Ortega y Gasset
Abstract
An article on the Melilla war (1909): the people were never given the right to choose whether to fight it; the mass thinks and decides more slowly than the individual, and it falls to the governors to explain to those below what must be done and why. It then asks that a phrase in the Order of Calatrava’s petition to the King be struck, in the name of «national modesty».
Connections
Concetti: Stato, minoranza selecta
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Yo no puedo decir ahora si proponiendo al pueblo español la elección entre hacer la guerra de Melilla o no hacerla, éste prefiriera hacerla. Sólo puedo decir que no se le ha otorgado el derecho de elección. En otros países, a las campañas bélicas de este tipo suele preceder una doble preparación, de que sólo el gobierno puede encargarse: de un lado la previsión técnica y económica, merced a las cuales la guerra se inicie con brillante seguridad y prosiga con abundancia. De otro la organización del espíritu público. La masa nacional no es responsable de la lentitud con que se entera de las cosas ni de la morosidad en sus decisiones. La conciencia difusa de las muchedumbres, el alma popular piensa, siente y quiere más despacio que el individuo; como los bueyes de pies corvos, camina paso a paso, lentamente arando su surco sobre la historia.
Por esto es necesario que los de arriba intervengan en esa vida oscura y pausada de la conciencia anónima y la aguijen y la sensibilicen hasta tornarla diligente; es necesario que los elegidos, los gobernantes, los que ejercen la manufactura de los proyectos, expliquen a los de abajo qué debe hacerse y con qué y para qué. De esta manera se consigue polarizar una nación en el sentido de la emoción guerrera y se puede esperar que el ánimo del pueblo, poniéndose corvo y tenso como el arco de un sagitario, envíe al enemigo la flecha ardiente y vibrante de su entusiasmo.
Mas todo ello parece mejor discutirlo antes o después de la guerra: ya que no ha podido hacerse antes se hará después. Hoy hemos de contentarnos con el hecho de la guerra; la guerra ha comenzado y es menester que la hagamos lo mejor posible. Los comentarios más oportunos deben, por tanto, referirse únicamente a perfeccionar el cuadro de nuestra campaña.
Europa no halla frecuentemente pretexto para mirar a España con atención; aquí no se publican libros profundos, no se hacen grandes inventos científicos e industriales ni son la aerostación y aviación virtudes que practiquemos enérgicamente. Sólo una guerra, y sobre todo ésta, nos coloca ante el anfiteatro europeo: la curiosidad y la codicia avizoran entonces nuestro cuerpo desnudo, tendido sobre la mesa de disección. Los unos, quieren averiguar si seguimos tan desorganizados como diez años ha, si somos tan pobres, si somos tan distraídos e insensatos. Otros, aprovechan el momento para sopesar mil menudencias de nuestro carácter, de nuestro estado de cultura, que ahora salen más crudamente a la superficie. Y yo pienso que, en nuestra situación, el sentimiento más laudable debe ser el pudor nacional.
Mas cuando ayer leía la solicitud que la Orden de Calatrava dirige al rey, sentí, no digo herido, pero lastimado ese sentimiento. Tal solicitud rodará probablemente sobre la dilatada superficie de papel que forma la prensa extranjera. Y tras ella irán comentarios tristes y dolorosos.
El párrafo en que, a mi modo de ver, se ha deslizado una distracción, dice así:
«Creo llegado el momento en que cuantos nos honramos en pertenecer a las Órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, consecuentes con su tradición y con su historia, e inspirados en nuestro acendrado patriotismo y amor al trono, nos aprestemos a cooperar, en unión de nuestro valeroso y sufrido ejército, a la campaña que con tanto heroísmo y abnegación está sosteniendo allá en Marruecos, en defensa del honor nacional; que si exige a todos los que se sienten españoles el sacrificio de la vida y de la hacienda, con más razón lo exige de nosotros, en la actual campaña, dada la índole y creencias de aquellos nuestros tradicionales enemigos».
Creo que, a poco que se medite, no habrá quien dude de que la frase subrayada debería ser suprimida. Sólo pretendo, pues, reclamar de la Orden de Calatrava distraída a la Orden de Calatrava atenta.
Nada más justo y necesario que organismos encargados de sustentar la religión de lo nacional. Las Órdenes militares tienen hoy una misión de alta piedad: cosas muertas, definitivamente muertas, viven aún, merced al culto que ellas mantienen, una semivida de evocación. La historia, que más que ciencia es una iglesia, conserva el pasado: de aquí que un pueblo sin historia sea un pueblo salvaje. ¿Es por ventura pasado lo pasado si no se trae con el recuerdo al presente? ¿Cabe un ayer sin hoy? Las Órdenes militares, de organismos activos, han acertado a convertirse a su hora en guardias de honor de la memoria étnica. ¿Qué puede hacer un pueblo si no tiene organizada la memoria? ¿Quién duda que debiera haber un ministerio de la Recordación?
Gracias a estas Órdenes no hemos olvidado del todo nombres henchidos de la más patente sonoridad histórica, nombres que condensan ecos seculares: Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, palabras que componen un verso heroico, que reconfortan. ¡Sagradas sílabas que significan escuelas de virilidad y de energía para la raza! A mi veneración particular ofrecen, además, un valor extraño: tengo por casi asegurado que el movimiento de unificación peninsular fue prematuro. Los reyes y sus cortes ardían en todos los escolasticismos teológicos, filosóficos, literarios y políticos: del escolasticismo político salió la idea de la unidad, cuando esa idea era sólo una abstracción. Frente a ella, las Órdenes militares representaron el fermento feudal.
Algunos espíritus radicales se cierran, injustamente en mi entender, a la comprensión de lo que es la religión de lo histórico cuando niegan utilidad y sentido dentro de una sociedad moderna a estas comunidades de ornamento y de piedad. Pero esto es un prejuicio de los espíritus radicales, demasiado abiertos a la fe en la palingenesia. No; las transformaciones súbitas, además de imposibles dentro del universo, serían malsanas y acabarían con lo pintoresco. Las ciudades modernas, improvisadas, de los Estados Unidos, son muy poco interesantes; sus calles tiradas a cordel, sus barrios geométricos, revelan que salieron repentina e íntegramente de la cabeza de un arquitecto municipal. Son demasiado lógicas, harto matemáticas para ser atractivas. Lo pintoresco es siempre lo contrario de lo racional. Lo pintoresco es el desnivel. Toledo, con sus cuestas, permite al que transita las tortuosas callejas imaginarse en cada instante, que es él el centro de la altiva ciudad.
Como en el espacio, hay en el tiempo cierto desnivel pintoresco. Una sociedad perfecta, a la manera que un razonamiento algébrico, ¿no sería atrozmente pálida, inmóvil, fría? Conviene que el hoy contenga residuos patinosos del ayer y algunas inquietantes anticipaciones del mañana. Gracias a este desnivel va rodando el mundo, y, aunque pudiera irnos mejor, todavía son pensables más crueles destinos.
No creo, pues, alimentar prejuicio teórico alguno frente a las Órdenes militares, y esto me permite advertir que corren un peligro: hemos visto que son sumamente respetables como órganos de la veneración hacia el pasado, como instrumentos de reminiscencia. Muy bien está que, consecuentemente, mantengan el uso de vestiduras, ceremonias y hasta ciertas fórmulas tradicionales. Pero el deber, sagrado pienso yo, de recordar lo pretérito no ha de herir jamás otro deber tal vez superior: el de respetar la hora en que se vive, no intentando traer a lo presente, como realidad, lo que sólo como recuerdo es respetable.
La creación de las Órdenes militares, sus campañas de Grecia y Jerusalén, fueron hechos de incomparable fecundidad para la cultura. Al volver a Europa, trajeron los cruzados el germen de la sabiduría helénica-oriental e iniciaron el Renacimiento. Es, sin embargo, erróneo creer que se fundaron para hacer la guerra santa, predicada por Pedro el Ermitaño y San Bernardo. El Islam era entonces más que un riesgo teológico, una amenaza política: se hacía forzoso asegurar las marcas orientales del mundo europeo. Lo propio ocurrió con nuestras Órdenes castizas, que viviendo en avanzada sobre los árabes y berberiscos, reconquistaban, no un credo religioso, sino la tierra nativa, los campos fértiles mejorados por sabio regadío y servían de cauce para que la espléndida civilización toledana, cordobí, sevillana, granadina, enriquecieran el alma española.
Aquellos hombres de prez pensaban también —¿quién podrá negarlo?— en el triunfo de la cruz sobre la media luna. Eran bravos corazones, pero escasamente cultivados; en este respecto les superaban algunos ciudadanos de Córdoba y Buxía. Ignoraban la religión islámica, les parecía despreciable; quizá por esto la odiaban.
He aquí lo que no me parece lícito resucitar a la hora presente. Bien que movamos guerra a los rifeños de cabeza puntiaguda. Parece ser que esta guerra es útil, parece que es necesaria. Eso dicen. Yo no lo sé. Hagamos pues, la guerra. Pero evitemos la vieja mise en scène sentimental: los hombres de Europa sonreirían malignamente. No saquemos, por Dios, la hostilidad teológica, no pretendamos reproducir la opinión bárbara que sobre el islamismo tenían los cruzados del siglo XI, los calatravos del siglo XII.
I cannot say now whether, were the Spanish people offered the choice between making the Melilla war or not making it, it would prefer to make it. I can only say that the right of choice has not been granted to it. In other countries, military campaigns of this type are usually preceded by a double preparation, which only the government can take charge of: on the one hand the technical and economic foresight, thanks to which the war begins with brilliant security and continues with abundance. On the other, the organization of the public spirit. The national mass is not responsible for the slowness with which it learns of things nor for the tardiness in its decisions. The diffuse conscience of the crowds, the popular soul, thinks, feels and wills more slowly than the individual; like the oxen with crooked feet, it walks step by step, slowly ploughing its furrow upon history.
For this reason it is necessary that those above intervene in that dark and unhurried life of the anonymous conscience and goad it and sensitize it until they make it diligent; it is necessary that the chosen, the rulers, those who exercise the manufacture of projects, explain to those below what must be done and with what and for what. In this manner one succeeds in polarizing a nation in the sense of the warrior emotion, and one can hope that the spirit of the people, becoming curved and taut like the bow of a sagittary, will send to the enemy the burning and vibrating arrow of its enthusiasm.
But all that seems better discussed before or after the war: since it could not be done before, it will be done after. Today we must content ourselves with the fact of the war; the war has begun and it is necessary that we make it as well as possible. The most opportune comments must, therefore, refer only to perfecting the picture of our campaign.
Europe does not frequently find a pretext to look at Spain with attention; here no profound books are published, no great scientific and industrial inventions are made, nor are aerostation and aviation virtues that we practise energetically. Only a war, and above all this one, places us before the European amphitheatre: curiosity and greed then spy out our naked body, stretched upon the dissection table. Some want to ascertain whether we remain as disorganized as ten years ago, whether we are so poor, whether we are so absent-minded and senseless. Others take advantage of the moment to weigh a thousand minutiae of our character, of our state of culture, which now come out more crudely to the surface. And I think that, in our situation, the most laudable sentiment must be national modesty.
But when yesterday I read the petition that the Order of Calatrava addresses to the king, I felt, I will not say wounded, but hurt in that sentiment. Such a petition will probably roll over the dilated paper surface that forms the foreign press. And behind it will go sad and painful comments.
The paragraph in which, to my way of seeing, a distraction has slipped in, runs thus:
“I believe the moment has arrived when all of us who are honoured to belong to the military Orders of Santiago, Calatrava, Alcántara and Montesa, consistent with their tradition and with their history, and inspired by our fervent patriotism and love of the throne, should prepare to cooperate, in union with our valiant and long-suffering army, in the campaign that with so much heroism and abnegation it is sustaining over there in Morocco, in defence of national honour; for if it demands of all who feel themselves Spaniards the sacrifice of life and estate, with all the more reason it demands it of us, in the present campaign, given the nature and beliefs of those our traditional enemies”.
I believe that, with a little reflection, there will be no one who doubts that the underlined phrase should be suppressed. I intend, then, only to claim from the inattentive Order of Calatrava the attentive Order of Calatrava.
Nothing is more just and necessary than bodies entrusted with sustaining the religion of the national. The military Orders have today a mission of high piety: things dead, definitively dead, still live, thanks to the cult they maintain, a half-life of evocation. History, which more than a science is a church, preserves the past: hence a people without history is a savage people. Is the past perchance past if it is not brought with remembrance to the present? Is there room for a yesterday without today? The military Orders, from active organisms, have succeeded in turning, in their hour, into honour-guards of the ethnic memory. What can a people do if it has not organized memory? Who doubts that there ought to be a ministry of Remembrance?
Thanks to these Orders we have not entirely forgotten names full of the most patent historical sonority, names that condense secular echoes: Santiago, Calatrava, Alcántara and Montesa, words that compose a heroic verse, that bring comfort. Sacred syllables that signify schools of virility and of energy for the race! To my particular veneration they offer, moreover, a strange value: I hold it almost assured that the movement of peninsular unification was premature. The kings and their courts burned in all the theological, philosophical, literary and political scholasticisms: from political scholasticism came forth the idea of unity, when that idea was only an abstraction. Against it, the military Orders represented the feudal ferment.
Some radical spirits close themselves, unjustly to my understanding, to the comprehension of what the religion of the historical is, when they deny utility and sense, within a modern society, to these communities of ornament and of piety. But this is a prejudice of radical spirits, too open to faith in palingenesis. No; sudden transformations, besides being impossible within the universe, would be unhealthy and would finish off the picturesque. The modern, improvised cities of the United States are very little interesting; their streets laid out by the cord, their geometric districts, reveal that they came out suddenly and integrally from the head of a municipal architect. They are too logical, too mathematical by far to be attractive. The picturesque is always the contrary of the rational. The picturesque is the unevenness. Toledo, with its slopes, allows him who traverses the tortuous alleys to imagine himself at every instant the centre of the haughty city.
As in space, so in time there is a certain picturesque unevenness. A perfect society, in the manner of an algebraic reasoning, would it not be atrociously pale, immobile, cold? It is fitting that today contain the patinated residues of yesterday and some disquieting anticipations of tomorrow. Thanks to this unevenness the world goes rolling on, and, although it could go better for us, crueller destinies are still thinkable.
I do not believe, then, that I feed any theoretical prejudice against the military Orders, and this allows me to warn that they run a danger: we have seen that they are supremely respectable as organs of veneration toward the past, as instruments of reminiscence. Very well it is that, consequently, they maintain the use of vestments, ceremonies and even certain traditional formulas. But the duty, sacred I think, of remembering the past must never wound another duty perhaps superior: that of respecting the hour in which one lives, not attempting to bring to the present, as reality, what only as a memory is respectable.
The creation of the military Orders, their campaigns of Greece and Jerusalem, were facts of incomparable fecundity for culture. On returning to Europe, the crusaders brought the germ of Hellenic-oriental wisdom and initiated the Renaissance. It is, however, erroneous to believe that they were founded to make the holy war, preached by Peter the Hermit and Saint Bernard. Islam was then more than a theological risk, a political threat: it became imperative to secure the eastern marches of the European world. The same occurred with our native Orders, which, living in the vanguard against the Arabs and Berbers, reconquered, not a religious creed, but the native land, the fertile fields improved by wise irrigation, and served as a channel so that the splendid civilization of Toledo, of Córdoba, of Seville and of Granada might enrich the Spanish soul.
Those men of worth thought also —who could deny it?— of the triumph of the cross over the crescent. They were brave hearts, but scarcely cultivated; in this respect some citizens of Córdoba and Bugia surpassed them. They were ignorant of the Islamic religion; it seemed to them contemptible; perhaps for this they hated it.
Here is what does not seem to me licit to resurrect in the present hour. Very well that we move war against the pointed-headed Riffians. It seems that this war is useful, it seems that it is necessary. So they say. I do not know. Let us make, then, the war. But let us avoid the old sentimental mise en scène: the men of Europe would smile malignantly. Let us not, for God’s sake, bring out theological hostility, let us not pretend to reproduce the barbarous opinion that the crusaders of the eleventh century, the Calatravans of the twelfth, had of Islam.
Io non posso dire ora se, proponendo al popolo spagnolo la scelta tra fare la guerra di Melilla o non farla, questo preferisse farla. Posso solo dire che non gli è stato concesso il diritto di scelta. In altri paesi, alle campagne belliche di questo tipo suole precedere una doppia preparazione, di cui solo il governo può incaricarsi: da un lato la previsione tecnica ed economica, grazie alle quali la guerra si inizi con brillante sicurezza e prosegua con abbondanza. Dall’altro l’organizzazione dello spirito pubblico. La massa nazionale non è responsabile della lentezza con cui si informa delle cose né della morosità nelle sue decisioni. La coscienza diffusa delle folle, l’anima popolare pensa, sente e vuole più lentamente dell’individuo; come i buoi dai piedi curvi, cammina passo a passo, arando lentamente il suo solco sulla storia.
Per questo è necessario che quelli di sopra intervengano in quella vita oscura e pausata della coscienza anonima e la stimolino e la sensibilizzino fino a renderla diligente; è necessario che gli eletti, i governanti, quelli che esercitano la manifattura dei progetti, spieghino a quelli di sotto che cosa si deve fare e con che cosa e perché. In questa maniera si riesce a polarizzare una nazione nel senso dell’emozione guerriera, e si può sperare che l’animo del popolo, facendosi curvo e teso come l’arco di un sagittario, invii al nemico la freccia ardente e vibrante del suo entusiasmo.
Ma tutto ciò sembra meglio discuterlo prima o dopo la guerra: giacché non ha potuto farsi prima, si farà dopo. Oggi dobbiamo contentarci del fatto della guerra; la guerra è cominciata ed è necessario che la facciamo nel miglior modo possibile. I commenti più opportuni devono, pertanto, riferirsi unicamente a perfezionare il quadro della nostra campagna.
L’Europa non trova frequentemente pretesto per guardare alla Spagna con attenzione; qui non si pubblicano libri profondi, non si fanno grandi invenzioni scientifiche e industriali né sono l’aerostazione e l’aviazione virtù che pratichiamo energicamente. Solo una guerra, e soprattutto questa, ci colloca davanti all’anfiteatro europeo: la curiosità e la cupidigia avvistano allora il nostro corpo nudo, disteso sul tavolo di dissezione. Gli uni vogliono indagare se continuiamo a essere così disorganizzati come dieci anni fa, se siamo così poveri, se siamo così distratti e insensati. Altri approfittano del momento per soppesare mille minuzie del nostro carattere, del nostro stato di cultura, che ora affiorano più crudamente alla superficie. E io penso che, nella nostra situazione, il sentimento più laudabile debba essere il pudore nazionale.
Ma quando ieri leggevo la petizione che l’Ordine di Calatrava dirige al re, sentii, non dico ferito, ma leso quel sentimento. Tale petizione rotolerà probabilmente sulla dilatata superficie di carta che forma la stampa estera. E dietro ad essa andranno commenti tristi e dolorosi.
Il paragrafo in cui, a mio modo di vedere, si è insinuata una distrazione, dice così:
«Credo giunto il momento in cui quanti ci onoriamo di appartenere agli Ordini militari di Santiago, Calatrava, Alcántara e Montesa, coerenti con la loro tradizione e con la loro storia, e ispirati dal nostro acceso patriottismo e amore al trono, ci accingiamo a cooperare, in unione col nostro valoroso e sofferente esercito, alla campagna che con tanto eroismo e abnegazione sta sostenendo laggiù in Marocco, in difesa dell’onore nazionale; che se esige a tutti coloro che si sentono spagnoli il sacrificio della vita e dell’avere, con più ragione lo esige da noi, nell’attuale campagna, data l’indole e le credenze di quelli nostri tradizionali nemici».
Credo che, a poco che si mediti, non ci sarà chi dubiti che la frase sottolineata dovrebbe essere soppressa. Solo pretendo, dunque, reclamare dall’Ordine di Calatrava distratto l’Ordine di Calatrava attento.
Nulla più giusto e necessario che organismi incaricati di sostenere la religione del nazionale. Gli Ordini militari hanno oggi una missione di alta pietà: cose morte, definitivamente morte, vivono ancora, grazie al culto che essi mantengono, una semivita di evocazione. La storia, che più che scienza è una chiesa, conserva il passato: di qui che un popolo senza storia sia un popolo selvaggio. È per ventura passato il passato se non si reca col ricordo al presente? C’è posto per un ieri senza oggi? Gli Ordini militari, da organismi attivi, sono riusciti a convertirsi a loro ora in guardie d’onore della memoria etnica. Che cosa può fare un popolo se non ha organizzata la memoria? Chi dubita che dovrebbe esserci un ministero della Rimembranza?
Grazie a questi Ordini non abbiamo dimenticato del tutto nomi pieni della più patente sonorità storica, nomi che condensano echi secolari: Santiago, Calatrava, Alcántara e Montesa, parole che compongono un verso eroico, che riconfortano. Sacre sillabe che significano scuole di virilità e di energia per la razza! Alla mia venerazione particolare offrono, inoltre, un valore strano: tengo per quasi assicurato che il movimento di unificazione peninsulare fu prematuro. I re e le loro corti ardevano in tutti gli scolasticismi teologici, filosofici, letterari e politici: dallo scolasticismo politico uscì l’idea dell’unità, quando quell’idea era solo un’astrazione. Di fronte ad essa, gli Ordini militari rappresentarono il fermento feudale.
Alcuni spiriti radicali si chiudono, ingiustamente a mio intendere, alla comprensione di che cosa sia la religione dello storico, quando negano utilità e senso dentro una società moderna a queste comunità di ornamento e di pietà. Ma questo è un pregiudizio degli spiriti radicali, troppo aperti alla fede nella palingenesi. No; le trasformazioni improvvise, oltre che impossibili dentro l’universo, sarebbero malsane e finirebbero col pittoresco. Le città moderne, improvvisate, degli Stati Uniti sono molto poco interessanti; le loro strade tirate a fil di corda, i loro quartieri geometrici, rivelano che uscirono repentinamente e integralmente dalla testa di un architetto municipale. Sono troppo logiche, fin troppo matematiche per essere attraenti. Il pittoresco è sempre il contrario del razionale. Il pittoresco è il dislivello. Toledo, con le sue salite, permette a chi percorre i tortuosi vicoli di immaginarsi in ogni istante che è lui il centro dell’alterissima città.
Come nello spazio, c’è nel tempo un certo dislivello pittoresco. Una società perfetta, alla maniera di un ragionamento algebrico, non sarebbe atrocemente pallida, immobile, fredda? Conviene che l’oggi contenga residui patinosi dell’ieri e alcune inquietanti anticipazioni del domani. Grazie a questo dislivello va rotolando il mondo, e, sebbene potrebbe andarci meglio, sono ancora pensabili destini più crudeli.
Non credo, dunque, di alimentare pregiudizio teorico alcuno di fronte agli Ordini militari, e questo mi permette di avvertire che corrono un pericolo: abbiamo visto che sono sommamente rispettabili come organi della venerazione verso il passato, come strumenti di reminiscenza. Molto bene sta che, conseguentemente, mantengano l’uso di vestimenta, cerimonie e persino certe formule tradizionali. Ma il dovere, sacro penso io, di ricordare il preterito non deve ferire mai un altro dovere forse superiore: quello di rispettare l’ora in cui si vive, non tentando di portare al presente, come realtà, ciò che solo come ricordo è rispettabile.
La creazione degli Ordini militari, le loro campagne di Grecia e Gerusalemme, furono fatti di incomparabile fecondità per la cultura. Tornando in Europa, i crociati portarono il germe della sapienza ellenico-orientale e iniziarono il Rinascimento. È, tuttavia, erroneo credere che si fondarono per fare la guerra santa, predicata da Pietro l’Eremita e San Bernardo. L’Islam era allora più che un rischio teologico, una minaccia politica: si faceva forzoso assicurare le marche orientali del mondo europeo. Lo proprio accadde con i nostri Ordini castizi, che vivendo in avanguardia sugli arabi e berberi, riconquistavano, non un credo religioso, ma la terra nativa, i campi fertili migliorati da sapiente irrigazione, e servivano di canale perché la splendida civiltà toledana, cordovana, sivigliana, granadina, arricchisse l’anima spagnola.
Quegli uomini di pregio pensavano anche —chi potrà negarlo?— al trionfo della croce sulla mezzaluna. Erano coraggiosi cuori, ma scarsamente coltivati; in questo rispetto li superavano alcuni cittadini di Cordova e Bugia. Ignoravano la religione islamica, gli pareva spregevole; forse per questo la odiavano.
Ecco ciò che non mi pare lecito risuscitare nell’ora presente. Sta bene che muoviamo guerra ai riffani dalla testa appuntita. Pare che questa guerra sia utile, pare che sia necessaria. Questo dicono. Io non lo so. Facciamo, dunque, la guerra. Ma evitiamo la vecchia mise en scène sentimentale: gli uomini d’Europa sorriderebbero malignamente. Non tiriamo fuori, per Dio, l’ostilità teologica, non pretendiamo di riprodurre l’opinione barbara che sull’islamismo avevano i crociati del secolo XI, i calatravi del secolo XII.
Existe una moralidad moderna: no es lícito insertar en ella trozos de la ética medioeval. Las creencias religiosas que en otro tiempo eran santas sólo para sus fieles lo son hoy para todos. La discrepancia en la fe no puede servir jamás de pretexto para encarecer la hostilidad.
Los amores tradicionalistas son respetables y justificados. Pero no todo tiene derecho a la tradición. La tradición del error, la tradición del odio son incompatibles con el avance de la cultura.
Hagamos la guerra; pero, en serio, es decir, sin la ficción del odio. ¿Cómo vamos a odiar a la gente morisca? Las torres mudéjares de los pueblos de España recortándose encendidas sobre el cielo azul nos han puesto en las venas una tradición de ingenioso encanto, y todos algún día, en la Alhambra o la Mezquita cordobesa, por entre el dibujo graciosamente enmarañado de las paredes, hemos perseguido con delicia un ensueño bereber.
El Imparcial, 17 de agosto de 1909
There exists a modern morality: it is not licit to insert into it pieces of medieval ethics. The religious beliefs that in another time were holy only for their faithful are so today for all. Discrepancy in faith can never serve as a pretext for heightening hostility.
Traditionalist affections are respectable and justified. But not everything has a right to tradition. The tradition of error, the tradition of hatred are incompatible with the advance of culture.
Let us make war; but, seriously, that is, without the fiction of hatred. How are we to hate the Moorish people? The Mudéjar towers of the towns of Spain, silhouetted blazing against the blue sky, have put into our veins a tradition of ingenious charm, and all of us, some day, in the Alhambra or the mosque of Córdoba, amid the gracefully tangled tracery of the walls, have pursued with delight a Berber daydream.
El Imparcial, 17 August 1909
Esiste una moralità moderna: non è lecito inserire in essa pezzi dell’etica medioevale. Le credenze religiose che in altro tempo erano sante soltanto per i loro fedeli lo sono oggi per tutti. La discrepanza nella fede non può mai servire di pretesto per inasprire l’ostilità.
Gli amori tradizionalisti sono rispettabili e giustificati. Ma non tutto ha diritto alla tradizione. La tradizione dell’errore, la tradizione dell’odio sono incompatibili con l’avanzare della cultura.
Facciamo la guerra; ma, sul serio, cioè senza la finzione dell’odio. Come potremmo odiare la gente moresca? Le torri mudéjar dei paesi di Spagna, ritagliandosi accese sul cielo azzurro, ci hanno messo nelle vene una tradizione di ingegnoso incanto, e tutti, un giorno, nell’Alhambra o nella Moschea cordovese, tra il disegno graziosamente aggrovigliato delle pareti, abbiamo inseguito con delizia un sogno berbero.
L’Imparziale, 17 agosto 1909