Abstract
A commentary on Unamuno’s Bilbao speech, whose formula Ortega adopts: «freedom is the consciousness of law, and law is social», against the Manchesterian conception that made liberalism anarchist at bottom. He draws from it the need for a new far-left party built around this idea of liberty, outside the existing liberal party.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
De cuando en cuando, don Miguel de Unamuno abandona las piedras sublimes de Salamanca, rojas de místico fervor y va a buscar por la muerta campaña del alma española una liza donde romper algunas lanzas en pro de la libertad y de la cultura. Y acaso haya de causarle grave enojo diciendo que sus poesías y sus comentarios al Quijote, con ser bellas y muy dignas de lectura, serán probablemente olvidadas por los españoles de 1950 en cuya memoria habrá en cambio de perdurar este otro Unamuno campidoctor. Casi siempre ocurre que las gentes estimen sobre todo en nosotros lo que menos quisiéramos que estimaran y acontece casi siempre que las gentes llevan la razón. Unamuno siente no poco desdén hacia los que, como yo, aplauden su política y reducen al valor de una anécdota su metafísica. Y sin embargo, el espíritu de Unamuno vagabundea por los sistemas filosóficos y por los géneros literarios, sin hallar en ninguno madurez, al paso que en la política ha encontrado convicciones permanentes y por lo tanto sustantivas.
En su discurso de Bilbao predica Unamuno una fórmula del liberalismo que me parece decisiva:
«El que las voces liberalismo y libertad tengan una estirpe común lleva a juegos de palabra y al errado concepto de la libertad. La libertad es la conciencia de la ley, y la ley es social. El liberalismo está en dondequiera en crisis, porque lo está aquel concepto manchesteriano de la ley que produjo la escuela clásica de economía política, verdadera esencia del liberalismo, que ha sido hasta ahora anarquista en el fondo».
Es preciso que los jefes oficiales del partido liberal se dignen alguna vez expresar su juicio acerca de esta interpretación de la palabra libertad, en torno a la cual van agrupándose los nuevos liberales españoles. ¿Creen, por ventura, que el liberalismo puede dar un solo paso sin teorías firmes? ¿No es ridículo intentar rebatir las afirmaciones del separatismo catalán oponiéndoles —como se ha hecho en el Congreso— un concepto lírico y vulgar de patria? En España los hombres de más de cuarenta años se considerarían deshonrados si creyeran que aún tenían algo que aprender, y como los jefes liberales han pasado de esa edad va a costar muchos esfuerzos enviarlos a la escuela de hombres más jóvenes y avisados, como Unamuno; mejor dicho, esto es imposible. De ahí la necesidad de recoger los vigores del nuevo liberalismo fuera de los cauces del partido liberal vigente, en otros nuevos, aunándonos en torno a la nueva idea de libertad, sin jefes ni aspiraciones ministeriales. Este nuevo partido de extrema izquierda rompería el escolasticismo parlamentario, organizaría al pueblo y plasmaría reciamente el bloque progresista: había de ser un partido látigo y los bloques no se forman extrayendo la media proporcional de los programas, como pretende el señor Álvarez, sino a puros latigazos.
Al chiste irritante: «La libertad se ha hecho conservadora», sólo puede responder un partido que tenga almacenada en sus sótanos, bien a la mano, la energía de las violencias populares. Cuantos poseen de cinco mil duros de renta para arriba se burlarán de todo programa político cuyo primer artículo no sea la amenaza. Unamuno ha indicado esto muy bien:
«Y dentro de Bilbao, esta Sociedad de El Sitio, hogar en un tiempo del liberalismo, va en decadencia. Empezó ésta desde que se hizo propietaria. El 2 de mayo se celebra ya como algo ritual a lo que han contribuido no poco las insidiosas y ridículas burlas. Hay que declararse cursi, pues que la canalla antiliberal pretende monopolizar el buen gusto y se sirve de ese arma; declararse cursi, calarse el morrión y cantar el himno de Riego, que, como música, no es inferior al de San Ignacio».
Sólo habría de añadirse que el himno de Riego es un anacronismo: cada problema nuevo en la historia trae su canción simbólica. No hagamos oídos de mercader y escuchemos la que el pueblo canta hoy para cantarla nosotros como nuestros abuelos el himno de Riego.
Y prosigue Unamuno:
«Y no es que la libertad se haya hecho conservadora, no. La libertad no ha podido hacerse conservadora, pues lo ha sido siempre, ya que es progresiva, y la condición del progreso es conservar; lo que hay es que la conservaduría se ha hecho millonaria, y ha dejado de ser liberal y conservadora. Y hablen los mentecatos de paradoja.
»El régimen actual de España es la plutocracia, y una plutocracia es en el fondo anarquista. Porque los pobres, los que nada tienen que perder, según dicen, pueden y suelen ser conservadores; mientras los ricos, los que no se hartan de que otros les ganen, pueden y suelen ser profundamente anarquistas. El Estado no es para ellos una arquía, un poder, una ley, y menos un órgano de cultura, es una finca que explotar.
»Y el Estado es y debe ser ante todo un órgano de cultura, sobre todo frente a la Iglesia. La cual, cuando de aquél se trata, resulta también anarquista, pues enseña, no ya el libre examen, sino hasta la resistencia y el fraude a las leyes de aquél. Prueba de ello es que no estima pecado el contrabando o el matute y no tendría nada de extraño que hubiera hasta algún obispo matutero».
Y tan cierto es esto de que el maurismo no es sino plutocracia, que uno de sus más regocijados evangelistas podía afirmar hace poco en el Diario de Barcelona «una cosa muy peregrina: los conservadores actuales —venía a decir— son mejores que los liberales porque tienen más dinero». Esto es necio, claro está. Todo el mundo sabe que los magnos latrocinios realizados a costa de la pública riqueza son siempre cumplidos por los grandes capitales. Con unas misérrimas ganzúas apenas si pueden robarse unos cuantos miles de pesetas; para embolsarse millones ajenos es menester fundar previamente una sociedad bancaria o industrial, y en algunos países son los ministerios de Hacienda las ganzúas más perfectas que cabe imaginar. Lo que nos pasa, en esto como en todo, es que apenas hay en España quien conozca técnicamente las cuestiones financieras y ante nuestros ojos abiertos, pero ignaros, los hombres ambiguos del capital pueden concluir las acciones más exorbitantes.
Ese partido futuro cuyo advenimiento anhelamos, había, por consiguiente, de reunir las gentes mejor especializadas en el estudio de los negocios políticos. De tal manera, aun siendo su labor esencial la crítica, tendrían sus esfuerzos resultados muy positivos. Es un deber primario que venga a esclarecer nuestra ignorancia de la máquina administrativa todo el que la conozca científicamente. Y así, pido a don Antonio Flores de Lemus que, por patriotismo y por ético impulso, vaya exponiendo en los periódicos algo siquiera de lo que nosotros no podemos ver por desconocimiento del tinglado económico. Hace pocos días publicaba una revista cierta carta suya, donde se afirmaba que nuestros problemas económicos sólo podían ser resueltos en una política inequívocamente democrática. De modo que el liberalismo no es sólo una cuestión ideal, como yo me he limitado a sostener, sino una cuestión económica. El señor Flores de Lemus no es un decidor ni un literato: es un economista tratado de igual a igual —según me consta— por los maestros alemanes. Yo le pido que explique esa carta.
En cuanto al señor Unamuno, quisiéramos que viniera a Madrid y aquí predicara también su nueva alianza liberal. Nuestra ciudad no tiene grandes virtudes; pero a despecho de cuanto quiera echársele en cara, sigue siendo el aparato de expansión intelectual más poderoso con que contamos en España. Caracterizar a Madrid como el más rico yacimiento de frivolidad, es una tontería de ésas que Unamuno, temeroso no parezca harto perfecta su labor, intercala por humildad en sus escritos y conferencias. Para poder afirmar eso convendría probar antes que algunas otras capitales españolas son menos frívolas que Madrid y sobre todo que son más profundas. ¿Por ventura no hay en esta villa otra cosa que poetas absurdos? ¿Por ventura hay sabios en Salamanca o en Bilbao? Es muy hacedero y muy divertido cuando no se tiene una noción rígida de la responsabilidad intelectual decir lo primero que hallamos flotando sobre la superficie del alma, resto carcomido de nuestros íntimos naufragios espirituales. Hay gentes de tan paupérrimo carácter, que sólo a fuerza de negaciones logran delinear su fisonomía y que necesitarían para descollar meter bajo tierra el resto de sus conciudadanos; Luzbeles de toda hora, a los cuales podría describirse del modo que Milton, al primitivo, alzándose sobre el infierno como una torre en el desierto. Las costumbres actuales —ha dicho Sabatier no hace mucho— nos habitúan a ver agruparse nuestros contemporáneos, más bien conforme a sus odios, que conforme a sus admiraciones. Esta necesidad de ser un Contra-alguien o un Contra-algo es acaso el rasgo más miserable de las tendencias contemporáneas.
No creo que Unamuno necesite de tales métodos para acusar su personalidad. Él mismo se queja de la mala educación, de la grosería ambientes. Ahora bien, decir que Madrid es más frívolo lugarón que los demás de España, sobre equivocado e indemostrable, parece una falta de educación.
El Imparcial, 11 de septiembre de 1908