Ortega y Gasset

Abstract

Continuation of the series: since June 1917 Spain has watched «a revolution in instalments» — military rebellion, the Barcelona parliamentary secession, the general strike, the October crisis — because monarchical politics answers with «quasis». Radical ideas are one thing, radical methods another: the country asks for different men and procedures, not different goals.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

POLÍTICA DEL CUASI

En primeros de junio publicaba yo cierto artículo titulado «Bajo el arco en ruina». Presentaba en él la reciente desobediencia militar como un suceso mucho más grave que una revolución. Porque la revolución, o triunfa o es vencida; si triunfa, instaura un nuevo régimen; si fracasa, restaura con nuevo vigor el preexistente. Pero la actitud de las oficiales no lleva a lo uno ni a lo otro: era sólo el primer capítulo de una revolución; era, por tanto, la invitación a una serie de ellas. Y en efecto, desde entonces asiste España a una revolución por entregas. La rebeldía militar de junio es seguida por la secesión parlamentaria de Barcelona. Tras ésta viene la huelga general de agosto, que repercute en la crisis patética de octubre y en la expulsión de sargentos y brigadas en diciembre. El azar, el puro y benévolo azar, permitió que no corriese igualmente la sangre en todas estas fechas; pero en todas, la misma amenaza cruenta se cernió sobre nuestro pueblo.

En el citado artículo expresaba mi temor de «que los partidarios de soluciones ficticias fuesen los verdaderos promotores de la revolución —sin saberlo, como era prosista el gentil hombre burgués». La única manera de corregir la situación —concluía yo— «es llevar lo ya hecho a sus últimas consecuencias».

Los acontecimientos se han complacido perversamente en darme la razón. Cada mes, cada quince días, un hecho anómalo y peligroso traía a la memoria de los desmemoriados el recuerdo de que vivimos un proceso revolucionario. A las veinticuatro horas, sin embargo, volvemos a olvidarnos de ello. Y en tanto, nutriéndose a sí mismo el morboso estado, aumentan las dificultades de su curación. Por si algo faltara para calificar la circunstancia, ya han hecho su aparición el hambre y el frío, los dos trágicos personajes que no se sabe quién suele dar cita en las horas revueltas de la Historia.

Nadie podrá decir mañana que la tormenta ha llegado de improviso. Todo lo contrario: viene paso a paso, «sin prisa y sin pausa, como las estrellas», decía Goethe. Envía por delante mensajeros para extremar la cortesía, y avanza tan mesurada, que parece temerse a sí misma.

Pero, ¿es evitable? —se me opondrá. ¡Ah! Eso no lo sabe nadie. Habría, pues, que responder como los bohemios de Murger cuando uno de ellos pregunta: ¿Dónde cenaremos esta noche? Y los demás: Mañana lo sabremos.

En cambio, se impone una pregunta clara: ¿Se hace lo posible para evitarlo? ¿Existe proporción entre la gravedad del momento y el tono de las soluciones?

A esto sí podemos responder: no.

Siempre he creído que, al menos en España, los mayores enemigos de la Monarquía no son los republicanos, sino un enemigo interior, tan íntimo, que habita en el círculo mismo de la Corona: es la indecisión de la política monárquica. Natural es que las monarquías no acepten las ideas llamadas radicales. Cuando en un pueblo el radicalismo de ideas triunfa, la Monarquía sucumbe.

Pero una cosa son las ideas radicales y otra los modos radicales. Nadie que no padezca una visión de la realidad deformada por el partidismo afirmará que la inquietud pública proviene de un entusiasmo creciente por estas o aquellas utopías políticas. Si alguna vez se ha manifestado con claridad en algún pueblo el afán de cambiar los modos y no las metas, es ahora en España.

Con rara unanimidad se demandan otros hombres y otros procedimientos. A esta demanda la política monárquica contesta con cuasis. No juzga, por lo visto, que es llegada la hora de ofrecer con plenitud lo que, sin ella, se ve obligada a aceptar.

El Gobierno vigente es ejemplo precioso de un Gobierno del cuasi o de un cuasi-gobierno. En efecto, no es un Gabinete de partido turnante, pero apenas si es otra cosa. Con el Presidente está en él cuasi el partido liberal, y con el señor La Cierva, cuasi el maurismo; con el señor Rodés, cuasi los republicanos y cuasi la Asamblea de parlamentarios. Con algún ministro no ha entrado cuasi nada, y con algún otro de lo viejo, cuasi todo. Nos parece revivir el admirable trozo de Larra que tituló, va para cien años, Cuasi pesadilla política.

Urgía un Gobierno ejecutivo, ubicuo, de radicales ademanes, en el cual concurriesen los más vivos colores de la gama política. Mejor un Gobierno-Arlequín que un Gobierno en gris menor, como el actual.

Un hombre, y más un pueblo, se alimenta, sobre todo, de la esperanza. Si no come hoy, pero espera comer mañana, se aguanta. Si los vicios que hoy ve está cierto de no verlos mañana, aguarda quedo el amanecer. Lo imposible es contener en la mansedumbre un pueblo a quien no se le da pan y se le quita la esperanza.

En días como éstos, de faena urgente e innumerable, el mayor enemigo de la política monárquica es un Gobierno paralítico.

¡Junio-enero! Seguimos bajo el arco en ruina.

El Sol, 22 de enero de 1918

II

UN POCO DE SOCIOLOGÍA

Uno de los fenómenos más extraños que la Historia presenta es la tolerancia de los hombres para la perduración de instituciones públicas reconocidamente ineficaces. Todos estamos de acuerdo en que este o el otro organismo nacional no sirve ya para cumplir su misión; parecería natural que inmediatamente se le sustituyese o modificase; cuando menos, que meditásemos con toda urgencia su relevo. Sin embargo, no solemos hacer esto. Al contrario, sentimos vagamente la impresión de que aquel organismo es, como el rocío o la marea, un hecho cósmico irremediable.

Este fenómeno sociológico no es peculiar de España ni de nuestro tiempo: se ha dado en toda sociedad y en todo tiempo, hasta el punto de representar en la mecánica social un papel análogo al que en física representa la inercia, y en biología el anquilosamiento. Si en cualquier instante de su historia realizamos una sección ideal en la estructura de una sociedad sana, hallaremos, como en la sección de un tronco de árbol, un núcleo de instituciones en plena vitalidad, que ejercen con suficiencia su función; en torno a ese núcleo habrá una zona de otros organismos públicos menos enérgicos, que han perdido en la conciencia de las gentes una parte de su sentido originario. En fin, circunscribiendo a esta zona habrá otra ocupada por juntas, comisiones, oficinas, leyes, magistraturas, caídas en evidente decrepitud, como las capas del tronco que se han convertido en corteza. Jamás hallamos que el árbol sea sólo medula; parece necesitar un mínimum de corteza, de materia fenecida que proteja la interior vitalidad. Del mismo modo, no podemos encontrar una sociedad que no lleve dentro de sí costumbres, leyes, instituciones petrificadas, cuya utilidad es desconocida, las cuales, no obstante, prolongan su existencia aparente.

Si ascendemos al momento de entrar en la Historia el pueblo jónico o el pueblo romano, los encontramos ya arrastrando principios sociales que no tenían sentido claro para los contemporáneos. Así, entre los jonios la organización en fratrías o hermandades no tiene ya en el alborear histórico otra realidad que ciertas periódicas comidas en común. Cuando Roma pone el pie en la Historia aparece cargada con no pocas magistraturas y reglamentos superfluos y sin sentido vivo. Por lo pronto, las tribus originarias que formaron la ciudad conservan una jerarquía que el romano de Servio Tulio acepta aún, pero ya no entiende: los Tatii preceden siempre a los Ramnes, y éstos, a los Luceres. Además, casi todas las instituciones son dobles; hay dos colegios de sacerdotes Salii, y otros dos de Luperci. Cada tribu se duplica en dos órdenes: hay Tatii priores, esto es, antiguos, y posteriores, o modernos. Las vestales forman tres parejas. El origen de esta duplicación, que va a conservarse al instituir el consulado, el tribunado, los ediles, etcétera, parece ser la fusión prehistórica de dos comunas: la Roma de la montaña, o palatina, con la Roma de la colina, o Quirinal. Los ciudadanos de una y otra no sienten entre sí la menor diferencia, y han perdido hasta la noción clara de su originaria separación. No obstante, toda magistratura palatina tiene rango superior a su correspondiente del Quirinal. Y ejemplo curioso del poder sugestivo que estas preeminencias tradicionales poseen, es que, no obstante la mayor altura del Quirinal, jamás un romano le llamó otra cosa que colina, reservando la dignidad de monte al menos levantado Palatino.

I

POLITICS OF THE QUASI

In early June I published a certain article entitled “Under the Arch in Ruin”. In it I presented the recent military disobedience as an event much more grave than a revolution. Because the revolution, either triumphs or is vanquished; if it triumphs, it installs a new regime; if it fails, it restores with new vigor the preexisting one. But the attitude of the officers leads neither to the one nor to the other: it was only the first chapter of a revolution; it was, therefore, the invitation to a series of them. And in effect, since then Spain attends a revolution in installments. The military rebellion of June is followed by the parliamentary secession of Barcelona. After this comes the general strike of August, which reverberates in the pathetic crisis of October and in the expulsion of sergeants and brigadiers in December. Chance, pure and benevolent chance, allowed that blood did not run equally on all these dates; but on all, the same bloody threat hovered over our people.

In the cited article I expressed my fear that “the partisans of fictitious solutions should be the true promoters of the revolution —without knowing it, as the bourgeois gentleman was a prose writer”. The only way to correct the situation —I concluded— “is to carry what has already been done to its last consequences”.

Events have perversely taken pleasure in giving me reason. Every month, every fortnight, an anomalous and dangerous fact brought back to the memory of the forgetful the recollection that we live in a revolutionary process. At twenty-four hours, nevertheless, we return to forgetting it. And meanwhile, the morbid state nourishing itself, the difficulties of its cure increase. As if something were lacking to qualify the circumstance, hunger and cold have already made their appearance, the two tragic characters of whom one does not know who is wont to give them an appointment in the troubled hours of History.

No one will be able to say tomorrow that the storm has come unexpectedly. Quite the contrary: it comes step by step, “without haste and without pause, like the stars”, said Goethe. It sends messengers ahead to carry courtesy to the extreme, and advances so measured, that it seems to fear itself.

But, is it avoidable? —it will be objected to me. Ah! That nobody knows. One would have to answer, then, as the Bohemians of Murger when one of them asks: Where shall we dine tonight? And the others: Tomorrow we shall know.

On the other hand, a clear question imposes itself: Is everything possible being done to avoid it? Is there proportion between the gravity of the moment and the tone of the solutions?

To this we can indeed answer: no.

I have always believed that, at least in Spain, the greatest enemies of the Monarchy are not the republicans, but an interior enemy, so intimate, that it dwells in the very circle of the Crown: it is the indecision of monarchical politics. Natural it is that monarchies should not accept the ideas called radical. When in a people the radicalism of ideas triumphs, the Monarchy succumbs.

But one thing are radical ideas and another radical modes. No one who does not suffer a vision of reality deformed by partisanship will affirm that public unrest comes from a growing enthusiasm for these or those political utopias. If ever there has manifested itself with clarity in any people the eagerness to change the modes and not the goals, it is now in Spain.

With rare unanimity other men and other procedures are demanded. To this demand monarchical politics answers with quasis. It does not judge, apparently, that the hour has come to offer in fullness what, without it, it sees itself obliged to accept.

The current Government is a precious example of a Government of the quasi or of a quasi-government. In effect, it is not a Cabinet of the turn-taking party, but barely anything else. With the President there is in it quasi the liberal party, and with Mr. La Cierva, quasi Maurism; with Mr. Rodés, quasi the republicans and quasi the Assembly of parliamentarians. With some minister there has entered quasi nothing, and with some other of the old, quasi everything. It seems to us we are reliving the admirable piece of Larra that he titled, going on a hundred years, Quasi political nightmare.

An executive, ubiquitous Government, of radical gestures, was urgent, in which the liveliest colors of the political gamut should concur. Better a Harlequin-Government than a Government in minor gray, like the present one.

A man, and still more a people, feeds above all on hope. If he does not eat today, but hopes to eat tomorrow, he holds out. If the vices he sees today he is certain not to see tomorrow, he awaits quietly the dawn. The impossible is to contain in meekness a people to whom bread is not given and from whom hope is taken away.

On days like these, of urgent and countless labor, the greatest enemy of monarchical politics is a paralytic government.

June-January! We remain under the arch in ruin.

El Sol, January 22, 1918

II

A LITTLE SOCIOLOGY

One of the strangest phenomena that History presents is the tolerance of men for the endurance of publicly recognized ineffective institutions. We are all agreed that this or that national organism no longer serves to fulfill its mission; it would seem natural that immediately it should be replaced or modified; at least, that we should meditate with all urgency on its relief. However, we are not wont to do this. On the contrary, we vaguely feel the impression that that organism is, like the dew or the tide, an irremediable cosmic fact.

This sociological phenomenon is not peculiar to Spain nor to our time: it has occurred in every society and in every time, to the point of representing in social mechanics a role analogous to that which inertia represents in physics, and in biology ankylosis. If at any instant of its history we make an ideal section in the structure of a healthy society, we shall find, as in the section of a tree trunk, a nucleus of institutions in full vitality, which exercise their function with sufficiency; around that nucleus there will be a zone of other less energetic public organisms, which have lost in the consciousness of people a part of their originary sense. Finally, circumscribing this zone there will be another occupied by boards, commissions, offices, laws, magistracies, fallen into evident decrepitude, like the layers of the trunk that have become bark. Never do we find that the tree is only marrow; it seems to need a minimum of bark, of matter deceased that protects the interior vitality. In the same way, we cannot find a society that does not carry within itself customs, laws, petrified institutions, whose utility is unknown, which, nevertheless, prolong their apparent existence.

If we ascend to the moment of entering History the Ionian people or the Roman people, we find them already dragging social principles that had no clear meaning for contemporaries. Thus, among the Ionians the organization in phratries or brotherhoods has no longer, at the historical dawning, other reality than certain periodic communal meals. When Rome sets foot in History it appears loaded with not a few superfluous magistracies and regulations without living sense. For the time being, the originary tribes that formed the city conserve a hierarchy that the Roman of Servius Tullius still accepts, but no longer understands: the Tatii always precede the Ramnes, and these, the Luceres. Moreover, almost all the institutions are double; there are two colleges of Salii priests, and two others of Luperci. Each tribe duplicates itself into two orders: there are Tatii priores, that is, ancient, and posteriores, or modern. The Vestals form three pairs. The origin of this duplication, which will be conserved in instituting the consulate, the tribunate, the aediles, etcetera, seems to be the prehistoric fusion of two communes: the Rome of the mountain, or Palatine, with the Rome of the hill, or Quirinal. The citizens of the one and the other do not feel among themselves the least difference, and have lost even the clear notion of their originary separation. Nevertheless, every Palatine magistracy has higher rank than its corresponding one of the Quirinal. And a curious example of the suggestive power that these traditional preeminences possess, is that, notwithstanding the greater height of the Quirinal, no Roman ever called it anything but hill, reserving the dignity of mountain for the less elevated Palatine.

I

POLITICA DEL QUASI

Ai primi di giugno pubblicavo io un certo articolo intitolato «Sotto l’arco in rovina». Presentavo in esso la recente disobbedienza militare come un avvenimento molto più grave di una rivoluzione. Perché la rivoluzione, o trionfa o è vinta; se trionfa, instaura un nuovo regime; se fallisce, restaura con nuovo vigore il preesistente. Ma l’atteggiamento degli ufficiali non porta né all’uno né all’altro: era soltanto il primo capitolo di una rivoluzione; era, perciò, l’invito a una serie di esse. E in effetti, da allora la Spagna assiste a una rivoluzione a puntate. La ribellione militare di giugno è seguita dalla secessione parlamentare di Barcellona. Dopo questa viene lo sciopero generale di agosto, che si ripercuote nella crisi patetica di ottobre e nell’espulsione di sergenti e brigadieri a dicembre. Il caso, il puro e benevolo caso, permise che il sangue non scorresse egualmente in tutte queste date; ma in tutte, la stessa minaccia cruenta si librò sul nostro popolo.

Nel citato articolo esprimevo il mio timore che «i fautori di soluzioni fittizie fossero i veri promotori della rivoluzione —senza saperlo, come era prosaico il gentiluomo borghese». L’unico modo per correggere la situazione —concludevo— «è portare ciò che è già stato fatto alle sue ultime conseguenze».

Gli avvenimenti si sono compiaciuti perversamente nel darmi ragione. Ogni mese, ogni quindici giorni, un fatto anomalo e pericoloso riportava alla memoria dei dimentichi il ricordo che viviamo un processo rivoluzionario. A ventiquattr’ore, tuttavia, torniamo a dimenticarcene. E intanto, nutrendo se stesso lo stato morboso, aumentano le difficoltà della sua guarigione. Perché nulla mancasse a qualificare la circostanza, hanno già fatto la loro comparsa la fame e il freddo, i due tragici personaggi che non si sa chi sia solito dare appuntamento nelle ore torbide della Storia.

Nessuno potrà dire domani che la tempesta è arrivata all’improvviso. Tutto il contrario: viene passo a passo, «senza fretta e senza pausa, come le stelle», diceva Goethe. Manda innanzi messaggeri per estremare la cortesia, e avanza così misurata, che sembra temere sé stessa.

Ma, è evitabile? —mi si obietterà. Ah! Questo nessuno lo sa. Bisognerebbe, dunque, rispondere come i bohémiens di Murger quando uno di loro domanda: Dove ceneremo stasera? E gli altri: Domani lo sapremo.

Invece, si impone una domanda chiara: si fa il possibile per evitarlo? Esiste proporzione tra la gravità del momento e il tono delle soluzioni?

A questo sì possiamo rispondere: no.

Ho sempre creduto che, almeno in Spagna, i maggiori nemici della Monarchia non siano i repubblicani, ma un nemico interiore, così intimo, che abita nel cerchio stesso della Corona: è l’indecisione della politica monarchica. Naturale è che le monarchie non accettino le idee chiamate radicali. Quando in un popolo il radicalismo delle idee trionfa, la Monarchia soccombe.

Ma una cosa sono le idee radicali e un’altra i modi radicali. Nessuno che non sia affetto da una visione della realtà deformata dal partitismo affermerà che l’inquietudine pubblica proviene da un entusiasmo crescente per queste o quelle utopie politiche. Semmai si è manifestato con chiarezza in qualche popolo l’ansia di cambiare i modi e non le mete, è ora in Spagna.

Con rara unanimità si richiedono altri uomini e altri procedimenti. A questa richiesta la politica monarchica risponde con dei quasi. Non giudica, a quanto pare, che sia giunta l’ora di offrire con pienezza ciò che, senza di essa, si vede obbligata ad accettare.

Il Governo vigente è esempio prezioso di un Governo del quasi o di un quasi-governo. In effetti, non è un Gabinetto di partito turnante, ma a mala pena è altra cosa. Con il Presidente è in esso quasi il partito liberale, e con il signor La Cierva, quasi il maurismo; con il signor Rodés, quasi i repubblicani e quasi l’Assemblea dei parlamentari. Con qualche ministro non è entrato quasi nulla, e con qualche altro del vecchio, quasi tutto. Ci pare di rivivere l’ammirevole brano di Larra che intitolò, va per i cent’anni, Quasi incubo politico.

Urgeva un Governo esecutivo, ubicuo, dai gesti radicali, nel quale concorressero i più vivi colori della gamma politica. Meglio un Governo-Arlecchino che un Governo in grigio minore, come quello attuale.

Un uomo, e ancor più un popolo, si nutre soprattutto di speranza. Se oggi non mangia, ma spera di mangiare domani, resiste. Se dei vizi che oggi vede è certo di non vederli domani, attende cheto l’alba. L’impossibile è contenere nella mansuetudine un popolo a cui non si dà pane e a cui si toglie la speranza.

In giorni come questi, di lavoro urgente e innumerevole, il maggior nemico della politica monarchica è un governo paralitico.

Giugno-gennaio! Continuiamo sotto l’arco in rovina.

Il Sole, 22 gennaio 1918

II

UN POCO DI SOCIOLOGIA

Uno dei fenomeni più strani che la Storia presenta è la tolleranza degli uomini per la perdurazione di istituzioni pubbliche riconosciutamente inefficaci. Tutti siamo d’accordo che questo o quell’organismo nazionale non serve più ad adempiere la sua missione; sembrerebbe naturale che subito lo si sostituisse o modificasse; quanto meno, che meditassimo con tutta urgenza la sua sostituzione. Tuttavia, non siamo soliti fare questo. Al contrario, sentiamo vagamente l’impressione che quell’organismo sia, come la rugiada o la marea, un fatto cosmico irrimediabile.

Questo fenomeno sociologico non è peculiare della Spagna né del nostro tempo: si è verificato in ogni società e in ogni tempo, fino al punto di rappresentare nella meccanica sociale un ruolo analogo a quello che in fisica rappresenta l’inerzia, e in biologia l’anchilosi. Se in un qualsiasi istante della sua storia pratichiamo una sezione ideale nella struttura di una società sana, troveremo, come nella sezione di un tronco d’albero, un nucleo di istituzioni in piena vitalità, che esercitano con sufficienza la loro funzione; attorno a quel nucleo vi sarà una zona di altri organismi pubblici meno energici, che hanno perso nella coscienza delle genti una parte del loro senso originario. Infine, circoscrivendo a questa zona vi sarà un’altra occupata da giunte, commissioni, uffici, leggi, magistrature, cadute in evidente decrepitezza, come gli strati del tronco che si sono trasformati in corteccia. Non troviamo mai che l’albero sia solo midollo; sembra aver bisogno di un minimum di corteccia, di materia estinta che protegga l’interiore vitalità. Allo stesso modo, non possiamo trovare una società che non porti dentro di sé costumi, leggi, istituzioni pietrificate, la cui utilità è sconosciuta, le quali, nondimeno, prolungano la loro esistenza apparente.

Se risaliamo al momento in cui il popolo ionico o il popolo romano entrano nella Storia, li troviamo già trascinando principi sociali che non avevano senso chiaro per i contemporanei. Così, tra gli Ioni l’organizzazione in fratrie o fratellanze non ha più, all’albeggiare storico, altra realtà che certi periodici pasti in comune. Quando Roma mette piede nella Storia appare carica di non poche magistrature e regolamenti superflui e senza senso vivo. Per il momento, le tribù originarie che formarono la città conservano una gerarchia che il romano di Servio Tullio accetta ancora, ma non comprende più: i Tatii precedono sempre i Ramnes, e questi, i Luceres. Inoltre, quasi tutte le istituzioni sono doppie; vi sono due collegi di sacerdoti Salii, e altri due di Luperci. Ogni tribù si duplica in due ordini: vi sono Tatii priores, cioè antichi, e posteriores, o moderni. Le vestali formano tre coppie. L’origine di questa duplicazione, che si conserverà nell’istituire il consolato, il tribunato, gli edili, eccetera, sembra essere la fusione preistorica di due comunità: la Roma del monte, o palatina, con la Roma del colle, o Quirinale. I cittadini dell’una e dell’altra non sentono tra loro la minima differenza, e hanno perduto persino la nozione chiara della loro originaria separazione. Nondimeno, ogni magistratura palatina ha rango superiore alla sua corrispondente del Quirinale. E curioso esempio del potere suggestivo che queste preeminenze tradizionali possiedono, è che, nonostante la maggior altezza del Quirinale, mai un romano lo chiamò altrimenti che colle, riservando la dignità di monte al meno elevato Palatino.

Cito estos ejemplos tan conocidos porque no existen otras sociedades a cuyo nacimiento asistamos con mayor proximidad. Además, se trata de dos pueblos que nacen no sólo como Estados, sino como culturas. Parecería, pues, natural que, no habiendo en ellos ni un pasado por liquidar ni principios heterogéneos recibidos de otras civilizaciones, todo en el cuerpo público gozase de plena actualidad. Sin embargo, vemos que no es así. Toda sociedad despilfarra una cantidad de sus energías en llevar a cuestas instituciones supervivientes que no sirven para lo que pretenden servir. En su clásico libro sobre Civilización primitiva, llamó Taylor a este fenómeno survival. El nombre no es el más oportuno, porque esos residuos de otros tiempos no sobreviven, antes bien, sobremueren, hacen gravitar sus cadáveres sobre la porción viva de la sociedad.

Un sociólogo conservador podía insistir sobre este punto mostrando cómo esas organizaciones que ya no cumplen su primario fin, tienen, no obstante, algún papel en la vida pública, aunque sólo sea como el corcho en torno al árbol, para abrigar y defender de las mudanzas atmosféricas los órganos interiores más vivaces, pero más tiernos.

Yo no tendría nada que oponer a esa interpretación conservadora. Al contrario, me parece muy oportuna y acertada. Cuando oigo a un radical o progresista describirme su ideal de la sociedad, me parece ver un cuerpo humano al que han desollado y cuyas carnes vivas hiere e irrita el viento al menor soplo. Por lo visto, en el plan de la naturaleza está dispuesto que necesitemos para subsistir cierta dosis de acorchamiento y de callo.

Pero asimismo reconocerán los señores conservadores que es preciso poner una tasa al corcho y al callo. Cuando en un pueblo, como en España acontece, casi todas las instituciones y organismos públicos no funcionan, la vida nacional está en grave peligro. La tolerancia de instituciones desvirtuadas tiene marcado un máximum, del cual no es posible pasar so pena de fenecimiento o de… revolución.

Porque, no lo duden los señores conservadores: un motín podrá nacer de otras causas, pero una revolución es siempre la revolución contra el corcho, contra el callo y contra el imperio de los cadáveres. En vez de sustituir día por día lo que va dejando de ser eficaz con nuevas articulaciones, rodajes y poleas, dejan las inercias conservadoras que se acumule la obra muerta y llegue un momento en que no se pueda echar mano de una parte del organismo para corregir la otra parte defectuosa, sino que sea menester una súbita y catastrófica transmigración del alma pública a un cuerpo completamente nuevo.

En España hemos llegado palmariamente a este caso extremo. Cuando nos quejamos de la insinceridad electoral y buscamos corregirla, pensamos en los tribunales, pero al punto nos sale al paso la insinceridad, no menos grave, de éstos, y así sucesivamente. Busca con los ojos el español una institución saludable que emplear como instrumento para la purificación y vivificación de las otras. Sus ojos se deslizan de ésta en aquélla sin que ninguna le prometa buenos servicios. Todas le parecen anquilosadas, cuando no podridas. En tal situación de ánimo es lo más peligroso que, al vagar la mirada del español por el público desván, descubra, pendiente de un clavo, el hacha. Si la inconsciencia de los hombres responsables no le proporciona mejor instrumento, ¿quién podrá extrañar que haga él del hacha una institución?

Nada, pues, menos revolucionario y demoledor que pedir a las clases llamadas de orden un poco de entusiasmo y solicitud en la obra de reforma sentimentalmente iniciada en España. Urge revisar los organismos públicos en relación a su eficacia; urge podar instituciones enteras que han perdido todo prestigio, para sustituirlas con otras muy distintas. Esto exige que esas clases de orden moderen su místico respeto por cuanto es viejo y sólo porque es viejo es tradicional.

Fuera de España una sublime podadera ha comenzado su labor: la guerra. En medio de sus cruentos defectos tiene ésta, por lo menos, una virtud: sacudir la inercia social echando por la borda toda institución caduca. La lucha internacional obliga a rendir su máxima eficacia a los miembros de cada pueblo, y pone de manifiesto la insolvencia vital de muchos de ellos. Así en Francia y en Inglaterra se va apoderando de la conciencia pública la convicción de que una buena parte de las estructuras políticas inventadas en el siglo XIX son incapaces, y la hora de la paz será su última hora.

Porque no sólo han fracasado instituciones tradicionales, sino también instituciones democráticas. Al arrumbar Europa con aquéllas y éstas, tal vez descubramos que muchos radicales españoles se hacen tradicionalistas de la democracia.

El Sol, 15 de febrero de 1918

III

LA GUERRA Y LA INERCIA POLÍTICA

En medio de sus cruentos defectos, decía yo el otro día, tiene la guerra, cuando menos, una virtud: fluidifica el cuerpo del Estado, funde cuanto en él había petrificado y, dándole la blandura propia del plasma vivo, permite una nueva organización más enérgica, sensible y eficaz. No pienso que la guerra sea un poder creador, como no pienso que sea capaz de aniquilar nada seriamente humano. Lo más que puede hacer es favorecer o detener la expansión de ideas y de afanes colectivos que existían previamente. Pero esto es ya bastante poderío.

Ahora bien, esta guerra no ha sorprendido a Europa en el momento de iniciar nuevas rutas de vida. Al contrario: Europa yacía en la más triste inercia. Descontenta de su régimen público e ideológico, parecía no atreverse a ensayar uno nuevo. La constitución vigente de la sociedad había perdido todo prestigio, y, sin embargo, ningún pueblo se atrevía a romper los moldes establecidos. Los proyectos de otra existencia mejor se deslizaban tímidamente en las meditaciones más solitarias.

La institución parlamentaria, por ejemplo, había sido triturada, porfirizada por la crítica. En el ánimo de casi todo el mundo estaba la convicción de que el Parlamento significa la derrota de toda competencia y a la vez el triunfo de hombres de segunda calidad; los políticos y los periodistas, que necesitan unos de otros, como el aspa del molino el viento de la estepa. Al llamarlos de segunda calidad, no es necesario advertir que me refiero a la condición típica del oficio, no a los individuos que ejercen éste. El político parlamentario no tiene nada que ver con el estadista: no es un hombre que posea una idea serena, honda, compleja, y bien fundada de los problemas nacionales e internacionales. Decenio tras decenio, en España y fuera de España, hemos visto menguar el calibre intelectual de los llamados «hombres públicos», hasta el punto de que hoy parecen dedicarse a este menester sólo aquellos hombres que no sirven para nada sustantivo. La única cualidad que se exige al parlamentario es que sea elegido. Por esto se compone el Parlamento de gentes que poseen un talento inferior y hasta equívoco: el arte de hacerse elegir, arte poco compatible con un temple correcto y distinguido.

El político no es el estadista, sino el agitador, el ciudadano vociferador y gesticulante. Voz y gesto son modulados variamente, según que el político se sienta en la izquierda o en la derecha del hemiciclo; pero rara vez la voz empuja una idea y el gesto madura en acción.

El periodista no hace otra cosa que repercutir al político, y viene a ser un agitador por escrito. Opina sobre todo lo divino y lo humano con una liviandad incalculable, usando de un lenguaje que cada día se aproxima más a los barrios bajos del Diccionario.

Estos hombres, que podían ser útiles situados en su recto lugar, son los que el siglo XIX ha encargado de gobernar a los pueblos.

Tales eran las ideas arraigadas en la opinión pública mucho antes de que la guerra estallase. ¿Por qué no tenían consecuencias ejecutivas? A esta inercia de Europa, a esta parálisis que estorbaba a la acción seguir de cerca al pensamiento, aludía yo antes. La guerra, sacudiendo las reservas de la vitalidad occidental, parece resuelta a ponerle remedio. Todo anuncia que la lucha de ahora, lejos de detener un movimiento histórico iniciado, va a movilizar las ideas, que yacían sin piernas y sin brazos.

Muchos otros ejemplos cabía traer del desequilibrio anterior a la guerra entre las convicciones y los actos. El más importante de ellos —que me limito hoy a nombrar— es la desproporción entre la aquiescencia que el derecho económico del obrero había conquistado en la mayoría de las voluntades y la balbuciente legislación social. ¿Correspondía, por ventura, el grado de expansión sentimental que en Francia alcanzaron algunas ideas de socialización con las leyes e instituciones sancionadas para regular el trabajo, el jornal, el retiro, los Sindicatos, etcétera?

Esperamos, pues, que la convulsión bélica traiga consigo una radical revisión de las instituciones, y corrija el monstruoso desnivel existente entre lo que pensamos de ellas y lo que ellas son.

El Sol, 21 de febrero de 1918

IV

MÁS, MÁS MINISTROS

I cite these well-known examples because there are no other societies whose birth we witness more closely. Moreover, these are two peoples that are born not only as States, but as cultures. It would seem natural, then, that, having in them neither a past to liquidate nor heterogeneous principles received from other civilizations, everything in the public body should enjoy full currency. Yet we see this is not so. Every society squanders a quantity of its energies in carrying on its back surviving institutions that do not serve what they claim to serve. In his classic book on Primitive Culture, Taylor called this phenomenon survival. The name is not the most appropriate, because those residues of other times do not survive — rather, they over-die, they make their corpses weigh upon the living portion of society.

A conservative sociologist might insist on this point by showing how those organizations that no longer fulfill their primary purpose nonetheless have some role in public life, if only as the cork around the tree, to shelter and defend from atmospheric changes the inner organs that are more vigorous but more tender.

I would have nothing to object to this conservative interpretation. On the contrary, it seems to me very fitting and accurate. When I hear a radical or progressive describe his ideal of society, I seem to see a human body that has been flayed and whose living flesh is wounded and irritated by the wind at the slightest breeze. Apparently, in nature’s plan it is arranged that we need, in order to subsist, a certain dose of corkiness and callus.

But likewise the conservative gentlemen will recognize that it is necessary to set a limit to the cork and the callus. When in a people, as happens in Spain, almost all institutions and public bodies do not function, national life is in grave danger. The tolerance of enfeebled institutions has a marked maximum, beyond which it is not possible to go under penalty of decay or… revolution.

For, let the conservative gentlemen not doubt: a riot may be born of other causes, but a revolution is always the revolution against the cork, against the callus, and against the empire of corpses. Instead of replacing day by day what ceases to be effective with new joints, gears and pulleys, conservative inertias allow dead work to accumulate until a moment arrives when one cannot lay hands on one part of the organism to correct the other defective part, but rather a sudden and catastrophic transmigration of the public soul into a completely new body becomes necessary.

In Spain we have palpably reached this extreme case. When we complain of electoral insincerity and seek to correct it, we think of the courts, but at once the insincerity, no less grave, of these confronts us, and so on. The Spaniard searches with his eyes for a healthy institution to use as an instrument for the purification and vivification of the others. His eyes slide from this one to that one without any promising him good services. All seem to him ankylosed, if not rotten. In such a state of mind, the most dangerous thing is that, as the Spaniard’s gaze wanders through the public attic, it discovers, hanging from a nail, the axe. If the unconsciousness of responsible men does not provide him a better instrument, who could be surprised that he makes of the axe an institution?

Nothing, then, less revolutionary and demolishing than to ask the so-called classes of order for a little enthusiasm and solicitude in the work of reform sentimentally begun in Spain. It is urgent to review public bodies in relation to their efficacy; it is urgent to prune whole institutions that have lost all prestige, to replace them with others very different. This demands that those classes of order moderate their mystical respect for whatever is old and only because it is old is traditional.

Outside Spain a sublime pruning-hook has begun its labor: war. Amid its bloody defects, war has at least one virtue: it shakes social inertia by throwing overboard every decrepit institution. International struggle forces the members of each people to render their maximum efficacy, and reveals the vital insolvency of many of them. Thus in France and in England the conviction is taking hold of public consciousness that a good part of the political structures invented in the nineteenth century are incapable, and the hour of peace will be their final hour.

For not only have traditional institutions failed, but also democratic institutions. When Europe sweeps away the former and the latter, perhaps we shall discover that many Spanish radicals become traditionalists of democracy.

El Sol, 15 February 1918

III

WAR AND POLITICAL INERTIA

Amid its bloody defects, I said the other day, war has at least one virtue: it fluidifies the body of the State, melts whatever in it had petrified and, giving it the softness proper to living plasma, permits a new organization that is more energetic, sensitive and efficient. I do not think that war is a creative power, just as I do not think it is capable of annihilating anything seriously human. The most it can do is to favor or hinder the expansion of ideas and collective yearnings that existed previously. But this is already considerable power.

Now, this war has not surprised Europe at the moment of initiating new routes of life. On the contrary: Europe lay in the saddest inertia. Discontented with its public and ideological regime, it seemed not to dare to try a new one. The prevailing constitution of society had lost all prestige, and yet no people dared to break the established molds. Projects of another, better existence slipped timidly through the most solitary meditations.

The parliamentary institution, for example, had been triturated, pulverized by criticism. In the mind of almost everyone was the conviction that Parliament signifies the defeat of all competence and at the same time the triumph of second-rate men: politicians and journalists, who need one another as the mill-sail needs the wind of the steppe. In calling them second-rate, it is unnecessary to note that I refer to the typical condition of the trade, not to the individuals who exercise it. The parliamentary politician has nothing to do with the statesman: he is not a man who possesses a serene, deep, complex and well-founded idea of national and international problems. Decade after decade, in Spain and outside Spain, we have seen the intellectual caliber of so-called “public men” dwindle, to the point that today only those men who are good for nothing substantive seem to devote themselves to this occupation. The only quality demanded of the parliamentarian is that he be elected. For this reason Parliament is composed of people who possess an inferior and even equivocal talent: the art of getting elected, an art scarcely compatible with a correct and distinguished character.

The politician is not the statesman, but the agitator, the vociferating and gesticulating citizen. Voice and gesture are modulated variously, according to whether the politician feels himself on the left or the right of the hemicycle; but rarely does the voice push an idea and the gesture ripen into action.

The journalist does nothing but echo the politician, and comes to be an agitator in writing. He opines on everything divine and human with incalculable frivolity, using a language that each day draws closer to the slums of the Dictionary.

These men, who could be useful placed in their proper station, are those whom the nineteenth century has entrusted with governing peoples.

Such were the ideas rooted in public opinion long before the war broke out. Why did they have no executive consequences? To this inertia of Europe, to this paralysis that prevented action from following thought closely, I alluded before. The war, by shaking the reserves of Western vitality, seems resolved to remedy it. Everything announces that the present struggle, far from halting a historical movement already begun, is going to mobilize the ideas that lay without legs and without arms.

Many other examples could be brought of the pre-war imbalance between convictions and acts. The most important of them —I will do no more than name it today— is the disproportion between the acquiescence that the economic right of the worker had conquered in the majority of wills and the stammering social legislation. Did the degree of sentimental expansion that certain ideas of socialization reached in France correspond, perchance, to the laws and institutions sanctioned to regulate work, wages, retirement, trade unions, etc.?

We hope, then, that the war convulsion will bring with it a radical revision of institutions, and will correct the monstrous gap existing between what we think of them and what they are.

El Sol, 21 February 1918

IV

MORE, MORE MINISTERS

Cito questi esempi così noti perché non esistono altre società alla cui nascita assistiamo con maggiore prossimità. Inoltre, si tratta di due popoli che nascono non solo come Stati, ma come culture. Parrebbe, dunque, naturale che, non avendo in essi né un passato da liquidare né princìpi eterogenei ricevuti da altre civiltà, tutto nel corpo pubblico godesse di piena attualità. Tuttavia, vediamo che non è così. Ogni società dissipa una quantità delle sue energie nel portare sulle spalle istituzioni sopravvissute che non servono a ciò che pretendono di servire. Nel suo classico libro sulla Civiltà primitiva, Taylor chiamò questo fenomeno survival. Il nome non è il più opportuno, perché quei residui di altri tempi non sopravvivono, bensì soprammuoiono, fanno gravitare i loro cadaveri sulla porzione viva della società.

Un sociologo conservatore potrebbe insistere su questo punto mostrando come quelle organizzazioni che ormai non adempiono più al loro fine primario hanno, nondimeno, un qualche ruolo nella vita pubblica, fosse pure soltanto come il sughero intorno all’albero, per riparare e difendere dai mutamenti atmosferici gli organi interiori più vivaci, ma più teneri.

Io non avrei nulla da opporre a questa interpretazione conservatrice. Al contrario, mi sembra molto opportuna e azzeccata. Quando odo un radicale o progressista descrivermi il suo ideale di società, mi par di vedere un corpo umano che è stato scuoiato e le cui carni vive ferisce e irrita il vento al minimo soffio. A quanto pare, nel piano della natura è disposto che abbiamo bisogno per sussistere di una certa dose di sugherosità e di callo.

Ma parimenti riconosceranno i signori conservatori che è necessario porre un limite al sughero e al callo. Quando in un popolo, come accade in Spagna, quasi tutte le istituzioni e gli organismi pubblici non funzionano, la vita nazionale è in grave pericolo. La tolleranza di istituzioni svuotate ha un massimo segnato, oltre il quale non è possibile andare senza rischio di deperimento o… di rivoluzione.

Perché, non ne dubitino i signori conservatori: una sommossa potrà nascere da altre cause, ma una rivoluzione è sempre la rivoluzione contro il sughero, contro il callo e contro l’impero dei cadaveri. Invece di sostituire giorno per giorno ciò che cessa di essere efficace con nuove articolazioni, ingranaggi e pulegge, le inerzie conservatrici lasciano che si accumuli l’opera morta e giunga un momento in cui non si possa metter mano a una parte dell’organismo per correggere l’altra parte difettosa, ma sia necessario un’improvvisa e catastrofica trasmigrazione dell’anima pubblica in un corpo completamente nuovo.

In Spagna siamo giunti platealmente a questo caso estremo. Quando ci lamentiamo della mancanza di sincerità elettorale e cerchiamo di correggerla, pensiamo ai tribunali, ma subito ci viene incontro la mancanza di sincerità, non meno grave, di questi, e così via. Cerca con gli occhi lo spagnolo un’istituzione sana da impiegare come strumento per la purificazione e vivificazione delle altre. I suoi occhi scivolano da questa a quella senza che nessuna gli prometta buoni servigi. Tutte gli sembrano anchilosate, se non putride. In una tale situazione d’animo la cosa più pericolosa è che, vagando lo sguardo dello spagnolo per il pubblico solaio, scopra, appesa a un chiodo, la scure. Se l’incoscienza degli uomini responsabili non gli fornisce uno strumento migliore, chi potrà stupirsi che egli faccia della scure un’istituzione?

Nulla, dunque, di meno rivoluzionario e demolitore che chiedere alle classi cosiddette d’ordine un po’ di entusiasmo e sollecitudine nell’opera di riforma sentimentalmente iniziata in Spagna. Urge rivedere gli organismi pubblici in rapporto alla loro efficacia; urge potare istituzioni intere che hanno perso ogni prestigio, per sostituirle con altre molto diverse. Ciò esige che queste classi d’ordine moderino il loro mistico rispetto per quanto è vecchio e soltanto perché è vecchio è tradizionale.

Fuori di Spagna una sublime potatura ha cominciato il suo lavoro: la guerra. In mezzo ai suoi cruenti difetti, essa ha, perlomeno, una virtù: scuotere l’inerzia sociale gettando a mare ogni istituzione caduca. La lotta internazionale obbliga a rendere la massima efficacia ai membri di ciascun popolo, e mette in evidenza l’insolvenza vitale di molti di essi. Così in Francia e in Inghilterra va impadronendosi della coscienza pubblica la convinzione che una buona parte delle strutture politiche inventate nel secolo XIX sono incapaci, e l’ora della pace sarà la loro ultima ora.

Perché non solo sono fallite istituzioni tradizionali, ma anche istituzioni democratiche. Quando l’Europa farà piazza pulita delle une e delle altre, forse scopriremo che molti radicali spagnoli si fanno tradizionalisti della democrazia.

El Sol, 15 febbraio 1918

III

LA GUERRA E L’INERZIA POLITICA

In mezzo ai suoi cruenti difetti, dicevo l’altro giorno, la guerra ha, perlomeno, una virtù: fluidifica il corpo dello Stato, fonde quanto in esso si era pietrificato e, dandogli la mollezza propria del plasma vivo, permette una nuova organizzazione più energica, sensibile ed efficace. Non penso che la guerra sia un potere creatore, come non penso che sia capace di annichilire nulla di seriamente umano. Il massimo che può fare è favorire o arrestare l’espansione di idee e di aneliti collettivi che esistevano previamente. Ma questo è già un bel potere.

Ora, questa guerra non ha sorpreso l’Europa nel momento di iniziare nuove rotte di vita. Al contrario: l’Europa giaceva nella più triste inerzia. Scontenta del suo regime pubblico e ideologico, sembrava non osare di provarne uno nuovo. La costituzione vigente della società aveva perso ogni prestigio, e, tuttavia, nessun popolo osava rompere gli stampi stabiliti. I progetti di un’altra esistenza migliore scivolavano timidamente nelle meditazioni più solitarie.

L’istituzione parlamentare, per esempio, era stata triturata, porfirizzata dalla critica. Nell’animo di quasi tutti stava la convinzione che il Parlamento significhi la sconfitta di ogni competenza e al tempo stesso il trionfo di uomini di seconda qualità; i politici e i giornalisti, che hanno bisogno gli uni degli altri, come la pala del mulino del vento della steppa. Nel chiamarli di seconda qualità, non è necessario avvertire che mi riferisco alla condizione tipica del mestiere, non agli individui che lo esercitano. Il politico parlamentare non ha nulla a che vedere con lo statista: non è un uomo che possieda un’idea serena, profonda, complessa e ben fondata dei problemi nazionali e internazionali. Decennio dopo decennio, in Spagna e fuori di Spagna, abbiamo visto scemare il calibro intellettuale dei cosiddetti «uomini pubblici», fino al punto che oggi sembrano dedicarsi a questo mestiere soltanto quegli uomini che non servono a nulla di sostantivo. L’unica qualità che si esige dal parlamentare è che sia eletto. Per questo il Parlamento si compone di genti che possiedono un talento inferiore e perfino equivoco: l’arte di farsi eleggere, arte poco compatibile con un carattere retto e distinto.

Il politico non è lo statista, bensì l’agitatore, il cittadino vociante e gesticolante. Voce e gesto sono modulati variamente, a seconda che il politico si senta a sinistra o a destra dell’emiciclo; ma raramente la voce spinge un’idea e il gesto matura in azione.

Il giornalista non fa altro che fare eco al politico, e viene a essere un agitatore per iscritto. Opina su tutto il divino e l’umano con una leggerezza incalcolabile, usando un linguaggio che ogni giorno si avvicina di più ai bassifondi del Dizionario.

Questi uomini, che potevano essere utili situati al loro giusto posto, sono quelli che il secolo XIX ha incaricato di governare i popoli.

Tali erano le idee radicate nell’opinione pubblica molto prima che la guerra scoppiasse. Perché non avevano conseguenze esecutive? A questa inerzia dell’Europa, a questa paralisi che impediva all’azione di seguire da vicino il pensiero, alludevo prima. La guerra, scuotendo le riserve della vitalità occidentale, sembra decisa a porvi rimedio. Tutto annuncia che la lotta attuale, lungi dall’arrestare un movimento storico iniziato, sta per mobilitare le idee, che giacevano senza gambe e senza braccia.

Molti altri esempi si potrebbero addurre dello squilibrio anteriore alla guerra tra le convinzioni e gli atti. Il più importante —che mi limito oggi a nominare— è la sproporzione tra l’acquiescenza che il diritto economico dell’operaio aveva conquistato nella maggioranza delle volontà e la balbettante legislazione sociale. Corrispondeva forse il grado di espansione sentimentale che in Francia raggiunsero alcune idee di socializzazione con le leggi e le istituzioni sancite per regolare il lavoro, il salario, la pensione, i Sindacati, eccetera?

Speriamo, dunque, che la convulsione bellica porti con sé una radicale revisione delle istituzioni, e corregga il mostruoso dislivello esistente tra ciò che pensiamo di esse e ciò che esse sono.

El Sol, 21 febbraio 1918

IV

PIÙ, PIÙ MINISTRI

Aunque remota de la sangrienta línea, comienza España a sentir vagamente análogo afán. Por lo menos, se ha logrado ya una cosa: que sea lícito hablar de ciertas reformas sin quedar convicto de lunatismo.

Por ejemplo, de la más urgente y de la más asequible: la reforma de la institución ministerial. ¡El ministro al uso!… Yo espero que dentro de no muchos años, cuando vuelva a reinar en Europa el buen sentido, ausente durante un siglo, nos parecerá eso que hoy llamamos un ministro algo semejante a eso que hoy llamamos un megaterio.

Un buen día, siete ciudadanos, capitaneados por un octavo, se encargan de gobernar la nación. Cada uno comienza a regentar una rama amplísima de los servicios públicos, cuya constitución y mecanismo desconoce por completo. La nación tiene que esperar seis, ocho, diez meses, a que los señores ministros declaren haber alcanzado una turbia sospecha de los negociados que integran su resorte. Llegado este momento de iluminación, de ministerial Pentecostés en que el señor ministro aprende las lenguas de sus negociados, sobreviene la crisis política. Otros siete ciudadanos, bajo un nuevo octavo, ascienden, frescos, radiantes, primaverales, por las laderas del Gobierno: dicen las mismas palabras de salutación y promesa, y se disponen nuevamente a flotar sobre el caos de sus negociados alícuotas, como el espíritu de Dios sobre la nebulosa genesíaca. Y así una vez, y otra, y un siglo. Algunos amigos míos llaman a esto democracia.

La ausencia de sentido común que la conciencia contemporánea pone de manifiesto al tolerar una institución en tal grado absurda, basta para desprestigiar a nuestra época, políticamente tan vanidosa. ¿Es eso, eso lo que ha venido a lograrse después de la Revolución francesa? ¿Es ese el resultado del siglo de las luces? Lo siento por la Revolución y por las luces.

Tres defectos radicales, que nacen unos de otros, se han notado cien veces en la institución ministerial: la falta de competencia en los ministros, la falta de continuidad en su labor y la supeditación, más aún, la absorción de sus deberes administrativos por sus obligaciones políticas.

¿Cómo corregir lo primero? El ministro no puede ser competente porque tiene que ser un político. Tiene que ser un político, porque los siete ministros son solidarios de una vaga cosa que se llama «política del Gabinete»; en virtud de ella, un chiste que el ministro de Gracia y Justicia dispara ante unos periodistas, arranca de sus poltronas a todos los demás. Mientras esta solidaridad se exija, no podrá efectuarse una selección de competencias.

Pero, además, aun cuando por azar cayese una cartera en manos competentes, no podrían éstas ejecutar una faena fecunda. Con alguna excepción, cada ministerio acumula una cantidad increíble de funciones públicas. La vida contemporánea se ha ido complicando fabulosamente. Con esa complicación ha coincidido una tendencia —yo creo que transitoria— a concentrar en el Estado todos los hilos de la existencia social, Así es hoy un solo ministerio más difícil de conducir que el Estado de Luis XIV. Un hombre completamente serio no podría hoy decir: «El ministerio de Hacienda soy yo». Esto excluye, por vía automática, de los ministerios a todo hombre completamente serio. Hace falta una sabia mezcla de audacia, inconsciencia y frivolidad, para que un ciudadano se atreva a tomar sobre sí la responsabilidad de cuanto se hace en una secretaría de despacho. Porque los ministerios siguen siendo, como institución, lo que fueron en tiempos menos complejos las secretarías de despacho.

Y uno se pregunta: ¿qué razón clara existe para la actual división en siete carteras? ¿Por qué no más, por qué no menos? ¿Se trata de una devoción cabalística hacia el número siete? La consideración material del tiempo y el esfuerzo que el mejor dotado necesita para hacer algo bien, nos propone ya la multiplicación de los ministros. Más ministros y más orgánicamente repartidas sus funciones.

Esta prolificación de las carteras traería, naturalmente, consigo la corrección, cuando menos, la atenuación de la solidaridad política entre los individuos de un Gabinete. Compaginar a siete es difícil; pero a catorce, es imposible. Cada uno gozaría de mayor independencia frente a los otros, y cuando en un orden gubernativo alcanzase un tema gravedad política suficiente para derribar a un ministro, no arrastraría a todos los demás. La situación de cada uno sería, pues, más estable, por ser menos dependiente, y menos dependiente, por ser más densa, limitada, y concreta su responsabilidad.

De este modo se evitaría también que la actuación propiamente administrativa de cada ministro esté impregnada por entero de significación política. Hoy la personalidad y la labor del ministro quedan absorbidas por su fisonomía política. De aquí que la más leve Real orden sea sospechada de partidismo y carezca el firmante de autoridad moral para imponer respeto —no sólo obediencia— a sus decisiones.

El asunto suscita innumerables comentarios. Cortémoslos aquí, ya que no habría manera de agotarlos.

El señor Maura inició en la última crisis una reorganización ministerial que parecía tender a lo mismo que yo aquí sostengo. Sin embargo, su intención, al fracasar, quedó imprecisa. Además, en ella se unían dos propósitos, tal vez concordables, pero distintos: la introducción de ministros sin cartera y la selección de competencia.

Yo creo más eficaz y hacedero reducir, por lo pronto, la reforma de esta institución al simple aumento de ministerios. Ello permitiría reducir a dos o tres resortes el carácter estrictamente político, dejando libres a los demás de la solidaridad con un programa de grupo. Entonces cabría poner al frente de estos ministerios exentos de política a ciudadanos competentes.

El Sol, 22 de febrero de 1918

V

EL HOMBRE DE LA CALLE BUSCA UN CANDIDATO

El hombre de la calle, claro está, no aspira a ser elegido. Se contentaría con ser elector feliz, con ser un elector que encuentra un candidato de su gusto. Por esto ha encendido la lámpara de Diógenes, y anda por ahí buscando un candidato entre los hombres y un hombre entre los candidatos.

¿Son tantas, por ventura, las exigencias del hombre de la calle que corra el riesgo de no hallar candidato suficiente? No; todo lo contrario. Las candidaturas que en papeles rojos y amarillos le hacen desde todas las paredes ademanes tauromáquicos no encajan en su humilde aspiración de elector, porque todas son excesivas. Él preferiría personas y modales más modestos, y los optantes a la diputación le asustan con sus promesas superlativas. Izquierdas y derechas se acercan a él y se obstinan en querer hacerle feliz. El hombre de la calle, perplejo y confundido, se deshace en excusas ante parejas efusiones de tan egregios personajes. «¡Oh, no se molesten por eso, señores!; no merece la pena…» Y al encontrarse en el Botánico con su vecino, el de las clases pasivas, le dice: «¡Ya ve usted…! ¡Qué corazones más caritativos! ¡Los republicanos, los monárquicos…, todos quieren hacerle a uno feliz!»

El hombre de la calle es ya viejo, tan viejo como el sufragio universal. Ha atravesado todas las vicisitudes y experiencias de éste, y, sin grandes meditaciones, ha llegado a formarse, cuando no ideas, ciertos instintos políticos. Así, empieza a sospechar que no sólo este o aquel partido, sino la política entera, está montada en un tono de grandilocuencia y megalomanía que fatalmente la desvía y pervierte. Lo primero que debía hacer para volver al buen camino es la gentil renuncia de hacer felices a los hombres. Monarquía y República, centralismo y regionalismo, tradicionalismo y democracia no son órganos para la felicidad. Ésta depende de circunstancias mucho más hondas y graves que cuanto la política puede discutir.

El siglo XIX, que es nuestro más próximo enemigo, cometió el monstruoso error de aplicar a la política los mismos sentimientos radicales que antes se apacentaban en la religión. Nos prometía ésta salvarnos, poniéndonos en trato con poderes soberanos capaces de resolver nuestros últimos problemas. La religión administra las postrimerías, y por tanto, será erróneo, pero no absurdo, que le dediquemos las más profundas emociones.

Although remote from the bloody line, Spain begins to feel vaguely an analogous eagerness. At least, one thing has already been achieved: that it be licit to speak of certain reforms without remaining convicted of lunatism.

For example, of the most urgent and the most accessible: the reform of the ministerial institution. The minister of the usual sort!… I hope that within not many years, when good sense, absent for a century, returns to reign in Europe, what today we call a minister will seem to us something similar to what today we call a megatherium.

One fine day, seven citizens, captained by an eighth, take charge of governing the nation. Each one begins to administer a very broad branch of the public services, whose constitution and mechanism he completely ignores. The nation has to wait six, eight, ten months, for the gentlemen ministers to declare that they have attained a murky suspicion of the departments that make up their province. Arrived this moment of illumination, of a ministerial Pentecost in which Mr. Minister learns the tongues of his departments, the political crisis supervenes. Another seven citizens, under a new eighth, ascend, fresh, radiant, vernal, up the slopes of the Government: they say the same words of salutation and promise, and dispose themselves anew to float over the chaos of their aliquot departments, like the spirit of God over the Genesis nebula. And so once, and again, and a century. Some friends of mine call this democracy.

The absence of common sense that contemporary consciousness manifests by tolerating an institution to such a degree absurd, suffices to discredit our epoch, politically so vain. Is that, that what has come to be achieved after the French Revolution? Is that the result of the century of lights? I am sorry for the Revolution and for the lights.

Three radical defects, which are born one of another, have been noticed a hundred times in the ministerial institution: the lack of competence in the ministers, the lack of continuity in their labor, and the subordination, more still, the absorption of their administrative duties by their political obligations.

How to correct the first? The minister cannot be competent because he has to be a politician. He has to be a politician, because the seven ministers are solidary of a vague thing that is called “the policy of the Cabinet”; by virtue of it, a joke that the Minister of Grace and Justice fires at some journalists tears all the others from their armchairs. As long as this solidarity is demanded, a selection of competences cannot be effected.

But, moreover, even if by chance a portfolio should fall into competent hands, these could not execute a fruitful labor. With some exception, each ministry accumulates an incredible quantity of public functions. Contemporary life has gone on becoming fabulously complicated. With that complication has coincided a tendency —I believe transitory— to concentrate in the State all the threads of social existence. Thus today a single ministry is more difficult to conduct than the State of Louis XIV. A completely serious man could not say today: “The Ministry of Finance is I”. This excludes, automatically, from the ministries every completely serious man. A wise mixture of audacity, unconsciousness, and frivolity is needed, for a citizen to dare to take upon himself the responsibility for everything that is done in a secretariat of dispatch. Because the ministries continue to be, as institution, what in less complex times the secretariats of dispatch were.

And one asks oneself: what clear reason exists for the present division into seven portfolios? Why not more, why not fewer? Is it a matter of a cabalistic devotion to the number seven? The material consideration of the time and effort that the best endowed needs to do something well, proposes to us already the multiplication of the ministers. More ministers and more organically distributed their functions.

This proliferation of the portfolios would bring, naturally, with itself the correction, at least the attenuation of the political solidarity among the individuals of a Cabinet. To reconcile seven is difficult; but fourteen, impossible. Each one would enjoy greater independence before the others, and when in a governmental order a theme attained sufficient political gravity to topple a minister, it would not drag along all the others. The situation of each one would be, then, more stable, for being less dependent, and less dependent, for being his responsibility denser, more limited, and more concrete.

In this way it would also be avoided that the properly administrative actuation of each minister be entirely impregnated with political significance. Today the personality and the labor of the minister remain absorbed by his political physiognomy. Hence the lightest Royal order is suspected of partisanship and the signer lacks moral authority to impose respect —not only obedience— on his decisions.

The matter gives rise to innumerable comments. Let us cut them short here, since there would be no way to exhaust them.

Mr. Maura initiated in the last crisis a ministerial reorganization that seemed to tend to the same thing that I here maintain. However, his intention, upon failing, remained imprecise. Moreover, in it two purposes were joined, perhaps reconcilable, but distinct: the introduction of ministers without portfolio and the selection of competence.

I believe more effective and feasible to reduce, for the present, the reform of this institution to the simple increase of ministries. That would allow reducing to two or three departments the strictly political character, leaving the others free of solidarity with a group program. Then it would be possible to put at the head of these ministries exempt from politics competent citizens.

El Sol, February 22, 1918

V

THE MAN IN THE STREET SEEKS A CANDIDATE

The man in the street, of course, does not aspire to be elected. He would content himself with being a happy elector, with being an elector who finds a candidate to his taste. For this he has lit the lamp of Diogenes, and goes about there seeking a candidate among men and a man among candidates.

Are the demands of the man in the street perchance so many that he runs the risk of not finding a sufficient candidate? No; quite the contrary. The candidacies that in red and yellow papers make him tauromachic gestures from all the walls do not fit his humble aspiration as elector, because they are all excessive. He would prefer persons and manners more modest, and the aspirants to the deputyship frighten him with their superlative promises. Left and right approach him and are obstinate in wanting to make him happy. The man in the street, perplexed and confounded, dissolves in excuses before such peerless effusions of such egregious personages. “Oh, do not trouble yourselves for that, gentlemen!; it is not worth the trouble…” And upon finding himself in the Botanical Garden with his neighbor, the one of the passive classes, he says to him: “You see…! What charitable hearts! The republicans, the monarchists…, all want to make one happy!”

The man in the street is already old, as old as universal suffrage. He has traversed all its vicissitudes and experiences, and, without great meditations, has come to form for himself, if not ideas, certain political instincts. Thus, he begins to suspect that not only this or that party, but the whole of politics, is mounted in a tone of grandiloquence and megalomania that fatally diverts and perverts it. The first thing it should do to return to the good road is the gentle renunciation of making men happy. Monarchy and Republic, centralism and regionalism, traditionalism and democracy are not organs for happiness. This depends on circumstances much deeper and graver than anything politics can discuss.

The nineteenth century, which is our nearest enemy, committed the monstrous error of applying to politics the same radical sentiments that before fed on religion. It promised us to save us, putting us in dealing with sovereign powers capable of resolving our last problems. Religion administers the last things, and therefore it will be erroneous, but not absurd, that we dedicate to it the deepest emotions.

Benché remota dalla sanguinosa linea, la Spagna comincia a sentire vagamente un analogo anelito. Per lo meno, si è già ottenuta una cosa: che sia lecito parlare di certe riforme senza restare convinti di lunatismo.

Per esempio, della più urgente e della più accessibile: la riforma dell’istituzione ministeriale. Il ministro all’uso!… Io spero che entro non molti anni, quando tornerà a regnare in Europa il buon senso, assente durante un secolo, ci sembrerà ciò che oggi chiamiamo un ministro qualcosa di simile a ciò che oggi chiamiamo un megaterio.

Un bel giorno, sette cittadini, capitanati da un ottavo, si incaricano di governare la nazione. Ciascuno comincia a reggere un ramo amplissimo dei servizi pubblici, la cui costituzione e meccanismo ignora completamente. La nazione deve aspettare sei, otto, dieci mesi, che i signori ministri dichiarino di aver raggiunto un torbido sospetto degli uffici che integrano il loro ambito. Giunto questo momento d’illuminazione, di Pentecoste ministeriale in cui il signor ministro apprende le lingue dei suoi uffici, sopravviene la crisi politica. Altri sette cittadini, sotto un nuovo ottavo, ascendono, freschi, raggianti, primaverili, per i pendii del Governo: dicono le stesse parole di salutazione e promessa, e si dispongono nuovamente a fluttuare sul caos dei loro uffici aliquoti, come lo spirito di Dio sulla nebulosa genesiaca. E così una volta, e un’altra, e un secolo. Alcuni miei amici chiamano tutto questo democrazia.

L’assenza di senso comune che la coscienza contemporanea manifesta tollerando un’istituzione a tal punto assurda, basta a screditare la nostra epoca, politicamente così vanitosa. È questo, questo ciò che si è ottenuto dopo la Rivoluzione francese? È questo il risultato del secolo dei lumi? Mi dispiace per la Rivoluzione e per i lumi.

Tre difetti radicali, che nascono gli uni dagli altri, sono stati notati cento volte nell’istituzione ministeriale: la mancanza di competenza nei ministri, la mancanza di continuità nel loro lavoro e la subordinazione, anzi, l’assorbimento dei loro doveri amministrativi da parte dei loro obblighi politici.

Come correggere il primo? Il ministro non può essere competente perché deve essere un politico. Deve essere un politico, perché i sette ministri sono solidali di una vaga cosa che si chiama «politica del Gabinetto»; in virtù di essa, una battuta che il ministro di Grazia e Giustizia spara davanti a dei giornalisti, strappa dalle loro poltrone tutti gli altri. Finché questa solidarietà si esigerà, non potrà effettuarsi una selezione di competenze.

Ma, inoltre, anche quando per caso cadesse un portafoglio in mani competenti, queste non potrebbero eseguire un lavoro fecondo. Con qualche eccezione, ogni ministero accumula una quantità incredibile di funzioni pubbliche. La vita contemporanea è andata complicandosi favolosamente. Con questa complicazione ha coinciso una tendenza —io credo transitoria— a concentrare nello Stato tutti i fili dell’esistenza sociale. Così è oggi un solo ministero più difficile da condurre che lo Stato di Luigi XIV. Un uomo completamente serio non potrebbe oggi dire: «Il ministero delle Finanze sono io». Questo esclude, per via automatica, dai ministeri ogni uomo completamente serio. Ci vuole una sapiente miscela di audacia, incoscienza e frivolezza, perché un cittadino osi prendere su di sé la responsabilità di quanto si fa in un segretariato. Perché i ministeri continuano ad essere, come istituzione, ciò che furono in tempi meno complessi i segretariati.

E uno si domanda: che ragione chiara esiste per l’attuale divisione in sette portafogli? Perché non di più, perché non di meno? Si tratta forse di una devozione cabalistica verso il numero sette? La considerazione materiale del tempo e dello sforzo che il meglio dotato necessita per fare qualcosa bene, ci propone già la moltiplicazione dei ministri. Più ministri e più organicamente ripartite le loro funzioni.

Questa proliferazione dei portafogli porterebbe, naturalmente, con sé la correzione, o perlomeno l’attenuazione della solidarietà politica tra gli individui di un Gabinetto. Armonizzare sette è difficile; ma quattordici, è impossibile. Ciascuno godrebbe di maggiore indipendenza di fronte agli altri, e quando in un ordine governativo un tema raggiungesse gravità politica sufficiente per abbattere un ministro, non trascinerebbe tutti gli altri. La situazione di ciascuno sarebbe, dunque, più stabile, per essere meno dipendente, e meno dipendente, per essere più densa, limitata e concreta la sua responsabilità.

Di questo modo si eviterebbe anche che l’azione propriamente amministrativa di ciascun ministro sia impregnata interamente di significato politico. Oggi la personalità e il lavoro del ministro restano assorbiti dalla sua fisionomia politica. Di qui il fatto che il più lieve Regio decreto sia sospettato di partigianeria e il firmatario manchi di autorità morale per imporre rispetto —non solo obbedienza— alle sue decisioni.

L’argomento suscita innumerevoli commenti. Tagliamoli qui, giacché non ci sarebbe modo di esaurirli.

Il signor Maura iniziò nell’ultima crisi una riorganizzazione ministeriale che sembrava tendere a ciò che io qui sostengo. Tuttavia, la sua intenzione, fallendo, restò imprecisa. Inoltre, in essa si univano due propositi, forse conciliabili, ma distinti: l’introduzione di ministri senza portafoglio e la selezione di competenza.

Io credo più efficace e fattibile ridurre, per il momento, la riforma di questa istituzione al semplice aumento dei ministeri. Ciò permetterebbe di ridurre a due o tre ambiti il carattere strettamente politico, lasciando liberi gli altri dalla solidarietà con un programma di gruppo. Allora sarebbe possibile mettere a capo di questi ministeri esenti da politica cittadini competenti.

El Sol, 22 febbraio 1918

V

L’UOMO DELLA STRADA CERCA UN CANDIDATO

L’uomo della strada, è chiaro, non aspira a essere eletto. Si accontenterebbe di essere un elettore felice, di essere un elettore che trova un candidato di suo gusto. Per questo ha acceso la lanterna di Diogene, e se ne va in giro cercando un candidato tra gli uomini e un uomo tra i candidati.

Sono forse tante le esigenze dell’uomo della strada da correre il rischio di non trovare un candidato sufficiente? No; tutto il contrario. Le candidature che su fogli rossi e gialli gli fanno da tutte le pareti gesti tauromachici non s’accordano con la sua umile aspirazione di elettore, perché tutte sono eccessive. Egli preferirebbe persone e modi più modesti, e gli aspiranti alla deputazione lo spaventano con le loro promesse superlative. Sinistre e destre gli si avvicinano e si ostinano a volerlo far felice. L’uomo della strada, perplesso e confuso, si profonde in scuse davanti a simili effusioni di così egregi personaggi. «Oh, non vi disturbate per questo, signori!; non ne vale la pena…» E incontrandosi all’Orto Botanico con il suo vicino, quello delle classi passive, gli dice: «Vede un po’…! Che cuori caritatevoli! I repubblicani, i monarchici…, tutti vogliono renderci felici!»

L’uomo della strada è ormai vecchio, tanto vecchio quanto il suffragio universale. Ha attraversato tutte le vicissitudini e le esperienze di questo, e, senza grandi meditazioni, è giunto a formarsi, se non idee, certi istinti politici. Così, comincia a sospettare che non solo questo o quel partito, ma la politica intera, sia montata su un tono di magniloquenza e megalomania che fatalmente la svia e perverte. La prima cosa che si dovrebbe fare per tornare sulla buona strada è la gentile rinuncia a render felici gli uomini. Monarchia e Repubblica, centralismo e regionalismo, tradizionalismo e democrazia non sono organi per la felicità. Questa dipende da circostanze molto più profonde e gravi di quanto la politica possa discutere.

Il secolo XIX, che è il nostro più prossimo nemico, commise il mostruoso errore di applicare alla politica gli stessi sentimenti radicali che prima si pascevano nella religione. Essa ci prometteva di salvarci, mettendoci in contatto con poteri sovrani capaci di risolvere i nostri ultimi problemi. La religione amministra le cose ultime, e pertanto, sarà erroneo, ma non assurdo, che le dedichiamo le più profonde emozioni.

Mas la política, aun en el mejor caso, ¿qué puede lograr? Un mejor orden en lo más externo de la vida social. Ni siquiera tiene medios para acercarse a las relaciones sociales más importantes: no puede organizar la amistad entre los hombres, ni la lealtad mutua, ni el amor, ni la diversión. En el mundo antiguo intentó, con grave fracaso, algo de esto: en Esparta instituyó la legión sagrada que sancionaba la fidelidad de los amigos; en Roma se ocupó de dar placer al pueblo haciendo de los juegos circenses una institución del Estado. Pero en nuestra edad, ¿qué puede la política? Torciendo hacia la escena interior nuestra atención observemos lo que íntimamente nos ocupa y preocupa durante los días de un año, lo que constituye en verdad nuestra vida, y advirtamos que la política es sólo una tangente que apenas roza un punto de esa nuestra viva realidad. Casi por entero, el volumen de nuestra existencia personal queda intacto por la política. Ni siquiera en el orden económico logra ésta tener una misión sustantiva. A lo sumo, podría intentar repartir con equidad la riqueza. Pero no puede crearla. La pretensión de salvar económicamente a un pueblo desde el ministerio de Hacienda ha resultado dondequiera fallida. Un pueblo donde no abunden los ambiciosos de dinero que vayan frenéticamente empujados por una sed individual de oro será siempre un pueblo mendigo.

Todo esto presume oscuramente el hombre de la calle, y por eso desconfía de los candidatos que le invitan a apasionarse y le garantizan la felicidad. ¡Apasionarse en política!… El error característico de la centuria pasada ha consistido precisamente en estimar el apasionamiento político como un deber. Por este motivo puso la vida social en manos de los que mejor sabían hacer el león, el toro y la hiena en las asambleas públicas, y con sus contrarios alaridos acertaban a encender los instintos pasionales de la muchedumbre. Incorporándonos en este punto la mejor sabiduría de otros siglos, tornemos a creer que es el apasionamiento una desventura en que se cae, no una virtud a que se deba aspirar. Entre la tibieza y la pasión está el sentimiento humano y cálido, que da vigor a la inteligencia sin turbar su claridad. Y al desdeñar el apasionamiento, volvamos la espalda a los apasionadores de la derecha y de la izquierda. Una ética más fina y progresiva nos hace considerar a quien nos hostiga hacia el partidismo como un hombre moralmente inferior. A los hostigadores de la opinión pública preferimos los educadores de la opinión pública.

El hombre de la calle quisiera ser un espíritu libre y no recaer, bajo nuevos disfraces, en aberraciones de edades pretéritas. Por eso no está dispuesto a entregar al político la libertad que ha conquistado del sacerdote.

El hombre de la calle votará al candidato que le presente este programa: «La política no puede hacer felices a los hombres, ni hacerlos discretos, ni hacerlos ricos. En consecuencia, debe la política retirarse al secundario puesto que le corresponde, en vez de erigirse en escaparate de la vida social». Durante los últimos quince años España ha mejorado algo, mientras su política era cada vez peor. Como es ésta un telón de boca que nos impide ver el resto de la existencia nacional, nos parece que todo va en decadencia. ¡Señores políticos: a retaguardia, así los malos como los buenos! ¡Paso a los ingenieros, a los labradores, a los obreros, a los industriales, a los profesores, a los artistas!

El Sol, 24 de febrero de 1918

But politics, even in the best case, what can it achieve? A better order in the most external part of social life. It does not even have means to approach the most important social relations: it cannot organize friendship among men, nor mutual loyalty, nor love, nor diversion. In the ancient world it attempted, with grave failure, something of this: in Sparta it instituted the sacred legion that sanctioned the fidelity of friends; in Rome it took care of giving pleasure to the people by making of the circus games a State institution. But in our age, what can politics do? Turning toward the inner scene our attention, let us observe what intimately occupies and worries us during the days of a year, what constitutes in truth our life, and let us notice that politics is only a tangent that barely grazes a point of that our living reality. Almost entirely, the volume of our personal existence remains intact by politics. Not even in the economic order does it manage to have a substantive mission. At most, it could attempt to distribute wealth with equity. But it cannot create it. The pretension of economically saving a people from the Ministry of Finance has turned out failed everywhere. A people where money-ambitious men who go frenetically pushed by an individual thirst for gold do not abound will always be a mendicant people.

All this the man in the street obscurely presages, and for that reason he distrusts the candidates who invite him to become impassioned and guarantee him happiness. To become impassioned in politics!… The characteristic error of the past century has consisted precisely in esteeming political impassionedness as a duty. For this reason it put social life in the hands of those who best knew how to do the lion, the bull, and the hyena in the public assemblies, and with their contrary howls managed to kindle the passionate instincts of the crowd. Incorporating in this point the best wisdom of other centuries, let us return to believe that impassionedness is a misfortune into which one falls, not a virtue to which one should aspire. Between lukewarmness and passion stands the human and warm sentiment, which gives vigor to intelligence without troubling its clarity. And in disdaining impassionedness, let us turn our backs to the impassioneers of the right and of the left. A finer and more progressive ethics makes us consider him who harasses us toward partisanship as a morally inferior man. To the harassers of public opinion we prefer the educators of public opinion.

The man in the street would like to be a free spirit and not fall back, under new disguises, into aberrations of past ages. For this reason he is not disposed to deliver to the politician the freedom that he has conquered from the priest.

The man in the street will vote for the candidate who presents him this program: “Politics cannot make men happy, nor make them discreet, nor make them rich. Consequently, politics must withdraw to the secondary place that corresponds to it, instead of erecting itself as show-window of social life”. During the last fifteen years Spain has improved somewhat, while its politics was each time worse. Since this is a front curtain that prevents us from seeing the rest of the national existence, it seems to us that everything is going into decadence. Gentlemen politicians: to the rearguard, the bad as much as the good! Way for the engineers, the peasants, the workers, the industrialists, the professors, the artists!

El Sol, February 24, 1918

Ma la politica, anche nel migliore dei caso, che cosa può conseguire? Un migliore ordine in ciò che è più esterno della vita sociale. Non ha nemmeno mezzi per avvicinarsi alle relazioni sociali più importanti: non può organizzare l’amicizia tra gli uomini, né la lealtà reciproca, né l’amore, né il divertimento. Nel mondo antico tentò, con grave fallimento, qualcosa di questo: a Sparta istituì la legione sacra che sanciva la fedeltà degli amici; a Roma si occupò di dare piacere al popolo facendo dei giochi circensi un’istituzione dello Stato. Ma nella nostra età, che cosa può la politica? Volgendo verso la scena interiore la nostra attenzione, osserviamo ciò che intimamente ci occupa e ci preoccupa durante i giorni di un anno, ciò che costituisce in verità la nostra vita, e avvertiamo che la politica è soltanto una tangente che appena sfiora un punto di quella nostra viva realtà. Quasi per intero, il volume della nostra esistenza personale resta intatto dalla politica. Nemmeno nell’ordine economico riesce questa ad avere una missione sostantiva. Al massimo, potrebbe tentare di ripartire con equità la ricchezza. Ma non può crearla. La pretesa di salvare economicamente un popolo dal ministero delle Finanze è risultata dovunque fallita. Un popolo dove non abbondino gli ambiziosi di denaro che vadano freneticamente spinti da una sete individuale d’oro sarà sempre un popolo mendico.

Tutto questo presagisce oscuramente l’uomo della strada, e per questo diffida dei candidati che lo invitano ad appassionarsi e gli garantiscono la felicità. Appassionarsi in politica!… L’errore caratteristico della centuria passata è consistito precisamente nello stimare l’appassionamento politico come un dovere. Per questo motivo mise la vita sociale nelle mani di quelli che meglio sapevano fare il leone, il toro e la iena nelle assemblee pubbliche, e con i loro contrari urli riuscivano ad accendere gli istinti passionali della folla. Incorporando in questo punto la migliore saggezza di altri secoli, torniamo a credere che sia l’appassionamento una disgrazia in cui si cade, non una virtù a cui si debba aspirare. Tra la tiepidezza e la passione sta il sentimento umano e caldo, che dà vigore all’intelligenza senza turbare la sua chiarezza. E nel disdegnare l’appassionamento, volgiamo le spalle agli appassionatori della destra e della sinistra. Un’etica più fine e progressiva ci fa considerare chi ci incalza verso il partitismo come un uomo moralmente inferiore. Agli incalzatori dell’opinione pubblica preferiamo gli educatori dell’opinione pubblica.

L’uomo della strada vorrebbe essere uno spirito libero e non ricadere, sotto nuovi travestimenti, in aberrazioni di età passate. Per questo non è disposto a consegnare al politico la libertà che ha conquistato dal sacerdote.

L’uomo della strada voterà per il candidato che gli presenti questo programma: «La politica non può rendere felici gli uomini, né renderli discreti, né renderli ricchi. In conseguenza, deve la politica ritirarsi al posto secondario che le corrisponde, invece di erigersi in vetrina della vita sociale». Durante gli ultimi quindici anni la Spagna è migliorata alquanto, mentre la sua politica era ogni volta peggiore. Siccome questa è un sipario di bocca che ci impedisce di vedere il resto dell’esistenza nazionale, ci pare che tutto vada in decadenza. Signori politici: alla retroguardia, così i cattivi come i buoni! Passo agli ingegneri, ai contadini, agli operai, agli industriali, ai professori, agli artisti!

Il Sole, 24 febbraio 1918