Abstract
His inaugural article in El Sol: a programme of «midday will», a better Spain that demands above all more intelligence from every Spaniard and world-sized dimensions for its ideas. The second part is topical polemic against War Minister La Cierva’s note forbidding the press certain subjects.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
EL HOMBRE DE LA CALLE ESCRIBE…
Por vez primera aparece mi nombre semioscuro en este periódico, cuyas columnas espero frecuentar. Ya que no pueda otra cosa, quisiera verter en sus moldes mis esperanzas españolas. Lector, he de hablarte a menudo desde El Sol sobre cosas de la tierra, especialmente sobre cosas políticas de la tierra, y más especialmente todavía sobre cosas políticas de la tierra de España.
El título de este periódico significa, ante todo, un deseo de ver las cosas claras. Frente a cualquier hecho o problema equivale, pues, a un imperativo de mayor claridad y a una apelación que del crepúsculo hacemos al mediodía.
Recuerda, lector, el do de pecho que un día daba nuestro viejo maestro Goethe:
Yo me declaro del linaje de ésos que de lo oscuro hacia lo claro aspiran.
Aspiremos, pues, hacia lo claro en las cosas de España, que son nuestras cosas. Exijámonos y exijamos de los demás una magnífica voluntad de mediodía. Queremos y creemos posible una España mejor —más fuerte, más rica, más noble, más bella. Esta España mejor no nos puede caer de la luna, ni siquiera de El Sol. Para lograrla es menester que nos hagamos todos un poco mejores en todo: que un afán de vida poderosa, limpia y clara despierte en la raza entera: que cada español se resuelva a elevar unas cuantas atmósferas la presión de sus potencias espirituales.
Y antes que ninguna otra, la inteligencia. Todo español está muy especialmente obligado a ser mañana más inteligente que hoy, a avergonzarse de sus prejuicios, de sus tópicos, de sus cegueras, de sus angosturas mentales. Si no nos determinamos a dar mayor finura, mayor evidencia y concreción, mayor elegancia a nuestros pensamientos, todo será en vano. Seguirá siendo España lo que ha solido ser durante tres siglos: un aldeón torpe y oscuro que Europa arrastraba en uno de sus bordes. Tenemos que ensancharnos las cabezas para dar a nuestras ideas dimensiones de mundialidad. La España-villorrio no nos interesa: queremos y creemos posible una España mundial. El que se contente con menos no cuente con nosotros. Cuando España fue, fue una España mundial —fue la inventora de lo mundial. No aceptó que hubiese nada en la tierra que le fuera extraño. Con mayor o menor acierto puso en todo mano y se dejaba conmover por cuanto en el Universo acaecía. Inclusive por lo que aún no acaecía; así nuestro pueblo presintió a América. Cinco siglos antes que Guillermo II inventamos la Weltpolitik. Renovando una frase famosa del abate Galliani, podríamos decir que fue España una espada cuyo puño estaba en Castilla y la punta en todas partes.
La existencia histórica ha tomado luego otras formas y hoy vida mundial no quiere decir, como entonces, dominio del mundo, sino sensibilidad para cuanto acontece en el mundo, cabeza múltiple, sutil y clara.
Yo hubiera querido que este primer artículo corriese todo él en ese tono de nacional ditirambo, sin tocar tema alguno de carácter personal. Propenso al entusiasmo, había deseado, antes que nada, contaminar a mis lectores del fervor inveterado que desde mi mocedad siento hacia una España mejor. Pero se me ha adelantado el señor ministro de la Guerra, publicando anteayer una nota oficiosa donde se exige de los periódicos que no hablen de ciertas cosas. Ahora bien, yo tengo que hablar, como arriba anuncio, de las cosas de España y de las restantes al través de las españolas. Yo no voy a hablar en El Sol del sol, de Sirio ni de la estrella Alpha Centauri. He de comentar con preferencia los hechos más hondos, serios y reales de nuestra vida actual. Pues bien, precisamente de esos hechos me invita el señor ministro a callar. He aquí por qué, antes de hablar sobre ellos, necesito hablar del señor La Cierva, que se interpone entre las cosas de España y mi española pluma.
Gente de cráneo estrecho y corazón sin aseo acaso piense: ya comienza la campaña contra el señor La Cierva. A esto yo respondería que se trata de todo lo contrario. ¿Será menester que declare mi perfecta insolidaridad con el grito «¡Cierva, no!»? Basta que sea un grito para que me sienta incompatible con él. Pero ahora se trata justamente de evitar que comience la campaña contra el señor La Cierva. Aprovecho, con tal fin, esta ocasión primeriza, cuando aún no está el aire turbado por el apasionamiento y dos hombres honestos pueden llegar a poner bien en claro un asunto en que discrepan. No me parece superfluo que ejercitando la mayor cantidad posible de buena fe y de mutua comprensión vengamos a un acuerdo el señor ministro de la Guerra y yo.
El lector, irritado, prorrumpe: ¿Cómo se entiende? ¿Quién es usted para que el señor La Cierva venga a acuerdo con usted? En efecto, lector irritado: yo soy poco más que nadie, como decía Ulises. Yo soy un español cualquiera. Pero ahí está el toque: si se quiere que no empiece la eterna y lamentable campaña contra el señor La Cierva, es menester que el señor La Cierva venga a acuerdo con un español cualquiera. Si el señor La Cierva se preocupa sólo de concordar con los ministros, presidentes de Audiencia, coroneles, jefes superiores de Administración, próceres, obispos, senadores, etcétera, cuantos no somos nada de eso, corremos riesgo evidente de caer en desacuerdo con él. Y en este caso, no doy un higo por la prosperidad política del señor La Cierva. Es de su interés una discreta modestia y bajar todo lo que pueda la tasa de las personas con quienes procura llegar a un acuerdo. Si quiere ser verdaderamente fuerte, tendrá que descender a la tasa mínima, la de un español cualquiera. Aquí tienes, lector irritado, por qué me permito invitar al señor ministro de la Guerra a una conversación conmigo the man in the street.
He dado, por mi parte, a esta conversación la forma de una nota oficiosa en que yo, el ciudadano X, me permito contestar a la que, como a redactor de un periódico, me dirige tan elevada autoridad. En ella se tocan algunos puntos que considero esenciales para la nueva política.
No es el menos importante la urgencia de que los ministros de la Guerra y de los otros ramos se esfuercen seriamente en hacerse hoy más inteligentes que ayer, mañana más que hoy, y apliquen a la vida pública ideas más complejas, claras y elegantes.
Aquí hallará mañana el lector la nota oficiosa que el hombre de la calle escribe.
El Sol, 7 de diciembre de 1917
II
NOTA OFICIOSA DEL HOMBRE DE LA CALLE
El hombre de la calle se considera en el caso de poner algunos reparos a la actitud que el señor ministro de la Guerra parece anunciar en una nota publicada días hace.
El hombre de la calle, como miembro de la sociedad española, está personalmente interesado en que el señor La Cierva y los demás ministros lleven a cabo una gestión fecunda. A este fin desea que los ministros no tropiecen con más dificultades que las inevitables y no multipliquen aquéllas con las que a sí mismos se creen.
La primera condición para ello es que los ministros actuales no olviden en ningún momento su origen ministerial. Nacieron a la gobernación en virtud de un movimiento triturador de ficciones. No pueden, en consecuencia, apoyarse en esas ficciones aniquiladas. No pueden, por ejemplo, hacer el gesto druídico con que los ministros anteriores al estío último solían conjurar a las mayorías parlamentarias, coro de sombras fieles y monosilábicas que sostenían sobre sus hombros irreales toda una España de alucinación. No pueden tampoco usar de las frases hechas y frívolas convenciones que en aquella España servían de eficaces resortes, pero en ésta sólo sirven para recordarnos torpes fantasmagorías.
Por otra parte, no se han creado aún, afortunadamente, las nuevas ficciones. ¿Dónde, pues, habrán de apoyarse estos ministros para dar a la nación sus golpes de palanca?
El hombre de la calle sospecha que no se puede gobernar en el vacío. Gobernar es apoyarse en fuerzas sociales. Hasta el pájaro, para cantar, apoya su lírico cuerpecillo en la rama benévola. Del mismo modo, el ministro, para gobernar, se sustenta sobre energías de la adhesión pública.
Dejemos a un lado el tópico de la opinión pública, más necesitado de reforma que otro alguno. Pero es lo cierto que no se puede gobernar sin apoyarse en la adhesión de una parte de los españoles. ¿De cuántos? No es lo importante el número de amigos con que un político cuente, aun entendiendo por amigos todos los que honradamente coinciden con sus ideas. El entusiasmo de los amigos puede servir para encumbrar al político, para darle vida una hora. Pero no basta para que gobierne. Por muchos que sean los partidarios de un político, son siempre prácticamente más numerosos los enemigos. Lo importante para un político es la adhesión de los enemigos, la cual solemos llamar respeto. El respeto que un ministro logre inspirar a los enemigos constituye la fuerza real en que se apoya su gobernación.
Lo propio acontece con el escritor. Cuantos más adeptos tenga, o lo que es igual, cuanto mayor éxito logre, más crecerá el círculo de los hostiles, envidiosos y resentidos. Hecha la resta, queda sólo en su favor el respeto que su obra y su conducta hayan sabido infiltrar en la misma hostilidad.
Si es necesario siempre al hombre público ganarse el respeto de los enemigos, lo es mucho más en el tiempo que vivimos. Porque las líneas generales de lo que debe hacerse, los nuevos programas condensadores de nuevos partidos no están aún claros en ninguna cabeza. Es una hora en que los ministros no pueden formalmente contar con amigos. Deben adoptar el supuesto táctico de que todos los españoles —hartos de desesperanzas y desengaños— somos sus enemigos. Día por día, minuto por minuto, palabra por palabra, tienen que conquistar nuestro respeto.
Y para ello es imprescindible un mínimum de seriedad en las palabras y en los actos. Los españoles de la nueva generación hemos sido educados en la irrespetuosidad a los gobiernos. Porque los hombres que los integraban hicieron imposible todo anhelo de respeto germinante en nosotros. Los discursos que oíamos, los escritos que de ellos leíamos manifestaban una cínica resolución de enfrontarse con el sentido común. Solían ser palabras y frases inanes, absurdas, exentas de contenido, como nacidas en cerebros paralíticos. Los que gozaban de un alma delicada se sentían reiteradamente ofendidos al advertir en las gesticulaciones del político la suposición de que los españoles a quienes se dirigían formaban una sociedad de idiotas. Un fondo de conciencia étnica hace brotar en mis labios la maldición contra esos hombres frívolos y de índole inferior que han segado en nuestros corazones las dos potencias supremas de nacionalización, que han dejado nuestras almas mancas y con dos muñones: sin respeto ni esperanza.
Pero no está bien que el hombre de la calle se encarame al trípode de las maldiciones. Marchemos por lo llano. El caso concreto que motiva los párrafos anteriores no es para tanto y no debe todo lo dicho aplicarse a él. Se trata simplemente de que en la nota del ministro de la Guerra hay una frase que dice así: «El Ejército todo desea que no se le mezcle en cuestiones políticas». Esto dice el señor La Cierva a los periódicos, invitándoles a que no hablen de la actuación de las Juntas de defensa. Significa, pues, que son los escritores quienes mezclan en política a los militares. Como esto es sencillamente una cosa sin sentido, suplico al señor La Cierva que evite en lo sucesivo puerilizar. Porque el hombre de la calle aspira a respetarle, y el señor ministro no debe ponerle estorbos al logro de esta aspiración.
Por encima de toda duda está, señor La Cierva, que no son los escritores quienes han mezclado en política al Ejército, sino el Ejército quien libérrimamente se ha mezclado en política. Ha cumplido actos políticos, ha dado al viento manifiestos, cartas y entrevistas. De esa intervención política ha nacido la España de hoy, y de ella, probablemente, brotarán la flor y el fruto de la futura. Sobre esa intervención gravita hoy íntegra la existencia nacional. ¿Le parece serio al señor ministro que no se hable de eso?
¿Qué idea tienen de la vida social los ministros españoles? He aquí una pregunta teórica que el hombre de la calle se ha hecho más de una vez. Y la respuesta ha sido siempre la misma: los ministros españoles tienen de la vida social una idea propia, a la vez, de un Faraón y de un cacique de aldea. Creen que la vida social se hace en sus despachos. No se enteran de que la vida social es convivencia.
Cercada de guerra, permite Prusia que se haga propaganda nada menos que para una reforma constitucional. Con el torso en la trinchera y un tétrico mar hasta los lomos, permite Inglaterra que hable todo el mundo cuanto guste y que un Lord incruento predique la paz. Por algo los Gobiernos de estos dos pueblos próceres obran así. Mas todo es en vano. Los ministros españoles seguirán creyendo que tiene sentido, que no es una probada torpeza creer que su misión está en que no se hable de las cosas.
Todavía no se ha comenzado a decir hasta qué punto la aparición de las Juntas de defensa —primero las militares, luego las restantes— constituye, tal vez, el hecho más glorioso, más saludable, más original, más europeo que la España de los últimos cien años puede presentar al mundo. Y ya se acude aldeanamente, ciegamente, puerilmente, a trabar las plumas y las lenguas.
¿Por qué? Aquí hallamos lo aldeano, lo ciego, lo pueril del caso: porque puede acontecer que algún periódico del extrarradio, cultivador de una literatura grosera y sin autoridad, escriba palabras que acaso «puedan relajar la disciplina». La desproporción entre el peligro y la cautela parece monstruosa. Ahora bien, la cultura de un espíritu se mide por su distancia de los razonamientos monstruosos. El oso tiene su política: la política de la patada del oso. Para espantar la mosca que ofende la mejilla del hombre amigo, el oso aplasta la cabeza del hombre.
Nos dirigimos hacia la instauración de una nueva estructura nacional. Para ello hace falta que todas las fibras españolas entren en conmoción, que todos vivamos más enérgicamente. Y nos salen al paso con un ademán de alcalde de cuadrilla.
¿Cuándo aprenderán nuestros ministros que los hombres de la calle no hemos venido al mundo para que se nos gobierne con facilidad, sino al contrario, los Gobiernos existen para que los hombres de la calle puedan vivir cada día con mayor plenitud y menos vetos?
El señor La Cierva, entre muchas excelentes condiciones, tiene algunos defectos graves. Uno de ellos, que ha viajado poco. Su actuación ofrece casi siempre una fisonomía provincial. Otro defecto es que tiende a podar la libertad del prójimo.
El hombre de la calle le dirige, con inmejorable intención, esta nota oficiosa, a fin de que deje triunfar en su ánimo sus dotes mejores sobre las menos buenas. Recurrimos, pues, como es uso en el Vaticano, del señor ministro distraído al señor ministro atento. No hay sobra de hombres en España que gocen de ciertas cualidades superlativas residentes en el señor La Cierva. «Invocamos su patriotismo» para que no anule con sus vicios sus virtudes.
El Sol, 9 de diciembre de 1917
III
COMEDIA DEL LIBERTINO ESCRUPULOSO
Al señor Sánchez de Toca le parece monstruoso que los militares, organizándose en Juntas de defensa, transfieran al cuerpo armado el principio sindical descubierto y elaborado por los obreros. Como la mayor parte de los españoles pedimos al porvenir y esperamos de él próximamente lo contrario que este político conservador, me parece la ocasión excelente para que discrepemos de sus juicios.
Todo el mundo conoce el famoso juego de palabras que emplea Bergson para condensar una de sus más sagaces teorías: «le désordre —dice— c’est le conflit entre deux ordres». «El desorden es el conflicto entre dos órdenes». Cuando la situación de las cosas en la realidad no coincide con la cuadrícula de las ideas en nuestra cabeza, decimos que las cosas están en desorden. El orden de las ideas en la mente respetable, pero un poco faraónica, del señor Sánchez de Toca no admite que en el mundo existan Juntas militares de defensa. Nada más natural: la mente del señor Sánchez de Toca fue educada en la tertulia de Cánovas del Castillo, y se amamantó de la ubérrima Restauración. La Restauración fue una época en que reinaba un orden delicioso: se hizo en ella o se dejó de hacer todo en beneficio de una máscara y ficción de orden. Mas a la deliciosa época restauradora siguieron los años de las vacas flacas. No se olvide que nosotros, los que ahora estamos en la mitad del camino, tuvimos que nutrir nuestra mocedad con las amarguras de 1898. El 1898 —¿será necesario advertirlo?— no es una página de retórica: es el deshonor y la vergüenza, es la miseria y la desesperanza, es haber hallado, al despertar, truncas las esperanzas y tradiciones familiares, mancillado el hogar, segada de todo ideal, de toda virtud la nativa vega. El 1898 no es una página de retórica, antes bien es la herida abierta que en el alma llevamos los españoles de treinta años y a la cual tenemos que asomarnos para ver la vida y el mundo. Justo es, pues, que el orden de nuestras ideas no coincida con el que usufructúa el señor Sánchez de Toca. A este político respetable le acomete de pronto el atormentador escrúpulo de que se está faltando a la disciplina; esto le parece un horrífico desorden. En cambio pudo vivir medianamente feliz en un régimen público que toleraba la triste farsa suburbana de un ejército inexistente, escarnecido por el favoritismo y gobernado por la incompetencia. Es más, según me dicen; cuando en la crisis última fue llamado a Palacio nuestro barroco estadista, indicó a la Corona que se hallaba de acuerdo con las Juntas de defensa. Cierto que éstas no eran cómplices en tal acuerdo: ni lo habían buscado, ni tenían de él sospecha.
Este escrúpulo subitáneo, que brota en el viejo corazón astuto de nuestro don Joaquín Sánchez de Toca, consigue enternecernos un momento.
Pero nada más que un momento. El porvenir es cosa demasiado seria para que lo supeditemos a estas ternuras transitorias motivadas por un hombre, sin duda respetable, pero caduco, y cuyo interés consiste en que perdure la estructura social donde él ha vivido y triunfado.
Nosotros necesitamos que la segunda parte de nuestra vida sea un poco más grata y más humana que la primera; necesitamos, por lo menos, preparar a nuestros hijos una España más noble y fértil, que se parezca lo menos posible al establo de Augias. Obreros, militares, labradores, técnicos, industriales, estamos resueltos a ello. Sin jactancias ni vociferaciones esdrújulas; más bien con la tranquila energía que proporciona la luminosa evidencia del deber. Sabemos que un pueblo no cambia de esqueleto sin dolores y peligrosos trances. Pasaremos, sin duda, por horas de congoja y aparentes desórdenes. Pero aquéllos serán dignos del tiempo venidero, que sepan, en medio de los sucesos multicolores, no perder de vista la meta final, la España mejor.
Los militares han sido los iniciadores de la nueva trayectoria: sería un error que viesen en la literatura del señor Sánchez de Toca una objeción seria. Ni ellos ni nosotros creemos que las Juntas de defensa militares y civiles puedan vivir perdurablemente como hasta aquí. A ellos y a nosotros nos urge que esta nueva institución, nacida, con tan fecunda originalidad, de los dolores nacionales, reciba su consagración jurídica. Si logramos esto antes del fin de la guerra, habremos ofrecido al mundo un ejemplo de nuevos organismos sociales, que bastará para justificar a sus ojos nuestra ausencia de la lucha universal.
En vez de mirar al futuro el señor Sánchez de Toca se ocupa ahora en deletrear la historia romana, y nos invita a una política con un programa de primero de latín. Es extraño que hombre tan culto y tan sutil no se haya hecho cargo de que el militar que esta guerra prepara para el mañana es un tipo social nuevo e incomparable con el soldado napoleónico, con el capitán de tercio o el centurión de Sylla.
Tiene cada época su prototipo social, quiero decir, un oficio que sirve de modelo y orientador para las formas todas de la sociedad. En la Edad Antigua es el soldado. Todas las instituciones públicas se derivan, o cuando menos, se inspiran en el guerrero. El ciudadano es ciudadano porque es soldado de la patria y no al revés. Los ciudadanos romanos son los quirites, que quiere decir los hombres de la lanza. Y cuando la comunidad de los Siete Montes entra en la historia, realiza la reforma constitucional de Servio Tulio, la cual consistió en sustituir la organización del pueblo, fundada en las herencias familiares —las curias— con otra —las centurias— calcada en las conveniencias militares.
Lo que el guerrero fue para el mundo antiguo, es para nuestra edad el obrero. Sus creaciones jurídicas, sus órganos de cooperación y de defensa van, poco a poco, informando el cuerpo todo del Estado. Querer detener esa corriente ante el oficio militar equivale a cerrar para éste la puerta del futuro.
La presente guerra, turquesa formidable de fuego y de muerte, ha moldeado un nuevo ideal de guerrero. Vive hoy el militar europeo enterrado en la trinchera; cuando salga de ella veremos que la mitad de su cuerpo es de obrero. Y sentirá indominable repugnancia por todos los arcaicos privilegios que hacían del Ejército un ejemplar de faunas desaparecidas.
Vamos, pues, hacia el intento de fabricar una España distinta y superior a la que el señor Sánchez de Toca ha conocido. Para ella necesitamos todas las manos: la del militar como la del obrero, reunidas en la sublime faena de labrarnos una patria saludable. Que no venga un abogado de otros tiempos a romper astutamente esta severa fraternidad.
Y aun cuando venga, el lema de las Juntas de defensa debe ser el mismo que Cromwell dio a sus ejércitos: Vestigia nulla retrorsum: ninguna huella hacia atrás.
Hecho este breve alto para oír la antigua y sugestiva voz de don Joaquín Sánchez de Toca, digamos lo que al partir dicen los conductores de tranvía en Nueva York: Forward! ¡Adelante!
El Sol, 28 de diciembre de 1917