Ortega y Gasset
Abstract
A series of articles against the national government’s «four points» programme: the four points are too little to be cardinal and its aims must be widened. Its underlying claim: in Spain the current of ultimate solidarity that elsewhere localizes conflict is absent — the trouble is not that there are disagreements but that there is nothing but disagreements. Political journalism.
Connections
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
CUATRO PUNTOS SON POCO CALZAR
A estas horas habrá sido redactado el proyecto de contestación al Mensaje de la Corona. Según parece, en él reitera el Gobierno su propósito de limitarse a realizar el programa de los cuatro puntos: reforma del Reglamento de la Cámara, amnistía, reformas militares y aprobación del presupuesto.
Para decir desde luego lo que vamos a acabar por decir al fin de unos cuantos artículos, nos parece un grave daño infligido a los destinos de España que este Gobierno, el primero con gesto de tal que goza nuestro pueblo acaso desde los tiempos de Indíbil y Mandonio, se contraiga a la modesta labor de cancelar cuatro asuntos retrospectivos, que fueron, sin duda, peligrosas dificultades en nuestra vida pública, pero que ni fueron ni son sustantivos problemas de la historia de España. Son demasiado poco cardinales esos cuatro puntos para que no aproveche mejor nuestra patria sin ventura el favorable azar de haberse juntado en un Ministerio la flor de la política; como si dijéramos, entera la rosa de los vientos parlamentarios.
En nuestra opinión, se halla el Gobierno urgido por el patriótico deber de ampliar sus designios muy considerablemente y de orientarlos hacia muy otras alturas históricas.
A razonar esto y concretarlo dedicamos una serie de observaciones, que proseguiremos en días sucesivos.
Vive nuestra España, de ordinario, en una discordia radical que suele convertir todo en pretexto para renovarse y profundizarse. Cierto que dondequiera hay sociedad existen disensiones graves: con unos u otros nombres, se dan en toda nación perdurable batalla derechas e izquierdas, blancos y negros. Pero en otros países, fluye bajo esa contienda una corriente de última solidaridad, la coincidencia en ciertos sentimientos básicos y un indiscutible deseo de convivir unos con otros, a pesar de sus luchas, formando la unidad nacional. Merced a esto, la discordia queda localizada en ciertas latitudes de la existencia pública, y muy rara vez llega a tajar de arriba abajo el corazón de la sociedad. No es, pues, lo grave que haya muchas discrepancias, sino que sólo haya discrepancias. ¿Cómo podrá vivir un pueblo si se encuentra dividido en dos porciones por entero incomunicantes? Bien está, puesto que así lo quiere la naturaleza humana, que los brazos de unos españoles hostilicen a los de los otros; pero es preciso que al menos sus pies se afiancen sobre una tierra común y que el vértice de sus corazones gravite hacia un mínimum de intenciones solidarias.
He aquí por qué, al advenimiento del actual Gobierno, nos complacimos dejando resonar en estas columnas el regocijo popular. Por vez primera, desde hace mucho tiempo, presenciábamos un caso de unanimidad nacional. Por vez primera asistíamos a una reacción de la conciencia pública, en que los ciudadanos saltaban más allá de sus diferencias partidistas, y hartos de discordia, aplaudían vehementemente un ensayo de solidaridad política.
Porque sería conveniente no olvidar el matiz que la emoción callejera tomó en aquellas horas. Los mismos gobernantes que el pueblo había silbado por separado, recibían del pueblo la ovación al juntarse en un gobierno. Podrá quienquiera llamar a esto paradójico, pero el hecho no puede ser más claro y significativo de que, al fin, los españoles sienten una voluntad de tregua nacional, un hartazgo de disensiones y un afán de coincidir en cierta preparación del futuro.
Las demás naciones, apretadas por las exigencias de la guerra, han proclamado la tregua interior e instaurado un régimen de unanimidad. Justo es que nosotros hagamos lo mismo, ya que desde siglos está España con su pecho puesto en una fatídica trinchera centenaria, donde vienen a caer, derrotadas de la vida, unas tras otras, las generaciones. Errores propios y anónimas adversidades habrán sido la causa de ello. No busquemos ahora responsabilidades ni hagamos la genealogía de nuestros males. Reconozcámoslos y asentemos sobre ellos la pura decisión de corregirlos.
Si volvemos atrás la mirada, apenas vemos otra cosa que una lamentable avenida de desintegraciones y derrumbamientos. Parece natural que llegue alguna hora en que se determine España a hacer un alto en esa obra de propia destrucción y abra un paréntesis de integración, de construcción, de nacionalización.
Y ésta es la pregunta que hacemos a todos los españoles con alma sensible a los intereses patrios: ¿no es ésta que ahora vivimos la hora mejor para iniciar la empresa?
Extremas izquierdas y extremas derechas han perdido, al menos transitoriamente, su prestigio perturbador. Atravesamos una zona de calma en las disputas de principios políticos y la conciencia pública siente con más vigor que nunca la necesidad de dotar a la vida española de una estructura social más moderna, más eficaz, más seria y económicamente más enérgica. Hasta para poder reanudar la batalla de principios, todos sienten la forzosidad de mejorar el escenario y los usos dentro de los cuales ha de reñirse. En fin, y sobre todo esto, las más absurdas vicisitudes han desembocado en el hecho benéfico de traernos el único Gobierno que, precisamente por su anómala constitución, podía ofrecer confianza a todos los ciudadanos.
No sabemos qué podrá, en definitiva, hacer este Gabinete; pero preguntamos a todo compatriota de buena voluntad: lo que no pueda hacer este Gobierno, ¿qué otro Gobierno imaginable podrá hacerlo?
Publicado sin firma, El Sol, 5 de abril de 1918
II
EL MEJOR Y EL MÁS PELIGROSO
Cuando los españoles volvieron en sí mismos del júbilo que les causara el nacimiento de este Ministerio formado con superlativos, comenzó a decirse que sólo duraría tres meses. Si esto es así, ¿qué sentido tiene nuestra prosa de ayer pidiendo al Gobierno la ampliación de su programa hasta dotarlo de dimensiones históricas? Evidentemente ninguno. Pero el que se diga que este Gobierno volverá al nirvana dentro de tres meses, no implica que ello acontezca así, ni mucho menos que deba acontecer.
Es nuestra obligación contribuir a que los españoles vean bien claro, al través del optimismo presente y transitorio, la realidad de la situación pública y se percaten, dado que no lo hayan hecho espontáneamente, de cómo este Gobierno, que parecía ser una alborada en la vida nacional, puede convertirse en la hora postrera del más tétrico crepúsculo.
Si el Gabinete vigente se alejara del Poder dentro de tres meses, después de haber tan sólo reglamentado el Parlamento, amnistiado los reos políticos, reformado el Ejército y aprobado el presupuesto, dígasenos qué otro Gobierno podrá, con alguna esperanza de buen éxito, adelantarse a dirigir la nación. Fue preciso formar el actual porque ningún grupo político tenía prestigio, de calidad ni de cantidad, bastante para henchir las dimensiones del Poder ejecutivo. No hay que hablar de que gozase el suficiente para emprender una política activa de organización nacional en grande o en pequeño: es que carecía de la mínima autoridad requerida para resistir siquiera a las dificultades emergentes. De modo que aun reduciendo la gestión de gobierno, como ha solido acaecer en España, a resolver conflictos de orden público, los partidos políticos, según eran antes de marzo, quedaron convictos de incapacidad para gobernar cada uno por sí.
Ahora bien, esos conflictos tornarán al día siguiente de abandonar las poltronas los actuales ministros. Porque esos conflictos —esperamos que ya hasta los ciegos lo hayan visto— no eran oriundos de deliberadas y punibles incitaciones que un grupo de hombres díscolos promoviese, sino de la desnacionalización y desprestigio extremos en que viven las instituciones. Como no se ponga remedio certero y laborioso, la sociedad española acabará por disgregarse en todas direcciones y entraremos en un período horrible de guerra de todos contra todos. Recuérdese lo acontecido en junio —desmandamiento militar—, en agosto —huelga revolucionaria y Asamblea de Parlamentarios—, en noviembre —disolución de las Juntas de sargentos—, en marzo —Ejército por un lado, Parlamento por otro, Correos y Telégrafos por el suyo y al fondo las Juntas de empleados administrativos. Recuérdese todo eso; multiplíquese por una cantidad de muchos ceros, y se tendrá un vago anticipo del semblante de España dentro de pocos meses.
Encerrado en el «programa de los cuatro puntos» como en una figura mágica, el Gobierno que el señor Maura preside dejará intactas las causas productoras de estos conflictos que vino a detener. Porque ésta sería la palabra: detener, y no resolver.
Y en cambio, con él se habrá inutilizado el último aparato que había en el arsenal de las soluciones. Si antes de marzo un Gobierno carecía de unción social bastante para gobernar, después de este Gobierno extraordinario, recaer en uno habitual nos va a parecer sumirnos en la nada. Y la mengua en la presión moral de arriba acrecentará la indisciplina de abajo y de enmedio.
Póngase en torno a esto el probable crecimiento de la nerviosidad pública, motivado por las últimas sacudidas de la guerra, que, sobre todos los temas de discordia, descargarán entonces sobre España la necesidad inaplazable de adoptar una actitud internacional para la hora de la paz, hora en la cual creemos que no baste la salomónica neutralidad del señor Dato.
I
FOUR POINTS ARE TOO LITTLE FOOTWEAR
By this hour the draft reply to the Crown’s Message will have been written. According to reports, in it the Government reiterates its purpose of confining itself to carrying out the programme of the four points: reform of the Chamber’s Rules, amnesty, military reforms and approval of the budget.
To say at once what we shall end by saying at the close of a few articles, it seems to us a grave injury inflicted upon the destinies of Spain that this Government —the first with the bearing of such that our people has perhaps enjoyed since the times of Indibil and Mandonius— should shrink to the modest labour of closing four retrospective matters, which were, no doubt, dangerous difficulties in our public life, but which neither were nor are substantive problems in the history of Spain. Those four points are far too little cardinal for our hapless country not to turn to better account the favourable chance that there should have gathered in one Ministry the flower of politics; as though we should say, the whole compass of the parliamentary winds.
In our opinion, the Government finds itself urged by the patriotic duty of enlarging its designs very considerably and of orienting them toward very different historical heights.
To reason this out and make it concrete, we devote a series of observations, which we shall continue in the days to come.
Our Spain lives, ordinarily, in a radical discord that tends to turn everything into a pretext for renewing and deepening itself. It is true that wherever there is society there are grave dissensions: under one name or another, in every nation right and left, whites and blacks wage an enduring battle. But in other countries, beneath that contention flows a current of ultimate solidarity, the coincidence in certain basic sentiments and an indisputable desire to live together with one another, in spite of their struggles, forming the national unity. Thanks to this, discord remains localized in certain latitudes of public existence, and very rarely comes to cleave from top to bottom the heart of society. The grave thing, then, is not that there are many disagreements, but that there are only disagreements. How can a people live if it finds itself divided into two entirely uncommunicating portions? Very well, since human nature so wills it, that the arms of some Spaniards harass those of the others; but it is necessary that at least their feet be planted upon a common ground and that the apex of their hearts gravitate toward a minimum of solidary intentions.
This is why, at the advent of the present Government, we took pleasure in letting popular rejoicing resound in these columns. For the first time in a long while, we witnessed a case of national unanimity. For the first time we attended a reaction of public conscience, in which citizens leapt beyond their partisan differences and, sated with discord, vehemently applauded a trial of political solidarity.
Because it would be well not to forget the shade that the street emotion took in those hours. The very rulers whom the people had hissed separately received from the people the ovation upon uniting in a government. Anyone may call this paradoxical, but the fact cannot be clearer or more significant than this: that at last the Spaniards feel a will for national truce, a surfeit of dissensions, and an eagerness to coincide in a certain preparation of the future.
The other nations, pressed by the exigencies of the war, have proclaimed the internal truce and established a regime of unanimity. It is right that we do the same, since for centuries Spain has stood with her breast set against a fateful centennial trench, where, defeated by life, generation after generation comes to fall. Our own errors and anonymous adversities must have been the cause of it. Let us not now seek responsibilities or draw up the genealogy of our ills. Let us recognize them and set upon them the pure decision to correct them.
If we cast our gaze backward, we barely see anything but a lamentable avenue of disintegrations and collapses. It seems natural that some hour should arrive when Spain resolves to halt in that work of its own destruction and open a parenthesis of integration, of construction, of nationalization.
And this is the question we put to all Spaniards with a soul sensitive to the interests of the fatherland: is not this hour we now live the best hour to begin the enterprise?
Extreme lefts and extreme rights have lost, at least temporarily, their perturbing prestige. We are crossing a zone of calm in the disputes of political principles, and public conscience feels with more vigour than ever the necessity of endowing Spanish life with a social structure more modern, more effective, more serious and economically more energetic. Even to be able to resume the battle of principles, everyone feels the compulsion to improve the stage and the usages within which it is to be fought. In short, and above all, the most absurd vicissitudes have issued in the beneficial fact of bringing us the only Government which, precisely because of its anomalous constitution, could offer confidence to all citizens.
We do not know what, in the end, this Cabinet will be able to do; but we ask every compatriot of good will: what this Government cannot do, what other imaginable Government could do it?
Published without signature, El Sol, 5 April 1918
II
THE BEST AND THE MOST DANGEROUS
When the Spaniards came back to themselves from the joy that the birth of this Ministry, formed of superlatives, had caused them, it began to be said that it would last only three months. If this is so, what sense does our prose of yesterday have, asking the Government to enlarge its programme until it is endowed with historical dimensions? Evidently none. But the saying that this Government will return to nirvana within three months does not imply that this will come about, nor much less that it must come about.
It is our obligation to contribute to the Spaniards’ seeing clearly, through the present and transitory optimism, the reality of the public situation, and to their perceiving, since they have not done so spontaneously, how this Government, which seemed to be a dawn in the national life, may turn into the final hour of the most sombre twilight.
If the current Cabinet were to withdraw from Power within three months, after only having regulated Parliament, amnestied the political prisoners, reformed the Army and approved the budget, let it be told to us what other Government could, with some hope of good success, step forward to direct the nation. It was necessary to form the present one because no political group had prestige, in quality or in quantity, enough to fill the dimensions of executive Power. Not to speak of its enjoying enough to undertake an active policy of national organization on a grand or a small scale: it is that it lacked the minimum authority required even to resist the emerging difficulties. So that even reducing the management of government, as has usually happened in Spain, to resolving conflicts of public order, the political parties, as they were before March, stood convicted of incapacity to govern each one by itself.
Now, those conflicts will return on the day after the present ministers abandon their armchairs. Because those conflicts —we hope that by now even the blind have seen it— were not born of deliberate and punishable incitements promoted by a group of unruly men, but of the extreme denationalization and discredit in which the institutions live. Unless a certain and laborious remedy is applied, Spanish society will end by disintegrating in all directions and we shall enter a horrible period of war of all against all. Let what happened in June be remembered —military disorder—, in August —revolutionary strike and Assembly of Parliamentarians—, in November —dissolution of the sergeants’ Juntas—, in March —Army on one side, Parliament on another, Posts and Telegraphs on their own and in the background the Juntas of administrative employees. Let all that be remembered; let it be multiplied by a quantity of many zeros, and one will have a vague foretaste of the countenance of Spain within a few months.
Shut up in the “programme of the four points” as in a magic figure, the Government over which Señor Maura presides will leave intact the causes producing those conflicts which it came to stop. Because that would be the word: to stop, and not to resolve.
And on the other hand, with it the last apparatus in the arsenal of solutions will have been rendered useless. If before March a Government lacked sufficient social unction to govern, after this extraordinary Government, falling back into a habitual one will seem to us like sinking into nothingness. And the diminution of moral pressure from above will increase the indiscipline of below and of the middle.
Set around this the probable growth of public nervousness, motivated by the last jolts of the war, which, on top of all the themes of discord, will then discharge upon Spain the unpostponable necessity of adopting an international attitude for the hour of peace, an hour in which we believe the Solomonic neutrality of Señor Dato will not suffice.
I
QUATTRO PUNTI SONO POCO CALZARE
A quest’ora sarà stato redatto il progetto di risposta al Messaggio della Corona. A quanto pare, in esso il Governo reitera il suo proposito di limitarsi a realizzare il programma dei quattro punti: riforma del Regolamento della Camera, amnistia, riforme militari e approvazione del bilancio.
Per dire subito quello che finiremo per dire al termine di qualche articolo, ci sembra un grave danno inflitto ai destini della Spagna che questo Governo —il primo con un contegno di tale che il nostro popolo forse goda dai tempi di Indibile e Mandonio— si contragga alla modesta opera di cancellare quattro affari retrospettivi, che furono, senza dubbio, pericolose difficoltà nella nostra vita pubblica, ma che non furono né sono problemi sostantivi della storia di Spagna. Quei quattro punti sono troppo poco cardinali perché la nostra patria sventurata non tragga migliore profitto dal favorevole caso che si siano riuniti in un Ministero il fiore della politica; come se dicessimo, intera la rosa dei venti parlamentari.
A nostro avviso, il Governo si trova sollecitato dal patriottico dovere di ampliare i suoi disegni molto considerevolmente e di orientarli verso ben altre altezze storiche.
A ragionare questo e a concretarlo dedichiamo una serie di osservazioni, che proseguiremo nei giorni successivi.
Vive la nostra Spagna, di solito, in una discordia radicale che suole convertire tutto in pretesto per rinnovarsi e approfondirsi. Certo che dovunque vi è società esistono dissensioni gravi: con gli uni o gli altri nomi, in ogni nazione perdurano in battaglia destre e sinistre, bianchi e neri. Ma in altri paesi, sotto quella contesa scorre una corrente di ultima solidarietà, la coincidenza in certi sentimenti basilari e un indiscutibile desiderio di convivere gli uni con gli altri, nonostante le loro lotte, formando l’unità nazionale. Merito di questo, la discordia resta localizzata in certe latitudini dell’esistenza pubblica, e molto raramente arriva a tagliare da cima a fondo il cuore della società. Non è, dunque, grave che vi siano molte discrepanze, ma che vi siano solo discrepanze. Come potrà vivere un popolo se si trova diviso in due porzioni del tutto incomunicanti? Sta bene, poiché così lo vuole la natura umana, che le braccia di alcuni spagnoli ostilizzino quelle degli altri; ma è necessario che almeno i loro piedi si affermino su una terra comune e che il vertice dei loro cuori graviti verso un minimo di intenzioni solidali.
Ecco perché, all’avvento dell’attuale Governo, ci compiaciamo lasciando risuonare in queste colonne il giubilo popolare. Per la prima volta, da molto tempo, assistevamo a un caso di unanimità nazionale. Per la prima volta assistevamo a una reazione della coscienza pubblica, in cui i cittadini balzavano al di là delle loro differenze di partito, e sazi di discordia, applaudivano veementemente un saggio di solidarietà politica.
Perché sarebbe opportuno non dimenticare la sfumatura che l’emozione di strada prese in quelle ore. Gli stessi governanti che il popolo aveva fischiato separatamente, ricevevano dal popolo l’ovazione unendosi in un governo. Potrà chiunque chiamare questo paradossale, ma il fatto non può essere più chiaro e significativo di questo: che, alla fine, gli spagnoli sentono una volontà di tregua nazionale, un pieno di dissensioni e un’ansia di coincidere in una certa preparazione del futuro.
Le altre nazioni, strette dalle esigenze della guerra, hanno proclamato la tregua interiore e instaurato un regime di unanimità. Giusto è che noi facciamo lo stesso, giacché da secoli la Spagna ha il petto posto in una fatidica trincea centenaria, dove vengono a cadere, sconfitte dalla vita, una dopo l’altra, le generazioni. Errori propri e anonime avversità saranno stati la causa di tutto ciò. Non cerchiamo ora responsabilità né facciamo la genealogia dei nostri mali. Riconosciamoli e assestiamo su di essi la pura decisione di correggerli.
Se volgiamo indietro lo sguardo, a malapena vediamo altro che un deplorevole viale di disintegrazioni e crolli. Sembra naturale che giunga qualche ora in cui la Spagna si determini a fare un alto in quest’opera di propria distruzione e apra una parentesi di integrazione, di costruzione, di nazionalizzazione.
E questa è la domanda che facciamo a tutti gli spagnoli con animo sensibile agli interessi patri: non è questa che ora viviamo l’ora migliore per iniziare l’impresa?
Estreme sinistre ed estreme destre hanno perso, almeno transitoriamente, il loro prestigio perturbatore. Attraversiamo una zona di calma nelle dispute di principi politici, e la coscienza pubblica sente con più vigore che mai la necessità di dotare la vita spagnola di una struttura sociale più moderna, più efficace, più seria ed economicamente più energica. Persino per poter riprendere la battaglia di principi, tutti sentono la necessità di migliorare la scena e gli usi entro i quali deve combattersi. Infine, e soprattutto, le più assurde vicissitudini sono sfociate nel fatto benefico di portarci l’unico Governo che, proprio per la sua anomala costituzione, poteva offrire fiducia a tutti i cittadini.
Non sappiamo che cosa potrà, in definitiva, fare questo Gabinetto; ma domandiamo a ogni connazionale di buona volontà: ciò che non potrà fare questo Governo, quale altro Governo immaginabile potrà farlo?
Pubblicato senza firma, El Sol, 5 aprile 1918
II
IL MIGLIORE E IL PIÙ PERICOLOSO
Quando gli spagnoli tornarono in sé dal giubilo che aveva loro causato la nascita di questo Ministero formato con superlativi, cominciò a dirsi che sarebbe durato solo tre mesi. Se è così, che senso ha la nostra prosa di ieri che chiedeva al Governo l’ampliamento del suo programma fino a dotarlo di dimensioni storiche? Evidentemente nessuno. Ma che si dica che questo Governo tornerà nel nirvana entro tre mesi, non implica che ciò accada così, né tanto meno che debba accadere.
È nostra obbligazione contribuire a che gli spagnoli vedano ben chiaro, attraverso l’ottimismo presente e transitorio, la realtà della situazione pubblica, e si accorgano, dato che non l’abbiano fatto spontaneamente, di come questo Governo, che sembrava essere un’alba nella vita nazionale, possa convertirsi nell’ora postrema del più tetro crepuscolo.
Se il Gabinetto vigente si allontanasse dal Potere entro tre mesi, dopo aver soltanto regolamentato il Parlamento, amnistiato i rei politici, riformato l’Esercito e approvato il bilancio, ci si dica quale altro Governo potrà, con qualche speranza di buon successo, farsi avanti a dirigere la nazione. Fu necessario formare l’attuale perché nessun gruppo politico aveva prestigio, di qualità né di quantità, bastante a riempire le dimensioni del Potere esecutivo. Non parliamo del fatto che godesse del sufficiente per intraprendere una politica attiva di organizzazione nazionale in grande o in piccolo: è che mancava della minima autorità richiesta per resistere almeno alle difficoltà emergenti. Di modo che anche riducendo la gestione di governo, come è solito accadere in Spagna, a risolvere conflitti di ordine pubblico, i partiti politici, così come erano prima di marzo, restarono convinti di incapacità a governare ciascuno per sé.
Ora, quei conflitti torneranno il giorno dopo che gli attuali ministri avranno abbandonato le poltrone. Perché quei conflitti —speriamo che ormai anche i ciechi l’abbiano visto— non erano originati da deliberate e punibili incitazioni che un gruppo di uomini indocili promuovesse, ma dalla snazionalizzazione e dal disprestigio estremi in cui vivono le istituzioni. Se non si pone rimedio certo e laborioso, la società spagnola finirà per disgregarsi in tutte le direzioni ed entreremo in un periodo orribile di guerra di tutti contro tutti. Si ricordi quanto accaduto in giugno —sbandamento militare—, in agosto —sciopero rivoluzionario e Assemblea di Parlamentari—, in novembre —dissoluzione delle Giunte dei sergenti—, in marzo —Esercito da un lato, Parlamento dall’altro, Poste e Telegrafi per conto loro e sullo sfondo le Giunte degli impiegati amministrativi. Si ricordi tutto ciò; si moltiplichi per una quantità di molti zeri, e si avrà un vago anticipo del sembiante della Spagna entro pochi mesi.
Chiuso nel «programma dei quattro punti» come in una figura magica, il Governo che il signor Maura presiede lascerà intatte le cause produttrici di questi conflitti che venne a fermare. Perché questa sarebbe la parola: fermare, e non risolvere.
E invece, con esso si sarà inutilizzato l’ultimo apparato che c’era nell’arsenale delle soluzioni. Se prima di marzo un Governo mancava di unzione sociale bastante per governare, dopo questo Governo straordinario, ricadere in uno abituale ci sembrerà sprofondare nel nulla. E la diminuzione della pressione morale dall’alto accrescerà l’indisciplina di sotto e di mezzo.
Si ponga intorno a ciò il probabile aumento della nervosità pubblica, motivato dalle ultime scosse della guerra, che, su tutti i temi di discordia, scaricheranno allora sulla Spagna la necessità inaplazabile di adottare un atteggiamento internazionale per l’ora della pace, ora nella quale crediamo che non basti la salomonica neutralità del signor Dato.
A primera vista podrá antojarse todo esto emanación de un prurito pesimista en que suelen caer los escritores, por oficio acostumbrados a poner negro sobre blanco. Pero invitamos a los lectores leales y reflexivos —y sólo a ellos nos dirigimos— a que repasen nuestro razonamiento. Seguramente echarán de menos otras muchas notas oscuras que de propósito dejamos en el tintero.
En suma: si no se logra durante el próximo semestre iniciar un cambio de estructura en la vida nacional y sugestionar con nobles y serias esperanzas el alma colectiva, España quedará en inminencia de pulverizarse.
Esa obra reconstructiva y de sentimental corroboración, ¿quién ha de emprenderla?
Se nos dirá que la heterogeneidad del actual Gobierno hace difícil que pueda asumirla.
Replicamos que la homogeneidad de cualquier otro Gobierno, entre los previsibles, la hace a todas luces no sólo difícil, sino imposible. Los partidos existentes, como tales partidos, han perdido toda autoridad.
No se trata, pues, de elegir entre un Gobierno heterogéneo y otro homogéneo. El único posible es el actual, y no podrá vivir más de tres meses si no acierta a empujar la conciencia española hacia una enérgica obra nacional.
Mediten un poco los hombres que lo integran antes de convertirlo en un nido de disidencias. Juegan con la suerte de la patria.
Porque en la noche del 21 de marzo demostraron que eran monárquicos. Ahora es preciso que demuestren hasta qué alto grado llegan en su españolismo.
Publicado sin firma, El Sol, 6 de abril de 1918
III
ENRIQUECIMIENTO PATRIÓTICO
El proyecto de contestación al Mensaje de la Corona carece, en rigor, de interés. Ha servido sólo para que el Gobierno insista en la declaración hecha al presentarse ante las Cámaras. Continuamos, pues, aherrojados dentro del programa de los cuatro puntos. Para los que pensamos que este Gobierno está obligado a proyectar sus empresas sobre un plano de grandes, históricas dimensiones, no hay en el menú promesa ninguna.
Y sin embargo, creemos que nuestro razonamiento es difícil de rebatir. Este Gobierno —decíamos— es el único con prestigio de tal que se ofrece en el horizonte visible de la política española. Se ha llegado a él como a un último deus ex machina para contener la inminente pulverización de la sociedad nacional. Si no toma sobre sus hombros el ingente empeño de situar nuestra existencia colectiva en un medio más elevado, creando nuevos usos, abriendo a la vida de cada ciudadano nuevas posibilidades y reorganizando la esperanza española, tendrá que abandonar el Poder muy pronto, y todo quedará peor que estaba.
Es, pues, de primario interés para cuantos habitamos entre el Pirineo y Calpe, que este Gobierno dure. Y para que este Gobierno dure será preciso que arroje sobre el ocio, fértil en pecados, de la gente política, una enorme tarea, que provoque la solidaridad de la opinión pública. De otro modo, exento del apoyo popular, solo en medio de la grey parlamentaria, como un Gulliver dormido entre liliputienses, morirá el Gobierno a pinchazos.
Con enojo, suavizado por el desdén, vuelve España a oír el rumor de plazuela que se alza de las Cámaras. Ya comienzan a sonar los dicterios de ejemplar descortesía, los insultos suburbanos que cambian entre sí los pseudo-representantes de la nación. Pronto retumbarán junto a los denuestos las grandes disputas cabalísticas. Es natural. Reunid cuatrocientos hombres en asamblea y no les deis tema alguno serio y concreto que discutir, ¿van a callarse por esto? Cuando faltan a los partidos problemas de principios políticos sobre los cuales hostilizarse, tienen que inventarlos. En esta decadencia del Parlamento a que asistimos, no se forman los partidos en vista de reales discrepancias preexistentes, sino al contrario, se fingen discrepancias para justificar la perduración de las agrupaciones. Si el Gobierno no lo remedia, dentro de pocos días empezarán las grandes contiendas orales sobre el número de pelos que tiene el rabo de la quimera y sobre si es el león o el tigre el verdadero rey del desierto. La reforma del Reglamento hará que se hable un poco menos, pero no que se hable un poco mejor.
En tanto, la nación, vuelta de espaldas a esa «política», vaca a muy otras preocupaciones.
De un lado, han traído los últimos tiempos un aumento de riqueza que el azar ha concentrado en unas docenas de manos. Cierto es que algunas ramas de la economía nacional, la agricultura, por ejemplo, han crecido considerablemente. Pero, de otro lado, la mayor carestía de la vida y un deseo de vivir mejor, que suelen sentir los pueblos cuando van a revivir, ha convertido, para la gran masa nacional, en el más arduo problema la congrua y diaria sustentación.
La discordia radical en que alentamos, la acritud que caracteriza las relaciones de cada español con los demás, la hostilidad, el desasosiego, la disociación y la indisciplina ambientes, podrán tener causas suplementarias de mucha complicación, pero no se le dé vueltas: la causa principal de la inquietud española es la falta de dineros, la impecuniosidad.
La delicada cohesión de las almas, que permite una fecunda convivencia social y trae salud y solidaridad al organismo de un pueblo, supone cierto lujo en los corazones. No se pida calma, espíritu atento, mutua curiosidad, comprensión del prójimo, irradiación afectuosa, en una sociedad donde la inmensa mayoría de los individuos se arrastran por el calendario gravemente impecunes. La lealtad, la paciencia, el cuidado en el propio oficio, el buen orden, el entusiasmo, la previsión, son virtudes que sólo puede dar quien tiene resueltas las dificultades más elementales. Ya decía burlonamente un antiquísimo poeta griego: «Cuando se tiene de qué vivir, puede uno ejercitarse en la virtud». Y Ramón Campos, pensador español del siglo XVIII, escribía, aludiendo a nuestra patria: «Las virtudes de condescendencia son escasas en los pueblos pobres».
Es inútil esperar que España salga de este proceso negativo y de descomposición en que ha entrado si no se empieza por multiplicar el número de hogares donde se llega a fin de mes sin deudas. El resto es literatura.
Un día u otro, si no se tiene el decidido propósito de que España se evapore, habrá que concentrar el esfuerzo colectivo en una rápida y considerable densificación de la economía nacional.
Creemos que el momento para intentarlo es el actual. Obliga a mayor prontitud la necesidad de que no lleguemos a la tras-guerra sin una organización económica vigorosa y bien estructurada. No andan de acuerdo los economistas sobre cuáles serán los vendavales que soplen en el mundo más allá de la paz. Pero todos prevén que han de producirse violentas corrientes y furiosos tiros de sifón que arrastrarán acá o allá mercancías, capitales y mano de obra. Si España arriba sin una articulación suficiente de sus elementos económicos a esa región tormentosa, le será imposible, no ya aprovecharlos, pero ni siquiera defenderse de ellos. Capital y obreros marcharán donde el azar quiera, sin que pueda el deseo retenerlos ni guiarlos.
Parece, pues, ineludible que un Gobierno lance en grande a España hacia una febril actividad económica. Sea mediante un empréstito, sea otro el procedimiento, habrá de empujar a la gran masa social en una trayectoria de producción de riqueza.
Buscamos con la intención entre todos los Gobiernos posibles uno que ofrezca al país aquella confianza indispensable para poder iniciar, con suficiente autoridad moral, esta máxima campaña financiera, y sólo hallamos éste.
Quisiéramos verle mejor dispuesto a la gran obra. Gobernar no es poner vendajes sobre conflictos retrospectivos; es orientar la nación en una ruta preconcebida, y es, sobre todo, aumentar las probabilidades de felicidad para cada uno de los ciudadanos.
Publicado sin firma, El Sol, 12 de abril de 1918
IV
POLÍTICA DE LO SERIO Y LO GRANDE
Cada cual es hijo de sus obras, decía Cervantes, hablando en general. Pero este Gobierno lo es muy en particular, vino a decir días pasados el señor Maura. «Este Gobierno —formuló— vivirá de lo que fructifique». La idea es paradójica, pero muy acertada: el árbol vive para dar frutos, pero este árbol del Gobierno tiene que dar frutos para vivir. Es una planta sin raíces, como las orquídeas que vegetan en el aire.
Por esta razón, volvemos a nuestro tema, que nos parece el esencial para el porvenir español. So pena de pulverización nacional, este Gobierno tiene que durar: para que dure tiene que ofrecer al pueblo un vasto programa alentador. Sólo esta llamada al latente entusiasmo público puede solidarizar en torno suyo las fuerzas colectivas necesarias para sostenerse. De los cuatro puntos convencionales que le sirvieron de cuna, tres andan próximos a consumarse. El cuarto, el presupuesto, será fácil si se contenta con ser convencional. ¿No es hora ya de iniciar sugerimientos a la opinión pública a fin de que se disponga a organizarse en vista del mañana próximo?
At first sight all this may seem to us an emanation of a pessimistic itch into which writers, accustomed by their trade to put black on white, tend to fall. But we invite the loyal and reflective readers —and to them alone we address ourselves— to go over our reasoning again. Surely they will miss many other sombre notes that we purposely left in the inkwell.
In sum: if during the coming semester a change of structure in national life is not set in motion, and the collective soul is not swayed with noble and serious hopes, Spain will remain on the verge of being pulverized.
That work of reconstruction and of sentimental corroboration, who is to undertake it?
It will be said to us that the heterogeneity of the present Government makes it difficult for it to assume it.
We reply that the homogeneity of any other Government, among those foreseeable, makes it by every light not only difficult, but impossible. The existing parties, as such parties, have lost all authority.
It is not, then, a matter of choosing between a heterogeneous Government and a homogeneous one. The only possible one is the present, and it will not be able to live more than three months if it does not succeed in pushing the Spanish conscience toward an energetic national work.
Let the men who compose it meditate a little before turning it into a nest of dissidences. They are playing with the fate of the fatherland.
Because on the night of 21 March they showed that they were monarchists. Now it is necessary that they show to what high degree their Spanishness extends.
Published without signature, El Sol, 6 April 1918
III
PATRIOTIC ENRICHMENT
The draft reply to the Crown’s Message lacks, strictly speaking, any interest. It has served only for the Government to insist on the declaration made upon presenting itself before the Chambers. We continue, then, shackled within the programme of the four points. For those of us who think that this Government is obliged to project its enterprises on a plane of great, historical dimensions, there is no promise whatever in the menu.
And yet, we believe that our reasoning is difficult to refute. This Government —we said— is the only one with the prestige of such that is offered on the visible horizon of Spanish politics. It has been reached as a last deus ex machina to contain the imminent pulverization of the national society. If it does not take upon its shoulders the huge undertaking of placing our collective existence in a more elevated medium, creating new usages, opening to the life of each citizen new possibilities and reorganizing Spanish hope, it will have to abandon Power very soon, and everything will remain worse than it was.
It is, then, of primary interest for all of us who dwell between the Pyrenees and Calpe, that this Government should last. And for this Government to last it will be necessary that it cast upon the idleness, fertile in sins, of the political class an enormous task, one that provokes the solidarity of public opinion. Otherwise, devoid of popular support, alone in the midst of the parliamentary flock, like a sleeping Gulliver among Lilliputians, the Government will die of pinpricks.
With anger, softened by disdain, Spain again hears the village-square murmur rising from the Chambers. Already the opprobrious epithets of exemplary discourtesy are beginning to sound, the suburban insults that the pseudo-representatives of the nation exchange among themselves. Soon, beside the abuse, the great cabalistic disputes will resound. It is natural. Assemble four hundred men in a body and give them no serious and concrete theme to discuss — are they to fall silent because of this? When parties lack problems of political principle on which to harass one another, they must invent them. In this decline of Parliament to which we are witnessing, parties are not formed in view of real pre-existing disagreements, but on the contrary, disagreements are feigned in order to justify the survival of the groupings. If the Government does not remedy it, within a few days the great oral contests will begin over the number of hairs in the tail of the chimera and over whether it is the lion or the tiger that is the true king of the desert. The reform of the Rules will make people talk a little less, but not a little better.
Meanwhile, the nation, with its back turned to that “politics”, attends to very different preoccupations.
On the one hand, recent times have brought an increase of wealth that chance has concentrated in a few dozen hands. It is true that some branches of the national economy, agriculture, for example, have grown considerably. But, on the other hand, the greater dearness of life and a desire to live better, which peoples are wont to feel when they are about to revive, has converted, for the great national mass, the daily and adequate subsistence into the most arduous problem.
The radical discord in which we live, the acrimony that characterizes the relations of every Spaniard with the others, the hostility, the restlessness, the dissociation and the ambient indiscipline, may have supplementary causes of great complication, but there is no getting around it: the cause of Spanish unrest is the lack of money, impeccuniosity.
The delicate cohesion of souls, which permits a fruitful social coexistence and brings health and solidarity to the organism of a people, presupposes a certain luxury in hearts. Let calm, attentive spirit, mutual curiosity, understanding of one’s neighbour, affectionate radiation not be asked of a society where the immense majority of individuals drag themselves through the calendar gravely impecunious. Loyalty, patience, care in one’s own trade, good order, enthusiasm, foresight, are virtues that only he can give who has the most elementary difficulties resolved. An ancient Greek poet already said jestingly: “When one has wherewith to live, one may exercise oneself in virtue.” And Ramón Campos, a Spanish thinker of the eighteenth century, wrote, alluding to our country: “The virtues of condescension are scarce in poor peoples.”
It is useless to hope that Spain will come out of this negative process of decomposition into which it has entered if one does not begin by multiplying the number of households that reach the end of the month without debts. The rest is literature.
One day or another, if one does not have the decided purpose that Spain should evaporate, it will be necessary to concentrate the collective effort on a rapid and considerable densification of the national economy.
We believe that the moment to attempt it is the present one. The necessity that we not arrive at the post-war without a vigorous and well-structured economic organization obliges us to greater promptness. Economists are not in agreement as to which gales will blow in the world beyond the peace. But all foresee that violent currents and furious syphon-squirts must be produced which will drag merchandise, capitals and labour this way or that. If Spain arrives without a sufficient articulation of her economic elements at that stormy region, it will be impossible for her, not merely to profit from them, but even to defend herself against them. Capital and workers will march where chance wills, without desire being able to retain or guide them.
It seems, then, ineluctable that a Government launch Spain on a grand scale toward a febrile economic activity. Whether by means of a loan, or by some other procedure, it will have to push the great social mass along a trajectory of wealth production.
We search with the intention among all possible Governments for one that offers the country that indispensable confidence for being able to initiate, with sufficient moral authority, this maximum financial campaign, and we find only this one.
We should like to see it better disposed to the great work. To govern is not to put bandages over retrospective conflicts; it is to orient the nation along a preconceived route, and it is, above all, to increase the probabilities of happiness for each one of the citizens.
Published without signature, El Sol, 12 April 1918
IV
POLITICS OF THE SERIOUS AND THE GREAT
Every man is the son of his works, said Cervantes, speaking in general. But this Government is so very particularly, Señor Maura came to say the other day. “This Government —he formulated— will live by what it fructifies.” The idea is paradoxical, but very apt: the tree lives to give fruit, but this Government-tree has to give fruit in order to live. It is a plant without roots, like the orchids that vegetate in the air.
For this reason, we return to our theme, which seems to us the essential one for the Spanish future. On pain of national pulverization, this Government must last: in order to last it must offer the people a vast and encouraging programme. Only this appeal to the latent public enthusiasm can rally around it the collective forces necessary to sustain it. Of the four conventional points that served it as cradle, three are close to being consummated. The fourth, the budget, will be easy if it is content to be conventional. Is it not already time to begin suggestions to public opinion so that it may dispose itself to organize in view of the coming tomorrow?
A prima vista potrà parere tutto ciò emanazione di un prurito pessimista in cui sogliono cadere gli scrittori, per professione abituati a mettere nero su bianco. Ma invitiamo i lettori leali e riflessivi —e solo a loro ci rivolgiamo— a ripercorrere il nostro ragionamento. Sicuramente rimpiangeranno molte altre note oscure che di proposito lasciammo nel calamaio.
In somma: se non si riesce durante il prossimo semestre a iniziare un cambiamento di struttura nella vita nazionale e a suggestionare con nobili e serie speranze l’anima collettiva, la Spagna resterà in imminenza di polverizzarsi.
Quell’opera ricostruttiva e di corroborazione sentimentale, chi deve intraprenderla?
Ci si dirà che l’eterogeneità dell’attuale Governo rende difficile che possa assumerla.
Replichiamo che l’omogeneità di qualsiasi altro Governo, tra i prevedibili, la rende a tutte luci non solo difficile, ma impossibile. I partiti esistenti, come tali partiti, hanno perso ogni autorità.
Non si tratta, dunque, di scegliere tra un Governo eterogeneo e un altro omogeneo. L’unico possibile è l’attuale, e non potrà vivere più di tre mesi se non riesce a spingere la coscienza spagnola verso un’energica opera nazionale.
Meditino un poco gli uomini che lo integrano prima di convertirlo in un nido di dissidenze. Giocano con la sorte della patria.
Perché nella notte del 21 marzo dimostrarono che erano monarchici. Ora è necessario che dimostrino fino a quale alto grado giunge il loro spagnolismo.
Pubblicato senza firma, El Sol, 6 aprile 1918
III
ARRICCHIMENTO PATRIOTTICO
Il progetto di risposta al Messaggio della Corona manca, in rigore, di interesse. È servito solo a che il Governo insista nella dichiarazione fatta presentandosi davanti alle Camere. Continuiamo, dunque, incatenati dentro il programma dei quattro punti. Per quelli che pensiamo che questo Governo sia obbligato a proiettare le sue imprese su un piano di grandi, storiche dimensioni, non c’è nel menù promessa alcuna.
E tuttavia, crediamo che il nostro ragionamento sia difficile da confutare. Questo Governo —dicevamo— è l’unico con prestigio di tale che si offre nell’orizzonte visibile della politica spagnola. Si è giunti a esso come a un ultimo deus ex machina per contenere l’imminente polverizzazione della società nazionale. Se non prende sulle sue spalle l’ingente impegno di situare la nostra esistenza collettiva in un mezzo più elevato, creando nuovi usi, aprendo alla vita di ogni cittadino nuove possibilità e riorganizzando la speranza spagnola, dovrà abbandonare il Potere molto presto, e tutto resterà peggio di com’era.
È, dunque, di primario interesse per quanti abitiamo tra il Pirineo e Calpe, che questo Governo duri. E perché questo Governo duri sarà necessario che getti sull’ozio, fertile in peccati, della gente politica, un’enorme opera, che provochi la solidarietà dell’opinione pubblica. Altrimenti, esente dall’appoggio popolare, solo in mezzo alla gregge parlamentare, come un Gulliver addormentato tra i lillipuziani, il Governo morirà a pizzicotti.
Con rabbia, addolcita dal disdegno, la Spagna torna a udire il rumore di piazzetta che si leva dalle Camere. Già cominciano a suonare i vituperi di esemplare scortesia, gli insulti suburbani che si scambiano tra loro i pseudo-rappresentanti della nazione. Presto rimbomberanno accanto alle ingiurie le grandi dispute cabalistiche. È naturale. Riunite quattrocento uomini in assemblea e non date loro alcun tema serio e concreto da discutere, staranno zitti per questo? Quando mancano ai partiti problemi di principi politici su cui ostilizzarsi, devono inventarli. In questa decadenza del Parlamento a cui assistiamo, non si formano i partiti in vista di reali discrepanze preesistenti, ma al contrario, si fingono discrepanze per giustificare la perdurazione delle aggregazioni. Se il Governo non vi rimedia, entro pochi giorni cominceranno le grandi contese orali sul numero di peli che ha la coda della chimera e su se sia il leone o la tigre il vero re del deserto. La riforma del Regolamento farà sì che si parli un poco meno, ma non che si parli un poco meglio.
Nel frattempo, la nazione, voltata di spalle a quella «politica», attende a ben altre preoccupazioni.
Da un lato, gli ultimi tempi hanno portato un aumento di ricchezza che il caso ha concentrato in qualche dozzina di mani. Certo è che alcuni rami dell’economia nazionale, l’agricoltura, per esempio, sono cresciuti considerevolmente. Ma, dall’altro lato, la maggiore carestia della vita e un desiderio di vivere meglio, che sogliono sentire i popoli quando stanno per rivivere, ha convertito, per la gran massa nazionale, nel più arduo problema la congrua e quotidiana sussistenza.
La discordia radicale in cui respiriamo, l’asprezza che caratterizza le relazioni di ogni spagnolo con gli altri, l’ostilità, l’inquietudine, la dissociazione e l’indisciplina ambientali, potranno avere cause supplementari di molta complicazione, ma non si rigiri: la causa principale dell’inquietudine spagnola è la mancanza di denari, l’impecuniosità.
La delicata coesione delle anime, che permette una feconda convivenza sociale e porta salute e solidarietà all’organismo di un popolo, suppone un certo lusso nei cuori. Non si chieda calma, spirito attento, mutua curiosità, comprensione del prossimo, irradiazione affettuosa, in una società dove l’immensa maggioranza degli individui si trascina per il calendario gravemente impecune. La lealtà, la pazienza, la cura nel proprio mestiere, il buon ordine, l’entusiasmo, la previdenza, sono virtù che solo può dare chi ha risolte le difficoltà più elementari. Diceva già burlonamente un antichissimo poeta greco: «Quando si ha di che vivere, si può esercitarsi nella virtù». E Ramón Campos, pensatore spagnolo del secolo XVIII, scriveva, alludendo alla nostra patria: «Le virtù di condiscendenza sono scarse nei popoli poveri».
È inutile sperare che la Spagna esca da questo processo negativo e di decomposizione in cui è entrata se non si comincia col moltiplicare il numero di focolari dove si arriva a fine mese senza debiti. Il resto è letteratura.
Un giorno o l’altro, se non si ha il deciso proposito che la Spagna si evapori, bisognerà concentrare lo sforzo collettivo in una rapida e considerevole densificazione dell’economia nazionale.
Crediamo che il momento per tentarlo sia l’attuale. Obbliga a maggiore prontezza la necessità che non arriviamo al dopo-guerra senza un’organizzazione economica vigorosa e ben strutturata. Non vanno d’accordo gli economisti su quali saranno i venti che soffieranno nel mondo oltre la pace. Ma tutti prevedono che dovranno prodursi violente correnti e furiosi getti di sifone che trascineranno qua o là merci, capitali e manodopera. Se la Spagna arriva senza un’articolazione sufficiente dei suoi elementi economici in quella regione tormentosa, le sarà impossibile, non già approfittarne, ma neppure difendersene. Capitale e operai marceranno dove il caso vorrà, senza che il desiderio possa trattenerli né guidarli.
Sembra, dunque, ineludibile che un Governo lanci in grande la Spagna verso una febbrile attività economica. Sia mediante un prestito, sia altro il procedimento, dovrà spingere la gran massa sociale in una traiettoria di produzione di ricchezza.
Cerchiamo con l’intenzione tra tutti i Governi possibili uno che offra al paese quella fiducia indispensabile per poter iniziare, con sufficiente autorità morale, questa massima campagna finanziaria, e solo questo troviamo.
Vorremmo vederlo meglio disposto alla grande opera. Governare non è mettere bendaggi su conflitti retrospettivi; è orientare la nazione in una rotta preconcepita, ed è, soprattutto, aumentare le probabilità di felicità per ciascuno dei cittadini.
Pubblicato senza firma, El Sol, 12 aprile 1918
IV
POLITICA DEL SERIO E DEL GRANDE
Ciascuno è figlio delle sue opere, diceva Cervantes, parlando in generale. Ma questo Governo lo è molto in particolare, venne a dire giorni passati il signor Maura. «Questo Governo —formulò— vivrà di ciò che fruttifichi». L’idea è paradossale, ma molto azzeccata: l’albero vive per dare frutti, ma questo albero del Governo deve dare frutti per vivere. È una pianta senza radici, come le orchidee che vegetano nell’aria.
Per questa ragione, torniamo al nostro tema, che ci sembra l’essenziale per l’avvenire spagnolo. Sotto pena di polverizzazione nazionale, questo Governo deve durare: perché duri deve offrire al popolo un vasto programma alentante. Solo questa chiamata al latente entusiasmo pubblico può solidarizzare intorno a sé le forze collettive necessarie a sostenersi. Dei quattro punti convenzionali che gli servirono di culla, tre sono prossimi a compiersi. Il quarto, il bilancio, sarà facile se si contenta di essere convenzionale. Non è già ora di iniziare suggerimenti all’opinione pubblica affinché si disponga a organizzarsi in vista del domani prossimo?
Si, lo que juzgamos improbable, antipatriótico y absurdo, algunos elementos del Gobierno se negasen a colaborar en un programa más amplio y de largo desarrollo dentro del actual Gobierno, convendría prevenir al ánimo popular para que éste, llegada la hora, apareciese vigorosamente adherido a aquel trozo del Ministerio que mejor garantizase la resolución de no volver al antiguo régimen.
Si no hay motivo para tales sospechas, menos lo habrá para no anticipar en lo posible las nuevas intenciones mejores del Gobierno. ¿Se va a emprender, como hemos pedido nosotros, una profunda reforma de la economía española? Cuanto antes conozca la gente ese propósito, mayor será el calor en torno al Gobierno, más fuerte la presión de la calle sobre el Parlamento para impedir que en éste se pongan inoportunos estorbos.
Los fervores con que el público recibió al Gabinete no podían nutrirse de sí mismos indefinidamente. Creemos que todo el mundo sigue pensando que es éste el único Gobierno posible. Pero no basta en política que la gente piense una cosa con la tibieza que es la temperatura del razonamiento: es menester que la sienta con el ardor de la fe y de la esperanza. Ahora bien, llevamos un largo mes durante el cual el Gobierno no ha ejercitado otra virtud que la discreción. Esto, sin duda, es algo: esto, sin duda, es mucho; pero esto, sin duda, no es bastante. La discreción es la virtud gris. Con ella sola no se puede dirigir a una raza desorientada y desalentada, a quien fracasos tenaces han extirpado la confianza en la vida y todo arresto espontáneo para ensayar, para aspirar.
A nuestro juicio, el verdadero realismo de la gobernación consiste en darse cuenta de que gobernar es, ante todo, operar sobre los sentimientos de los ciudadanos. En ellos está el instrumento de la acción política. Por eso pedimos una política alentadora en que se dé a la ineludible y urgente mejora de lo material, a la reforma económica, un sentido de engrandecimiento nacional.
Hay en España un enorme hartazgo de nimiedad, de pequeñez, de lacería aldeana. Anhelamos todos que se nos ofrezca algún propósito serio y grande, cuya magnificencia sugestiva nos arrastre a un régimen de vida más activo, más generoso y más noble.
He aquí que la hora ha llegado, la hora para lo serio y lo grande.
Publicado sin firma, El Sol, 4 de mayo de 1918
If, as we judge improbable, antipatriotic and absurd, some elements of the Government were to refuse to collaborate in a broader and long-developing programme within the present Government, it would be well to forewarn the popular spirit so that it, when the hour came, might appear vigorously attached to that portion of the Ministry which best guaranteed the resolve not to return to the old regime.
If there is no reason for such suspicions, there will be even less for not anticipating, as far as possible, the Government’s new and better intentions. Is a profound reform of the Spanish economy going to be undertaken, as we have asked? The sooner the people learn of that purpose, the greater will be the warmth around the Government, the stronger the pressure of the street upon Parliament to prevent inopportune hindrances from being placed there.
The fervours with which the public received the Cabinet could not feed on themselves indefinitely. We believe that everyone continues to think that this is the only possible Government. But in politics it is not enough that people think a thing with the tepidity that is the temperature of reasoning: it is necessary that they feel it with the ardour of faith and of hope. Now, we have been carrying on for a long month during which the Government has exercised no other virtue than discretion. This, no doubt, is something: this, no doubt, is much; but this, no doubt, is not enough. Discretion is the grey virtue. With it alone one cannot lead a disoriented and discouraged race, from whom tenacious failures have extirpated confidence in life and every spontaneous impulse to try, to aspire.
In our judgement, the true realism of government consists in realizing that to govern is, above all, to operate upon the feelings of the citizens. In them lies the instrument of political action. That is why we ask for an encouraging politics in which the ineluctable and urgent improvement of the material, the economic reform, be given a sense of national aggrandizement.
There is in Spain an enormous surfeit of triviality, of smallness, of village squalor. We all long for some serious and great purpose to be offered us, whose suggestive magnificence should sweep us toward a more active, more generous and more noble regime of life.
Behold, the hour has arrived, the hour for the serious and the great.
Published without signature, El Sol, 4 May 1918
Se, ciò che giudichiamo improbabile, antipatriottico e assurdo, alcuni elementi del Governo si negassero a collaborare in un programma più ampio e di lungo sviluppo dentro l’attuale Governo, converrebbe prevenire l’animo popolare affinché questo, giunta l’ora, apparisse vigorosamente aderito a quel pezzo del Ministero che meglio garantisse la risoluzione di non tornare all’antico regime.
Se non c’è motivo per tali sospetti, meno ce ne sarà per non anticipare per quanto possibile le nuove migliori intenzioni del Governo. Si intraprenderà, come abbiamo chiesto noi, una profonda riforma dell’economia spagnola? Quanto prima la gente conosca quel proposito, maggiore sarà il calore intorno al Governo, più forte la pressione della strada sul Parlamento per impedire che in questo si mettano inopportuni ostacoli.
I fervori con cui il pubblico ricevette il Gabinetto non potevano nutrirsi di sé stessi indefinitamente. Crediamo che tutti continuino a pensare che questo sia l’unico Governo possibile. Ma in politica non basta che la gente pensi una cosa con il tiepore che è la temperatura del ragionamento: è necessario che la senta con l’ardore della fede e della speranza. Ora, portiamo un lungo mese durante il quale il Governo non ha esercitato altra virtù che la discrezione. Questo, senza dubbio, è qualcosa: questo, senza dubbio, è molto; ma questo, senza dubbio, non è bastante. La discrezione è la virtù grigia. Con essa sola non si può dirigere una razza disorientata e scoraggiata, a cui fallimenti tenaci hanno estirpato la fiducia nella vita e ogni slancio spontaneo per tentare, per aspirare.
A nostro giudizio, il vero realismo del governare consiste nel rendersi conto che governare è, prima di tutto, operare sui sentimenti dei cittadini. In essi sta lo strumento dell’azione politica. Per questo chiediamo una politica alentante in cui si dia all’ineludibile e urgente miglioramento del materiale, alla riforma economica, un senso di ingrandimento nazionale.
C’è in Spagna un enorme pieno di nima cosa, di piccolezza, di lacerie paesane. Aneliamo tutti a che ci si offra qualche proposito serio e grande, la cui magnificenza suggestiva ci trascini a un regime di vita più attivo, più generoso e più nobile.
Ecco che l’ora è giunta, l’ora per il serio e per il grande.
Pubblicato senza firma, El Sol, 4 maggio 1918