Abstract
Continuation of the series: since June 1917 Spain has watched «a revolution in instalments» — military rebellion, the Barcelona parliamentary secession, the general strike, the October crisis — because monarchical politics answers with «quasis». Radical ideas are one thing, radical methods another: the country asks for different men and procedures, not different goals.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
POLÍTICA DEL CUASI
En primeros de junio publicaba yo cierto artículo titulado «Bajo el arco en ruina». Presentaba en él la reciente desobediencia militar como un suceso mucho más grave que una revolución. Porque la revolución, o triunfa o es vencida; si triunfa, instaura un nuevo régimen; si fracasa, restaura con nuevo vigor el preexistente. Pero la actitud de las oficiales no lleva a lo uno ni a lo otro: era sólo el primer capítulo de una revolución; era, por tanto, la invitación a una serie de ellas. Y en efecto, desde entonces asiste España a una revolución por entregas. La rebeldía militar de junio es seguida por la secesión parlamentaria de Barcelona. Tras ésta viene la huelga general de agosto, que repercute en la crisis patética de octubre y en la expulsión de sargentos y brigadas en diciembre. El azar, el puro y benévolo azar, permitió que no corriese igualmente la sangre en todas estas fechas; pero en todas, la misma amenaza cruenta se cernió sobre nuestro pueblo.
En el citado artículo expresaba mi temor de «que los partidarios de soluciones ficticias fuesen los verdaderos promotores de la revolución —sin saberlo, como era prosista el gentil hombre burgués». La única manera de corregir la situación —concluía yo— «es llevar lo ya hecho a sus últimas consecuencias».
Los acontecimientos se han complacido perversamente en darme la razón. Cada mes, cada quince días, un hecho anómalo y peligroso traía a la memoria de los desmemoriados el recuerdo de que vivimos un proceso revolucionario. A las veinticuatro horas, sin embargo, volvemos a olvidarnos de ello. Y en tanto, nutriéndose a sí mismo el morboso estado, aumentan las dificultades de su curación. Por si algo faltara para calificar la circunstancia, ya han hecho su aparición el hambre y el frío, los dos trágicos personajes que no se sabe quién suele dar cita en las horas revueltas de la Historia.
Nadie podrá decir mañana que la tormenta ha llegado de improviso. Todo lo contrario: viene paso a paso, «sin prisa y sin pausa, como las estrellas», decía Goethe. Envía por delante mensajeros para extremar la cortesía, y avanza tan mesurada, que parece temerse a sí misma.
Pero, ¿es evitable? —se me opondrá. ¡Ah! Eso no lo sabe nadie. Habría, pues, que responder como los bohemios de Murger cuando uno de ellos pregunta: ¿Dónde cenaremos esta noche? Y los demás: Mañana lo sabremos.
En cambio, se impone una pregunta clara: ¿Se hace lo posible para evitarlo? ¿Existe proporción entre la gravedad del momento y el tono de las soluciones?
A esto sí podemos responder: no.
Siempre he creído que, al menos en España, los mayores enemigos de la Monarquía no son los republicanos, sino un enemigo interior, tan íntimo, que habita en el círculo mismo de la Corona: es la indecisión de la política monárquica. Natural es que las monarquías no acepten las ideas llamadas radicales. Cuando en un pueblo el radicalismo de ideas triunfa, la Monarquía sucumbe.
Pero una cosa son las ideas radicales y otra los modos radicales. Nadie que no padezca una visión de la realidad deformada por el partidismo afirmará que la inquietud pública proviene de un entusiasmo creciente por estas o aquellas utopías políticas. Si alguna vez se ha manifestado con claridad en algún pueblo el afán de cambiar los modos y no las metas, es ahora en España.
Con rara unanimidad se demandan otros hombres y otros procedimientos. A esta demanda la política monárquica contesta con cuasis. No juzga, por lo visto, que es llegada la hora de ofrecer con plenitud lo que, sin ella, se ve obligada a aceptar.
El Gobierno vigente es ejemplo precioso de un Gobierno del cuasi o de un cuasi-gobierno. En efecto, no es un Gabinete de partido turnante, pero apenas si es otra cosa. Con el Presidente está en él cuasi el partido liberal, y con el señor La Cierva, cuasi el maurismo; con el señor Rodés, cuasi los republicanos y cuasi la Asamblea de parlamentarios. Con algún ministro no ha entrado cuasi nada, y con algún otro de lo viejo, cuasi todo. Nos parece revivir el admirable trozo de Larra que tituló, va para cien años, Cuasi pesadilla política.
Urgía un Gobierno ejecutivo, ubicuo, de radicales ademanes, en el cual concurriesen los más vivos colores de la gama política. Mejor un Gobierno-Arlequín que un Gobierno en gris menor, como el actual.
Un hombre, y más un pueblo, se alimenta, sobre todo, de la esperanza. Si no come hoy, pero espera comer mañana, se aguanta. Si los vicios que hoy ve está cierto de no verlos mañana, aguarda quedo el amanecer. Lo imposible es contener en la mansedumbre un pueblo a quien no se le da pan y se le quita la esperanza.
En días como éstos, de faena urgente e innumerable, el mayor enemigo de la política monárquica es un Gobierno paralítico.
¡Junio-enero! Seguimos bajo el arco en ruina.
El Sol, 22 de enero de 1918
II
UN POCO DE SOCIOLOGÍA
Uno de los fenómenos más extraños que la Historia presenta es la tolerancia de los hombres para la perduración de instituciones públicas reconocidamente ineficaces. Todos estamos de acuerdo en que este o el otro organismo nacional no sirve ya para cumplir su misión; parecería natural que inmediatamente se le sustituyese o modificase; cuando menos, que meditásemos con toda urgencia su relevo. Sin embargo, no solemos hacer esto. Al contrario, sentimos vagamente la impresión de que aquel organismo es, como el rocío o la marea, un hecho cósmico irremediable.
Este fenómeno sociológico no es peculiar de España ni de nuestro tiempo: se ha dado en toda sociedad y en todo tiempo, hasta el punto de representar en la mecánica social un papel análogo al que en física representa la inercia, y en biología el anquilosamiento. Si en cualquier instante de su historia realizamos una sección ideal en la estructura de una sociedad sana, hallaremos, como en la sección de un tronco de árbol, un núcleo de instituciones en plena vitalidad, que ejercen con suficiencia su función; en torno a ese núcleo habrá una zona de otros organismos públicos menos enérgicos, que han perdido en la conciencia de las gentes una parte de su sentido originario. En fin, circunscribiendo a esta zona habrá otra ocupada por juntas, comisiones, oficinas, leyes, magistraturas, caídas en evidente decrepitud, como las capas del tronco que se han convertido en corteza. Jamás hallamos que el árbol sea sólo medula; parece necesitar un mínimum de corteza, de materia fenecida que proteja la interior vitalidad. Del mismo modo, no podemos encontrar una sociedad que no lleve dentro de sí costumbres, leyes, instituciones petrificadas, cuya utilidad es desconocida, las cuales, no obstante, prolongan su existencia aparente.
Si ascendemos al momento de entrar en la Historia el pueblo jónico o el pueblo romano, los encontramos ya arrastrando principios sociales que no tenían sentido claro para los contemporáneos. Así, entre los jonios la organización en fratrías o hermandades no tiene ya en el alborear histórico otra realidad que ciertas periódicas comidas en común. Cuando Roma pone el pie en la Historia aparece cargada con no pocas magistraturas y reglamentos superfluos y sin sentido vivo. Por lo pronto, las tribus originarias que formaron la ciudad conservan una jerarquía que el romano de Servio Tulio acepta aún, pero ya no entiende: los Tatii preceden siempre a los Ramnes, y éstos, a los Luceres. Además, casi todas las instituciones son dobles; hay dos colegios de sacerdotes Salii, y otros dos de Luperci. Cada tribu se duplica en dos órdenes: hay Tatii priores, esto es, antiguos, y posteriores, o modernos. Las vestales forman tres parejas. El origen de esta duplicación, que va a conservarse al instituir el consulado, el tribunado, los ediles, etcétera, parece ser la fusión prehistórica de dos comunas: la Roma de la montaña, o palatina, con la Roma de la colina, o Quirinal. Los ciudadanos de una y otra no sienten entre sí la menor diferencia, y han perdido hasta la noción clara de su originaria separación. No obstante, toda magistratura palatina tiene rango superior a su correspondiente del Quirinal. Y ejemplo curioso del poder sugestivo que estas preeminencias tradicionales poseen, es que, no obstante la mayor altura del Quirinal, jamás un romano le llamó otra cosa que colina, reservando la dignidad de monte al menos levantado Palatino.
Cito estos ejemplos tan conocidos porque no existen otras sociedades a cuyo nacimiento asistamos con mayor proximidad. Además, se trata de dos pueblos que nacen no sólo como Estados, sino como culturas. Parecería, pues, natural que, no habiendo en ellos ni un pasado por liquidar ni principios heterogéneos recibidos de otras civilizaciones, todo en el cuerpo público gozase de plena actualidad. Sin embargo, vemos que no es así. Toda sociedad despilfarra una cantidad de sus energías en llevar a cuestas instituciones supervivientes que no sirven para lo que pretenden servir. En su clásico libro sobre Civilización primitiva, llamó Taylor a este fenómeno survival. El nombre no es el más oportuno, porque esos residuos de otros tiempos no sobreviven, antes bien, sobremueren, hacen gravitar sus cadáveres sobre la porción viva de la sociedad.
Un sociólogo conservador podía insistir sobre este punto mostrando cómo esas organizaciones que ya no cumplen su primario fin, tienen, no obstante, algún papel en la vida pública, aunque sólo sea como el corcho en torno al árbol, para abrigar y defender de las mudanzas atmosféricas los órganos interiores más vivaces, pero más tiernos.
Yo no tendría nada que oponer a esa interpretación conservadora. Al contrario, me parece muy oportuna y acertada. Cuando oigo a un radical o progresista describirme su ideal de la sociedad, me parece ver un cuerpo humano al que han desollado y cuyas carnes vivas hiere e irrita el viento al menor soplo. Por lo visto, en el plan de la naturaleza está dispuesto que necesitemos para subsistir cierta dosis de acorchamiento y de callo.
Pero asimismo reconocerán los señores conservadores que es preciso poner una tasa al corcho y al callo. Cuando en un pueblo, como en España acontece, casi todas las instituciones y organismos públicos no funcionan, la vida nacional está en grave peligro. La tolerancia de instituciones desvirtuadas tiene marcado un máximum, del cual no es posible pasar so pena de fenecimiento o de… revolución.
Porque, no lo duden los señores conservadores: un motín podrá nacer de otras causas, pero una revolución es siempre la revolución contra el corcho, contra el callo y contra el imperio de los cadáveres. En vez de sustituir día por día lo que va dejando de ser eficaz con nuevas articulaciones, rodajes y poleas, dejan las inercias conservadoras que se acumule la obra muerta y llegue un momento en que no se pueda echar mano de una parte del organismo para corregir la otra parte defectuosa, sino que sea menester una súbita y catastrófica transmigración del alma pública a un cuerpo completamente nuevo.
En España hemos llegado palmariamente a este caso extremo. Cuando nos quejamos de la insinceridad electoral y buscamos corregirla, pensamos en los tribunales, pero al punto nos sale al paso la insinceridad, no menos grave, de éstos, y así sucesivamente. Busca con los ojos el español una institución saludable que emplear como instrumento para la purificación y vivificación de las otras. Sus ojos se deslizan de ésta en aquélla sin que ninguna le prometa buenos servicios. Todas le parecen anquilosadas, cuando no podridas. En tal situación de ánimo es lo más peligroso que, al vagar la mirada del español por el público desván, descubra, pendiente de un clavo, el hacha. Si la inconsciencia de los hombres responsables no le proporciona mejor instrumento, ¿quién podrá extrañar que haga él del hacha una institución?
Nada, pues, menos revolucionario y demoledor que pedir a las clases llamadas de orden un poco de entusiasmo y solicitud en la obra de reforma sentimentalmente iniciada en España. Urge revisar los organismos públicos en relación a su eficacia; urge podar instituciones enteras que han perdido todo prestigio, para sustituirlas con otras muy distintas. Esto exige que esas clases de orden moderen su místico respeto por cuanto es viejo y sólo porque es viejo es tradicional.
Fuera de España una sublime podadera ha comenzado su labor: la guerra. En medio de sus cruentos defectos tiene ésta, por lo menos, una virtud: sacudir la inercia social echando por la borda toda institución caduca. La lucha internacional obliga a rendir su máxima eficacia a los miembros de cada pueblo, y pone de manifiesto la insolvencia vital de muchos de ellos. Así en Francia y en Inglaterra se va apoderando de la conciencia pública la convicción de que una buena parte de las estructuras políticas inventadas en el siglo XIX son incapaces, y la hora de la paz será su última hora.
Porque no sólo han fracasado instituciones tradicionales, sino también instituciones democráticas. Al arrumbar Europa con aquéllas y éstas, tal vez descubramos que muchos radicales españoles se hacen tradicionalistas de la democracia.
El Sol, 15 de febrero de 1918
III
LA GUERRA Y LA INERCIA POLÍTICA
En medio de sus cruentos defectos, decía yo el otro día, tiene la guerra, cuando menos, una virtud: fluidifica el cuerpo del Estado, funde cuanto en él había petrificado y, dándole la blandura propia del plasma vivo, permite una nueva organización más enérgica, sensible y eficaz. No pienso que la guerra sea un poder creador, como no pienso que sea capaz de aniquilar nada seriamente humano. Lo más que puede hacer es favorecer o detener la expansión de ideas y de afanes colectivos que existían previamente. Pero esto es ya bastante poderío.
Ahora bien, esta guerra no ha sorprendido a Europa en el momento de iniciar nuevas rutas de vida. Al contrario: Europa yacía en la más triste inercia. Descontenta de su régimen público e ideológico, parecía no atreverse a ensayar uno nuevo. La constitución vigente de la sociedad había perdido todo prestigio, y, sin embargo, ningún pueblo se atrevía a romper los moldes establecidos. Los proyectos de otra existencia mejor se deslizaban tímidamente en las meditaciones más solitarias.
La institución parlamentaria, por ejemplo, había sido triturada, porfirizada por la crítica. En el ánimo de casi todo el mundo estaba la convicción de que el Parlamento significa la derrota de toda competencia y a la vez el triunfo de hombres de segunda calidad; los políticos y los periodistas, que necesitan unos de otros, como el aspa del molino el viento de la estepa. Al llamarlos de segunda calidad, no es necesario advertir que me refiero a la condición típica del oficio, no a los individuos que ejercen éste. El político parlamentario no tiene nada que ver con el estadista: no es un hombre que posea una idea serena, honda, compleja, y bien fundada de los problemas nacionales e internacionales. Decenio tras decenio, en España y fuera de España, hemos visto menguar el calibre intelectual de los llamados «hombres públicos», hasta el punto de que hoy parecen dedicarse a este menester sólo aquellos hombres que no sirven para nada sustantivo. La única cualidad que se exige al parlamentario es que sea elegido. Por esto se compone el Parlamento de gentes que poseen un talento inferior y hasta equívoco: el arte de hacerse elegir, arte poco compatible con un temple correcto y distinguido.
El político no es el estadista, sino el agitador, el ciudadano vociferador y gesticulante. Voz y gesto son modulados variamente, según que el político se sienta en la izquierda o en la derecha del hemiciclo; pero rara vez la voz empuja una idea y el gesto madura en acción.
El periodista no hace otra cosa que repercutir al político, y viene a ser un agitador por escrito. Opina sobre todo lo divino y lo humano con una liviandad incalculable, usando de un lenguaje que cada día se aproxima más a los barrios bajos del Diccionario.
Estos hombres, que podían ser útiles situados en su recto lugar, son los que el siglo XIX ha encargado de gobernar a los pueblos.
Tales eran las ideas arraigadas en la opinión pública mucho antes de que la guerra estallase. ¿Por qué no tenían consecuencias ejecutivas? A esta inercia de Europa, a esta parálisis que estorbaba a la acción seguir de cerca al pensamiento, aludía yo antes. La guerra, sacudiendo las reservas de la vitalidad occidental, parece resuelta a ponerle remedio. Todo anuncia que la lucha de ahora, lejos de detener un movimiento histórico iniciado, va a movilizar las ideas, que yacían sin piernas y sin brazos.
Muchos otros ejemplos cabía traer del desequilibrio anterior a la guerra entre las convicciones y los actos. El más importante de ellos —que me limito hoy a nombrar— es la desproporción entre la aquiescencia que el derecho económico del obrero había conquistado en la mayoría de las voluntades y la balbuciente legislación social. ¿Correspondía, por ventura, el grado de expansión sentimental que en Francia alcanzaron algunas ideas de socialización con las leyes e instituciones sancionadas para regular el trabajo, el jornal, el retiro, los Sindicatos, etcétera?
Esperamos, pues, que la convulsión bélica traiga consigo una radical revisión de las instituciones, y corrija el monstruoso desnivel existente entre lo que pensamos de ellas y lo que ellas son.
El Sol, 21 de febrero de 1918
IV
MÁS, MÁS MINISTROS
Aunque remota de la sangrienta línea, comienza España a sentir vagamente análogo afán. Por lo menos, se ha logrado ya una cosa: que sea lícito hablar de ciertas reformas sin quedar convicto de lunatismo.
Por ejemplo, de la más urgente y de la más asequible: la reforma de la institución ministerial. ¡El ministro al uso!… Yo espero que dentro de no muchos años, cuando vuelva a reinar en Europa el buen sentido, ausente durante un siglo, nos parecerá eso que hoy llamamos un ministro algo semejante a eso que hoy llamamos un megaterio.
Un buen día, siete ciudadanos, capitaneados por un octavo, se encargan de gobernar la nación. Cada uno comienza a regentar una rama amplísima de los servicios públicos, cuya constitución y mecanismo desconoce por completo. La nación tiene que esperar seis, ocho, diez meses, a que los señores ministros declaren haber alcanzado una turbia sospecha de los negociados que integran su resorte. Llegado este momento de iluminación, de ministerial Pentecostés en que el señor ministro aprende las lenguas de sus negociados, sobreviene la crisis política. Otros siete ciudadanos, bajo un nuevo octavo, ascienden, frescos, radiantes, primaverales, por las laderas del Gobierno: dicen las mismas palabras de salutación y promesa, y se disponen nuevamente a flotar sobre el caos de sus negociados alícuotas, como el espíritu de Dios sobre la nebulosa genesíaca. Y así una vez, y otra, y un siglo. Algunos amigos míos llaman a esto democracia.
La ausencia de sentido común que la conciencia contemporánea pone de manifiesto al tolerar una institución en tal grado absurda, basta para desprestigiar a nuestra época, políticamente tan vanidosa. ¿Es eso, eso lo que ha venido a lograrse después de la Revolución francesa? ¿Es ese el resultado del siglo de las luces? Lo siento por la Revolución y por las luces.
Tres defectos radicales, que nacen unos de otros, se han notado cien veces en la institución ministerial: la falta de competencia en los ministros, la falta de continuidad en su labor y la supeditación, más aún, la absorción de sus deberes administrativos por sus obligaciones políticas.
¿Cómo corregir lo primero? El ministro no puede ser competente porque tiene que ser un político. Tiene que ser un político, porque los siete ministros son solidarios de una vaga cosa que se llama «política del Gabinete»; en virtud de ella, un chiste que el ministro de Gracia y Justicia dispara ante unos periodistas, arranca de sus poltronas a todos los demás. Mientras esta solidaridad se exija, no podrá efectuarse una selección de competencias.
Pero, además, aun cuando por azar cayese una cartera en manos competentes, no podrían éstas ejecutar una faena fecunda. Con alguna excepción, cada ministerio acumula una cantidad increíble de funciones públicas. La vida contemporánea se ha ido complicando fabulosamente. Con esa complicación ha coincidido una tendencia —yo creo que transitoria— a concentrar en el Estado todos los hilos de la existencia social, Así es hoy un solo ministerio más difícil de conducir que el Estado de Luis XIV. Un hombre completamente serio no podría hoy decir: «El ministerio de Hacienda soy yo». Esto excluye, por vía automática, de los ministerios a todo hombre completamente serio. Hace falta una sabia mezcla de audacia, inconsciencia y frivolidad, para que un ciudadano se atreva a tomar sobre sí la responsabilidad de cuanto se hace en una secretaría de despacho. Porque los ministerios siguen siendo, como institución, lo que fueron en tiempos menos complejos las secretarías de despacho.
Y uno se pregunta: ¿qué razón clara existe para la actual división en siete carteras? ¿Por qué no más, por qué no menos? ¿Se trata de una devoción cabalística hacia el número siete? La consideración material del tiempo y el esfuerzo que el mejor dotado necesita para hacer algo bien, nos propone ya la multiplicación de los ministros. Más ministros y más orgánicamente repartidas sus funciones.
Esta prolificación de las carteras traería, naturalmente, consigo la corrección, cuando menos, la atenuación de la solidaridad política entre los individuos de un Gabinete. Compaginar a siete es difícil; pero a catorce, es imposible. Cada uno gozaría de mayor independencia frente a los otros, y cuando en un orden gubernativo alcanzase un tema gravedad política suficiente para derribar a un ministro, no arrastraría a todos los demás. La situación de cada uno sería, pues, más estable, por ser menos dependiente, y menos dependiente, por ser más densa, limitada, y concreta su responsabilidad.
De este modo se evitaría también que la actuación propiamente administrativa de cada ministro esté impregnada por entero de significación política. Hoy la personalidad y la labor del ministro quedan absorbidas por su fisonomía política. De aquí que la más leve Real orden sea sospechada de partidismo y carezca el firmante de autoridad moral para imponer respeto —no sólo obediencia— a sus decisiones.
El asunto suscita innumerables comentarios. Cortémoslos aquí, ya que no habría manera de agotarlos.
El señor Maura inició en la última crisis una reorganización ministerial que parecía tender a lo mismo que yo aquí sostengo. Sin embargo, su intención, al fracasar, quedó imprecisa. Además, en ella se unían dos propósitos, tal vez concordables, pero distintos: la introducción de ministros sin cartera y la selección de competencia.
Yo creo más eficaz y hacedero reducir, por lo pronto, la reforma de esta institución al simple aumento de ministerios. Ello permitiría reducir a dos o tres resortes el carácter estrictamente político, dejando libres a los demás de la solidaridad con un programa de grupo. Entonces cabría poner al frente de estos ministerios exentos de política a ciudadanos competentes.
El Sol, 22 de febrero de 1918
V
EL HOMBRE DE LA CALLE BUSCA UN CANDIDATO
El hombre de la calle, claro está, no aspira a ser elegido. Se contentaría con ser elector feliz, con ser un elector que encuentra un candidato de su gusto. Por esto ha encendido la lámpara de Diógenes, y anda por ahí buscando un candidato entre los hombres y un hombre entre los candidatos.
¿Son tantas, por ventura, las exigencias del hombre de la calle que corra el riesgo de no hallar candidato suficiente? No; todo lo contrario. Las candidaturas que en papeles rojos y amarillos le hacen desde todas las paredes ademanes tauromáquicos no encajan en su humilde aspiración de elector, porque todas son excesivas. Él preferiría personas y modales más modestos, y los optantes a la diputación le asustan con sus promesas superlativas. Izquierdas y derechas se acercan a él y se obstinan en querer hacerle feliz. El hombre de la calle, perplejo y confundido, se deshace en excusas ante parejas efusiones de tan egregios personajes. «¡Oh, no se molesten por eso, señores!; no merece la pena…» Y al encontrarse en el Botánico con su vecino, el de las clases pasivas, le dice: «¡Ya ve usted…! ¡Qué corazones más caritativos! ¡Los republicanos, los monárquicos…, todos quieren hacerle a uno feliz!»
El hombre de la calle es ya viejo, tan viejo como el sufragio universal. Ha atravesado todas las vicisitudes y experiencias de éste, y, sin grandes meditaciones, ha llegado a formarse, cuando no ideas, ciertos instintos políticos. Así, empieza a sospechar que no sólo este o aquel partido, sino la política entera, está montada en un tono de grandilocuencia y megalomanía que fatalmente la desvía y pervierte. Lo primero que debía hacer para volver al buen camino es la gentil renuncia de hacer felices a los hombres. Monarquía y República, centralismo y regionalismo, tradicionalismo y democracia no son órganos para la felicidad. Ésta depende de circunstancias mucho más hondas y graves que cuanto la política puede discutir.
El siglo XIX, que es nuestro más próximo enemigo, cometió el monstruoso error de aplicar a la política los mismos sentimientos radicales que antes se apacentaban en la religión. Nos prometía ésta salvarnos, poniéndonos en trato con poderes soberanos capaces de resolver nuestros últimos problemas. La religión administra las postrimerías, y por tanto, será erróneo, pero no absurdo, que le dediquemos las más profundas emociones.
Mas la política, aun en el mejor caso, ¿qué puede lograr? Un mejor orden en lo más externo de la vida social. Ni siquiera tiene medios para acercarse a las relaciones sociales más importantes: no puede organizar la amistad entre los hombres, ni la lealtad mutua, ni el amor, ni la diversión. En el mundo antiguo intentó, con grave fracaso, algo de esto: en Esparta instituyó la legión sagrada que sancionaba la fidelidad de los amigos; en Roma se ocupó de dar placer al pueblo haciendo de los juegos circenses una institución del Estado. Pero en nuestra edad, ¿qué puede la política? Torciendo hacia la escena interior nuestra atención observemos lo que íntimamente nos ocupa y preocupa durante los días de un año, lo que constituye en verdad nuestra vida, y advirtamos que la política es sólo una tangente que apenas roza un punto de esa nuestra viva realidad. Casi por entero, el volumen de nuestra existencia personal queda intacto por la política. Ni siquiera en el orden económico logra ésta tener una misión sustantiva. A lo sumo, podría intentar repartir con equidad la riqueza. Pero no puede crearla. La pretensión de salvar económicamente a un pueblo desde el ministerio de Hacienda ha resultado dondequiera fallida. Un pueblo donde no abunden los ambiciosos de dinero que vayan frenéticamente empujados por una sed individual de oro será siempre un pueblo mendigo.
Todo esto presume oscuramente el hombre de la calle, y por eso desconfía de los candidatos que le invitan a apasionarse y le garantizan la felicidad. ¡Apasionarse en política!… El error característico de la centuria pasada ha consistido precisamente en estimar el apasionamiento político como un deber. Por este motivo puso la vida social en manos de los que mejor sabían hacer el león, el toro y la hiena en las asambleas públicas, y con sus contrarios alaridos acertaban a encender los instintos pasionales de la muchedumbre. Incorporándonos en este punto la mejor sabiduría de otros siglos, tornemos a creer que es el apasionamiento una desventura en que se cae, no una virtud a que se deba aspirar. Entre la tibieza y la pasión está el sentimiento humano y cálido, que da vigor a la inteligencia sin turbar su claridad. Y al desdeñar el apasionamiento, volvamos la espalda a los apasionadores de la derecha y de la izquierda. Una ética más fina y progresiva nos hace considerar a quien nos hostiga hacia el partidismo como un hombre moralmente inferior. A los hostigadores de la opinión pública preferimos los educadores de la opinión pública.
El hombre de la calle quisiera ser un espíritu libre y no recaer, bajo nuevos disfraces, en aberraciones de edades pretéritas. Por eso no está dispuesto a entregar al político la libertad que ha conquistado del sacerdote.
El hombre de la calle votará al candidato que le presente este programa: «La política no puede hacer felices a los hombres, ni hacerlos discretos, ni hacerlos ricos. En consecuencia, debe la política retirarse al secundario puesto que le corresponde, en vez de erigirse en escaparate de la vida social». Durante los últimos quince años España ha mejorado algo, mientras su política era cada vez peor. Como es ésta un telón de boca que nos impide ver el resto de la existencia nacional, nos parece que todo va en decadencia. ¡Señores políticos: a retaguardia, así los malos como los buenos! ¡Paso a los ingenieros, a los labradores, a los obreros, a los industriales, a los profesores, a los artistas!
El Sol, 24 de febrero de 1918