Abstract
A series of articles against the national government’s «four points» programme: the four points are too little to be cardinal and its aims must be widened. Its underlying claim: in Spain the current of ultimate solidarity that elsewhere localizes conflict is absent — the trouble is not that there are disagreements but that there is nothing but disagreements. Political journalism.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
CUATRO PUNTOS SON POCO CALZAR
A estas horas habrá sido redactado el proyecto de contestación al Mensaje de la Corona. Según parece, en él reitera el Gobierno su propósito de limitarse a realizar el programa de los cuatro puntos: reforma del Reglamento de la Cámara, amnistía, reformas militares y aprobación del presupuesto.
Para decir desde luego lo que vamos a acabar por decir al fin de unos cuantos artículos, nos parece un grave daño infligido a los destinos de España que este Gobierno, el primero con gesto de tal que goza nuestro pueblo acaso desde los tiempos de Indíbil y Mandonio, se contraiga a la modesta labor de cancelar cuatro asuntos retrospectivos, que fueron, sin duda, peligrosas dificultades en nuestra vida pública, pero que ni fueron ni son sustantivos problemas de la historia de España. Son demasiado poco cardinales esos cuatro puntos para que no aproveche mejor nuestra patria sin ventura el favorable azar de haberse juntado en un Ministerio la flor de la política; como si dijéramos, entera la rosa de los vientos parlamentarios.
En nuestra opinión, se halla el Gobierno urgido por el patriótico deber de ampliar sus designios muy considerablemente y de orientarlos hacia muy otras alturas históricas.
A razonar esto y concretarlo dedicamos una serie de observaciones, que proseguiremos en días sucesivos.
Vive nuestra España, de ordinario, en una discordia radical que suele convertir todo en pretexto para renovarse y profundizarse. Cierto que dondequiera hay sociedad existen disensiones graves: con unos u otros nombres, se dan en toda nación perdurable batalla derechas e izquierdas, blancos y negros. Pero en otros países, fluye bajo esa contienda una corriente de última solidaridad, la coincidencia en ciertos sentimientos básicos y un indiscutible deseo de convivir unos con otros, a pesar de sus luchas, formando la unidad nacional. Merced a esto, la discordia queda localizada en ciertas latitudes de la existencia pública, y muy rara vez llega a tajar de arriba abajo el corazón de la sociedad. No es, pues, lo grave que haya muchas discrepancias, sino que sólo haya discrepancias. ¿Cómo podrá vivir un pueblo si se encuentra dividido en dos porciones por entero incomunicantes? Bien está, puesto que así lo quiere la naturaleza humana, que los brazos de unos españoles hostilicen a los de los otros; pero es preciso que al menos sus pies se afiancen sobre una tierra común y que el vértice de sus corazones gravite hacia un mínimum de intenciones solidarias.
He aquí por qué, al advenimiento del actual Gobierno, nos complacimos dejando resonar en estas columnas el regocijo popular. Por vez primera, desde hace mucho tiempo, presenciábamos un caso de unanimidad nacional. Por vez primera asistíamos a una reacción de la conciencia pública, en que los ciudadanos saltaban más allá de sus diferencias partidistas, y hartos de discordia, aplaudían vehementemente un ensayo de solidaridad política.
Porque sería conveniente no olvidar el matiz que la emoción callejera tomó en aquellas horas. Los mismos gobernantes que el pueblo había silbado por separado, recibían del pueblo la ovación al juntarse en un gobierno. Podrá quienquiera llamar a esto paradójico, pero el hecho no puede ser más claro y significativo de que, al fin, los españoles sienten una voluntad de tregua nacional, un hartazgo de disensiones y un afán de coincidir en cierta preparación del futuro.
Las demás naciones, apretadas por las exigencias de la guerra, han proclamado la tregua interior e instaurado un régimen de unanimidad. Justo es que nosotros hagamos lo mismo, ya que desde siglos está España con su pecho puesto en una fatídica trinchera centenaria, donde vienen a caer, derrotadas de la vida, unas tras otras, las generaciones. Errores propios y anónimas adversidades habrán sido la causa de ello. No busquemos ahora responsabilidades ni hagamos la genealogía de nuestros males. Reconozcámoslos y asentemos sobre ellos la pura decisión de corregirlos.
Si volvemos atrás la mirada, apenas vemos otra cosa que una lamentable avenida de desintegraciones y derrumbamientos. Parece natural que llegue alguna hora en que se determine España a hacer un alto en esa obra de propia destrucción y abra un paréntesis de integración, de construcción, de nacionalización.
Y ésta es la pregunta que hacemos a todos los españoles con alma sensible a los intereses patrios: ¿no es ésta que ahora vivimos la hora mejor para iniciar la empresa?
Extremas izquierdas y extremas derechas han perdido, al menos transitoriamente, su prestigio perturbador. Atravesamos una zona de calma en las disputas de principios políticos y la conciencia pública siente con más vigor que nunca la necesidad de dotar a la vida española de una estructura social más moderna, más eficaz, más seria y económicamente más enérgica. Hasta para poder reanudar la batalla de principios, todos sienten la forzosidad de mejorar el escenario y los usos dentro de los cuales ha de reñirse. En fin, y sobre todo esto, las más absurdas vicisitudes han desembocado en el hecho benéfico de traernos el único Gobierno que, precisamente por su anómala constitución, podía ofrecer confianza a todos los ciudadanos.
No sabemos qué podrá, en definitiva, hacer este Gabinete; pero preguntamos a todo compatriota de buena voluntad: lo que no pueda hacer este Gobierno, ¿qué otro Gobierno imaginable podrá hacerlo?
Publicado sin firma, El Sol, 5 de abril de 1918
II
EL MEJOR Y EL MÁS PELIGROSO
Cuando los españoles volvieron en sí mismos del júbilo que les causara el nacimiento de este Ministerio formado con superlativos, comenzó a decirse que sólo duraría tres meses. Si esto es así, ¿qué sentido tiene nuestra prosa de ayer pidiendo al Gobierno la ampliación de su programa hasta dotarlo de dimensiones históricas? Evidentemente ninguno. Pero el que se diga que este Gobierno volverá al nirvana dentro de tres meses, no implica que ello acontezca así, ni mucho menos que deba acontecer.
Es nuestra obligación contribuir a que los españoles vean bien claro, al través del optimismo presente y transitorio, la realidad de la situación pública y se percaten, dado que no lo hayan hecho espontáneamente, de cómo este Gobierno, que parecía ser una alborada en la vida nacional, puede convertirse en la hora postrera del más tétrico crepúsculo.
Si el Gabinete vigente se alejara del Poder dentro de tres meses, después de haber tan sólo reglamentado el Parlamento, amnistiado los reos políticos, reformado el Ejército y aprobado el presupuesto, dígasenos qué otro Gobierno podrá, con alguna esperanza de buen éxito, adelantarse a dirigir la nación. Fue preciso formar el actual porque ningún grupo político tenía prestigio, de calidad ni de cantidad, bastante para henchir las dimensiones del Poder ejecutivo. No hay que hablar de que gozase el suficiente para emprender una política activa de organización nacional en grande o en pequeño: es que carecía de la mínima autoridad requerida para resistir siquiera a las dificultades emergentes. De modo que aun reduciendo la gestión de gobierno, como ha solido acaecer en España, a resolver conflictos de orden público, los partidos políticos, según eran antes de marzo, quedaron convictos de incapacidad para gobernar cada uno por sí.
Ahora bien, esos conflictos tornarán al día siguiente de abandonar las poltronas los actuales ministros. Porque esos conflictos —esperamos que ya hasta los ciegos lo hayan visto— no eran oriundos de deliberadas y punibles incitaciones que un grupo de hombres díscolos promoviese, sino de la desnacionalización y desprestigio extremos en que viven las instituciones. Como no se ponga remedio certero y laborioso, la sociedad española acabará por disgregarse en todas direcciones y entraremos en un período horrible de guerra de todos contra todos. Recuérdese lo acontecido en junio —desmandamiento militar—, en agosto —huelga revolucionaria y Asamblea de Parlamentarios—, en noviembre —disolución de las Juntas de sargentos—, en marzo —Ejército por un lado, Parlamento por otro, Correos y Telégrafos por el suyo y al fondo las Juntas de empleados administrativos. Recuérdese todo eso; multiplíquese por una cantidad de muchos ceros, y se tendrá un vago anticipo del semblante de España dentro de pocos meses.
Encerrado en el «programa de los cuatro puntos» como en una figura mágica, el Gobierno que el señor Maura preside dejará intactas las causas productoras de estos conflictos que vino a detener. Porque ésta sería la palabra: detener, y no resolver.
Y en cambio, con él se habrá inutilizado el último aparato que había en el arsenal de las soluciones. Si antes de marzo un Gobierno carecía de unción social bastante para gobernar, después de este Gobierno extraordinario, recaer en uno habitual nos va a parecer sumirnos en la nada. Y la mengua en la presión moral de arriba acrecentará la indisciplina de abajo y de enmedio.
Póngase en torno a esto el probable crecimiento de la nerviosidad pública, motivado por las últimas sacudidas de la guerra, que, sobre todos los temas de discordia, descargarán entonces sobre España la necesidad inaplazable de adoptar una actitud internacional para la hora de la paz, hora en la cual creemos que no baste la salomónica neutralidad del señor Dato.
A primera vista podrá antojarse todo esto emanación de un prurito pesimista en que suelen caer los escritores, por oficio acostumbrados a poner negro sobre blanco. Pero invitamos a los lectores leales y reflexivos —y sólo a ellos nos dirigimos— a que repasen nuestro razonamiento. Seguramente echarán de menos otras muchas notas oscuras que de propósito dejamos en el tintero.
En suma: si no se logra durante el próximo semestre iniciar un cambio de estructura en la vida nacional y sugestionar con nobles y serias esperanzas el alma colectiva, España quedará en inminencia de pulverizarse.
Esa obra reconstructiva y de sentimental corroboración, ¿quién ha de emprenderla?
Se nos dirá que la heterogeneidad del actual Gobierno hace difícil que pueda asumirla.
Replicamos que la homogeneidad de cualquier otro Gobierno, entre los previsibles, la hace a todas luces no sólo difícil, sino imposible. Los partidos existentes, como tales partidos, han perdido toda autoridad.
No se trata, pues, de elegir entre un Gobierno heterogéneo y otro homogéneo. El único posible es el actual, y no podrá vivir más de tres meses si no acierta a empujar la conciencia española hacia una enérgica obra nacional.
Mediten un poco los hombres que lo integran antes de convertirlo en un nido de disidencias. Juegan con la suerte de la patria.
Porque en la noche del 21 de marzo demostraron que eran monárquicos. Ahora es preciso que demuestren hasta qué alto grado llegan en su españolismo.
Publicado sin firma, El Sol, 6 de abril de 1918
III
ENRIQUECIMIENTO PATRIÓTICO
El proyecto de contestación al Mensaje de la Corona carece, en rigor, de interés. Ha servido sólo para que el Gobierno insista en la declaración hecha al presentarse ante las Cámaras. Continuamos, pues, aherrojados dentro del programa de los cuatro puntos. Para los que pensamos que este Gobierno está obligado a proyectar sus empresas sobre un plano de grandes, históricas dimensiones, no hay en el menú promesa ninguna.
Y sin embargo, creemos que nuestro razonamiento es difícil de rebatir. Este Gobierno —decíamos— es el único con prestigio de tal que se ofrece en el horizonte visible de la política española. Se ha llegado a él como a un último deus ex machina para contener la inminente pulverización de la sociedad nacional. Si no toma sobre sus hombros el ingente empeño de situar nuestra existencia colectiva en un medio más elevado, creando nuevos usos, abriendo a la vida de cada ciudadano nuevas posibilidades y reorganizando la esperanza española, tendrá que abandonar el Poder muy pronto, y todo quedará peor que estaba.
Es, pues, de primario interés para cuantos habitamos entre el Pirineo y Calpe, que este Gobierno dure. Y para que este Gobierno dure será preciso que arroje sobre el ocio, fértil en pecados, de la gente política, una enorme tarea, que provoque la solidaridad de la opinión pública. De otro modo, exento del apoyo popular, solo en medio de la grey parlamentaria, como un Gulliver dormido entre liliputienses, morirá el Gobierno a pinchazos.
Con enojo, suavizado por el desdén, vuelve España a oír el rumor de plazuela que se alza de las Cámaras. Ya comienzan a sonar los dicterios de ejemplar descortesía, los insultos suburbanos que cambian entre sí los pseudo-representantes de la nación. Pronto retumbarán junto a los denuestos las grandes disputas cabalísticas. Es natural. Reunid cuatrocientos hombres en asamblea y no les deis tema alguno serio y concreto que discutir, ¿van a callarse por esto? Cuando faltan a los partidos problemas de principios políticos sobre los cuales hostilizarse, tienen que inventarlos. En esta decadencia del Parlamento a que asistimos, no se forman los partidos en vista de reales discrepancias preexistentes, sino al contrario, se fingen discrepancias para justificar la perduración de las agrupaciones. Si el Gobierno no lo remedia, dentro de pocos días empezarán las grandes contiendas orales sobre el número de pelos que tiene el rabo de la quimera y sobre si es el león o el tigre el verdadero rey del desierto. La reforma del Reglamento hará que se hable un poco menos, pero no que se hable un poco mejor.
En tanto, la nación, vuelta de espaldas a esa «política», vaca a muy otras preocupaciones.
De un lado, han traído los últimos tiempos un aumento de riqueza que el azar ha concentrado en unas docenas de manos. Cierto es que algunas ramas de la economía nacional, la agricultura, por ejemplo, han crecido considerablemente. Pero, de otro lado, la mayor carestía de la vida y un deseo de vivir mejor, que suelen sentir los pueblos cuando van a revivir, ha convertido, para la gran masa nacional, en el más arduo problema la congrua y diaria sustentación.
La discordia radical en que alentamos, la acritud que caracteriza las relaciones de cada español con los demás, la hostilidad, el desasosiego, la disociación y la indisciplina ambientes, podrán tener causas suplementarias de mucha complicación, pero no se le dé vueltas: la causa principal de la inquietud española es la falta de dineros, la impecuniosidad.
La delicada cohesión de las almas, que permite una fecunda convivencia social y trae salud y solidaridad al organismo de un pueblo, supone cierto lujo en los corazones. No se pida calma, espíritu atento, mutua curiosidad, comprensión del prójimo, irradiación afectuosa, en una sociedad donde la inmensa mayoría de los individuos se arrastran por el calendario gravemente impecunes. La lealtad, la paciencia, el cuidado en el propio oficio, el buen orden, el entusiasmo, la previsión, son virtudes que sólo puede dar quien tiene resueltas las dificultades más elementales. Ya decía burlonamente un antiquísimo poeta griego: «Cuando se tiene de qué vivir, puede uno ejercitarse en la virtud». Y Ramón Campos, pensador español del siglo XVIII, escribía, aludiendo a nuestra patria: «Las virtudes de condescendencia son escasas en los pueblos pobres».
Es inútil esperar que España salga de este proceso negativo y de descomposición en que ha entrado si no se empieza por multiplicar el número de hogares donde se llega a fin de mes sin deudas. El resto es literatura.
Un día u otro, si no se tiene el decidido propósito de que España se evapore, habrá que concentrar el esfuerzo colectivo en una rápida y considerable densificación de la economía nacional.
Creemos que el momento para intentarlo es el actual. Obliga a mayor prontitud la necesidad de que no lleguemos a la tras-guerra sin una organización económica vigorosa y bien estructurada. No andan de acuerdo los economistas sobre cuáles serán los vendavales que soplen en el mundo más allá de la paz. Pero todos prevén que han de producirse violentas corrientes y furiosos tiros de sifón que arrastrarán acá o allá mercancías, capitales y mano de obra. Si España arriba sin una articulación suficiente de sus elementos económicos a esa región tormentosa, le será imposible, no ya aprovecharlos, pero ni siquiera defenderse de ellos. Capital y obreros marcharán donde el azar quiera, sin que pueda el deseo retenerlos ni guiarlos.
Parece, pues, ineludible que un Gobierno lance en grande a España hacia una febril actividad económica. Sea mediante un empréstito, sea otro el procedimiento, habrá de empujar a la gran masa social en una trayectoria de producción de riqueza.
Buscamos con la intención entre todos los Gobiernos posibles uno que ofrezca al país aquella confianza indispensable para poder iniciar, con suficiente autoridad moral, esta máxima campaña financiera, y sólo hallamos éste.
Quisiéramos verle mejor dispuesto a la gran obra. Gobernar no es poner vendajes sobre conflictos retrospectivos; es orientar la nación en una ruta preconcebida, y es, sobre todo, aumentar las probabilidades de felicidad para cada uno de los ciudadanos.
Publicado sin firma, El Sol, 12 de abril de 1918
IV
POLÍTICA DE LO SERIO Y LO GRANDE
Cada cual es hijo de sus obras, decía Cervantes, hablando en general. Pero este Gobierno lo es muy en particular, vino a decir días pasados el señor Maura. «Este Gobierno —formuló— vivirá de lo que fructifique». La idea es paradójica, pero muy acertada: el árbol vive para dar frutos, pero este árbol del Gobierno tiene que dar frutos para vivir. Es una planta sin raíces, como las orquídeas que vegetan en el aire.
Por esta razón, volvemos a nuestro tema, que nos parece el esencial para el porvenir español. So pena de pulverización nacional, este Gobierno tiene que durar: para que dure tiene que ofrecer al pueblo un vasto programa alentador. Sólo esta llamada al latente entusiasmo público puede solidarizar en torno suyo las fuerzas colectivas necesarias para sostenerse. De los cuatro puntos convencionales que le sirvieron de cuna, tres andan próximos a consumarse. El cuarto, el presupuesto, será fácil si se contenta con ser convencional. ¿No es hora ya de iniciar sugerimientos a la opinión pública a fin de que se disponga a organizarse en vista del mañana próximo?
Si, lo que juzgamos improbable, antipatriótico y absurdo, algunos elementos del Gobierno se negasen a colaborar en un programa más amplio y de largo desarrollo dentro del actual Gobierno, convendría prevenir al ánimo popular para que éste, llegada la hora, apareciese vigorosamente adherido a aquel trozo del Ministerio que mejor garantizase la resolución de no volver al antiguo régimen.
Si no hay motivo para tales sospechas, menos lo habrá para no anticipar en lo posible las nuevas intenciones mejores del Gobierno. ¿Se va a emprender, como hemos pedido nosotros, una profunda reforma de la economía española? Cuanto antes conozca la gente ese propósito, mayor será el calor en torno al Gobierno, más fuerte la presión de la calle sobre el Parlamento para impedir que en éste se pongan inoportunos estorbos.
Los fervores con que el público recibió al Gabinete no podían nutrirse de sí mismos indefinidamente. Creemos que todo el mundo sigue pensando que es éste el único Gobierno posible. Pero no basta en política que la gente piense una cosa con la tibieza que es la temperatura del razonamiento: es menester que la sienta con el ardor de la fe y de la esperanza. Ahora bien, llevamos un largo mes durante el cual el Gobierno no ha ejercitado otra virtud que la discreción. Esto, sin duda, es algo: esto, sin duda, es mucho; pero esto, sin duda, no es bastante. La discreción es la virtud gris. Con ella sola no se puede dirigir a una raza desorientada y desalentada, a quien fracasos tenaces han extirpado la confianza en la vida y todo arresto espontáneo para ensayar, para aspirar.
A nuestro juicio, el verdadero realismo de la gobernación consiste en darse cuenta de que gobernar es, ante todo, operar sobre los sentimientos de los ciudadanos. En ellos está el instrumento de la acción política. Por eso pedimos una política alentadora en que se dé a la ineludible y urgente mejora de lo material, a la reforma económica, un sentido de engrandecimiento nacional.
Hay en España un enorme hartazgo de nimiedad, de pequeñez, de lacería aldeana. Anhelamos todos que se nos ofrezca algún propósito serio y grande, cuya magnificencia sugestiva nos arrastre a un régimen de vida más activo, más generoso y más noble.
He aquí que la hora ha llegado, la hora para lo serio y lo grande.
Publicado sin firma, El Sol, 4 de mayo de 1918