Ortega y Gasset

Abstract

An essay born of the author’s struggles with his translators: French’s charms (clarity, logic, elegance) are paid for with inexorability — in French many things simply «cannot be said» — whereas German accepts any deformation imposed on it. Its underlying thesis: language is a social and not a personal fact, a system of signs with anonymous currency that imposes itself even on whoever first coined them.

Connections

Concetti: abitudine
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

La situación en que, tal vez, aparecen con más evidencia las virtudes y limitaciones de cada lengua es la del escritor que lucha con los traductores de su obra. Como es natural, desde su punto de vista interesado, el carácter que primero advierte es la dosis de blandura o de dureza, de maleabilidad o de rigidez que cada lengua posee. Hay idiomas inhospitalarios que no toleran la menor infracción de los usos en que consisten: por ejemplo y más que ninguno, el francés. Nadie lo diría cuando contempla, por decirlo así, desde fuera, esta lengua: todo en ella es suavidad, gracia, agilidad, facilidad. ¡Qué delicia —piensa uno— poder hablar o escribir en lenguaje tal! Pero todo lo que ad extra tiene aspecto de virtud vive ad intra merced a una férrea disciplina. Esos encantos de la lengua francesa se deben a que es inexorable.

Por el contrario, la lengua alemana acepta en amplísima medida las deformaciones que se le quieran imponer: como el buche de la gallina aguanta casi todo lo que se le eche, el grano de trigo y el pedrusco. En cambio, le faltan aquellos garbos.

Los idiomas tienen sus fronteras, sus límites y en ellos su aduana. Al ser traducido al francés, nota, por lo pronto, el autor que la mitad de su equipaje queda detenido y con ingenua sorpresa advierte que en esa lengua maravillosa no se pueden decir muchas cosas. ¡Así, en redondo! Impreca, suplica usted, hace usted ver que no se puede prescindir de decir aquello, que es para usted cuestión de vida o muerte literaria expresarlo… Todo es inútil. El traductor, cortés, pero impasible, le responde a usted: «En francés no se puede decir eso». Y lo más sorprendente del caso es que se queda tan tranquilo y tan satisfecho —y hasta un poco orgulloso. El autor que escribe en su lengua, en una lengua romántica, desarrapada, exenta de toda superior disciplina, y en que por lo mismo se pueden decir muchas más cosas, no comprende cómo cabe enorgullecerse de un idioma en que no podemos expresar sino una fracción de lo que se nos ocurre. Y, sin embargo, no le falta razón a nuestro traductor francés.

La existencia de la lengua francesa, tal cual aún hoy es, nos ofrece un fenómeno histórico maravilloso, único. No puedo ahora entretenerme en discutir y llevar a términos precisos cuáles son las calidades preciosas del habla francesa. Partamos de las más notorias. El habla francesa sobresale entre las demás de Europa por su claridad, su lógica o buen sentido, su elegancia, su sabrosa gracia. ¿Cómo puede una lengua llegar a tener esas calidades? —quiero decir, ¿qué necesita pasar para que ese hecho se produzca?

Téngase en cuenta que la lengua no es, sin más ni más, el modo de hablar de cada individuo, sino que es el modo de hablar colectivo, el sistema de signos verbales y combinaciones de ellos que tiene vigencia, como medio de expresión, en una colectividad. Si cada individuo se expresase a su antojo, no lograría lo que al hablar se propone, que es ser entendido de los demás. Para conseguir esto con máxima probabilidad tendrá que echar mano de los signos preestablecidos y decir las cosas como se dicen. En todo momento encuentra cada individuo ante sí constituida la lengua, y si quiere ser entendido, no tiene más remedio que contar con ella como al circular por la ciudad se ve obligado a contar con la disposición de las calles. La lengua es un hecho social y no un hecho personal: cada uno de sus elementos, por ejemplo, cada giro expresivo, cada cambio en la pronunciación se originó, sin duda, en algún individuo, pero ese giro y ese cambio fonético no son lengua si no han dejado de ser cosa del individuo y no se han transformado en vigencia anónima, que se impone a todos los individuos, incluso al que los engendró.

Si, pues, en la lengua francesa se dan los susodichos caracteres tenemos que atribuir su origen al pueblo francés como tal colectividad. Y viceversa: nos bastaría observar el idioma francés para poder colegir no pocas cualidades del pueblo que lo ha forjado.

Claro está que una lengua no existe si no se dan ciertas cualidades mínimas en el pueblo que la habla. Esas cualidades son, por lo mismo, comunes a todos los idiomas y activas en todos los pueblos. Sin un mínimum de solidaridad en el decir, si, en absoluto, al hablar cada cual tira por su lado, no hay lengua posible ni tampoco sociedad. Sin un mínimum de lógica el lenguaje tampoco tendría estructura —morfología, sintaxis— y sería cada expresión puro acertijo. Estas condiciones elementales de toda habla carecen, en consecuencia, de valor sintomático.

Pero las virtudes de la francesa no se refieren a ese estrato primario, imprescindible y espontáneo del lenguaje. Son gracias que sólo existen cuando deliberadamente se las busca y persigue. Y si lo deliberado frente a lo espontáneo merece llamarse artificioso, podemos decir que la lengua francesa es el único idioma nativo y a la vez artificial. Por eso es un caso único, al menos entre las lenguas vivas.

Las lenguas se forman por aluvión. Cada individuo, cada grupo territorial o profesional vuelca en la cuenca lingüística de un gran pueblo sus modos de decir propios. Esta abundancia vegetativa y exótica es sometida a una primera selección que va regida por el imperativo más elemental del habla: la inteligibilidad. Si la lengua fuese sólo aluvión sería guirigay y babelismo. La necesidad de entenderse elimina buena parte de ese acarreo constante de dicciones y fija sólo una porción, consolida sólo lo más homogéneo. Pero la inteligibilidad así espontáneamente lograda es todavía muy deficiente. Cabe un superlativo en ella que es la claridad. Para nuestro Quintiliano era ésta la máxima dote de un idioma: Oratio vero cuius summa virtus est perspicuitas.

Una lengua es clara cuando evita toda expresión equívoca o complicada. Mas no se podrá hacer esto si de antemano no son claras las ideas que se van a expresar y esta claridad de las ideas no es cosa que haya sido regalada a ningún pueblo. Es preciso que éste aspire a ella, sienta por ella comezón y se someta secularmente a la disciplina que la produce. (Para lograr algo valioso —como el caso de la lengua francesa nos lo va a demostrar— necesita un pueblo resolverse a pensar, querer y sentir en unidades de centuria. El efimerismo de la conducta de las naciones europeas actuales —salvo Inglaterra— es la prueba más segura de que no se está creando nada, sino que, al revés, se está dilapidando lo adquirido y aventando una rica herencia).

No entremos ahora en la cuestión de qué sea esta famosa claridad del pensamiento francés. El que quiera no enterarse de en qué consiste puede leer el libro de Mornet, Histoire de la clarté française. Lo único útil de este volumen es advertirnos de que la claridad en el pensar condiciona la claridad de la lengua, pero, a la vez, ésta reobra sobre aquélla. Dejemos, pues, el asunto sin más indicación que ésta: pensar con claridad es una gran virtud del intelecto. Grande, pero sólo una. No se vaya a creer que pensar claro es, sin más, pensar bien, pensar todo lo que hace falta pensar. Tal vez la claridad francesa —en las ideas y en las palabras— consista, ante todo, en renunciar a pensar y a decir lo más importante. Porque lo más importante es siempre difícil, difícil…

La Nación, junio de 1937

The situation in which, perhaps, the virtues and limitations of each language appear with most evidence is that of the writer who struggles with the translators of his work. Naturally, from his interested point of view, the character he first notices is the dose of softness or hardness, of malleability or rigidity, that each language possesses. There are inhospitable idioms that tolerate not the least infraction of the usages in which they consist: for example, and more than any other, French. No one would say so when he contemplates, as it were, from outside, this language: everything in it is softness, grace, agility, facility. What a delight —one thinks— to be able to speak or write in such a language! But everything that ad extra has the aspect of virtue lives ad intra thanks to an iron discipline. Those charms of the French language are due to its being inexorable.

On the contrary, the German language accepts to an extremely broad degree the deformations one wishes to impose on it: like the hen’s crop it stands almost anything thrown into it, the grain of wheat and the boulder. In exchange, it lacks those graces.

Languages have their frontiers, their limits and in them their customs-house. Upon being translated into French, the author notices, to begin with, that half his luggage is held up, and with ingenuous surprise he notices that in that marvellous language many things cannot be said. Flatly so! You curse, you beseech, you make it clear that one cannot dispense with saying that, that it is for you a question of literary life or death to express it… All is useless. The translator, courteous but impassive, answers you: “In French one cannot say that.” And the most surprising thing about the case is that he remains so calm and so satisfied —and even a little proud. The author who writes in his language, in a romantic, ragged language, exempt from all superior discipline, and in which for that very reason many more things can be said, does not understand how one can take pride in an idiom in which we can express only a fraction of what occurs to us. And yet our French translator is not without reason.

The existence of the French language, just as it is even today, offers us a marvellous, unique historical phenomenon. I cannot now tarry to discuss and bring to precise terms what the precious qualities of French speech are. Let us start from the most notorious. French speech stands out among the rest of Europe for its clarity, its logic or good sense, its elegance, its savoury grace. How can a language come to have these qualities? —I mean, what must happen for that fact to be produced?

Let it be borne in mind that language is not, simply and plainly, the way of speaking of each individual, but is the collective way of speaking, the system of verbal signs and their combinations that is in force, as a means of expression, in a collectivity. If each individual expressed himself at his whim, he would not achieve what he proposes in speaking, which is to be understood by others. To attain this with maximum probability he will have to make use of the pre-established signs and say things as they are said. At every moment each individual finds language constituted before him, and if he wants to be understood, he has no alternative but to reckon with it as, in circulating through the city, he finds himself obliged to reckon with the arrangement of the streets. Language is a social fact and not a personal fact: each of its elements, for example, each expressive turn, each change in pronunciation, originated, no doubt, in some individual, but that turn and that phonetic change are not language if they have not ceased to be the individual’s thing and have not been transformed into an anonymous currency, which imposes itself on all individuals, even on the one who engendered them.

If, then, in the French language the aforementioned characters are present, we must attribute their origin to the French people as such a collectivity. And vice versa: it would suffice us to observe the French idiom to be able to infer not a few qualities of the people that has forged it.

It is clear that a language does not exist if certain minimum qualities are not present in the people that speaks it. Those qualities are, for that very reason, common to all languages and active in all peoples. Without a minimum of solidarity in speaking, if, absolutely, in talking everyone pulls in his own direction, there is no possible language nor society. Without a minimum of logic, language would have no structure —morphology, syntax— and each expression would be a pure riddle. These elementary conditions of all speech lack, consequently, any symptomatic value.

But the virtues of French do not refer to that primary, indispensable and spontaneous stratum of language. They are graces that exist only when they are deliberately sought and pursued. And if the deliberate, as against the spontaneous, deserves to be called artificial, we can say that the French language is the only idiom native and at the same time artificial. That is why it is a unique case, at least among living languages.

Languages are formed by alluvium. Each individual, each territorial or professional group pours into the linguistic basin of a great people its own ways of saying. This vegetative and exotic abundance is subjected to a first selection governed by the most elemental imperative of speech: intelligibility. If language were only alluvium, it would be gibberish and babelism. The necessity of understanding one another eliminates a good part of that constant hauling-in of dictions and fixes only a portion, consolidates only the most homogeneous. But the intelligibility thus spontaneously achieved is still very deficient. A superlative is possible in it, which is clarity. For our Quintilian this was the maximum endowment of an idiom: Oratio vero cuius summa virtus est perspicuitas.

A language is clear when it avoids every equivocal or complicated expression. But one will not be able to do this if the ideas to be expressed are not clear in advance, and this clarity of ideas is not something that has been given as a gift to any people. It is necessary that it aspire to it, feel an itch for it, and submit itself secularly to the discipline that produces it. (To achieve something valuable —as the case of the French language is going to demonstrate to us— a people needs to resolve to think, will and feel in units of a century. The ephemerism of the conduct of present-day European nations —except England— is the surest proof that nothing is being created, but that, on the contrary, what has been acquired is being squandered and a rich inheritance scattered to the wind).

Let us not now enter into the question of what this famous clarity of French thought may be. He who wishes not to learn what it consists of can read Mornet’s book, Histoire de la clarté française. The only useful thing in this volume is to warn us that clarity in thinking conditions the clarity of the language, but, at the same time, the latter reacts upon the former. Let us, then, leave the matter with no further indication than this: to think with clarity is a great virtue of the intellect. Great, but only one. Let no one go believing that thinking clearly is, without more, thinking well, thinking everything that needs to be thought. Perhaps French clarity —in ideas and in words— consists, above all, in renouncing to think and to say the most important thing. Because the most important thing is always difficult, difficult…

La Nación, June 1937

La situazione in cui, forse, appaiono con più evidenza le virtù e i limiti di ogni lingua è quella dello scrittore che lotta con i traduttori della sua opera. Com’è naturale, dal suo punto di vista interessato, il carattere che prima avverte è la dose di mollezza o di durezza, di malleabilità o di rigidità che ogni lingua possiede. Ci sono idiomi inospitali che non tollerano la minima infrazione degli usi in cui consistono: per esempio e più di tutti, il francese. Nessuno lo direbbe quando contempla, per così dire, da fuori, questa lingua: tutto in essa è soavità, grazia, agilità, facilità. Che delizia —pensa uno— poter parlare o scrivere in linguaggio tale! Ma tutto ciò che ad extra ha aspetto di virtù vive ad intra grazie a una ferrea disciplina. Quegli incanti della lingua francese si devono al fatto che è inesorabile.

Al contrario, la lingua tedesca accetta in amplissima misura le deformazioni che le si vogliano imporre: come il gozzo della gallina regge quasi tutto ciò che le si getti, il chicco di grano e il sasso. In cambio, le mancano quei garbi.

Le lingue hanno le loro frontiere, i loro limiti e in essi la loro dogana. Essendo tradotto in francese, nota, per il momento, l’autore che la metà del suo bagaglio resta trattenuta, e con ingenua sorpresa avverte che in quella lingua meravigliosa non si possono dire molte cose. Così, in pieno! Impreca, supplica, fa vedere che non si può fare a meno di dire quello, che è per te questione di vita o di morte letteraria esprimerlo… Tutto è inutile. Il traduttore, cortese, ma impassibile, ti risponde: «In francese non si può dire questo». E la cosa più sorprendente del caso è che resta così tranquillo e così soddisfatto —e persino un po’ orgoglioso. L’autore che scrive nella sua lingua, in una lingua romantica, stracciona, esente da ogni disciplina superiore, e in cui per ciò stesso si possono dire molte più cose, non comprende come ci si possa inorgoglire di un idioma in cui non possiamo esprimere che una frazione di ciò che ci viene in mente. E, tuttavia, non manca di ragione al nostro traduttore francese.

L’esistenza della lingua francese, tale qual è ancora oggi, ci offre un fenomeno storico meraviglioso, unico. Non posso ora intrattenermi a discutere e portare a termini precisi quali siano le qualità preziose del parlare francese. Partiamo dalle più notorie. Il parlare francese eccelle tra le altre d’Europa per la sua chiarezza, la sua logica o buon senso, la sua eleganza, la sua saporosa grazia. Come può una lingua arrivare ad avere queste qualità? —voglio dire, che cosa deve accadere perché quel fatto si produca?

Si tenga conto che la lingua non è, così semplicemente, il modo di parlare di ogni individuo, ma è il modo di parlare collettivo, il sistema di segni verbali e di combinazioni di essi che ha vigenza, come mezzo di espressione, in una collettività. Se ogni individuo si esprimesse a suo piacimento, non otterrebbe ciò che parlando si propone, che è essere inteso dagli altri. Per conseguire questo con massima probabilità dovrà ricorrere ai segni prestabiliti e dire le cose come si dicono. In ogni momento ogni individuo trova dinanzi a sé la lingua costituita, e se vuole essere inteso, non ha altro rimedio che contare con essa come, circolando per la città, si vede obbligato a contare con la disposizione delle strade. La lingua è un fatto sociale e non un fatto personale: ciascuno dei suoi elementi, per esempio, ogni giro espressivo, ogni cambiamento nella pronuncia si originò, senza dubbio, in qualche individuo, ma quel giro e quel cambiamento fonetico non sono lingua se non hanno smesso di essere cosa dell’individuo e non si sono trasformati in vigenza anonima, che si impone a tutti gli individui, anche a colui che li generò.

Se, dunque, nella lingua francese si danno i suddetti caratteri, dobbiamo attribuire la loro origine al popolo francese come tale collettività. E viceversa: ci basterebbe osservare l’idioma francese per poter desumere non poche qualità del popolo che lo ha forgiato.

Chiaro è che una lingua non esiste se non si danno certe qualità minime nel popolo che la parla. Quelle qualità sono, per ciò stesso, comuni a tutte le lingue e attive in tutti i popoli. Senza un minimo di solidarietà nel dire, se, in assoluto, parlando ciascuno tira per il suo verso, non c’è lingua possibile né società. Senza un minimo di logica il linguaggio non avrebbe struttura —morfologia, sintassi— e sarebbe ogni espressione puro indovinello. Queste condizioni elementari di ogni parlare mancano, di conseguenza, di valore sintomatico.

Ma le virtù della francese non si riferiscono a quello strato primario, imprescindibile e spontaneo del linguaggio. Sono grazie che esistono solo quando deliberatamente si cercano e si perseguono. E se il deliberato di fronte allo spontaneo merita di chiamarsi artificioso, possiamo dire che la lingua francese è l’unico idioma nativo e a un tempo artificiale. Perciò è un caso unico, almeno tra le lingue vive.

Le lingue si formano per alluvione. Ogni individuo, ogni gruppo territoriale o professionale rovescia nel bacino linguistico di un grande popolo i suoi propri modi di dire. Questa abbondanza vegetativa ed esotica è sottoposta a una prima selezione che va retta dall’imperativo più elementare del parlare: l’intelligibilità. Se la lingua fosse solo alluvione sarebbe guazzabuglio e babelismo. La necessità di intendersi elimina buona parte di quel continuo apporto di dizioni e fissa solo una porzione, consolida solo il più omogeneo. Ma l’intelligibilità così spontaneamente raggiunta è ancora molto deficiente. In essa si dà un superlativo che è la chiarezza. Per il nostro Quintiliano questa era la massima dote di una lingua: Oratio vero cuius summa virtus est perspicuitas.

Una lingua è chiara quando evita ogni espressione equivoca o complicata. Ma non si potrà fare questo se di antemano non sono chiare le idee che si vanno a esprimere, e questa chiarezza delle idee non è cosa che sia stata regalata a nessun popolo. È necessario che questo aspiri ad essa, senta per essa prurito e si sottometta secolarmente alla disciplina che la produce. (Per ottenere qualcosa di valevole —come il caso della lingua francese ci dimostrerà— un popolo ha bisogno di risolversi a pensare, volere e sentire in unità di centuria. L’effimerismo della condotta delle nazioni europee attuali —salvo l’Inghilterra— è la prova più sicura che non si sta creando nulla, ma che, al contrario, si sta dilapidando l’acquisito e spargendo al vento una ricca eredità).

Non entriamo ora nella questione di che cosa sia questa famosa chiarezza del pensiero francese. Colui che voglia non informarsi di che cosa consista può leggere il libro di Mornet, Histoire de la clarté française. L’unica cosa utile di questo volume è avvertirci che la chiarezza nel pensare condiziona la chiarezza della lingua, ma, a un tempo, questa riagisce su quella. Lasciamo, dunque, l’argomento senza altra indicazione che questa: pensare con chiarezza è una grande virtù dell’intelletto. Grande, ma solo una. Non si vada a credere che pensare chiaro sia, senz’altro, pensare bene, pensare tutto ciò che fa bisogno pensare. Forse la chiarezza francese —nelle idee e nelle parole— consiste, prima di tutto, nel rinunciare a pensare e a dire la cosa più importante. Perché la cosa più importante è sempre difficile, difficile…

La Nación, giugno 1937