuova idea di libertà, senza capi né aspirazioni ministeriali. Questo nuovo partito di estrema sinistra romperebbe lo scolasticismo parlamentare, organizzerebbe il popolo e plasmerebbe robustamente il blocco progressista: doveva essere un partito frusta e i blocchi non si formano estraendo la media proporzionale dei programmi, come pretende il signor Álvarez, ma a puri colpi di frusta.
Al chiste irritante: «La libertà si è fatta conservatrice», può rispondere soltanto un partito che abbia immagazzinata nei suoi sotterranei, ben a portata di mano, l’energia delle violenze popolari. Quanti possiedono da cinquemila duros di rendita in su si burleranno di ogni programma politico il cui primo articolo non sia la minaccia. Unamuno ha indicato questo molto bene:
«E dentro Bilbao, questa Società di El Sitio, focolare in un tempo del liberalismo, va in decadenza. Questa cominciò da quando si fece proprietaria. Il 2 maggio si celebra già come qualcosa di rituale, a cui hanno contribuito non poco le insidiose e ridicole beffe. Bisogna dichiararsi provinciale, giacché la canaglia antiliberale pretende di monopolizzare il buon gusto e si serve di quell’arma; dichiararsi provinciale, calzare il morione e cantare l’inno di Riego, che, come musica, non è inferiore a quello di San Ignazio».
Soltanto si dovrebbe aggiungere che l’inno di Riego è un anacronismo: ogni problema nuovo nella storia porta la sua canzone simbolica. Non facciamo orecchie da mercante e ascoltiamo quella che il popolo canta oggi, per cantarla noi come i nostri nonni l’inno di Riego.
E prosegue Unamuno:
«E non è che la libertà si sia fatta conservatrice, no. La libertà non ha potuto farsi conservatrice, poiché lo è stata sempre, giacché è progressiva, e la condizione del progresso è conservare; quello che c’è è che la conservaduría si è fatta milionaria, e ha smesso di essere liberale e conservatrice. E parlino i mentecatti di paradosso.
»Il regime attuale della Spagna è la plutocrazia, e una plutocrazia è in fondo anarchica. Perché i poveri, quelli che nulla hanno da perdere, secondo quanto dicono, possono e sogliono essere conservatori; mentre i ricchi, quelli che non si saziano che altri li vincano, possono e sogliono essere profondamente anarchici. Lo Stato non è per loro un’archia, un potere, una legge, e meno che mai un organo di cultura, è una tenuta da sfruttare.
»E lo Stato è e deve essere innanzi tutto un organo di cultura, soprattutto di fronte alla Chiesa. La quale, quando si tratta di quello, risulta anch’essa anarchica, poiché insegna, non già il libero esame, ma fino alla resistenza e alla frode alle leggi di quello. Prova di ciò è che non stima peccato il contrabbando o il matute e non avrebbe nulla di strano che ci fosse persino qualche vescovo contrabbandiere».
E tanto è vero questo, che il maurismo non è che plutocrazia, che uno dei suoi più giocondi evangelisti poteva affermare poco fa nel Diario de Barcelona «una cosa molto peregrina: i conservatori attuali —veniva a dire— sono migliori dei liberali perché hanno più denaro». Questo è sciocco, chiaro sta. Tutto il mondo sa che i magni latrocini compiuti a costo della pubblica ricchezza sono sempre realizzati dai grandi capitali. Con dei miserrimi grimaldelli appena si possono rubare alcune migliaia di pesetas; per intascarsi milioni altrui è necessario fondare preventivamente una società bancaria o industriale, e in alcuni paesi sono i ministeri delle Finanze i grimaldelli più perfetti che si possano immaginare. Ciò che ci succede, in questo come in tutto, è che appena c’è in Spagna chi conosca tecnicamente le questioni finanziarie e davanti ai nostri occhi aperti, ma ignari, gli uomini ambigui del capitale possono concludere le azioni più esorbitanti.
Quel partito futuro il cui avvento aneliamo, doveva, per conseguenza, riunire le genti meglio specializzate nello studio degli affari politici. In tal maniera, pur essendo la loro opera essenzialmente critica, i loro sforzi avrebbero risultati molto positivi. È un dovere primario che venga a schiarire la nostra ignoranza della macchina amministrativa chiunque la conosca scientificamente. E così, chiedo a don Antonio Flores de Lemus che, per patriottismo e per etico impulso, vada esponendo nei giornali qualcosa almeno di ciò che noi non possiamo vedere per sconoscenza del tinglado economico. Pochi giorni fa una rivista pubblicava una sua certa lettera, dove si affermava che i nostri problemi economici potevano essere risolti solo in una politica inequivocabilmente democratica. Di modo che il liberalismo non è soltanto una questione ideale, come io mi sono limitato a sostenere, ma una questione economica. Il signor Flores de Lemus non è un parolaio né un letterato: è un economista trattato da pari a pari —secondo mi consta— dai maestri tedeschi. Io gli chiedo che spieghi quella lettera.
Quanto al signor Unamuno, vorremmo che venisse a Madrid e qui predicasse anche la sua nuova alleanza liberale. La nostra città non ha grandi virtù; ma a dispetto di quanto le si voglia rinfacciare, continua a essere l’apparato di espansione intellettuale più potente che abbiamo in Spagna. Caratterizzare Madrid come il più ricco giacimento di frivolezza, è una sciocchezza di quelle che Unamuno, timoroso che la sua opera non sembri fin troppo perfetta, intercala per umiltà nei suoi scritti e nelle sue conferenze. Per poter affermare questo converrebbe provare prima che alcune altre capitali spagnole sono meno frivole di Madrid e soprattutto che sono più profonde. Per ventura non c’è in questa villa altra cosa che poeti assurdi? Per ventura ci sono sapienti a Salamanca o a Bilbao? È molto agevole e molto divertente, quando non si ha una nozione rigida della responsabilità intellettuale, dire la prima cosa che troviamo fluttuante sulla superficie dell’anima, resto corroso dei nostri intimi naufragi spirituali. C’è gente di carattere così poverissimo, che soltanto a forza di negazioni riesce a delineare la sua fisonomia e che avrebbe bisogno, per primeggiare, di sotterrare il resto dei suoi concittadini; Luciferi di ogni ora, che si potrebbero descrivere nel modo che Milton descrisse il primitivo, levandosi sopra l’inferno come una torre nel deserto. I costumi attuali —ha detto Sabatier non molto tempo fa— ci abituano a vedere raggrupparsi i nostri contemporanei, piuttosto secondo i loro odi, che secondo le loro ammirazioni. Questa necessità di essere un Contro-qualcuno o un Contro-qualcosa è forse il tratto più miserabile delle tendenze contemporanee.
No creo que Unamuno necesite de tales métodos para acusar su personalidad. Él mismo se queja de la mala educación, de la grosería ambientes. Ahora bien, decir que Madrid es más frívolo lugarón que los demás de España, sobre equivocado e indemostrable, parece una falta de educación.
El Imparcial, 11 de septiembre de 1908
I do not believe that Unamuno needs such methods to assert his personality. He himself complains of the bad manners, of the surrounding rudeness. Now then, to say that Madrid is a more frivolous big village than the rest of Spain, besides being mistaken and indemonstrable, seems a lack of manners.
El Imparcial, 11 September 1908
Non credo che Unamuno abbia bisogno di tali metodi per affermare la sua personalità. Egli stesso si lamenta della cattiva educazione, della grossolanità dell’ambiente. Ora, dire che Madrid è un luogo più frivolo degli altri di Spagna, oltre che sbagliato e indimostrabile, sembra una mancanza di educazione.
El Imparcial, 11 settembre 1908