Ortega y Gasset

Abstract

His inaugural article in El Sol: a programme of «midday will», a better Spain that demands above all more intelligence from every Spaniard and world-sized dimensions for its ideas. The second part is topical polemic against War Minister La Cierva’s note forbidding the press certain subjects.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

EL HOMBRE DE LA CALLE ESCRIBE…

Por vez primera aparece mi nombre semioscuro en este periódico, cuyas columnas espero frecuentar. Ya que no pueda otra cosa, quisiera verter en sus moldes mis esperanzas españolas. Lector, he de hablarte a menudo desde El Sol sobre cosas de la tierra, especialmente sobre cosas políticas de la tierra, y más especialmente todavía sobre cosas políticas de la tierra de España.

El título de este periódico significa, ante todo, un deseo de ver las cosas claras. Frente a cualquier hecho o problema equivale, pues, a un imperativo de mayor claridad y a una apelación que del crepúsculo hacemos al mediodía.

Recuerda, lector, el do de pecho que un día daba nuestro viejo maestro Goethe:

Yo me declaro del linaje de ésos que de lo oscuro hacia lo claro aspiran.

Aspiremos, pues, hacia lo claro en las cosas de España, que son nuestras cosas. Exijámonos y exijamos de los demás una magnífica voluntad de mediodía. Queremos y creemos posible una España mejor —más fuerte, más rica, más noble, más bella. Esta España mejor no nos puede caer de la luna, ni siquiera de El Sol. Para lograrla es menester que nos hagamos todos un poco mejores en todo: que un afán de vida poderosa, limpia y clara despierte en la raza entera: que cada español se resuelva a elevar unas cuantas atmósferas la presión de sus potencias espirituales.

Y antes que ninguna otra, la inteligencia. Todo español está muy especialmente obligado a ser mañana más inteligente que hoy, a avergonzarse de sus prejuicios, de sus tópicos, de sus cegueras, de sus angosturas mentales. Si no nos determinamos a dar mayor finura, mayor evidencia y concreción, mayor elegancia a nuestros pensamientos, todo será en vano. Seguirá siendo España lo que ha solido ser durante tres siglos: un aldeón torpe y oscuro que Europa arrastraba en uno de sus bordes. Tenemos que ensancharnos las cabezas para dar a nuestras ideas dimensiones de mundialidad. La España-villorrio no nos interesa: queremos y creemos posible una España mundial. El que se contente con menos no cuente con nosotros. Cuando España fue, fue una España mundial —fue la inventora de lo mundial. No aceptó que hubiese nada en la tierra que le fuera extraño. Con mayor o menor acierto puso en todo mano y se dejaba conmover por cuanto en el Universo acaecía. Inclusive por lo que aún no acaecía; así nuestro pueblo presintió a América. Cinco siglos antes que Guillermo II inventamos la Weltpolitik. Renovando una frase famosa del abate Galliani, podríamos decir que fue España una espada cuyo puño estaba en Castilla y la punta en todas partes.

La existencia histórica ha tomado luego otras formas y hoy vida mundial no quiere decir, como entonces, dominio del mundo, sino sensibilidad para cuanto acontece en el mundo, cabeza múltiple, sutil y clara.

Yo hubiera querido que este primer artículo corriese todo él en ese tono de nacional ditirambo, sin tocar tema alguno de carácter personal. Propenso al entusiasmo, había deseado, antes que nada, contaminar a mis lectores del fervor inveterado que desde mi mocedad siento hacia una España mejor. Pero se me ha adelantado el señor ministro de la Guerra, publicando anteayer una nota oficiosa donde se exige de los periódicos que no hablen de ciertas cosas. Ahora bien, yo tengo que hablar, como arriba anuncio, de las cosas de España y de las restantes al través de las españolas. Yo no voy a hablar en El Sol del sol, de Sirio ni de la estrella Alpha Centauri. He de comentar con preferencia los hechos más hondos, serios y reales de nuestra vida actual. Pues bien, precisamente de esos hechos me invita el señor ministro a callar. He aquí por qué, antes de hablar sobre ellos, necesito hablar del señor La Cierva, que se interpone entre las cosas de España y mi española pluma.

Gente de cráneo estrecho y corazón sin aseo acaso piense: ya comienza la campaña contra el señor La Cierva. A esto yo respondería que se trata de todo lo contrario. ¿Será menester que declare mi perfecta insolidaridad con el grito «¡Cierva, no!»? Basta que sea un grito para que me sienta incompatible con él. Pero ahora se trata justamente de evitar que comience la campaña contra el señor La Cierva. Aprovecho, con tal fin, esta ocasión primeriza, cuando aún no está el aire turbado por el apasionamiento y dos hombres honestos pueden llegar a poner bien en claro un asunto en que discrepan. No me parece superfluo que ejercitando la mayor cantidad posible de buena fe y de mutua comprensión vengamos a un acuerdo el señor ministro de la Guerra y yo.

El lector, irritado, prorrumpe: ¿Cómo se entiende? ¿Quién es usted para que el señor La Cierva venga a acuerdo con usted? En efecto, lector irritado: yo soy poco más que nadie, como decía Ulises. Yo soy un español cualquiera. Pero ahí está el toque: si se quiere que no empiece la eterna y lamentable campaña contra el señor La Cierva, es menester que el señor La Cierva venga a acuerdo con un español cualquiera. Si el señor La Cierva se preocupa sólo de concordar con los ministros, presidentes de Audiencia, coroneles, jefes superiores de Administración, próceres, obispos, senadores, etcétera, cuantos no somos nada de eso, corremos riesgo evidente de caer en desacuerdo con él. Y en este caso, no doy un higo por la prosperidad política del señor La Cierva. Es de su interés una discreta modestia y bajar todo lo que pueda la tasa de las personas con quienes procura llegar a un acuerdo. Si quiere ser verdaderamente fuerte, tendrá que descender a la tasa mínima, la de un español cualquiera. Aquí tienes, lector irritado, por qué me permito invitar al señor ministro de la Guerra a una conversación conmigo the man in the street.

He dado, por mi parte, a esta conversación la forma de una nota oficiosa en que yo, el ciudadano X, me permito contestar a la que, como a redactor de un periódico, me dirige tan elevada autoridad. En ella se tocan algunos puntos que considero esenciales para la nueva política.

No es el menos importante la urgencia de que los ministros de la Guerra y de los otros ramos se esfuercen seriamente en hacerse hoy más inteligentes que ayer, mañana más que hoy, y apliquen a la vida pública ideas más complejas, claras y elegantes.

Aquí hallará mañana el lector la nota oficiosa que el hombre de la calle escribe.

El Sol, 7 de diciembre de 1917

II

NOTA OFICIOSA DEL HOMBRE DE LA CALLE

El hombre de la calle se considera en el caso de poner algunos reparos a la actitud que el señor ministro de la Guerra parece anunciar en una nota publicada días hace.

El hombre de la calle, como miembro de la sociedad española, está personalmente interesado en que el señor La Cierva y los demás ministros lleven a cabo una gestión fecunda. A este fin desea que los ministros no tropiecen con más dificultades que las inevitables y no multipliquen aquéllas con las que a sí mismos se creen.

La primera condición para ello es que los ministros actuales no olviden en ningún momento su origen ministerial. Nacieron a la gobernación en virtud de un movimiento triturador de ficciones. No pueden, en consecuencia, apoyarse en esas ficciones aniquiladas. No pueden, por ejemplo, hacer el gesto druídico con que los ministros anteriores al estío último solían conjurar a las mayorías parlamentarias, coro de sombras fieles y monosilábicas que sostenían sobre sus hombros irreales toda una España de alucinación. No pueden tampoco usar de las frases hechas y frívolas convenciones que en aquella España servían de eficaces resortes, pero en ésta sólo sirven para recordarnos torpes fantasmagorías.

Por otra parte, no se han creado aún, afortunadamente, las nuevas ficciones. ¿Dónde, pues, habrán de apoyarse estos ministros para dar a la nación sus golpes de palanca?

El hombre de la calle sospecha que no se puede gobernar en el vacío. Gobernar es apoyarse en fuerzas sociales. Hasta el pájaro, para cantar, apoya su lírico cuerpecillo en la rama benévola. Del mismo modo, el ministro, para gobernar, se sustenta sobre energías de la adhesión pública.

I

THE MAN IN THE STREET WRITES.

For the first time my half-obscure name appears in this newspaper, whose columns I hope to frequent. Since I can do nothing else, I would like to pour into its molds my Spanish hopes. Reader, I must speak to you often from El Sol about things of the land, especially about political things of the land, and even more especially about political things of the land of Spain.

The title of this newspaper signifies, above all, a desire to see things clearly. In the face of any fact or problem, it thus amounts to an imperative of greater clarity and to an appeal that we make from the twilight to the noonday.

Remember, reader, the high C that our old master Goethe once gave:

I declare myself of the lineage of those who from the dark toward the light aspire.

Let us aspire, then, toward clarity in the things of Spain, which are our things. Let us demand of ourselves and of others a magnificent noonday will. We desire and believe possible a better Spain — stronger, richer, nobler, more beautiful. This better Spain cannot fall to us from the moon, nor even from The Sun. To achieve it, it is needful that we all make ourselves a little better in everything: that a thirst for a powerful, clean, and clear life awaken in the entire race: that each Spaniard resolve to raise by a few atmospheres the pressure of his spiritual powers.

And before any other, intelligence. Every Spaniard is very especially obliged to be tomorrow more intelligent than today, to be ashamed of his prejudices, of his commonplaces, of his blindnesses, of his mental narrownesses. If we do not determine to give greater fineness, greater clearness and concreteness, greater elegance to our thoughts, all will be in vain. Spain will continue to be what it has been wont to be for three centuries: a clumsy and dark village that Europe dragged along at one of its edges. We must widen our heads to give our ideas dimensions of world scope. The backwater Spain does not interest us: we want and believe possible a world Spain. Let him who contents himself with less not count on us. When Spain was, it was a world Spain—it was the inventor of the world-wide. It did not accept that there was anything on earth that was foreign to it. With greater or lesser success it set its hand to everything and allowed itself to be moved by whatsoever happened in the Universe. Even by what had not yet happened; thus our people had a presentiment of America. Five centuries before William II we invented the Weltpolitik. Renewing a famous phrase of the Abbé Galliani, we might say that Spain was a sword whose hilt was in Castile and whose point was everywhere.

Historical existence has since taken other forms, and today world-life does not mean, as it did then, domination of the world, but sensitivity to all that happens in the world, a multiple, subtle, and clear head.

I would have wanted this first article to run wholly in that tone of national dithyramb, without touching any theme of a personal character. Prone to enthusiasm, I had desired, before anything else, to contaminate my readers with the inveterate fervour that since my youth I feel towards a better Spain. But the Minister of War has got ahead of me, publishing the day before yesterday an official note in which it is demanded of the newspapers that they not speak of certain things. Now then, I have to speak, as I announce above, of the things of Spain and of the rest through the Spanish ones. I am not going to speak in El Sol of the sun, nor of Sirius, nor of the star Alpha Centauri. I must comment by preference on the deepest, most serious and real facts of our present life. Well, precisely of those facts the Minister invites me to be silent. Here is why, before speaking about them, I need to speak of Mr. La Cierva, who interposes himself between the things of Spain and my Spanish pen.

People of narrow skull and unclean heart may perhaps think: now begins the campaign against Mr. La Cierva. To this I would reply that it is quite the contrary. Will it be necessary that I declare my perfect insolidarity with the cry “Cierva, no!”? It is enough that it be a cry for me to feel incompatible with it. But now it is precisely a matter of preventing the campaign against Mr. La Cierva from beginning. I take advantage, to that end, of this early occasion, when the air is not yet troubled by passion and two honest men can succeed in making thoroughly clear a matter on which they disagree. It does not seem superfluous to me that, exercising the greatest possible amount of good faith and mutual understanding, the Minister of War and I should come to an agreement.

The irritated reader bursts out: How is this to be understood? Who are you that Mr. La Cierva should come to an agreement with you? Indeed, irritated reader: I am little more than nobody, as Ulysses used to say. I am any ordinary Spaniard. But there is the rub: if it is desired that the eternal and lamentable campaign against Mr. La Cierva should not begin, it is necessary that Mr. La Cierva should come to an agreement with an ordinary Spaniard. If Mr. La Cierva concerns himself only with agreeing with the ministers, presidents of the Audiencia, colonels, superior chiefs of Administration, grandees, bishops, senators, etcetera, all of us who are none of that run an evident risk of falling into disagreement with him. And in this case, I do not give a fig for the political prosperity of Mr. La Cierva. It is in his interest to show a discreet modesty and to lower as much as he can the level of persons with whom he seeks to reach an agreement. If he wishes to be truly strong, he will have to descend to the minimum level, that of an ordinary Spaniard. Here you have, irritated reader, why I take the liberty of inviting the Minister of War to a conversation with me, the man in the street.

For my part, I have given this conversation the form of a semi-official note in which I, the citizen X, take the liberty of replying to that which so elevated an authority addresses to me as an editor of a newspaper. In it are touched upon some points which I consider essential for the new policy.

Not the least important is the urgency that the ministers of War and of the other branches seriously endeavor to become today more intelligent than yesterday, tomorrow more than today, and apply to public life more complex, clear, and elegant ideas.

Here tomorrow the reader will find the semi-official note that the man in the street writes.

El Sol, December 7, 1917

II

I don’t see the full passage to translate—only the title “NOTA OFICIOSA DEL HOMBRE DE LA CALLE” is present. If you provide the complete Spanish text, I’ll translate it into English following your instructions. For now, the title translates as: “UNOFFICIAL NOTE FROM THE MAN IN THE STREET.”

The man in the street considers himself called upon to raise some objections to the attitude which the Minister of War seems to announce in a note published a few days since.

The man in the street, as a member of Spanish society, is personally interested in Mr. La Cierva and the other ministers carrying out a fruitful administration. To this end he desires that the ministers stumble upon no more difficulties than the inevitable ones, and do not multiply those which they create for themselves.

The first condition for this is that the current ministers never for a moment forget their ministerial origin. They were born to governance by virtue of a fiction-crushing movement. They cannot, consequently, lean upon those annihilated fictions. They cannot, for example, make the druidic gesture with which the ministers before last summer were wont to conjure the parliamentary majorities, a chorus of faithful and monosyllabic shadows that sustained upon their unreal shoulders a whole Spain of hallucination. Nor can they avail themselves of the ready-made phrases and frivolous conventions which in that Spain served as effective springs, but in this one serve only to remind us of clumsy phantasmagorias.

On the other hand, the new fictions have not yet been created, fortunately. Where, then, are these ministers to support themselves in order to give the nation their lever-strokes?

The man in the street suspects that one cannot govern in a vacuum. To govern is to lean upon social forces. Even the bird, in order to sing, rests its lyrical little body upon the benevolent branch. In like manner, the minister, in order to govern, sustains himself upon the energies of public adherence.

I

L’UOMO DELLA STRADA SCRIVE.

Per la prima volta appare il mio nome semioscuro in questo giornale, le cui colonne spero di frequentare. Giacché non possa altro, vorrei versare nei suoi stampi le mie speranze spagnole. Lettore, dovrò parlarti spesso da El Sol di cose della terra, specialmente di cose politiche della terra, e più specialmente ancora di cose politiche della terra di Spagna.

Il titolo di questo giornale significa, innanzi tutto, un desiderio di vedere le cose chiare. Di fronte a qualsiasi fatto o problema equivale, dunque, a un imperativo di maggiore chiarezza e a un appello che dal crepuscolo facciamo al mezzogiorno.

Ricorda, lettore, il do di petto che un giorno dava il nostro vecchio maestro Goethe:

Io mi dichiaro del lignaggio di coloro che dall’oscuro verso il chiaro aspirano.

Aspiriamo, dunque, verso il chiaro nelle cose di Spagna, che sono le nostre cose. Esigiamo da noi stessi e dagli altri una magnifica volontà di mezzogiorno. Vogliamo e crediamo possibile una Spagna migliore — più forte, più ricca, più nobile, più bella. Questa Spagna migliore non può caderci dalla luna, e nemmeno da El Sol. Per conseguirla è necessario che tutti ci facciamo un po’ migliori in tutto: che un anelito di vita poderosa, limpida e chiara si desti in tutta la razza: che ogni spagnolo si risolva a elevare di alcune atmosfere la pressione delle sue potenze spirituali.

E prima di qualsiasi altra, l’intelligenza. Ogni spagnolo è molto particolarmente obbligato a essere domani più intelligente di oggi, a vergognarsi dei suoi pregiudizi, dei suoi luoghi comuni, delle sue cecità, delle sue angustie mentali. Se non ci determiniamo a dare maggiore finezza, maggiore evidenza e concretezza, maggiore eleganza ai nostri pensieri, tutto sarà vano. La Spagna continuerà a essere ciò che è stata solita essere per tre secoli: un paesone goffo e oscuro che l’Europa trascinava a uno dei suoi margini. Dobbiamo allargarci le teste per dare alle nostre idee dimensioni di mondialità. La Spagna-paesucolo non ci interessa: vogliamo e crediamo possibile una Spagna mondiale. Chi si contenti di meno non conti su di noi. Quando la Spagna fu, fu una Spagna mondiale — fu l’inventrice della mondialità. Non accettò che vi fosse nulla sulla terra che le fosse estraneo. Con maggiore o minore successo mise mano a tutto e si lasciava commuovere da quanto accadeva nell’Universo. Perfino da ciò che ancora non accadeva; così il nostro popolo presagì l’America. Cinque secoli prima di Guglielmo II inventammo la Weltpolitik. Rinnovando una frase famosa dell’abate Galiani, potremmo dire che la Spagna fu una spada la cui impugnatura stava in Castiglia e la punta in ogni parte.

L’esistenza storica ha poi preso altre forme e oggi vita mondiale non vuol dire, come allora, dominio del mondo, bensì sensibilità per quanto avviene nel mondo, testa molteplice, sottile e chiara.

Io avrei voluto che questo primo articolo corresse tutto intero in quel tono di ditirambo nazionale, senza toccare alcun tema di carattere personale. Propenso all’entusiasmo, avevo desiderato, prima di tutto, contaminare i miei lettori del fervore inveterato che dalla mia giovinezza sento verso una Spagna migliore. Ma mi ha preceduto il signor ministro della Guerra, pubblicando ieri l’altro una nota ufficiosa dove si esige dai giornali che non parlino di certe cose. Orbene, io devo parlare, come sopra annuncio, delle cose di Spagna e delle rimanenti attraverso le spagnole. Io non vado a parlare in El Sol del sole, di Sirio né della stella Alpha Centauri. Devo commentare con preferenza i fatti più profondi, seri e reali della nostra vita attuale. Ebbene, precisamente di quei fatti mi invita il signor ministro a tacere. Ecco perché, prima di parlare di essi, ho bisogno di parlare del signor La Cierva, che si interpone tra le cose di Spagna e la mia spagnola penna.

Gente di cranio stretto e cuore senza pulizia forse penserà: già comincia la campagna contro il signor La Cierva. A questo io risponderei che si tratta di tutto il contrario. Sarà mestieri che dichiari la mia perfetta insolidarietà con il grido «Cierva, no!»? Basti che sia un grido perché mi senta incompatibile con esso. Ma ora si tratta appunto di evitare che cominci la campagna contro il signor La Cierva. Approfitto, a tal fine, di questa occasione primiera, quando l’aria non è ancora turbata dalla passione e due uomini onesti possono giungere a mettere bene in chiaro una questione su cui discordano. Non mi pare superfluo che, esercitando la maggior quantità possibile di buona fede e di mutua comprensione, veniamo a un accordo il signor ministro della Guerra e io.

Il lettore, irritato, prorompe: Come si intende? Chi è lei perché il signor La Cierva venga a un accordo con lei? In effetti, lettore irritato: io sono poco più che nessuno, come diceva Ulisse. Io sono uno spagnolo qualunque. Ma qui sta il punto: se si vuole che non cominci l’eterna e deplorevole campagna contro il signor La Cierva, è necessario che il signor La Cierva venga a un accordo con uno spagnolo qualunque. Se il signor La Cierva si preoccupa solo di concordare con i ministri, presidenti di Audiencia, colonnelli, capi superiori di amministrazione, proceri, vescovi, senatori, eccetera, quanti non siamo nulla di tutto ciò, corriamo un rischio evidente di cadere in disaccordo con lui. E in questo caso, non do un fico per la prosperità politica del signor La Cierva. È suo interesse una discreta modestia e abbassare il più possibile il livello delle persone con cui procura di giungere a un accordo. Se vuole essere veramente forte, dovrà scendere al livello minimo, quello di uno spagnolo qualunque. Ecco, lettore irritato, perché mi permetto di invitare il signor ministro della Guerra a una conversazione con me the man in the street.

Ho dato, da parte mia, a questa conversazione la forma di una nota ufficiosa in cui io, il cittadino X, mi permetto di rispondere a quella che, come redattore di un giornale, mi dirige sì elevata autorità. In essa si toccano alcuni punti che considero essenziali per la nuova politica.

Non è il meno importante l’urgenza che i ministri della Guerra e degli altri rami si sforzino seriamente di rendersi oggi più intelligenti di ieri, domani più di oggi, e applichino alla vita pubblica idee più complesse, chiare ed eleganti.

Qui troverà domani il lettore la nota ufficiosa che l’uomo della strada scrive.

El Sol, 7 dicembre 1917

II

NOTA UFFICIOSA DELL’UOMO DELLA STRADA

L’uomo della strada si considera in diritto di muovere alcune obiezioni all’atteggiamento che il signor ministro della Guerra sembra annunciare in una nota pubblicata giorni addietro.

L’uomo della strada, come membro della società spagnola, è personalmente interessato a che il signor La Cierva e gli altri ministri portino a compimento una gestione feconda. A questo fine desidera che i ministri non incontrino altre difficoltà oltre a quelle inevitabili e non moltiplichino quelle che essi stessi si creano.

La prima condizione per ciò è che i ministri attuali non dimentichino in nessun momento la loro origine ministeriale. Nacquero al governo in virtù di un movimento trituratore di finzioni. Non possono, di conseguenza, appoggiarsi su quelle finzioni annientate. Non possono, per esempio, fare il gesto druidico con cui i ministri precedenti all’ultima estate solevano evocare le maggioranze parlamentari, coro di ombre fedeli e monosillabiche che sostenevano sulle loro spalle irreali tutta una Spagna di allucinazione. Non possono nemmeno valersi delle frasi fatte e delle frivole convenzioni che in quella Spagna servivano da efficaci molle, ma in questa servono soltanto a rammentarci goffe fantasmagorie.

D’altra parte, non sono state ancora create, fortunatamente, le nuove finzioni. Dove, dunque, dovranno appoggiarsi questi ministri per dare alla nazione i loro colpi di leva?

L’uomo della strada sospetta che non si possa governare nel vuoto. Governare è appoggiarsi su forze sociali. Perfino l’uccello, per cantare, appoggia il suo lirico corpicino sul ramo benevolo. Allo stesso modo, il ministro, per governare, si sostiene su energie dell’adesione pubblica.

Dejemos a un lado el tópico de la opinión pública, más necesitado de reforma que otro alguno. Pero es lo cierto que no se puede gobernar sin apoyarse en la adhesión de una parte de los españoles. ¿De cuántos? No es lo importante el número de amigos con que un político cuente, aun entendiendo por amigos todos los que honradamente coinciden con sus ideas. El entusiasmo de los amigos puede servir para encumbrar al político, para darle vida una hora. Pero no basta para que gobierne. Por muchos que sean los partidarios de un político, son siempre prácticamente más numerosos los enemigos. Lo importante para un político es la adhesión de los enemigos, la cual solemos llamar respeto. El respeto que un ministro logre inspirar a los enemigos constituye la fuerza real en que se apoya su gobernación.

Lo propio acontece con el escritor. Cuantos más adeptos tenga, o lo que es igual, cuanto mayor éxito logre, más crecerá el círculo de los hostiles, envidiosos y resentidos. Hecha la resta, queda sólo en su favor el respeto que su obra y su conducta hayan sabido infiltrar en la misma hostilidad.

Si es necesario siempre al hombre público ganarse el respeto de los enemigos, lo es mucho más en el tiempo que vivimos. Porque las líneas generales de lo que debe hacerse, los nuevos programas condensadores de nuevos partidos no están aún claros en ninguna cabeza. Es una hora en que los ministros no pueden formalmente contar con amigos. Deben adoptar el supuesto táctico de que todos los españoles —hartos de desesperanzas y desengaños— somos sus enemigos. Día por día, minuto por minuto, palabra por palabra, tienen que conquistar nuestro respeto.

Y para ello es imprescindible un mínimum de seriedad en las palabras y en los actos. Los españoles de la nueva generación hemos sido educados en la irrespetuosidad a los gobiernos. Porque los hombres que los integraban hicieron imposible todo anhelo de respeto germinante en nosotros. Los discursos que oíamos, los escritos que de ellos leíamos manifestaban una cínica resolución de enfrontarse con el sentido común. Solían ser palabras y frases inanes, absurdas, exentas de contenido, como nacidas en cerebros paralíticos. Los que gozaban de un alma delicada se sentían reiteradamente ofendidos al advertir en las gesticulaciones del político la suposición de que los españoles a quienes se dirigían formaban una sociedad de idiotas. Un fondo de conciencia étnica hace brotar en mis labios la maldición contra esos hombres frívolos y de índole inferior que han segado en nuestros corazones las dos potencias supremas de nacionalización, que han dejado nuestras almas mancas y con dos muñones: sin respeto ni esperanza.

Pero no está bien que el hombre de la calle se encarame al trípode de las maldiciones. Marchemos por lo llano. El caso concreto que motiva los párrafos anteriores no es para tanto y no debe todo lo dicho aplicarse a él. Se trata simplemente de que en la nota del ministro de la Guerra hay una frase que dice así: «El Ejército todo desea que no se le mezcle en cuestiones políticas». Esto dice el señor La Cierva a los periódicos, invitándoles a que no hablen de la actuación de las Juntas de defensa. Significa, pues, que son los escritores quienes mezclan en política a los militares. Como esto es sencillamente una cosa sin sentido, suplico al señor La Cierva que evite en lo sucesivo puerilizar. Porque el hombre de la calle aspira a respetarle, y el señor ministro no debe ponerle estorbos al logro de esta aspiración.

Por encima de toda duda está, señor La Cierva, que no son los escritores quienes han mezclado en política al Ejército, sino el Ejército quien libérrimamente se ha mezclado en política. Ha cumplido actos políticos, ha dado al viento manifiestos, cartas y entrevistas. De esa intervención política ha nacido la España de hoy, y de ella, probablemente, brotarán la flor y el fruto de la futura. Sobre esa intervención gravita hoy íntegra la existencia nacional. ¿Le parece serio al señor ministro que no se hable de eso?

¿Qué idea tienen de la vida social los ministros españoles? He aquí una pregunta teórica que el hombre de la calle se ha hecho más de una vez. Y la respuesta ha sido siempre la misma: los ministros españoles tienen de la vida social una idea propia, a la vez, de un Faraón y de un cacique de aldea. Creen que la vida social se hace en sus despachos. No se enteran de que la vida social es convivencia.

Cercada de guerra, permite Prusia que se haga propaganda nada menos que para una reforma constitucional. Con el torso en la trinchera y un tétrico mar hasta los lomos, permite Inglaterra que hable todo el mundo cuanto guste y que un Lord incruento predique la paz. Por algo los Gobiernos de estos dos pueblos próceres obran así. Mas todo es en vano. Los ministros españoles seguirán creyendo que tiene sentido, que no es una probada torpeza creer que su misión está en que no se hable de las cosas.

Todavía no se ha comenzado a decir hasta qué punto la aparición de las Juntas de defensa —primero las militares, luego las restantes— constituye, tal vez, el hecho más glorioso, más saludable, más original, más europeo que la España de los últimos cien años puede presentar al mundo. Y ya se acude aldeanamente, ciegamente, puerilmente, a trabar las plumas y las lenguas.

¿Por qué? Aquí hallamos lo aldeano, lo ciego, lo pueril del caso: porque puede acontecer que algún periódico del extrarradio, cultivador de una literatura grosera y sin autoridad, escriba palabras que acaso «puedan relajar la disciplina». La desproporción entre el peligro y la cautela parece monstruosa. Ahora bien, la cultura de un espíritu se mide por su distancia de los razonamientos monstruosos. El oso tiene su política: la política de la patada del oso. Para espantar la mosca que ofende la mejilla del hombre amigo, el oso aplasta la cabeza del hombre.

Nos dirigimos hacia la instauración de una nueva estructura nacional. Para ello hace falta que todas las fibras españolas entren en conmoción, que todos vivamos más enérgicamente. Y nos salen al paso con un ademán de alcalde de cuadrilla.

¿Cuándo aprenderán nuestros ministros que los hombres de la calle no hemos venido al mundo para que se nos gobierne con facilidad, sino al contrario, los Gobiernos existen para que los hombres de la calle puedan vivir cada día con mayor plenitud y menos vetos?

El señor La Cierva, entre muchas excelentes condiciones, tiene algunos defectos graves. Uno de ellos, que ha viajado poco. Su actuación ofrece casi siempre una fisonomía provincial. Otro defecto es que tiende a podar la libertad del prójimo.

El hombre de la calle le dirige, con inmejorable intención, esta nota oficiosa, a fin de que deje triunfar en su ánimo sus dotes mejores sobre las menos buenas. Recurrimos, pues, como es uso en el Vaticano, del señor ministro distraído al señor ministro atento. No hay sobra de hombres en España que gocen de ciertas cualidades superlativas residentes en el señor La Cierva. «Invocamos su patriotismo» para que no anule con sus vicios sus virtudes.

El Sol, 9 de diciembre de 1917

III

COMEDIA DEL LIBERTINO ESCRUPULOSO

Al señor Sánchez de Toca le parece monstruoso que los militares, organizándose en Juntas de defensa, transfieran al cuerpo armado el principio sindical descubierto y elaborado por los obreros. Como la mayor parte de los españoles pedimos al porvenir y esperamos de él próximamente lo contrario que este político conservador, me parece la ocasión excelente para que discrepemos de sus juicios.

Let us set aside the commonplace of public opinion, which stands in need of reform more than any other. But it is certain that one cannot govern without relying upon the adhesion of a part of the Spaniards. Of how many? The important thing is not the number of friends a politician may have, even understanding by friends all those who honestly share his ideas. The enthusiasm of friends may serve to exalt the politician, to give him life for an hour. But it does not suffice for him to govern. However many partisans a politician may have, his enemies are always, in practice, the more numerous. The important thing for a politician is the adhesion of his enemies, which we usually call respect. The respect that a minister succeeds in inspiring in his enemies constitutes the real force on which his governance rests.

The same happens with the writer. The more adherents he has, or what is the same, the greater success he achieves, the more the circle of the hostile, envious, and resentful will grow. The subtraction made, there remains only in his favor the respect that his work and his conduct have known how to instill into that very hostility.

If it is always necessary for the public man to win the respect of enemies, it is much more so in the time in which we live. Because the general lines of what must be done, the new condensing programs of new parties, are not yet clear in any head. It is an hour in which ministers cannot formally count on friends. They must adopt the tactical assumption that all Spaniards—weary of hopelessness and disillusionment—are their enemies. Day by day, minute by minute, word by word, they have to conquer our respect.

And for this a minimum of seriousness in words and in acts is indispensable. We Spaniards of the new generation have been educated in disrespectfulness toward governments. Because the men who composed them made impossible every longing for respect germinating in us. The discourses we heard, the writings we read of them manifested a cynical resolution to confront common sense. They used to be inane, absurd words and phrases, devoid of content, as if born in paralytic brains. Those who enjoyed a delicate soul felt themselves repeatedly offended upon noticing in the politician’s gesticulations the supposition that the Spaniards to whom they addressed themselves formed a society of idiots. A background of ethnic consciousness makes the curse spring upon my lips against those frivolous men of inferior nature who have reaped in our hearts the two supreme powers of nationalization, who have left our souls maimed and with two stumps: without respect nor hope.

But it is not right that the man in the street should clamber up to the tripod of curses. Let us march along the level ground. The concrete case that motivates the foregoing paragraphs is not so serious, and not everything said should be applied to it. It is simply that in the note of the Minister of War there is a phrase that reads: “The whole Army desires that it be not mixed up in political questions.” This is what Señor La Cierva says to the newspapers, inviting them not to speak of the actions of the Defense Juntas. It means, then, that it is the writers who mix the military into politics. Since this is simply a senseless thing, I beg Señor La Cierva to avoid puerilizing in the future. Because the man in the street aspires to respect him, and the minister should not place obstacles in the way of achieving this aspiration.

Beyond all doubt, Mr. La Cierva, it is not the writers who have mixed the Army into politics, but the Army which, with the utmost freedom, has mixed itself into politics. It has performed political acts, it has cast to the wind manifestos, letters, and interviews. From that political intervention the Spain of today has been born, and from it, in all likelihood, will spring the flower and the fruit of the Spain to come. Upon that intervention rests today the whole of the nation’s existence. Does the minister think it seemly that no one should speak of this?

What idea have the Spanish ministers of social life? Here is a theoretical question which the man in the street has asked himself more than once. And the answer has always been the same: the Spanish ministers have an idea of social life which is their own, at once that of a Pharaoh and of a village cacique. They believe that social life is made in their offices. They do not realize that social life is coexistence.

Beset by war, Prussia allows propaganda to be made, no less, for constitutional reform. With torso in the trench and a gloomy sea up to its loins, England allows everyone to speak as much as they please and a bloodless Lord to preach peace. For good reason the Governments of these two illustrious peoples act thus. But all is in vain. The Spanish ministers will continue to believe that it makes sense, that it is not a proven clumsiness to believe that their mission lies in ensuring that nothing is said about things.

It has not yet begun to be said to what extent the appearance of the Juntas de defensa—first the military ones, then the rest—constitutes, perhaps, the most glorious, most salutary, most original, most European fact that the Spain of the last hundred years can present to the world. And already men are hastening, in village fashion, blindly, puerilely, to shackle pens and tongues.

Why? Here we find the provincial, the blind, the puerile aspect of the matter: because it may happen that some newspaper from the outskirts, cultivator of a coarse and unauthoritative literature, writes words that perhaps “may relax discipline.” The disproportion between the danger and the caution seems monstrous. Now then, the culture of a spirit is measured by its distance from monstrous reasonings. The bear has its policy: the policy of the bear’s kick. To frighten away the fly that offends the cheek of his friend man, the bear crushes the man’s head.

We are headed towards the instauration of a new national structure. For this there is need that all Spanish fibres be thrown into commotion, that we all live more energetically. And they come out to meet us with a gesture of a village mayor.

When will our ministers learn that we men of the street have not come into the world to be governed with ease, but rather on the contrary, Governments exist so that men of the street may live each day with greater fullness and fewer vetoes?

Mr. La Cierva, among many excellent qualities, has some grave defects. One of them, that he has travelled little. His conduct almost always offers a provincial physiognomy. Another defect is that he tends to prune the liberty of his neighbour.

The man in the street addresses to him, with unsurpassable intention, this unofficial note, to the end that he allow to triumph in his spirit his better gifts over the less good ones. We appeal, then, as is the custom in the Vatican, from the distracted minister to the attentive minister. There is no superfluity of men in Spain who enjoy certain superlative qualities resident in Mr. La Cierva. “We invoke his patriotism” so that he may not annul with his vices his virtues.

The Sun, 9 December 1917

III

COMEDY OF THE SCRUPULOUS LIBERTINE

To Mr. Sánchez de Toca it seems monstrous that the military, organizing themselves into defense juntas, should transfer to the armed body the trade-union principle discovered and elaborated by the workers. Since, like the greater part of Spaniards, we ask of the future and expect shortly from it the opposite of what this conservative politician asks and expects, it seems to me an excellent occasion to dissent from his judgments.

Lasciamo da parte il tòpos dell’opinione pubblica, più bisognoso di riforma di qualunque altro. Ma è certo che non si può governare senza appoggiarsi sull’adesione di una parte degli spagnoli. Di quanti? Non è importante il numero di amici con cui un politico conti, anche intendendo per amici tutti quelli che onestamente coincidono con le sue idee. L’entusiasmo degli amici può servire a innalzare il politico, a dargli vita per un’ora. Ma non basta perché governi. Per molti che siano i partigiani di un politico, sono sempre praticamente più numerosi i nemici. L’importante per un politico è l’adesione dei nemici, che solevamo chiamare rispetto. Il rispetto che un ministro riesca a ispirare ai nemici costituisce la forza reale su cui si appoggia il suo governare.

Lo stesso accade con lo scrittore. Quanti più adepti abbia, o che è lo stesso, quanto maggiore successo ottenga, più crescerà il cerchio degli ostili, invidiosi e risentiti. Fatta la sottrazione, resta solo in suo favore il rispetto che la sua opera e la sua condotta abbiano saputo infiltrare nella stessa ostilità.

Se è necessario sempre all’uomo pubblico guadagnarsi il rispetto dei nemici, lo è molto di più nel tempo in cui viviamo. Perché le linee generali di ciò che si deve fare, i nuovi programmi condensatori di nuovi partiti non sono ancora chiari in nessuna testa. È un’ora in cui i ministri non possono formalmente contare sugli amici. Devono adottare il presupposto tattico che tutti gli spagnoli —sazi di disperanze e delusioni— siamo loro nemici. Giorno per giorno, minuto per minuto, parola per parola, devono conquistare il nostro rispetto.

E per questo è indispensabile un minimum di serietà nelle parole e negli atti. Gli spagnoli della nuova generazione siamo stati educati nella mancanza di rispetto verso i governi. Perché gli uomini che li integravano resero impossibile ogni anelito di rispetto germinante in noi. I discorsi che ascoltavamo, gli scritti che di loro leggevamo manifestavano una cinica risoluzione di affrontare il senso comune. Solevano essere parole e frasi inani, assurde, prive di contenuto, come nate in cervelli paralitici. Quelli che godevano di un’anima delicata si sentivano ripetutamente offesi avvertendo nelle gesticolazioni del politico la supposizione che gli spagnoli a cui si rivolgevano formassero una società di idioti. Un fondo di coscienza etnica fa sorgere sulle mie labbra la maledizione contro quegli uomini frivoli e di indole inferiore che hanno falciato nei nostri cuori le due potenze supreme di nazionalizzazione, che hanno lasciato le nostre anime monche e con due moncherini: senza rispetto né speranza.

Ma non sta bene che l’uomo della strada salga sul tripode delle maledizioni. Camminiamo sul piano. Il caso concreto che motiva i paragrafi precedenti non è per tanto e non deve tutto il detto applicarsi ad esso. Si tratta semplicemente che nella nota del ministro della Guerra c’è una frase che dice così: «Tutto l’Esercito desidera che non lo si mescoli in questioni politiche». Questo dice il signor La Cierva ai giornali, invitandoli a che non parlino dell’operato delle Giunte di difesa. Significa, dunque, che sono gli scrittori a mescolare in politica i militari. Siccome questo è semplicemente una cosa senza senso, supplico il signor La Cierva che eviti in avvenire di puerilizzare. Perché l’uomo della strada aspira a rispettarlo, e il signor ministro non deve mettergli ostacoli al conseguimento di questa aspirazione.

Al di sopra di ogni dubbio sta, signor La Cierva, che non sono gli scrittori ad aver mescolato in politica l’Esercito, ma l’Esercito che liberissimamente si è mescolato in politica. Ha compiuto atti politici, ha dato al vento manifesti, lettere e interviste. Da quella intervenzione politica è nata la Spagna di oggi, e da essa, probabilmente, germoglieranno il fiore e il frutto della futura. Su quella intervenzione grava oggi integra l’esistenza nazionale. Sembra serio al signor ministro che non se ne parli?

Che idea hanno della vita sociale i ministri spagnoli? Ecco una domanda teorica che l’uomo della strada si è fatto più di una volta. E la risposta è stata sempre la stessa: i ministri spagnoli hanno della vita sociale un’idea propria, a un tempo, di un Faraone e di un capoccia di villaggio. Credono che la vita sociale si faccia nei loro gabinetti. Non si accorgono che la vita sociale è convivenza.

Cinta di guerra, la Prussia permette che si faccia propaganda niente meno che per una riforma costituzionale. Con il torso nella trincea e un tetro mare fino ai fianchi, l’Inghilterra permette che tutti parlino quanto vogliono e che un Lord incruento predichi la pace. Per qualcosa i Governi di questi due popoli proceri agiscono così. Ma tutto è vano. I ministri spagnoli continueranno a credere che abbia senso, che non sia una provata goffaggine credere che la loro missione stia nel non far parlare delle cose.

Non si è ancora cominciato a dire fino a che punto l’apparizione delle Giunte di difesa —prima le militari, poi le restanti— costituisca, forse, il fatto più glorioso, più salutare, più originale, più europeo che la Spagna degli ultimi cento anni possa presentare al mondo. E già si accorre paesanalmente, ciecamente, puerilmente, a legare le penne e le lingue.

Perché? Qui troviamo il paesano, il cieco, il puerile del caso: perché può accadere che qualche giornale dell’esterno, coltivatore di una letteratura grossolana e senza autorità, scriva parole che forse «potrebbero rilassare la disciplina». La sproporzione tra il pericolo e la cautela sembra mostruosa. Ora bene, la cultura di uno spirito si misura dalla sua distanza dai ragionamenti mostruosi. L’orso ha la sua politica: la politica del calcio dell’orso. Per spaventare la mosca che offende la guancia dell’uomo amico, l’orso schiaccia la testa dell’uomo.

Ci dirigiamo verso l’instaurazione di una nuova struttura nazionale. Per questo occorre che tutte le fibre spagnole entrino in commozione, che tutti viviamo più energicamente. E ci escono incontro con un cenno da alcalde di squadra.

Quando impareranno i nostri ministri che gli uomini della strada non siamo venuti al mondo perché ci si governi con facilità, ma al contrario, i Governi esistono perché gli uomini della strada possano vivere ogni giorno con maggiore pienezza e meno veti?

Il signor La Cierva, tra molte eccellenti condizioni, ha alcuni difetti gravi. Uno di essi, che ha viaggiato poco. La sua azione offre quasi sempre una fisionomia provinciale. Un altro difetto è che tende a potare la libertà del prossimo.

L’uomo della strada gli dirige, con intenzione insuperabile, questa nota ufficiosa, affinché lasci trionfare nel suo animo le sue doti migliori sulle meno buone. Ricorriamo, dunque, come è uso in Vaticano, dal signor ministro distratto al signor ministro attento. Non c’è sovrabbondanza di uomini in Spagna che godano di certe qualità superlative residenti nel signor La Cierva. «Invochiamo il suo patriottismo» perché non annulli con i suoi vizi le sue virtù.

El Sol, 9 dicembre 1917

III

COMMEDIA DEL LIBERTINO SCRUPOLOSO

Al signor Sánchez de Toca sembra mostruoso che i militari, organizzandosi in Giunte di difesa, trasferiscano al corpo armato il principio sindacale scoperto ed elaborato dagli operai. Siccome la maggior parte degli spagnoli chiediamo all’avvenire e aspettiamo da esso prossimamente il contrario di questo politico conservatore, mi sembra l’occasione eccellente perché discrepiamo dai suoi giudizi.

Todo el mundo conoce el famoso juego de palabras que emplea Bergson para condensar una de sus más sagaces teorías: «le désordre —dice— c’est le conflit entre deux ordres». «El desorden es el conflicto entre dos órdenes». Cuando la situación de las cosas en la realidad no coincide con la cuadrícula de las ideas en nuestra cabeza, decimos que las cosas están en desorden. El orden de las ideas en la mente respetable, pero un poco faraónica, del señor Sánchez de Toca no admite que en el mundo existan Juntas militares de defensa. Nada más natural: la mente del señor Sánchez de Toca fue educada en la tertulia de Cánovas del Castillo, y se amamantó de la ubérrima Restauración. La Restauración fue una época en que reinaba un orden delicioso: se hizo en ella o se dejó de hacer todo en beneficio de una máscara y ficción de orden. Mas a la deliciosa época restauradora siguieron los años de las vacas flacas. No se olvide que nosotros, los que ahora estamos en la mitad del camino, tuvimos que nutrir nuestra mocedad con las amarguras de 1898. El 1898 —¿será necesario advertirlo?— no es una página de retórica: es el deshonor y la vergüenza, es la miseria y la desesperanza, es haber hallado, al despertar, truncas las esperanzas y tradiciones familiares, mancillado el hogar, segada de todo ideal, de toda virtud la nativa vega. El 1898 no es una página de retórica, antes bien es la herida abierta que en el alma llevamos los españoles de treinta años y a la cual tenemos que asomarnos para ver la vida y el mundo. Justo es, pues, que el orden de nuestras ideas no coincida con el que usufructúa el señor Sánchez de Toca. A este político respetable le acomete de pronto el atormentador escrúpulo de que se está faltando a la disciplina; esto le parece un horrífico desorden. En cambio pudo vivir medianamente feliz en un régimen público que toleraba la triste farsa suburbana de un ejército inexistente, escarnecido por el favoritismo y gobernado por la incompetencia. Es más, según me dicen; cuando en la crisis última fue llamado a Palacio nuestro barroco estadista, indicó a la Corona que se hallaba de acuerdo con las Juntas de defensa. Cierto que éstas no eran cómplices en tal acuerdo: ni lo habían buscado, ni tenían de él sospecha.

Este escrúpulo subitáneo, que brota en el viejo corazón astuto de nuestro don Joaquín Sánchez de Toca, consigue enternecernos un momento.

Pero nada más que un momento. El porvenir es cosa demasiado seria para que lo supeditemos a estas ternuras transitorias motivadas por un hombre, sin duda respetable, pero caduco, y cuyo interés consiste en que perdure la estructura social donde él ha vivido y triunfado.

Nosotros necesitamos que la segunda parte de nuestra vida sea un poco más grata y más humana que la primera; necesitamos, por lo menos, preparar a nuestros hijos una España más noble y fértil, que se parezca lo menos posible al establo de Augias. Obreros, militares, labradores, técnicos, industriales, estamos resueltos a ello. Sin jactancias ni vociferaciones esdrújulas; más bien con la tranquila energía que proporciona la luminosa evidencia del deber. Sabemos que un pueblo no cambia de esqueleto sin dolores y peligrosos trances. Pasaremos, sin duda, por horas de congoja y aparentes desórdenes. Pero aquéllos serán dignos del tiempo venidero, que sepan, en medio de los sucesos multicolores, no perder de vista la meta final, la España mejor.

Los militares han sido los iniciadores de la nueva trayectoria: sería un error que viesen en la literatura del señor Sánchez de Toca una objeción seria. Ni ellos ni nosotros creemos que las Juntas de defensa militares y civiles puedan vivir perdurablemente como hasta aquí. A ellos y a nosotros nos urge que esta nueva institución, nacida, con tan fecunda originalidad, de los dolores nacionales, reciba su consagración jurídica. Si logramos esto antes del fin de la guerra, habremos ofrecido al mundo un ejemplo de nuevos organismos sociales, que bastará para justificar a sus ojos nuestra ausencia de la lucha universal.

En vez de mirar al futuro el señor Sánchez de Toca se ocupa ahora en deletrear la historia romana, y nos invita a una política con un programa de primero de latín. Es extraño que hombre tan culto y tan sutil no se haya hecho cargo de que el militar que esta guerra prepara para el mañana es un tipo social nuevo e incomparable con el soldado napoleónico, con el capitán de tercio o el centurión de Sylla.

Tiene cada época su prototipo social, quiero decir, un oficio que sirve de modelo y orientador para las formas todas de la sociedad. En la Edad Antigua es el soldado. Todas las instituciones públicas se derivan, o cuando menos, se inspiran en el guerrero. El ciudadano es ciudadano porque es soldado de la patria y no al revés. Los ciudadanos romanos son los quirites, que quiere decir los hombres de la lanza. Y cuando la comunidad de los Siete Montes entra en la historia, realiza la reforma constitucional de Servio Tulio, la cual consistió en sustituir la organización del pueblo, fundada en las herencias familiares —las curias— con otra —las centurias— calcada en las conveniencias militares.

Lo que el guerrero fue para el mundo antiguo, es para nuestra edad el obrero. Sus creaciones jurídicas, sus órganos de cooperación y de defensa van, poco a poco, informando el cuerpo todo del Estado. Querer detener esa corriente ante el oficio militar equivale a cerrar para éste la puerta del futuro.

La presente guerra, turquesa formidable de fuego y de muerte, ha moldeado un nuevo ideal de guerrero. Vive hoy el militar europeo enterrado en la trinchera; cuando salga de ella veremos que la mitad de su cuerpo es de obrero. Y sentirá indominable repugnancia por todos los arcaicos privilegios que hacían del Ejército un ejemplar de faunas desaparecidas.

Vamos, pues, hacia el intento de fabricar una España distinta y superior a la que el señor Sánchez de Toca ha conocido. Para ella necesitamos todas las manos: la del militar como la del obrero, reunidas en la sublime faena de labrarnos una patria saludable. Que no venga un abogado de otros tiempos a romper astutamente esta severa fraternidad.

Y aun cuando venga, el lema de las Juntas de defensa debe ser el mismo que Cromwell dio a sus ejércitos: Vestigia nulla retrorsum: ninguna huella hacia atrás.


Hecho este breve alto para oír la antigua y sugestiva voz de don Joaquín Sánchez de Toca, digamos lo que al partir dicen los conductores de tranvía en Nueva York: Forward! ¡Adelante!

El Sol, 28 de diciembre de 1917

Everyone knows the famous play on words that Bergson employs to condense one of his most sagacious theories: “le désordre —he says— c’est le conflit entre deux ordres”. “Disorder is the conflict between two orders”. When the situation of things in reality does not coincide with the grid of ideas in our head, we say that things are in disorder. The order of ideas in the respectable, but somewhat pharaonic, mind of Mr. Sánchez de Toca does not admit that military defense Juntas should exist in the world. Nothing more natural: Mr. Sánchez de Toca’s mind was educated in the tertulia of Cánovas del Castillo, and was suckled on the most fruitful Restoration. The Restoration was an epoch in which a delicious order reigned: in it everything was done or left undone for the benefit of a mask and fiction of order. But to the delicious Restoration epoch followed the years of the lean cows. Let it not be forgotten that we, who are now in the middle of the road, had to nourish our youth with the bitterness of 1898. 1898 —will it be necessary to warn?— is not a page of rhetoric: it is the dishonor and the shame, it is the misery and the hopelessness, it is having found, upon waking, our hopes and family traditions cut off, the home defiled, the native meadow scythed of every ideal, of every virtue. 1898 is not a page of rhetoric, rather it is the open wound that we Spaniards of thirty years carry in our soul and to which we must lean out to see life and the world. It is just, then, that the order of our ideas should not coincide with that which Mr. Sánchez de Toca enjoys. This respectable politician is suddenly assailed by the tormenting scruple that discipline is being violated; this seems to him a horrific disorder. Whereas he was able to live middlingly happy in a public regime that tolerated the sad suburban farce of a non-existent army, mocked by favoritism and governed by incompetence. What is more, according to what they tell me; when in the last crisis our baroque statesman was called to the Palace, he indicated to the Crown that he found himself in agreement with the defense Juntas. True it is that these were not accomplices in such agreement: neither had they sought it, nor had they any suspicion of it.

This sudden scruple, which springs up in the old cunning heart of our Don Joaquín Sánchez de Toca, succeeds in moving us for a moment.

But nothing more than a moment. The future is too serious a thing for us to subordinate it to these transient tendernesses motivated by a man, no doubt respectable, but decrepit, and whose interest consists in the persistence of the social structure where he has lived and triumphed.

We need the second part of our life to be a little more pleasant and more human than the first; we need, at least, to prepare for our children a Spain more noble and fertile, which resembles as little as possible the Augean stable. Workers, soldiers, peasants, technicians, industrialists, we are resolved to it. Without boastings or high-flown vociferations; rather with the tranquil energy that the luminous evidence of duty provides. We know that a people does not change its skeleton without pains and dangerous plights. We shall pass, no doubt, through hours of anguish and apparent disorders. But those will be worthy of the time to come, that they may know how, amid the multicolored events, not to lose sight of the final goal, the better Spain.

The military have been the initiators of the new trajectory: it would be an error for them to see in Mr. Sánchez de Toca’s literature a serious objection. Neither they nor we believe that the military and civil defense Juntas can live enduringly as up to now. Both they and we are urgent that this new institution, born, with such fruitful originality, from the national pains, receive its juridical consecration. If we achieve this before the end of the war, we shall have offered the world an example of new social organisms, which will suffice to justify in its eyes our absence from the universal struggle.

Instead of looking to the future, Mr. Sánchez de Toca now busies himself spelling out Roman history, and invites us to a policy with a first-year-Latin program. It is strange that a man so cultured and so subtle should not have realized that the soldier that this war prepares for tomorrow is a new social type, incomparable with the Napoleonic soldier, with the captain of the tercio, or the centurion of Sulla.

Each epoch has its social prototype, I mean, a trade that serves as model and guide for all the forms of society. In Antiquity it is the soldier. All the public institutions derive, or at least, are inspired by the warrior. The citizen is a citizen because he is a soldier of the fatherland and not the reverse. The Roman citizens are the quirites, which means the men of the lance. And when the community of the Seven Hills enters history, it carries out the constitutional reform of Servius Tullius, which consisted in replacing the organization of the people, founded on family inheritances —the curiae— with another —the centuries— modeled on military conveniences.

What the warrior was for the ancient world, the worker is for our age. His juridical creations, his organs of cooperation and defense go, little by little, informing the whole body of the State. To want to stop that current before the military craft is equivalent to closing for it the door of the future.

The present war, formidable turquoise of fire and death, has molded a new ideal of warrior. Today the European soldier lives buried in the trench; when he comes out of it we shall see that half of his body is a worker’s. And he will feel indomitable repugnance for all the archaic privileges that made of the Army a specimen of vanished faunas.

We are going, then, toward the attempt to fabricate a Spain different from and superior to the one Mr. Sánchez de Toca has known. For her we need all hands: the soldier’s as much as the worker’s, joined in the sublime labor of hewing ourselves a healthy fatherland. Let not a lawyer of other times come to break astutely this severe fraternity.

And even though he come, the motto of the defense Juntas must be the same that Cromwell gave to his armies: Vestigia nulla retrorsum: no trace backward.


Having made this brief halt to hear the ancient and suggestive voice of Don Joaquín Sánchez de Toca, let us say what the tram conductors in New York say upon leaving: Forward! ¡Adelante!

El Sol, December 28, 1917

Tutti conoscono il famoso gioco di parole che Bergson impiega per condensare una delle sue più sagaci teorie: «le désordre —dice— c’est le conflit entre deux ordres». «Il disordine è il conflitto tra due ordini». Quando la situazione delle cose nella realtà non coincide con la griglia delle idee nella nostra testa, diciamo che le cose sono in disordine. L’ordine delle idee nella mente rispettabile, ma un po’ faraonica, del signor Sánchez de Toca non ammette che nel mondo esistano Giunte militari di difesa. Niente di più naturale: la mente del signor Sánchez de Toca fu educata nella tertulia di Cánovas del Castillo, e si nutrì dell’uberrima Restaurazione. La Restaurazione fu un’epoca in cui regnava un delizioso ordine: in essa si fece o si lasciò di fare ogni cosa a beneficio di una maschera e finzione d’ordine. Ma alla deliziosa epoca restauratrice seguirono gli anni delle vacche magre. Non si dimentichi che noi, che ora siamo nel mezzo del cammino, dovemmo nutrire la nostra giovinezza con le amarezze del 1898. Il 1898 —sarà necessario avvertirlo?— non è una pagina di retorica: è il disonore e la vergogna, è la miseria e la disperazione, è aver trovato, al risveglio, tronche le speranze e le tradizioni familiari, macchiato il focolare, falciata di ogni ideale, di ogni virtù la nativa campagna. Il 1898 non è una pagina di retorica, anzi è la ferita aperta che nell’anima portiamo noi spagnoli di trent’anni e alla quale dobbiamo affacciarci per vedere la vita e il mondo. Giusto è, dunque, che l’ordine delle nostre idee non coincida con quello di cui usufruisce il signor Sánchez de Toca. Questo rispettabile politico è assalito a un tratto dal tormentoso scrupolo che si stia mancando alla disciplina; ciò gli pare un orrifico disordine. Invece poté vivere mediocremente felice in un regime pubblico che tollerava la triste farsa suburbana di un esercito inesistente, schernito dal favoritismo e governato dall’incompetenza. Inoltre, secondo quanto mi dicono; quando nell’ultima crisi fu chiamato a Palazzo il nostro barocco statista, indicò alla Corona che si trovava d’accordo con le Giunte di difesa. Certo è che queste non erano complici in tale accordo: né lo avevano cercato, né ne avevano sospetto.

Questo scrupolo subitaneo, che sgorga nel vecchio cuore astuto del nostro don Joaquín Sánchez de Toca, riesce a intenerirci per un momento.

Ma nulla più che un momento. L’avvenire è cosa troppo seria perché lo subordiniamo a queste tenerezze transitorie motivate da un uomo, senza dubbio rispettabile, ma caduco, e il cui interesse consiste nel fatto che perduri la struttura sociale dove egli ha vissuto e trionfato.

Noi abbiamo bisogno che la seconda parte della nostra vita sia un po’ più gradevole e più umana della prima; abbiamo bisogno, per lo meno, di preparare ai nostri figli una Spagna più nobile e fertile, che somigli il meno possibile alla stalla di Augia. Operai, militari, contadini, tecnici, industriali, siamo risoluti a ciò. Senza millanterie né vociferazioni sdrucciole; piuttosto con la tranquilla energia che procura la luminosa evidenza del dovere. Sappiamo che un popolo non cambia scheletro senza dolori e pericolosi frangenti. Passeremo, senza dubbio, attraverso ore di angoscia e apparenti disordini. Ma quelli saranno degni del tempo avvenire, che sappiano, in mezzo agli eventi multicolori, non perdere di vista la meta finale, la Spagna migliore.

I militari sono stati gli iniziatori della nuova traiettoria: sarebbe un errore che vedessero nella letteratura del signor Sánchez de Toca un’obiezione seria. Né loro né noi crediamo che le Giunte di difesa militari e civili possano vivere durevolmente come finora. A loro e a noi urge che questa nuova istituzione, nata, con così feconda originalità, dai dolori nazionali, riceva la sua consacrazione giuridica. Se conseguiamo questo prima della fine della guerra, avremo offerto al mondo un esempio di nuovi organismi sociali, che basterà a giustificare ai loro occhi la nostra assenza dalla lotta universale.

Invece di guardare al futuro, il signor Sánchez de Toca si occupa ora di compitare la storia romana, e ci invita a una politica con un programma da primo anno di latino. È strano che un uomo tanto colto e tanto sottile non si sia reso conto che il militare che questa guerra prepara per il domani è un tipo sociale nuovo e incomparabile con il soldato napoleonico, con il capitano di tercio o con il centurione di Silla.

Ogni epoca ha il suo prototipo sociale, voglio dire, un mestiere che serve da modello e guida per tutte le forme della società. Nell’Età Antica è il soldato. Tutte le istituzioni pubbliche derivano, o quanto meno, si ispirano al guerriero. Il cittadino è cittadino perché è soldato della patria e non viceversa. I cittadini romani sono i quiriti, che vuol dire gli uomini della lancia. E quando la comunità dei Sette Colli entra nella storia, realizza la riforma costituzionale di Servio Tullio, la quale consistette nel sostituire l’organizzazione del popolo, fondata sulle eredità familiari —le curie— con un’altra —le centurie— ricalcata sulle convenienze militari.

Ciò che il guerriero fu per il mondo antico, è per la nostra età l’operaio. Le sue creazioni giuridiche, i suoi organi di cooperazione e di difesa vanno, a poco a poco, informando il corpo tutto dello Stato. Voler arrestare quella corrente dinanzi all’ufficio militare equivale a chiudere per questo la porta dell’avvenire.

La presente guerra, turchese formidabile di fuoco e di morte, ha plasmato un nuovo ideale di guerriero. Vive oggi il militare europeo sepolto nella trincea; quando ne uscirà vedremo che metà del suo corpo è di operaio. E sentirà indomabile ripugnanza per tutti gli arcaici privilegi che facevano dell’Esercito un esemplare di faune scomparse.

Andiamo, dunque, verso il tentativo di fabbricare una Spagna diversa e superiore a quella che il signor Sánchez de Toca ha conosciuto. Per essa abbiamo bisogno di tutte le mani: quella del militare come quella dell’operaio, riunite nella sublime impresa di forgiarci una patria sana. Che non venga un avvocato di altri tempi a rompere astutamente questa severa fraternità.

E quand’anche venga, il motto delle Giunte di difesa deve essere lo stesso che Cromwell diede ai suoi eserciti: Vestigia nulla retrorsum: nessuna orma all’indietro.


Fatto questo breve alt per udire l’antica e suggestiva voce di don Joaquín Sánchez de Toca, diciamo ciò che al partire dicono i conducenti di tram a New York: Forward! ¡Adelante!

Il Sole, 28 dicembre 1917