Abstract

An article with a precise political thesis: the only revolution now possible cannot be verbal, passionate and bloody, because the point is not to grant rights — those depend on wills — but to make a revolution in things, i.e. in the economy, and things are not persuaded, they are made. Revolution has changed sign, from destruction to construction, not least because no European power, capitalism included, still believes in itself.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Durante ocho meses ha tenido España que vivir bajo un signo de combate, digamos bajo la figura sideral del Sagitario. Este temperamento de lucha era forzoso porque fue necesario derrumbar un régimen inepto e instaurar otro que puede ser más apto. Siete meses de agitación, aspereza, vocerío, acrimonia. No censuremos nada de esto; al contrario: hagámonos solidarios de su conjunto dejando a cada cual la responsabilidad personal del detalle. La pura verdad es que nadie puede con buena razón quejarse de las erosiones recibidas. No es posible transmutar un Régimen con menos crudeza. La lucha y sus intrínsecos atributos no pueden reducirse a menos de lo conseguido hasta ahora en nuestra España.

Pero el caso es que las últimas elecciones nos han instalado plenamente en la República, en un nuevo Régimen. Y un nuevo Régimen es un nuevo paisaje donde el pueblo —y no sólo el pueblo— se encuentra desorientado. ¿Es mucho pedir solicitar de todos unas semanas de quietud para dejar que todos —el pueblo y nosotros— nos orientemos en el nuevo panorama y vayamos conociendo los perfiles de personas y problemas? Descansen un momento los agitadores y consiéntannos mirar en derredor, hacernos cargo de dónde nos hallamos.

Desde que la República advino no se ha hablado aún en serio de ningún asunto. Hágase una justa excepción: algunos ministros y alguna Comisión han trabajado en serio, pero recluidos en sus gabinetes. Ante el pueblo no se ha tratado tema alguno de manera respetable. ¿Se cree que un Estado puede ser forjado con sólo repetir hasta el infinito la palabra «revolución»?

Convendría, al menos durante un rato, abandonar este abracadabra y ponerse a hablar de cosas, de cosas. La revolución es el tópico del tiempo, y, como todo tópico, ya extemporáneo. El tópico es la idea que ha llegado a su climaterio. Da pena ver a gentes de dotes espléndidas succionar vanamente la mama sin líquido de la revolución.

No, lector, esto no es sólo una frase más o menos indecente; tras ella va algo grave, preciso y hondo. Esto. La revolución única de que hoy cabe hablar en el mundo no puede ser verbal, pasional y cruenta; porque no se trata —como en las del pasado siglo— de otorgar unos derechos a esta o la otra clase social. La otorgación de derechos depende sólo de las voluntades: conquistadas éstas con fervor y energía, la revolución está hecha; mas la revolución de ahora no es de voluntades. Se trata de hacer una revolución en las cosas —en la economía, que es, dentro de lo humano, la más pura cosa que hay. ¡Vaya usted con vocablos apasionados y con decapitaciones a convencer a las cosas! Las cosas no se convencen —se hacen; y para hacerlas hay que saber hacerlas. No hay remisión.

Aunque todos los españoles reuniésemos nuestras voluntades para resolver el problema del campo andaluz, no habríamos dado el menor paso eficaz. El problema del campo andaluz no es cuestión de buena voluntad, sino de cifras, de técnica, de crédito.

Antes revolución significaba principalmente destrucción; pero en todo el mundo la revolución, la verdadera, la auténtica, se ha convertido ahora automáticamente en construcción. Ha cambiado de signo. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla. Hoy en Europa toda propaganda de revolución en el sentido de rebelión tiene que sonar a falso porque no existe un poder vigente contra el cual rebelarse. Quiere decir que los poderes y principios que aún ejercen el mando en Europa han perdido la fe en sí mismos y están abiertos a cualquiera reforma, por radical que sea, con tal que sea factible y garantice una vida mejor. Esto acontece, por ejemplo, con el capitalismo. Se puede hacer con él lo que se quiera. No ofrece resistencia. Se siente perdido. Mejor enterado que el obrero de las complicaciones terribles que perturban el avance económico dentro del régimen tradicional, se halla tanto o más dispuesto que el obrero a una revolución en el sentido de una nueva construcción. Hablando con rigor, fuera preciso decir que el capitalismo, como principio firme de las relaciones económicas, no existe ya en Europa. Su abdicación ha sido menos notada porque acaeció en tiempos de guerra y se disfrazó de patriotismo.

Si el capitalismo europeo no se ha entregado todavía oficialmente, no es por falta de ganas ni por sobra de egoísmo; es, sencillamente, porque lo otro —el colectivismo— no está tampoco claro. La experiencia rusa, precisamente porque ha sido hecha tan a fondo, ha demostrado que el colectivismo tiene también sus límites. A la hora que escribo, leo el extracto de un discurso de Stalin pronunciado estos días en que anuncia un nuevo paso atrás del comunismo y nuevas concesiones al individualismo económico. No se interprete esto como un fracaso del comunismo; significa sólo el abandono progresivo de sus ingredientes utópicos. Rompiendo lo que tenía de esquema, el comunismo se libera y se hace realidad histórica.

Va llegando, pues, el mundo a una situación maravillosa, de suprema liberación. Está libre del tradicionalismo y ahora se liberta del utopismo, que es la otra gran servidumbre. Queda en franquía para tomar las cosas como son y ponerse sin más a construir. Ésta es la situación menos revolucionaria, en el sentido de rebelión, que quepa imaginar. Del comunismo queda sólo una cosa, pero, eso sí, una cosa magnífica: la alegría constructiva, la fe en la voluntad del hombre que puede intervenir en la Historia y —dentro de ciertos límites— moderarla. Algún día, andando el tiempo, se verá lo que Europa debe a esta incitación del comunismo, frenética y absurda en sus comienzos. Nos ha salvado del quietismo histórico, de una especie de fatalismo o mahometanismo en que iba degenerando el Occidente.

La República española tiene que aprovechar todo este proceso y partir de su resultado. Debe informarla la alegría y la limpieza del hacer; debe detestar las palabras mágicas —incluso la palabra «democracia», en que ahora van a embozarse todos los estúpidos— y los melodramas de gesticulación jacobina.

Es preciso, a marchas forzadas, usar de la República como de un formidable aparato para fabricar una España más rica y más precisa en que cada español dé un máximo rendimiento. Nos opondremos resueltamente a que quieran hacernos una republiquita tonta, compuesta de huelgas y de barullo parlamentario.

Cambiemos el signo: República española, es decir, alegría de gentes lanzadas a una gran empresa, rigor para exigir a todo el mundo que trabaje en la obra común y entusiasmo por la técnica que puede redimir la península de su inveterada miseria.

Crisol, 13 de julio de 1931