Ortega y Gasset

Abstract

A criticism of Melquíades Álvarez’s announced collaboration with the liberal party: the reformist party was the first «other» party, and the Spanish people learned its distrust precisely from the two alternating parties; without a minimum of predisposed public trust no party can govern. Political topicality.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Tal vez, tal vez… Porque si no, no se comprende que las pocas palabras en su discurso dedicadas a la política nacional e interna sean para incitar al partido reformista hacia una colaboración con los llamados liberales, con el viejo partido asmático y caduco que ha extirpado de la conciencia pública casi todas las esperanzas.

¿Cómo es esto posible? Nació el partido reformista a su vida actual como un afán de nuevos usos políticos. Rompía de un lado el conjuro republicano, que ha hecho ineficaces a tantos hombres puros de nuestra España; de otro lado reunía en torno suyo gentes nuevas que habían hecho hasta entonces —con no poco trabajo algunas— de su no incorporación a los dos partidos gobernantes su formal actitud política. Para los que no somos aún viejos, significaba esencialmente el primer partido a cuyo nacimiento asistíamos, el primer partido «nuevo», el primer partido «otro», es decir, otro que el liberal y el conservador.

¿Por qué esta convicción mía y de otros muchos —en rigor, de todo el pueblo español a despecho de las apariencias— de que es preciso aniquilar esos dos partidos monstruosos que están aún en pie, como dicen que después de muertos siguen en pie los elefantes? Las razones son muchas y complejas; exponerlas equivaldría a hacer un análisis del alma española actual. Quede para otro vagar. En mi conferencia Vieja y nueva política dije algo sobre ello y algo también en un artículo titulado «De un estorbo nacional» que comenzó a publicarse en El Imparcial y acabó de salir a la luz en El País.

Mas hay un hecho bien simple de decir que nos ahorra muchas consideraciones y que nadie podrá honestamente negar; este hecho es la perfecta desconfianza que sienten los españoles por la política. No esperan de ella nada bueno; rebosando suspicacia, han llegado a pensar que todo político no es sino un ambicioso vulgar o un vulgar negociante. El desprestigio del hombre político, dentro de la conciencia pública, no tiene ya límites conocidos.

Éste es el hecho. Ahora, una pregunta: ¿Dónde ha aprendido el pueblo español esa desconfianza? Evidentemente, en los actos de aquellos partidos que ha tenido desde hace cuarenta años delante de sus ojos: el liberal y el conservador. Estos dos partidos han sido los grandes fabricantes de la desesperanza española; la han producido a torrentes, han inundado de ella toda el área nacional.

Ahora bien, ¿puede en serio creerse que quepa gobernar sin un mínimum de confianza predispuesta en los corazones de las gentes? Por no gozar de ese mínimum no pueden gobernar liberales ni conservadores, y se limitan a cuidar del orden público. Ningún problema hondo puede ser atacado ni en la Hacienda, ni en la Administración gubernativa, ni en el Ejército, ni en Instrucción pública. Como ha dicho graciosamente el señor Sánchez de Toca, los ministros se constituyen en centinelas puestos a la puerta de los despachos, para impedir que entre en éstos asunto alguno de importancia.

Adquirir esa mínima porción de confianza pública es, pues, hoy la condición a que un partido nuevo tiene que supeditar todas sus actitudes. Sin eso, el contenido concreto del programa, sea el que fuere, no tendrá ningún valor. Vano será que el partido reformista aspire a la libertad y a la democracia si no se cuida de colgar a la cabecera de su política una piel de armiño. En política no basta con ser lo que se es: hace falta parecerlo.

Por esto, convenía al partido reformista que, como aquel Pierres Papin, señor de las baronías de Utrique, tiene aún las armas blancas y sin empresa alguna, mantener intacta su piel de armiño y aguardar, si se cree que no es ahora tiempo, a cumplir con su solo brazo alguna hazaña. Por el contrario, anuncia el señor Álvarez una colaboración con el partido liberal. Y la gente se pregunta: ¿cómo es esto? ¿Ha acontecido algo nuevo en el partido liberal que permita esperar de él alguna labor? Sus hombres representativos viven envueltos en una atmósfera de popularidad invertida. Acercarse a ellos, aun en la forma desinteresada a que alude, curándose en salud, don Melquíades Álvarez, es tomar generosamente sobre sí una parte de esa popular impopularidad. ¿Y todo ello para qué? Decir que si un día son presentadas reformas claras, liberales y eficaces, el partido reformista las votará, es decir una cosa innecesaria por lo evidente: lo propio tendrá que hacer si las presentan los conservadores. Mas nadie cree que haya hoy pretexto para esperar esas reformas. El mismo señor Álvarez, para encontrar tal esperanza, tiene que dar la vuelta al mundo y fundarla en el cataclismo europeo.

Decía Gracián que el tiempo es muy sabio, por lo viejo y por lo experimentado. También lo es el partido liberal, que es viejo, viejo como un zorro viejo. ¿Qué va a ganar el armiño, sin más arma que su blancura, emparejándose con el zorro?

Sólo tiene una explicación esta actitud del partido reformista, y es la siguiente: aun en ánimos fuertes y entusiastas, ha llegado a triunfar la opinión —en mi entender equivocada— de que nuestro pueblo es sordo a todo requerimiento, o, como se suele decir, no hay opinión pública sobre la cual apoyarse para abrir brechas en los muros podridos de la política. Quien tal piensa contrae el deber de pactar con aquellos medios equívocos, pero únicos, que permitan a las buenas intenciones influir en el Gobierno del país.

Reconozco que sería ésta una política perfectamente honrada, sería, en efecto, la honrada política de la resignación.

De las dos políticas imaginables, ésta es una. Pero hay quien resueltamente prefiere la otra.

España, 14 de mayo de 1915

Perhaps, perhaps. Because if not, it is incomprehensible that the few words in his speech devoted to national and domestic policy should serve to incite the reformist party toward a collaboration with the so-called liberals, with the old asthmatic and decrepit party that has extirpated from the public consciousness almost all hopes.

How is this possible? The reformist party was born into its present life as an aspiration for new political practices. On one hand, it broke the republican spell, which has rendered so many pure men of our Spain ineffectual; on the other hand, it gathered around itself new people who had until then—some of them with no little effort—made their non-incorporation into the two governing parties their formal political stance. For those of us who are not yet old, it meant essentially the first party at whose birth we assisted, the first “new” party, the first “other” party, that is, other than the Liberal and the Conservative.

Why this conviction of mine and of many others—strictly speaking, of the whole Spanish people despite appearances—that it is necessary to annihilate those two monstrous parties that are still standing, as they say that elephants remain standing after death? The reasons are many and complex; to set them forth would amount to an analysis of the present Spanish soul. Let that wait for another leisure. In my lecture Vieja y nueva política I said something on this matter, and also something in an article titled «De un estorbo nacional» which began to appear in El Imparcial and finished coming to light in El País.

But there is a fact very simple to state that saves us many considerations and that no one can honestly deny; this fact is the perfect distrust that Spaniards feel for politics. They expect nothing good from it; overflowing with suspicion, they have come to think that every politician is nothing but a vulgar ambitious man or a vulgar businessman. The discredit of the political man, within the public consciousness, has no longer any known limits.

This is the fact. Now, a question: Where has the Spanish people learned that distrust? Evidently, in the acts of those parties that it has had before its eyes for forty years: the liberal and the conservative. These two parties have been the great manufacturers of Spanish hopelessness; they have produced it in torrents, they have inundated with it the entire national area.

Now then, can it seriously be believed that it is possible to govern without a minimum of predisposed confidence in the hearts of the people? For want of enjoying that minimum, neither liberals nor conservatives can govern, and they confine themselves to looking after public order. No profound problem can be attacked, whether in the Treasury, or in governmental Administration, or in the Army, or in Public Instruction. As Señor Sánchez de Toca has wittily said, ministers constitute themselves sentinels posted at the door of their offices, to prevent any matter of importance from entering them.

To acquire that minimal portion of public confidence is, then, today the condition to which a new party must subordinate all its attitudes. Without that, the concrete content of the program, whatever it may be, will have no value. It will be in vain for the reformist party to aspire to liberty and to democracy if it does not take care to hang at the head of its policy an ermine skin. In politics it is not enough to be what one is: one must appear it.

Therefore it behooved the reformist party, which like that Pierres Papin, lord of the baronies of Utrique, still bears its arms plain and without device, to keep its ermine skin unstained and to await, if it be believed that this is not the time, the accomplishment with its single arm of some feat. On the contrary, Señor Álvarez announces a collaboration with the liberal party. And people ask: how is this? Has something new befallen the liberal party that might allow one to expect some labor from it? Its representative men live enveloped in an atmosphere of inverted popularity. To approach them, even in the disinterested manner to which Don Melquíades Álvarez alludes, while protecting his health, is to take generously upon oneself a share of that popular unpopularity. And all this to what end? To say that if one day clear, liberal and effective reforms are presented, the reformist party will vote for them, is to say a thing unnecessary by its very evidentness: the same it will have to do if the conservatives present them. But no one believes that there is today any pretext for expecting those reforms. Señor Álvarez himself, in order to find such hope, must go round the world and found it upon the European cataclysm.

Gracián said that time is very wise, for being old and experienced. So is the liberal party, which is old, old as an old fox. What will the ermine gain, with no weapon other than its whiteness, by pairing up with the fox?

This attitude of the reformist party has only one explanation, and it is the following: even in strong and enthusiastic minds, the opinion has come to prevail—in my view mistaken—that our people are deaf to every requirement, or, as is commonly said, there is no public opinion upon which to rely to open breaches in the rotten walls of politics. Whoever thinks this contracts the duty of making a pact with those equivocal, but sole, means that allow good intentions to influence the Government of the country.

I recognize that this would be a perfectly honorable policy; it would, in effect, be the honorable policy of resignation.

Of the two imaginable policies, this is one. But there are those who resolutely prefer the other.

Spain, 14 May 1915

Forse, forse. Perché altrimenti non si comprende che le poche parole nel suo discorso dedicate alla politica nazionale e interna siano per incitare il partito riformista verso una collaborazione con i cosiddetti liberali, con il vecchio partito asmatico e caduco che ha estirpato dalla coscienza pubblica quasi tutte le speranze.

Come è possibile ciò? Il partito riformista nacque alla sua vita attuale come un anelito di nuovi usi politici. Rompeva da un lato l’incantesimo repubblicano, che ha reso inefficaci tanti uomini puri della nostra Spagna; dall’altro lato raccoglieva intorno a sé genti nuove che avevano fatto fino ad allora —non senza poca fatica alcune— della loro non incorporazione ai due partiti governanti la loro formale attitudine politica. Per quelli di noi che non siamo ancora vecchi, significava essenzialmente il primo partito alla cui nascita assistevamo, il primo partito «nuovo», il primo partito «altro», cioè altro che il liberale e il conservatore.

Perché questa convinzione mia e di molti altri —in realtà, di tutto il popolo spagnolo a dispetto delle apparenze— che sia necessario annientare quei due partiti mostruosi che stanno ancora in piedi, come si dice che dopo morti restino in piedi gli elefanti? Le ragioni sono molte e complesse; esporle equivarrebbe a fare un’analisi dell’anima spagnola attuale. Resti per altro tempo. Nella mia conferenza Vecchia e nuova politica dissi qualcosa su ciò e qualcosa anche in un articolo intitolato «Di un ostacolo nazionale» che cominciò a pubblicarsi su El Imparcial e finì di uscire alla luce su El País.

Ma c’è un fatto ben semplice a dirsi che ci risparmia molte considerazioni e che nessuno potrà onestamente negare; questo fatto è la perfetta sfiducia che gli spagnoli provano per la politica. Non si aspettano da essa nulla di buono; traboccando di sospetto, sono giunti a pensare che ogni politico non sia altro che un ambizioso volgare o un volgare affarista. Il discredito dell’uomo politico, nella coscienza pubblica, non ha ormai limiti conosciuti.

Questo è il fatto. Ora, una domanda: Dove ha appreso il popolo spagnolo quella sfiducia? Evidentemente, negli atti di quei partiti che ha avuto da quarant’anni davanti ai suoi occhi: il liberale e il conservatore. Questi due partiti sono stati i grandi fabbricanti della disperanza spagnola; l’hanno prodotta a torrenti, hanno inondato di essa tutta l’area nazionale.

Ora, può seriamente credersi che si possa governare senza un minimum di fiducia predisposta nei cuori delle genti? Non godendo di questo minimum, non possono governare né liberali né conservatori, e si limitano a curare l’ordine pubblico. Nessun problema profondo può essere affrontato né nelle finanze, né nell’amministrazione governativa, né nell’esercito, né nell’istruzione pubblica. Come ha detto argutamente il signor Sánchez de Toca, i ministri si costituiscono in sentinelle poste alla porta degli uffici, per impedire che entri in questi alcuna

Acquistare quella minima porzione di fiducia pubblica è, dunque, oggi la condizione a cui un partito nuovo deve subordinare tutti i suoi atteggiamenti. Senza questo, il contenuto concreto del programma, quale che sia, non avrà alcun valore. Vano sarà che il partito riformista aspiri alla libertà e alla democrazia se non si cura di appendere alla testata della sua politica una pelle d’ermellino. In politica non basta essere ciò che si è: bisogna sembrarlo.

Per questo, conveniva al partito riformista, che, come quel Pierres Papin, signore delle baronie di Utrique, ha ancora le armi bianche e senza impresa alcuna, mantenere intatta la sua pelle di armellino e attendere, se si crede che non sia ora il momento, di compiere con il suo solo braccio qualche impresa. Al contrario, il signor Álvarez annuncia una collaborazione col partito liberale. E la gente si domanda: com’è ciò? È accaduto qualcosa di nuovo nel partito liberale che permetta di attendersi da esso qualche opera? I suoi uomini rappresentativi vivono avvolti in un’atmosfera di popolarità invertita. Avvicinarsi a loro, anche nella forma disinteressata a cui allude, premunendosi, don Melquíades Álvarez, è prendere generosamente su di sé una parte di quella popolare impopolarità. E tutto ciò a che pro? Dire che se un giorno sono presentate riforme chiare, liberali ed efficaci, il partito riformista le voterà, è dire una cosa superflua per l’evidenza: lo stesso dovrà fare se le presentano i conservatori. Ma nessuno crede che vi sia oggi pretesto per attendersi queste riforme. Lo stesso signor Álvarez, per trovare tale speranza, deve fare il giro del mondo e fondarla sul cataclisma europeo.

Diceva Gracián che il tempo è molto saggio, per la vecchiaia e per l’esperienza. Lo è anche il partito liberale, che è vecchio, vecchio come una vecchia volpe. Che cosa guadagnerà l’armellino, senz’altra arma che il suo candore, accoppiandosi con la volpe?

Questo atteggiamento del partito riformista ha una sola spiegazione, ed è la seguente: anche negli animi forti ed entusiasti, è giunta a trionfare l’opinione —a mio avviso errata— che il nostro popolo sia sordo a ogni richiesta, o, come si suol dire, non vi è opinione pubblica sulla quale appoggiarsi per aprire brecce nei muri putridi della politica. Chi così pensa contrae il dovere di pattuire con quei mezzi equivoci, ma unici, che consentano alle buone intenzioni di influire sul Governo del paese.

Riconosco che sarebbe questa una politica perfettamente onorevole, sarebbe, in effetti, l’onorevole politica della rassegnazione.

Delle due politiche immaginabili, questa è una. Ma c’è chi risolutamente preferisce l’altra.

Spagna, 14 maggio 1915.