Abstract
Editorial on the parliamentary session over the Santa María de Nieva election return: six hours of insults, the electoral corruption of Maura’s government, and Minister Goicoechea’s improprieties; it charges Maura with loading the King’s irresponsible shoulders with responsibility for the elections. Political chronicle.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Deseoso Su Majestad de evitar, por el bien público, la apariencia de perplejidad a que darían motivo cualesquiera consultas, toda vez que le eran bien conocidas las diversas opiniones, y que juzgaba que el actual Ministerio, por la persona del presidente y por su composición, no sería aventajado por otro alguno en el designio de amparar la desinteresada y justiciera imparcialidad que en las elecciones se requiere por parte del Gobierno…
(De la nota oficiosa facilitada por la Presidencia del Consejo el 2 de mayo de 1919).
Así escribía el señor Maura cuando Su Majestad le ratificó la regia confianza, y así reproducía ante el país entero juicios concretos del Rey acerca del concepto que le merecían los hombres públicos capaces de gobernar. En este sentido, el conde de Romanones tenía razón cuando, hace algunas tardes, acusaba al presidente del Consejo de haber cargado sobre los irresponsables hombros del Rey la responsabilidad de las elecciones, y, por lo tanto, de toda la situación política creada a raíz de aquéllas.
Juzgaba la Corona que este Gobierno era maravilloso para que el amparo de la desinteresada y justiciera imparcialidad electoral fuera completo. ¿Qué juicios pone ahora el presidente del Consejo en labios reales ante la ola de fango que estos días atraviesa el hemiciclo y que ha convertido en pardusco y gris el azul del banco ministerial?
Queremos llamar la atención de nuestros lectores hacia el amplio extracto de la sesión celebrada ayer tarde en el Congreso. Se han suprimido, por decoro y por buen gusto, los torrentes de fraseología hórrida, las avalanchas de injurias, groserías e insultos personales que durante seis horas cruzaron sin cesar el salón de sesiones. De modo que en esta ocasión podemos decir nosotros, con razón sobrada y sin abusar de la frase conocida, que nuestra referencia «es un pálido reflejo de la realidad». Es el respeto debido a nuestros lectores lo que nos ha movido a proceder así.
Se discutió el acta de Santa María de Nieva, y a tales incidentes dio lugar el relato de las coacciones oficiales en favor del candidato ministerial, que muy pronto se olvidó el caso concreto que se había traído a discusión y pasaron todas las minorías a tratar de la política electoral del Gobierno, en su totalidad. El señor Maura parece condenado al tormento de soslayar a diario las torpezas de sus ministros. Hay alguno entre ellos que irrita, porque hace gala de su maestría en la necedad. No ha habido, por lo visto, en el Gobierno quien se haya preocupado —ya que el señor Maura no le obliga a dimitir— de llamar la atención del señor Goicoechea para que evite el triste espectáculo a que da lugar en cada una de sus intervenciones. El lugar adecuado del señor Goicoechea se encuentra unos escaños más arriba del banco azul, entre la grey ovejuna de la mayoría, dispuesta a la interrupción descortés, al grito fácil, al denuesto improvisado. Pero en el banco azul el señor Goicoechea no puede olvidar que el rango, la categoría social de un ministro exigen muy otra dignidad y discreción en la palabra, en la actitud y en los ademanes. El ministro de la Gobernación olvida estas sencillas normas de cortesía a cada momento y se permite agresiones de carácter anormal, mal avenidas con ese banco azul, que, como dijo el señor Lerroux ayer tarde, «es el banco de la prudencia y de la paciencia».
Nadie se explica que, después de las sesiones últimas, el señor Goicoechea continúe en un ministerio de mecanismo tan delicado como el de la Gobernación. Vamos pensando que existen dentro del Gobierno voluntades y afanes distintos, por los cuales viene el señor Goicoechea a permanecer contra toda conveniencia en el puesto que, para su desdicha, le otorgó el señor Maura.
No recordamos que orador alguno, desde la Restauración hasta nuestros días, haya fulminado contra la podredumbre electoral más agrias y formidables condenaciones que el señor Maura. Él hizo gala siempre, y la hace hoy mismo, de alejamiento, de retiro, de soledad. Y quiere aparecer ante el país en una especie de misticismo patriótico, en éxtasis perpetuo, indicando a cada paso con sus palabras despectivas y con sus gestos relampagueantes que sus oídos están cerrados a todo celestineo electoral, que sus ojos no quieren fatigarse inútilmente en la lectura de cartas y documentos relacionados con las elecciones y que en la pureza de sus manos nadie podrá jamás encontrar ni la sombra de una mancha electoral.
Todo esto parecería muy bien si al propio tiempo no resultara que el señor Maura, amparándose en su actitud extática, por considerar que los actos de sus ministros son levadura terrena, barro humano ajeno a su categoría de Jehová, olvida de continuo que el presidente del Consejo es responsable políticamente de todas las tropelías que nacen en el seno del Gobierno, y su responsabilidad llega hasta el momento en que paladinamente expresa la desautorización del ministro directamente responsable y le excluye de la lista ministerial.
Repetimos nuestra incomprensión ante la tardanza del señor Maura en tomar resoluciones como ésta. Su propia conveniencia le aconseja que se desprenda de lastre inútil. Porque resulta evidente que de la sesión de ayer tarde debieron salir dimitidos, y expresamente señalados por el dedo del Jehová presidencial, los señores Goicoechea, síntesis de todas las torpezas, y vizconde de Matamala, víctima de sus propias palabras. Acabe ya la actitud de buen Dios en que está colocado el señor Maura, porque, con motivo de la discusión de actas, el barro está llenando la Cámara y llega ya hasta el tupé de su divinidad.
Publicado sin firma, El Sol, 4 de julio de 1919