Abstract
An article on the Melilla war (1909): the people were never given the right to choose whether to fight it; the mass thinks and decides more slowly than the individual, and it falls to the governors to explain to those below what must be done and why. It then asks that a phrase in the Order of Calatrava’s petition to the King be struck, in the name of «national modesty».
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Yo no puedo decir ahora si proponiendo al pueblo español la elección entre hacer la guerra de Melilla o no hacerla, éste prefiriera hacerla. Sólo puedo decir que no se le ha otorgado el derecho de elección. En otros países, a las campañas bélicas de este tipo suele preceder una doble preparación, de que sólo el gobierno puede encargarse: de un lado la previsión técnica y económica, merced a las cuales la guerra se inicie con brillante seguridad y prosiga con abundancia. De otro la organización del espíritu público. La masa nacional no es responsable de la lentitud con que se entera de las cosas ni de la morosidad en sus decisiones. La conciencia difusa de las muchedumbres, el alma popular piensa, siente y quiere más despacio que el individuo; como los bueyes de pies corvos, camina paso a paso, lentamente arando su surco sobre la historia.
Por esto es necesario que los de arriba intervengan en esa vida oscura y pausada de la conciencia anónima y la aguijen y la sensibilicen hasta tornarla diligente; es necesario que los elegidos, los gobernantes, los que ejercen la manufactura de los proyectos, expliquen a los de abajo qué debe hacerse y con qué y para qué. De esta manera se consigue polarizar una nación en el sentido de la emoción guerrera y se puede esperar que el ánimo del pueblo, poniéndose corvo y tenso como el arco de un sagitario, envíe al enemigo la flecha ardiente y vibrante de su entusiasmo.
Mas todo ello parece mejor discutirlo antes o después de la guerra: ya que no ha podido hacerse antes se hará después. Hoy hemos de contentarnos con el hecho de la guerra; la guerra ha comenzado y es menester que la hagamos lo mejor posible. Los comentarios más oportunos deben, por tanto, referirse únicamente a perfeccionar el cuadro de nuestra campaña.
Europa no halla frecuentemente pretexto para mirar a España con atención; aquí no se publican libros profundos, no se hacen grandes inventos científicos e industriales ni son la aerostación y aviación virtudes que practiquemos enérgicamente. Sólo una guerra, y sobre todo ésta, nos coloca ante el anfiteatro europeo: la curiosidad y la codicia avizoran entonces nuestro cuerpo desnudo, tendido sobre la mesa de disección. Los unos, quieren averiguar si seguimos tan desorganizados como diez años ha, si somos tan pobres, si somos tan distraídos e insensatos. Otros, aprovechan el momento para sopesar mil menudencias de nuestro carácter, de nuestro estado de cultura, que ahora salen más crudamente a la superficie. Y yo pienso que, en nuestra situación, el sentimiento más laudable debe ser el pudor nacional.
Mas cuando ayer leía la solicitud que la Orden de Calatrava dirige al rey, sentí, no digo herido, pero lastimado ese sentimiento. Tal solicitud rodará probablemente sobre la dilatada superficie de papel que forma la prensa extranjera. Y tras ella irán comentarios tristes y dolorosos.
El párrafo en que, a mi modo de ver, se ha deslizado una distracción, dice así:
«Creo llegado el momento en que cuantos nos honramos en pertenecer a las Órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, consecuentes con su tradición y con su historia, e inspirados en nuestro acendrado patriotismo y amor al trono, nos aprestemos a cooperar, en unión de nuestro valeroso y sufrido ejército, a la campaña que con tanto heroísmo y abnegación está sosteniendo allá en Marruecos, en defensa del honor nacional; que si exige a todos los que se sienten españoles el sacrificio de la vida y de la hacienda, con más razón lo exige de nosotros, en la actual campaña, dada la índole y creencias de aquellos nuestros tradicionales enemigos».
Creo que, a poco que se medite, no habrá quien dude de que la frase subrayada debería ser suprimida. Sólo pretendo, pues, reclamar de la Orden de Calatrava distraída a la Orden de Calatrava atenta.
Nada más justo y necesario que organismos encargados de sustentar la religión de lo nacional. Las Órdenes militares tienen hoy una misión de alta piedad: cosas muertas, definitivamente muertas, viven aún, merced al culto que ellas mantienen, una semivida de evocación. La historia, que más que ciencia es una iglesia, conserva el pasado: de aquí que un pueblo sin historia sea un pueblo salvaje. ¿Es por ventura pasado lo pasado si no se trae con el recuerdo al presente? ¿Cabe un ayer sin hoy? Las Órdenes militares, de organismos activos, han acertado a convertirse a su hora en guardias de honor de la memoria étnica. ¿Qué puede hacer un pueblo si no tiene organizada la memoria? ¿Quién duda que debiera haber un ministerio de la Recordación?
Gracias a estas Órdenes no hemos olvidado del todo nombres henchidos de la más patente sonoridad histórica, nombres que condensan ecos seculares: Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, palabras que componen un verso heroico, que reconfortan. ¡Sagradas sílabas que significan escuelas de virilidad y de energía para la raza! A mi veneración particular ofrecen, además, un valor extraño: tengo por casi asegurado que el movimiento de unificación peninsular fue prematuro. Los reyes y sus cortes ardían en todos los escolasticismos teológicos, filosóficos, literarios y políticos: del escolasticismo político salió la idea de la unidad, cuando esa idea era sólo una abstracción. Frente a ella, las Órdenes militares representaron el fermento feudal.
Algunos espíritus radicales se cierran, injustamente en mi entender, a la comprensión de lo que es la religión de lo histórico cuando niegan utilidad y sentido dentro de una sociedad moderna a estas comunidades de ornamento y de piedad. Pero esto es un prejuicio de los espíritus radicales, demasiado abiertos a la fe en la palingenesia. No; las transformaciones súbitas, además de imposibles dentro del universo, serían malsanas y acabarían con lo pintoresco. Las ciudades modernas, improvisadas, de los Estados Unidos, son muy poco interesantes; sus calles tiradas a cordel, sus barrios geométricos, revelan que salieron repentina e íntegramente de la cabeza de un arquitecto municipal. Son demasiado lógicas, harto matemáticas para ser atractivas. Lo pintoresco es siempre lo contrario de lo racional. Lo pintoresco es el desnivel. Toledo, con sus cuestas, permite al que transita las tortuosas callejas imaginarse en cada instante, que es él el centro de la altiva ciudad.
Como en el espacio, hay en el tiempo cierto desnivel pintoresco. Una sociedad perfecta, a la manera que un razonamiento algébrico, ¿no sería atrozmente pálida, inmóvil, fría? Conviene que el hoy contenga residuos patinosos del ayer y algunas inquietantes anticipaciones del mañana. Gracias a este desnivel va rodando el mundo, y, aunque pudiera irnos mejor, todavía son pensables más crueles destinos.
No creo, pues, alimentar prejuicio teórico alguno frente a las Órdenes militares, y esto me permite advertir que corren un peligro: hemos visto que son sumamente respetables como órganos de la veneración hacia el pasado, como instrumentos de reminiscencia. Muy bien está que, consecuentemente, mantengan el uso de vestiduras, ceremonias y hasta ciertas fórmulas tradicionales. Pero el deber, sagrado pienso yo, de recordar lo pretérito no ha de herir jamás otro deber tal vez superior: el de respetar la hora en que se vive, no intentando traer a lo presente, como realidad, lo que sólo como recuerdo es respetable.
La creación de las Órdenes militares, sus campañas de Grecia y Jerusalén, fueron hechos de incomparable fecundidad para la cultura. Al volver a Europa, trajeron los cruzados el germen de la sabiduría helénica-oriental e iniciaron el Renacimiento. Es, sin embargo, erróneo creer que se fundaron para hacer la guerra santa, predicada por Pedro el Ermitaño y San Bernardo. El Islam era entonces más que un riesgo teológico, una amenaza política: se hacía forzoso asegurar las marcas orientales del mundo europeo. Lo propio ocurrió con nuestras Órdenes castizas, que viviendo en avanzada sobre los árabes y berberiscos, reconquistaban, no un credo religioso, sino la tierra nativa, los campos fértiles mejorados por sabio regadío y servían de cauce para que la espléndida civilización toledana, cordobí, sevillana, granadina, enriquecieran el alma española.
Aquellos hombres de prez pensaban también —¿quién podrá negarlo?— en el triunfo de la cruz sobre la media luna. Eran bravos corazones, pero escasamente cultivados; en este respecto les superaban algunos ciudadanos de Córdoba y Buxía. Ignoraban la religión islámica, les parecía despreciable; quizá por esto la odiaban.
He aquí lo que no me parece lícito resucitar a la hora presente. Bien que movamos guerra a los rifeños de cabeza puntiaguda. Parece ser que esta guerra es útil, parece que es necesaria. Eso dicen. Yo no lo sé. Hagamos pues, la guerra. Pero evitemos la vieja mise en scène sentimental: los hombres de Europa sonreirían malignamente. No saquemos, por Dios, la hostilidad teológica, no pretendamos reproducir la opinión bárbara que sobre el islamismo tenían los cruzados del siglo XI, los calatravos del siglo XII.
Existe una moralidad moderna: no es lícito insertar en ella trozos de la ética medioeval. Las creencias religiosas que en otro tiempo eran santas sólo para sus fieles lo son hoy para todos. La discrepancia en la fe no puede servir jamás de pretexto para encarecer la hostilidad.
Los amores tradicionalistas son respetables y justificados. Pero no todo tiene derecho a la tradición. La tradición del error, la tradición del odio son incompatibles con el avance de la cultura.
Hagamos la guerra; pero, en serio, es decir, sin la ficción del odio. ¿Cómo vamos a odiar a la gente morisca? Las torres mudéjares de los pueblos de España recortándose encendidas sobre el cielo azul nos han puesto en las venas una tradición de ingenioso encanto, y todos algún día, en la Alhambra o la Mezquita cordobesa, por entre el dibujo graciosamente enmarañado de las paredes, hemos perseguido con delicia un ensueño bereber.
El Imparcial, 17 de agosto de 1909