Abstract

A reply to Francisco Grandmontagne, arrived from Argentina to recite the litany of Spanish defects as a spur: the Emersonian method of «rude electric shocks» may help one man but not a mystical, Moorish people like ours, which already has those grievances dissolved in its marrow. Journalistic polemic.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

¿Saben ustedes lo que hay en España? «El fraude en el sufragio, la mentira política y social, el caciquismo agresivo, la corrupción de la justicia, su lentitud mientras duran los bienes del pleito, la concusión, el parasitismo burocrático, el nepotismo, el crónico y flúido palabreo parlamentario, saturado de ese ingenio inferior que es el talento manqué, frustrado, el desorden administrativo, la incapacidad gubernativa, la pereza, la blandura de raspa, raíz idiosincrásica de los pechos fidalgos: la fe en el azar, el culto de la buena suerte, la esperanza en una lotería general que ha de dar el premio de la riqueza, el premio del cielo, el premio de la salud y hasta el premio de la inspiración en arte».

Todas estas cosas hay en España y unas cuantas más y peores. El señor Grandmontagne arriba de allende los mares para decirnos esto a nosotros que lo tenemos sabido, a nosotros, a quienes nos duele la lengua de repetirlo y los oídos de escucharlo.

Viene el señor Grandmontagne a conquistarnos para que cultivemos solícitamente el mercado argentino, y para movernos a convicción, empieza por entonar esa vulgarísima letanía de nuestros errores y de nuestros defectos.

Yo comprendo la razón que para tal exabrupto ha tenido el «embajador a la moderna». Este embajador, que es antes que un economista, un literato, aun más, un ensayista, ha leído a Emerson con el mayor cuidado, y Emerson dice: «Nos unimos a aquellos que lloran, y sentándonos a su lado, lloramos estúpidamente de consuno con ellos, en vez de comunicarles la verdad y la salud por medio de choques rudos y eléctricos, poniéndoles en contacto con su propia razón». Tal ha querido hacer con nosotros el señor Grandmontagne.

No ha advertido, cegado por su antiguo amor a las ideas generales, que podrá ser sano practicarlo con un hombre, con algunos lo es seguramente; pero con un pueblo acaso no, y con una raza mística y moruna como la nuestra, tórnase dañino el procedimiento.

Si no es por esta sugestión, no acierto a explicarme esa manera de retórica que trae de Sudamérica el autor de La Maldonada. Hombre hecho al sondeo psicológico, que ha compuesto un precioso libro de zahorí de almas sociales en sus Vivos, tilingos y locos lindos, parece que ha olvidado nuestro tinglado espiritual. Hasta disueltos en nuestra medula están todos esos greuges que contra nosotros mismos hemos descubierto. No se borrarán, no, fácil ni prontamente las impresiones del desastre en los que hemos abierto los ojos de la curiosidad al tiempo de los fracasos. En esa edad que reclama la confianza en todo, que de cualquier pedazo de cosa forja un ideal, nosotros no hemos visto sino agonías y rompimientos. Desde luego fuimos desconfiados y esa musa triste de la desconfianza nos prestó la intuición de que aquellas cosas estaban bien derrotadas y bien muertas. Note usted, maestro, que nada explica el artificio de un juguete, como verlo roto.

Y ese efecto de deslegendarización, de desretorización (¡ah!, las palabras), como nosotros, lo han sentido los hombres maduros y los viejos. Ellos envían a sus hijos a Madrid, donde hagan desde luego oposiciones y vuelvan a las provincias, sin emplear otros procedimientos tortuosos para asegurar la pitanza y sin encomendarla a esa «gran lotería» de que usted habla. Otros retiénenlos en el pueblo y les hablan de los campos y de las industrias: las actividades comienzan a especializarse.

Y en cuanto a los hombres maduros y viejos de Madrid, esta bonita paradoja, ya ve usted señor Grandmontagne, cómo los partidos se disgregan al menor tropezón y es imposible recomponerlos. ¿Por qué? ¿Cree usted que Moret no valga un Sagasta? ¿No se explica más sencillamente esa imposibilidad por falta de unto con que pegar las bandadas políticas?

Ese punto único, ¡Madrid!, que atraía hasta hace poco con poderosa sugestión la mirada de las provincias y las hacía bizquear, va perdiendo su fuerza exclusiva. España miraba a Madrid con una persistencia de imbécil o de estático y vivía como un faquir contemplándose el ombligo. Ha viajado usted por el Norte lo suficiente para observar la exigua atención que aquellos países anhelantes, curiosos y trabajadores prestan a la corte.

Aunque yo no he leído tanto como usted, creo lícito afirmar que nunca los efectos de un gran desengaño político han producido tan rápidos efectos saludables en una raza como el tratado de París en el pueblo español.

Créalo usted, no es necesario, no es humano, es contraproducente remachar más el clavo. Cada nuevo martillazo dado sobre nuestra desconfianza, puede quebrar ese modesto y tácito ideal de regeneración que comienza a cristalizar. Ya nuestro querido señor Silvela disparó sobre el asendereado borrico de Sancho Panza la flecha del Parto: en él es plausible desde el punto de vista estético: vino a ser su último discurso la bella manera de morir que busca todo decadente. Pero usted, señor Grandmontagne, que viene a predicar ideas constructoras, debe huir toda coincidencia con los espíritus disolventes. Yo, que soy mucho mas joven que usted y debiera tener fe en la utilidad absoluta de la verdad, creo, sin embargo, ¡que es tan necesaria la mentira vital de que habla Ibsen!…

No olvide usted, decía antes, nuestro tinglado espiritual. Repare que hemos sido y seremos siempre propensos al renunciamiento como buenos místicos. ¡Nos contentamos con tan poco! Y querer trocar lo que hay en el fondo de los toneles de una vez, volcándolos, no es pragmática de buen bodeguero. Recuerde usted, maestro, que Tito Livio el curioso, y Strabón el viejo, nos describían ya como unos hombres «vestidos de negro, obstinados, silenciosos, estoicos y amigos de la muerte».

Por lo demás, señor Grandmontagne, cuanto usted nos diga caerá como lluvia refrescante y fecunda sobre nosotros. Hora es ya de que levantemos al dinero ese apodo de «vil».

Hora es ya de que reconozcamos la economía política y el arte del comercio como ciencias nutrices y que vengan a ocupar en nuestra actividad el lugar que dejaron vacío al alejarse las marchitas soñaciones teológicas e históricas. Y si hasta ahora habíamos pensado con la imaginación y tan mal nos iba, acaso comencemos a idear con el vientre. «En verdad —dice Heine— que el cuerpo, a veces, es más clarividente que el espíritu. A menudo piensa mejor el hombre con sus lomos y con su estómago que con la cabeza». Así sea.

El mercado de Sudamérica debe preocupar, no solamente a los comerciantes y a los industriales españoles, sino también a los escritores. Pérez Galdós, escritor español de larga vista, apunta de cuando en cuando a aquellos hombres que hablan nuestra lengua. Ganivet señala esos países como la tierra de promisión para los intelectuales de esta vieja España. Ahora, como discretos comerciantes, debemos estudiar aquellas sociedades y aquellos espíritus.

Vea, el señor Grandmontagne, que no es preciso ni útil ese procedimiento de estigmatización. Sus acusaciones nos eran conocidas: poco a poco, de entre esos defectos, se suscita una nueva España. Tenga paciencia de sociólogo, y, puesto que es grande amigo de nuestro Gracián, desempolve aquello de que «lo que luego se hizo, luego se deshará, y se acaba presto, porque presto se acabó. Cuanto mas tiernos sus hijos, se los traga Saturno con más facilidad, y lo que ha de durar una eternidad tarda otra en hacerse».

La primera conferencia del señor Grandmontagne ha indignado a algunos españoles que, por otra parte, reconocían su veracidad. ¿Por qué?

¿Han olvidado ustedes aquella soberbia página de Daudet, La diligencia de Beaucaire? Hacen camino en ella, con otros varios, un panadero charlador y burlón y un amolador que no decía nada y miraba tristemente la blanca carretera caliza, casi oculto bajo un inmenso gorro de piel de conejo. A este pobre hombre le engañaba cada seis meses su mujer con un nuevo amante. Harto lo sabía él, y por eso era siempre silencioso y mustio. Con este pobre hombre la tomó el panadero maldiciente:

—¿Y tu mujer, amolador?… ¿Por qué parroquia está?

Y el amolador, inmóvil, limitose a decir, sin alzar la cabeza, con voz desgarradora:

—¡Calla, panadero, calla, te lo suplico!